| Entre las grandes cataratas del Gran Río Anduin y las tenebrosas montañas de Mordor se extendía una inmensa y aterradora zona pantanosa conocida como las Ciénagas de los Muertos. Estas ciénagas eran terribles y peligrosas, y en la Tercera Edad del Sol se convirtieron en un lugar maldito y hechizado porque, según se cuenta, a finales de la Segunda Edad hubo una enorme conflagración ante la Puerta Negra, en la llanura de Dagorlad.
En esta llanura, murieron innumerables guerreros pertenecientes a la Última Alianza de elfos y hombres, y también cayeron incontables orcos. Y así, elfos, hombres, orcos y muchos otros servidores de Sauron fueron todos enterrados en Dagorlad. Pero en la Tercera Edad, los pantanos se extendieron hacia el este y las tumbas de los guerreros fueron absorbidas por la ciénaga. Aparecieron grandes charcos negros que estaban repletos de unos terroríficos seres malignos. Había serpientes y vida que reptaba en aquellas ciénagas, pero ninguna ave visitaba las aguas impuras. Del cieno y del hedor de aquellos charcos, donde tantos guerreros se pudrían, surgían luces encantadas. Y se contaba que esas luces eran como velas encendidas, y que con su luz podía verse los rostros de los muertos: rostros hermosos y malignos; rostros severos y corrompidos por la muerte; malvados rostros de orcos y los de hombres fuertes y hermosos elfos. Si eran espejismos o espíritus de los muertos, no se sabe a ciencia cierta.
Estos fantasmas de las Ciénagas de los Muertos aparecían en las charcas pero no podían ser alcanzados. Su luz atraía a los viajeros como un sueño distante, y, si cualquiera de ellos caía víctima del hechizo, se dirigía a las negras aguas y desaparecía en las horribles charcas. Ése era el destino que esperaba a quienes viajaban hacia el este por aquel camino y ése fue el destino de los Orientales llamados Aurigas, quienes en el siglo veinte de esa edad fueron rechazados hasta las Ciénagas de los Muertos tras la Batalla del Campamento.
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