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NotaPublicado: Dom Jun 29, 2008 10:44 pm 
Mariscal del Folde Oeste
Mariscal del Folde Oeste
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Registrado: Vie Abr 29, 2005 6:38 pm
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Ubicación: Sabadell
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como


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NotaPublicado: Dom Jun 29, 2008 11:58 pm 
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Registrado: Jue Ene 31, 2008 6:40 pm
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si

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Tyelpëa Taurenna


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Mensajes: 1089
Ubicación: Sabadell
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de


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NotaPublicado: Lun Jun 30, 2008 12:20 am 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas

_________________
Tyelpëa Taurenna


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Mariscal del Folde Oeste
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Registrado: Vie Abr 29, 2005 6:38 pm
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se


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NotaPublicado: Lun Jun 30, 2008 3:50 pm 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase

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NotaPublicado: Lun Jun 30, 2008 7:45 pm 
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

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NotaPublicado: Mar Jul 01, 2008 9:39 pm 
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

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NotaPublicado: Mar Jul 01, 2008 10:05 pm 
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia

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"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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NotaPublicado: Mar Jul 01, 2008 10:18 pm 
Mariscal del Folde Oeste
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el


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NotaPublicado: Jue Jul 03, 2008 7:02 pm 
Señor de las Palabras
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Registrado: Mié Feb 27, 2008 11:51 pm
Mensajes: 302
Ubicación: El Norte
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero

_________________
"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por


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NotaPublicado: Jue Jul 03, 2008 7:35 pm 
Señor de las Palabras
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Registrado: Mié Feb 27, 2008 11:51 pm
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Ubicación: El Norte
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde

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NotaPublicado: Jue Jul 03, 2008 8:38 pm 
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia


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NotaPublicado: Jue Jul 03, 2008 9:47 pm 
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando

_________________
"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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Registrado: Vie Abr 29, 2005 6:38 pm
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el


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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último

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"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre


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NotaPublicado: Sab Jul 05, 2008 11:23 pm 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es

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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde

_________________
"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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Ubicación: En la bella costa de Belfalas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

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"...Camina, que el camino es tu vida
y solo habrás vivido lo que tus pies hayan recorrido."
(By Nedian)


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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos

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NotaPublicado: Dom Jul 13, 2008 9:17 pm 
Mariscal del Folde Oeste
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar


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NotaPublicado: Mar Jul 15, 2008 7:30 pm 
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Registrado: Jue Ene 31, 2008 6:40 pm
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes

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NotaPublicado: Dom Jul 20, 2008 4:22 pm 
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Registrado: Jue Ene 24, 2008 3:17 am
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Ubicación: En la bella costa de Belfalas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para

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"...Camina, que el camino es tu vida
y solo habrás vivido lo que tus pies hayan recorrido."
(By Nedian)


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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar

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"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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NotaPublicado: Jue Ago 07, 2008 8:44 pm 
Montaraz nómada
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Ubicación: En las mismas rocas que bordean el rio...en lo mas interno del bosque...en casa de mi Padre.
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos


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NotaPublicado: Mar Ago 12, 2008 6:25 pm 
Señor de las Palabras
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Registrado: Mié Feb 27, 2008 11:51 pm
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Ubicación: El Norte
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos

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"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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NotaPublicado: Dom Ago 31, 2008 12:28 am 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues

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Tyelpëa Taurenna


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NotaPublicado: Mar Sep 02, 2008 8:03 pm 
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Registrado: Mié Feb 27, 2008 11:51 pm
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Ubicación: El Norte
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues las

_________________
"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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NotaPublicado: Mar Sep 16, 2008 8:29 pm 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
--------------------------------------------------------------------------------

Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán

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Tyelpëa Taurenna


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NotaPublicado: Mié Sep 17, 2008 6:48 pm 
Señor de las Palabras
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Ubicación: El Norte
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando

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NotaPublicado: Sab Sep 20, 2008 1:57 am 
Montaraz nómada
Montaraz nómada

Registrado: Mar Sep 16, 2008 1:06 am
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Ubicación: Al Norte del Sur
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabia que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan solo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella detestaba

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Naciendo cada día, mirando cada día, amando cada día, con el espíritu danzando y el cuerpo silencioso, y el cuerpo danzando... contribuyendo pequeña solo a la gloria de su obra....


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NotaPublicado: Lun Sep 22, 2008 8:34 pm 
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Registrado: Jue Ene 31, 2008 6:40 pm
Mensajes: 755
Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga

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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la

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"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre

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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna

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"Los años han pasado como sorbos rápidos y dulces de hidromiel blanco en las Salas de más alla del Oeste..."


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NotaPublicado: Mar Nov 25, 2008 12:07 am 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna miriada

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Tyelpëa Taurenna


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NotaPublicado: Vie Ene 09, 2009 1:47 pm 
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Registrado: Jue Ene 24, 2008 3:17 am
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Ubicación: En la bella costa de Belfalas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna miriada inquisidora

_________________
"...Camina, que el camino es tu vida
y solo habrás vivido lo que tus pies hayan recorrido."
(By Nedian)


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NotaPublicado: Sab Ene 10, 2009 11:17 pm 
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna miriada inquisidora del


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NotaPublicado: Jue Feb 05, 2009 5:57 pm 
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Ubicación: Montañas nubladas del noroeste
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso-


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NotaPublicado: Mié Feb 25, 2009 4:16 pm 
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Registrado: Jue Ene 31, 2008 6:40 pm
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga

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Tyelpëa Taurenna


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NotaPublicado: Mié Feb 25, 2009 7:06 pm 
Huésped Charlatán
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Ubicación: Montado sobre mi caballo...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga vamos

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¡¡¡Por Rohan!!!


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NotaPublicado: Dom Mar 01, 2009 12:55 am 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga vamos hacia

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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga vamos hacia Erebor.


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NotaPublicado: Mar Mar 03, 2009 12:51 am 
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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga vamos hacia Erebor.

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NotaPublicado: Mar Mar 03, 2009 1:55 pm 
Huésped Charlatán
Huésped Charlatán
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Registrado: Mar Feb 03, 2009 8:28 pm
Mensajes: 52
Ubicación: Montado sobre mi caballo...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga vamos hacia Erebor.

Con alegría

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Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga vamos hacia Erebor.

Con alegría inusitada

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Un hombre puede estar solo en medio de una multitud.
Un hombre puede estar solo en la vida con una familia numerosa.
Un hombre con un amigo que le escuche jamas estará solo.
Un hombre con amigos como vosotros nunca estará solo, nunca tendrá hambre, nunca tendrá sed.


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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga vamos hacia Erebor.

Con alegría inusitada reemprendieron

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Tyelpëa Taurenna


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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Había una vez una criatura que comía shivitos, aunque no sabía que se tenía que hacer de forma clandestina, ya que estaba permitido tan sólo comer durante todos los jueves de Yulë. Saruwoman, quiso cazar pronto a aquel ser, pero no le sirvió debido a ese don que le caracteriza: ser torpe. Ella sólo consiguió atrapar aquello que hacía volteretas, pero jamás logró reunir toda su fuerza para tensar la trampa que debía hacer que abatiera definitivamente al misterioso glotón.

Fue entonces cuando Saruwoman pensó cautelosamente el modo de blandir una majestuosa cuchara inoxidable para cortar sus extrañas e iluminadas fauces. Tomó cuidadosamente la peligrosa cuchara entre sus pies descalzos, entonces la criatura pensó detenidamente en un método infalible para golpearle en la cara sin desfigurar su preciado tabique nasal ondulado. No pudo evitar el terrible coletazo que recibió y no vio, pero sí consiguió causarle una herida en el meñique de su mano hábil.

Saruwoman se durmió debido a la cerveza oscura que había templado y soñó que soñaba un sueño extraño, su mano diestra hizo retumbar Moria y destruyó toda la pared, entonces despertó y se dio un tremendo cabezazo contra la columna del refugio. Estaba descolocada y mareada.

Él era algo rarito, pero tenía ganas siempre de juerga, pendoneo y parchís. Entonces sucumbió a la inesperada llamada que recibió cuando un sonido sospechoso fue resonando por la pared intensamente, tirando lo que parecía una pierna huesuda de cabra que voló sobre la casa de enfrente.

La pierna quedó totalmente pulverizada como cenizas tras la impresionante caída desde el techo del increíble e impresentable propietario, entonces Saruwoman, inquieta por la llamada, chilló. Al poco tiempo sintió que todo se oscureció y quedó atrapada dentro del pestilente antro.

Intentó escapar del ataúd, pero voló hacia el terrorífico lugar cuando algo rozó la baldosa estallando estrepitosamente contra el techo. Era un cerdo borracho que buscaba también a la criatura dormida en la misteriosa sala.

Entonces ambos se quedaron callados mientras miraban fijamente al devorador de shivitos. Aquel extraño ser roncaba como si se fuera a quedar sin aliento. Su estómago temblaba como los terrenos arenosos y pedregosos. Por cómo se revolvía pensó en aquellos dolores propios de los días atrás donde había una posibilidad de contagiarse de "extrañotenditis", enfermedad imaginaria muy común entre los comeshivitos. Entonces los comeshivitos no supieron hacerle cosquillas a la dolencia, preocupados debido a todo lo disparatado que era aquello. Total, que el "bisharraco" ese era un paciente muy inquieto, tanto que intentar comerse unos tristes shivitos se convertía en una pesadilla. Y cantar, entre gritos, era imposible.

Independientemente de hurgarse los orificios nasales, cantar bajo los abedules era reconfortante para su mente porque evadía todo sufrimiento. Pero la inesperada llegada de la primavera, aunque agradable, no suponía ninguna novedad en casa de Saruwoman, pues todos los jueves recibía al recolector de sueños. Llegaba ansioso, pues los pies le temblaban bailando al compás del Chamba-Chamba mientras subía al tobogán de su imaginación. Poco a poco el vago de su estómago devolvió despreocupadamente la gaviota que había alojado durante demasiado tiempo; eran dos shivitos los causantes del retumbar.

Aquel ser simpaticote debía tomar un chupito extra grande para seguir mareando a Saruwoman, pero no era posible debido a la falta de vasitos con florecillas transparentes que parecían carnosos labios incitando a besarlos, aunque a veces un simple sorbo le bastaba para conseguir alcanzar la agradable cota de alcohol para satisfacer sus deseos más oscuros de apuestas sin mesura alguna.

Pero no por incordiar a la adorable criaturilla, sino para quitarse el malestar de su dedo meñique en un pie, apartó la mantita del gato que tapaba el callo enorme del peludo nudillo para rascarse con la punta del zapato.

El comeshivitos miró a Saruwoman hambriento de sangre, entonces mirando fijamente sus exuberantes jarras, dijo:
-¡Me gustaría pegar un trago de esas enormes cántaras!
Se acercó y empinándose hacia ellas, abrió el gaznate y se echó un largo chupito de aquel par de meliferas ánforas, inmediatamente sintió que por su cuerpo corría un fuego abrasador y la garganta le ardía demasiado, por todo ello decidió tomarse más chupitos extra grandes para aliviar el insoportable picorcillo de la lengua.
Al darse el gustazo del siglo, el comeshivitos pilló un colocón mayúsculo, de modo que dando un salto se montó sobre Saruwoman.

La cuestión era intentar que la joven se relajara con su particular masaje aplicado sobre su espinilla izquierda pero para ello necesitaba que la túnica resbalase dejando al descubierto sus caderas tan curvilíneas como sus hermosas coderas, y así subió hasta el broche que sujetaba esta voluminosa tela para soltarlo maliciosamente.

Aquella tela no cubría apenas las piernas y las rodillas. Al ver el cuerpo esplendoroso e inimaginable de Saruwoman se quedó inmovilizado y necesitó pellizcarse para poder creer lo peculiar de su belleza.
Entonces, tras comerse 10 decenas de inconfesables delicias decidió lanzarse a la conquista de la montaña de hermosuras reunidas en el centro cívico de Bree.

Corrió raudo y emocionado con sátiras intenciones hasta el edificio susodicho y golpeó incansablemente hasta que alguien removió el cielo para atraer la buena nueva.

Habían visto un caballo trotando rumbo a Lebbenin pero creyeron
oportuno intentar cogerle con la visión de los belfos de flehmen, de esquivar hembras núbiles, ajenas a todo las muy espabiladas jovencitas trataban inútilmente de seducirle enseñándole parte de piececitos cubiertos escasamente por finos tules recubiertos de escamas.

El tiempo pasaba inexorable y velozmente para Baldor, el guardián y confesor de Saruwoman, esperaba que ella nunca supiera cuanto tardó en comprender todo lo que había pasado con el flirteo del comeshivitos, y le recomendó abstinencia sexual y encerrarse en el Salón hasta que pasaran los malos pensamientos que atormentaban al personal circulante.

Asomaba su inconfundible silueta redondeada debido a interminables horas apoltronado en una mesa redonda en Meduseld, jugando animadamente a extraños pasatiempos que eran sorprendentemente complicados para la cabalgata estéril de rufianes que suelen intentar confundirlo para aprovecharse pérfidamente de Saruwoman, algo que Baldor nunca consentirá.

Los miembros de tan elitista organización siempre procuraban velar por todas las desafortunadas señoritas que tenían dudosas moralidades, no obstante, hacían Códigos Morales para poder frenar sus libidinosos instintos, cosa difícil debido principalmente a ciertas elucubraciones metafísicas que impedían hacer lo único que podía realizarles, siempre perseguían sueños subidos de tono, lejos de intentar contenerse aprovechaban cualquier despiste de ellos para satisfacer sus irrefrenables bajos vientres.

Pasaron eones y demás trozos raros de fauna arborícola, cuando el desafortunado Comeshivitos valoró todo aquello que había vivido optó por escapar hacia otro punto donde fuera menos conocido, alejarse era primordial para conservar todo su empeño en ganarse a Saruwoman.

Cogió sus pertenencias, miró a todos lados, tratando de grabar en su memoria aquellas tierras, tan pronto caminó descubrió aterrado que se había derramado lejos la ilusión que tenía almacenada entre sus infantiles recuerdos, dando tiempo a sus retinas para alimentar esperanzas en poder recordar aquellos irrepetibles escarceos en casa ajena.

Saruwoman mientras tanto se tomaba unos días, retirada bajo la protección inesperada de una hobbitina, que lograba sacarle de quicio cada vez que miraba su ropa interior guardada en arcones ya casi pasada, de tanto manosearla todos los días lluviosos.

La jornada anterior el bueno de Pandoro había llegado hasta la posada cojeando y pidió cerveza para quitarse de encima el mal gusto provocado por aquellas patatas podridas que confundió con jugosos boniatos asados con castañas.

Tras reponerse del ardor estomacal decidió guardar cuidadosamente bajo su capa las sobras frías de la cena ya servida, también escondió un buen pedazo de solomillo crudo para intentar bajar la temperatura de su trasero tras sentarse en aquel horno subterráneo.

Sus oxidados dedos mostraban restos inequívocos de antiguas comilonas deliciosas, tristemente famosas pero ya acabadas.

Sus increíbles aventuras transcurridas durante su estancia en los verdes prados, eran bastante entrañables, y algunas incluso inexplicables, como cuando encontró casualmente una oreja tirada entre los cascarones amarillos abandonados, al ahuyentar a las alimañas voladoras que aparecieron cuando despertaba bruscamente del abismo, o aquella inmersión alocada en los estanques hediondos habitados casi por terribles pirañas transparentes.

Aun deseando pasar una temporada disfrutando de los Chipirones encebollados sabía apreciar las bolas Gondorianas que freían con Trollgrasa refinada con aceitillos y aceitunas. Ese menú, regado excesivamente con jugo especiado, adormeció sus pulgares de las peores picaduras, con pequeñísimas heridas palpitantes aún abiertas.

Sabía más de alimañas, trampas, naipes, bebidas, dados y huellas que de su vida, habría cambiado casi cualquier momento vivido entre aquél montón ingente de basura acumulada, batalla diaria por conseguir parte de aquella pringosa materia grisácea que chorreaba por todos los lugares alrededor de la fuente de manteca extraída con manos de recolector y sudorosas mejillas sonrosadas por el refrescante aire montañés , oloroso tufillo a rancio abolengo, ilustres recolectores, agotados currantes impagables, todos embriagados de tristes recuerdos, épocas heroicas llenas de agradables experiencias eróticas, relatadas entre cervezas, cacahuetes, risas y alusiones chispeantes, irreverentes y subidas de color.
En ciertos amaneceres gélidos abrigados con buenas pieles, un tímido despertar amoroso lejano estremecía relatos tan terrenales y voluptuosos con sentidos que atontaban la razón olifantica de los presentes Haradrims, que se revolvían contra visiones catastrofistas en sus asientos de madera expuestos al aire montañés.
Subiendo la montaña, Pandoro se animó a cantar el abecedario sindarin en Gondoriano para darse cabezazos contra resbaladizas peladuras de tamarillos y guendolillas, hiriéndole el corazón sangrante con una envenenada púa de puercoespín pelirrojo, casi extinto le hizo recoger todos aquellos fragmentos de su última escaramuza con viejos enemigos domésticos, raritos y escurridizos.
Tras divisar la nevada de altas cumbres amenazantes recogió varias provisiones imprescindibles, ya empacado todo aquello que necesitaba para proseguir su andadura vital.
Saruwoman en ese instante mismo dirigió su mirada hacia las estrellas sintiendo en su nuca el aliento tórrido del Siervo del Oscuro Deseo Insatisfecho cuchicheandole eróticas proposiciones mientras manoseaba sin parar los turgentes brazos helenos desnudos y helados.
Sus largas vestiduras ricamente recamadas de plata dejaban traslucir sus torneadas pantorrillas temblando por la carga indeseable que portaba. Cansada y erotizada quiso sacarse de encima semejante plasta, cuando notó sudorosas manos encima de sus senos.

Bofetada que resonó en Bree y alrededores, cinco dedos marcados rojos en la cara asombrada del atrevido sobón, que se separó con disgusto de ella antes de que volviese la torta con más mala idea, acompañada inevitablemente por un puñal plateado en su pecho. Este pensamiento le hizo suponer que debería poner tierra por medio de la pala.

La suerte nunca es buena cuando Saruwoman decide que es hora para mantenerse con energía, o simplemente continuar siendo tan honesta como cuando tiempo atrás se dispuso a recluirse.

El bueno del Mariscal se aventuró a acercarse al lugar donde ella recordaba que siempre había sido tan feliz con sus traviesas trastadas que tenian siempre a todas sus amigas como si de chiquilladas se tratase.

Sonriendo miró hacia el sendero por donde subia jadeando el último hombre .- es tarde ya, debemos entrar antes para evitar encontrarnos solos, pues vendrán cuando salga la siempre inoportuna mirada inquisidora del ocaso- Venga vamos hacia Erebor.

Con alegría inusitada reemprendieron

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Tyelpëa Taurenna


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