Identificarse | Registrarse


Todos los horarios son UTC + 1 hora


Fecha actual Jue Dic 12, 2019 10:23 pm





Nuevo tema Responder al tema  [ 124 mensajes ]  Ir a página Anterior  1, 2, 3
Autor Mensaje
 Asunto:
NotaPublicado: Mié May 16, 2007 9:04 pm 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
Al rato Llumdelest se puso al lado de Laurefinwë, cuyo corcel tenía la misma postura arrogante que él. Llumdelest lo miró y dijó:

-Parece que hay cosas que se heredan con el tiempo

El elfo no contestó

-¿Por qué se pelean tanto?
-¿Quienes?
-Bubhoshai y tu, quien más.
-El es un Orco, yo un Elfo, se llama "Naturaleza", Auriga.
-Hey, no me tomes el pelo.
-No me tomo nada.
-¡Aay! ¡Contigo no se puede hablar!- y dicho esto se marcho con Dicap detrás de Laurefinwë y Morisil una vez más.

_________________
En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


Última edición por Laurefinwë el Jue Sep 17, 2009 8:21 am, editado 1 vez en total

Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Vie May 18, 2007 5:38 am 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Les dió la sensación que habían pasado días avanzando por el bosque. Estaba tan oscuro que debían avanzar más despacio de lo que querían.
- ¿Falta mucho? - preguntó por enésima vez Gâlmur rompiendo el silencio, haciendo que los demás se sobresaltaran al ir tan ensimismados siguiendo el camino.
- Se supone que no - dijo Llumdelest, echando una ojeada al mapa, aunque era en balde dada la poca luz con la que contaban.
- Está todo tan oscuro... - comentó Ithilien.
- Parece como si la misma oscuridad de los abismo se hubiese instalado en este maldito bosque - afirmó Bubhoshai, aún molesto por el comportamiento del elfo y, sobretodo, por el hecho de perderse en ese lugar.
- Tranquilos: no falta demasiado para el amanecer - dijo Laurefinwë.
De repente, Llumdelest se detuvo, soltó las riendas de Dicap, y trepó hasta una rama baja.
- ¿Qué haces Llum? - preguntó sorpendida Ithilien, aunque no más que los otros.
- Voy a ver si desde arriba me puedo aclarar - y la mujer continuó trepando.
- Ya... Tanta queja porque me aleje y ahora ella... - susurró molesto Laurefinwë soltando también las riendas de su caballo con fastídio.
- Sube tú también si quieres, Laurefinwë - lo animó Llumdelest mientras llegaba hasta la copa de los árboles.
- No hace falta que me des permiso - replicó él, mas fue saltando de rama en rama hasta desaparecer entre las hojas, junto con la auriga; lo que en verdad le molestaba era no haber tenido la idea de la mujer él antes que ella.
Mientras, Bubhoshai se había quedado apoyado en el árbol donde descansaba Setsuna colgado de una rama, e Ithilien buscaba en su mochila sentada en una roca; tanto ella como el orco parecían malhumorados. Gâlmur se había sentado junto a la elfa, y cabeceaba.

Desde la parte superior de un frondoso acebo, Laurefinwë y Llumdelest vieron un claro unas millas en dirección sureste, y el elfo pudo distinguir cláramente ruinas de edificios altos. Se habían desviado hacia el norte, aunque no demasiado y, por suerte, empezaba a clarear por detrás de las Montañas Nubladas.
- ¿Puedes ver algún río? - preguntó la mujer a su compañero.
- Agua precisamente no, pero parece que hay una franja de árboles menos espesa, de Norte a Sur - dijo el elfo señalando con una mano - Aunque es relativamente estrecha como para que pase un río que nos deba incomodar...
- En el mapa aparece un río bastante ancho; aunque bueno, quizá su caudal haya disminuido desde que se dibujó.
- De todas formas - Laurefinwë se quedó mirando en dirección Oeste -, no veo ninguna amenaza por la que tengamos que continuar por hoy.
- ¿Y si también se han metido en el bosque? No los podríamos ver desde aquí.

Ambos descendieron junto al resto del grupo. Decidieron descansar para reponer fuerzas mientras comían frugalmente, vigilando a Gâlmur para que no se diera de cabeza en el suelo, de lo somnoliento que estaba; aunque no era el único.
Una hora después, volvieron a ponerse en camino hasta encontrar el río que marcaba el mapa de Llumdelest; aunque, como había aventurado la mujer, no era tan grande como indicaba el documento. El caudal parecía haber disminuído en años, y la vegetación había ocupado gran parte de su cuenca, de manera que sólo se veía un riachuelo de poco más de tres metros y menos de dos pies de profundidad, con numerosas porciones de roca por donde hasta los caballos podían pasar sin problemas. Una vez lo cruzaron, lo siguieron rumbo sur para encontrar la senda hasta Ost-in-Edhil.
El riachuelo se hacía más grande y profundo a medida que descendían, hasta que al fin encontraron un puente. Éste parecía bastante abandonado, al igual que la pequeña carretera que marcaba el camino. Siguieron la calzada desde la espesura y, sin darse cuenta, llegaron a los lindes de la antigua capital del reino de Eregion. El sol había empezado a colarse por las copas de los árboles, aunque de manera muy débil.
Los viajeros se pararon al lado de la calzada, pero ninguno se decidía a dar un paso más; ni siquiera Laurefinwë. El camino se ensanchaba, dando lugar a lo que antaño fuese una calle principal. El paisaje era muy tétrico, como Tharbad, o incluso más; ni siquiera se oían a los pájaros piar por aquella zona.
- Hemos llegado... - se aventuró Ithilien.
- ¿Y a qué esperamos? - dijo enérgicamente Gâlmur y, con aire resuelto, dio un paso y salió de la calzada.
- ¿Es... preciso... pasar por aquí? - susurró con un hilo de voz Bubhoshai a Llumdelest. La mujer notó como el orco tragaba saliva, y casi podía entenderle; algo siniestro les aguardaba ahí. Ithilien había sonreído ante el gesto de temor de Bubhoshai, pero era una sonrisa ausente, pues estaba tan inquieta como él. Ni siquiera Laurefinwë, tan valiente y temerario, se movía del sitio, observando las ruinas.
- La única manera de cruzar el Glanduin es por el puente de Ost-in-Edhil - afirmó la mujer -, o volver por donde hemos venido y enfrentarnos a los jinetes.
- Yo voto por volver - se apresuró Bubhoshai.
- ¿Ahora quieres volver? - Laurefinwë hizo una mueca burlona al orco - ¿Tienes miedo?
Bubhoshai lo miró desafiante, pero no dijo nada, sólo apretó las riendas de su caballo.
- Por favor, no empeceis - pidió Ithilien -. Si Llum dice que no hay otro camino, pues...
"Aunque con gusto provaría pasar por los jinetes..." pensó la elfa, pero no dijo nada. Por su parte, Llumdelest pensaba si había otra alternativa, mirando una y otra vez el mapa que tenía entre sus manos; había pensado que eran imaginaciones suyas, pero ahora comprovaba que los escalofríos que le recorrían la espalda no eran infundados, y que sus compañeros tampoco estaban muy motivados en adentrarse a esa ciudad, salvo quizás Gâlmur, quien o bien no parecía consciente de dónde se encontraba o era más valiente de lo que había supuesto en un principio.
- Buscaremos el puente, todos juntos, sin demorarnos. Conviene que no nos detengamos a explorar, ¿de acuerdo? - dijo, más para el elfo que para el resto; mas parecía que no había necesidad de avisarle: su rostro ligeramente pálido daba a entender que no tenía ganas de investigar.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Sab May 26, 2007 7:35 pm 
Amigo de las Palabras
Amigo de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
Mensajes: 144
Ubicación: La Posada del Poney Pisador
Después de forcejear con Bubhoshai, al final el orco cedió a travesar la ciudad. Montaron en sus respectivos caballos y se adentraron en la ciudad. Laurefinwë iba delante, alerta a cualquier sonido, luego Llumdelest, Ithilien, Bubhoshai y Gâlmur que ha pesar de escuchar la conversación, volvía a silbar una canción. Marcharon así hasta que los primeros rayos de sol iluminaron los edificios más altos. El día parecía claro y hermoso. El grupo pareció animarse.
- ¡Me encanta estos días! ¿A ti no, Bubhoshai? – le comentó Ithilien.
- ¡Bah! Yo quiero salir de aquí, cuanto antes, mejor.

Fueron pasando las calles de la ciudad, mientras empezaron a animarse y hablar un rato. Todo parecía estar tranquilo, pero el enano rompió la animada conversación.
- No es por nada, pero...¿ Esto es niebla o me lo parece?
- Cierto y cada vez hay más – comentó Laurefinwë.
- Estamos al lado de un río; es normal a estas horas – dijo Llumdelest.

En efecto, una bruma fue cubriendo las calles y pronto el grupo no distinguía nada que estuviera a más de dos o tres metros delante de sus narices.
Durante un tramo, Llumdelest se quedó rezagada junto con Bubhoshai y Gâlmur y, cuando se dio cuenta, descubrió que los elfos habían desaparecido.
- ¿Qué pasa? – preguntó Bubhoshai al sentir que la humana se paraba en seco.
- No los oigo. Ithilien y Laurefinwë, no oigo sus voces. ¿Y tú?- le preguntó ligeramente alarmada.
- Um... – el orco puso atención a su alrededor - Cierto, no escucho nada.
- ¡Lo que nos faltaba – Llumdelest golpeo las riendas para que Dicap fuera más deprisa - ¡Ithilien! ¡Laurefinwë! ¿Me escucháis? – gritaba la auriga.

No hubo contestación por parte de nadie. Aunque intentara buscarlos con su mirada y los llamara repetidamente, no había señales de ellos.
- Ya os dije de no entrar aquí - dijo el orco visiblemente enfadado.
- ¡Calla! – le gritó Llumdelest - Ahora la cuestión es encontrarlos. No os separéis, ¡vamos!

Por otra parte Ithilien y Laurefinwe marchaban un tramo mas lejos de Llumdelest y los demás...
- Oye Laurefinwë...¿No crees que tendríamos que pararnos? - dijo Ithilien mirando detrás y luego volvió a mirar donde estaba el elfo - La...¿Laurefinwë?

La elfa se había quedado sola. No había rastro de Laurefinwë ni de su caballo. Ithilien miró a su alrededor atónita por lo que estaba pasando. ¿Cómo era posible? Si hace un momento estaba con ella... ¿Y los demás? Ni siquiera escuchaba sus voces. La elfa apretó con fuerza las riendas del caballo para tranquilizarse, se encontraba completamente sola en aquella espesa niebla, sin el menor ruido. Sentía una sensación de ahogo y su respiración se agitó, pero intentó mantenerse calmada, aunque le resultara de lo más difícil.
Se armó de valor y sacó su daga del cinto. Entonces bajó del caballo y cogió las riendas de éste, comenzando a caminar dirección hacia atrás, para buscar a Llumdelest y los demás. Empezó a llamarles primero entre susurros, después alzando la voz, pero no había señal alguna de sus voces, hasta que sintió que alguien había cerca de ella.
Ithilien creyó al principio que serían sus compañeros, pero tampoco se fiaba, así que siguió andando cogida al caballo. La niebla no desaparecía e Ithilien empezó a ver sombras a su alrededor. La elfa empezó a ponerse más nerviosa, sujetando con fuerza la daga en su mano derecha. Se paró volviendo a llamar a sus compañeros sin obtener respuesta.
De repente, alguien la toco del hombro. Ithilien se giro con rapidez, con la daga preparada para atacar, pero aquel ser se defendió y cogió a Ithilien, pero ésta, ligeramente más fuerte, logró zafarse de él. La elfa dio unos pasos atrás y tiro la daga gritando...
- ¡Llumdeleeeeest!!

El extraño la esquivó como pudo, pero terminó con una mano sujetándose el hombro. Y dijo:
- Si, ese es mi nombre. ¿Quieres estarte quieta?

_________________
"Para el mundo no eres nadie, pero tal vez para alguien eres el mundo."


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Sab Jun 02, 2007 2:04 am 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
- ¡Al fin! - exclamó la elfa - Ya pensaba que me abandonaríais aquí...
- Si es que... no se te puede quitar la vista de encima - contestó Llumdelest, sujetándose aún el hombro.
- ¿Y ahora donde estais? - se oyó de repente la ronca voz de Bubhoshai.
- ¡Aquí Bubhoshai! - indicó Ithilien a la vez que movía los brazos, y poco a poco vieron como unas figuras se acercaban hacia ellas.

- ¡Maldita niebla! - maldijo el orco cuando al fin las pudo distinguir.
- No te preocupes; se disipará cuando caliente un poco más el sol - dijo la mujer -. A todo esto Ithilien, ¿y Laurefinwë?
- Ya me gustaría a mi saberlo. Íbamos los dos juntos, él apenas un par de metros más adelantado, cuando me di cuenta de que no estabais, por lo que aminoré la marcha. Y, cuando miré enfrente, él ya no estaba. ¡Oh, Llum! - se escandalizó la elfa al distinguir algunas gotas oscuras en la palma de la mano de su amiga - Estás sangrando...
- Uhm... ¿no me digas? - contestó Llumdelest un tanto irritada.
- ¿Herida? - preguntó Bubhoshai.
- ¿Quien? - inquirió Gâlmur.
- Yo no quería... Pensaba que eras... No se... Lo siento... - Ithilien trataba de explicarse.
- Ya, ya, no pasa nada - trató de tranquilizarla Llumdelest mientras se limpiaba el corte con agua y alcohol - Pero aún como no le has dado a nadie más, espero.
- ¡Oh, no! - exclamó horrorizada la elfa - ¡He perdido la daga! ¡Tengo que encontrarla! - e hizo ademán de correr en la dirección donde había lanzado la daga, mas Llumdelest pudo retenerla.
- Espera, mujer.
- Estos elfos... Cálmate, anda - dijo Bubhoshai tirando de la chaqueta a Ithilien y haciendo que se sentara; pero cuando se dio cuenta del contacto, la soltó apresuradamente.
- Pero he de encontrarla... Es muy preciada para mí...
- Ahora iremos, pero tenemos que permanecer juntos. No te vayas a perder, como Laurefinwë - se burlaba Llumdelest.
- A propósito del elfo, ¿qué hay de él? - preguntó el orco mientras empezaba a encender su pipa.
- Habrá que buscarle también... - comentó Gâlmur.
- De momento, lo único más o menos seguro sería encontrar la daga de Ithilien - decía Llumdelest mientras se vendaba la zona de la herida -. Además, creo que la bruma no tardará en desaparecer; como mucho media hora.
- ¿Crees que en media hora nuestro valiente elfo podrá llegar a Mordor? - se burló el orco.
- Hay pocas cosas verdaderamente imposibles - rió la humana -. Vamos.

Dejaron a Gâlmur al cuidado de los caballos junto a un árbol cercano, donde colgaron a Setsuna; el vampiro dormía plácidamente y no se percató de lo sucedido. Llumdelest cogió una de las cuerdas que tenían y, después de atar un extremo al árbol, ella, Ithilien y Bubhoshai marcharon en la dirección seguida por la trayectoria de la daga. Creyeron que la encontrarían rápidamente, pero sólo les quedaban dos metros de cuerda cuando la elfa la halló clavada en el suelo.
- Por qué poco, Bubhoshai - exclamó Ithilien aliviada recogiendo su daga.
- ¿Uhm? ¿Qué he hecho? - preguntó el orco, alzando la cabeza de entre unas piedras próximas.
- Tranquilo, si no te ha dado.
- ¿Pero de qué hablas?
- Pues... Es que... Hay pisadas... Las tuyas...
- A mi no me suena haber estado por aquí.
- ¿E... entonces?
- De orco no son - dijo Llumdelest cuando se agachó al lado de la elfa y examinó las huellas -, demasiado ligeras.
- Quizás sean del elfo - preguntó Bubhoshai.
- Tampoco: demasiado pesadas.
- ¿No decías que eran demasiado ligeras? - preguntó desconcertada Ithilien.
- Demasiado ligeras para ser de un orco, demasiado pesadas para ser de un elfo. Dudo que Laurefinwë haya pasado por aquí, y más a pié. No hay huellas de caballos.
- ¿De qué pueden ser? - se acercó Bubhoshai.
- ¿Humanos? - dijo Llumdelest, levantando los hombros, con lo que sintió un pinchazo en el izquierdo.
- ¿Creeis que pueden ser nuestros perseguidores? - aventuró Ithilien.

Ninguno de sus compañeros dijo nada. Llumdelest se levantó, sin apartar la vista de las pisadas, y le cedió la cuerda a Bubhoshai.
- Parece que... Entraron a la ciudad dos personas; por la profundidad de las huellas supongo que eran hombres fornidos - dijo en voz baja la mujer; siguió la dirección contraria de las huellas, hacia el Noroeste, anduvo unos pasos, y luego se volvió -. Parecía que iban tranquilos, o alerta... Y, más o menos en este punto, algo hizo que se detuvieran. Ithilien, pásame la daga.
La elfa le entregó el arma a Llumdelest, quien la inspeccionó. Se veían finas marcas de sangre, posiblemente las suyas propias, en un lado del filo. La auriga se agachó de nuevo, y metió cuidadosamente la daga en el agujero donde la había encontrado su amiga; encajaba perfectamente, más parecía que se había clavado límpiamente, sin marcas de que nadie la hubiese tocado antes. Apenas unos pasos al Este, había nuevas señales en el suelo, que habían pasado desapercibidas y estaban en parte alteradas por el paso de Bubhoshai e Ithilien.
- Creo que se tiraron al suelo. Quizá tu grito, Ithilien - la elfa agachó la cabeza, y se ruborizó recordando lo estúpido que había sido -, los alertó y, al menos uno vio venir la daga, o más bien era un acto reflejo al peligro; se lanzó sobre su compañero y ambos cayeron al suelo.
- ¿Algo más? - preguntó Bubhoshai.
- Luego se levantaron - dijo como si fuera lo más obvio, rodeando la zona -, y retrocedieron por donde habían venido.
- Entonces...
- Volvamos junto a Gâlmur. Busquemos el puente, a Laurefinwë, y salgamos de aquí cuanto antes.
Bubhoshai no dijo nada, y tampoco Ithilien. La mujer devolvió la daga a la elfa, y los tres volvieron junto a Gâlmur siguiendo la cuerda. El enano seguía silvando, aferrado a su hacha y simulaba serenidad; no protestó cuando le dijeron que debían marchar.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Dom Jun 17, 2007 9:57 pm 
Amigo de las Palabras
Amigo de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
Mensajes: 144
Ubicación: La Posada del Poney Pisador
- ¡Es una locura! ¿Acaso no te afecta lo que ha pasado? - gritaba Hather a su extraño compañero.
- Por supuesto: ¡se nos han escapado! - Moralagos estaba harto; hacía días que perseguían a aquellos viajeros, desde que los vieron salir del pantano de Tharbad, y ahora que los tenían tan cerca, una estupidez de aquel rohir podría haberlo arruinado todo.
- ¿Que se nos han...? ¡Arg! ¿Pero que no entiendes dónde estamos? - respondió el veterano soldado, bajando la voz, como temiendo una emboscada repentina.
- Sí, se perfectamente dónde estamos - "... estúpido supersticioso" iba a decir Moralagos, pero se calló esto último -; lo que no sabía es que un poco de niebla te haría perder... los estribos.
- ¡Serás...! - a Hather no le sentó nada bien el tono que había usado aquel gondoriano, e iba a lanzarse sobre él cuando Harin se interpuso en medio - ¡Si no llega a ser por mi - dijo gritando - esa daga ensangrentada te habría atravesado el pecho!
- Uhm... - Moralagos se quedó pensativo, mirando cómo el joven Harin trataba de tranquilizar a su compatriota; no sabía qué pensar: o Hather tenía una gran imaginación, o una vista prodigiosa para ver la sangre en la daga; aunque en algo tenía razón - Bueno, pues te lo agradezco Hather... Si no me llegas a tirar al suelo, quizá ahora no estaría aquí.
El veterano rohir se calmó al escuchar aquellas palabras. Por su parte, Moralagos se había apoyado con los brazos cruzados en el tronco de un árbol. ¿De dónde habría salido esa daga? ¿Era posible que los hubiesen descubierto? La niebla era demasiado densa, y no habían hecho tanto ruido cómo para descubrir su posición.
- Cosa de espíritus... - le decía Hather a su compañero más joven después de relatarle lo sucedido.
"No" pensó tajante Moralagos, meneando la cabeza "Aunque los hubiese, no tienen la fuerza para lanzar nada". Trataba de encontrar una explicación lógica mientras sus dos compañeros discutían sobre lo ocurrido. Esa daga la habría lanzado alguien, y alguien muy vivo.
- Y ese grito... Me... me dio escalofríos - decía Harin, un tanto ruborizado pues se suponía que era un valiente Caballero de la Marca que no conocía más miedo que perder su patria y su familia -. ¿Qué decía?
- No estoy seguro, pero era... Una palabra... - contestó Hather, haciéndose el misterioso.
"Esa es otra..." pensaba Moralagos, "... parecía llamar a alguien..."
- ¿Que crees que podría significar? - preguntó Harin, en un susurro.
- Pues, si quieres saberlo... me sonaba a élfico... - el joven estaba expectante a las palabras del veterano - Y, su significado... No lo se, sinceramente - Harin agachó la cabeza; había sobreestimado la sabiduría de su compatriota.
- No era élfico - dijo Moralagos, desde el árbol - No se que idioma era, pero... "élfico" no - el hombre se irguió y dio unos pasos en dirección hacia el Este, resuelto a entrar en la ciudad - Pero estamos perdiendo el tiempo: pronto la bruma desaparecerá, y ya no habrá manera de encontrarlos, si logran llegar al puente.
- ¡Oye, oye jovenzuelo! - dijo Hather; "¿Jovenzuelo?" pensó Moralagos poniendo cara de circunstancias y deteniendo su paso - ¿En verdad piensas volver?
- Pues... ¿sí? - respondió con una sonrisa burlona, como si no hiciese falta explicar sus intenciones.
- Bien entonces, pero lo lamento: nosotros no vamos. Si quieres perder tu vida, y quizá algo más, es problema tuyo; pero el muchacho y yo no nos arriesgamos.
"Cobardes tradicionalistas..." pensó Moralagos. Mas, soltando un suspiro de resignación, se agachó y, con una rama, trazó unas rayas en un trozo de suelo libre de hojarasca.
- Está bien, si no quereis seguirme. Pero os pido un favor - y fue señalando los dibujos que había hecho con la rama -: esperadme al otro lado del río. ¡Tranquilos! - se afanó a decir, antes que los otros dos protestaran - No entreis en la ciudad si no quereis: bordeadla por la arboleda. Si seguís dirección... Este y luego Sur, llegareis al cauce del Glanduin. Sólo tendreis que cruzar el puente; seguramente, podreis encontrar algún agujero en las murallas de la ciudad por donde pasar. Si os dais prisa, no creo que tengais problemas. Una vez ahí, esperad; a mi o a los sospechosos, pues de seguro se dirigen hacia allí.
- ¿Cómo estás tan seguro? - preguntó Hather, más con curiosidad que como reproche.
- ¿De qué? - dijo Moralagos levantando la cabeza, un tanto despistado; parecía no recordar lo que acavaba de decir.
- Que se dirigen al puente... - continuó Harin.
- ¡Ah! - respondió el hombre, como volviendo a la realidad - Creí que era obvio.
Se quedó mirando a sus dos compañeros, pero la expresión de éstos le demostró que no estaba tan claro para ellos.
- ¿Para qué si no han entrado en la ciudad? Quieren cruzar el río.
- ¿Y si lo que quieren es ir a Moria? - dijo de pronto Harin, y los otros dos se lo quedaron mirando sorprendidos - Quiero decir, parece que hay dos enanos con ellos, ¿no?
- Dudo que ese sea su rumbo. Además, si quisieran ir les hubiese sido mejor seguir por el Norte, aún cruzando el bosque, sin desviarse hasta Ost-in-Edhil.
Dicho ésto, se levantó, como si el asunto estuviese zanjado y se dirigió hacia la brecha del muro por dónde había entrado a la ciudad junto con Hather.
- ¡Os veo luego! - dijo en tono animoso a sus compañeros, quienes no pudieron hacer nada más que mirar cómo desaparecía por la brecha casi oculta por la vegetación, unos 10 metros hacia el Este de donde se encontraban.

Moralagos se fue internado en la ciudad a medida que la bruma iba desapareciendo por completo. “¡Perfecto! Así no me llevare más sorpresas”, pensaba. Subió por una cuesta a la parte superior de la ciudad, escondiéndose por detrás de cada esquina de las ruinas, que en su día fueron edificios de gran majestuosidad. De vez en cuando, inspeccionaba cada objeto, huella o algo que le indicara una pista del rastro de aquel grupo; pero parecía que no habían subido a los nivel superior. Sin embargo, Moralagos creyó que le sería de ayuda situarse en una posición elevada ya que eso le permitiría encontrarlos antes. “No tienen que estar muy lejos. Estoy seguro que se dirigen al puente, tengo que llegar antes que ellos.”

El hombre aceleró el paso sin bajar en ningún momento la guardia. De repente sus ojos vislumbraron un resplandor. Al principio no le dio importancia y caminó unos pasos, pero el efecto se volvió a producir. Moralagos se giró para asegurarse de donde provenía y descubrió que el resplandor venia de detrás de unos edificios a su espalda, en la parte baja de la ciudad.
No pudo evitar un sonrisa cuando descubrió qué causaba ese reflejo. Ante sus ojos, a unos 4 metros por debajo de él y sobre la calzada de lo que debió ser una calle en el nivel inferior, había un jinete cuya cabellera rubia resplandecía con los primeros rayos de sol.


Laurefinwë continuaba en su caballo buscando al grupo. “Aquel grito fue de Ithilien, no hay duda, de eso estoy seguro. Pero...¿Dónde estarán ahora? Tenían pensado ir hacia el puente, espero que no estén en peligro”, pensaba el elfo. Mas, de repente, empezó a percibir una sensación extraña. El elfo se puso aún más alerta, agudizando sus sentidos: había alguien que lo estaba espiando, y no eran sus amigos.
Después de observar las ruinas detenidamente, se fijó en el nivel superior. Bajó de su caballo y, suspirando, se encaminó tras un edificio, con una flecha preparada en el arco; aunque no lo deseaba, no tenía más remedio que meterse en las ruinas. “Si quieren encontrarme, me encontrarán más rápido de lo que piensan”.

Moralagos, por su parte, había decidido capturar al jinete. “Quizá consiga aclarar varias cosas...”.
Poco a poco se dirigió hacia una pared exterior de otro edificio cercano, situado al borde del nivel superior. Sabía que era una posición arriesgada, pero desde ahí podía ver el puente y parte de la ciudad, aunque por culpa de la altura de los edificios no alcanzaba a ver la calzada. Se quedó mirando el panorama; había algunos tejados cercanos a su posición, a la derecha; unos saltos, y podría llegar a la calle donde había visto al jinete rubio.
Pero, de repente, justo cuando iba a girarse, notó una punta afilada y fría rozándole la sien.

- ¿Buscas a alguien? Si es a mi, aquí me tienes. - dijo una voz a su lado.
El hombre no se esperaba aquello. Se apartó un poco y giró la cabeza en aquella dirección. El jinete rubio le estaba apuntando. Moralagos agachó la cabeza y con una sonrisa sarcástica contestó:
- En efecto: te estaba esperando.

_________________
"Para el mundo no eres nadie, pero tal vez para alguien eres el mundo."


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Vie Jun 22, 2007 1:47 pm 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Moralagos volvió a mirar al jinete. Ambos se observaron durante unos instantes, hasta que el hombre hizo ademán de sentarse en el suelo.
- No te muevas - le ordenó Laurefinwë.
- Sólo iba a sentarme un rato... Y te recomiendo que tú también lo hagas: estar mucho tiempo de pie no es bueno para la espalda.
- Puedo aguantar horas en la misma posición. Y te recomiendo, que no me provoques.
- Vaya con el elfo, que estirado él - se burló Moralagos -. Porque eres un elfo, ¿no? No sabía que aún quedaban en este lugar. Creí que todos habían sido masacrados hace... ¿4000 años?
Moralagos esperó a que Laurefinwë contestara, mas éste permaneció con el rostro impasible, de pie y apuntándole aún con la flecha. Haciendo caso omiso a las advertencias del elfo, el hombre se sentó finalmente, apoyando la espalda contra la pared del edificio. Laurefinwë dio un respingo al ver el poco respeto que tenía aquel extraño del lugar en el que se encontraban, así como de su propia persona. Este hecho no pasó inadvertido para Moralagos.
- ¿Qué pasa? ¿Acaso un hombre cansado no puede sentarse? - se mofó Moralagos, acompañando sus palabras de una sonrisa burlona; sin embargo, la expresión del elfo le hizo comprender - O quizá... Te moleste que me apoye justo en este lugar, en esta cómoda, pero ruinosa y sucia pared - dijo mientras palmeaba la pared con la mano para corroborar sus palabras; Laurefinwë continuó en silencio y, aunque relajó su expresión, miraba al hombre con notable irritación.
>> Tranquilo... - dijo Moralagos, más susurrando para él mismo, aunque el elfo pudo escucharlo - Aquellos a los que temes no vendrán, si no se les llama. O si no son molestados demasiado...
"Será cabr..." pensó Laurefinwë, mientras sentía un escalofrío por la espalda al oir el tono frío con que eran dichas estas palabras. Era obvio que aquel hombre trataba de provocarlo para que bajara la guardia.
Moralagos esperó alguna contestación por parte del elfo, pero ambos se mantuvieron en silencio hasta que el hombre decidió romperlo.
- Vayamos al grano: ¿qué quieres de mi?

Laurefinwë se sorprendió con estas palabras y soltó una carcajada, pero manteniendo su posición y sin aflojar la mano del arco.
- ¿Y porqué querría yo algo de tí?
- Tú sabrás - contestó Moralagos alzando los hombros -. Si no querías nada, o bien me habrías dejado marchar, o me habrías matado.
- Que yo recuerde, eras tú quien me estaba esperando - dijo Laurefinwë con tono altivo.
- ¿Yo dije eso? Bueno, es posible. Aunque, sinceramente, no me interesa montármelo con elfos...
"¿Pero de que va?", pensó Laurefinwë.
- ¿Porqué nos perseguís? - decidió preguntar Laurefinwë.
- ¡Ah! Así que tú ibas en ese grupito tan pintoresco... - contestó alegremente Moralagos, pero Laurefinwë no dijo palabra, esperando una respuesta convincente. - ¿Tú crees normal - dijo el hombre al fin en tono serio - que un grupo de jinetes cruce los marjales situados al norte de Tharbad y que, encima, se disponga a seguir por el Este hasta llegar a Ost-in-Edhil?
"Tal como imaginé: nos espían desde que salimos del pantano...", pensó el elfo.
- ¿Sois... guardias fronterizos?
- Uhm... Algo así, supongo - contestó Moralagos mientras se frotaba la barbilla -, aunque por mi parte es a tiempo parcial...
- Volveré a repetirlo: ¿por qué nos seguís? - cortó amenazadoramente el elfo.
- Ya te he contestado.
- ¿Por... por simple curiosidad? - dijo Laurefinwë sorprendido.
- ¿"Simple curiosidad"? - rió Moralagos, repitiendo las palabras del elfo - Me parece que no sabes en qué tiempo vives, ni tampoco en qué lugar. Tanto mirar las estrellas te ha hecho perder la noción de la realidad.
- Yo no "miro" las estrellas.
- Una lástima: son fascinantes.
- ¡Cállate! - Laurefinwë pensaba que esa conversación se estaba alargando demasiado para su gusto, y que no sacaba nada en claro.
- Por cierto, ¿dónde están tus amiguitos? - preguntó Moralagos cuando le pareció que el elfo se había calmado.
- ¿De verdad crees que soy tan estúpido como para decirtelo?
- Pues no... Pero...
- No te lo pienso decir - contestó tajante Laurefinwë.
- Ya veo... Será por... ¿porque tampoco sabes dónde están? - pregunto con inocencia fingida Moralagos; Laurefinwë no dijo nada, más una extraña mueca de fastidio se le dibujó en la cara - ¿En... en serio?
- ¿En serio qué?
- ¡Que no sabes dónde están! - dijo Moralagos, estallando en carcajadas - Quien me lo iba a decir... ¡y de un elfo, tan cautos que son!
- ¡¿Quieres callarte de una vez?! - gritó Laurefinwë enfurecido, y dio un paso más para hacerle ver al hombre que estaba en desventaja.
- ¡Bueno, bueno! - dijo al fin Moralagos, restregándose el puño por los ojos; se le habían salido unas lágrimas de la risa - Aunque no se qué haces aún en esa posición. No creo que el arco te sirva de mucho desde tan cerca.
Laurefinwë iba a protestar, pero se percató de la distancia que los separaba y se dio cuenta de que aquel personaje tenía razón. Aunque era más alto que el hombre, éste parecía más fornido, pesado y, sobretodo, fuerte. Aprovechando que Moralagos contemplaba el panorama de la ciudad, dio unos pasos atrás, pero pronto el pie más atrasado se quedó tocando la nada: trás él terminaba el nivel superior, y no había más que tejados. El nivel superior iba en pendiente, y se encontraban en la parte más elevada, por lo que el tejado más próximo estaba a unos 3 metros por debajo de Laurefinwë.
- ¿Ya no tienes más dudas? - dijo de pronto Moralagos; seguía en el mismo sitio, de cuclillas ahora.
- Siempre quedarán respuestas sin resolver - contestó Laurefinwë, casi sin darse cuenta mientras trataba de idear un plan.
- Uhum... - "Ahora se hace el intelectual... Qué demonio de elfo", pensó Moralagos - Entonces, creo que ya nos podemos marchar - dijo mientras se levantaba y daba un paso adelante.
- ¡No te muevas! - Laurefinwë siguió apuntándole.
- Vamos, vamos... ¿Qué vas a hacer? Desperdiciarás la flecha...
- No me subestimes, humano... - dijo amenazadoramente entre dientes Laurefinwë.
- Ni tú a mi, elfo - contestó Moralagos, sonriendo maliciosamente.

Ambos se miraron, mientras cada un pensaba en el siguiente movimiento. Laurefinwë estaba acorralado, mas aún podría saltar hacia atrás, con lo que tendría muchas probabilidades de caer sobre un tejado. Mientras, Moralagos era consciente que, a pesar de la corta distancia que los separaba, el elfo era muy capaz de no errar el tiro. Sin embargo, si consiguiera despistar al elfo, con sólo alargar el brazo podría agarrar la mano que sujetaba el arco.
"Quizá, sólo un paso atrás, dejándome caer...", pensaba Laurefinwë cuando de pronto, se escuchó un animoso grito proveniente de unas calles, al Sur. El elfo identificó la voz de Ithilien anunciando que el puente estaba próximo.
- Ya sabemos dónde están... - dijo Moralagos; Laurefinwë había bajado la guardia, pero parecía que aquel humano también, pues permanecía mirando hacia el río.
Sin pensárselo dos veces, Laurefinwë embistió a Moralagos con el hombro, chocando contra su caja torácica. Sin embargo, y a pesar del aturdimiento, el hombre reaccionó inmediatamente, y aferró a Laurefinwë poniéndolo de espaldas a él y pasándole los brazos por debajo de los hombros, de manera que el elfo no podía moverse.
- No me gusta reconocerlo, pero parece que la fuerza ha vencido al ingenio, elfo.
"Mierda", pensó Laurefinwë. Aún aferraba la flecha y el arco en sendas manos.
- No hables tan rápido - contestó el elfo. Sin que el hombre se diera cuenta, apoyó la punta de la flecha por detrás de los lumbares del hombre y, de improviso, Laurefinwë empujó hacia atrás con inesperada furia. Moralagos reculó a medida que lo hacía el elfo, pensando que éste malgastaba sus fuerzas, hasta que sintió un pinchazo en la espalda cuando el extremo de la flecha chocó contra la pared del fondo, con lo que aflojó los brazos, momento que aprovechó Laurefinwë para zafarse de él.
Mientras Moralagos trataba de quitarse la punta de la flecha que había quedado en su chaleco, Laurefinwë había saltado por sobre los tejados y, cuando el hombre se dio cuenta, tuvo el tiempo justo para esquivar otra flecha que el elfo había logrado lanzar desde el aire.

Laurefinwë cayó con las piernas flexionadas sobre un tejado; sin duda, éste era uno de los saltos más grandes que había dado en su vida. Alzó la cabeza, con una nueva flecha presta en el arco; mas no vio al hombre. Su primera reacción era perseguirlo, mas recordó el grito de Ithilien y decidió ir a su encuentro y avisar a sus compañeros.
Con un par de saltos, llegó a la calzada. Llamó a su caballo, que acudió en pocos segundos, y se encaminó derecho hacia el río a galope tendido.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Jue Jun 28, 2007 10:53 pm 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
El grupo se sobresaltó cuando escuchó el ruido de los cascos de Morisil, pero cuando lo vieron con Laurefinwë ensima respiraron aliviados.
Al llegar dijo con tono arrogante, como era habitual en el:

- Es solamente uno
- ¡¡Donde est...¿qué?- preguntó algo desconcertada Ithilien
- Es uno, y a juzgar por sus razgos, no es ni Sureño ni Esteño
- ¿Rohirrim?- preguntó Llumdelest, Laurefinwë negó con la cabeza, y con un dejo de escepticismo: - Gondoriano?- Laurefinwë asintió.
- ¡¡Jaja!! Tanto problema por un mugroso Gondoriano? ¡¡Matémoslo y lárguémonos de aquí!!
- ¡¡No!!- replicó tajante Laurefinwë- quizás nos sirva de ayuda.

_________________
En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


Última edición por Laurefinwë el Jue Sep 17, 2009 8:23 am, editado 1 vez en total

Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Jue Jul 26, 2007 8:49 pm 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
- ¡¡No!! - replicó tajante Laurefinwë - Quizás nos sirva de ayuda.
- ¿Sabes por dónde se fue? - le preguntó Llumdelest, presta a subir sobre su caballo.
- Pues... - Laurefinwë se quedó pensando unos instantes - Lo buscaremos - dijo al fin con convicción -; no debe andar muy lejos.
- ¡Oh sí! Vamos a buscar al gondoriano, y que nos presente a sus amigos - se burló el orco.
- Bubhoshai tiene razón, Laurefinwë - dijo Ithilien -. Lo más probable es que haya marchado junto con los demás. Si lo encontramos, no estará solo.
- Estoy de acuerdo con Ithilien - dijo la humana.
- ¡Y yo! - exclamó Gâlmur, poniéndose de pie y encaminándose hacia su montura - Estamos perdiendo un tiempo precioso.
- ¡Tienes razón, maese enano! El puente está cerca; hay que aprovechar la ventaja - con esfuerzo por el hombro dolorido, Llumdelest subió sobre Dicap; luego se puso a zarandear a Setsuna, colgado aún de la rama del árbol, para que despertase y se agarrara a la silla.
- Sólo es una posibilidad ¿Cómo sabemos que no están al otro lado? - dijo Laurefinwë mientras el resto del grupo montaba.
- ¿Y cómo puedes saber que sí lo están si no lo comprobamos? - Llumdelest dio la conversación por zanjada y animó a Dicap a iniciar el trote.
- Pero... - intentó protestar Laurefinwë, mas el resto del grupo siguió el caballo de la auriga; el elfo maldijo entre dientes y acercó su caballo al de Llumdelest - ¿Quien te crees que eres? - le susurró furioso a la mujer de manera que sólo ella pudiera escucharlo.
- ¿A qué te refieres?
- Soy yo quien debe ir a Mordor, vosotros los que habeis decidido acompañarme; si alguien tiene que decir lo que ha de hacerse soy yo. No tienes derecho a dar órdenes.
- Yo no he dado ninguna orden a nadie, nada más que a Dicap; los demás me habeis seguido. Ya os dije en la posada que si no me queríais en el grupo, no vendría - Llumdelest animó más a su caballo para apartarse del elfo, pero éste se mantuvo pegado a ella; sin embargo, cuando iba a protestar, Laurefinwë se percató de que la mujer se había aproximado a Bubhoshai y de que éste miraba al elfo con cara de pocos amigos, por lo que optó guardar silencio.

Doblaron una soleada esquina hacia el sur de la solitaria calle por la que abanzaban, y vieron el puente a unos 300 metros.
- ¡AL FIN! Dichoso puente... - bramó Gâlmur.
- ¡Gâlmur! - le riñeron los demás.
- No hables tan alto, o puede que nos descubran - indicó Laurefinwë, quien había perdido el interés en Llumdelest.
- Parece despejado - dijo Ithilien animosamente después de echar una rápida ojeada - ¡Vamos!
La elfa espoleó su caballo, que arrancó a galope tendido.
- ¡Espera Ithi...! - trataron de decir Llumdelest y Laurefinwë, pero Bubhoshai y Gâlmur ya cabalgaban detrás de la elfa. Resignados, la auriga y el elfo los siguieron, y pronto los cinco caballos cargaban juntos hacia el puente.
Sin embargo, dejando atrás una calle, a Bubhoshai le pareció percibir movimiento a su izquierda.
- ¡Frenad! ¡He visto...! - intentó decir el orco.

Pero ya era demasiado tarde. Apenas el caballo de Ithilien pisó el puente, una espesa humareda, como de una explosión silenciosa, lo cubrió todo. Pronto los caballos, junto con sus respectivos jinetes, quedaron dentro del humo, confundidos y espantados.

Después de su enfrentamiento con el elfo, Moralagos huyó, con la esperanza de llegar al puente antes que aquellos extraños. Sin embargo, de pronto se encontró en una calle sin salida. Dio unos pasos atrás, y se vio en una encrucijada; se dirigió por el camino recto y estuvo caminando hasta que, de pronto, se encontró por tercera vez con la misma efígie.
- Uhum... Sí... me he perdido - dijo pensando en voz alta -. Que vergüenza si se enteran los demás - y, sin darse cuenta, se sonrojó ligeramente mientras se rascaba la parte trasera de la cabeza.
Estaba pensando qué dirección podría tomar, cuando escuchó un poderoso bramido procedente de una calle, al sur. Sin pensárselo dos veces, se dirigió hacia allí, y casi se topa con los jinetes en medio de una calle que conducía al puente. "Sí, se dirigen hacia allí", pensó, escondido tras una esquina, "Tengo poco tiempo". Y antes que Ithilien resolviera espolear a su caballo, Moralagos corría cuanto podía hacia el río.
Le faltaba el aliento cuando los caballos empezaron a adelantarle. Con un último esfuerzo, metió la mano en una de sus bolsas. Sólo tenía una posibilidad. Alargó el brazo, y la pequeña bola, del tamaño de un huevo de gallina, recorrió el aire hasta estamparse en el suelo, justo cuando el primer caballo llegaba al puente.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Última edición por Llumdelest el Jue Ago 02, 2007 8:26 pm, editado 1 vez en total

Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Sab Jul 28, 2007 11:20 am 
Amigo de las Palabras
Amigo de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
Mensajes: 144
Ubicación: La Posada del Poney Pisador
- ¡Mierda! ¡Chicos vigilad!

Ithilien gritó con todas sus fuerzas, pero de poco le sirvió. Un ligero chasquido y de pronto una espesa humareda los envolvió a todos. Escucharon una voz, aún así no supieron de dónde provenía.
Los caballos detuvieron la marcha, se encabritaron asustados, intentando tirar a sus jinetes. Llumdelest pidió silencio al grupo, mas con la confusión, no consiguió que nadie la escuchara. El caballo de Gâlmur chocó brutalmente con Dicap y la auriga tratando de mantener el equilibro, apoyó su hombro dolorido que, por desgracia, empezaba a sangrar de nuevo. “Mi hombro esta cada vez peor...”, pensó Llumdelest al sentir un agudo pinchazo en la herida.
- ¿Estáis todos bien? – preguntó Ithilien acercando con gran esfuerzo su caballo al de la mujer auriga - Llum, ¿te encuentras bien?
- Si, tranquila. No es nada – dijo la mujer forzando una sonrisa, pero que la elfa no pudo ver a causa del humo.
- Ithilien, ven un momento – la llamó el elfo con voz firme; Laurefinwë había conseguido tranquilizar a su caballo.
- Ahora vengo, Llum.

Ithilien después de mirar un instante el brazo de su amiga y quedarse preocupada, se dirigió hacia donde supuso se encontraba el elfo.
- ¿Qué quieres?
- A ti, ¿es que no lo ves? –dijo el elfo en tono pícaro
- ¡Jajaja! Que directo eres – rió la elfa-. Venga, ahora en serio, desembucha.
- Tengo un plan. Baja del caballo, sígueme y ten el máximo número de flechas que puedas lanzar a la vez, listas en el arco – le dijo Laurefinwë, para después encararse al orco - Bubhoshai, ¿puedes quedarte con los caballos?
- ¿Qué tramas elfo?
- Ya lo verás. Coge las riendas de nuestros caballos y prepárate para una posible carga. A mi señal, galopad lo más rápido que podáis de frente, hacia el otro lado del puente – Laurefinwë tocó el hombro de la elfa y le indicó que lo siguiera - ¡Vamos!

Moralagos había rodeado al grupo armando todo el alboroto posible para asustar aún más a los caballos, mientras sus gritos servían de aviso a sus compañeros, quienes se habían parado al otro extremo del puente, esperando con los arcos preparados. No era la primera vez que veían actuar así al extranjero, y estaban convencidos que tenían la partida ganada cuando, de repente, de la humareda empezaron a salir flechas a decenas, sin descanso y con una rapidez impresionante.
- Mierda... ¡A cubierto todos! – gritó Moralagos a sus compañeros, mientras intentaba ponerse a salvo él también como podía, inmerso en la humareda.
- ¡Cabalgar! – gritó de repente Laurefinwë.

Como alma que lleva al diablo, cinco caballos salieron disparados de la humareda. A la cabeza iban Bubhoshai y Gâlmur, seguidos de Ithilien y Laurefinwë, quienes habían montado en apenas fracciones de segundos, antes que sus respectivos caballos abandonasen el humo. Pero Llumdelest, con el alboroto causado por el caballo del enano y la sangre de su herida, no alcanzó a percatarse de los planes del elfo, hasta que Dicap arrancó al galope de improviso. La auriga a pesar de intentar sujetarse, le fue imposible por el brazo herido y cayó al suelo.

_________________
"Para el mundo no eres nadie, pero tal vez para alguien eres el mundo."


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Sab Jul 28, 2007 3:24 pm 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Llumdelest se incorporó como pudo. El hombro no dejaba de sangrar y se sentía terriblemente mareada, preguntándose una y otra vez qué había pasado; pero sólo conseguía que le doliese aún más la cabeza. Al final, se levantó por completo, tambaleándose. Llamó a sus compañeros, pero no obtuvo respuesta.
Intentando controlar su agitada respiración, descubrió que aún se encontraba dentro de la humareda, pero todo era silencio. Ya no se escuchaban las pisadas de los cascos ni los relinchos de los caballos, ni a nadie lanzar voces. La mujer dio unos pasos al frente, tanteando con la mano izquierda el humo mientras sujetaba el hombro herido con la derecha.
Avanzó un poco hasta que sintió una sensación extraña. Se detuvo y escuchó cómo alguien caminaba cerca suyo. Se paró a escuchar, por si podía identificar la forma de caminar de alguno de sus compañeros. Pero aquellos pasos eran demasiado pesados para ser de Laurefinwë o Ithilien, pero demasiado suaves para tratarse de Gâlmur o Bubhoshai.
Sin pensárselo dos veces, Llumdelest empezó a correr hacia delante, hasta que de pronto los rayos del sol mañanero la cegaron durante unos instantes; había salido de aquella espesa humareda. Se frotó los ojos, parpadeó repetidas veces, hasta que al fin pudo distinguir lo que había a su alrededor.
- Mierda... - susurró.
"He salido al principio del puente, a las calles", pensó "¡Tengo que ir al otro lado!". Se giró y corrió de nuevo hacia el interior del humo, pero iba tan loca en su carrera que, de pronto, chocó contra algo que le hizo perder el equilibrio. Empezó a recular hacia un lado y, cuando estaba a punto de asegurarse, tropezó nuevamente con lo que más tarde supuso era la barandilla del puente. Con un hondo grito, consiguió sujetarse al borde con el brazo herido.
"¡Imbécil!", se reprochó Llumdelest. Apoyó la mano derecha sobre la barandilla e intentó auparse, pero no pudo: el hombro le dolía a más no poder. Bajó la cabeza, en busca de algún apoyo para los pies, pero sólo pudo observar cómo el Glanduin fluía por su cauce, cubierto por una fina neblina. Intentó apoyar los pies en la pared del puente, pero era tan lisa que resbalaba. Rendida, dejó de intentar nada más. "¿Y si me dejo caer?", pensó, y volvió a mirar las aguas; "Van demasiado rápidas, y estoy demasiado próxima a la orilla; me daría contra las rocas."
- ¿A dónde habrán ido Ithilien y los demás? - dijo esta vez en voz baja - ¿Qué puñetas ha pasado?
Le fallaban las fuerzas. Ya prácticamente no sentía el brazo izquierdo; cada vez que intentaba moverlo, sentía un agudo pinchazo en el hombro. Empezaba a desfallecer cuando, de pronto, sintió que algo le rozaba la mano derecha. Alzó la vista, y no pudo sino ver una sombra borrosa a causa del humo que aún quedaba. Algo la agarró del antebrazo y la subió al puente.
Cuando al fin sus pies tocaron el suelo del puente, se tambaleó, pero algo la sostuvo. Sin darse cuenta, la mujer se aferró a aquello. "Gracias..." pensó Llumdelest, pues no le salían las palabras de la garganta.

Moralagos no supo cuanto tiempo había transcurrido desde que aquella criatura tropezara con él y la descubriese a punto de caer al río. Pero estaba contento; aunque los demás habían escapado, se habían dejado a uno de sus compañeros. O, mejor dicho, compañera, al parecer una joven y menuda muchacha, que sus colegas rohirrim habían creído que era un enano; "Estúpidos..." pensó el hombre, con una sonrisa triunfante.
De todas maneras, fuera lo que fuese aquello, no iba a escapar.
- En nombre de... de Elessar, Piedra de Elfo... Rey del Reino Unificado... - la sonrisa de Moralagos se hacía cada vez más grande a medida que pronunciaba estas palabras - Estás detenida.
Llumdelest abrió los ojos de golpe. El humo casi había desaparecido. "Me parece que no" se dijo ella mentalmente, y dio un empujón a aquel hombre. Moralagos se sorprendió, pero aún pudo sujetar la muñeca izquierda de la auriga. Llumdelest, ahogando un grito, se volvió rápidamente. Sin que pudiese prevenirlo, el hombre recibió una patada en toda la mejilla derecha y soltó a la mujer.

Gracias a aquel pequeño descanso en los brazos del desconocido, Llumdelest pudo recobrar algo de fuerzas y corrió hasta salir al fin de la humareda, esta vez en la dirección correcta hasta el otro lado del puente. Inmediatamente, la mujer lanzó un prolongado silbido.
Al oir el reclamo, Dicap se dio la vuelta. Se había dejado llevar por la excitación del resto de los congéneres y, aunque notó que de pronto tenía menos peso encima, no pudo detener su carrera hasta que no dejaron el puente atrás.
- ¡Para maldita mulaaaaaaaaaa! - gritaba Setsuna, aferrándose como podía con sus garras a la silla del caballo; al oírlo, los demás se dieron la vuelta.
- ¿Pero qué...? - intentó decir Bubhoshai, mas se percató de que Dicap no llevaba más jinete que al desesperado vampiro.
- ¿¿Y Llumdelest?? - gritó Ithilien, pero los demás se encogieron de hombros.
Apenas unos minutos después, Dicap había llegado al lado de su amazona. Cuando salió de la humareda, Llumdelest aún se topó con otro de los jinetes, un joven rohir. El muchacho se abalanzó sobre ella, espada en mano, pero la mujer desenvainó a Adamas, bloqueó el arma del joven y, con una pirueta, consiguió asestarle un calculado golpe con el pomo en la nuca; el rohir cayó al suelo. "Espero que esté bien", pensó la mujer.
Haciendo un último esfuerzo, Llumdelest montó sobre Dicap y lo animó al galope, justo cuando Moralagos salía de la poca humareda y reparaba en lo que acababa de suceder. El hombre, después de arrodillarse junto a su joven compañero para comprobar su estado, alzó la vista y su mirada se cruzó con la de la auriga, a quien podía ver ahora a plena luz del día y quien, en unas centésimas de segundo, huyó a lomos de su caballo para encontrarse con su grupo.
- No... no es posible... - balbuceó Moralagos; parecía que había visto un fantasma, y en verdad así lo creía, pues le vino a la mente la imagen de un ser querido que había desapareció hacía décadas.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Última edición por Llumdelest el Sab Sep 01, 2007 6:12 pm, editado 1 vez en total

Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Dom Ago 05, 2007 6:52 pm 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
De detrás de una loma, pocos minutos después, apareció Dicap, cargando a la Auriga:

-¿Qué te pasó?- le preguntó Laurefinwë mientras se acercaba a ella a pie-,¿estás bien Auriga?
-Mi hombro... me duele...

Y dicho eso, Llumdelest cayó desmayada en los brazos de el Elfo.

_________________
En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


Última edición por Laurefinwë el Lun Ago 27, 2007 8:49 pm, editado 1 vez en total

Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Lun Ago 20, 2007 7:15 am 
Guardián del Brandivino
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Jun 12, 2003 1:09 am
Mensajes: 1297
Ubicación: De mudanza. Fluyendo, vaya, como siempre.
Raza: Accidente Geografico
Con Llumdelest a cuestas, se encaminaron hacia el este, esperando que las escalonadas laderas de Cillien les brindasen un refugio al tiempo que un otero contra los jinetes; además, tomar las laderas de las montañas era la mejor ruta, a pesar de los posibles trasgos que quedasen allí refugiados, para evitar aldeas y encuentros incómodos. Al poco rato, encontraron un cerro inalcanzable para los caballos, que les permitía ver el margen derecho del río sin problemas mientras los protegía de miradas indiscretas. En un instante montaron un pequeño hospital de campaña, y tras enviar a un refunfuñante Setsuna a por agua potable vendaron el hombro de Llumdelest y curaron como buenamente pudieron arañazos y pequeñas heridas varias.

Llumdelest despertó al fin, pidiendo de beber. Ithilien le trajo una cantimplora, y la interrogó por lo ocurrido. O había sucedido muy rápido, o estaba confusa y dolorida, o no lo recordaba en absoluto. Finalmente la dejó por imposible, mientras la otra rebuscaba hasta encontrar el pergamino; pasarían allí la noche, así que quería encontrar alguna respuesta y algo positivo, para variar.

"Si sólo tuviese algo de papel para poder anotar lo que observase...", pensó.
- ¿Algo como ésto? - y cuando Llumdelest alzó la vista, vio como el enano le tendía un atajo de pliegues y un juego maltrecho de escritura.
- No creía que estuviera hablando. Sí, algo como esto.
Lo cogió y se puso a observar el pergamino. Apenas sí entendía algo, pero podía ver que el estilo y la caligrafía cambiaban de un punto a otro. "Escrito por diversas personas", pensó. "O tal vez por un elfo a lo largo de muchos años", se corrigió, recordando haber oído que los elfos cambiaban "a menudo" (para ellos) su forma de hablar o escribir. Pero descartó la idea. El margen derecho estaba repleto de tengwar bien formadas y redondas, pero a media pulgada los estilos comenzaban a variar. A veces se volvían cuadradas, otras romboides; las líneas finas y elegantes de unas líneas se tornaban gruesas y toscas en las siguientes, y cambiaban de sentido de lectura a mitad de... ¿la misma frase? ¿Dónde empezaba una frase y acababa la otra? Intentó leer, aún sin comprender, algunas líneas.
- Calecar du fursa, burroda cigin bàrdûk, cigin úmênu...
- Sigin-Barûk - la espetó el enano, malhumorado.
- ¿Cómo?
- Deberías mirarte eso de pensar en alto. Dijiste "Cigin-Bardûk", pero seguro que es "Sigin-barûk, sigin ú-mênu". Hachas. Hachas largas, largas dentro de vosotros.
- ¿Lo reconoces? ¿Lo entiendes?
- En absoluto. Sólo entendí que hablaba de hachas largas dentro de personas. El resto es un galimatías. Aunque tampoco es que eso signifique algo muy razonable.

Llumdelest se desesperó. Durante la cena explicó al resto sus observaciones, aún sospechando que serían de poca utilidad, por si tenían alguna idea. Pero nadie sabía nada, y la recién llegada noche amenazaba con tormenta. Guardó el pergamino con las anotaciones y posibles transcripciones a buen recaudo, y se dispuso a dormir. Y la peor tormenta no venía en el cielo.

Llumdelest estaba frente a un gran hombre, de diez o doce pies de altura. El gran hombre reía, y ella no podía evitar que aquella enorme voz la ensordeciera. Se sentía débil, muy débil. El hombre llevaba una túnica corta, como las de los agricultores del sur, sobre un uniforme de gala de Gondor, y gritaba cosas que ella no entendía, y él se reía más y más. La cogió de la muñeca con sus dedos e intentó besarla. "¿No te dije que nuestros caminos se cruzarían?". Intentó correr, pero tropezó con una brizna de yerba tan grande como ella. Y de repente estaba en un jardín, y había muchas macetas. En algunas había rosas, en otras gladiolos, en otras geranios, y otras muchas flores que no llegó a reconocer. Y en cada maceta había sólo un tipo de flor, y de golpe se dio cuenta de que las flores gigantes lloraban muy tristes, y cantaban con palabras extrañas. "Þrabâd pactaron, Þrûbd du-phûrsa!", decían. Y la señalaban con sus tallos y se reían de ella, porque no entendía, y ella corrió por un sendero que separaba un tipo de flores de otras, y la melodía era siempre la misma, pero las palabras cambiaban. Y al girarse se dio cuenta de que el gran hombre iba vestido como cualquier jardinero hobbit de bree, y llevaba una enorme regadera y venía corriendo. Llumdelest se perdió entre los tallos, y oyó unas flores que reían, y siguió la voz. Un montón de violetas se reían del resto de las flores, pero se callaron cuando ella irrumpió entre ellas. "¿Por qué? ¿Por qué me hacéis esto? ¿Por qué os reís? ¡Quiero saberlo!", las gritaba, pero las violetas se secaron, y todo el jardín quedó en blanco y negro, y el cielo era rojo. Y quebró los tallos de las violetas y tras ellas había dos piedras, dos túmulos. "Parece que mis palabras están muy secas hoy", gritó el hombre, y empezaron a caer enormes gotas de agua de la regadera y los túmulos se inundaron y Llumdelest no podía ver nada y no podía correr y...
- ¡Despierta! - la sacudió Ithilien, después de haber volcado media cantimplora de agua sobre su cabeza - Tenías malos sueños. Te han oído y no había forma de despertarte. Tus gritos han resonado por todo el valle; tienen que haberlos oído hasta en los Puertos. Nos vamos, antes de que nos encuentren. Pronto amanecerá; luego... ¿me contarás que soñabas?

Y el Sol los encontró remontando el río hacia Cillien y las montañas. O los habría encontrado, si los negros nubarrones no se lo hubiesen impedido.

---

PS.- Algunos datos más sobre el pergamino :)

_________________
Húmecoa eä, alassëa húmecoa yerna
ara i sundor yára amban sindava,
yassë carintë limpë varnilda
i Tilion Quen Ránassë númennë
lóme yáressë sucien sá.


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Mié Nov 07, 2007 8:32 pm 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
- Esas nubes no me gustan nada
- ¿El Elfo tiene miedo?
- ¡Cállate, calaña e Mordor!
- ¿Van a empezar otra vez?- saltó a separar Ithilien.
- Si si, ya. ¿La auriga está mejor?
- Si, estoy bien. Gracias por preguntar.
- Pues si estás bien avísale a tu cara- Laurefinwë volvió a mirar el cielo plomizo- va a llover pronto y mucho, será mejor que encontremos un refugio.

Siguieron camino a las montañas un rato más, hasta que encontraron una pequeña cueva donde se dispusieron a pasar la tormenta.

_________________
En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Lun Nov 19, 2007 11:04 am 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Sentada en la entrada de aquella pequeña cueva, la auriga contemplaba el hermoso cielo estrellado del Oeste. La hendedura estaba a bastante altura, pero, sobretodo, era difícil de localizar; sin embargo, la ascensión resultó complicada para los caballos, más para los de Bree. Habían pasado dos días desde que abandonaran Ost-in-Edhil, huyendo de los jinetes y de la lluvia, y veinte desde que Laurefinwë "contratara" los servicios de Bubhoshai.
Miró hacia abajo y pudo distinguir algunos animales pequeños corretear por la ladera; zorros seguramente. Pensó en Tuilere, imaginando a la elfa persiguiéndolos, y no pudo evitar pensar en si la joven estaría bien y si habían hecho lo correcto, sin haberse preocupado siquiera en buscarla con más ahínco.
La luz de la luna y las estrellas iluminaba las rocas, y podía vislumbrar el destello del Glanduin perdiéndose por Acebeda, así como el de sus afluentes. La mujer se acurrucó, apoyando la cabeza contra el marco rocoso de la entrada. Puesto que durante el día anterior la habían dejado dormir cuanto quisiera con el fin de que recuperara fuerzas, esa noche se encontraba un tanto desvelada. No obstante, después de casi cinco horas de guardia, el sueño empezaba a hacerle mella.
De pronto, sintió una presencia tras de sí. Se giró desde su posición y descubrió que se trataba de Laurefinwë, quien se había parado también en la entrada de la caverna, contemplando el oscuro paisaje.
- ¿No tienes sueño aún? - le preguntó él sonriendo.
- La verdad es que sí; ya empezaba a cab... cabecear – la mujer bostezó, y le devolvío la sonrisa.
- Creí que eras una humana resistente – se mofó el elfo, pero no lo decía en serio; era consciente que hasta él habría sufrido su misma suerte si huviese perdido tanta sangre.
- Jamás dije que lo fuera – rió ella.
Estuvieron en silencio unos instantes. El elfo, todavía de pie, se aproximó un poco más, cosa que no le pasó desapercibida a la mujer. Llumdelest recordó las palabras de Ithilien contándole que, cuando al fin lograron reencontrarse con ella después de cruzar el puente, la humana se había desmayado en los brazos del noldo, y que éste parecía, más que sorprendido, cohibido.
Ella se quedó mirando desde el suelo a Laurefinwë, quien le volvió a sonreir y apartó la vista, volviendo su atención hacia el horizonte.
- Si vas a hacer guardia tú también – dijo Llumdelest, levantándose -, disculpa, pero no podré acompañarte. Me voy a dormir.
- Te lo mereces – asintió él y, en vez de apartarse para dejarle paso, se quedó contemplándola, y mientras ella volvía a bostezar, recolocándose aquella túnica gastada, él puso su mano derecha por debajo de la herida de ella, rozándola tan solo.
Llumdelest se sorprendió al sentir aquel contacto cálido, y alzó la vista mirando al elfo. Él estaba aún más cerca que antes, a poco más de un palmo.
- ¿Te duele? - susurró dulcemente.
- Aún tardará en sanar del todo – respondió la mujer, dando un disimulado paso atrás; pero la pared de roca le impidió alejarse más.
Laurefinwë retiró la mano de la herida, pero acariciando tímidamente el brazo de ella, fue descendiendo su mano hasta la de la mujer. Y dio un paso más, mirándola a los ojos.
Sin embargo, un ruido al fondo de la caverna hizo que ambos volvieran a la realidad.
- Buenas noches, Ithilien – saludó Llumdelest, y Laurefinwë se separó de ella; los dos disimularon su nerviosismo.
- ¿Qué? ¡Ah, buenas noches! – la elfa parecía ligeramente aturdida – Me había levantado, buscando un poco de agua... Espero no haber interrumpido nada.
- No, tranquila. No pasa nada – contestó Laurefinwë con la mirada gacha.
- Sólo hablábamos, pero yo ya me iba a dormir...
- Yo también – dijo la elfa animosa, pero en voz baja -. O me quedo un rato contigo, ¿Laurefinwë?
- No es necesario. Vigilaré solo lo que queda de noche. Id a descansar las dos.
- Bien entonces... – empezó Llumdelest; aún trataba de apaciguar su exaltación.
- No te escapes, ¿eh, Laurefinwë? – dijo Ithilien; el elfo, quien ya se disponía a salir de la caverna, se volvió ligeramente de espaldas.
- Descuida...
- Laurefinwë – lo llamó Llumdelest, con tono imperante.
- ¿Qué? – respondió él, secamente.
- Bu... buenas noches... – dijo la humana. El elfo le dirigió una mueca que parecía ser un intento de sonrisa.
El elfo observó cómo la elfa y la humana se internaban en la oscuridad de la cueva. Él se volvió, de cara al Oeste, y se sentó en un saliente de la entrada, apoyando la barbilla entre las manos y esperando el amanecer, o que alguien lo relevara, sin comprender del todo porqué de golpe se había sentido atraído por la humana.
Ithilien trató de acercarse a Llumdelest, pero la mujer se tendió en el suelo tapándose con su manta, lo que dio a entender a la elfa de que su amiga quería descansar y no hablar. No obstante, la humana aún estuvo un buen rato pensando en el inesperado comportamiento de Laurefinwë, hasta que, sin saber la razón, le vino a la mente aquel extraño gondoriano que le había salvado la vida en el puente. El hombre le resultaba muy familiar: su rostro, su planta, su olor... su voz. ¿Pero de qué y por qué? Algo le decía que le volvería a ver, aunque quizá fuera sólo un deseo.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Última edición por Llumdelest el Vie Dic 07, 2007 10:53 pm, editado 1 vez en total

Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Lun Nov 26, 2007 4:59 am 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
Solo, en la oscuridad, de cara al Oeste, ese Oeste que le había dado y le había quitado tanto, Laurefinwë pensaba:

"Yo no lo puedo creer, Elfo. ¿En qué pensabas? Dime, ¿en qué demonios pensabas al hacer lo que hiciste? ¿Qué te crees? ¿Cómo pudiste llegar a pensar que la Auriga te permitiría hacer lo que querías hacer? No es Elanor, Elfo, ella no es aquella Elfa que antaño partió al Oeste. Aquélla te amaba, Llumdelest apenas si te estima.
No vuelvas a recordarme a Elanor.
Noldo, ¿acaso ves en la Auriga a tu Elfa? ¿Acaso ella te la recuerda?
Te pedí que no me volvieras a recordar a E..."

Y un aullido rompió allá abajo el silencio de la madrugada.

_________________
En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


Última edición por Laurefinwë el Lun Dic 31, 2007 5:17 am, editado 1 vez en total

Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Dom Ene 20, 2008 8:31 pm 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Laurefinwë se enderezó rápidamente. No sonó muy cerca, pero sin embargo lo suficiente para alarmarse. Estuvo oteando hacia abajo hasta que las sombras empezaron a disiparse.
Se mantuvo alerta. En la falda de la loma, en dirección noroeste, aproximadamente a una milla de donde se encontraban, vio cómo dos grandes animales se reunían alrededor de unas rocas; al poco se les unieron otros dos.
Laurefinwë alargó el brazo hasta alcanzar su arco y carcaj, y preparó una flecha. Se mantuvo en su posición, observando a las bestias. Estaba lejos para acertarles, mas pudo apreciar que se trataba de lobos.
Al cabo, el noldo bajó el arco. Parecía que no tenían intención de atacar, por el momento.
Se quedó mirando el interior de la caverna, pensando en si debería despertar a los demás. Los lobos estaban a bastante distancia como para molestarles; además, Llumdelest a penas hacía un par de horas que se había acostado, al igual que Ithilien. Volvió a dirigir la mirada hacia las bestias y le pareció, aunque seguramente fuesen imaginaciones suyas, que durante unas centésimas de segundo los cuatro animales miraban en la misma dirección, hacia la cueva.

- ¡Maldito elfo...! - gruñó Bubhoshai.
- Shhh. No alces la voz. Los demás aún duermen.
- ¿Y porqué no me dejas emularles? - al ver que había perdido la postura para dormir, el orco se incorporó molesto; no obstante, al ver a Laurefinwë con el semblante grave y arco y flecha en sendas manos en la entrada de la puerta, se imaginó que aquel despertar tenía sus motivos.
- ¿Qué cosa te pica? - preguntó Bubhoshai cuando se situó al lado de Laurefinwë; éste le indicó con un movimiento de cabeza las rocas - ¿Qué sucede?
- Lobos - respondió Laurefinwë; era evidente que la vista de un orco no era la misma que la de un elfo.
Bubhoshai entrecerró los ojos, intentando distinguir los animales.
- ¿Cinco? - dijo; le pareció que al fin había dado con ellos.
- Cuatro, grises como las rocas que rodean.
- Ya veo... - Bubhoshai se percató de que el quinto era en verdad una roca - ¿Tienes hambre? - preguntó con una taimada sonrisa.
- No son conejos, orco - respondió Laurefinwë, molesto.
- Sólo bromeaba, elfo.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Lun Ene 21, 2008 8:13 am 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
- ¿No querías dormir? Ve, no me molestes
- Me vuelvo a dormir... pero sólo porque yo quiero- acto seguido, bubhoshai se dio media vuelta, y ya caminaba rumbo al fondo de la cueva otra vez cuando Laurefinwë habló:

- ¡Llegan más!
- ¡¿Que?! ¿Hablas de los Lobos?
- Si, de qué más si no... ¡Por Eru! ¿Qué es eso?- dijo el Elfo al notar una extraña sombra oscura sobre la Piedra, se aferró a la pared y dio un paso adelante para ver más de cerca- parece una sombra...
- ¿Una sombra? Quizás el Jefe ha vuelto...
- ¡Calla! Siento algo extraño- el Orco y el Elfo hablaban en susurros. Laurefinwë seguía apoyado hacia adelante como para ver mejor.-. Hay algo malo allí abajo...
-¿No seré yo?
- No, tu maldad ni la percibo...
- ¿Quieres decir que yo no soy malo? -seguían peleando entre susurros
- Si... digo... No... no sé, no me molestes
- ¡¿QUÉ HACEN AHÍ?! - dijo Ithilien desde el fondo tan repentinamente que el Elfo se resbaló hacia adelante y casi se cae, si no fuera por la agilidad de Bubhoshai, que lo agarró del brazo enseguida.

Ahora Laurefinwë estaba colgando, agarrado por el Orco que había caído de rodillas.

Los Lobos ya no centraban su atención en la Piedra

_________________
En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Mar May 13, 2008 12:28 pm 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
- ¡Maldito elfo! - gruñó Bubhoshai. El peso de Laurefinwë le había hecho arrodillarse, lastimándose las piernas en la dura roca.
Agarraba el brazo derecho del noldo con la mano derecha, aferrándose a un saliente de la entrada de la cueva con la izquierda para no caer al vacío él mismo. El elfo había perdido la flecha, pero mantenía sujeto el arco con su siniestra.
- Mucho maldecir... - se burló Laurefinwë.
- Cállate o te suelto - amenazó el orco.
- ¡Ja! No eres capaz.
Bubhoshai hizo rechinar sus dientes de rabia, mientras miraba a Laurefinwë sonreir. ¿Acaso pretendía provocarle? Un nuevo aullido hizo al orco levantar la cabeza, mientras el elfo miraba por detrás del hombro libre. Los lobos ya no estaban en su lugar; y eso no era todo: parecía que algo correteaba por la ladera de la colina, hacia ellos.
- Vienen hacia aquí... ¡Vamos! ¡Decídete! - gritó Laurefinwë, tratando de llamar la atención del orco - Suéltame, orco, así tendreis unos segundos para escapar.
- Con gusto te dejaría caer... - consiguió responder Bubhoshai.
- ¿Y entonces...?
- ¡Bubhoshai! ¿Estás...? - Ithilien apareció al lado del orco - ¡Oh no, Laurefinwë!
Al fin, el orco tiró fuerte del elfo hasta conseguir que Laurefinwë lograra apoyarse con sus propios brazos en el suelo de la entrada. Bubhoshai dejó paso a Ithilien, quien ayudó a su congénere a levantarse.
- ... pero entonces no sé para qué habríamos tenido que ir tan lejos - dijo tajante Bubhoshai, aún desde el suelo.
- ¿Pero qué estabais haciendo? - inquirió la elfa.
- Yo... pues... - trató de explicarse Laurefinwë.
Entonces recordó la sombra que había sentido por encima de ellos; dio media vuelta, dispuesto a asomarse de nuevo con otra flecha y...
- ¡¡Lobooooooooooooooooooooooooooo!!
Setsuna entró en un frenético aleteo al tiempo que Laurefinwë lograba esquivarle. Ithilien se agazapó asustada al escuchar el grito, y tuvo suerte pues el vampiro se dirigía a su cabeza. Al final, se estampó contra Bubhoshai, quien intentaba levantarse; el orco se tambaleó por el golpe, pero logró ponerse en pie sin problemas. Sin embargo, al ver que se trataba del vampiro, relajó su expresión ceñuda.
- Oye, nordo - dijo de pronto Setsuna cuando se despegó de la cabeza de Bubhoshai -, ¿qué pretendías hacer escalada o qué?
- ¿A qué te refieres? - preguntó el elfo, molesto; pero pronto calló en la cuenta - ¿Acaso no serías tú la sombra que vi?
- ¡Buen susto me has dado! - gritó Setsuna - Casi caigo; yo que venía a avisaros de que había lobos por la zona, intentando no hacer ruido. Y te veo asomado, ¡y encima tratando de dispararme!
- Ya vimos los lobos - dijo Bubhoshai.
- Eso... - Laurefinwë tomó una nueva flecha del carcaj - ¡EStán a menos de 500 yardas ya! ¡Ithilien, coge el arco y ayúdame! ¡Tú, orco...!
- ¡Ya, ya! Ahora los despierto...
- ¿Pero qué...?
- Ithilien, deprisa - Laurefinwë preraró la flecha; podía ver a dos lobos trepar por la ladera, pero no sabía donde estaban los otros cuatro.
- Pero... ¡Oh! - la elfa corrió a por sus armas, resignada - ¡Está bien!
Justo Ithilien cogió su arco y preparó una flecha en él, Laurefinwë disparaba la suya. El lobo más adelantado rodó por las rocas.
El noldo hizo aparecer una nueva saeta en el arco pero, de repente, una de las bestias que no había podido ver, asomó las fauces en la entrada, sorprendiendo al elfo, quien no tuvo tiempo para apuntar. Ithilien le atravesó el paladar, traspasándole el cerebro con su tiro certero. El lobo calló de espaldas, reuniéndose con su primer compañero caido.

- ¡¿Qué pasa ahora?! - rugió Gâlmur.
- Lobos, maese enano - dijo Bubhoshai.
- ¿Lobos? ¡Lobos! ¡¿Dónde?! - el enano se levantó de un salto, y el hacha apareció en sus manos como por arte de magia.
- No veo a los otros cuatro - gritó Laurefinwë. Entre él e Ithilien sólo habían conseguido deshacerse de tres, pero los otros rondaban sin ser vistos alrededor de la cueva.
Ithilien, por orden de Laurefinwë, se había colocado donde había abatido al segundo lobo, mientras el propio elfo estaba aún en la entrada de la puerta, con la espada apoyada a un lado. Ambos elfos mantenían los arcos a punto. Por su parte, Gâlmur se dispuso a la otra parte de la entrada.
- Deja a Llumdelest - dijo Laurefinwë al orco -. Aún necesita descansar.
- Que considerado te has vuelto - contestó Bubhoshai; el elfo le lanzó una mirada asesina pero no dijo más.
"Suerte has tenido de que apareciera Ithilien" pensó el orco. Desenvainó su daga y se dispuso a acercarse a la entrada, mas una extraña sensación de prudencia hizo que no se moviera, manteniéndose cerca de la humana.
- ¿Aún no ves a ninguno? - preguntó Ithilien a Laurefinwë, bajando ligeramente el arco.
- No. No sé dónde se habrán metido... ¡No bajes la guardia! - la elfa volvió a levantar el arma, ruborizada.
- Esto no me huele bien... - dijo de repente Gâlmur; lentamente, se fue desplazando a la parte más honda de la cueva, el hacha preparada.
- Gâlmur, ¿a dónde...? - iba a protestar el elfo, mas Setsuna le chistó. El vampiro sobrevoló la cueva hasta colocarse cerca de la durmiente auriga.
- Lo que suponía - dijo Gâlmur de repente.
- Hay otra ent...
Pero Bubhoshai no pudo decir más. Un lobo se le echó encima y lo tumbó en el suelo. El orco le clavó la daga en la sien y apartó el cuerpo justo cuando Gâlmur rebanaba la cabeza al siguiente animal que acababa de entrar por el agujero del fondo.


PD: Me he tomado la libertad de borrar el post de Ingwë-Alcarin así como el Off Topic que lo seguía de Baranduin, puesto que habíamos dicho que no lo teníamos en cuenta ya que el propio Ingwë-Alcarin ha decidido no participar más en esta historia y el personaje de Corintur entraba un poco en conflicto con el desarrollo del cuento. De todas maneras, tengo el fragmento guardado.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Sab Ago 23, 2008 11:09 am 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
Un tercer lobo entraba por el agujero del fondo, mas Ithilien ya disparaba su arco contra él. Laurefinwë había cambiado el arco ya por las dagas y estaba parado, con los ojos cerrados, oyendo. Bubhoshai olisqueaba el aire al parecer en vano. Gâlmur miraba a todos lados buscando al que faltaba. La Elfa ponía otra flecha en el arco mientras Setsuna permanecía colgado del techo de la cueva. Llumdelest parecía dormir aún.

- ¿Se habrá ido?- preguntó el Enano
- Shh...- fue la respuesta de Laurefinwë
- Aún está cerca- susurró el Orco-, lo huelo...
- ¡¡Laure!!- pero para cuando Itilien terminó de pronunciar el nombre del Elfo éste ya estaba en el suelo, y encima de él el último lobo con la daga de Bubhoshai clavada en la frente.
- Y con esta son dos, Elfo...

Laurefinwë miró entre el agradecimiento y el desprecio al Orco tras, ayudado por la Elfa, quitarse de encima el cadáver del Lobo.
Ya al Oriente se aclaraba el cielo.

- ¡Partimos! ¡A las Nubladas!- el Elfo tras tomar sus escasos pertrechos, llevaba de la rienda a Morisil hacia la entrada de la cueva.
- ¿Así nomás? ¿Dices "nos vamos" y salimos todos corriendo? ¡Quiero dormir! Y además la Auriga...- Bubhoshai se percató del cambio de tono al recordar a la Auriga y enseguida se aclaró la garganta- ejem... quiero decir, Llumdelest aún no está bien...
- Ithilien, despierta a Llumdelest, dile que partimos
- Bien, pero y el desayuno?
- Maese Laurefinwë, permítanos media horita para desayunar por favor- le pidió Gâlmur al Elfo
- Está bien, yo también tengo algo de hambre.

Tomaron poco más de una hora para desayunar. Llumdelest se había despertado, encontrándose mucho mejor. Había soñado con el tipo de Ost-in-edhil y todavía recordaba el "asunto" con Laurefinwë la noche anterior, pero de los Lobos y todo el jaleo que se había armado no sabía nada. Partieron con rumbo a atravesar las Nubladas después de comer. Del otro lado ya verían que camino tomar.

_________________
En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


Última edición por Laurefinwë el Jue Sep 17, 2009 8:24 am, editado 1 vez en total

Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Sab Ago 30, 2008 11:27 pm 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Laurefinwë se puso a la delantera, guiando la comitiva. Gâlmur e Ithilien parecían ser los únicos con ganas de conversación, relatando el incidente de los lobos, saciando así la curiosidad de Llumdelest quien, tras ver los cadáveres de los animales, se interesó por lo sucedido. Aunque pronto el enano se perdió, halagando una y otra vez la destreza y fuerza formidables con las que había abatido a una de las bestias, mientras la elfa asentía de vez en cuando en tono cordial.
Bubhoshai cabalgaba tras ellos, al lado de Llumdelest, mostrando poco interés por la conversación a pesar que, de vez en cuando, dejaba escapar algún comentario al respecto. Vigilaba a Laurefinwë, pero no le dirigió la palabra desde que liquidara al lobo que le había atacado. El elfo proseguía su camino, haciendo caso omiso a sus compañeros; así que, ante tal actitud, el orco se sintió en la pesada obligación de vigilar a los demás y advertirles de algún peligro, pero dejando que el tozudo noldo siguiera guiando al grupo.
Pasaron las horas, y la mañana llevó al mediodía. Como pudieron bajaron a lomos de sus respectivas monturas la escarpada colina donde habían encontrado refugio, tanteando entre los guijarros que habían sido arrastrados por las lluvias de los últimos días, dirigiéndose después hacia el sur. Llumdelest, quien no había dicho nada excepto para preguntar qué había sucedido en la cueva y el porqué se movían tan temprano (principalmente porque seguía medio adormilada), detuvo su montura. El orco, cercano a ella, se paró también.
- ¿A dónde vamos? - preguntó la mujer en voz alta.
- Ah... Pues... - empezó Ithilien, pero no sabía qué responder.
La mujer miró a Bubhoshai, pero éste se alzó de hombros sin decir palabra.
- Laurefinwë dijo de cruzar las Nubladas y, luego, ya veríamos – dijo la elfa.
La auriga se quedó mirando fíjamente al elfo, separado del resto del grupo por más de 10 metros. Laurefinwë le correspondió con una mirada sombría.
- ¿Algún problema con ello? - preguntó el noldo al fin.
- ¿Conoceis alguna ruta posible? - dijo Llumdelest, mirando ora al elfo, ora al orco; Bubhoshai siguió sin decir nada.
- Hay sendas. Una en especial cruza las montañas en dirección sureste – contestó Laurefinwë.
“Eso nos lleva a Fangorn”, pensó la mujer. Sin tocar a penas a Setsuna, quien descansaba agarrado a la silla de Dicap, bajó del caballo, descolgándose el zurrón de la espalda.
- ¿Qué haces? - inquirió el elfo.
- Es mediodía, hora de comer – contestó ella, más como excusa.
- ¡Bien! - exclamó Gâlmur, bajando también del caballo.

Lejos de ahí, a unos cuantos kilómetros al sur de Ost-in-Edhil...
Moralagos se incorporó bruscamente nada más sentir la presencia de Hather, retirando por unos segundos los ojos de los mapas que llenaban la pequeña mesa de su improvisado estudio, a un lado del campamento.
- ¿Cómo se encuentra el muchacho?
- Está bien. Aún le duele el golpe, y el curandero le recomienda estar todo el día en reposo – el veterano soldado se aproximó a la mesa, apoyándo los nudillos sobre ella e inspeccionando con curiosidad mal fingida algunos mapas -. ¿Alguna novedad?
- Eso te iba a preguntar – contestó el gondoriano, aliviado por saber de la recuperación del joven -. Lo único que sé, es que la patrulla de Cillien descubrió restos de un campamento en las colinas – Moralagos escogió uno de los mapas y señaló la zona a la que se refería con el pulgar -. Media docena, a caballo. Creo que se dirigen a las Nubladas.
- ¿Crees que se trata del grupo de Ost-in-Edhil? - preguntó Hareth; su compañero asintió – Una vez lleguen a las montañas, dejan de ser de nuestra incunvencia.
- No si tienen algo que ver con lo sucedido en el Norte.
- Tú mismo dijiste que eso era poco probable. Estuvimos más de una semana a la otra parte del Glanduin cuando los vimos perderse en los pantanos de Tharbad.
>> Además, hay otro asunto. Esta madrugada han llegado noticias del Glanduin Occidental: algo ha... destruído el campamento apostado allí.
- Bien... - Moralagos recogió un par de mapas, y entonces se percató de lo que acababa de oír - ¿De... destruir? Pero... ¿como?
El viejo soldado se alzó de hombros.
- Los muchachos del Glanduin Central echaron en falta noticias de los del Oeste, así que mandaron un par de exploradores, los mismos que llegaron esta noche aquí. No saben qué pudo ser; no encontraron supervivientes.
Moralagos estuvo unos segundos en silencio, hasta que terminó de recoger sus mapas y notas, guardándolos en una carpeta.
- Un caso interesante, Hareth; pero te lo dejo a tí.
- ¿Qué?
- Ha terminado mi trabajo aquí – recogió la mochila que había en el suelo e introdujo la carpeta -. Además, tengo un asunto que resolver.
- Aún no hemos resuelto nada sobre lo que sucedió en el norte, y ahora esto... - Hareth se encaró a él con el entrecejo fruncido - ¿A dónde vas?
- ¿Vais a perseguir a los sospechosos de Ost-in-Edhil? - dijo Moralagos, impertérrito, como única respuesta, mientras se colocaba la mochila a los hombros.
- No se ha dado orden alguna.
- Bien. Si me disculpas – intentó apartar al rohir de su camino con un suave empujón, pero el soldado se mantuvo en su posición –. Debo darme prisa, si quiero alcanzarlos.
- Tu misión...
- Se echará a perder si no doy con ellos. Quizá sepan algo que nosotros no. Dije que vinieron del Oeste, pero no lo sabemos seguro. Debemos dar con ellos.
- Moralagos, no puedo enviar más hombres tras ellos después de este nuevo incidente.
- Tampoco he pedido a nadie que me acompañe. Quizá sólo un caballo, para seguirles la pista desde Cillien
Ambos hombres se quedaron mirando en silencio. La repentina decisión de Moralagos de encaminarse hacia las Montañas Nubladas, hacía pensar al rohir que el excéntrico gondoriano no le decía todo. Sin embargo, después de un escueto “Haznos saber cuanto averigües”, Hareth giró sobre sus talones dejando a su compañero solo.
Moralagos cogió su cayado y su capa, se dirigió a las cuadras y, tomando uno de los corceles más rápidos, partió a la carrera hacia Cillien, al otro campamento donde habían encontrado restos de los extraños.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Lun Feb 23, 2009 1:18 pm 
Guardián del Brandivino
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Jun 12, 2003 1:09 am
Mensajes: 1297
Ubicación: De mudanza. Fluyendo, vaya, como siempre.
Raza: Accidente Geografico
Y aún, aún más lejos:
- ¡Florecitas amarillas! - exclamó con un gritito de placer -. ¡Voy a hacerme una corona!
Y así estuvo recogiendo flores. En realidad, este era su primer momento de felicidad en los últimos días. Bueno, a decir verdad, tampoco era el primero. Al principio, cuando descubrió que se había separado del grupo, se sintió un poco preocupada. También se sintió algo preocupada con aquella explosión que la lanzó al suelo. Había oído de las emboscadas dunlendinas, pero no creyó que pudiera verse afectada por alguna. Desde entonces había vagado de aquí para allá, tomando como guía los erráticos ires y venires de... quién sabe qué en cada momento.
Así que felicidad no le había faltado. Pero recoger aquellas florecitas amarillas fue, para ella, la más satisfactoria de las actividades - perseguir comadrejas, achuchar marmotas, huir de las marmotas... - de los últimos días.
- ¡También hay amapolas! ¡Y nomeolvides, la flor preferida de...! - dudó un segundo - ¡... de alguien!
- Tsoi, ve! Tiechis tâsk nabín! - susurró una voz, grave y profunda.
- Ve, ki onfárashin? - respondió otra, aguda y casi de falsete.
- ¡Hola! ¡Puedo oíros con mis oídos de elfa! ¿Dónde estáis? ¿Sois vosotros? ¿Ithilien? ¿Llum? ¿Laurefinwë? ¡Me estáis asustando!
- Shaynes tultádas; ve, ebleshís tôs bonservu tulín!
- Prenushín nî! Êk!
Y así es como Tuilerë cayó en manos de los tratantes de esclavos.


Mientras tanto, a la sombra de un arbusto, de nuevo con nuestros amigos, y tras una magra comida, Llumdelest volvía a darle vueltas al dichoso manuscrito. ¿Qué podía significar? ¿Qué misterio escondía?
Entonces oyó un ruido. Se volvió, pero no encontró a nadie: parecía que todos se habían marchado. Incluso habían recogido el campamento. Por un momento, sintió la rabia atenazándola: ¿por qué no la habían dicho nada? No, no podía creer que Ithilien, ni Laurefinwë, ni aun Bubhoshai, la hubiesen dejado sin avisarla. Del enano, cualquier cosa se esperaba, pero no del resto.
Se puso en pie y comenzó a buscarlos. Pero no habían dejado huellas; parecía como si hubiese pasado una eternidad. ¡Incluso los árboles parecían haber cambiado de sitio! Por un momento sintió pánico: quizás Fangorn se había extendido hasta donde ella estaba. Quizás los Pastores de Árboles estuviesen migrando. Quizás... Sacudió la cabeza. No. Fangorn quedaba aún muy lejos: no podía haber dormido tanto como para que las lindes del bosque llegasen hasta tan arriba. Además, los ents son robustos y miden muchos metros de altura; los escasos árboles de la zona eran raquíticos, y aúnque doblaban en altura a la propia Llumdelest, tampoco podía decirse que eran altos. Y en tercer lugar, no acababa de creer que los ents existiesen de verdad. "Aunque parece que finalmente vamos a comprobarlo", se dijo en un suspiro. "Si los encuentro".
Decidió subir a un árbol. Vale, acabo de decir que no eran árboles especialmente altos, pero también que doblaban en altura a la propia Llumdelest; algo más de altura ampliaría el horizonte. Y la ayudaría a divisar cualquier pista de lo que estaba ocurriendo. "Porque esto me huele mal". Así que se puso a trepar. "No está mal para tener mi edad", fue su pensamiento justo cuando se encaramaba a la rama más alta.
Lo que vió desde la copa le cortó la respiración. A sus pies, se abría un precipicio de cientos de metros de altura. "Ahora sé que estoy soñando", se dijo. "Pero debo tomar nota de esto".
Empezó a recorrer con la mirada desde el horizonte: pinceladas negras, marrones y beiges en frente; a la izquierda se perfilaban tonos rosaceos, y a la derecha un desierto de arenisca y gris. Más cerca había un enorme agujero negro, del que surgían una franja de plata, y otra pajiza justo al lado. El viento tronaba, desbocado, y Llumdelest se agarró con más fuerza aún a la rama. Tonos salmón y amarillo pintaban en confusión retazos del suelo; a la izquierda se veía un océano azul obscuro, casi negro. Y al fijar la vista en el oceano, sintió sumergirse en un vacío absoluto, un silencio jamás encontrado. "El viento no habla", se dijo. "¡No habla! ¡Esa es la clave! En el mar, ¡no habla!". "¡Son colores! ¡Palabras de colores!", y quiso fijar de nuevo la vista en el horizonte, a su tierra natal, para oir las voces de su lengua, ya perdida; pero caía, caía en el vacío, y en el borde del abismo un ent gigante, enorme como una montaña, que reía, y Llumdelest caía...

Todos la miraban. Evidentemente, querían respuestas; llevaba media hora gritando "son de colores, son de colores", hasta que despertó. Ghalmûr susurró algo de que hasta el Daño de Dúrin se habría enterado que estaban allí, por el volumen de voz. Bubhoshai añadió algo sobre el exceso de ensoñación. Los elfos nada dijeron: sólo la miraban, interrogadores.
Llumdelest, no obstante, no dijo nada: antes, quería corroborar su intuición...

------------------

En fin, a ver si se anima... Por un hilo ya no os tenéis que preocupar, y ahí tenéis una solución de uno de los enigmas :)
Un saludo,

Brn


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Lun Ago 24, 2009 9:42 am 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Llumdelest se abalanzó sin dar explicaciones a nadie sobre su zurrón y comenzó a rebuscar. Mientras, por órdenes de Laurefinwë, los demás se dedicaron a recoger el pequeño campamento.
Cuando ya huvo recogido su parte, Ithilien se acercó a su amiga.
- Hora de partir - pero la auriga parecía no darse cuenta, absorta como estaba en el dichoso pergamino - ¡Llum!
- ¡Ay! ¿Qué? - al fin Llumdelest se percató de la presencia de la elfa.
- Que nos vamos - rió Ithilien.
- Esperad un momento, que se me ha ocurrido algo... - suplicó Llumdelest.
Sin embargo Laurefinwë llegó hasta ellas y, con un gesto rápido, intentó quitarle el pergamino a la mujer. Llumdelest logró esquivar el veloz movimiento del elfo.
- No hay tiempo - rechistó el elfo.
- Tan sólo déjame unos minutos, por favor - suplicó Llumdelest.
- Tú misma.
El noldo dio media vuelta, bajó hasta llegar a su caballo y lo montó.
- Quiero llegar al pie de las Nubladas antes de que termine el día. ¡En marcha!
- Pero, Laurefinwë... - empezó la elfa sinda.
- Da igual, Ithilien. Tiene razón.
La auriga se puso en pie y recogió sus bártulos. Ya el elfo había iniciado la marcha y, tras él, Gâlmur y bubhoshai, quien iba más despacio que el resto para no separarse de las féminas.
Al fin, tanto Llumdelest como Ithilien, subieron en sus respectivas monturas y siguieron al altivo elfo.

Durante un buen rato, Llumdelest trató de echar ojeadas al pergamino, mas el terreno estaba tan escarpado que lo tuvo que guardar y vigilar el paso de Dicap.
Empezó a oscurecer cuando ya habían subido un buen trecho de las grandes montañas que separaban en dos la Tierra Media. Pronto los viajeros se dieron cuenta de las dificultades de los caballos por seguir avanzando en tan angosta subida, incluso el caballo de Laurefinwë parecía dudar en el siguiente paso, para desesperación de su jinete, quien no puso objeción cuando Llumdelest propuso detenerse a buscar refugio.
Cuando ya terminaron de cenar y recogieron todo, Ithilien se acercó a Llumdelest, aprovechando que el elfo se mantenía apartado con el enano, puesto que empezaban ellos la guardia nocturna. La auriga había intentado ponerse con el pergamino, pero estaba tan cansada que pronto se rindió.
- Si que está mosqueado hoy, Laurefinwë - observó Ithilien.
- Sí, un poco más de lo normal - contestó Llumdelest, arrebujándose en su manta, como si fuera un gusanito; la noche era clara, pero fría.
- Pse... No le sentará muy bien eso de deberle la vida a un orco - comentó bubhoshai, cercano a ellas, mientras encendía su pipa -. Y más por dos veces.
- Me parece que está más mosqueado porque os interrumpiera anoche, Llum - dijo Ithilien, en tono un tanto pícaro.
- Ehm... - intentó contestar la auriga.
- ¿Cómo? - preguntó el orco, algo sorprendido, chupando ya la boquilla de la pipa.
- Nada, nada... No creo que sea eso, Ithilien. En fin, ¡buenas noches!
Llumdelest se giró de espaldas a ellos, dando gracias a la oscuridad que camuflaba su enrojecido rostro. Ithilien rió suavemente.
- Muy bien. Buenas noches, Llum. Buenas noches, bubhoshai - y se hechó a un rato, tapándose con su manta.
- Pues buenas noches a las dos... - contestó el orco.
Se quedó un rato aún fumando en su pipa, mirando las estrellas y, a ratos, la figura altiva del elfo vigilante.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Sab Ago 29, 2009 1:48 am 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
El Elfo estaba parado, mirando al Oeste, mientras que Gâlmur estaba sentado, con las piernas estiradas y apoyándose sobre los codos flexionados. De vez en cuando Laurefinwe soltaba algún que otro suspiro de incomodidad. Era cierto lo que pensaba Bubhoshai, un poco de su molestia era por deberle la vida a un orco, pero por otro lado, su actitud para con la Auriga de la noche anterior aun lo molestaba.
Buscando distraerse decidió preguntarle al Enano algo que no había entendido casi que desde el principio:

- Señor Enano, hay algo que no comprendo aun ¿para que quería usted ir a Moria?

El Enano pareció perturbado por un momento, y después, tras tomarse unos minutos para pensar bien lo que iba a decir, respondió:

- Hace algunos cuantos años yo viví por unos meses en Khazad-dum. allí pasaba yo la mayor parte del tiempo en la biblioteca..
- ¿Había una biblioteca en Moria? - pregunto bastante extrañado Laurefinwe.
- En efecto, una un poco pequeña pero que contenía muy útiles tomos sobre minería, herrería, orfebrería, etcétera... ademas de los planos de Moria. - El Enano se quedo mirando al Elfo, como esperando una respuesta. Laurefinwe no entendía nada.
- ¿Y? - pregunto el Noldo para que Gâlmur prosiguiera con su relato.
- Y que uno de esos planos, uno que me costo mucho encontrar dicho sea de paso, mostraba una cámara protegida por artificios que solo nosotros, los Enanos, conocemos. Imagínese mi sorpresa, maese Laurefinwe, al encontrar tal cosa en un plano del lugar en que vivía. Y seguida de esa sorpresa llego la curiosidad. Cierta vez, merodeando por las cercanías de aquella cámara, fui encontrado por dos viejos Enanos que me llevaron ante Balin. Y... la verdad es que no me fui de Moria en busca de aventuras... - Gâlmur agacho la cabeza, avergonzado - La verdad es que Balin me echo de Khazad-Dûm.
- ¡Oh! Siento haberle preguntado sobre el tema...
- ¡No no! No se preocupe. Pero respondiendo a su pregunta: trate de imaginarse lo que habría ahí dentro como para que me echaran por andar husmeando... Por eso quiero ir a Moria. Pero bueno, ahora ya no se...

Laurefinwe dirigió una especie de sonrisa al Enano, y dándose media vuelta volvió a quedar de cara al Oeste. Una suave brisa había empezado a soplar desde el Norte.

- ¿Y usted, señor Elfo? ¿Por que va a Mordor? Porque esa historia suya sobre Alatar y Pallando no se la traga nadie...

Laurefinwe volvió a voltearse, y mirando al Sureste le respondió:

- Eso son cosas mías, Gâlmur.




PD: disculpen las faltas de tildes, todavía no he comprado un teclado nuevo y a este sigue sin funcarle la tecla del diéresis y el tilde

_________________
En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
 Asunto:
NotaPublicado: Vie Ago 20, 2010 6:55 pm 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
Avatar de Usuario

Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
A pesar de los deseos de Laurefinwë, necesitaron dos días más para alcanzar las faldas de las Montañas Nubladas y, cuando al fin llegaron, una sensación de pequeñez se adueñó de ellos. Ante ellos, se alzaba la inmensidad de la cadena montañosa que separaba en dos la Tierra Media. Apenas podían ver lo que tenían a un centenar de metros de altura, y sabían que la montaña seguía, seguía y seguía.
Aunque el inicio de la ascensión no resultó demasiado complicado, a las pocas horas se encontraron en terreno accidentado. Las rocas que parecían poder soportar el peso de un humano normal se tambaleaban al paso de los caballos, y los continuos senderos que parecían pasos de montaña al poco resultaban demasiado estrechos o se perdían entre los peñascos. Además, el hecho de que un desliz significara una dolorosa caída de decenas de metros por la ladera escarpada de la ladera les hacía plantearse más de una vez volver atrás, hasta que descubrían que les era imposible.
Aquel primer día, Laurefinwë parecía estar alegre por la mañana pero, conforme transcurría la tarde, su humor se empezó a enturbiar. Seguía liderando la marcha, convencido de que su instinto, o a lo sumo el de su caballo, sabrían encontrar el camino adecuado; sin embargo, pronto empezó a maldecir para sus adentros las montañas. Los mapas que llevaba Llumdelest eran prácticamente inútiles, y la auriga poco podía hacer salvo dar algunos consejos de supervivencia, puesto que nunca había pisado esa región. Para colmo, el hecho de que Bubhoshai, el guía oficial, no dijera nada en absoluto, lo ponía nervioso.
El orco había decidido no intervenir e intentaba disfrutar como podía del paisaje y, sobretodo, de la desesperación mal disimulada del altivo noldo al equivocarse una y otra vez de dirección. Sin embargo, Laurefinwë era más templado de lo que aparentaba y mantenía la cabeza bien alta; incluso se permitió hacer algún comentario humorístico cuando se extravió por tercera o cuarta vez que fue bien acogido por el resto del grupo.
El primer día habría resultado descorazonador para el grupo de no ser por que, al final de la tarde, habían encontrado un sendero bastante ancho. Acamparon cercano a él y, pronto, quienes no estaban haciendo guardia cayeron en un sueño profundo, con la esperanza de que al día siguiente la jornada sería más apacible.
Pero cuan equivocados estaban: las montañas no habían hecho más que empezar. El camino que habían encontrado el día anterior no era sino el antiguo lecho de un río del que apenas quedaba un riachuelo que penetraba en las rocas. Al menos, y como alegremente transmitió Ithilien, habían tenido la suerte de comer unos cuantos cangrejos que resultaron deliciosos una vez cocinados; quizá los últimos supervivientes del riachuelo, pensaba Llumdelest.
No hubo más satisfacciones ese día, ni en los siguientes. Siguieron avanzando hacia lo que Laurefinwë creía que era el Este, pero a los dos días pensaba en la posibilidad de que se hubiesen desviado un poco al norte. Llumdelest también tenía esa sensación desde el día anterior, mientras que Bubhoshai lo sabía de sobra. Gâlmur pedía que le dejasen explorar alguna cueva, pues así podría orientarse. Ithilien simplemente intentaba animar a todo el mundo, ajena a su ubicación física. Por su parte, Setsuna continuaba inspeccionando la zona entre el atardecer y poco antes del amanecer.
Además, las noches cada vez eran más frías a medida que ascendían. El otoño avanzaba con calma por la Tierra Media mas, a pesar que aún faltaba más de un mes para invierno, el clima de la montaña era gélido. Por suerte había suficiente vegetación para que los caballos pacieran y para llenar el saco de las provisiones, y bastantes parapetos naturales para protegerse del viento.

Al cuarto día de infructuosa ascensión, el vampiro les trajo buenas noticias: había descubierto un paso estable unas millas al norte. Esto alegró sobretodo a Gâlmur pues sabía que al norte se encontraba Moria, aunque no la distancia exacta. Bubhoshai estaba seguro que el paso era el mismo que él había recorrido cuando cruzó la cadena montañosa en el pasado.
Sin embargo, Laurefinwë hizo caso omiso de la información, pues esperaba hallar por sus propios medios otro camino. Incluso se negó en dar un rodeo para alcanzar el paso cuando el resto de sus compañeros estaban de acuerdo. Tras una acalorada discusión con Bubhoshai, quien al final había reaccionado ante las insensateces del elfo, Laurefinwë ordenó la marcha de nuevo.
Así pues, un par de horas después del amanecer el grupo partía hacia el Este. Laurefinwë volvía a liderar la marcha, mientras Bubhoshai se mantenía en la retaguardia, enfurecido. Las últimas palabras del elfo, “No te daré la satisfacción de deberte la vida por tercera vez”, le traían sin cuidado; sin embargo, se repetían una y otra vez en su mente, manteniéndolo de malhumor y reconsiderando la vieja idea de abandonar el grupo.
No obstante, cuando hicieron la pausa al mediodía, el orco parecía más tranquilo y Llumdelest pudo acercarse a él mientras se iban de caza. Laurefinwë se había marchado a buscar alimento hacia otro lado, e Ithilien y Gâlmur se habían quedado en el campamento improvisado.
- ¿Alguna idea? - preguntó en voz baja Llumdelest mientras espiaban detrás de unos matorrales a un grupo de conejos.
- Sí: cortarle la cabeza al elfo cuando duerma, robarle la mochila al enano y volver por donde pueda – contestó Bubhoshai, siguiendo su propio hilo de pensamiento -. Quizá también sería buena idea arrancarle la cabeza a Gâlmur.
La auriga se quedó parada, pero de repente estalló en carcajadas las cuales retumbaron por toda la ladera, asustando a los animales. Bubhoshai se la quedó mirando, estupefacto.
- Bueno – consiguió decir Llumdelest -, me alegra saber que a Ithilien, Setsuna y a mi nos dejarás tranquilos. Perdidos en las montañas, pero tranquilos.
El orco la miró seriamente unos instantes, mas al final no pudo ocultar una tímida sonrisa.
- Me refería a los conejos, aunque ahora ya da igual – dijo Llumdelest, tras comprobar que los animalitos se habían esfumado.
- Lo lamento... - dijo el orco, aunque se apresuró a decir: - Más que nada por mi estómago: parecían buenas piezas.
- ¡Bah! Si los he asustado yo – contestó Llumdelest.
Bubhoshai agradeció para sus adentros que la mujer no hubiese interpretado la disculpa en su significado real o que, si había comprendido el contexto, no hiciese mención alguna.
- Se me estaba ocurriendo... - dijo la auriga al cabo de unos minutos de búsqueda de nuevas presas -. Sobre lo del paso del Norte. ¿Tú lo conoces?
- ¿Que si lo conozco? Me juego lo que sea a que ese paso es el que atraviesa las montañas hasta alcanzar el bosque maldito de Fangorn.
- Buf... Que no te oiga Ithilien – bromeó Llumdelest.
El orco bufó, pero prosiguió con una mueca similar a una sonrisa.
- Luego se puede seguir la linde del bosque sin penetrar en él, hasta llegar a uno de los afluentes del... del río que cruza el bosque por el norte. El Limclaro, creo que se llamaba.
- Buena ruta – dijo la mujer, tras meditarlo unos instantes -. Ahora sólo habrá que convencer a Laurefinwë.
Bubhoshai dio un respingo al oír el nombre. No obstante, Llumdelest permaneció pensativa un buen rato, hasta que al final optó por contarle lo que había pensado al orco.
Cuando regresaron junto a los demás con un par de conejos, pusieron en común el plan de la auriga aprovechando que el elfo aún no había vuelto. Laurefinwë volvió poco antes de que la comida estuviese preparada, como si la hubiese olido, trayendo unas cuantas hierbas.

Se pusieron en marcha después de comer y limpiar los cacharros, aunque una suave pero fría llovizna hizo que la marcha fuera más lenta.
Aquella noche acamparon más temprano, apelotonados bajo un risco lo suficientemente grande como para resguardar también a los caballos. Como habían tomado por costumbre, de la primera guardia se encargó Laurefinwë con Gâlmur. Esta vez, el elfo se quedó impasible mirando el horizonte, sin dirigirle la palabra al enano, quien estuba a punto de dormirse cuando Ithilien le saltó encima sigilosamente para relevarles junto con Llumdelest. Por un casual o porque algo le remordía el inconsciente, Laurefinwë tardó en conciliar el sueño más de lo normal. Pero al fin, tras casi una hora de dar vueltas entre sus mantas, se durmió.
- Buf... Creí que nunca se dormiría... - susurró Ithilien tras comprobar, al cabo de unos minutos, que el elfo dormía como un lirón -. ¿Despertamos ya a Bubhoshai?
- Aún no – contestó Llumdelest en voz baja, recostada en uno de los salientes del risco, con los ojos medio cerrados -; todavía está oscuro. Esperaremos un poco más. ¿Gâlmur también...?
Un suave ronquido, similar a un extraño resoplido, confirmó que el enano dormía apaciblemente.
- Por cierto, creía que ibas a... usar otro plan con Laurefinwë – dijo Ithilien con una media sonrisa.
- He pensado varias cosas – contestó la mujer -, pero creo que esto funcionará mejor.
- Yo creo que el que había pensado yo sería mejor – la elfa le guiñó un ojo.
- Ya sabía yo que iban por ahí los tiros... - suspiró Llumdelest -. Rotundamente no.
- ¡Oh, vamos! - Ithilien rió - ¿Y lo de la otra noche?
- Creía que sólo te habías levantado a buscar agua – la mujer se cruzó de brazos con el entrecejo fruncido -. Mira, no sé qué pasó. Seguramente Laurefinwë sólo quería saber cómo me encontraba, cómo estaba la herida. Y no, no está interesado en mi de esa manera.
- ¿Cómo lo sabes? - insistió Ithilien.
- Porque él sólo piensa en ir a Mordor y punto; en nada ni en nadie más - “Y yo no quiero pensar en él”, se dijo Llumdelest.
- Ya... Pero quizás, no sé... Si usas tus “armas de mujer” puedas convencerle de que al menos te diga para qué vamos a Mordor.
- ¡Úsalas tú con él! - exclamó en voz baja Llumdelest, visiblemente enfadada.
- Pues quizá lo haga – Ithilien le sacó la lengua, se cruzó de brazos también y no dijo nada más, hasta que, al cabo de unos minutos, dijo: -. ¿Sabes? Creo que estaba soñando contigo.
- No fastidies, Ithilien... - contestó Llumdelest, entre risas.

No hizo falta que ninguna de las dos tratara de despertar a Bubhoshai, pues el orco se levantó conforme salía el sol por oriente. Incluso Setsuna había regresado, quejándose por la humedad en el ambiente.
Bubhoshai cogió su zurrón, dejando en el campamento las cosas prescindibles, y se despidió de las féminas. Apenas tenía un par de horas para encontrar un atajo que les permitiera acceder al paso principal.

_________________
Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Arriba
 Desconectado Perfil  
 
Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 124 mensajes ]  Ir a página Anterior  1, 2, 3

Todos los horarios son UTC + 1 hora


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 1 invitado


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro
No puede enviar adjuntos en este Foro

Buscar:
Saltar a:  
cron