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NotaPublicado: Lun Feb 12, 2007 10:59 pm 
Ciudadano de Bree
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Registrado: Jue Oct 05, 2006 7:54 pm
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Ubicación: en esta noble posada
Bubhoshai se sintió muy complacido con las palabras de Ithilien, no obstante y como era terco y orgulloso, se cuidó bien de no expresar más que una leve amabilidad cuando la chica le estrechó la mano. No confiaba en los elfos, y tomar un mínimo de simpatía por ella podía insumirle meses enteros.
No bien estubo afuera, el orco advirtió que Ithilien hablaba con Gâlmur. La distancia era excesiva para seguir el hilo de la conversación, no obstante oyó la palabra "carga", y apreció el rostro serio del enano cuando ella se iba.
¿Que rayos cargaba Gâlmur en ese zurrón enorme? ¿Y por que su generosidad en financiar la empresa, cuando se sabe bien lo apretados de puño que son los enanos?

Todo un misterio. Bubhoshai era de natural curioso, y no podía dejar las cosas así. Se acercó a Gâlmur no bien la elfita de hubo retirado.
-¡ Hola, mecenas!- sonrió tratando de dotar a sus palabras de el tono más amable que pudo- ¿problemas con tus bultos?
El enano empujó levemente el zurrón con la punta de su bota.
- Problema, ninguno, amigo. No pesa tanto después de todo...no se por que todos se empeñan en...
- ¿Ayudarte, Gâlmur? pues por que son amables...y dime ¿que hace pesar tanto esa cosa? ¿que llevas allí, si puedes decirlo?
El efecto de las palabras fué instantáneo: Gâlmur se abrazó a la mochila, y los ojos le relampaguearon, furibundos.
-¡¡Lo que no te concierne!! ¿¿Haz oido?? ¿ Y lo quieres más claro, Bubhoshai?¡ Aborrezco a los indiscretos!
- Tus palabras sonaron claras, maese enano. Ya no meteré mis narices en tus cosas - dijo el orco y se fue tarareando con su voz de bajo.
Pero aquello no podía quedar así, al fin él se saldría con la suya.

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NotaPublicado: Mié Feb 14, 2007 9:44 pm 
Señor de las Palabras
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Las horas pasaron, y llegó la noche. Llumdelest estubo prácticamente todo el tiempo en la habitación de Laurefinwë, más para vigilar al elfo por si cometía alguna locura que para saber si descansaba, tomando notas y estudiando sus propios mapas; de vez en cuando había bajado al Salón Común para saber si había aparecido el guardián. Por su parte, Laurefinwë hechó una cabezadita después de explicarle las razones a Llumdelest del porqué tenía que ir a la Tierra de la Sombra (pues ella no lo sabía aún). No se inmutó cuando Gâlmur y Bubhoshai subieron los bultos del primero y las provisiones; el orco había pensado que en la habitación del elfo estarían más seguras. Laurefinwë despertó al fin cuando Tuilere entró anunciando que ya tenían los caballos para Gâlmur e Ithilien; “sólo” habían tardado cuatro horas en conseguirlos.
- ¿E Ithilien? - preguntó el enano.
- En el Salón Común, despidiéndose de alguien – respondió Tuilere.
- Uhm... voy a bajar yo también. ¿Que hora...? Sí, más o menos... las seis – se decía Llumdelest a sí misma, y se dispuso a salir de la habitación; el resto del grupo se la quedaba mirando desconcertados – Ya es casi de noche... Igual ya ha venido...
- ¡Eh! - gritó Gâlmur cuando la mujer ya bajaba las escaleras – Si ves a la elfa le dices que venga.
- ¿Eh? Ah vale – le respondió ella.

Vio a Ithilien charlar con un grupo de elfos. Llumdelest se acercó, los saludó, y estos apartaron la mirada de ella; “Supongo que no me echarán de menos” pensaba con sarcasmo.
- Ei Llum. ¿Que tal está Laurefinwë?
- Acaba de despertar, después de cuatro horas... para que luego digan que los elfos no dormís... - Ithilien rió; ambas se percataron de cómo el grupito de elfos estaban mirandolas, pero que enseguida apartaron la cara con desdén.
- No te preocupes, anda – animaba Ithilien a su amiga, al ver su triste cara.
- ¿Preocuparme de qué? - le contestó con una carcajada, apoyándose en una mesa con una mano, y con la otra en la cadera – Ellos se lo pierden, si no quieren probarme en la intimidad de la...
- A vosotras dos os buscaba – alguien cortó las palabras jocosas de la mujer.
- Hola “jefe” - dijo Ithilien, mientras Llumdelest lo saludaba con la mano.

La figura encapuchada les pasó cada uno de sus brazos por los hombros y se las llevó a un rincón apartado.
- ¿Es verdad lo que dicen, de que os vais, chicas? - les preguntó; ambas asintieron.
- Ya ves, un viajecito de vez en cuando va bien para levantar los ánimos – dijo Llumdelest con una sonrisa.
- ¿Pero a Mordor? - dijo él con cara de preocupación.
- Laurefinwë... - contestaba Ithilien, mientras Llumdelest se encojía de hombros.
- ¿Qué le pasa? - las dos chicas se miraron, pero no dijeron nada - ¿Qué hace un elfo en Mordor? - inquirió él seriamente; la elfa y la humana se volvieron a mirar.
- Dice que dos amigos suyos, dos maiar, andan perdidos por Mordor – dijo Llumdelest seriamente apoyándose de nuevo como antes, esta vez en una silla.
- ¿Qué dos amigos maiar?
- Alatar y Pallando - dijo Ithilien - ¡Pero no se lo digas a nadie por favor! Se supone que sólo lo sabemos los miembros de la expedición.
- Tranquila Ithilien – dijo él con el morrito sonriente – Alatar y Pallando... ¿los istari azules que se perdieron por el este?
- ¿Conoces a otros maiar con ese nombre? - preguntó Llumdelest.
- No, la verdad es que no... Ya cuando desaparecieron apenas los había visto un par de veces; y muy poco se sabe de ellos. No tengo ni idea a quien sirven a día de hoy. ¡Pero en fin! Ya sois mayorcitas para tener niñera.
- Cuidate mucho, Aker. - le dijo la mujer con una nostálgica sonrisa, y le dio un abrazo.
- Lo mismo digo – e Ithilien le dio un abrazo también.
- Volvedme enteras, ¿eh? - les decía el maia mientras abrazaba a ambas.
- Descuida – dijeron las dos, la elfa en tono conformista, y la mujer de manera triste; no sabía si volvería algún día, no por los posibles peligros de la empresa, si no por razones personales.

El maia al final las soltó y se fue a hablar con algunos parroquianos.
- ¿Me parece a mi o nos ha metido mano en el trasero? - preguntó Llumdelest con una mueca.
- Es... es posible. - afirmó Ithilien.
- Por cierto, Gâlmur dice que subas a la habitación de Laurefinwë.
- ¡Ah! ¡Ahora voy!
- Estaré por aquí; nos vemos a la hora de la cena, ¿vale?
- ¡Bien! - e Ithilien desapareció por las escaleras.

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Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
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(Drizzt Do'Urden)
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NotaPublicado: Mié Feb 14, 2007 10:40 pm 
Ciudadano de Bree
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Registrado: Jue Oct 05, 2006 7:54 pm
Mensajes: 76
Ubicación: en esta noble posada
La hora de la cena se demoraba, y Bubhoshai se sentía a cada momento más intranquilo. Oh, allí estaba la auriga, al fin y al cabo la única persona del grupo que le merecía genuina confianza. Se acercó a ella mintras Bob y Nob comenzaban a disponer la mesa, riñendo entre ellos de a ratos y bajo la mirada severa del señor Mantecona.
-Hola, mujer...
Ella giró sobre si misma par responder.
- ¿Que te sucede?
- A mi, nada. Sólo quiero dirigirte una palabra, a solas y antes de que vengan los demás.
La mujer redopló, quizás con fastidio.
- Es acerca de Ithilien, ¿verdad? Ya te dije que...
- No - rió el orco- ella ha venido a mi, y se mostró amable. Creo que si antes parecía remisa conmigo era por...bueno, haz visto lo raros que son los elfos...tampoco la otra elfa, la medio desquiciada, es problema...
- ¿Y entonces? perdona, pero no comprendo dónde quieres llegar.
Bubhoshai bajó lea voz (innecesariamente, pues no había nadie cerca)
- Se trata del enano...oye ¿tu le confias? mira, el elfo orgulloso tiene cosas que hacer en Mordor, pero al parecer no dinero ¡Y he aquí que Gâlmur se ofrece generosamente a solventar un viaje largo, riesgoso, caro, y a la postre de fines oscuros e inciertos! ¿Por que rayos lo hace? Encima de todo, carga un equipaje misterioso y pesadísimo del que ni quiere hablar ¿Es que se trae algo más entre manos? Se bien lo que se dice por allí acerca de los enanos, eso de que son temerarios y amantes de la aventura; pero también sabemos que son avarientos y que no dan puntada sin nudo ¿que lo mueve a mostrarse tan súbitamente generoso?
Llumdelest se limitó a pasarse la lengua por los labios en gesto reflexivo.

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NotaPublicado: Jue Feb 15, 2007 10:40 am 
Amigo de las Palabras
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Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
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Ubicación: La Posada del Poney Pisador
Ithilien subió las escaleras deprisa...tenia que ayudar al enano a preparar la mochila...Tocó a la puerta de la habitación de Laurefínwë y una vez dentro vio al enano medio dormido sentado en una silla. Ella se acercó despacio y luego le pegó un susto con lo que el enano se cayó de la silla...
- ¡Señorita Ithilien! ¡Eso no son maneras de despertar a nadie! – dijo malhumorado mientras se levantaba del suelo, mientras Laurefinwë, Bubhoshai y Tuilere los miraban.
- Usted perdone señor enano, pero no he podido evitarlo. Me llamó por lo de la...
- ¡Sí, eso mismo! - gritó Gâlmur enérgicamente sin dejarla terminar - Veo que tiene usted poca memoria.
- O demasiadas cosas en la cabeza...
- Acompáñeme – Ithilien se extrañó, pero el enano le susurró de manera que no oyesen los demás – No quiero que se enteren de... bueno, no les incumbe.

El enano, mochila al hombro, guió por el corredor a la elfa hasta su aposento. Cuando llegaron, Ithilien intentó coger la mochila del enano para dejarla encima de la cama, pero la volcó en el suelo tirando prácticamente todo su contenido. Allí había de todo, desde comida, cuerdas y mapas hasta otras cosas innecesarias. El enano se abalanzó sobre la mochila, aferrándola en sus brazos.
- ¿PERO QUÉ HACES? - bramó Gâlmur.
- Yo... lo siento... Pero... ¿ve lo que pasa por llevar una mochila tan pesada? - trataba de excusarse Ithilien; mas el enano la miraba furioso.
Se produjo un tenso silencio. Gâlmur casi echaba fuego por los ojos, e Ithilien trataba de esquivar las miradas del terco enano, observando los objetos escampados a su alrededor.
- ¿Es necesario llevar esto? – le preguntó cogiendo el objeto.
- ¡Sí que lo es! Es una herencia familiar – decía el enano orgulloso, pero más calmado.
- ¿Unos....unos...calzoncillos, es una herencia familiar? – Ithilien soltó la prenda, a saber por cuantos enanos habría pasado.- En fin sigamos... ¿Y esto? – dijo mostrando el siguiente objeto a Galmur.

Poco a poco, Ithilien fue seleccionando los objetos útiles de entre los no útiles. Los primeros no llegaban ni a la mitad de los segundos.
- Esto ya esta. Lleva lo más importante, el viaje le será mucho mas cómodo, con una mochila que le pese menos.
- Gracias Ithilien – dijo el enano en un gruñido.
- De nada. – dijo Ithilien poniéndose de pie, al ver que el enano le miraba el escote - Nos veremos para la hora de la cena, supongo.
- ¡Desde luego!

Mientras Bubhoshai hablaba en el Salón con Llumdelest, Ithilien salía de la habitación del enano hacia la suya. Iba con la vista fija en el suelo pensando, cuando chocó con algo.
- Mira por donde vas – le dijo la voz de detrás
- Lo siento, no te había visto pecoso- esa era la manera que tenia la elfa de llamar así a Pk_Lugia-, ¿todo bien?- le pregunto
- Yo si, pero tu estas en las nubes, como siempre. - y se dispuso a marcharse; pero se giró de golpe: - ¡Ithilien¡- chilló- Hasta pronto.
- Hasta pronto. – le sacó la lengua y se fue ella también, ocultando la sonrisa.

Por fin consiguió llegar a su habitación, se quitó la capa y se tumbó en la cama un momento. Cuando se levantó, vio en la mesa un objeto. Se acercó y vio que se trataba de una daga. Su funda y empuñadura eran de un azul oscuro; sabia perfectamente de quien era esa daga, y al lado vio una nota:
“ Espero que te sirva de ayuda y te guste este regalo, quiero que te la quedes tu. Buen viaje elfa sinda.”

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"Para el mundo no eres nadie, pero tal vez para alguien eres el mundo."


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NotaPublicado: Sab Feb 17, 2007 6:00 pm 
Señor de las Palabras
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
La hora de la cena llegó y el Salón Común se fue llenando. La mujer y el orco terminaron compartiendo una mesa, y poco a poco el resto del grupo se les unió. Gâlmur llegó en último lugar, con semblante un tanto triste.
Los comensales comieron más que hablaron. Al principio Laurefinwë, Bubhoshai y Llumdelest discutieron unos minutos sobre la ruta a seguir, pues el enano se empeñaba en acercarse a Moria. La auriga y las elfas intentaron animar un poco el ambiente, pero el resto de la compañía no estaba muy por la labor de participar en una agradable cena. Poco a poco, los integrantes del grupo fueron abandonando la mesa conforme iban terminando sus platos, hasta que sólo quedó Llumdelest, quien había decidido quedarse esa noche en Bree.
Cuando la dejaron sola en la mesa, salió a ver que tal estaba Setsuna. Éste continuaba colgado del farol, muy molesto por que lo hubiesen abandonado de aquella manera. Puesto que no tenía habitación, la mujer se quedó fuera, acurrucada al lado del portal.
- ¿Pero que haces ahí? - le preguntó el vampiro sorprendido.
- Hacerte compañía, ¿no lo ves?
- ¡Pero te vas a resfriar!
- Puede, pero así al menos se te pasará el malhumor. - Setsuna no dijo nada más. Descendió del farol y se acurrucó entre los brazos de Llumdelest.

Mas, cerca de la media noche, cuando en la posada prácticamente no había nadie (pues era entresemana), Setsuna se despertó. Estaba incómodo en esa posición, por lo que, aún sabiéndole mal, abandonó los brazos de la mujer y, después de haberla arropado con la manta y la capa, voló hasta un rincón oculto de la arcada, donde había establecido allí un pequeño refugio acojedor. El vampirillo se durmió en pocos segundos.
Llumdelest ni siquiera notó la ausencia de su pequeño amigo. La arcada era más resguardada de lo que había pensado. Sin embargo, durante unos instantes, le pareció estar flotando; aunque la sensación duró tan poco que pensó que se trataba de un sueño.
Hasta que el crepitar del fuego la despertó.
- ¡Vaya, ya era hora! - exclamó una voz animosa que le resultó familiar.
La mujer abrió los ojos y una gran nariz roja apareció enfrente suya, con un bigote espeso de color castaño y seguida de unos ojillos y una brillante calva que resplandecía con las llamas de la chimenea. Del susto, casi cae del banco donde estaba yacía.
- Ma... ¡Mantecona! ¿Pero yo no estaba...?
- ¡Fuera! ¿A quien se le ocurre? - dijo indignado el posadero mientras ponía en orden las sillas.
- Perdone... ¿Pero como...?
- ¡En brazos! ¿Cómo si no?
- No... no me diga que ha sido usted quien me ha cojido en brazos... - dijo Llumdelest, ruborizada.
- Oh, no; yo no – la mujer suspiró aliviada, y se dispuso a dar un trago a su cantimplora que amablemente habían cojido también – Fue el señor Baranduin. - dijo Mantecona señalando una mesa.

La mujer casi se atraganta con el último sorbo de agua, mientras creía que iba a explotar de vergüenza. Alzó la vista hasta donde le había indicado el posadero y, recluído en una mesa con varios pergaminos, pluma en mano, estaba el Guardián del Río.


PD: Bubhoshai majo, no me pongas cada vez que te hable como una tia desagradable :.

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NotaPublicado: Lun Feb 19, 2007 8:36 pm 
Ciudadano de Bree
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Registrado: Jue Oct 05, 2006 7:54 pm
Mensajes: 76
Ubicación: en esta noble posada
Luego de parlotear largamente con la auriga, entre una cerveza y otra, Bubhoshai decidió recluirse en su cuarto.
La inminencia de la partida no lo dejaba dormir ¿a él, al viajero? ¿cómo era eso? ¿o se trataba de otra cosa?
Se alzó de la cama en la que, como siempre, se había tendido quitándose tan solo los botines y la coraza.
Es que ya había comprendido.
Se precipitó en las entrañas de su bolso. ¿estaba allí todo? ¿por que rayos no podía quitarse de encima la sensación odiosa de que querían hurtarle? Ah, no, allí estaba. Lo tomó entre las manos huesudas y lo acarició largamente. Era el camafeo. Cuanto tiempo llevaba esa joya menuda y de escaso valor en su zurrón de aventurero, ni lo recordaba. Ese rostro al que la blancura del marfil desnaturalizaba, difiriendolo del de esa mujer que se lo regalase...la chica de Gondor...no estaba de más el dedicarle una brizna de recuerdo. La chica morena, sin duda de sangre haradrim. Había estado loco si creía que la olvidaría facilmente. Aún la veía, allá lejos, despidiéndolo con el gesto melancólico de la mano alzada.
Al fin el sueño llegó, llevándose muy lejos al orco.

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NotaPublicado: Dom Feb 25, 2007 4:48 pm 
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
La auriga y el Guardián del Rio hablaron tendidamente sobre el viaje y lo sucedido hasta la fecha, además de otras cosas que no incumben en esta historia, hasta que la luz del sol empezó a iluminar el salón. Poco después, bajaron Laurefinwë y Bubhoshai por las escaleras; ambos iban con el paso decidido, sin hablarse apenas entre ellos. Los seguía un somnoliento Gâlmur, pegado a su mochila, la cual había disminuido notablemente de tamaño.
- Caray... Ithilien hizo un buen trabajo – le comentó Llumdelest sonriendo a su amigo; éste sonrió también.

La mujer se disculpó y dejó al Guardián con sus pergaminos, quien le prometió quedarse hasta que ella marchase. Una vez saludó a sus tres compañeros, la mujer se fue con ellos al establo. Al salir a la arcada, llamó a Setsuna un par de veces, y el vampiro salió de su agujero en el techo con los pelos de la cabeza alborotados.
- Uhm... ¿Donde estabas? - preguntó el murciégalo.
- Dentro, por gentileza de transportes Baranduin - bromeó; Setsuna arrugó la frente, mostrando malhumor - ¿Y tú? ¿Qué hacías ahí arriba? – respondió ella, en tono de reproche.
- Soy un murciélago, ¿que quieres? Necesito estar colgado...
- Ya, ya... - Llumdelest entró al establo, seguida de Setsuna.

Una vez dentro, la mujer echó un vistazo al caballo de Gâlmur. Había temido que el animal no pudiese cargar con tanto peso, pero con el equipaje increiblemente aligerado del enano, parecía que el problema estaba resuelto; además, se lo veía un animal fuerte y robusto.

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NotaPublicado: Dom Feb 25, 2007 10:20 pm 
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Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
Mensajes: 144
Ubicación: La Posada del Poney Pisador
Ithilien se levanto antes del alba. No había tenido una buena noche. Mientras se abrochaba su falda y ataba los cordones de sus botas, miro la habitación por ultima vez antes de salir. No pudo evitar entristecerse, pues los años que había pasado en la posada, eran los mejores que había pasado desde toda su larga vida. Cogió la daga y sonrió al pensar de quien era, luego alzo su “famosa” mochila y se la llevó al hombro derecho. Antes de salir se aseguro de no dejarse nada, suspiro y abrió la puerta, preparada para el viaje...

- Que madrugadora, señorita Ithilien- le dijo Mantecona, cuando la vio bajar las escaleras.
- Una mala noche, ¿y los demás? – preguntó mientras se sentaba en una mesa del rincón
- Llumdelest, y Bubh... esto, el orco, el elfo y el enano están en el establo. La señorita Tuilere, parece que durmiendo aún - decía Mantecona mientras le traía algo de comer.
- No he sido la única, que ha tenido una mala noche- pensó- Gracias Mantecona, pero no tengo mucha hambre.
- ¡Eso si que no! Coma algo, le sentará bien.

Dicho esto el posadero se marcho. Ithilien pillo una tostada y salió de la posada hacia las caballerizas. Allí vio a Llumdelest revisar las cosas de su caballo; Ithilien se acercó al suyo.

- Buenos días Ithilien – le saludó la auriga
- Buenos días Llum. ¿Preparada? – le sonrió
- Siempre estoy preparada – Llumdelest le guiñó un ojo - Espero no dejarme nada – decía revisando una pequeña lista que tenia.
- Y si se deja algo, ya nos espabilaremos- saltó Setsuna, que estaba colgado en una viga de las caballerizas.
- Ya, pero mejor asegurarnos Setsuna. – sonrió la elfa.
- Por cierto elfa sinda – dijo Setsuna - ¿Ese caballo de ahí es tuyo? Es un animal intranquilo...
- No, no es mío, me lo prestó... alguien de la posada; se llama Imperioso. Y a su dueño no le importó prestármelo – Ithilien apaciguando al caballo mientras lo acariciaba.
- Lugia no sabe lo que ha hecho... – dijo Llumdelest mientras se reía a carcajadas.

Ithilien miró a la Auriga un poco confusa, pero comprendió que tenia razón; según algunos, Ithilien era un “trasto de mucho cuidado” en la posada. Bubhoshai, que había estado ayudando al receloso Gâlmur a asegurar su equipaje sobre el caballo, preguntó:

- ¿Todos listos?
- En parte, Tuilere aún no ha aparecido – dijo Ithilien.
- Pues será mejor ir a despertarla. Tú y Llumdelest, sacad vuestros caballos. Lo demás que se espabilen. Ya es hora de partir.
- ¡Cuanta orden! – Dijo Setsuna levantando el vuelo, mientras Bubhoshai se lo miraba un tanto embelesado.
- Lo dicho, el sol ya está alto; mejor empezar el viaje ahora. Además no me gustan las despedidas; llegan a hacerse demasiado largas.- cogió su caballo y salió del lugar.
- A mi tampoco- susurró Llumdelest.

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NotaPublicado: Mié Feb 28, 2007 11:28 pm 
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Tuilere se levantó a trompicones y bajó las escaleras rápidamente, a punto de arrollar a Laurefinwë y Gâlmur.
- ¡Ya era hora de que despertaras! - le gritó Gâlmur.
- Lo lamento señores – se excusó la elfa.
Llegó a la barra y le pidió algo a Mantecona. Al poco, el posadero dejó un plato enfrente de Tuilere con un par de tostadas con mermelada.
- ¿Pero qué haces? - le reprochó Laurefinwë.
- ¿Almorzar? - contestó la elfa, a la vez que daba un mordisco a una de las tostadas.
- No hay tiempo para eso. Si te hubieses levantado antes...
- Es un momento, caray... termino en dos minutos. - Laurefinwë iba a protestar, pero sintió sobre el hombro la mano de alguien.
- Ha dicho dos minutos... Podemos esperar – dijo Llumdelest – Además, ¿seguro que está todo a punto? - ni siquiera dejó que el elfo le contestase; giró sobre sus talones y se dirigió a charlar con alguien al fondo.
Tuilere terminó una tostada, y se comió la otra de camino al establo. Al poco, estaban ya todos fuera, menos Llumdelest, terminando de preparar las monturas bajo la atenta mirada de Setsuna, colgado del farol de la arcada de nuevo.
La auriga salió acompañada de su amigo. Éste, cargado con una mochila llena de pergaminos y demás bártulos, hablaba sin parar; pero Llumdelest permanecía callada, escuchándole con semblante triste.
- ¡Auriga, que nos vamos! - le gritó Bubhoshai.
- Ya voy, ya voy... - le respondió la mujer - Que prisas tiene la gente...
- Menuda compañía... - dijo Baranduin, examinando a los componentes del grupo, uno por uno.
- Las perlas de la posada... ¿Qué le vamos a hacer? - y permanecieron un rato en silencio, buscando cada uno qué decir a continuación.
- Creo que lo más conveniente sería que os despidiérais; no creo que os volvamos a ver - dijo al fin el Guardián.
- Cada uno se ha despedido de los suyos. A mí, me quedas tú.
- En ese caso ya lo has hecho. ¿Cuál es vuestro plan?
- No me has prestado mucha atención antes, ¿eh? - se resignó la auriga - Como te dije, pensamos viajar por el Camino Verde, hasta Tharbad; luego se supone que tenemos que ir a Isengard, pero el señor enano quiere visitar Moria...
- Y como os dije, las Minas de Moria no son paso seguro. El camino hasta Tharbad está despejado; las cuadrillas de yrch no son numerosas y abundantes. No crucéis Tharbad a menos que sea estrictamente necesario; rodeadla por el cerco este, más allá de la peña roja. Pero si vais por Moria, desviaos antes de llegar al estrecho de Bregolden. Y alejaos de las aldeas si os lleváis al sereglavir.
- Yo tampoco estoy de acuerdo en pasar por Moria. Pero no sabía que hubiese problema alguno por Tharbad... Es más, yo propuse seguir la ruta del camino verde; el orco y el enano querían ir directamente a las Montañas Nubladas.
- Sereg unþomb daladh / a tepithas ne Tharbad - murmuró rápidamente Baranduin, con una mueca irónica, casi diablesca - Equen. Marchad ahora, o la noche os alcanzará antes del Cuerno.
La mujer agachó la cabeza. No era exactamente eso lo que esperaba de una despedida.
- Ya, bien... Al menos, dime que significa aquello que dijiste sobre Tharbad.
- Palabras obscuras son para la lengua de los Hombres - dijo, y en ese momento pareció obscurecerse todo, como si una gran batalla hubiese asolado la tierra.
- Llum, ¿vienes o qué? - le gritó Ithilien, mientras cogía al caballo de Gâlmur cuando éste intentaba montarlo.
- Delio - e indicó con la mano el camino -. Elen sisíluva ambartalya - dijo, cambiando rápidamente de idioma. Y la obscuridad remitió, y él pareció despreocuparse de la partida. Aquello era todo lo que sacaría de él, y era bastante.
Permanecieron en silencio de nuevo. El Guardián del Rio parecía sereno, pero Llumdelest lo notaba increíblemente distante, mucho más de lo que había llegado a sentir. En el fondo, él seguro que sentía la partida; o eso esperaba la mujer. ¿Tan diferentes eran?
- En fin, - dijo Llumdelest al cabo, y le tendió la mano al maia – que te vaya bien todo.
- Nai Eru varyuva len – contestó él estrechando con la suya la de su amiga -, ar enomentuvammë.
- Ojalá... - susurró la mujer; a punto estuvo de darle un beso, pero esta vez el coraje le falló. Dio media vuelta, y montó sobre Dicap.

Los viajeros salieron por fin de Bree, alrededor de las 8 de la mañana, montados en sus respectivos caballos. Llumdelest le había dejado un hueco a Setsuna en su montura, ya que el vampiro se sentía incómodo durante la luz del día. La auriga se quedaba de vez en cuando mirando por encima del hombro, pero no era la única; Tuilere y, sobretodo, Ithilien, también se paraban continuamente para mirar la aldea.
- ¿Crees que volveremos? - le preguntó Ithilien.
- No lo se... al menos, yo no se si volveré...
- Pse, ¿para qué? Son todos unos rancios - se quejaba Setsuna –. Ni siquiera nos hacen fiesta de despedida.
- Sólo tenía que despedirme de una persona – respondió Llumdelest levemente, con una triste sonrisa –. Y, aunque justa y a última hora, ha cumplido.
- ¿Quereis hacer el favor de no demoraros tanto? - gritó Laurefinwë desde la delantera – ¡A este paso no llegaremos ni...!
- En una semana llegaremos a Tharbad – respondió Llumdelest y, con una última ojeada al norte, se puso a la delantera, entre Laurefinwë y Bubhoshai. - Y, ahí, nos detendremos para tomar una decisión sobre la ruta.

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Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
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NotaPublicado: Sab Mar 03, 2007 3:35 am 
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Bubhoshai cabalgaba al lado de Laurefinwë. Después de todo, y le gustase o no era el noldo quién ordenase el viaje.
- Oye, elfo...esa gente...esos a quienes buscas en Mordor ¿son, acaso tus amigos?
Laurefinwë miró al horizonte antes de responder.
-¿A que llamas amigos? Es una palabra más ambigua de la que se cree.
- No me vengas con rebuscamientos de elfo culto. Tú y yo sabemos lo que es un amigo.
No contestó el noldo, volviéndose hacia Llumdelest, quién cabalgaba a la zaga, y en compañía de su vampiro.
-¿Queréis hacer el favor de no demoraros tanto? ¡A este paso no llegaremos ni...!- gritó el elfo a los rezagados, y esto le pareció al orco un expediente para esquivar a su pregunta.
-En una semana llegaremos a Tharbad – respondió Llumdelest y, con una última ojeada al norte, se puso a la delantera, entre ellos dos - Y, ahí, nos detendremos para tomar una decisión sobre la ruta.
-El camino verde- murmuró Bubhoshai- oye. Oye, ¿esa sugerencia te la dio ese sujeto amigo tuyo, ese tan raro que se despidió de ti en el portal de la posada?
-Ese es un maia- dijo Laurefinwë.
- ¿Estás seguro? ¿Qué hace un maia en una posada? Me cuesta creerlo.
-De seguro no lo mismo que un orco. A mi también me sorprendió verte a ti en el mesón, Bubhoshai.
- Bah. Soy un viajero, y nunca consideré a la posada mi residencia definitiva. Ya ves, esta extraña misión me devolvió a los caminos.- enseguida y volviéndose hacia la mujer, el orco inquirió:
-Ese maia o lo que fuese te hablaba en idiomas que desconozco... de veras extraño...
-No conocerás de seguro todos los idiomas – rió la auriga – por otra parte con que yo le halla comprendido, es suficiente...
-Eso significa que no nos confiarás lo que él te dijo – rió Bubhoshai – muy bonito: uno se niega a decir exactamente a quién buscaremos en las ruinas de Mordor... el otro te habla en un idioma ininteligible...realmente ¿sabemos al fin dónde y por que vamos?
-El “por dónde” al menos, si: se trata de llegar a Tharbad, os dije.
-¿Y que pasa en Tharabad?- preguntó Bubhoshai.
-¿Qué habría de pasar?
-Oí que tú decías al maia que no “sabías que había problemas en Tharbad” creo que esas fueron tus palabras. Y en ese momento hablabais en lengua común...
-Pues...si...pero eso lo veremos en su momento. No quiero alarmaros con adelantos innecesarios.
La frase quedó flotando en el aire, y el orco se volvió a ver a los otros: Ithilien parecía pensativa. Algo más atrás, el enano bromeaba con esa elfita que siempre hablaba a los gritos ¿a que los conduciría tamaña aventura?

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NotaPublicado: Dom Mar 04, 2007 4:58 am 
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Como supuso Llumdelest, en una semana llegaron a Tharbad y, ahí se detuvieron. El viaje hasta allí resultó tranquilo, viajando desde el alba hasta el atardecer, descansando cada 3 horas más o menos. Prácticamente no hacía falta que nadie hiciese guardia, mas Setsuna, como ser nocturno por naturaleza, vigilaba los alrededores mientras buscaba presas con las que alimentarse.
No encontraron muchos transeúntes en el camino y, por fortuna o por desgracia, no había demasiados focos de población cercanos. Sin embargo, cuando se aproximaron a Tharbad, empezaron a vislumbrar algunas aldeas; pero, aún así, el paisaje era bastante desolador. Incluida la propia ciudad, con sus calles y casas aparentemente abandonadas. Por indicación de la auriga, no entraron en ella.
- Esto parece un cementerio... - dijo Gâlmur sintiendo un escalofrío y rompiendo el penetrante silencio.
- Desde antaño fue una ciudad de comerciantes; pero a mediados de la Tercera Edad, la peste arrasó gran parte de su población. Siglos después, con el Invierno Cruel, el rio se desbordó, y Tharbad quedó abandonada – explicó Laurefinwë.
- Buscaremos un refugio para pasar la noche. Pero por lo que más querais, no entreis a la ciudad – indicó Llumdelest.

Mientras ella y Laurefinwë exploraban la zona, los demás prepararon el campamento en los restos de una torreta situada a la vera del camino. Seguramente, habría servido como torre de vigilancia.
- Bueno, auriga – dijo Bubhoshai cuando ella y el elfo llegaron –, ya estamos en Tharbad. ¿Y ahora qué?
- Cenar y dormir, ¿te parece bien? - respondió Llumdelest con una somnolienta sonrisa.
- Me refería a... lo que te dijo ese manía.
- Maia – rió la mujer -. Os lo explicaré mientras comemos algo.
Así pues, mientras comían, la auriga fue explicando lo que le comentó su amigo. Para ello, se sirvió de un mapa que sacó de su zurrón.
- Fbamo a fve... - dijo mientras masticaba un trozo de jamón seco; lo engulló y se dispuso a trazar una línia imaginaria sobre el pergamino con el dedo – Si seguimos por el viejo Camino del Sur, cada vez encontraremos más aldeas.
- ¿Y qué? Así podremos pasar la noche bajo techo en alguna posada – aventuró Ithilien.
- No. El Guardián me dijo precisamente que evitáramos cualquier encuentro con los lugareños.
- ¿Eso dijo? - preguntó el orco, sorprendido - ¿Porqué?
- No me esperaba que hicieses tú esa pregunta, Bubhoshai... - él la miró confundido -. A ver, me explico. Baranduin opina que, si se descubre que tenemos a un orco y a un vampiro con nosotros, lo más seguro es que la gente intente atacarnos.
- Comprendo... - respondió el orco.
- Exagera un poco. Pero también lleva razón.
- Pse, la misma historia de siempre: primero apuñalan y luego preguntan – afirmó Setsuna, colgado de la rama de un árbol que había crecido dentro de lo que antiguamente era una habitación.
- Pero si no sabemos si lo harán...
- Lo mismo pienso yo, Ithilien. Pero mejor no arriesgarse.
- ¿Y qué ruta te...? - Laurefinwë dejó por terminar la frase; sus agudizados sentidos le pusieron alerta, al igual que a Tuilere los suyos; pero sólo por unos segundos y, al fin, dijo - ¿Qué ruta te propuso el maia?
- Dar un “pequeño” rodeo hacia el Noreste, cruzar el Gwathló y, entonces seguir dirección Este, hacia las Montañas Nubladas. Siempre y cuando vayamos a Moria, la opción no está mal...
- ¿Siempre y cuando? - repitió Gâlmur – Dije claramente que quería ir a Moria.
- ¿Para ver qué, señor enano? - inquirió Llumdelest - ¿Los muros derruidos? ¿O para comprobar si la bestia de la charca sigue viva?
- Eso en el mejor de los casos en que logremos subir hasta allí con los caballos... - la siguió Tuilere.
- Y sin contar cualquier tropiezo con algunas criaturas ind... - Ithilien se mordió la lengua, al darse cuenta de que Bubhoshai estaba atento a cuanto se decía, pero éste le sonrió con resignación, o eso parecía.
De pronto, Gâlmur se sintió empequeñecer ante las miradas severas de sus compañeros.
- Además, si mal no recuerdo, teníamos que ir a Isengard – dijo Laurefinwë sériamente; con sólo escuchar la conversación sentía que el tiempo para llegar a Mordor disminuía-. Si vais a dar muchas vueltas, os abandono en cualquier cruce – y se levantó a mirar fuera de la torreta, dejando al resto en silencio.
Llumdelest recogió sus bártulos, hizo sus necesidades y se acostó cerca del fuego. Pensaba en la ruta a seguir el día siguiente; si no iban a Moria, la dirección Sureste era la más apropiada, pero eso podía implicar cruzar la ciudad, cosa que le desagradaba. No eran sólo las palabras del Guardián del Rio, sino también una extraña sensación.

- ¿Y tú qué? - preguntó brúscamente Gâlmur a Bubhoshai, cuando logró templarse de nuevo - ¿No tienes nada que decir? Iríamos a ver a gente de tu especie.

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NotaPublicado: Dom Mar 04, 2007 6:02 pm 
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La Auriga, el Enano y el Orco despertaron y se encontraron a Ithilien y Tuilere desayunando.

-Buen día- dijo LLum
-Buen día- respondieron las Elfas al unísono.
-¿Y Laurefinwë?
-Se fue temprano a la ciudad- respondió despreocupada Tuilere.
-¿Que ha ido a dónde?- le preguntó alarmada la mujer.
- A la ciudad, dijo que iba a explorar- le dijo Ithilien mientras tomaba un trozo de pan blanco-, no creimos que hubiera algún problema en eso y dejamos que fuera.

La cara de Llumdelest lo decía todo, todos comenzaron a mirarse alarmados cuando, de pronto se sintió, a lo lejos, el ruido de cascos que se aproximaban al galope. Distante vieron la figura de un rubio jinete, a los pocos minutos, Laurefinwë volvía a estar entre ellos.

-No podemos pasar por la ciudad ni de lejos. Será mejor que nos larguemos de aquí pronto, o si no...
-O si no qué?!- preguntaron todos a la vez.
-La ciudad está infectada de algo parecido a Tumularios, no hay nadie vivo allí. No sé que sean pero se ven peligrosos incluso para el más bravo guerrero, nunca vi nada igual en toda la Tierra Media, ni siquiera entre las huestes del mismo Morgoth Bauglir, son horribles y demasiado numerosos para nosotros- esto decía el Elfo mientras trataba de recuperar el aliento.

*PD: No he podido presentarme esta semana porque estaba lejos de la ciudad, pero agradezco a todos los que me pusieron en sus posts por lo bien que me retratan.

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En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

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NotaPublicado: Lun Mar 05, 2007 2:57 pm 
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El viaje fue apacible por tres días, y apuntó a monótono por otros tantos.
Bubhoshai se sentía raro cabalgando en medio de esa compañía tres de cuyos miembros eran elfos. Mas al fin, y como él tenía con Llumdelest una buena relación, esto le abrió las puertas para hablar con las elfas, aparentes amigas de la mujer.
La conversación, anodina y sumaria en principio, terminó siendo amable para regocijo del enano, a quién aquella situación divertía.
-Miradlos a esos tres...¡que insólita mezcla!
Cierta tarde en que transitaban entre cañadones y quebradas, Laurefinwë, quién abría la marcha, hizo que su montura diera un respingo.
Todos se inquietaron, y Llumdelest se acercó al galope.
-¿Que sucede?
-¡Orcos! ¡Mirad sobre esa loma! – dijo Laurefinwë, y Gâlmur aprontó el hacha, sostenido su brazo por Bubhoshai.
- Calma...- susurró el orco casi en el oído del enano- no te muevas...no os mováis...
Bubhoshai alzó entonces la mano hacia los aparentes orcos, apenas puntos asomados a la ladera teñida por el crepúsculo, y gritó:
-¡Aghûkh fushdak! ¡Ngharf- bhak, Orztag...!
Como al conjuro de un hechizo las cabezas emergentes se ocultaron, y se oyó alguna risa ronca; luego, nada más.
-¿Alguien es capaz de explicarme todo esto?- dijo Gâlmur rascándose la cabeza y guardando el hacha.
-Sencillo, maese enano, elfos, señora...el viejo Orztag...un caudillo orco avezado ladrón de caminos...yo lo conozco bien, ya que trabajé para él en un tiempo. Se trata de una gavilla de tres o cuatro asaltantes. No bien lo vi, vocee su nombre, él escuchó mi voz, y a otra.- dijo Bubhoshai con suficiencia.
-Vaya amigos que tienes. – se estremeció Tuilere.
-¡Pero el viejo Orztag no es malo! – replicó Bubhoshai con acento ingenuo – sólo te roba, nada más...y apenas lo que él necesita...
- ¿No te mata?
-Sólo si te resistes, ¡pero actúa sin saña...!
-¡Brrrrrrrr...!
El viaje siguió sin alternativas hasta llegar a Tharbad, que apareció a ojos de los aventureros como un poblacho rumboso de calles barridas por el viento.
-Henos aquí- dijo Llum, y quienes estaban cerca de ella advirtieron que pronunciaba estas palabras con desazón.
Y el panorama realmente no podía ser más desolador.
- Busquemos una posada, si en verdad hay alguien aquí - propuso el orco.
- No lo creo posible – dijo Laurefinwë – de antaño fue una ciudad de comerciantes, pero la peste arrasó gran parte de la población, y con el Invierno Cruel el río desbordado terminó con lo que quedaba.
Llum volvió a insistir en que no entraran a la ciudad tenebrosa, y al fin sugirió alojarse en las ruinas de una torreta abandonada.
Había vanos en el techo y agujeros por todos lados. Y algunos protestaron.
-Si llueve no habrá diferencia con el afuera- rió Tuilere.
Mientras comían Bubhoshai volvió a inquirir a la auriga acerca de las palabras del maia (rayos que le costaba pronunciar esa palabreja, ajena a su gutural forma de hablar) La mujer le explicó que un orco y un vampiro no serían bien recibidos en casi ningún lado que no fuese la cosmopolita Bree, luego Llum extrajo planos y trazó un hipotético recorrido, y allí todos se pusieron a discutir que si Moria, que si Isengard.
El orco se acuclilló junto al fuego. Hacía frío por la noche y él tentaba calentar sus manos huesudas.
-Al fin ¿no íbamos a parar a Mordor? ¿A que tanto escalón intermedio?
Los demás lo hicieron callar a gritos, con manos que señalaban, ya al sur, ya al sudoeste.
-¿Y si en vez pasamos por Minas Tirith? – sugirió imprevistamente Bubhoshai, y casi la tiran con lo que tenían en la mano.
-Era broma- suspiró el orco, pero quedó muy callado.
-Si vais a dar tantas vueltas, me voy solo- opinó, amoscado, Laurefiwë, y se salió de la rueda del fuego.
Llumdelest se aprestaba a tenderse en su manta, mas de pronto vio a la figura de l orco más allá de la puerta y al aire libre. Fue por él.
-¿Que tomas frio para nada? ven, entra al rascoldo...
Bubhoshai la miró con una mirada extraña, se diría digna para un orco.
- A los orcos también nos gusta mirar las estrellas, amiga, aunque algunos digan que no...- fue la misteriosa respuesta.
La mujer fue a su sitio y se tendió. El orco seguía con la vista al cielo.


Por la mañana descubrieron que las elfas habían preparado un substancioso desayuno para todos. Llumdelest, Bubhoshai y Gâlmur se sentaron con ellas.
-¿Y Laurefinwë?
-Fue a explorar a la ciudad- respondió Tuilere con la boca llena y gesto displicente.
La auriga puso mala cara, Bubhoshai la miraba, desperezándose.
-No exageres...
La mujer tentó decir algo. Pero allí volvía el elfo, al galope y con muy mal semblante.. No bien comprobó que todos lo oían, dijo:
-La ciudad está infectada de algo parecido a Tumularios, no hay nadie vivo allí. No sé que sean pero se ven peligrosos incluso para el más bravo guerrero, nunca vi nada igual en toda la Tierra Media, ni siquiera entre las huestes del mismo Morgoth Bauglir, son horribles y demasiado numerosos para nosotros...
-Tumularios...- murmuró Bubhoshai. No tan peligrosos, amigo, cierto istar vagabundo, buscavidas y medio ladrón que conocí en Gondor me dijo que temen a la luz del sol más que nosotros (y mientras decía esto el orco se cubría la cara con al mano a resguardo del cálido resplandor de la mañana). Y que hay conjuros contra ellos, muy efectivos.
-¿Conoces dichos conjuros?- preguntó Llumdelest.
-¡Gran! ¡jamás me los quiso decir, el muy taimado! Todo por que jamás le devolví aquel dinero que él me presto para ir a...a... esa casa de los barrios bajos de Tirith...
- ¿Casa? Explícate...- sacudió la cabeza Llum.
-Un...lupanar- dijo el orco en un susurro e imprevistamente ruborizado.
- No es cosa de perder tiempo- apuró Ithilien, quién apuntaba sus ojos agudos hacia la ciudad en ruinas- mirad, hay sombras que se agrupan ¿en serio crees que no nos atacarán por el solo hecho de ser de día? Yo tengo mis dudas.

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Última edición por bubhoshai el Lun Mar 05, 2007 10:34 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Lun Mar 05, 2007 4:22 pm 
Amigo de las Palabras
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Todos la miraron seriamente...

- Yo también, sinceramente – dijo Llumdelest mientras tocaba la empuñadura de su espada Adamas.
- ¡Bah! No hay que preocuparse. De día ya os he dicho que no atacan – decía el orco tan tranquilamente.
- ¿En serio? Pues...si mi vista no me falla esas sombra que os he dicho viene corriendo- respondió Ithilien.
- Madre mía...Ithilien tiene razón. ¡Será mejor que huyamos! – chilló Tuilere mientras empezaba a recoger el improvisado campamento.
- Lo mismo pienso yo – dijo Laurefinwë, quien ni siquiera había descendido del caballo - ¡Venga, todo el mundo en su montura!
- ¿No pensáis luchar? – insinuó Gâlmur
- ¿Queréis luchar con tantos maese enano? – le dijo el elfo con tono irónico - Haced lo que queráis, pero yo me voy.
- ¡Espera Laurefinwë! ¡Ya vamos! - le gritó Ithilien mientras ayudaba a Tuilere. Bubhoshai y Llumdelest recogieron sus cosas también.
- ¿Pero en qué dirección? - preguntó el orco, mirando a la mujer.
- Pues... - la auriga se había quedado en blanco; no había pensado aún en la ruta a seguir - ¿En qué dirección vienen, Laurefinwë? - gritó.
- ¡Vienen directamente desde la ciudad! ¡Daros prisa! ¡Están a menos de 500 metros! - el elfo preparó su arco con un par de flechas, por lo que pudiese pasar, aunque sabía que de poco le serviría.
- Hacia el Norte pues – dijo con voz clara Llumdelest después de pensar un buen rato -. ¡Y luego al Este! - concluyó mientras montaba a Dicap de un salto.

Al fin, todos subieron a sus caballos, y se pusieron a galope tendido hacia el norte. Pero las sombras no frenaban su avance, incluso bajo los rayos del sol de la mañana.

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NotaPublicado: Lun Mar 05, 2007 7:20 pm 
Señor de las Palabras
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Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Encabezados por Laurefinwë, cabalgaron hasta llegar a un cenagal. Sin embargo, los caballos de Ithilien, Gâlmur y Bubhoshai empezaron a quedarse rezagados, los dos primeros por cansancio, y el del orco por hundirse demasiado en el lodo dado su tamaño. Los seres oscuros seguían avanzando, aunque los jinetes habían conseguido suficiente ventaja.
- ¿Porqué no se detienen? - exclamó Tuilere, frenando su caballo.
- Hemos salido de los lindes de la ciudad... no deberían perseguirnos... - dijo Ithilien.
- ¡No es posible! ¡No les hemos hecho nada! - gritaba Gâlmur.
- ¿Porqué tuviste que entrar en la ciudad? - preguntó Llumdelest a Laurefinwë, deteniendo a Dicap.
- Sólo exploré la zona, nada más. ¿Porqué nos detenemos?
- Algunos caballos están exhaustos, y avanzar por el barro es complicado. ¿Seguro que sólo exploraste la zona? - el elfo asintió; sólo paseaba por una calle cuando empezaron a surgir esas extrañas formas desde el corazón de la ciudad.
- Al menos hemos conseguido separarnos una buena distancia – dijo Bubhoshai mientras descabalgaba de su animal, y a punto estuvo de caer por el terreno resbaladizo.
- Los caballos no pueden seguir por aquí – concluyó Ithilien.
- Si seguís por el oeste, encontrareis terreno seco, creo – anunció Setsuna; sin que Llumdelest se hubiese dado cuenta, el vampiro había abandonado su asiento al poco de llegar al pantano.
- Vamos pues – dijo Laurefinwë descendiendo también de su caballo; el resto lo imitaron y siguieron en dirección noroeste.
Sin embargo, la marcha se hacía cada vez más lenta, mientras que las sombras seguían avanzando y volvían a estar a una distancia alarmante.
- Bubhoshai, ¿qué habías dicho sobre los tumularios? - dijo Llumdelest cuando les quedaban poco más de 20 metros para llegar a tierra estable; había tenido una idea.
- Que temen a la luz del sol, y que hay algunos conjuros sencillos para combatirlos.
- Pues siento desilusionaros, pero estos seres no temen demasiado a la luz del sol, ni contamos con un istar... - dijo Laurefinwë en tono sarcástico.
- ¿No me digas? - bromeó Ithilien.
Llumdelest hurgó en las alforjas de Dicap, y extrajo un par de bolsas y dos botellas con líquido negro. Preparó una extraña pasta y la mezcló en las botellas.
- Tuilere – llamó, ya que la tenía cerca –, mira si las sombras están en terreno húmedo.
- Sí; es más, parece que vayan más deprisa por el agua.
- Perfecto – sonrió la auriga, y llamó al vampiro; le entregó las botellas en vueltas en una tela para que fuera más fácil su transporte -. Dejalas caer desde suficiente altura, cerca de una charca lo bastante grande y cercana a aquellos espectros. Procura que las botellas se rompan dejando escapar la mezcla y regresa rápidamente.
- ¿¿Quieres matarme?? - protestó Setsuna, al sentir el peso de la bolsa.
- Sabes que no; aunque sea arriesgado, tú lo puedes hacer. Anda, Setsuna... - y le dio un beso en el morrito – Ten cuidado de no quemarte, ¿vale?
Resignado, el vampiro hizo lo que la mujer le indicó. En pocos segundos vislumbró una charca de gran extensión hacia donde las sombras se dirigían. Desde una altura prudencial, dejó caer las botellas, que hicieron impácto en una roca que sobresalía del agua, y voló rápidamente hacia donde se encontraban sus compañeros.
La compañía había conseguido llegar al fin a tierra firme cuando vieron a lo lejos una gran llamarada brotar del agua. Nada más hacer contacto con el agua, el líquido se volvió inflamable, flotando en la superfície y frenando los seres oscuros.

Los viajeros esperaron, expectantes, temiendo que aquellas criaturas pudiesen burlar la barrera de fuego y humo. Mas, al cabo de unos minutos, Laurefinwë anunció desde una roca que las sombras se retiraban. La auriga sonreía de oreja a oreja.
- ¡Muy bien Setsuna! - felicitó a su amigo, quien descansaba sobre la silla de Dicap con los ojillos cerrados y resoplando.
- Pse, tampoco ha sido tan difícil... - dijo sécamente, tratando de disimular la alegría de haber llevado a cabo la misión correctamente.



PD: Bubhoshai, sobre los conjuros y otros truquitos "mágicos", échale un vistazo a esto ;)

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NotaPublicado: Vie Mar 09, 2007 6:50 pm 
Guardián del Brandivino
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Ubicación: De mudanza. Fluyendo, vaya, como siempre.
Raza: Accidente Geografico
Después de descansar un rato y comprobar que realmente las sombras no subían, decidieron caminar hacia el norte, hacia algún lugar vadeable del río para cruzar al otro lado. Pero más allá de los límites de Tharbad no parecía quedar mucho, y las pocas construcciones que otrora habían sido transitados puentes ahora yacían como ruinas al fondo de los barrancales y rieras.

El Sol había sobrepasado su máxima altura en el cielo cuando se sentaron decepcionados a descansar. Aprovecharon el abrigo de unas altas peñas para cubrirse del sol y la arena que portaba el viento en rápidos remolinos que acababan disolviéndose en una nube de polvo e insectos. Sacaron comida y bebida, y tras el yantar vino el descansar. Entonces Ithilien lanzó un chillido.

- Gâlmur! ¡Levántate!

Y el susodicho salió de un brico del ligero sopor en que le había sumido la tarde. Entonces todos se quedaron mirando a Ithilien, quien enrojeció, sin poder ocultar en todo caso su turbación. Y señaló a la pulida roca que el enano había usado como taburete.

Una calavera.

No había duda: dos cuencas miraban hacia la enorme piedra, y el hueco nasal, relleno por la arena, sólo era visible desde donde se encontraba Ithilien. Rápidamente todos se pusieron en marcha, y con gran facilidad consiguieron exponer al viento el resto del esqueleto.

- No cabe duda que no es humano. Ni elfo - dijo Laurefinwë concisamente -. Y es demasiado largo para ser enano.
- Skai! Tampoco he visto ninguno como este entre los nuestros.
Y ciertamente, era robusto como un enano, pero de la altura de un hombre bajo. En vida debió ser terriblemente fuerte. Sobre los ojos, el hueso se abombaba con una gran prominencia. Pero tampoco debió ser un orco: no había una sola señal de rotura o luxación en todo el esqueleto, ni ninguna fisura mal soldada. Era sencillamente perfecto. Excepto por la enorme flecha que, entre dos costillas, dejaba su punta incrustada en el homóplato. Por muchos esfuerzos que hicieron por sacar la punta e identificarla, fueron incapaces.

- Escavar la tumba para exhumarlo por completo es demasiado trabajoso - dijo Llumdelest -. No tenemos tiempo. Pero tal vez haya alrededor restos que nos digan quien era o qué le pasó. O qué era - añadió, casi con un murmullo.

Registraron los alrededores de la roca. Debió haber llegado sólo, con aquella flecha clavada, resistiendo el dolor y la exanguinación. Ningún rastro de persecución. Ninguna pista de cuando le atacaron. Ni qué. Eso les turbó a todos. Y entonces se oyó la voz de Tuilerë, gritando con insistencia:
- ¡Aquí! ¡Aquí!

Y llegó corriendo, con un pergamino ajado y a medio deshacerse. Llumdelest lo tomó entre sus manos y lo colocó suavemente y estirado sobre dos de los petates. Sin duda era grande.
- ¿Alguien puede leerlo? - preguntó Bubhoshai.
Todos pusieron su empeño en descifrarlo. Parecía estar escrito en varios lenguajes y varios tipos de runas, y sólo podían identificar, aún entre todos, algunos fragmentos:
"Los Þrabâd pactaron... Y el Þrûdb ... en la ciudad ... constructores de casas de piedra bajo la montaña - ¡Enanos!, exclamó Gâlmur - Ellos inmortales ... las casas decayeron ... las sombras desde la mina ... Ghâsh! Sombras en la montaña ... la ciudad invadida ... un gran mal desde el norte ... él huyó ... buscaré Mahal ... Avallôiyada!"

- Es claro - dijo Laurefinwë -. Los Enanos invadieron la ciudad, y este... hombre debe ser, salió a buscar a Aulë para solucionar el asunto...
- Lo que es claro es que no obtendremos nada útil de esto. Mejor lo guardo - decía Llumdelest, mientras doblaba cuidadosamente el maltrecho documento - y tal vez por el camino encontremos quien nos lo traduzca. O como mucho al volver a la posada, donde seguro que lo harán. Por ahora me preocupa ese "mal desde el Norte". ¿Qué hacemos?

------------

PD.- Y por favor, dejadme al margen de esta historia :D

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Húmecoa eä, alassëa húmecoa yerna
ara i sundor yára amban sindava,
yassë carintë limpë varnilda
i Tilion Quen Ránassë númennë
lóme yáressë sucien sá.


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NotaPublicado: Dom Mar 11, 2007 1:20 am 
Señor de las Palabras
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- ... ¿Qué hacemos? - fueron las últimas palabras de la auriga; el resto del grupo la miraron atónitos.
- ¿Cómo que qué hacemos? - dijo Bubhoshai.
- Se supone que eres tú la que nos guia por este pantano... - respondió Laurefinwë.
- Ya lo se... - Llumdelest se sentó pesadamente en el suelo - Creí que era la ruta más segura; pero no pensé que Tharbad estaría infestada de tumularios, o lo que sean esos seres.
- Baranduin te advirtió, ¿no, Llum? - dijo Ithilien.
- Así es: que no cruzáramos Tharbad a menos que fuera estrictamente necesario. Pero no se porqué puñetas - Llumdelest clavó enojada sus ojos oscuros en los de Laurefinwë - Laurefinwë tuvo que aventurarse ahí dentro.
- ¿Acaso tengo que dar explicaciones de todo? - respondió molesto.
- Seria conveniente, sobretodo si te dicen de no entrar a una ciudad bajo ningún concepto y tú te saltas la advertencia como te parezca.
- ¡No tengo porqué acatar órdenes de nadie! Y aún menos cuando sólo necesito que me acompañe el orco, no todos vosotros, que no se porqué venís.
Llumdelest iba a protestar, pero permaneció callada. Transcurrieron unos instantes de terrible silencio donde sólo se escuchaba el molesto vuelo de las moscas. El elfo se sentó en el suelo, algo apartado del resto del grupo.
- Una pregunta, Laurefinwë: ¿acaso no ibas a pasar por Tharbad aún viajando tú solo? - él la miró con enfado, mas asintió con la cabeza - Bien. Y supongo que también te adentrarías en la ciudad, aún sin advertencias ni tener en cuenta los posibles peligros... ¿qué hubieses hecho tú sólo cuando las sombras empezaran a perseguirte? Huir, sí... ¿Y después?
La mujer dejó la pregunta en el aire, pues no esperaba respuesta alguna, ni la necesitaba. Rebuscó en su zurrón, y extrajo el mismo mapa de la noche anterior.
- ¿Alguna propuesta? - dijo apoyando la mejilla derecha en el puño.
- Creo - comenzó Bubhoshai después de mirar el mapa un buen rato - que la ruta que te dijo el ma... como se llame sería una buena opción...
- ¿Cruzar al otro lado y seguir el Glanduin? Eso estaba pensando. Pero nuestro último hallazgo ha hecho cuestionarme esa opción.
- ¿Porqué? ¿También temes que vaya tras nosotros? - preguntó burlón Gâlmur.
- Bueno, es una posibilidad - respondió la auriga con una sonrisa -; pero no es por ello.
- Parece que lleva años aquí, si no siglos... - dijo Tuilere.
- ¡Ya entiendo! - exclamó Ithilien de golpe - Puede que lleve aquí siglos, que entonces no sería problema puesto que quien lo mató es probable que esté muerto también; pero si murió hace un par de años...
- ... puede que los causantes aún estén rondando por la zona - concluyó Laurefinwë, cuyo malhumor se había disipado en parte y se mostraba interesado a cuanto se decía sobre la ruta.
- Dado que estamos en terreno pantanoso, puede que el cadáver tenga incluso unas semanas... Sin embargo, la nota... - Llumdelest buscó en el zurrón el pergamino que había encontrado Tuilere - quizá contenga alguna fecha, por lo que podemos hacernos una idea...

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NotaPublicado: Dom Mar 11, 2007 6:21 pm 
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Laurefinwë se había quedado pensando en la ruta que había propuesto Llumdelest, por el Glanduin, y de repente algo se le cruzó por la mente:

-¿Y si tomamos el Baranduin hacia el norte hacia Imladris?, ya que vamos a demorar tanto en llegar a la Tierra de la Sombra, pasemos por un lugar acojedor y visitemos algunos viejos amigos Hobbits de por allí. Siguiendo hacia el norte a Rivendel, de allí por el Paso Alto al Este, luego al Sur por el Anduin, pasando por Lórien, después a Ithhilien y de ahí al Ex-País Oscuro a través del derrumbado Morannon. ¿Qué dicen?

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En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

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NotaPublicado: Dom Mar 11, 2007 7:01 pm 
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Todos se quedaron mirando al elfo, entre atónitos y confundidos.
- Espero que estés de broma, Laurefinwë - le contestó Llumdelest con una extraña sonrisa.
- ¿Porqué no? ¿No queríais dar un rodeo?
- A este le empieza a hacer efecto la piedra que le tiraste...- susurró Ithilien a la auriga, de manera que sólo ella y los que más próximos estaban pudiesen oírla; el orco no pudo evitar unas risas, pero consiguió controlarse.
- Vamos a ver... - Llumdelest dio un hondo suspiro y, marcando con el dedo en el mapa, se dispuso a explicar la ruta armada de paciencia - Estamos aquí, ¿no? Al norte de Tharbad...
- Sé de sobra donde estamos - protestó el elfo.
- ¿Entonces qué problemas tienes, Laurefinwë? - le preguntó Tuilere - Intentamos ayudarte...
- Por favor, Laurefinwë... - dijo Ithilien en modo de súplica.
- ¡Bah! Haced lo que querais - y, dicho esto, se apartó del grupo hasta donde descansaban los caballos.

- Bueno, ¿qué hacemos? - solicitó el orco.
- ¿Seguimos por el Norte del Gwatló hasta encontrar un puente o camino por donde pasar? Alguno habrá que nos pueda servir, aunque esté un poco ruinoso.
- Si no terminamos como el señor ese tan delgado... - ironizó Setsuna.
- ¿Y después? - preguntó Gâlmur - Os recuerdo que quiero ir a Moria.
- ¿Pero aún sigues con esas? - contestó Tuilere, sorprendida.
- ¡¿Qué pasa?! - bramó el enano - ¡Soy quien paga la expedición! ¡Tengo derecho a exigir que pasemos por donde me venga en gana!
- Muy bien, maese enano. Pero recuerda esto: yo no voy por ánimo de lucro...
- Yo tampoco - dijo Tuilere.
- ... el elfo, se supone, tiene prisa y ya nos hemos entretenido bastante; y más que nos entretendremos si tenemos que ir a Isengar por cuestiones que sólo tú sabes (y espero que no sea por hacer turismo únicamente). Y, si tan sabio dices ser, recordarás sin duda que las puertas de Durin del lado Oeste están bloqueadas desde hace más de 20 años, por lo que no podremos entrar; y no me apetece arriesgarme a convertirme en alimento del monstruo que dicen reside en el lago. Así que, mi respuesta a pasar por Moria es, de momento, NO. Yo no me dirigiré hacia allí. Iré al sur una vez consigamos salir de este maldito pantano; quien quiera que me siga. Y si no lo hace nadie, pues adiós.

Llumdelest, a pesar de su pequeña estatura, había conseguido intimidar hasta Bubhoshai. La mujer tenía la cara enrojecida, y parecía que se guardaba todo eso desde hacía tiempo.
- ¡Así me gustan a mi! ¡Ahora saca el látigo! - dijo Setsuna de repente entre risas.

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NotaPublicado: Mar Mar 13, 2007 7:25 pm 
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El hallazgo de una calavera que había servido de asiento al desprevenido Gâlmur confundió a todos, y más aún del manuscrito (pieza quebradiza como hojaldre y cubierta con trazos enérgicos de fugitivo) que parecía contener datos huidizos en una jerigonza de locuciones del más diverso tino.
Y allí todos se pusieron a conjeturar, y hasta alguien sugirió volver a la posada a fin de evaluar las consecuencias del todo aquello.
Bubhoshai examinó la osamenta, luego se apoyó en una roca para encender su temible pipa.
-¿Me dejáis opinar? - dijo.
- Pues nadie te limita.- replicó Laurefinwë.
El orco expulsó el humo, luego dijo.
-Conozco tres o cuatro lenguas, no más...y por tanto no me arriesgo a interpretar esas líneas. Pero si algo se, es de cadáveres (y esto hizo estremecerse a Ithilien y a Tuilere): Ese tío no lleva muerto más de algunos meses...el clima es aquí malsano y húmedo, enrarecido por las miasmas del pantano, y ese tiempo es suficiente para que blanqueen sus huesos. Lo mataron mientras huía ¡y no es con arma de orco, por cierto! Debía de llevar un mensaje, y lo interesante para nosotros y por el momento no es tanto para quién, sino de quién, pues eso nos dará la pauta si el asesino es peligroso para nosotros, o esta es una historia que no nos compete...
-¡Si es un perseguido, debemos interesarnos!- acotó vehementemente el noldo.
-¿Tu crees eso?- rió con cinismo el orco- mira que no podrás cargar con todos los entuertos del mundo...el hecho es que debemos salir de aquí lo más rápido posible a fin de no involucrarnos. Bien – golpeó las manos -¿Qué hacemos?
Y allí Laurefinwë divagó, recomendando un desvío hacia Imladris. La moción no prendió, y la auriga dirigía al orco gestos de inteligencia.
Llumdelest insistió con la ruta que le recomendase en la posada su extraño amigo.
-Yo no opongo objeción – dijo el orco, ya casi concluida su apestosa pipa.- conozco un puente pasable algo más adelante. Si lo cruzamos de a uno, resistirá.
-¿Y después? Os recuerdo que yo quiero ir a Moria. – aventuró Gâlmur, y su insistencia terminó enfadando de veras a la pequeña Llumdelest, quién perdió el control:
-Así que, mi respuesta a pasar por Moria es, de momento, no. Yo no me dirigiré hacia allí. Iré al sur una vez consigamos salir de este maldito pantano; quien quiera que me siga. Y si no lo hace nadie, pues adiós.
El vampirillo si que parecía divertido al ver las caras asustadas de todos. Bubhoshai, por su parte, dijo:
-Yo respaldo tu decisión, mujer. Ir a Moria es absurdo, en tanto no me molesta pasar por Rohan (a pesar de sus habitantes a los que no amo) ni acercarnos a Isengard ¡ o como diablo se llame en élfico!

Es que si que se veía bonita a la pequeña cuando montaba en picazo...

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NotaPublicado: Sab Mar 17, 2007 5:54 am 
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Tranquilizada en parte por las palabras del orco, Llumdelest enseguida se sintió confusa ante aquella extraña mirada. Se sentó sobre un pedrusco y se puso a examinar más detenidamente el pergamino. Bubhoshai, por su parte, inspeccionaba el cadáver junto con Laurefinwë y Tuilere, aunque la elfa se mantenía a cierta distancia. Gâlmur se sentó, después de asegurarse bien, sobre una roca, e Ithilien se situó a su lado, ambos sin saber qué hacer. Setsuna seguía colgado de la rama de un raquítico árbol.
Sin embargo, al poco, la auriga guardó de nuevo el documento.
- Creo – empezó a decir, perpleja, al resto de sus compañeros - adivinar algunos de los idiomas que componen el pergamino; entre ellos, el adûnaic...
- ¿Adûnaic? - exclamó Laurefinwë atónito, mientras se mantenía en cuclillas tratando de adivinar la procedencia de la flecha – No es posible...
- ¿La conoces? - preguntó Tuilere, a quien el nombre le sonaba como algo lejano.
- Era la antigua lengua de los Númenóreanos, pero no se habla desde hace como... 3000 años... - dijo el elfo, con una sonrisa sarcástica – Pero no, no se hablarlo, ni leerlo, si eso esperabas.
- ¿Y tú Llum? ¿Si hace tres milenios que no se habla, cómo puedes...?
- No te equivoques, Ithilien. Sólo la he reconocido, pero no entiendo prácticamente nada, excepto algunas palabras que se parecen a las que tenemos en Oestron. Y creo, aunque no estoy segura, que se usa también el... el khuzdul... - Gâlmur abrió lo ojos tanto que parecía que en cualquier momento iban a salírsele; si Laurefinwë se había sorprendido cuando lo del adûnaico, la sorpresa del enano no podía compararse con la del elfo.
- ¿Y qué tiene de curioso eso? - preguntó Tuilere.
- ¿¿Que qué tiene de curioso?? - exclamó Gâlmur, poniéndose de pié - ¡Enséñame eso!
Llumdelest extrajo de nuevo el documento y lo mostró al enano. Éste se paró y lo leyó como pudo. En efecto: una de las grafías que más destacaban eran las Angerthas de Moria. Gâlmur gustoso se hubiese puesto a tratar de adivinar lo que había ahí escrito; aunque reconocía el alfabeto, no estaba demasiado familiarizado.
- Es bastante extraño que ese tipo de grafías estén en un material blando, como pergamino; y todavía más junto con el adûnaic... - respondió Llumdelest, guardando de nuevo el mencionado documento – Encima, creo que está escrito del mismo puño...
- Pero ese pergamino no puede haber estado aquí 3000 años... - dijo Ithilien.
- Y puede que 100 tampoco – contestó Bubhoshai, quien se disponía a esconder su pipa-. En cuanto al cadáver, parece que la causa de la muerte es bastante clara: una flecha bien clavada que devió atravesar el pulmón.
- Sobre la flecha - prosiguió Laurefinwë, con semblante serio -, no me atrevo a decir su procedencia, dado su estado. Pero no quiero ni saberlo. No me gusta este lugar. Algo extraño lo envuelve; extraño y maligno.
- Sí, yo también lo siento... - respondió Tuilere.
- Entonces no se hable más. Vámonos – Llumdelest recogió su zurrón y cogió de las bridas a su caballo -. Bubhoshai, dijiste que hay un puente más adelante, ¿no?
- Si mi memoria no me falla, sí.

Así pues, se dirigieron al norte, con el orco a la cabeza. Ninguno había montado su caballo pues, a pesar de estar en terreno más o menos firme, aún se encontraban en un cenagal que dificultaba la marcha de los animales.

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NotaPublicado: Mar Mar 20, 2007 1:29 am 
Ciudadano de Bree
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Cansados de discutir acerca del refrito de lenguas en que estaba plasmado ese mensaje que jamás había logrado llegar a destino, se pusieron en camino. Bubhoshai los hizo desviar del camino que llevaban tomando entre barrancones y cañadas.
-¿Estás seguro que por aquí hay un puente? Mira que conozco el paraje, y no...- refunfuñaba el enano, de pésimo humor pues la compañía no había aprobado el pasaje por Moria.
-¿No lo crees...? tenemos vigía aéreo- refunfuñó el orco- ¡eh, chico...! – y llamó con un chirrido a Setsuna.
El vampirillo había tomado algún afecto al orco, y acudió de inmediato.
-Ve adelante, y fíjate si detrás de ese barranco no hay un puente...
Setsuna voló, volviendo al instante.
-Si, uno, pero ruinoso.
-¡Ah, ruinoso!- asintió Gâlmur empeñado en buscar motivos para mantener su mal humor.
-Paciencia...es un puente, después de todo – dijo el orco sin perturbarse.
Cuando llegaron advirtieron que los temores de Gâlmur no eran vanos: el puente era, si de piedra, pero presentaba rajaduras en su arco.
-No soportará- sentenció Laurefinwë.
La compañía intercambió miradas, el orco dijo:
-Si, si pasamos de a uno, y con cuidado.
Hubo rumores y protestas difusas, Bubhoshai gruñó:
-Yo no hice este puente...
- Si caigo, no se nadar- rezongó el enano.
- Ay, ¡yo no podría, con estas faldas largas...!-gimió Ithilien.
- ¿Quién rayos te manda a venir vestida de gala?- la miró de manera fulminante Bubhoshai.
Al fin así lo hicieron, los caballos recelosos y mantenidos a rienda corta: es que la construcción crujía de manera intimidante...
-Podrías haber reducido aún más su carga, señor Gâlmur.
-Calla si no te preguntan, Ithilien.
-Vaya caractercillo...
- ¡Voto a Aulë!
Al llegar sanos y salvos al otro lado, Bubhoshai dijo:
-Bueno...el festejo de una buena pipa.
-¡Deja eso, inconciente!- chilló Llumdelest arrebatando el utencillo de las manos del orco – Nada de humo: estamos andando una senda de la que no sabemos si es “territorio de riesgo”
El orco movió las manos, molesto.
-Bien...fumar no, entonces... ¿y comer? ¿eso también está contraindicado?
-Claro que no- sonrió la auriga – vamos...tengo aquí unas peras...
-¡Así se habla! Yo, en mi zurrón, llavo galletas que compré al señor Mantecona antes de salir, y que parecen ser una delicia...a compartir...
Bubhoshai se sentó en una piedra y comenzó a revolver en sus alforjas, al no encontrar las dichosas galletas, se puso a vaciar el zurrón. Tuilere e Ithilien se acercaron a curiosear.
-Cuantas cosas, maese orco...-metía sus narices Tuilere.
-¿Haz visto? Trastos de viajero...
Bubhoshai sacaba del bolso ropas, utencillos para comer, algún libro ajado y sin tapas.
-Geografía de Harad...esto me lo dio un...
En esos momentos algo rodó entre los pies de las elfitas, Tuilere, quién estaba en cuclillas, cayó sentada. Ithilien saltó por los aires y las dos gritaron:
-¡¡¡Aaaaaayyyy!!! ¡¡¡Aaaayyy!!!
-¿Qué sucede?- se acercó Llumdelest, y ella también dio un respingo.
-Pero ¿Qué rayos es eso? ¡una cabeza empequeñecida! ¡mira las porquerías que traes ahí dentro!
-¡Mirad que sois ingenuas, vosotras tres! - rió el orco tomando de los largos cabellos a la cabecita para levantarla del suelo- ¿cómo reducida? ¿es que no pensáis? ¿cómo se la reduce? ¿y el cráneo...?
Las tres muchachas juntaban sus cabezas y miraban, y Llum ponía cara de asco.
-Es una talla de madera muy bien realizada, ¡ la obra maestra de un miniaturista de Minas Morgul, quién me la regaló! Mirad que preciosura...el pelo ni es pelo, pero ved que efecto convincente logra.
-Lo que quieras, ¡pero quítala!- agitaba la mano Llum.
-Ay, señor orco ... disculpe usted...- se excusaba Ithilien- como pude pensar que usted podía...
-No tiene importancia, pequeña.
Finalmente la compañía tomó su refrigerio en paz, luego el orco se alejó sobre el último bocado.
-¿Dónde vas, Bubhoshai?- preguntó Laurefinwë.
-¿Yo? Pues...a orinar...
No bien a solas, el orco tomó su daga, hizo un agujero en la tierra e inhumó la cabeza reducida. Que allí quedara para siempre ese regalo del viejo Orztag. A ver si las muchachas descubrían que esa cosa era más que madera pintada...
De nuevo en el campamento, Bubhoshai miró a todos, los brazos en jarra.
- A ver vosotros: ha llegado la hora de fijar el rumbo. Si es que alguno de vosotros quiere ir a Isengard, no me opongo, a pasar de que quizás allá nos topemos con ents (cosa que no me agrada) ¿y luego? Yo propondría cruzar Rohan rumbo a Osgiliath... o seguir el curso del río hacia el sur...sin duda que no son las únicas rutas posibles ¿Qué pensáis al respecto?


Sólo por que usted lo sugirió, maestro Baranduin.
Gracias por su colaboración,

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Última edición por bubhoshai el Mar Mar 20, 2007 9:47 pm, editado 2 veces en total

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NotaPublicado: Mar Mar 20, 2007 3:11 pm 
Señor de las Palabras
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Ubicación: Detras de tí. Buuuuuu!!!
[off topic] Cómo hicieron los caballos para cruzar por el puente??? O_O ya sé que las sogas aguantan peso, pero dudo mucho que los caballos pudieran pasar... además, el elfo no llevaba nada más que su arco y su carcaj... de donde sacó las cuerdas??? O_O [/off topic]


Tuilere miró al orco un tanto confusa. No era muy buena en Geografía y tenía tendencia a perderse en cualquier páramo.

- No tenéis algún mapa en el que podamos ver la ruta?- preguntó desorientada. El orco sonrió y sacó de su mochila un royo de pergaminos. La elfa sintió un escalofrío al recordar lo que hacía poco había rodado de la mochila del orco... quisás qué otras cosas llevaría allí... El orco extendió un mapa en el suelo. Tuilere lo miró lo mejor que pudo y preguntó:- ¿Dónde estamos?

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NotaPublicado: Mar Mar 20, 2007 5:50 pm 
Amigo de las Palabras
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Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
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Ubicación: La Posada del Poney Pisador
Mientras el orco se alejaba, los demás se pusieron a comer de algunas provisiones que aún les quedaban, entre las del Poney y las que habían ido recogiendo a lo largo del camino. Tuilere conversaba tranquilamente con Galmur, y éste le explicaba algunas anécdotas de su vida pasada. Llumdelest estaba apoyada en el tronco de un árbol mientras comía un trozo de jamón curado; a su lado acurrucado se encontraba Setsuna. Ithilien estaba de pie en otro árbol cercano y al lado se encontraba Laurefinwe sentado.
- Ithilien, ¿podemos hablar? – le dijo el elfo
- Claro, ¿que pasa?
- ¿Qué piensas en la ruta que hemos cogido?
- Pues...yo confío en Llumdelest y creo que vamos por buena camino. ¿Tú que piensas?
- De momento vamos bien, pero ahora a ver que ruta seguimos, eso me preocupa.

El orco volvió y dio unas palmadas para que todo el mundo le prestara atención.

- A ver vosotros: ha llegado la hora de fijar el rumbo. Si es que alguno de vosotros quiere ir a Isengard, no me opongo, a pesar de que quizás allá nos topemos con ents (cosa que no me agrada) ¿y luego? Yo propondría cruzar Rohan rumbo a Osgiliath... o seguir el curso del río hacia el sur...sin duda que no son las únicas rutas posibles ¿Qué pensáis al respecto?

Permanecieron un rato en silencio, hasta que...

- Veamos – dijo la auriga mirando su mapa -, creo que podemos pasar por Isengard, siguiendo el río Glanduin hasta las Montañas Nubladas y, luego, tomar el camino hacia Rohan. ¿Qué pensáis? - Gâlmur asintió.
- Espero que sea necesario esta vez, y no una simple visita turística – dijo Laurefinwë.
- Y si pasamos...los ents...no se si fiarme – murmuraba Tuilere
- Por los ents no os preocupéis, yo me encargo de ellos. Estuve anteriormente en Fangorn, antes de instalarme en la posada, podéis estar tranquilos si estáis conmigo – dijo Ithilien sonriendo
- No creo que estemos muy tranquilos, de todos modos... – susurró el orco.
- ¿Y eso porqué? - dijo la elfa entre confundida y molesta.
- Ahora me vas a decir que los elfos habláis con vegetales monstruosos – se burló Bubhoshai; Ithilien, se había quedado sin habla por unos instantes. Pero, de sopetón, le dio un buen derechazo en las napias al orco.
- ¡Primero! - dijo la elfa a voz en grito, con lo que alarmó al resto del grupo, quienes no se esperaban para nada la reacción de ésta – Como vuelvas a insultar a esas nobles criaturas juro por los valar que... ¡que no se que te hago!

Llumdelest se interpuso entre ambos, más para controlar a su amiga que al orco, quien no se esperaba que aquella elfita que parecía tan ingenua tuviera tanta fuerza como para hacerle sangrar la nariz.

- ¿Acaso no nos teníamos que fiar de tí si hubiésemos ido a Moria? - prosiguió Ithilien, con la cara roja - ¿No lo hemos hecho ahora siguiéndote hasta llegar a ese dichoso puente? ¿Y no lo haremos cuando lleguemos a Mordor?
- Dejadlo ya – se levantó el elfo poniéndose en medio -.Vamos para Isengar y allí veremos que ruta seguiremos. Yo confío en Ithilien, en Llumdelest, y en Bubhoshai; y en el resto, pues no tengo más remedio. Además los ents no son tan malos como un orco – dijo con sorna.
- Pues lo dicho, en marcha. Aún quedan unas horas de luz antes de que anochezca, y será mejor aprovecharlas. Setsuna mira los alrededores por favor – le sonrió Llumdelest y acarició la cabeza al vampiro
- De acuerdo – dijo Setsuna con desgana, levantando el vuelo
Recogieron las cosas y se pusieron en marcha lentamente dirección a Isengard.

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"Para el mundo no eres nadie, pero tal vez para alguien eres el mundo."


Última edición por Ithilien el Mié Mar 21, 2007 5:52 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Mar Mar 20, 2007 7:49 pm 
Guardián del Brandivino
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Registrado: Jue Jun 12, 2003 1:09 am
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Raza: Accidente Geografico
[OT]
Tuilere escribió:
[off topic] Cómo hicieron los caballos para cruzar por el puente??? O_O ya sé que las sogas aguantan peso, pero dudo mucho que los caballos pudieran pasar... además, el elfo no llevaba nada más que su arco y su carcaj... de donde sacó las cuerdas??? O_O [/off topic]


Tal y como lo veo, no hay muchas soluciones posibles:
  • Que el puente fuese más robusto de lo que se dice, por lo que la cuerda sería innecesaria, lo cual solucionaría el problema de la cuerda del elfo.
  • Que el río fuese vadeable por algún punto. Si es así:
    • Es un puente de piedra, y al caer dejó salientes de piedra para que los humanoides cruzasen. Los caballos nadaron, simplemente. Ó:
    • Alguien llevó a los caballos por un sitio vadeable para ellos, pero no para los humanoides, que cruzaron más cómodamente por el puente. Ó:
    • Alguien llevó a los caballos por un sitio vadeable para ellos, pero alguno/s de los humanoides no saben nadar, p. ej., y sin incidir en el tópico, Galmûr. Ó:
    • Todos vadearon; el puente había desaparecido o nunca lo hubo. Ó:
    • Los caballos se abandonaron, y los bultos se cargaron a cuestas. Lo desaconsejo, a pesar de los beneficios que obtendrían tras esta misión los quiroprácticos.
  • El orco en realidad es más fuerte de lo que parece, y lanzó los caballos por encima del barranco en plan lanzamiento de peso. Me temo que esta solución del superorco (o el superelfo) no es muy realista.
Personalmente desaconsejo el uso de puentes de madera en regiones abandonadas desde hace siglos: son difíciles de explicar, ya que requieren mucho mantenimiento (la madera y las sogas se pudren, hay parásitos, y una riada basta para dar al traste con ellos), aunque no imposibles (siempre puede haber algún poblado cercano habitado).

Respecto de la soga del elfo, seguro que no era del elfo, sino soga humana de la mejor factura, "made in Bree" :D


Bueno, ahí tenéis posibles soluciones, ahora depende de vosotros el tomarlas o dejarlas, y enmendar si acaso el post de marras para no caer en la contradicción intrahistórica.

Un saludo desde el limbo,

Baranduin


[/OT]

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Húmecoa eä, alassëa húmecoa yerna
ara i sundor yára amban sindava,
yassë carintë limpë varnilda
i Tilion Quen Ránassë númennë
lóme yáressë sucien sá.


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NotaPublicado: Jue Mar 22, 2007 5:56 pm 
Señor de las Palabras
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
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Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Continuaron a pie hacia el Este entre cañadas, hasta que, entre maldiciones por cada resbalón en sindarin, lengua enana, orca y otros idiomas, consiguieron llegar a un trozo de tierra más o menos firme. Era lo bastante grande como para sostener al grupo junto con los caballos, y unos árboles raquíticos pero aún con vida que les servirían de cobijo.
- Creo que hemos avanzado bastante por hoy - dijo la auriga, tirando de las riendas de su caballo hasta que el animal llegó a su lado.
- Pero si no serán ni siquiera las 8 de la tarde. Aún podríamos continuar - contestó Tuilere.
- ¿Las 8? A penas son las 7 y ya está oscureciendo; dentro de poco no veremos nada - sentenció Bubhoshai.
- Bueno, está bien... - la elfa se sonrojó ligeramente -. Aunque, ¿para qué me quejo? Es obvio que no me agrada estar aquí, pero sería peor si nos perdiéramos por ahí...
- Evidentemente, señorita... - dijo el orco con sorna.
- Por más que miro en el horizonte - rezaba Ithilien, apesadumbrada - apenas consigo ver el final de este cenagal.
- Por la mañana veremos mejor donde nos encontramos y cuanto falta – contestó la mujer.
- Si aún conservamos los ojos... - Gâlmur continuaba visiblemente enojado - ¿A quién se le ocurre? - murmuraba, pero todos podían escuchar sus palabras - Meternos en un pantano... ¡Y con unos asesinos rondando!

Dejaron refunfuñar al enano mientras empezaban a montar el pequeño campamento. Ithilien se acercó a Llumdelest, quien charlaba con Bubhoshai; cercano estaba también Laurefinwë.
- Creo que... Gâlmur, lo que ha dicho... - intentó explicarse la elfa.
- Sí, tiene razón - contestó Llumdelest, entendiendo a lo que se refería su amiga -. Con tanto tantear el terreno se nos ha pasado aquel asunto del cadáver...
- No te preocupes, elfa. El vampiro está merodeando por los alrededores - dijo Bubhoshai, quien se apartó un poco para buscar algo en las alforjas de su corcel.
- Ha sido un poco estúpido meternos por aquí, pero no teníamos demasiadas alternativas: volver atrás, o continuar – prosiguió Llumdelest.
- Te olvidas de seguir por el Oeste, o el Norte – dijo Laurefinwë.
- Es verdad. Pero ir por el Oeste nos retrasaría más aún, corriendo el riesgo de cruzarnos con los lugareños. Y en cuanto a seguir por el Norte, mejor no. Suerte hemos tenido de no encontrar nada hasta ahora.
- ¿Porqué por el Norte no? Según tu mapa, hay un puente sólido en...
- Que es probable que esté bien vigilado, Ithilien. Además, el cadáver estaba orientado hacia el Norte - "Noreste..." pensaba la mujer, consciente del error que podría causarles serios problemas -... por lo que es probable que viniese en dicha dirección. Es posible que fuese perseguido por los aldeanos, temiendo que fuera alguna criatura extraña.
- ¿Y acaso no lo es? - preguntó Laurefinwë sorprendido; Llumdelest se encogió de hombros. Tanto el elfo como el orco habían asegurado que no era un miembro de sus respectivas razas, por lo que, descartando algunas posibilidades, la mujer tenía la hipótesis de que o bien pertenecía a una especie concreta (la suya, para ser más exactos) pero con algún defecto físico, o que se trataba de algo mucho peor.
- De todas maneras, podríamos hacer turnos para la guardia - dijo el orco en voz alta; todos asintieron, con más o menos entusiasmo.
- ¿Podemos cenar ya al menos? - preguntó Gâlmur, aún molesto, pero intentando parecer cortés; el resto se situaron en el suelo, a su alrededor, dispuestos a llenar la panza.
- Otra cosa, será mejor que no enc... ¡Ithilien! ¿Pero qué puñetas haces? - Llumdelest se levantó de golpe y se abalanzó sobre ella, pero tropezó con algo y cayó encima de la pobre elfa, arroyando también a Gâlmur.
- ¿Yo? Pu... pues enciendo un fuego...
- Ni se te ocurra - la auriga trató de levantarse, pero se quedó de rodillas en el suelo; el enano se sentó como pudo, y se enfadó aún más al comprobar que la panceta se había pegado en su barba - ¿Que no ves que sería como guiarlos hasta aquí?
- ¿¿Guiarlos a quien?? - dijo Tuilere atolondrada, sin dejar que Gâlmur pudiera protestar.
- A quien va a ser, Tuilere...
- No... no lo se - respondió ésta.
- Yo tampoco - coincidió Ithilien tímidamente, aún con yesca y pedernal en la mano.
- A... a cualquiera que... - trataba de explicarse la humana - ... a quien incomodara nuestro malnutrido amigo, que hemos abandonado en la otra orilla del río... No querríais que fuese a un destacamento de elfos con ganas de ayudarnos...
- Pues la verdad es que sí... - rieron ambas elfas.
- Uhm... Ahora que lo digo... - y en la cara de Llumdelest apareció una extraña sonrisa, aquella que siempre ponía cuando tenía pensamientos poco ortodoxos.
- Ains... - suspiró Laurefinwë, mientras meneaba negativamente la cabeza, un tanto divertido - Con este escándalo sería capaz de encontrarnos hasta un troll de las montañas; y sin que hayamos encendido un fuego.
- ¿Quien ha dicho que no hemos encendido un fuego querido Laurefinwë, valiente elfo de bien puestas nalgas? - le contestó la mujer guiñándole un ojo picaronamente, con lo que las dos elfas se hecharon a reir. Laurefinwë se sonrojó, agachando la cabeza sin saber que decir; nunca había tenido esta sensación, pero le parecía que le trataban como a un objeto; mas al poco rió también, agradecido por el cumplido.
Bubhoshai no entendía demasiado bien qué hacía reir a sus compañeros, pero se le escapaba algo parecido a una sonrisa. Sin embargo, el humor del enano no había mejorado; había desistido en llamar la atención sobre el accidente que había afectado a su cena.
- Ya os vale, tanto guirigay... - dijo una voz desde la rama del árbol que parecía más robusto; era Setsuna, quien había vuelto de una explorar la zona.
En poco más de una hora, la noche había caído sobre ellos.

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NotaPublicado: Vie Mar 23, 2007 8:11 pm 
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La guardias se repartieron entre todos, haciéndolas de parejas de dos en dos. En el turno de guardia de Tuilere e Ithilien, las dos elfas se encontraban charlando alegremente cuando escucharon el ruido de cascosa de caballo. Sobresaltadas despertaron a los demás.

- Viene alguien... De prisa... hemos de irnos...

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NotaPublicado: Sab Mar 24, 2007 3:26 am 
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Que caso el de esa elfita delgada...aún le dolía el tortazo en la nariz. Bubhoshai había estado a punto de poner en sus trece a la chica, aunque sea con un par de gritos en lengua negra bien dados. Finalmente se dijo que le demostraría que los orcos no eran los salvajes que los elfos creían.
Luego de esos grotescos enojos y desenojos la compañía arribó a una maseta lo suficientemente grande como para contenerlos, pero sobre la cual parecían estar en una isla: los lodazales se extendían para todos lados, perdiéndose en los límites de la vista en ramalazos de una niebla malsana.
Ithilien aguzaba sus ojos hacia el infinito difuso.
-Por más que miro en el horizonte, apenas consigo ver el final de este cenagal... ¿Tú ves algo, Bubhoshai? Te lo pregunto por que vosotros los orcos, en la penumbra...
-Mmhgrrrf... – replicó el orco, aún furibundo. Tuilerë sugirió proseguir, pero el malhumorado Bubhoshai le replicó de mala gana.

Mas peor que él estaba Gâlmur, quién no había aún renunciado del todo a su pretensión de visitar Moria, y andaba protestando de aquí para allá y solo de mala gana ayudó a armar un pequeño campamento en el que Llumdelest no permitió ni una chispa de fuego.
-De todas maneras, podríamos hacer turnos para la guardia - dijo el orco en voz alta; todos asintieron, con más o menos entusiasmo.- Yo me reservo el primero, pues no estoy tan cansado ¿quién me acompaña?
-Yo...- asintió la auriga poniéndose de pie desganadamente.

Al fin todos se durmieron o entre durmieron, y los dos centinelas primero se pasearon, luego se sentaron a hablar para matar esas horas tristes. Hacía frío y la humedad parecía calar los huesos, o al menos eso le pareció a la mujer.
-Que mal huele...
Bubhoshai miró a su compañera.
-No se a que te refieres...
-¡Epa! ¿Es que el golpazo de Ithilien te dejó sin olfato? – rió Llumdelest- este maldito pantano huele a pudridero...
-Je. A mi me recuerda el olor de las adyacencias de Minas Morgul. Yo nací allí, ¿sabes? No es feo lugar... tiene grandes barriadas de altos edificios que...
Bubhoshai miró la cara de la auriga, quién no parecía compartir sus conceptos.
-Tú eres humana, y por tanto no comprendes...
- Fui combatiente del este. Y conviví con orcos por dos años, en los campamentos de Sauron. Como ves, lo que cuentas no me es ajeno.
-¿Conviviste con orcos? ¿y que concepto...?
-Intento ser amable contigo ¿Debo, pues, contestarte?
-Um... piensas de los orcos lo que dicen los elfos.
-Acotemos que vosotros no hacéis nada por desmentir esos conceptos.
-¡Cuidado! No metas a todos los orcos en el mismo saco.
-Demuéstrame lo contrario tú, y en ti confiaré...
Discurrieron algo más, y al fin Ithilien y Tuilerë despertaron, y ese era su turno.
Bubhoshai se durmió casi en seguida, por lo que el sacudón que le propinase el enano lo sobresaltó al punto de tomar su daga.
-¡Calma!- susurró Gâlmur casi en su oído- es sólo para decirte que las elfas oyeron ruidos de caballos que se acercaban.
-Ah- Bubhoshai apartó la mano del arma. – ya voy...¡¡garn!!...justo ahora que me dormía de verdad...
Los dos se acercaban al extremo del campamento, más allá de la tosca lona que había dispuesto Laurefinwë como pobre paliativo al rocío helado que caía sobre las miasmas.
-¡Juro que lo oí! – decía en esos momentos Tuilerë con su vocecita aguda.
- ¿Ruido de cascos? ¿En este lodazal?- se rascaba la cabeza Laurefinwë.
- Un espectro- dijo alguien.
- O será entonces que la lengua de tierra firme se prolonga, y por ella han venido, y de allí el ruido de cascos- aventuró Gâlmur.
Intentaron atisbar en las penumbras. Ni aún los elfos lo lograron.

- Sea como fuese, alguien nos vigila – dijo Bubhoshai, y sus palabras parecieron quedar suspendidas entre los vapores del pantano.

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NotaPublicado: Sab Mar 24, 2007 2:15 pm 
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En un rincón donde no los podían ver, alguien transmitió a sus acompañantes en silencio:

- Saben que estamos aquí, maldito mensajero.¿ A quién se le ocurre venir a caballo?

- ¿Qué hacemos, señor?- preguntó uno de sus subordinados.

- Ataquemos antes de que puedan terminar de comprender qué ocurre. Las elfas parecen el punto débil del grupo, en cuanto se separen un poco las atacamos, pero primero los rodearemos.

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NotaPublicado: Sab Mar 24, 2007 2:33 pm 
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Con el grito de Tuilere, Llumdelest despertó. Mas necesitaba tiempo para desentumecer la cabeza.
- ¡Juro que lo oí! – decía en esos momentos Tuilerë con su vocecita aguda.
- ¿Ruido de cascos? ¿En este lodazal? - se rascaba la cabeza Laurefinwë. La mujer lo imitó y se restregó los puños por los ojos; ¿cascos?
Llumdelest se levantó trabajosamente con la mente un poco más clara y se acercó al grupo. No veía nada a más de 20 metros.
- Un espectro - dijo Ithilien; la mujer la miró sorprendida.
- O será entonces que la lengua de tierra firme se prolonga, y por ella han venido, y de allí el ruido de cascos - aventuró Gâlmur.
"Eso sería razonable" pensó la auriga, pero la porción de tierra donde se encontraban no tenía más de 50 metros de superfície, por lo que el sonido provendría de otro lugar cercano.
- Laurefinwë - dijo la mujer al elfo -, mantened los arcos preparados.
- ¿Crees posible que haya alguien acechándonos? - preguntó el orco.
- No lo creo imposible - le respondió la mujer, a la vez que preparaba su ballesta.
Las elfas continuaban discutiendo acerca de si se trataba de un espectro o de algo más sólido cuando Llumdelest se acercó al lado opuesto de la pequeña isleta, donde se suponía descansaban los caballos; a medida que se acercaba, los iba contando.
- Cinco... - susurró, con una sonrisa en los labios, la cual iba encaminada a convertirse en una carcajada.

Un largo y claro silbido sonó muy cerca de ellos, y todos se pusieron en guardia. A la velocidad del rayo, Ithilien preparó su arco y Laurefinwë dispuso un par de flechas en el suyo. El sonido que alarmara a las elfas al principio se volvió a escuchar.
- Es... es ese... ¿Lo oís? - decía Tuilere en un murmullo histérico, pero Bubhoshai la mandó callar.
El ruido de cascos se acercaba, junto con algún chapoteo. Estaba detrás de ellos.

- Ains viejo amigo - decía a Dicap, sin parar de reir -. Que susto nos has dado.
El caballo dio un relincho de aprobación. Laurefinwë, Bubhoshai e Ithilien suspiraron aliviados; Gâlmur y Tuilere, sin embargo parecían confundidos.
- Menuda percepción la de los elfos... - se mofaba el orco.
- La de los orcos no es mejor - le contestó Laurefinwë, algo molesto pero sin ánimo para discutir.
- En casos como éste... queda demostrado que no - concluyó el orco, con algo parecido a una sonrisa; tampoco quería pelea, si no dormir.
- No - dijo Gâlmur con convicción -, en estos casos hace falta gran intuición femenina.
El orco y el elfo se lo quedaron mirando sorprendidos, hasta que ambos no pudieron aguantar y estallaron en una carcajada.
- ¿Y ahora qué os pasa? - bramó molesto el enano; mas aquellos dos no paraban de reir.
- ¿Quereis parar? ¡Haceis mucho ruido! - protestó Tuilere.

Llumdelest, mientras, acariciaba el hocico y el cuello del caballo.
- ¿Qué has visto Dicap? - le susurraba; el animal había regresado intranquilo - ¿Porqué te has alejado? ¿Que no has tenido bastante paseo por hoy?
Ithilien se acercó, empezando a doblar su arco para guardarlo.
- No lo guardes aún - le mandó Llumdelest, y le indicó con la cabeza que mirara enfrente, hacia el Norte; la mujer ya no reía -. ¿Qué ves? - susurró seriamente.
Ithilien volvió a montar su arco, con una flecha a punto, pero manteniendo la calma. Laurefinwë se percató de que la elfa y la mujer no volvían al campamento, si no que permanecían de pie junto a los caballos, alerta.
"¿Donde estará Setsuna?", pensaba Llumdelest, con la pequeña ballesta preparada.

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NotaPublicado: Sab Mar 24, 2007 6:36 pm 
Guardián del Brandivino
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Registrado: Jue Jun 12, 2003 1:09 am
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Ubicación: De mudanza. Fluyendo, vaya, como siempre.
Raza: Accidente Geografico
Y así transcurrieron los días siguientes. Durante tres días avanzaron por el Delta del Glanduin hacia el este, cruzando los numerosos brazos en los que el río se dividía. Cuanto más avanzaban más complicado se hacía el camino: la ciénaga se hacía más profunda, y a menudo veían formas gelatinosas escurriéndose entre las ramas viejas, o engullendo algún extraviado pez que caía a su alcance. Todos, y especialmente el orco, que sabía de lo que eran capaces aquellas criaturas, evitaban su contacto; pero a veces no podían impedir sentir el frío y rugoso roce de aquellas formas colándose por las botas o enredándose en los brazos. Las noches no eran mejores: cientos de insectos salían entonces con la insana intención de llenar de picotazos a caballos y personas, y aún los elfos, que parecieron tener más suerte al principio, acabaron sufriendo también los picores que aquellos bichos provocaban. Únicamente los caballos de Bree, más habituados a los niquebrique, y el orco, parecían tomarse aquello con resignación.

Al principio habían discutido sobre las posibles rutas a tomar desde aquel margen del Gwathló. Tenían dos opciones: el desvió hacia el sur, buscando Nîn-in-Eilph, y por tanto el camino a Larach Duhnann; una senda despejada y transitable que les haría más sencillo el camino, o hacia el Este, al amparo de la despejada tierra de Dunfearan, sólo habitada por algunas aldeas dispersas y fáciles de esquivar. La decisión no había sido fácil, y muchas veces habían sacado el tema a relucir, pero el retorno de Setsuna al mediodía del segundo día zanjó la cuestión, y la preocupación de Llumdelest por su seguridad. Había volado lejos al sur, oteando el camino, y pasada la Fuente de los Cisnes había varias aldeas e incluso alguna caravana ascendiendo hacia el margen oeste. No cabía duda de que si tomaban esa ruta serían vistos, y sólo Tuilerë siguió protestando por aquella decisión que los llevaba a una tierra llena de alimañas. Sus quejas terminaron cuando Llumdelest la hizo caer en la cuenta de que por el camino los perseguidores, fueran quienes fuesen, probablemente los alcanzasen mucho más rápido, ya que ellos deberían ir con más cautela para no ser interceptados. Aquello zanjó del todo la cuestión.

Las noches quizás eran las peores. Galmûr había recuperado algo de buen humor: dirigirse hacia el este implicaba que tal vez sí acabasen dirigiéndose a Moria, con solo desviarse un tanto hacia el Norte. Así que tras la primera noche, Llumdelest decidió que haría las guardias con el orco, quien al menos tenía el mismo objetivo que ella. Iþilien y Tuilerë constituían una segunda guardia, y Galmûr y Laurefinwë la tercera. Setsuna pasaba las noches oteando desde arriba, como apoyo aéreo, y durmiendo durante el día. Los caballos y susurros sólo se presentaban durante la segunda guardia, y pronto comenzaron a sospechar que algo ocurría. Pero, no obstante, no redujeron la vigilancia, sino que cada vez pusieron más cautela.
El mapa, por otro lado, no servía de mucho en aquella zona; los brazos del Delta se multiplicaban o habían variado de sitio desde que se dibujó el plano, o eran quizás demasiado pequeños para que apareciesen detallados pero suficientemente grandes como para representar algún problema. En una ocasión incluso estuvieron a punto de perder a Tuilerë, cuando intentaban atravesar la corriente en un punto en que dos ramas se unían entre sí; desde ese momento, en cada vadeo la elfa se ponía al lado de Laurefinwë, donde se sentía mucho más segura.

Finalmente, mientras instalaban el campamento el tercer día, Laurefinwë dio un largo paseo. Volvió al cabo de una hora, diciendo que más adelante las ciénagas desaparecían y había tierra seca, a un par de millas de distancia. Con el amanecer partieron, somnolientos por otra alarma de Tuilerë, y a media mañana pudieron montar por fin los caballos. Cabalgaron toda la tarde, bordeando el ensanche del Glanduin, hasta llegar a las ruinas de una enorme fortaleza. En tiempos antiguos, cuando la ciudad ebullía de actividad, había sido una primera línea de defensa contra los ataques del Este en tiempos de guerra, y como otero para controlar el acceso al río y los caminos de aquella región. Se elevaba alta sobre un cerro que marcaba el inicio de las Tierras Altas de Eregion.

- Mañana llegaremos a los pies del castillo. De sus puertas salía un sendero que bordea el Ensanche, y cruza el río más arriba por un puente, a unas seis millas de aquí - consultó Llumdelest en el mapa -. Esperemos que siga en pie, porque más arriba el valle se vuelve profundo y atraviesa un desfiladero.
- El cañón de Ost-in-Edhil, la joya de los Noldor - replicó petulante Laurefinwë.
- Es igual; si podemos, deberíamos evitar ir tan al este - susurró Llumdelest, mirando con disimulo al enano, que se hallaba entretenido desenredando algas e insectos de sus barbas.
- Ya veremos - replicó el orco -. Primero, puente. Tampoco me gusta la idea de ir a tierras de elfos.


Aquella noche, Llumdelest, suspicaz, decidió hacer la primera guardia con Tuilerë; Laurefinwë la haría con el orco, e Iþilien con el enano. La luna se alzaba victoriosa, iluminando la meseta. "Al menos una noche clara", pensó Llumdelest.

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Húmecoa eä, alassëa húmecoa yerna
ara i sundor yára amban sindava,
yassë carintë limpë varnilda
i Tilion Quen Ránassë númennë
lóme yáressë sucien sá.


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NotaPublicado: Dom Mar 25, 2007 10:39 am 
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Ithilien bostezó mientras se estiraba y miraba al enano de reojo. Suspiró y le dio un pequeño manotazo que hizo que Galmur se sobresaltara.

- ¡Que! ¿Qué pasa? – dijo levantando el hacha y mirando a su alrededor.
- ¡Que estamos de guardia! – le chilló Ithilien – Nos toca la guardia ¿qué lo recuerdas? Si se duerme señor enano, estoy arreglada.
- Yo no dormía, solo meditaba con los ojos cerrados – dijo el enano volviéndose a sentar.
- Ya, seguro – rió Ithilien y lo miraba de reojo mientras Galmur tosía y enrojecía disimulando.
- En fin, está amaneciendo, despertemos a los demás

Ithilien se levantó y se enganchó con una rama el vestido largo que llevaba.

- Estoy cansada de esto – dijo sacando la daga que le regalaron; cortó el vestido hasta hacer una falda corta -. Mucho mejor. ¡Llum, Bubhoshai, Tuilere y Laurefinwë despertad!

Se fueron despertando despacio mientras bostezaban. Llumdelest la saludó con una sonrisa mientras se desperezaba; parecía que aún necesitara unas horas de sueño. El orco pasó cerca de Ithilien dirijiéndole una mirada fulminante... “Aun estará enfadado por el golpe”, pensó Ithilien mientras se aproximaba a Laurefínwe.

- ¡Buenos días elfo!
- Buenos días, ¿alguna novedad en la guardia? – preguntó.
- Ningún ruido, aparte de los ronquidos del enano – el elfo se rió.
- Un buen compañero de guardia sin duda – dijo riendo –. Pregúntale a Llumdelest el camino a seguir.
- Ya sabes donde vamos...hacia el puente, puente y más puente – repitió Ithilien con sorna –. Deja a Llumdelest, ella sabrá.
- ¿Tanto confías en ella? Parece que seáis muy buenas amigas – le preguntó Laurefínwë mirándola de cerca.
- No parece; lo somos, elfo.

Ithilien se alejó sonriendo, pues era una bonita mañana, y el hecho de dejar atrás el cenagal la reconfortaba.

- ¿Nos vamos? – anunció Bubhoshai cogiendo a su caballo.
- Otra vez...uf – rechistó Tuilere, quien se sentía más cansada que en las anteriores noches. Una extraña mueca se dibujó en la cara de Llumdelest; en vez de recoger sus cosas, se había quedado sentada en el suelo, apoyando la espalda contra el muro mientras se comía un trozo de queso.
- Venga sí, vámonos, aunque estoy un poco cansado de la guardia, pero ya sabéis un enano nunca se queja ¡ja, ja.,ja! – se reía Gâlmur abiertamente
- Si ya... ¡cansadísimo! – susurró Ithilien.
- Pues si estás cansado, lo mejor es descansar – dijo la auriga seriamente, recostándose descaradamente en el suelo; todos se quedaron mirándola.

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"Para el mundo no eres nadie, pero tal vez para alguien eres el mundo."


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NotaPublicado: Dom Mar 25, 2007 12:14 pm 
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
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- ¿Y ahora a tí que te pasa? - preguntó el enano.
- ¿A mí? Que estoy cansada – rió ella; los demás la observaban atónitos -. Cansada de no pegar ojo en toda la noche. Id vosotros delante; ya os alcanzaré a mediodía.
- ¿¿¿Cómo que ya nos alcanzarás a mediodía??? - chilló Tuilere - ¡Levántate y vámonos!
- Vaya Tuilere; estaba pensando en que te quedaras para hacerme compañía, porque se te veía frustrada para proseguir la marcha. Pero ahora me vas con prisas... No se equivocan cuando te dicen sinda loca – se burló Llumdelest.
- ¿A qué te refieres? - preguntó Laurefinwë, completamente confundido - ¿Y cómo es que no has dormido en toda la noche?
- Pues que la he pasado en vela, esperando escuchar aquellos susurros y el caballo misterioso. Y, mira qué sorpresa: no he escuchado nada que se asemeje, excepto algún relincho de alguna de nuestras monturas – Laurefinwë cerró la boca; empezaba a comprender, así como el orco -. Pero claro, yo no tengo el finísimo oído de una elfa sinda. Pero para eso estaba Tuilere.
- Pero... yo... No... no escuché nada anoche... - dijo frotándose los ojos – Aunque, bueno, si insistes en descansar... - respondió risueña.
- ¿Estás cansada? - le preguntó Ithilien, sorprendida.
- ¿Qué pasa? ¿No tengo derecho? - le contestó Tuilere.
- ¡Por supuesto, Tuilere! Aunque es un poco curioso que, después de tres días de vigilia, sólo hoy te sientas... peculiarmente cansada – la auriga continuaba en el suelo, mordisqueando otro trozo de queso -. Será que esta noche no te he dejado pegar ojo, haciendo que me contaras tu vida durante tres horas.
Gâlmur soltó un par de palabras en khuzdul que no sonaron demasiado bien, a la vez que Bubhoshai y Setsuna estallaban en carcajadas. Laurefinwë símplemente se había quedado de pie, tapándose la boca con la mano, con semblante seriamente perplejo, sin atreverse a decir nada.
- Ya decía yo que a ratos te encontraba como ausente durante la guardia... - decía Ithilien a la otra elfa; Tuilere tenía la cara enrojecida, tanto por la vergüenza como por enfado.
- ¡Lo siento, ¿vale?! - gritó Tuilere, y el eco resonó en toda la fortaleza -. ¡Pero lo mismo le podía pasar a cualquiera!
- Nadie dice lo contrario, Tuilere - respondió estoica la humana -. Y, quizá, tus "visiones" nos hayan sido de aviso para evitar un peligro real - le dijo en voz baja para apaciguarla, de manera que sólo los elfos pudieron escuchar sus palabras.

Un par de horas después, el orco y el vampiro se habían tranquilizado y charlaban animadamente con los demás, sentados en el suelo mientras almorzaban unos cuantos conejos que habían conseguido cazar Laurefinwë, Bubhoshai y Llumdelest. La mujer al fin les permitió encender fuego (¡y fumar! para alivio del orco). Tuilere se había calmado también, pero permanecía en silencio.
- Entonces - decía Gâlmur, más animado por aquel alto en el camino -, ¿no había nada peligroso acechándonos en esos marjales?
- Bueno, si os soy sincera, creo que algo sí había - opinó Llumdelest.
- Sí. Algo permanecía vigilante... - dijo el elfo.
- ... esperando a que diéramos algún paso en falso, o yo que sé... - prosiguió Ithilien, quien sintió un escalofrío al recordar la oscura sombra en la lejanía la noche en que el caballo de Llumdelest había decidido dar aquel paseo nocturno.
- Pero, ahora, ya hemos salido del pantano. Así que ya no tiene porqué molestarnos aquello - sentenció el orco -. ¡Hoy es un buen día para descansar! - y apuró su cantimplora.
- Está bien - rió Laurefinwë -. Pero de todas formas convendría no bajar la guardia.
- Estoy de acuerdo - dijo Llumdelest -. Pero no conteis conmigo por unas cuantas horas, que no aguanto.
Y, dicho esto, se dirigió al otro lado del muro. Desde ahí, se podían ver cómo los afluentes del Glanduin se perdían dirección Oeste por el pantano. Estuvo observando unos instantes y se acostó en el suelo mismo, durmiéndose a los pocos segundos.

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NotaPublicado: Dom Mar 25, 2007 2:04 pm 
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Tuilere se encontraba sentada un poco alejada del grupo. Pensativa se preguntaba cómo pudo haberla vencido el sueño en las guardias... era la primera vez que le ocurría, o por lo menos eso creía. Miró al cielo pensativa. ¿Eran reales aquellos ruidos que había oído? Después de todo, parecía que Ithilien también los había oído, auqnue solo una vez... Suspiró intranquila.

Iba a acercarse a los demás, cuando escuchó un ruido extraño. Se giró en dirección del ruido y vió un pequeño y alargado animal marron oscuro que corría enconrvado y danto saltitos.

- ¡Un hurón!- exclamó sorprendida.- ¿qué hará aquí? Esta no es tierra de hurones...

Rápidamente se puso en pie y corrió persiguiendo al animal, alejándose del grupo sin querer.

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NotaPublicado: Dom Mar 25, 2007 8:25 pm 
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Laurefinwë tensó el arco, agazapado entre los pastizales.
-¿Qué aguardas? ¡basta de apuntar!– dijo Bubhoshai- ¡vas a dejarle escapar!
-¡¡Aguarda, orco!! ¿cómo lo matarías tú, acaso?
-Lo persigo, alcanzo, y degüello ¿Qué otra?
- Sois salvajes...
-¿No podéis al menos guardar silencio?- protestó Llumdelest, agachada al lado de los otros.
-¡Ahí sale! ¡Dale al maldito! ¡ sin compasión!– gruñó el orco.
- Laurefinwë disparó, y el conejo rodó por el suelo, atravesado de parte a parte.
-El almuerzo completo...- rió la mujer.

Comieron a la sombra de esa fortaleza en ruinas de la que Bubhoshai poco sabía. ¿quién había plantado esos poderosos contrafuertes, quién (años más tarde) había signado su ruina?
Estaba por preguntárselo al elfo, quién aparentemente conocía la zona, pero sobre el último bocado todos parecían prestos a partir, pues la zona pantanos había concluido y el día pintaba grato para la caminata, mas la actitud de Llumdelest, echándose a dormir en medio de la mañana apacible, trajo desconcierto a varios.
-¿Y ahora a tí que te pasa? - preguntó el enano.
- ¿A mí? Que estoy cansada – rió ella; los demás la observaban atónitos -. Cansada de no pegar ojo en toda la noche. Id vosotros delante; ya os alcanzaré a mediodía.
- ¿¿¿Cómo que ya nos alcanzarás a mediodía??? - chilló Tuilere - ¡Levántate y vámonos!
-¡Hoy es un Buen día para descansar!- rió el orco empinándose la cantimplora y sentándose en el suelo él también.
Al fin todos consintieron en descansar algo más. Gustando de su pipa de después de comer, el orco estiró las piernas y contempló al os demás: Gâlmur parecía haberse al fin sumado a la idea del reposo y, sentado al pie de la muralla, cabeceaba. Algo más allá, Laurefinwë dialogaba con Llumdelest. Ithilien andaba por allí, caminando sin rumbo y observando como le había quedado su falda recortada, pero él no tenía deseos de llamarla a hablar después de lo del golpe. ¿Y Tuilerë? ¿Qué hacía la elfita con la vista en el piso? Enseguida Bubhoshai la vio correr como en pos de algo pequeño y huidizo, pero el sueño le pesaba en los párpados y finalmente lo venció.

El orco despertó sacudido por Llumdelest.
-¿Qué pasa?
-Tuilerë ha desaparecido...
-Ah...Tuilerë -Bubhoshai se fregaba los ojos – por cierto que la vi...iba...hacia allá, corriendo tras...no se...algo...
-¡Que cabeza la suya! Voy tras ella.
-¡Aguarda! Yo te acompaño.

El terreno era ahora seco y presentaba pasturas que facilitaban la búsqueda.
-Déjame olfatearla.
-Te confundirán las miasmas del pantano, por más olfato de orco que tengas- dijo Llum –por otra parte yo soy buena en esto...a ver..he allí sutiles huellas...
-Yo, nada veo.
-Es una elfa, no aguardes marcas como las de tus botas...

No pudieron, al fin dar con la elfa, alarmados, pensaron en volver al campamento a fin de montar una partida mayor, pero allí venía Laurefinwë.
- ¿Que sucede?
- Se trata de Tuilerë...ha desaparecido...hasta aqui sus huellas, pero...
El noldo se inclinó sobre la pista.
-Extraño, muy extraño...

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Nunca te niegues a ver


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NotaPublicado: Lun Mar 26, 2007 12:33 am 
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- Extraño, muy extraño... - dijo Laurefinwë.
- Ya volverá – contestó Llumdelest aparentemente tranquila; ella y el orco habián vuelto más de una hora después de ir a buscar a Tuilere - . Ya está oscuro, y dentro de poco será noche completamente. Mejor cenemos.
- Ahora que dices eso, Llum – dijo de repente Ithilien, con tono radiante -: ya tengo un exquisito guiso preparado. Laurefinwë decidió ir a inspeccionar también, y volvió con algo que había cazado y que he cocinado.
- Sí, después de que alguien lo despellejara y te buscara las especias... - contestó Gâlmur, un poco molesto por que la elfa no lo hubiese mencionado.
- Por supuesto, maese enano. Una buena idea, unas hierbas muy aromáticas que dan buen gusto a la carne – trató de enmendar Ithilien.
- ¿Entonces a qué esperamos? - dijo Llumdelest, hambrienta.

Los cinco se sentaron alrededor del fuego. Setsuna decidió que también era hora de cenar (o de desayunar, pues se había pasado el día durmiendo) para él, así que alzó el vuelo y se perdió en la oscuridad de la noche, prometiendo avisar si encontraba alguna pista sobre el paradero de Tuilere.
Los comensales permanecieron en silencio prácticamente durante toda la cena.
- Ésta no vuelve, os lo digo yo – empezó Bubhoshai -. No es el primer caso que, por una estupidez, alguien se me pierde. Sin ir más lejos, el viejo Korak; se marchó porque le pareció ver una rata amarilla y no supimos nada de él en un mes. Luego, encontraron su pellejo vacío, como si fuera la cáscara de un huevo sin el huevo, colgado del techo de uno de los túneles de Ella-Laraña...
- Bubhoshai, por favor... - se quejó Ithilien, controlando una arcada -. Estamos comiendo.
El orco rió, y sólo Llumdelest se atrevió a sonreir.
- Será mejor que esperemos, al menos hasta mañana al desayuno, por si vuelve – dijo la auriga.
- ¿Y qué hacemos si no vuelve? - preguntó Ithilien; la mujer se encogió de hombros.
- Proseguir – respondió tajante Laurefinwë -. Nadie la mandó venir, ¿no? Además... - el elfo pareció de repente apesadumbrado – aún nos falta un buen trecho para llegar a Mordor. Y, sinceramente, estoy preocupado por mis amigos.
- ¿Y acaso no te importa Tuilere? - contestó Ithilien, algo escandalizada.
- Pues, si os soy sincero... no tanto como Pallando y Alatar – Ithilien se quedó con la boca abierta, pero Llumdelest, Bubhoshai y Gâlmur no dijeron nada -. Siento ser tan egoísta, pero es así. No conozco a Tuilere en verdad, y ni siquiera me causa simpatía o antipatía.
- Podemos suponer pues que, si a alguno de nosotros cinco le sucediera algo, señor elfo, nos dejarías tirado – dijo seriamente el enano.
Laurefinwë suspiró hondamente, mas no respondió. La verdad, nunca se le había pasado eso por la cabeza. ¿Sería lo mismo si, en vez de aquella elfita loca se hubiese perdido el orco, la humana o el enano? Si fuera por utilidad, desde luego que no: tanto Bubhoshai como Llumdelest habían demostrado su valía en cuanto a sobrevivir a la intemperie y seguir un rumbo; Gâlmur, era quien costeaba la expedición; y, en cuanto a Ithilien... sabía cocinar y tampoco se defendía mal del todo en campo abierto, a pesar de sus vestiduras poco recomendables. Otra cosa era lo que sentía por cada uno de ellos; ahora que lo pensaba, se daba cuenta de que les había cogido cierto apego, incluso al orco, pero no sabía aún si considerarles amigos o simples compañeros de viaje. Pero, ¿y Tuilere? ¿De qué había servido si no para quejarse en todo momento y molestarlos todas las noches con sus tontas ideas? Bien que en el pantano había servido como alarma pero, ¿acaso no sentía el propio Laurefinwë el peligro sin necesidad de alguien armando bulla todas las noches?
- No... no se que decir, sinceramente – consiguió pronunciar el elfo cuando ninguno de los otros cuatro esperaba respuesta por su parte -. Digamos que no sois todos iguales.
Laurefinwë no dijo más, pero no era necesario; sus compañeros le habían entendido.
- De todas maneras, ¿quereis en verdad partir mañana sin siquiera buscarla más? Es sólo una niña aún... - Ithilien seguía preocupada; al fin y al cabo, era amiga suya, más o menos...
- ¿Niña aún dices? - Llumdelest recordó de pronto una vieja disputa que tuvo con Tuilere en el salón del Poney, tiempo ha, donde la elfa se mofaba de ella, diciendo que el aspecto de la humana no era para nada agraciado en comparación con su bello y delicado porte, y que por ello los demás hombres la rechazaban (según opinión de Tuilere) – Sí, una niña que quería crecer demasiado rápido. Haremos una cosa – dijo levantándose; se dirigió donde estaban los caballos y tomó de las riendas el caballo de Tuilere -, dejaremos libre su caballo. Si logra encontrarla y vuelve por la mañana antes del almuerzo junto con su dueña, o con alguna pista sobre su paradero, bien. Si no, pues nos vamos.
Y, dicho esto, salió con el animal hasta llegar al punto donde Tuilere había desaparecido, soltó las riendas y le dio una palmada en el cuello; a los demás les pareció que le susurraba algo. El caballo partió, siguiendo el rastro de la elfa.
Después de limpiar la loza con el agua de un pozo, se dispusieron a dormir. Laurefinwë e Ithilien se quedaron montando guardia, hasta que fueron relevados por Bubhoshai y Llumdelest, y luego éstos por Gâlmur e Ithilien de nuevo. La elfa estaba bastante intranquila por Tuilere, y no conseguía conciliar el sueño.

Pasó la noche, y amaneció serenamente. Llegó Setsuna de su ronda nocturna; no había visto a Tuilere, ni siquiera al caballo. Por cierto que ninguno de los dos habían regresado, ni aún una hora después del almuerzo, por lo que el grupo partió dirección Este, siguiendo el margen norte del Glanduin.

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NotaPublicado: Lun Mar 26, 2007 1:31 am 
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Hacía frío, y era obscuro. No tenía nada con qué encender fuego, sino unos ralos arbustos incapaces de prender. Y se sentía terriblemente sola. Acurrucada entre unas piedras, Tuilerë estuvo en duermevela hasta el amanecer, con la esperanza de que los cascos de caballos que oía cada poco fuesen del resto del grupo, y no de sus perseguidores. Durante un momento en la noche, una sombra obscura cruzó hacia el norte por delante de la Luna: un vampiro. Tuilerë rogó pasar desapercibida, pero la criatura parecía más interesada en hacer piruetas por el aire que en cazarla. Sólo cuando el Sol salió, la Elfa pudo respirar un instante.

Pero pronto vinieron las lamentaciones. Inconsciente, al perseguir al hurón había dejado sus pertenencias amarradas a su caballo: no tenía ni armas ni con qué encender fuego, y las provisiones de emergencia estaban con el resto del equipo común, al cargo de Iþilien. No tenía alimentos ni herramientas, y no sabía desde donde había llegado allí. Acóngojada, se dio cuenta de cuantas veces se había preciado de que, como Primera Nacida, no dejaba rastros; ahora desearía haber dejado señales capaces de guiar hasta a un ciego. Tampoco tenía un mapa, ni había prestado atención las pocas veces que Llumdelest había intentado que memorizase nada; y la región le era tan ajena como al resto. Así que se puso en pie, tomó algunas ramas que no parecían especialmente jugosas, pero que al menos calmarían su estómago, y empezó a vagar. Después de un rato, recordó con un escalofrío la sombra que había visto pasar hacia el norte, así que decidió tomar la dirección contraria, hacia el sur. Ramoneando aquí y allá por el camino, pasó la mañana y el mediodía, hasta que finalmente se encontró con que el río se ensanchaba, y no muy lejos al este aparecía un puente entre la bruma.

"El puente cruza el río, y lleva hacia el Sur. Sin duda lo cruzarán, antes o después. No irán hacia Ost-in-Edhil. No *pueden* ir hacia allí. Sino, me quedaría aquí, sola, esperando su retorno..."

Cruzó el puente, y encontró un refugio natural entre las rocas. Hizo acopio de hierba rala y acebo, que cubrió con su capa a modo de colchón, y decidió esperar algunos días a ver si llegaban. Si no, se encaminaría hacia el Norte, de regreso a Bree.

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NotaPublicado: Mié Mar 28, 2007 5:28 pm 
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Siguieron hacia el Este, mientras iban por el Glanduin. Así anduvieron durante más de tres horas en silencio, habían hablado muy poco entre ellos, sólo para guiarse un poco por los caminos; pero ninguno sacó el tema sobre la elfa Tuilere. Algunos se lo tomaron con resignación, otros como algo que sucedió y los demás con congoja en su corazón. Llumdelest montaba la primera, en su espalda descansaba Setsuna, seguida de Bubhoshai, Galmur, Ithilien y Laurefinwe en último lugar. El elfo se acercó a la elfa Ithilien.

- ¿Qué pasa? – pregunto Ithilien.
- Ssh, no levantes la voz, o los demás se alarmarán; nos siguen – dijo el elfo haciendo una seña con la mirada hacia la derecha.
- Imposible; los ruidos eran del caballo de Llumdelest aquella noche... – le contesto la elfa.
- Vale, eso sí, pero, ¿puedes hacer el favor de mirar? – le dijo el elfo levantando la voz.
- ¿Mirar el qué? – se giró Llumdelest que lo había escuchado.
- ¡Ah, nada! Aquí, que parece que tiene un bicho en la espalda y quiere que se lo quite; nada Llum, tranquila – disimuló Ithilien mirando la capa del elfo.

Cuando Llumdelest volvió a mirar su mapa, Ithilien levantó la vista en la dirección que el elfo le había indicado. Tenía razón: unas sombras los seguían; estaban a bastante millas de ellos, a un par de días de distancia, pero claramente se podían ver las figuras de tres jinetes.

- Lo que nos faltaba - le susurró a Laurefinwë -. Tendremos que decírselo a los demás.
- No, de momento callarse.
- ¿Y por qué debo callarme? No os entiendo elfo – lo miró la elfa enfadada.
- Ni yo a vos, pero los avisaré si aumentan el paso y vienen hacia nosotros - contestó Laurefinwë.
- Avisa, pero que nos dé tiempo a prepararnos, señor elfo; manía tenéis los Noldor de callaros – le dijo Ithilien sonriendo.
- Y los Sindar de no callar ni debajo del agua, como tú, noble elfa – dijo con sorna Laurefinwe.

Al cabo de una hora más de cabalgar, se pusieron a hacer un alto en el camino. Sacaron algunas provisiones mientras descansaban.

- Estoy cansada ya, de tanto cabalgar –Llumdelest bajó del caballo hasta el árbol en que se encontraba Ithilien
- Hemos cabalgado varias horas, normal que estés cansada; ¿vamos bien por este camino? – preguntó la elfa
- Sí, todo normal. Y tú ¿alguna novedad? ¿Has visto algo? – Preguntó mientras estiraba las piernas
- Pues... nada – dijo mientras jugaba con el filo de una flecha-, nada nuevo Llum,
- Bueno, si no hay nada más que decir- Llumdelest se tumbó en el suelo- voy a descansar un rato; estate atenta.
- Lo haré- sonrió la elfa

Ithilien suspiró y se quedó pensativa, mirando de reojo los movimientos del elfo. “Tendré que vigilarlo”, pensó la elfa, pues aún le daba vueltas lo de no poder avisar a los demás. Miró a la lejanía y volvió a ver las sombras.

- Espero que todo salga bien – dijo suspirando Ithilien

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NotaPublicado: Jue Mar 29, 2007 1:03 am 
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A unas 7 millas y media en dirección Este de la fortaleza donde habían pasado la noche, encontraron un puente que les permitiría cruzar el río. Sin embargo, Llumdelest, quien encabezaba la marcha, pasó de largo; los demás la siguieron y, por primera vez desde que llegasen a Tharbad, nadie replicó. Normalmente siempre era Tuilere la que ponía pegas a cualquier maniobra.
A mediodía decidieron hacer un alto en el viaje. Durante la comida, todos parecían ligeramente más animados, excepto Ithilien. La elfa no atendía a la conversación (más bien ni siquiera se mostraba interesada), permaneciendo en silencio con la cabeza agachada, mirando de vez en cuando en la dirección por donde habían venido. Llumdelest sabía que algo le pasaba, pero no dijo nada; intercambió con Bubhoshai y con Setsuna unas miradas, y eso le fue suficiente para saber que ellos pensaban igual. Por su parte, Gâlmur bromeaba con un inusualmente alegre Laurefinwë.
Una hora después, prosiguieron el viaje. A la delantera iban Llumdelest, con Setsuna colgado de un grueso bastón que la mujer mantenía apoyado sobre su hombro (pronto descubriría que esto no era tan buena idea...), y Bubhoshai. Los seguía Laurefinwë de cerca, con Gâlmur a su lado. Ithilien se mantenía también entre éstos dos, pero se detenía a menudo o se despistaba, con lo que su caballo cambiaba ligeramente de rumbo.
- Esto es un poco extraño, ¿no crees? - preguntó Bubhoshai a la mujer, aprovechando un momento que los elfos y el enano estaban unos 5 metros atrás de ellos; Setsuna, aunque aparentemente adormilado, les escuchaba.
- Creo que no hay nada que no sea extraño – rió Llumdelest -; pero, ¿a qué te refieres? - el orco se giró hacia atrás, señalando a Ithilien.
- Aunque bueno... vosotros la conocereis mejor que yo...
- Si te refieres a que Ithilien está un poco callada, pues no: no es normal.
- Está enchocholinada por el Laurefinwë ese... - dijo de repente Setsuna – Pero el tio pasa de ella.
- No creo que sea por eso – respondió la auriga; conocía a Ithilien desde hacía un par de años, y sabía que la elfa no era precisamente reprimida. Sin embargo, el elfo no parecía ser el causante de la actitud de su amiga; al menos, no completamente -. Ya hablaré con ella.
- Está bien. Yo no me meto en sentimentalismos – dijo el orco, lo que provocó la risa de la mujer.
- De acuerdo. Pero habla tú con Laurefinwë.
- No me digas que quieres que le pregunte si le gusta la elfa - contestó Bubhoshai atónito, pero manteniendo la voz baja.
- No digas tonterias. Es... una extraña sensación... como si...
- Eso se dice estar celosa, que quieres estar con el elfo tú y por eso dices que Ithilien está rara – dijo Setsuna, sin dejar que Llumdelest terminara la frase; la mujer, molesta, sacudió la vara haciendo que el vampiro se sujetara al trozo de madera con las garras de las alas para no caerse.
- Si me dejaras terminar... Quería decir que me da la sensación de que nos siguen, pero por más que mire no veo nada detrás nuestro que así lo indique...

Llegaron pasadas las 8 de la noche a una aldea abandonada, y decidieron acampar en lo que parecía una antigua herrería. El viaje había sido bastante tranquilo, a pesar que el terreno se volvía escarpado en algunos tramos y habían tenido dificultades para atravesar algunos ríos.
Cuando terminaron de cenar, Llumdelest cogió a Ithilien y se la llevó a parte.
- Ithilien, ¿estás bien?
- Por supuesto, Llum.
- ¿En serio? - la mujer tenía expresión seria mientras que la elfa trataba de sonreir de manera despreocupatad, como siempre; mas la auriga notaba un atisbo de inquietud en ella.
- Estoy un poco cansada, por el viaje... No pensaba que fuera tan duro, la verdad.
- Vaya, vaya... Y me lo dice una elfa que ha vivido... Bah, no me apetece contar – rió la mujer, acompañada también por Ithilien -. En fin. Si necesitas algo, dilo.
- Está bien.
- Y, si crees que vamos por mal camino, o si sientes que corremos peligro, o algo así, dilo también; aunque pienses que sea una tontería. ¿De acuerdo? - la elfa asintió con una sonrisa, pero no dijo nada, y se dirigió hacia donde estaba el resto del grupo; resignada, Llumdelest la siguió.

Como era costumbre ya, Bubhoshai y Llumdelest se ocuparon del primer turno de la guardia.
- Ahora vengo – dijo la mujer a su compañero después de comprobar que los demás dormían.
- ¿A donde vas? - inquirió el orco, sorprendido.
- Digamos que no estoy tranquila.
Dicho esto, se perdió entre las silenciosas callejuelas. “¿Que no está tranquila? ¿Y yo ahora qué?”, pensó el orco mientras daba una calada a su pipa.
Puesto que Setsuna había partido nada más sus compañeros homínidos habían empezado a cenar, la mujer no había tenido ocasión de decirle que inspeccionara el camino por donde habían venido. Normalmente el vampiro vigilaba la dirección opuesta, para prevenirles de los posibles peligros con los que podrían toparse al día siguiente.
Sin embargo, ésto no incomodó a Llumdelest. Necesitaba estar un rato a solas consigo misma, y ni siquiera había traído a Dicap esta vez. Caminó cerca de una hora, y trepó por la ladera empinada que tenía a su izquierda hasta llegar a un saliente no demasiado elevado pero que le ofrecía una perspectiva más amplia del paisaje que habían dejado atrás. Se situó sobre él, y espió en la oscuridad. Su vista estaba muy por debajo de la de sus compañeros elfos, pero otros sentidos paliaban esta desventaja.
Un suave viento proveniente del Oeste mecía sus cabellos. La mujer podía notar en él el nauseabundo olor de la ciénaga. Y no sólo eso: el viento le decía que su preocupación no era infundada. Traía consigo un ruido de cascos de, al menos, tres caballos.

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NotaPublicado: Jue Mar 29, 2007 3:24 pm 
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Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
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Llumdelest fue bajando por la pared rocosa, dando ágiles saltos, mientras pensaba en el ruido que había oído. Ahora entendía porqué Ithilien estaba tan intranquila; lo que no podía comprender era porque no le había dicho nada...
- ¿Qué tal el paseo? – dijo el orco al verla llegar.
- Ahora te cuento... - dirigió una mirada al grupo que descansaba: Gâlmur se había hecho un ovillo y refunfuñaba en sueños de vez en cuando; Laurefinwë estaba todo estirado, a pierna suelta y con la boca abierta, una pose en la que nadie esperaría encontrarse a un elfo; pero Ithilien no estaba - ¿Y la elfa?
- Se ha ido caminando por esa dirección, ¿ocurre algo? – Bubhoshai se quedo atónito.
- Sigue vigilando, que luego te lo digo - dijo Llumdelest, con voz de mando.

Cuando llevaba unos cinco minutos andando, pudo divisar en la lejanía la figura de la elfa. Estaba sentada, con la cabeza agachada mirando el suelo, absorta en sus pensamientos.
-¡Ithilien! – la llamó la auriga cuando se encontraba a pocos metros - Tengo que hablar contigo.

La elfa levanto la cara , limpiando con sus manos las lágrimas que salían de sus ojos. Ésto sorprendió a la mujer, y su enfado disminuyó.
- Ya sé lo que tienes que decirme. Bubhoshai me ha dicho que te has ido a inspeccionar – le dijo en voz baja -. Seguro que ya sabes lo que pasa.
- ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Acaso no te lo dije? Si pasaba algo, dilo. Pensaba que podía confiar en ti. Todos creyeron que estabas así por Laurefinwë, incluso yo...
- No es por eso – la corto Ithilien antes que Llumdelest siguiera hablando –, sabes perfectamente que mis pensamientos están en otro elfo – sonrió -. Pero no vas mal encaminada: Laurefinwë me dijo que no contara nada.
- ¿Y tú le haces caso? ¿Porqué? No lo comprendo – decía Llumdelest dando vueltas; hablaba también en voz baja, pero su enfado era grande.
– Lo siento mucho, no lo dije porque creo que el elfo trama “algo” y estuve vigilando sus movimientos.
- ¿Tramar? – se quedo pensativa Llumdelest - ¿A que te refieres?
- No estoy segura, pero cuando hicimos un alto al mediodía, se alejó del grupo y tardó más de media hora en volver, hacia la dirección de los tres jinetes. Ahora que lo sabes, debemos advertir a los demás, pero sin que el elfo se entere, así sabremos si podemos confiar en él - dijo Ithilien.
- Me parece bien, avisaremos a los demás. Pero podrías habérmelo dicho antes. ¿A que estabas esperando? ¿A tenerlos en frente de nosotros o que?
- Lo se; te pido disculpas. Vine aquí a pensar en que debía hacer; pensaba decírtelo al amanecer, pero tu has sido más rápida – le sonrió la elfa.
- En fin... – suspiró Llumdelest - estás perdonada. Ahora tenemos que prepararnos, no sabemos quienes son esos jinetes. Volvamos al... - pero la mujer no pudo terminar la frase, pues su amiga ya corría hacia el campamento.
- ¡Vamos, no te quedes atrás!

Cuando llegó el amanecer, Ithilien fue despertando a los demás, con sus bromas y con buen humor. Llumdelest sonrió; no le había gustado nada que su amiga se callara, y aún no lograba comprender el porqué de su comportamiento. Pero suspiró tranquila al ver que Ithilien volvía a ser la misma de siempre.

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NotaPublicado: Sab Mar 31, 2007 3:20 pm 
Maestro Narrador
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Me parece que el cuento está muy largo, no tendríamos que hacer un resumen en un borrador?

Fin de Off Topic

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En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


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NotaPublicado: Sab Mar 31, 2007 6:27 pm 
Guardián del Brandivino
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Ubicación: De mudanza. Fluyendo, vaya, como siempre.
Raza: Accidente Geografico
Tuilerë, mientras todo esto ocurría, se escondía entre unos arbustos, a varios metros del fuego. La noche anterior había oído ruidos de cascos durante toda la noche, hasta que al amanecer se percató de que tres caballos de verdad cruzaban el puente. Sobre ellos, apenas si pudo vislumbrar tres figuras. Se dio cuenta de que podrían ser sus perseguidores; como el resto del grupo creía no habían cruzado, suposo que los jinetes los habrían adelantado con el fin de tenderles una emboscada. Decidió seguirlos, para que si estuviese en lo cierto, pudiese avisar al equipo. Durante un momento pensó en su montura, y se alegró de que no estuviese con ella: el sonido de los cascos podría delatarlos. "Llumdelest cuidará bien de ella", pensó. Y con sus ligeros pies de elfa corrió en pos de los jinetes, bien oculta.

Apenas nació la mañana, los jinetes habían acampado y durmieron. Tuilerë, temerosa de alertarlos, se mantuvo a distancia. Apenas descansaron un par de horas y tomaron un ligero refrigerio cuando ya se habían puesto de nuevo en pie, y cabalgaban hasta el atardecer. Desmontaron, descansaron otro par de horas, y se pusieron de nuevo en marcha. Resultaba increíble la velocidad y disciplina con la que montaban y desmontaban los rústicos campamentos, y la extraña marcha que llevaban, durmiendo tres veces al día. Pero pronto Tuilerë se dio cuenta de algo: de esta manera, los caballos no se agotaban por cabalgar todo el día, y podían aprovechar más el día, aunque no las horas de luz. Fueran quienes fuesen, los jinetes tenían prisa. Durante las primeras horas de la noche cruzaron varios desniveles, y en una ocasión hubieron de desmontar para un ascenso casi imposible para las monturas. Al llegar a la cima, hicieron una parada, bastante más larga, que Tuilerë aprovechó para descansar. Durante todo el día, los jinetes no habían cruzado una palabra entre ellos, ni un gesto perceptible, incluso a la hora de montar los campamentos. Tuilerë estaba realmente intrigada, pero el miedo a que la descubriesen hacía que no se atreviese a localizarlos con la mirada si no era desde una gran distancia; se limitaba a seguir los rastros que dejaban, y que en ningún momento se molestaban en ocultar.

Tuilerë podía suponer lo que pasaría a continuación: al llegar la medianoche, se pondrían de nuevo en marcha, hasta el amanecer. Descansar, avanzar. "Por eso eran tan esquivos, por eso no siempre los oíamos o veíamos, incluso durante la noche". Y con estos pensamientos, se quedó dormida.


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[OT]No tendríamos por qué hacerlo, pero si alguien se presta a hacerlo no hay nada que lo impida. ¿Quizás ussía, Laurefinwë?[/OT]

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NotaPublicado: Dom Abr 08, 2007 9:26 am 
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Llumdelest no pudo hablar con Bubhoshai ni con Gâlmur sobre el tema esa noche, ya que Laurefinwë se levantó para hacer la segunda guardia antes de lo normal. El orco se fue a descansar, pero la elfa y la mujer se quedaron un rato con el elfo, hasta que despertó Gâlmur.
Después de la vuelta de Setsuna, desayunaron y se pusieron en camino siguiendo hacia el Este, para llegar lo más pronto posible a Ost-in-Edhil, supuestamente abandonada. El vampiro no había visto nada extraño, ni siquiera alguna pista sobre el paradero de Tuilere o de su caballo; aunque también era cierto que había inspeccionado por el Este y no por el Oeste, como se temió Llumdelest.
Cuando ya llevaban una hora de camino, la humana pudo al fin hablar con Bubhoshai y Gâlmur, aprovechando que Laurefinwë se había quedado en la retaguardia, junto con Ithilien. Llumdelest indicó al enano que se acercara a ella y al orco.
- Os tengo que contar algo – dijo la mujer; echó una ojeada al elfo y vio que éste hablaba animosamente con Ithilien.
- ¿Sobre lo que viste anoche? - preguntó Bubhoshai.
- Sobre lo que vieron esos dos, y lo que yo pude escuchar.
- ¿Lo que vieron... lo que escuchaste...? ¿A qué te refieres? - Gâlmur levantó un poco la voz, confundido.
- Sshu, Gâlmur; no hables tan fuerte – le advirtió Llumdelest -. Nos están siguiendo unos jinetes – afirmó. El orco agachó la cabeza pensativo, mientras Setsuna escuchaba en silencio colgado desde el bastón; Gâlmur, sin embargo, se quedó atónito.
- ¿¿Pero como es posible?? ¡Se supone que...!
- Gâlmur... - le llamaron la atención Llumdelest y Bubhoshai a la vez. Esperaron que Laurefinwë no sospechara nada, pero por suerte éste reía unos metros atrás; parecía no haberse dado cuenta.
- Por favor Gâlmur, Laurefinwë no debe saber que nosotros también lo sabemos.
- Me pregunto qué trama escondiéndonos algo así – prosiguió Bubhoshai.
- No lo sé, pero debemos ser precavidos – dijo Llumdelest.
- Lo que no entiendo – dijo Gâlmur – es porqué Ithilien no dijo nada... Creí que era de fiar.
- Y es de fiar – le contestó la auriga -. Pero parece que Laurefinwë la obligó callarse.
- ¡Je! - exclamó Bubhoshai – Luego dicen de los orcos, que somos seres traicioneros.
- No todos los elfos son así, te lo puedo asegurar - “Aunque yo no los calificaría como angelicales precisamente...” se calló Llumdelest.
- ¿Crees que Tuilere tenía razón? - preguntó Setsuna a la auriga.
- ¿Sobre aquello que nos acechaba en los marjales? - dijo el orco.
- Na - contestó tajante la humana -. Aquello era... ¿cómo decirlo? Como si un ser antiguo estuviera viviendo en el pantano, espíritu si quereis llamarlo... Para nada eran unos jinetes. Supongo que serán de la región, y que nos vendrán siguiendo desde que salimos del marjal.
- ¿Cómo estás tan segura que nos persiguen desde tan poco? - preguntó Gâlmur.
- Por que, si lo hicieran desde que llegáramos al pantano, serían probablemente de la región; y dudo que sean tan estúpidos como para meterse con los caballos.
- A menos que conociesen algún camino por donde atravesar con ellos... - dijo Bubhoshai.
- Uhm bueno... Pero Tuilere sólo "escuchó" un caballo. Y - prosiguió Llumdelest -, si nos estuvieran siguiendo desde antes de llegar a Tharbad, ¿no creeis que con tres elfos de agudos sentidos, un vigía aéreo, un curtido guerrero orco y una exploradora humana no nos habríamos dado cuenta? - Gâlmur la miró con el entrecejo fruncido, pues no lo había nombrado; mas Llumdelest no le prestó atención.
- Pero, ahora que recuerdo... - dijo Bubhoshai - ¿no recordais la expresión de Laurefinwë cuando cenábamos en la ciudad fantasma? - los otros tres lo miraron perplejos - Sí carajo, cuando estabas explicando la ruta y estábamos hablando de tu amigo. Como si hubiese escuchado algo.
- Ah... pues sí... - respondió Llumdelest - Aunque podría ser cualquier otra cosa...
- ¡Eh, vosotros! - los llamó de repente Laurefinwë, mientras se acercaba al galope, con Ithilien siguiéndolo - ¿Porqué tanta prisa?
- Dinoslo tú, maese elfo – dijo Llumdelest con una sonrisa -. ¿Acaso no querías llegar a Mordor lo más pronto posible? Además, sería recomendable llegar al... "esplendoroso" antiguo reino de Eregion antes de que anochezca - dijo la mujer con ironía mientras inspeccionaba el mapa que guardaba en el bolso de su cinto –, y aún tenemos que cruzar un río.
- Pues me parece que no tardaremos mucho – dijo Ithilien mirando en frente.

Poco más de una hora después, llegaron a un puente que, aún siendo resistente, estaba bastante descuidado. Pudieron cruzarlo pasando en fila.
Al pasar Urth, el enorme caballo de Bubhoshai (quienes iban detrás de Llumdelest y Dicap), las tablas de madera podrida crujían peligrosamente; suerte que éstas se apoyaban en un resistente soporte de piedra. Gâlmur estuvo a punto de caer al apoyarse en la barandilla de madera, la cual se desprendió; Laurefinwë y Bubhoshai consiguieron sostenerlo a tiempo: el puente se elevaba por sobre el río unos cuantos metros, y la caída no era cosa de broma.
Cuando al fin llegaron al otro extremo, podían divisar algunas ruínas por aquí y por allá, restos de una civilización ya desaparecida; pero después de casi 5000 años, los acebos habían crecido y multiplicado. No se le llamaba Acebeda a esa región en balde.
- ¿Cómo vamos de provisiones? - preguntó Llumdelest a Ithilien.
- Pues... - la elfa revisó los dos sacos que llevaban su caballo y el de Laurefinwë – Nos quedará para pocos días...
- Suerte que los fuimos llenando por el camino y no sólo los vaciamos... - dijo la auriga.
- Entonces será mejor cazar algo – dijo Gâlmur - pero, ¿que hay aquí?
- Lo que puede haber en un bosque abandonado – rio Laurefinwë, poniéndose el carcaj al hombro -. ¿Alguien me sigue para comprobarlo?
- Yo misma – le contestó Llumdelest; el orco dio un respingo.
- Yo no voy. No me gusta este sitio.
- No me extraña, no es lugar para criaturas oscuras – dijo el elfo con desdén; Bubhoshai lo miró de manera fulminante mientras encendía su pipa sentado en una roca, pero no le dijo nada.
- En fin. Gâlmur, ¿nos acompañas? - preguntó la humana al enano, para suavizar un poco la situación.
- Uhm... Lo haría, pero... - éste parecía buscar alguna excusa para no ir - ¿Que me dices de aquel pergamino que encontramos? Alguien podría hecharle un vistazo...
- Bueno... - Llumdelest buscó en su zurrón y extrajo el documento cuidadosamente, mientras Gâlmur hurgaba en su mochila.
- Me intriga lo que pudiera poner en khuzdul – dijo el enano improvisando una mesa con una roca y poniendo encima un par de libritos, al parecer, diccionarios.
- Seguro... - dijeron el resto al unísono.
- Será mejor que no os alejeis mucho; el bosque ha crecido lo suficiente como para perderse en él – afirmó Laurefinwë; y él y Llumdelest marcharon internándose en la vegetación.

- ¿Qué era este lugar? - preguntó al rato Bubhoshai a Ithilien, la cual recolectaba frutos de unos matorrales cercanos.
- ¡Oh! Era el hogar de los Herreros de Eregion. Pero después de la guerra contra Sauron, quedó arrasado.
- Grummm... Espero que esos dos no salgan perseguidos por otras sombras...
- Lo dudo, señor orco – rió la elfa -. El camino de los elfos es diferente al de los humanos. Una vez abandonamos el cuerpo, nuestro... espíritu marcha a Mandos, donde es juzgado; y, si volvemos de allí, lo hacemos en carne y hueso en la Tierra Impedecedera, no convertidos en sombras. Incierto es el destino de los espíritus de los hombres... como el de los enanos.
- ¿Mande? - dijo Gâlmur, levantando la cabeza del pergamino, ajeno a la conversación de sus dos compañeros.

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Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
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Última edición por Llumdelest el Vie Abr 20, 2007 11:06 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Vie Abr 13, 2007 9:13 pm 
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- Grummm...espero que esos dos no salgan perseguidos por sombras...
- Lo dudo, señor orco – rió la elfa -. El camino de los elfos es diferente al de los humanos. Una vez abandonamos el cuerpo, nuestro... espíritu marcha a Mandos, donde es juzgado; y, si volvemos de allí, lo hacemos en carne y hueso en la Tierra Imperecedera, no convertidos en sombras. Incierto es el destino de los espíritus de los hombres... como el de los enanos.
- ¿Mande? - dijo Gâlmur, levantando la cabeza del pergamino, ajeno a la conversación de sus dos compañeros.

Bubhoshai no supo si el enano no sabía pronunciar el nombre del vala, o bromeaba, u simplemente quería decir: ¿Qué cosa...? De todas maneras él no estaba interesado en zanjar el equivoco, y en cambio se las ingenió para alejarse del abstraído Gâlmur y mantener un aparte con la elfa.

-Oye, Ithilien...¿es necesario permanecer en este sitio?
-¿Qué te inquieta de este bello paraje?
El orco agitó las manos.
-Todo...la arboleda sombría... cierta luz difusa que parece distinta de aquella que nos acompañaba hasta ahora...las rocas mismas que parecen crujir...
-Vaya. ¿un orco asustado?- rió ella.
-¡Asustado no, maldición! Digamos...inquieto.
-Las rocas crujen en todos lados ¿no? Efectos del calor y esas cosas. En cuanto a los árboles, no son ucornos, si eso te preocupa.
- Es que se sienten signos como los de alguna presencia lejana ¿no crees?- dijo Bubhoshai, sintiendo que alcanzaba el nudo de la conversación.
Escrutó sobre estas palabras el rostro de la muchacha, el cual permanecía imperturbable ¿tan bien fingía, o no confiaba en él?
-Este viaje parecerá sin duda lunático a ojos ajenos...debemos cuidarnos...- dijo al fin.
-¿Qué “ojos ajenos”, maese orco?
-Pues no se. ¡Mira a fulanos de variadas razas marchando hacia el sur...! No es común.
-Puede ser, pero ¿y con eso?
Era indudable que a la elfita no quería largar prenda. Bubhoshai aceptó una manzana que la chica sacó de su morral y miró al enano: seguía en lo suyo, vocalizando palabras en khuzdul y aparentemente abstraído.
Era ahora o nunca. Debía de sonsacar algo a la muchacha. Bubhoshai aclaró la voz, la boca llena de manzana. Estaba por volver elípticamente sobre el tema, pero allí volvían Llumdelest y el noldo con algo, aparentemente un par de conejos.
Mientras se cocía el guiso, y aún mientras lo consumían, Bubhoshai no pudo dejar de mirar en torno, de manera algo descarada.
Aquello no escapó a la vista de Llumdelest, quién tomó aquello a risa.
-Ya tenemos comida ¿por qué buscas pájaros?
Al cabo la actitud del orco fue tan evidente, que ella buscó un aparte para interpelarlo, recibiendo de él una respuesta que le causó más gracia todavía:
- Los...supuestos jinetes ¿dónde rayos están ahora?
-¡En ese caso eres la mar de indiscreto! Volteas la cabeza como molino a un lado y otro, buscando supuestos acechadores ¿no era que esa infidencia mía tenía que quedar en secreto?
-Bah, y quedarnos de brazos cruzados hasta que tengamos a esos merodeadores encima... mira si son elfos... por algo estos dos guardan secreto...
-¡Y si son elfos que?
-Tu hablas así por que tienes a una amiga elfa...quizás buena persona, pero ¿los conoces bien? ¿A todos? Ithilien quizás merezca tu confianza, o incluso la mía, pero al noldo no le fío ni el cuidado de mi sombra. Es soberbio y misterioso, y puede conducirnos a una celada...
-Deja esas preocupaciones de bandolero orco que huye de la justicia, y ven a comer otra fruta, que formamos un corrillo sospechoso.
No obstante, cuando volvieron con los otros, nadie parecía haber advertido la confidencia, y el enano hacía aspavientos tratando de explicar lo poco que había podido traducir.
-Y al fin ¿Qué aportas? Poco y nada. ¡Palabras sueltas! – dijo en esos momentos Laurefinwë.
-¡Es lenguaje cifrado! ¡Claves secretas del clan de Durin, de seguro! tan importantes para que las hallan puesto en forma de un criptograma.
-A ver, a ver – sonrió el elfo – pasaste horas sobre esos papeles, ayudándote con esos libros que sacaste de tu inagotable mochila... y al fin, solo haz deducido que son “claves”
-No cuento aquí con más material- se molestó Gâlmur.
-O sea que tendríamos que ir a una biblioteca de Moria...bonito.
Gàlmur gruñó y pareció presto a estallar, al fin salió disparado:
-Bonito. ¡Bonito no ir a Moria teniéndola casi en las narices!
-Habíamos resuelto no transitarar esas ruinas, de seguro abandonadas y peligrosas...- dijo Llumdelest como si monologara.
La mirada de ira que Gâlmur le dirigió fue tan intensa como para inquietarla.

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NotaPublicado: Jue Abr 19, 2007 9:48 pm 
Amigo de las Palabras
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Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
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Ithilien estaba apoyada en un árbol, atenta a las conversaciones y miradas que allí se hacían, mientras se comía una manzana despacio. Todavía recordaba la conversación que había tenido con el orco, eso era señal que Llumdelest ya se lo había contando a los demás. Ithilien se había fijado en ese detalle, por eso entretuvo al elfo explicándole alguna historia de la posada que lo hiciera reír.
Ithilien, absorta en sus pensamientos, algo la hizo despertar, con un golpe en su cabeza.

- ¡Pero! ¿Se puede saber quien me ha tirado algo en la cabeza? – Dijo Ithilien levantando la mirada
- Que discreta que eres...un poco más y se entera todo el grupo.

Era Setsuna que estaba posado en el árbol donde la elfa estaba.

- ¡Ah! Eres tu. ¿Qué me has tirado?
- Una pequeña piedra, no te quejes, tu inteligencia no saldrá afectada – dijo con sorna

Ithilien cogió el hueso de la manzana comida y se lo tiro a Setsuna. Este revoloteo hasta que callo al suelo.

- Eso te pasa por hablar – Rió la elfa
- Te has pasado, pero ya me lo esperaba. ¿Podemos hablar? – Preguntó Setsuna volviendo al árbol
- Claro. Pero supongo que Llumdelest ya os ha informado ¿No?
- Has acertado. ¿Por qué te lo callaste? Hubieras puesto el grupo en peligro si Llumdelest no lo llega averiguar – Decía Setsuna con la mirada fija en la elfa
- Iba a decirlo, solo que esperaba el momento oportuno – Dijo Ithilien sacando su pipa de la mochila mientras empezaba a fumar – además no me vengas ahora, echándome las culpas.

Setsuna se mantuvo callado un rato y luego volvió a dirigirse a la elfa.

- ¿Y la conversación con el orco? – Le pregunto a la elfa
- La conversación... – Ithilien dio una bocanada a la pipa y sonrió- no consiguió sacarme nada. Además, no se mucho mas que vosotros. Para sacarle alguna pista a Laurefinwe me veo negra
- Lígatelo. ¿No eres buena para eso?
- No te pases Setsuna. Ni con esas puedo sacarle nada, es mas duro que una piedra. Ojala me dijera algo más, quienes son los jinetes, el porque lo quiere mantener en secreto... – Ithilien callo de nuevo y suspiro- En fin, en que viaje me he metido.
- Antes de salir de la posada, sabias que ibas a Mordor. Ya era un viaje fuera de lo común. Y las ultimas cosas que han pasado, lo hacen mas extraño dentro de lo que cabe- Dijo Setsuna
- Ya. Los jinetes, el pergamino encontrado. No tenemos pistas de nada. ¿Sabes? Creo que entre los dos podemos averiguar algo.
- ¿Entre los dos? ¡ A mi no me metas en nada! – Grito Setsuna
- Sobre el pergamino, yo no tengo mucha idea, se lo dejaremos a Llumdelest, pero de los jinetes me vas a ayudar.- Dijo levantándose del árbol
- ¿Cómo? Te conozco de hace poco elfa y has conseguido que te tenga estima, pero aun así, a veces eres demasiado alocada. – Susurro Setsuna.
- Eso ya lo se y ahora es cuando lo voy a ser. Esta noche, cuando des tu rodeo volando, vete por la dirección donde van los jinetes y vuelve lo antes posible. Luego me guiaras hasta ellos.
- ¿Pero te has vuelto loca? Aunque encuentre a esos jinetes volando no sabemos “nada” de ellos, ya hemos perdido a Tuilere, si te pierdes... – Setsuna revoloteo nervioso- ¡Es una locura! Que vayas tu sola a por ellos ¿de que te serviría?. Te pondrías en peligro
- Ya, ya. Calma Setsuna, se perfectamente que puedo ponerme en peligro. Por lo de perderme, tranquilo, eso no me pasara. Pero tengo esa idea en mente varios días. Yo os he ocultado la información, soy en parte culpable. Y otra cosa Laurefinwe no le consigo sacar nada más, así que iré a buscar esos jinetes, tranquilo, iré despacio y no me pondré a la vista, hasta que yo este bien segura. Tal vez sean amigos o... ¡o yo que se! No creo que sea nada malo. ¡Ah! Y ninguna palabra a los demás. – Le advirtió Ithilien con la mirada severa.
- Haz lo que quieras. Pero que sepas que estas loca. No diré nada a los demás, pero se darán cuenta enseguida que se despierten. Te guiare antes que amanezca, pero tendrás que mantenerme informado.
- Tranquilo. Cuando te vea volar te haré alguna señal, para que sepas donde me encuentro. Gracias Setsuna
- De nada, pero ten cuidado y sobretodo entérate de quienes son.
- ¡Para eso voy a buscarlos! No te preocupes, tendré cuidado. Hasta luego Setsuna – Se despidió Ithilien cogiendo su mochila
- ¿Adonde vas? – Le chillo Setsuna
- A practicar un poco con el arco. Debo prepararme. Dile a Llum que no tardare mucho. ¡Venga, hasta luego!- Dijo Ithilien echando a correr

Setsuna suspiro profundamente y cerro los ojos para dormir un rato.

- Setsuna. ¿Hacia donde va Ithilien? – Pregunto Llumdelest mientras se acercaba al vampiro
- A ligar- Setsuna sonrió y se durmió.

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NotaPublicado: Vie Abr 20, 2007 7:36 pm 
Guardián del Brandivino
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Ubicación: De mudanza. Fluyendo, vaya, como siempre.
Raza: Accidente Geografico
Mientas, aquella mismo tarde, el ruido de los cascos había despertado de nuevo a Tuilerë, que se dispuso una vez más a seguirlos. El Sol no había perdonado ni un solo rayo desde la mañana, ni una nube redujo lo más mínimo el implacable calor que asolaba aquel yermo, para ventaja de Tuilerë. Los jinetes apuraban menos los caballos, a fin de no agotarlos; pero aún así, Tuilerë notó que su propio cansancio dificultaba la tarea. Así que cuando hicieron un algo en una fuente, Tuilerë cayó dormida.

Despertó con el anochecer, varias horas después, y se maldijo por haberse descuidado durante tanto tiempo: los jinetes se habrían puesto ya en camino y estarían ya lejos. Se acercó al borde del parapeto que la ocultaba de la fuente, cuando oyó voces. Tuvo el tiempo justo para ver las sombras del campamento antes de esconderse.
- Te repito, Hláfwolf, que los caballos están nerviosos. Esta no es buena tierra - dijo una voz profunda, en un acento duro y lento.
- Hælt, Mærling - le cortó otra voz, sumamente áspera y desgradable -. No son más que leyendas para asustar a los niños. Esas cosas no existen de veras.
- Te repito que nos hemos acercado demasiado. Los caballos no mentirían.
- ¿Se puede saber de qué hablan? - interrumpió una tercera voz, totalmente distinta a las otras dos: mucho más suave y mucho más rápida a la hora de hablar - Si hay algo que deba saber, Hláfwolf, debe decírmelo - era evidente que una discusión entre los otros dos había pospuesto la marcha.
- Sólo son leyendas de las gentes del noroeste - explicó Hláfwolf -. Dicen que cuando llegaron aquí sus antepasados había un brujo en el norte, más allá de Orþanc, en estas tierras. Leyendas; tal vez hablen de Angmar, o de la llegada de Curuno, o, ¿quién sabe? Son sólo eso, historias.
Hubo un silencio de protesta, pero la tercera voz, de la que Tuilerë nunca supo el nombre, lo interrumpió.
- Me destinaron a esta maldita tierra, lejos de mi mujer e hijos, con una misión harto clara: dirigir un equipo de cinco personas, como otros muchos, para rastrear las froteras habitadas, y despejar los foldes del Reino Reunido de levantiscos o criaturas obscuras. Lucharé contra dulendinos, contra orcos, trolls o trasgos, por que es mi deber. Pero no contra cuentos de viejas - y el tono de su voz cambió -. No se ofenda; respeto sus creencias y sus temores son respetados. Pero no han de entorpecer la misión. Partamos.



Pero entonces los caballos se encabritaron, arrancaron sus sujecciones y corrieron hacia el Norte. Tuilerë se sintió aplastada, empujada hacia la pared, y finalmente cerró los ojos y fue envuelta en la obscuridad.

PS : y con ello cierro el hilo de Tuilerë, para que os podáis enfrentar con vuestra parte de la soldadesca.

_________________
Húmecoa eä, alassëa húmecoa yerna
ara i sundor yára amban sindava,
yassë carintë limpë varnilda
i Tilion Quen Ránassë númennë
lóme yáressë sucien sá.


Última edición por Baranduin el Mié Mar 04, 2009 12:41 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Mar Abr 24, 2007 1:18 pm 
Señor de las Palabras
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
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La noche llegó al fin, y cada miembro del grupo se cobijó bajo sus mantas y sacos entre los árboles, excepto Setsuna que, como de costumbre, se había marchado a cazar nada más esconderse el sol. Ni siquiera habían dispuesto a nadie de guardia, pues se sentían bastante seguros (a excepción de Bubhoshai) y camuflados entre la vegetación. Después de comer, apenas se habían adentrado unos metros más en el bosque, pero no prosiguieron su camino.
Ithilien permanecía en silencio a la espera del vampiro, simulando que dormía. Mientras practicaba con el arco por la tarde, se decía a sí misma que no debía dormirse, pero estaba tan nerviosa que le era imposible hacerlo. Sin embargo, unos minutos después que los primeros ronquidos de Gâlmur empezaran a escucharse, vio cómo Laurefinwë se levantaba de su sitio para desaparecer sigilosamente en la dirección por la que habían venido. Esto inquietó a la elfa, pero se mantuvo en su lugar, esperando a que Laurefinwë o Setsuna volvieran. Mas, al cabo de media hora, Ithilien se levantó y marchó por la dirección que había tomado su congénere sin apenas hacer ruído. Rezaba para que el elfo sólo estuviese haciendo sus necesidades pero ya prácticamente había llegado a los lindes del bosque y no lo había hallado. Pero encontró otra cosa que casi se la lleva por delante.
- ¡Setsuna! - dijo Ithilien en voz baja pero alarmada.
- ¿Se puede saber qué haces por aquí? - protestó el vampiro, pegado al semblante de la elfa - ¿No tenías que esperarme?
- Yo... ya lo se... - Ithilien cogió a Setsuna, se lo quitó de la cara y lo colgó de una rama cercana -. Bueno, ¿los has encontrado?
- ¡Claro que los he encontrado! Pero sigo pensado que estás loca.
- Lo sé, lo sé... Anda, guíame.

Dicho esto, Setsuna alzó el vuelo e Ithilien lo siguió. Agazapándose tras cada roca, arbusto, árbol que encontraba en su camino, la elfa llegó, más de una hora después, a vislumbrar el rústico campamento de sus perseguidores, aunque aún estaba demasiado lejos para distinguir qué eran. Después de encontrar a Setsuna, su miedo había disminuido pero, ahora que se acercaba a su objetivo, empezaba a sentir un incómodo cosquilleo en el estómago. No estaba hecha para emboscadas ni nada por el estilo. "Ojalá hubiese alguna posada cerca", pensaba "así podría invitarlos como escusa o... ¡Yo que sé! Tenía que haber avisado a los demás y no ir yo sóla... Me estoy buscando terminar como Tuilere".
Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no se percató que estaba siendo perseguida, hasta que no sintió una presencia justo detrás suyo, muy cerca. Apretó la empuñadura de la daga con fuerza, se giró y...
- Vaya con la elfita... - Bubhoshai la miraba divertido tan sólo unos pasos trás de ella -. Pero si ni siquiera se ha dado cuenta de mi presencia. ¿Qué te traes?
- Bubhoshai... Eres tú... - suspiró Ithilien, mas no soltó su mano de la empuñadura - ¿Como es que...?
- Llumdelest sospechaba que harías alguna tontería y nos lo comentó a mi y a Gâlmur. Esperamos hasta que te marcharas y, entonces, yo decidí seguirte mientras ellos recogen el campamento por una posible huída.
- Pero si Gâlmur roncaba como...
- Como un bendito. Fue el único que se durmió. Pero aún no has contestado a mi pregunta...
- Ya - sonrió la elfa más aliviada -. Quería saber quienes son esos jinetes... Lamento haberte contestado antes con ebasivas, Bubhoshai...
- ¿Ya qué más da? - dijo el orco, como quitando importancia al asunto - ¿Y Laurefinwë?
- ¡Oh! - Ithilien se había olvidado por completo de él - ¿No regresó?
- Uhm... no.
- Era de imaginar - afirmó Ithilien, esta vez malhumorada; se giró y se dispuso a seguir por el camino indicado de Setsuna.
- ¡Eh, espera! - se sorprendió Bubhoshai - ¿A dónde vas?
- Ya lo sabes. Ahora que están tan cerca, no quiero perder esta oportunidad.
- Bueno, pero no te vayas tú sóla - y Bubhoshai fue tras ella.

Al cabo de media hora, llegaron a una pared rocosa. Tenían a los jinetes a poco más de 200 metros, e Ithilien podía verlos cláramente. Sí, eran los mismo que el día anterior. Los caballos pacían cerca mientras sus dueños parecían tomar algún refrigerio a la luz de la luna y del fuego de una pequeñísima hoguera.
- Creo que son rohirrim... por el cabello; aunque parece que hay alguno un poco más moreno que el resto... - susurró Ithilien.
- ¿Van armados? - preguntó Bubhoshai.
- Sí, con arcos y espadas - contestó una voz. Pero no era la de Ithilien.
Bubhoshai y la elfa, alarmados, hicieron ademán de girarse, pero alguien les tapó la boca por detrás y les impidió moverse.
- ¿Se puede saber qué haceis aquí? - dijo Laurefinwë con tono enojado.

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NotaPublicado: Mié Abr 25, 2007 7:09 pm 
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Registrado: Vie Abr 29, 2005 6:38 pm
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EN EL INTERIN...

Castillo de Medusel, estancias privadas del Tercer Mariscal de la Marca...

-Por todos los pelos de Eru, este viaje de estado de Eomer ya empieza a pasarse de castaño oscuro, salió para medio año y ahora me sale con que se estará casi un año mas fuera. Y yo de regente...

Baldor se quedó mirando el pergamino con el sello de su Señor, pariente lejano y amigo.


PD. Esto es una pequeña ayuda para todos los que participan en este relato, espero que os sirva por si decidis incursionar en Rohan, para que sepais con quien teneis que tratar. Suerte

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Un hombre puede estar solo en medio de una multitud.
Un hombre puede estar solo en la vida con una familia numerosa.
Un hombre con un amigo que le escuche jamas estará solo.
Un hombre con amigos como vosotros nunca estará solo, nunca tendrá hambre, nunca tendrá sed.


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NotaPublicado: Sab Abr 28, 2007 11:29 pm 
Ciudadano de Bree
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Ubicación: en esta noble posada
Bubhoshai se revolvió entre sus mantas. La cercanía del bosque (el sonido de cuya fronda movida por la brisa fría parecía llenarlo todo) lo alteraba; no tenía sueño y los ojos inquietos le iban de un lado a otro.
De pronto vio a cierta distancia una figura que se alejaba...¿Ithilien? Las piernas cubiertas de faldas parecían indicarlo. Sin pensarlo mucho, el orco se arrastró hacia el sitio en el que dormía Llumdelest. La mujer pegó un salto al descubrirlo cerca de si
-¡Me asustaste! ¿que sucede? ¿que has visto?
- Sh, calma. Nada anormal he visto, salvo una cosa...dime ¿Que hace tu amiga la elfa?
-Duerme, supongo.
-No, no...anda caminando de aquí para allá.
– Ella es así de inquieta...con alguna hora de sueño le bastará. Recuerda que los elfos se las arreglan con poco descanso...
-¡Como a los orcos! No más un descansillo ¡y a pelear!
-Deja de jactarte, que sabes a que me refiero. Y regresa a tu manta, si quieres aprovechar el descanso. Así y todo, creo que dormiremos con un solo ojo.
-Nuestro amigo Gâlmur parece no pensar así – dijo Bubhoshai oyendo los ronquidos del enano, ya metido en el mejor de los mundos.
Inquieto, el orco fue hacia el extremo del campamento, creyó ver a Laurefinwë tendido, pero al acercarse comprobó que solo eran sus mantas en desorden. Volvió donde la mujer, quién ahora estaba sentada.
-El noldo tampoco está...- le dijo.
Miró hacia el sitio donde viera a Ithilien, y de la elfa no era visible ni el rastro.
-Cosa rara – dijo el orco – deberíamos...
-¡Yo la sigo! ¡ mira si pierde el rastro!– se ofreció la auriga.
-Lo haré yo, si no te incomoda – propuso Bubhoshai – tú ve despertando al feliz enano y, si lo crees necesario, juntando las cosas... creo advertir algo riesgoso tras este paseo nocturno de Ithilien.

Bubhoshai encontró a la elfita tras buscarla un rato, pues la chica no dejaba huellas, y el paraje era enrevesado.
Se acercó con cautela, no por ella, sino atento a lo que la chica miraba: es que a la distancia se percibía lo que quizás fuese un pequeño campamento con figuras móviles.
La elfa advirtió la presencia del orco y se volvió hacia él. Bubhoshai le sonrió
-Vaya con la elfita...Pero si ni siquiera se ha dado cuenta de mi presencia. ¿Qué te traes?
Ithilien confiaba en el orco, pero su sonrisa le pareció mueca inquietante a los claroscuros de la luna, de modo que no soltó su arma.
-Bubhoshai, eres tú... ¿Cómo es que...?
El orco le detalló los temores de Llumdelest respecto a ella, e Ithilien al fin lo puso al tanto de su búsqueda, a la cual él se unió.
Mientras acechaban a los misteriosos jinetes, ocultos entre árboles y matorrales, advirtieron que una voz ajena se sumaba a su diálogo, enseguida, unas manos surgidas de entre las sombras, les cubrieron las bocas.
-¿Se puede saber qué hacéis aquí? - dijo Laurefinwë con tono enojado, pues de él se trataba.
- ¡Y que haces tú, noldo, mal rayo te parta!- gruñó el orco- ¡Sincérate de una buena vez! ¿Qué tienes con esos tíos? ¿Es que vas a entregarnos a ellos? ¡Habla, antes de que pierda la paciencia!
Sacó su daga sobre estas palabras. Laurefinwë, quién no era de soportar bravatas (menos aún viniendo de un orco) desenvainó él también, y por cierto que la cosa habría terminado muy mal de no ser por la intervención de Ithilien, la única sensata, quién se interpuso.
-Realmente ¿Qué haces aquí, Laurafinwë? Saliste furtivamente del campamento, y...
-Vigilo a esos sujetos, lo mismo que vosotros...
-¡Ese truco que utilizas para exculparte ni siquiera es ingenioso, viejo! ¡di la verdad y me será un gusto mandarte al otro mundo!- seguía en lo suyo Bubhoshai.
-¡Torpe, como todo orco!
-¡Repite eso, y...!
Los antagonistas sacaron sus armas, Ithilien alzó las manos, en el medio.
-¡Realmente sois dos lelos sin sesos, armando bulla a tan poca distancia de quienes de seguro no tendrán contemplaciones!
-¡Quienes sean, no matarían a un noldo!- alzó la vista orgullosamente el elfo.
-¡Matarán a tres sombras que pelean, y después revisarán para ver de quienes son los cadáveres!- dijo la elfa (alzando ella también sin tino la voz)- después decís que soy yo la imprudente...
Los dos parecieron sosegarse en algo con estas palabras. Ithilien aguzó sus sentidos: las lejanas figuras parecían impasibles y reinaba el silencio: los acechados parecían no haber notado su presencia...
Al fin el trío convino volver al campamento. Gâlmur había sido despertado por Llumdelest, aparentemente a los zamarreos, y como aún se hallaba enredado en las marañas de la vigilia, nada entendía.
-¿A cuento de que todo este alboroto? ¡estamos en las primeras horas de la noche!
El orco alzó desganadamente la mano señalando a un lugar indistinto. Estaba aún enfurruñado y sin deseos de dar explicaciones.
-Unos...jinetes nos han estado siguiendo, Gâlmur...
-¿¿Jinetes?? ¿dónde, dónde? ¡Tan sólo decidme! – rugió el enano blandiendo su hacha.
-Otro más – rió Setsuna, colgado de una rama cercana.
-No nos queda otra opción que internarnos en el bosque -Sugirió Laurefinwë – no os preocupéis...yo puedo guiaros aún en la oscuridad.
-¿Al bosque? Oye, noldo ¿no hay otra opción mejor?
-Confiesa que te da miedo la arboleda – se burló Ithilien.
-¿Un orco con miedo? De cierto que no nos conoces...es...tan solo aversión.
Bubhoshai protestó algo más, pero todos consensuaban lo del bosque, de modo que allá fueron.
Se trataba de una fronda de árboles enormes y antiguos, cuyas ramas crujían lastimosamente al viento frió de esa hora incierta.
- Prefiero las miasmas de Minas Morgul- dijo el orco.

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NotaPublicado: Mié May 09, 2007 9:45 pm 
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Llumdelest escuchó unos pasos que se dirigían hacia la arboleda, donde estaba ella y Gâlmur. Poco a poco pudo distinguir que se trataban de Ithilien, Bubhoshai y Laurefinwë, que venían de observar a los jinetes. Tras ellos volvía Setsuna, quien los había seguido nada más los tres decidieron volver a la arboleda.
- ¿Os han visto? – preguntó Llumdelest.
- No, pero estos dos, han montado un bonito espectáculo. Un poco más y se matan sino los separo – dijo Ithilien, mirando con furia al orco y al elfo.
- Cambiando de tema, sigo diciendo que no me gusta estar aquí - dijo Bubhoshai de mal humor.
- ¿El bosque? Este es el mejor camino a tomar. – interrumpió Llumdelest
- Eregion, en nuestra lengua “tierra de acebos”- murmuro Ithilien para sí.
- Eso es lo que me molesta. Se respira un... aura élfica – gruñía Bubhoshai.
- Sino soportas a los elfos, no haber venido en este viaje - dijo Laurefinwë, casi inconscientemente.
- ¿Qué has dicho? – se levanto el orco con una mirada penetrante hacia el elfo. – ¡Encima! Si mal no recuerdo, fuiste tú quien me mandó venir, quien “requería de mis servicios”. Además, ¿dónde has estado estos días? ¿Por qué te ibas y luego volvías al amanecer? - y, con esto, todos se giraron a mirar al elfo.
- No te importa, es algo que no te incumbe. ¡No debo darle explicaciones a un orco como tu! –dijo Laurefinwe levantando la voz.
- Otra vez igual. Noldor tenia que ser...- suspiró Ithilien, apoyándose en un árbol.

Llumdelest se mantenía callada en la distancia, mirando la situación e intentando pensar qué hacer a continuación, mientras los otros seguían discutiendo, cada vez levantando más la voz y a punto de echar mano a sus respectivas armas.
- Yo no me muevo de aquí, y menos si viene este elfo, no me fío de él. Y me importa un huevo todo el oro que me pueda pagar. Apuesto el cuello que si nos adentramos más en el bosque, luego tendremos una emboscada, seguro que esos jinetes los conoce, así que si él va, yo me quedo aquí.- dijo Bubhoshai
- ¿Qué has dicho? ¡Repítelo si te atreves! – gritó Laurefinwë apuntando al pecho del orco la flecha que había tensado en su arco; fue tan rápido, que nadie se percató de sus movimientos.
- ¡Basta! ¡He dicho basta!- gritó Ithilien que se había puesto deprisa detrás del elfo con el filo de su daga en el cuello de este.- Como toques al orco, no tendré piedad y te cortare el cuello.
- Ithilien, baja el arma. – dijo Llumdelest acercándose al grupo - Pero si lo vuelves a hacer, Laurefinwë, yo misma haré lo que dice Ithilien – el elfo cruzó la mirada con la mujer, y sintió que era muy capaz; algo le decía que debía dispararle, pero guardó la flecha en el carcaj -. Y ahora haced el favor de escucharme.
- Vamos a seguir en este bosque y vamos a proseguir el viaje – dijo en tono cortante mirando al orco. – Es la única manera de alejarnos sin ser vistos por esos jinetes. Pero tú, Laurefinwë, irás delante de mi.
- De acuerdo, ahora yo soy el malvado, ¿no?– dijo Laurefinwe en tono de burla y alzando de nuevo la voz, pero nadie le hizo caso y el elfo, resignado, se quedó apoyado en un tronco, esperando. El orco enfadado murmuró entre dientes pero mantuvo la calma y no dijo nada, al igual que el somnoliento enano.
- Marchemos ya - ordenó Llumdelest -. Setsuna, haz el favor de inspeccionar la superficie del bosque.
- ¡Pero si aún no he podido comer nada! – dijo Setsuna
- Pues aprovecha mientras, pero haz el favor.

Llumdelest dio media vuelta y se dirigió a coger su zurrón, unos metros apartado del grupo. Al agacharse, Ithilien se le acercó.
- ¿Podrías vigilarlos? No sólo a Laurefinwë, a esos dos también - preguntó a su amiga.
- Claro Llum, ¿pero también tienes sospechas sobre Bubhoshai y Gâlmur?
- Ya no lo se, Ithilien. Me da que son de fiar, y quiero creer en Laurefinwë también, pero sus continuas escapaditas y su actitud...
- Ya sabes que ha estado estos días yendo y viniendo. Cuando iba a ir a buscar a los jinetes y Bubhoshai me encontró, el elfo estaba por los alrededores... Yo tampoco se que pensar ya, pero creo que lo estás haciendo bien – dijo Ithilien tratando de animarla, pero la mujer sólo la miró con una triste sonrisa, por lo que la elfa prosiguió - De momento dejemos las cosas así, hasta que salgamos del bosque. Sobretodo tenemos que vigilar a esos jinetes. Nuestra prioridad ahora es ponernos a salvo. – le sonrió Ithilien - Voy a prepararme.

Dicho esto, se dispusieron a marchar ya. Llumdelest se colocó detrás de Laurefinwë, seguidos de Bubhoshai, Gâlmur e Ithilien. Marchaban en silencio y tirando de las riendas de sus respectivos caballos, pensando que les depararía su viaje por el bosque.

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