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NotaPublicado: Mié Oct 17, 2007 8:55 am 
Señor de las Palabras
Señor de las Palabras
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
- ¡Enumanus, esperad! - llamó Ithilien, siguiendo a los hombres y tratando de frenarlos - ¿No vas a escuchar lo que ha pensado Llum?
Taeron se paró en seco, soltando el brazo que Enumanus le agarraba y se situó al lado de la elfa. Sostenía la mano herida con la sana, pues el repentino agarre le había lastimado.
- Por mi parte, sí me gustaría escucharlo – dijo el joven visiblemente molesto.
- Está bien...
Gruñendo entre dientes, Enumanus volvió a entrar en la habitación, empujando a Taeron al interior. Ithilien, tras asegurarse de que no había nadie en el pasillo, cerró la puerta.
- Bueno, ¿qué tenías pensado? - preguntó Enumanus a su congénere.
- Uhm... ¿sobre qué? - la auriga estaba inspeccionando el libro de nuevo, centrándose sobretodo en las tapas.
- El... libro... - respondió Isilya.
- ¡Ah sí! Veamos... - la mujer se acercó al centro de la habitación con la silla y el libro; mas inesperadamente, dejó la silla a un lado y se sentó en el borde de la cama de Laurefinwë - ¿Conoceis al señor Saucealto?
- Es el curtidor – respondió Enumanus tras unos segundos de incrédulo silencio.
- Exacto...
- ¿Y qué tiene que ver con el libro? - interrumpió Ithilien.
- Ahora lo sabrás... - contestó la auriga algo molesta; detestaba que la interrumpieran – Taeron, ¿podrías responder a una pregunta relacionada con el libro?
- Ya dije que no puedo decir más sobre ello.
- Enga... Si no creo que afecte demasiado al secretito ese que ocultas...
- A ver, di – dijo Taeron tras suspirar resignado.
- Las cubiertas están forradas de piel, ¿no? - Llumdelest dio unos golpecitos a la cubierta, produciendo un sonido hueco, como de madera o cartón duro – Mejor dicho, cartón duro o madera fina forrada de piel.
El joven se sorprendió por la pregunta, al igual que Ithilien. Enumanus e Isilya empezaban a comprender.
- Sí... - respondió Taeron acercándose poco a poco a la mujer – Me parece que sí.
Llumdelest dejó que cogiera el libro, ante el estupor de los demás, y el joven acarició las tapas. Aunque el tacto no era demasiado peculiar, el color de las cubiertas tenía un extraño tono gris verdoso, bien por algún tinte, o por la antigüedad. Además, el grosor de las tapas también era destacable, alcanzando casi el centímetro.
- Sí, es piel – afirmó Taeron -. Pero no se de qué tipo
- Enumanus, “cariño”... - llamó Llumdelest, de forma cantarina – Necesitabas botas, ¿no? Podrías acercarte a...
- Ver al curtidor, ¿no? - dijo Enumanus con resignación – Qué remedio...
- Mira si Saucealto tiene alguna piel de este tono, o un tinte parecido – la mujer se levantó y le arrebató de improviso el libro a Taeron, quien se quedó con cara apenada , cosa que provocó la risa a Ithilien -, y que te dé retales lo suficientemente grandes como para forrar este libro.
- Está bien – Enumanus pasó los dedos por la cubierta del tomo para tener una idea del tacto -. Taeron, ven conmigo.
- Creo que será mejor que Taeron no salga de la posada – dijo Isilya -; ni siquiera de la habitación.
- Pero si ya ha salido antes y no ha pasado nada. Vamos...
- Creo que Isilya tiene razón – dijo Llumdelest -. E Ithilien también sería conveniente que se quedara.
La elfa asintió tristemente, pues no le agradaba estarse quieta. Mas Taeron, consciente de la reacción de ésta, protestó.
- ¿Porqué ella no?
- Por si la confunden con la otra – contestó la auriga.
- ¡Mejor! - exclamó Taeron excitado; se le acababa de ocurrir una idea - ¡Vamos! Sería una gran ventaja: imaginad que alguno de los Serpientes creen que es Calenchenniel, e intentan contactar con ella. Podriamos saber quienes son nuestros enemigos.
- ¡Es verdad! Podría descubrir si hay algún lúg en la posada.
- Uhm... pues no es mala idea – dijo Llumdelest – Mira Ithilien, tú te encargarás de hablar con Mantecona y otros huéspedes de confianza que nos puedan ayudar, como Akerbeltz. Sí, principalmente con él, antes incluso que con Mantecona.
- ¿Y si la confunden de verdad alguno de los Dragones? - preguntó Isilya, un tanto preocupada.
- Si crees que alguien puede estar relacionado con ellos – prosiguió Llumdelest mirando a Ithilien con una sonrisa picaresca -, averigua cuanto puedas de él, sobretodo dónde se aloja. A tí eso se te da bien – y guiñó un ojo a su amiga.
- De acuerdo – dijo riendo Ithilien.
- Isilya – Llumdelest se giró hacia la elfa silvana -, si quieres acompaña a Enumanus...
Pero el hombre ya había salido de la habitación.

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Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


Última edición por Llumdelest el Lun Oct 22, 2007 9:33 am, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Jue Oct 18, 2007 11:36 pm 
Maestro Narrador
Maestro Narrador
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Registrado: Jue Jun 29, 2006 4:21 pm
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Ubicación: Orilla este del Lago Evendim
- ¡Pero bueno! ¿Qué prisas tiene este hombre?- exclamó Isilya mientras corría escaleras abajo para alcanzarle.

Enumanus ya estaba fuera de la posada y miraba a ambos lados de la calle intentando recordar en que dirección se encontraba el taller del viejo Saucealto.
- Por allí- se dijo a sí mismo mirando fijamente hacia la derecha.
- ¡Menos mal que aún estás aquí!- exclamó de pronto Isilya cerrando tras ella la puerta de la posada y sorprendiendo al humano- voy contigo.
Enumanus se encogió de hombros y sonrió- Como quieras, mira, es al final de aquel callejón.
- Bien, entonces vayamos cuanto antes.

Los dos comenzaron a caminar a paso ligero en la dirección que el humano había señalado. En la calle había mucha gente pues a esa hora la mañana estaba bastante avanzada.
Al principio ninguno de los dos hablaba, a pesar de que no habían tenido ocasión de hacerlo desde que se habían reencontrado aquella misma mañana, despues de tantos meses. Enumanus fue el primero en romper el hielo.
- Isilya, te quería preguntar una cosa.
- Dime
- ¿Qué hacias tú en Entibo?
- Es que..vivo allí, al menos temporalmente- respondió la elfa mientras miraba en todas las direcciones por si alguien les seguía- Estoy alojada en casa de una vieja amiga que hace poco enviudó, y allí me quedaré hasta que consiga sufieciente dinero y encuentre algo aquí en Bree.
- Claro, ahora entiendo. Supongo que Inzil estará allí...
Isilya se volvió hacia él y asintió sonriente- Cuando lo veas lo vas a encontrar muy cambiado, a ver si todo esto pasa y puedes venir a verlo.
- Dalo por hecho- contestó el humano parándose en seco- hemos llegado.

La puerta del taller del Señor Saucealto se encontraba cerrada aunque se escuchaban ruidos provenientes del interior. De pronto la puerta se abrió y un jóven salió portando un par de tinajas llenas de agua caliente, a juzgar por el vapor que salía de ellas.
- Disculpe- dijo Enumanus- querríamos ver al señor Saucealto.
El mozo alzó la vista sin demasiado interés- Uhm, el señor se encuentra dentro- dijo antes de seguir su camino.
- Gracias- dijo el humano colándose por la puerta, seguido de Isilya.

Nada más entrar al interior del taller, notaron un intenso y desagradable olor a cuero y tinte debido a las decenas de pieles de diferentes animales que colgaban de las paredes. Isilya puso cara de asco y se tapó la nariz.
-Buenos días- se oyó al otro lado de la habitación. Se trataba del señor Saucealto, que acababa de entrar en la estancia desde una pequeña puerta interior. Era un hombre delgado, más bien seco, con barba y cabellos prácticamente canos, de rostro arrugado y curtido, como sus pieles.
¿Qúe desean?- volvió a hablar Saucealto, algo impaciente.
- Verá señor- comenzó a explicarse Enumanus- buscábamos unas muestras de piel teñida si las tuviera, pero de un color especial...como gris verdoso.
El viejo les volvió a mirar con renovado interés- Pues algo de eso seguro que tengo, seguidme- dijo mientras se dirigía al fondo de la habitación.
Enumanus e Isilya se miraron complacidos y siguieron al hombre.

- Así que gris verdoso ¿eh?- dijo al cabo de unos minutos, mientras rebuscaba en un arcón lleno de retales. Despues de mucho buscar sacó unas pocas muestras, todas de color similar y las extendió sobre una mesa.
- Elegid la que os guste- dijo.
Enumanus se acercó y comenzo a palpar las pieles una a una. - Mmmm esta es demasiado verdosa...esta es muy áspera...- comenzó a decir casi para sí mismo.
Saucealto miró al humano extrañado y se cruzó de brazos algo molesto.
- ¿Puedo peguntarle por qué busca un color tan singular?
Enumanus le miró sin saber que contestarle, pues evidentemente contarle el tema del libro tampoco era buena idea.
- Es que este marido mío es taaan raro, que ahora se le han antojado unas botas de ese color tan feo- dijo de pronto Isilya poniendo los brazos en jarras.
El humano se quedó pasmado con la ocurrencia de la elfa, mientras el señor Saucealto se reía a carcajadas.
- Me quedaré con esta- dijo algo abochornado tomando uno de los retales que más se parecía a las tapas del libro- de momento me llevo solo esta muestra...y si me decido ya volveré.
- Como usted quiera- contestó el viejo encogiéndose de hombros- no obstante ese es un retal bien grande así que me temo que no puedo dejárselo gratis.
- No se preocupe- dijo Enumanus esbozando una sonrisa maliciosa- mi señora le pagará gustosamente. Mientras yo esperaré fuera.
Y dicho eso, se encaminó sonriente hacia la puerta dejando a la elfa resoplando, con cara de circunstancias.

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Habitaban la mayor parte del tiempo en los límites de las florestas, de donde salían a cazar o cabalgar y correr por los espacios abiertos a la luz de la luna o de los astros.


Última edición por Isilya el Vie Oct 19, 2007 7:12 pm, editado 2 veces en total

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NotaPublicado: Sab Oct 20, 2007 3:13 pm 
Arquero del Rey
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Registrado: Mar Jun 13, 2006 4:29 pm
Mensajes: 604
Ubicación: Girona
Al salir Isilya encontró a Enumanus que le esperaba de pie al otro lado de la calle.
Caminó hacia él lentamente, sintiéndose gratamente observada por su único ojo.
- ¿Con que tu maridito, eh? - la miró con picardía sonriendo.
Al detenerse junto a él se miraron en silencio, los dos de pie frente a frente se observaron como si fuera la primera vez en verse después de mucho tiempo. Enumanus fue el primero en hablar.
- Sabes que tenía que irme, - dijo - tal vez no lo hice como debiera, pero no puedo quedar... - Isilya le puso la mano en la boca dulcemente para que no continuara.
- Lo sé, y no estoy enfadada - dudó unos segundos - estoy confusa, no sé exáctamente por qué estoy aquí, si vine buscándote en realidad o para vengar la muerte de un amigo.
Enumanus apartó lentamente la mano de Isilya de su boca y se la llevó al corazón. La elfa sintió como latía fuertemente antes de que el humano la separara de su cuerpo.
- Me hubiera gustado que trajeras a Inzil contigo, aún no sabe si tengo el otro ojo o no - dijo señalándose el parche.
Los dos rieron relajados y empezaron a andar hacia la posada.
- ¡Yo tampoco lo sé! - casi gritó Isilya empujándole cariñosamente.
- Jua, jua, igual un dia lo descubras.

_________________
Cada brazo tiene su arco,
cada arco tiene su flecha.


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NotaPublicado: Lun Oct 22, 2007 9:28 am 
Amigo de las Palabras
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Registrado: Dom Nov 28, 2004 11:10 pm
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Ubicación: La Posada del Poney Pisador
Mientras Isilya y Enumanus iban a la a casa del curtidor, Ithilien bajó al comedor principal. Allí sonriendo como de costumbre a los huéspedes tras saludarlos, buscó a Mantecona, lo encontró enseguida, liado como cada día, mientras servía en las mesas.
Ithilien intentó acercarse, pero pensó en decírselo más tarde cuando no estuviera tan liado. Aun así sus ojos vislumbraron al pequeño hobbit Nob, sin pensárselo dos veces se dirigió a él y lo cogió por detrás de la camisa. El hobbit dio un pequeño brinco y miro hacia la elfa sobresaltado.

- ¿Siempre tenéis que pillarme igual, señorita Ithilien?
- Lo siento Nob, ya me he acostumbrado – le dijo sonriendo – Necesito preguntarte algo, porque con Mantecona no hay manera.
- Dígame señorita - dijo Nob sonrojado
- ¿Has visto por aquí a Akerbeltz? Necesito hablar con él, es una “pequeña” cosilla – dijo sin mostrar preocupación al hobbit.
- Si señorita Ithilien, se marcho hacia las caballerizas hace poco, si mi cabeza no falla. Espero que lo encuentre allí.
- Gracias cielo, te debo una. ¡Hasta luego Nob!
- Has....hasta luego

La elfa fue hacia las caballerizas, donde debería encontrar a Aker lo antes posible y explicarle todo lo ocurrido, aunque no sabía cómo reaccionaría el maia ante la situación que se le presentaba.
No tardó en llegar, a las caballerizas, pero allí no había nadie, ni el menor rastro de Akerbeltz o de ningún otro, sólo el sonido de algunos caballos rechistar.

- Perfecto, a saber donde se encuentra el jefe, cuando pille a Nob...

En ese instante sin que la elfa se diera cuenta, alguien la cogió por detrás de repente, alzándola en alto. Ithilien propinó varias patadas en el aire y algunos codazos, hasta que escuchó un grito de dolor del atacante y la soltaron de golpe. La elfa calló al suelo pero desenvaino la daga rápidamente, dispuesta a atacar, pero al verlo se paro en seco.

- ¡Pero bueno! ¿No se te puede sorprender o que?
- ¡Feagul, por Eru!- dijo Ithilien al darse cuenta- ¿Te he hecho daño?
- ¿Tu que crees pequeña quendi? Me has pegado una patada en toda la rodilla, debería darte vergüenza. ¡Como mínimo deberías haber intentado clavarme la daga que te regale! La próxima vez, ataca y luego pregunta.
- Sino me hubieras asustado de esa manera... a quien se le ocurre.
- Antes no te asustabas si te cogía así. ¿Pierdes facultades o te pasa algo en especial?. Dime lo que te preocupa y quizás pueda ayudarte- dijo el elfo seriamente examinando alguna reacción por parte de Ithilien
- Nada, son imaginaciones tuyas. Estaba buscando a Aker ¿Algún problema?
- Si claro... imaginaciones mías ¿No? He oído como preguntabas por Aker. No intentes engañarme Ithilien - Feagul cogió de golpe a la elfa mirándola de frente- ¿Qué te pasa?

La elfa, suspirando, miró a su alrededor vigilando que no hubiera nadie más allí. Luego le contó a Feagul todo lo sucedido anteriormente. Le explicó cada detalle, sin dejarse nada. Le habló de Taeron, de Calenchenniel y su parecido con ella, del libro y el ataque a Laurefinwe. Mas cuando terminó no pudo contener las lágrimas, un tanto agobiada por todo lo que le ocurría a ella y sus compañeros.

- Así que era eso, por eso lo buscabas – dijo Feagul secando las lágrimas de la elfa -. Bien, para empezar deja de llorar, ¿vale? Yo hablaré con Akerbeltz de lo ocurrido.
- ¿Tú? No quiero liarte en esto, es cosa mía, además te pondría en peligro
- ¡Bah! Si tú estas en peligro, yo también – le dijo sonriendo - No voy a quedarme de brazos cruzados. No sabemos si se esconde alguien del clan por aquí. Si tú, Llumdelest o alguien de mis amigos está en peligro, seré el primero en atacar. ¿Te ha quedado claro?
- Muy claro nano. Te agradezco que hables con el jefe, yo no sabía como decírselo.
- Tranquila, no se come a nadie – soltó entre carcajadas -. Anda, habla tú con Mantecona, que yo aún le debo unas cuantas pintas y me la tiene jugada el muy...
- Vale, vale, está bien; y de paso investigaré si hay alguien de los Dragones aquí. Si me confunden con Calenchenniel – dijo al elfa con una risa picaresca - ya sabes como soy yo.
- Eso no hace falta que lo digas, te conozco demasiado bien. Ten cuidado nana, yo me ocupo de lo demás – dijo Feagul besando la frente de Ithilien - Nos vemos.
- Nos vemos.

Cuando Feagul desapareció por la puerta de las caballerizas, la elfa salió hacia el patio de la posada, camino de nuevo al salón común. A su espalda alguien silbó y escuchó una voz aguda y brusca muy cerca de ella.

- ¿Calenchenniel? ¿Qué haces aquí? ¿Has encontrado el libro? - oyó que le decían apretando su hombro derecho - ¿Qué te has vuelto sorda o qué?

Ithilien alzó la vista, mirando al hombre que tenía delante de sus ojos al cual no había visto nunca en la posada. La elfa se rió y soltando su hombro le susurró al oído:
- No estoy sorda. Aquí no podemos hablar, llévame a tu habitación y te contaré lo del libro.

El hombre murmuró y mirando a su alrededor con extrema vigilancia, arrastró a Ithilien hacia una de las habitaciones de la posada.

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"Para el mundo no eres nadie, pero tal vez para alguien eres el mundo."


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NotaPublicado: Jue Oct 25, 2007 7:13 am 
Señor de las Palabras
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Taeron se quedó con Llumdelest en la habitación de Laurefinwë. El hombre miraba el escritorio donde reposaba el libro, sentado él sobre una silla en la otra punta de la habitación. Por su parte, la mujer comprobaba que la ventana estaba cerrada, con la portezuela bien asegurada; había ideado una trampa con algunas flechas del elfo, por si alguien decidiera sorprenderlos entrando por ahí. La auriga se había mantenido de espaldas al joven, pero sin bajar la guardia, pensando que en cualquier momento Taeron aprovecharía la ocasión para lanzarse sobre ella; pero él se mantuvo distante desde su posición, moviéndose muy poco salvo para acomodar el brazo en el cabestrillo, y atusarse el pelo, tratando de mejorar su aspecto. Quizá en verdad Taeron fuese una víctima y no deseara el mal a nadie, como creía en el fondo Llumdelest.
Al cabo de unos instantes, regresaron Isilya y Enumanus, con los retales que había podido conseguir. Llumdelest envolvió el libro con uno de los retales de diferente color que había traído el hombre.
- Camuflarlo... Buena idea – dijo Enumanus.
- Gracias – la auriga sonrió ante el cumplido; desenvainó rápidamente el cuchillo que llevaba escondido, de tal manera, que nadie pudo percatarse dónde lo llevaba, y cortó el cuero sobrante.
- ¿Pero para qué es la tela verde? - preguntó Isilya.
- Os lo diré cuando vuelva. Ahora que estais aquí y, si no teneis nada más que hacer, vigilad a estos dos – Llumdelest metió los retales y el libro en su zurrón, y se dirigió a la puerta.
- ¡Oye, tú! ¿Pero quien te crees que eres? - Taeron saltó de la silla alarmado.
- ¿Alguien que quiere ayudarte?
- Pero...
- Voy a esconder el libro en lugar seguro. Cuando convezcamos a los Serpientes que lo que buscan ha sido destruído, te diré donde está.
- ¿¿¿De... destruir??? - el joven no cabía en sí de sorpresa - ¡Dí! ¿Qué pretendes?
- Te lo diría con mucho gusto – dijo Llumdelest, abriendo la puerta, y miró a Taeron de manera fulminante -. Mas tú tampoco has contado todo.
- ¡Ya dije que no puedo!
- Pues mira, yo tampoco. No creo que tarde mucho en regresar – dijo a Isilya y Enumanus - ¡Ah! No abrais la ventana a menos que sea extrictamente necesario; u os saltarán una docena de flechas.

Al cabo de media hora, la mujer regresó. Laurefinwë no despertó hasta media tarde. La herida había empezado a cicatrizar y, aunque aún se sentía dévil, el sueño había refortalecido al elfo, cuyas tripas sonaron nada más abrió los ojos, haciendo que los que estaban junto a él estallaran en carcajadas.
- El hambre pudo más que el cansancio – dijo Llumdelest riendo; pareció que el rostro lívido del elfo se tiñera durante unos instantes, en los que él también dejó escapar unas débiles risas.
- Creo que será mejor que traiga algo para que coma – anunció Isilya, relajando su risueña expresión; Enumanus la siguió, puesto que Taeron se había dormido en el suelo, sobre un camastro improvisado.

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Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
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NotaPublicado: Sab Oct 27, 2007 11:22 pm 
Arquero del Rey
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Registrado: Mar Jun 13, 2006 4:29 pm
Mensajes: 604
Ubicación: Girona
Isilya se disponía a bajar la escalera cuando Enumanus pasó frente a la puerta de la habitación de Baldor. Se detuvo y con un gesto le indicó a la elfa que iba a entrar y que ella continuara sola hacia el salón.
Al abrir, el rohir permanecía estirado en su cama con el torso envuelto en vendajes, estaba despierto, pero la pérdida de sangre le hacía permanecer todavía en un estado de agotamiento que le era imposible poder moverse cuanto quisiera.
El humano lo observó preocupado y se le acercó lentamente agarrando sin detenerse una silla para sentarse junto a él.
- ¿Cómo estás? - preguntó mirándolo con su único ojo.
- Fastidiado - contestó el rohir, sonriendo - el bueno de Mantecona va a perder unos cuantos kilos de peso si sigue subiendo y bajando las escaleras para que esté bien atendido. La mitad de las veces ni siquiera le necesito, pero él es así.
- ¿Estás seguro en el Poney? ya sabes, quien te hizo esto tal vez podría volver...
Baldor levantó levemente su mano derecha indicando que no se
preocupara.
- Tranquilo, ya hicieron su trabajo, que no era precisamente acabar conmigo - el rohir calló unos segundos - tan solo querían quitarme de enmedio durante un tiempo.
- Si necesitas algo... - entonces la puerta se abrió y apareció Mantecona de repente.
- Vaya, maese Enumanus, no esperaba encontrarlo aquí - dirigió su mirada al herido - no debería hacer esfuerzos, aún está muy débil.
Sonó una carcajada de boca de Baldor.
- Cuanto más tiempo esté aquí tumbado, más difícil va a ser que me levante - contestó el rohir.
Entonces Mantecona mostró una bandeja con una gran tapa de la que parecían salir hilillos de humo.
- Traigo la cena, se que es muy pronto pero cuando sea la hora, abajo en el salón tendré tanta faena que no podría subir a darle la comida - se excusó el amable posadero.
Enumanus se levantó y apretándole el hombro cariñosamente al herido se dispuso a abandonar la estancia.
- Cuidate, ya te mantendremos informado sobre el asunto de Laurefinwe - abrió la puerta no sin antes dirigirse a quien les había interrumpido - maese Mantecona, cuide de él por favor.
Dicho esto salió al pasillo y volvió a la habitación donde estaba Taeron y compañía, suponiendo que Isilya ya habría regresado.

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Cada brazo tiene su arco,
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Última edición por enumanus el Lun Oct 29, 2007 10:24 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Lun Oct 29, 2007 8:02 pm 
Mariscal del Folde Oeste
Mariscal del Folde Oeste
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Registrado: Vie Abr 29, 2005 6:38 pm
Mensajes: 1089
Ubicación: Sabadell
Tras la visita de Enumanus y mientras comía, Baldor recordaba la primera vez que recobró el conocimiento y vio a Ithilien con cara pálida y asustada...
-No te preocupes querida elfa, son gajes de la vida guerrera.- le dijo con voz casi inaudible.
-No nos des más sustos de estos.- le contestó la elfa casi llorando, entre alegre y enfadada.
Baldor miró al techo como intentando recordar algo que le rondaba por la cabeza…
-Ithilien- la voz fue casi normal con el tono de alguien acostumbrado a ordenar-En mi equipaje iban unas palomas, supongo que mantecona las tendrá en su palomar, coge una y en la pata átale un mensaje que te dictaré ahora…
La elfa cogió recado de escribir que había en una mesita al lado de la cama y…
“A mi señor Eomer de su servidor Baldor:
Asunto Bree liquidado, Flor agostada por malos vientos. Cuidado con X, servicio cortado un par de meses.
Atentamente vuestro.”
-Hazlo rápido.
La elfa salió y un cuarto de hora después regresó haciéndole una seña de que todo estaba hecho. El herido, como si esperara eso dio un suspiro y se durmió agotado. Ella le secó el sudor que mojaba su rostro maduro, le puso en su lugar un par de rizos de su cabellera y con un –descansa viejo jinete- lo dejó para reunirse con el grupo.

_________________
Un hombre puede estar solo en medio de una multitud.
Un hombre puede estar solo en la vida con una familia numerosa.
Un hombre con un amigo que le escuche jamas estará solo.
Un hombre con amigos como vosotros nunca estará solo, nunca tendrá hambre, nunca tendrá sed.


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NotaPublicado: Mié Oct 31, 2007 2:11 pm 
Arquero del Rey
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Registrado: Mar Jun 13, 2006 4:29 pm
Mensajes: 604
Ubicación: Girona
Mantecona al ver al roir distraido carraspeó sonoramente para llamar su atención. Baldor volvió la cabeza y frunció el ceño.
- Ya soy mayorcito para que tengas que darme la comida ¿no crees?
El posadero rió y agachándose le dejó la bandeja sobre una mesita al lado de la cama.
- Seguramente sifuera una bella dama en lugar de un orondo posadero pensarías diferente, querido Baldor - dijo con sarcasmo.
Los dos rieron.
- Ahora no tengo hambre, pero te prometo que cuando vuelvas la comida estará a buen recaudo, dentro de mi estómago.
Mantecona asintió con la cabeza y despidiendose con la mirada salió de la habitación.
- Te tomo la palabra, - dijo ya de espaldas, llendo hacia la puerta - hasta la noche.
Baldor, aún agotado, gruñó de dolor disimuladamente y poniéndose de costado intentó dormir un poco.
Cerca de allí, en la habitación donde esperaban Taeron y Llumdelest, se abría la puerta para entrar por ella Enumanus.
- ¿Aún no ha llegado Isilya?- preguntó preocupado.

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NotaPublicado: Mié Oct 31, 2007 5:51 pm 
Maestro Narrador
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Registrado: Jue Jun 29, 2006 4:21 pm
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Ubicación: Orilla este del Lago Evendim
Llumdelest miró a Enumanus con extrañeza.
-Pues tú sabrás, porque se supone que os habíais marchado juntos-dijo.
-Cierto, pero al final yo me he pasado un momento por la habitación de Baldor. Pensé que ella ya habría llegado.

La auriga se encogió de hombros y meneó la cabeza- ¿Por cierto, cómo está Baldor?
-Bien, parece tranquilo - respondió Enumanus mientras se sentaba en una silla cercana a Llumdelest- Además Mantecona le está cuidando estupendamente.

Taeron, que se había despertado hacía tan solo unos minutos, se encontraba sentado en un rincón de la habitación ajeno a la conversación de sus congéneres. A juzgar por su expresión parecía cada vez más inquieto pues no paraba de moverse y de mirar de reojo a Laurefinwë.

El elfo por su parte permanecía acostado en la cama intentando recordar todo lo ocurrido; el misterioso libro, la elfa de ojos verdes en el bosque…, aunque los rugidos que de vez en cuando provenían de su estomago le impedían concentrarse demasiado.
-¿Para cuándo mi comida?-se quejó.
-No seas impaciente- le reprendió Enumanus-Isilya ya no tardará.
-¡Esto es el colmo!- exclamó de pronto Taeron incorporándose y volviéndose hacia la auriga- no puedo quedarme aquí sentado viendo merendar a un elfo, mientras los Serpientes ganan tiempo y andan ahí fuera conspirando.

Llumdelest suspiró, y se acercó despacio a Taeron poniéndole una mano sobre el hombro para tranquilizarle - En cuanto vengan Isilya e Ithilien pensaremos en la forma de alejarte de aquí sin levantar sospechas-
-Alejarme de aquí…con el libro, querrás decir- puntualizó Taeron- que por cierto aún no me has dicho qué has hecho con él.
-¿Estáis hablando de mi libro?- preguntó Laurefinwë con interés que se había incorporado de la cama.

Taeron lanzó una mirada fulminante al elfo pero en ese momento la puerta se abrió de par en par desviando la atención de todos.
-¡Isilya cuanto has tardado!- exclamó Enumanus levantándose de la silla.

La elfa entró en la habitación algo agobiada, a juzgar por su rostro colorado. Portaba una gran bandeja con una suculenta merienda, o más bien lo que quedaba de ella, pues un tazón de leche se le había volcado subiendo las escaleras y había inundado un plato lleno de bollitos y pan. Laurefinwë suspiró decepcionado.

-¿Ha pasado algo Isilya, para que vengas tan aprisa?- preguntó Llumdelest.
-Pues sí, o más bien eso me temo-respondió la elfa mientras dejaba la bandeja en una mesita cercana a la cama-Ithilien no está.
-¿Cómo que no está? ¿La has estado buscando?- preguntó Enumanus.
-Sí. Mientras Mantecona preparaba una bandeja para Laurefinwë, y otra para Baldor, por cierto, me pasé por el Salón a ver si estaba allí pero no la encontré. Después me encontré con Nob a quien le pregunte y me dijo que había ido a los establos a buscar a Akerbeltz.
-¿y allí tampoco estaba?-preguntó Taeron impaciente.
La elfa meneó la cabeza- ni en los establos, ni en el patio, ni en el almacén…Yo desde luego no la he visto.

Llumdelest resopló y se dejó caer en la silla pensativa.
-A lo mejor se encontró con Akerbeltz y ambos se fueron a hablar a algún lugar más tranquilo- dijo Enumanus intentando ser optimista.
-Me extraña que Ithilien se haya ido de la posada sin avisarme- respondió la mujer-y más aún tratándose de un asunto tan delicado.
-¿Qué vamos a hacer entonces?- preguntó Isilya.

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Habitaban la mayor parte del tiempo en los límites de las florestas, de donde salían a cazar o cabalgar y correr por los espacios abiertos a la luz de la luna o de los astros.


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NotaPublicado: Mar Nov 20, 2007 12:42 pm 
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- Dos cuestiones, elfa - la voz del hombre retumbaba de forma amenazante en la habitación de tal manera que Ithilien tenía la sensación de que en cualquier momento las vigas del techo se desmoronarían -: qué has hecho con el libro, y dónde está Taeron.

Mientras Isilya y Enumanus se disponían a volver del taller del curtidor, Ithilien había seguido al hombre de la voz aguda hacia el interior de la posada. Se decía a sí misma que era pan comido, que podría “camelarse” a aquel personaje y conseguir información. Para nada había imaginado que el humano la conduciría a una ratonera: ella, ratita asustada, en medio de una oscura habitación que apestaba a tabaco y rodeada por al menos cuatro hombres, enormes gatos, entre los que se incluía el hombre que la había guiado.
Se consoló en que, al mencionar a Taeron, y en el hecho de que eran todos humanos, seguramente no eran del clan de los Serpientes.
- Están... bien - dijo Ithilien, después de tragar saliva -. Están en lugar seguro.
- ¿Están?
- ¿No se supone que teníais que hacer el intercambio anoche? - dijo otro hombre.
- Se... supone, sí... Hubo... Complicaciones - Ithilien intentaba pensar en un plan para salir de esa situación y avisar a Llumdelest y los demás.
- ¿Complicaciones? ¿De qué tipo? - preguntó el hombre de la voz retumbante; parecía ser el cabecilla del grupo.
- Lhuig Acharn - respondió la elfa, con un hilo de voz.
- ¿Cómo? - inquirió el hombretón.
- ¡Lhuig Acharn! - gritó Ithilien, con un nervioso chillido - Los Serpientes de la Venganza nos acechaban, así que... Que tuvimos que separarnos - improvisó -. Pero os puedo asegurar que tanto Taeron como el libro están a salvo.
Ithilien dijo esto con convicción. Los hombres se miraron, con expresión de alivio. Todos menos uno.
- Aquí hay algo que me huele mal... Taeron tenía que volver con nosotros en seguida que consiguiera el libro...
- Ya dije que tuvimos complicaciones... - cortó Ithilien, pero en seguida se arrepintió.
- Por ello huviese sido mejor que os reunierais con nosotros, si teníais problemas. Os estuvimos esperando toda la noche - dijo el hombre de voz potente.
- De... decidimos que era mejor separarnos... Los Serpientes nos superaban y no teníamos más opción.
- ¿Decidís? ¿Los dos juntos? ¿O fue idea de Taeron que os separarais, llevándose él el libro? - preguntó el segundo hombre, con tono de recelo.
- ¿Cómo? - dijo Ithilien.
- ¿Qué quieres decir, Athendo? - inquirió el cabecilla con el entrecejo fruncido.
- Digo, Goadha, que si ha sido idea de Taeron huir con el libro quizá es que...
- ¡Ni lo menciones! - estalló el tal Goadha - ¿Cómo te atreves a acusarlo?
- ¿Acusarlo? Jamás se me ocurriría... Pero al ser medio dunledino y...
- ¡No toleraré esta afrenta contra mi sangre! - Goadha se levantó, encarándose a Athendo - ¡Él es tan puro como tú!
Los otros dos hombres se pusieron en medio de Goadha y Athendo, y los cuatro empezaron a discutir entre ellos en un idioma desconocido para Ithilien. Por su parte, la elfa estaba confusa: si esa gente eran familia de Taeron, debía contarles lo que había sucedido; ¿o no? "¿Por qué me habré metido en esto?", pensaba, "Es obvio que parecen preocupados, ¿pero por Taeron, o por el libro? Si al menos pudiera conseguir tiempo... ¿Qué hora será? Llumdelest y los demás estarán preocupados por mi... Sí, devo volver y contarles todo esto".
La elfa estaba nerviosa, atenta a la discusión. Pero, aún así, a pesar del temor, tomó la decisión. En una muestra de sutil sigilo digno de su raza, fue caminando de espaldas hasta que sintió tras de sí la pared; y la puerta al lado. Lentamente, tanteó la piedra del muro, y al fin logró alcanzar el pomo de la puerta.

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NotaPublicado: Lun Nov 26, 2007 5:41 am 
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- Por mi parte, pienso antes que nada, incorporarme lo que queda de esta merienda- dijo Laurefinwë y empezó a comer.

Taeron observaba la habitación, calculando quizás, o tal vez con resignación.

- ¿Y tampoco viste a Akerbeltz?- preguntó el Elfo a Isilya
- Es obvio que no- respondió la Elfa a Laurefinwë que en ese momento ingería uno de los pocos bollos que habían quedado secos-. Iré a buscarla.
- Espera, no vayas sola, voy contigo- dijo Enumanus levantándose de la silla donde se había sentado pocos minutos antes.

Abrieron la puerta y salieron, caminaban por el pasillo que conducía a la escalera cuando oyeron un estruendo que provenía de la misma. Corrieron a ver que pasaba y chocaron con Ithilien, que iba corriendo como alma que lleva Melkor a la habitación de Laurefinwë

- ¿Qué te pasó? ¿Dónde estabas?-preguntó Isilya.
- Aquí... no... en privado- dijo la Elfa tratando de recuperar el aliento
- Vamos

Dentro de la habitación del Elfo Taeron suspiraba de vez en cuando con resignación, Llumdelest caminaba un poco intranquila de aquí para allá pensando en donde podría estar Ithilien, y Laurefinwë, desconectado del mundo, se incorporaba otro bollo seco que había encontrado. Entonces golpearon la puerta.

-¡Abran! ¡Somos nosotros!- gritó Enumanus detrás de la puerta, lo que hizo respirar con alivio a Llumdelest, que se dispuso a abrir la puerta.
- Encontraron a... ¡Ithilien! ¿Dónde te habías metido?
- Ya... ya les cuento- dijo la Elfa y se desplomó en una silla.

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Última edición por Laurefinwë el Jue Dic 13, 2007 10:43 pm, editado 3 veces en total

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NotaPublicado: Lun Dic 10, 2007 9:41 pm 
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Una vez recobró el aliento Ithilien se dispuso a explicar su encuentro con los compañeros de Taeron cuando un fuerte golpe hizo temblar la puerta de la habitación.
Apenas reaccionaron cuando otro segundo golpe más fuerte casi arrancó la puerta de los goznes que a duras penas lograban sujetarla.
- ¡Por la ventana! - gritó Ithilien levantándose de la silla.
- ¡Espera! - la agarró Llumdelest - hice una trampa y no podemos salir por ella sin activarla.
Con otro estruendoso golpe la puerta cayó al suelo haciendo saltar hacia atrás a todos los que se encontraban en la habitación.

offtopic
Grave error, una trampa en la ventana evita que entre el enemigo pero tambien que salgamos nosotros, la habitación se convierte en una ratonera. :P

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Última edición por enumanus el Mar Dic 11, 2007 2:08 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Jue Dic 20, 2007 11:38 am 
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- Vamos a ver... - empezó Llumdelest; estaba tan sorprendida como el resto por la brusca intrusión en la habitación pero, no obstante, mantuvo la compostura, plantándose delante del enorme personaje que había osado entrar - ¿Se puede saber qué urgencia os ha llevado a perpetrar esta habitación de tal violenta manera? ¡Hay un herido que necesita reposo!
- Lamentamos la intrusión... – contestó el hombre ligeramente avergonzado, pues no se esperaba tanta comitiva en la sala.
- ¿Dónde está...? - empezó el hombre de la voz aguda, refiriéndose a Ithilien. Por su parte, la elfa se había refugiado tras de Enumanus, sujetando al confundido Taeron tratando de ocultarlo también.
- Cállate, Otger – otro de los hombres sujetó al joven, que iba ya a entrar en la habitación.

- Discúlpenos, señora – dijo Athendo.
- Señorita – respondió Llumdelest, con tono picajoso y cruzándose de brazos.
- Señorita... Me presentaré: soy...
- ¿Athendo? - dijo de repente Taeron de detrás de Enumanus cuando al fin pudo liberar su boca de la mano de Ithilien.
- ¿Taeron? - exclamó el hombre; el joven se incorporó y asomó la cabeza.
- ¡Taeron! - bramó el primer hombre, el que había echado la puerta abajo.
- Ti... Goadha... – el grandullón apartó de un empujón a Llumdelest y se dirigió hacia el joven, quien no sabía si esconderse de nuevo o echar a correr.
- ¡¿Pero dónde estabas?! - inesperadamente, el hombre agarró a su sobrino y lo estrechó en un abrazo - ¡Estábamos preocupado por ti, muchacho!
- Grhfum... - dijo Taeron; era evidente que el cariño de su tío le estaba ahogando.
- La elfa nos dijo que estabas en lugar seguro. Cómo íbamos a imaginar que estarías aquí.
- Supongo que será porque no son demasiado asiduos al Poney Pisador – dijo Enumanus con complicidad.
- Cierto – dijo Isilya.
- Uhm... ¿A qué elfa se refieren? - preguntó Llumdelest, así como quien no quiere la cosa, aunque ya se imaginaba la respuesta.
- ¡Supongo que se referirá a mi! - dijo Ithilien radiante, saliendo de su escondrijo.
- Cómo no... - dijo Laurefinwë después de zamparse el último bollo que había traído Isilya; a pesar del alboroto, y puesto que no podía hacer otra cosa, había seguido comiendo mientras se producía la acción.

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NotaPublicado: Vie Dic 28, 2007 5:23 am 
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- Athendo, ellos tienen el Libro -dijo Taeron adelantándose a cualquier pregunta sobre Ithilien-, ella lo escondió- y señaló a Llumdelest
- Ay, vamos a empezar otra vez con mi condenado Libro -dijo Laurefinwë por lo bajo mientras ponía la bandeja a un lado
- Señora -la Auriga pateó el piso-, perdón. Señorita, le ruego que me devuel... Qué ha dicho señor Elfo? ¿El Libro es suyo?
- ¿Qué dice la inscripción en Tengwar en la última hoja del libro? -preguntó Laurefinwë
- Laurefinwë
- A su servicio- dijo el Elfo y le tendió desde la cama su mano a Athendo

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NotaPublicado: Sab Dic 29, 2007 7:02 pm 
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- Entonces si el libro es suyo, se lo entregamos y asunto concluido - dijo Enumanus un tanto molesto.
- El problema no es el libro, sino quien lo quiere. - replicó Llumdelest golpeando con el codo al humano por su comentario.
- Vaya, me parece que estais al corriente de... - Athendo hizo un gesto con la mano en tono misterioso.
- Ya empezamos con los secretitos - protestó Enumanus - si vamos a seguir así mejor me voy que tengo cosas que hacer.
Entonces los compañeros de Athendo se colocaron bajo el marco de la puerta derando el paso.
Unos gritos subieron de repente desde las escaleras. Al momento maese Mantecona, armado con una gran sartén y encabezando a una docena de clientes de la posada armas en mano, se presentó frente a la habitación.
- El responsable de tal estropicio va a tener que dar muchas explicaciones - dijo con tal enfado que los que allí estaban creyeron que la cerveza que se acababan de tomar se les había agriado en el mismisimo estómago.
Llumdelest salió al encuentro del posadero junto con Ithilien.
- Tranquilicese maese Mantecona, todo tiene su explicación y por su puesto la puerta será arreglada y pagados los daños.

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NotaPublicado: Sab Dic 29, 2007 10:43 pm 
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Entre las brumas del agotamiento por la pérdida de sangre y el sueño, el jinete de la marca escuchó ruido de madera al romperse - Una puerta rota - le susurró su subconsciente. Ya un poco mas despierto se le ocurrió que aquel estropicio provenía de la habitación donde estaba el elfo y sus amigos. Se alzó del camastro, desenvainó la espada que colgaba de uno de los cuernos de ciervo que servía de perchero y avanzó hacia la puerta, lentamente una mancha roja fue expandiéndose cual clavel carmesí en la venda que cubría su pecho, abrió la puerta y vio como Mantecona y varios huéspedes, cual tropel furioso, llegaba ante la puerta destrozada.

- Tranquilícese maese Mantecona, todo tiene su explicación y por su puesto la puerta será arreglada y pagados los daños.

La voz de la auriga le llegó entre pitidos y zumbidos que eran producidos por su propia inestabilidad.
Los huéspedes que acompañaban al posadero se dieron cuenta de su presencia y le abrieron un pasillo por el que avanzó hasta ponerse al lado del orondo y bastante más calmado posadero.

- Insensato majadero, Rohir cabezota, ¿quieres morir?

La voz de Ithilien le hizo reaccionar y darse cuenta de la tontería casi irreparable que había cometido, la miró y vio su cara pálida por el susto, de golpe fue como si fueran gemelas y gracias a que dos parroquianos le pararon no terminó con el cuerpo en el suelo. Lo cogieron entre varios y lo llevaron de nuevo a su cama.

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NotaPublicado: Mar Ene 08, 2008 2:17 pm 
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Ithilien acompañó al desvanecido rohir hasta su habitación, sus heridas tardaban demasiado tiempo en curarse y no era normal en un cuerpo de tal fortaleza. Llumdelest hizo ademán de seguirla pero una mano la agarró del brazo.
- Espera, no podemos dejar este asunto pendiente - dijo Enumanus señalando con la cabeza a Mantecona y el resto del grupo.
Mientras, una vez acomodado Baldor en su camastro, Ithillien le inspeccionó las heridas con cuidado.
- Ahí no encontrarás lo que estás buscando - oyó de la boca del rohir.
La elfa se incorporó sonriendo picaronamente y acercándose una silla se sentó a su lado. Estaban solos en la habitación pues todos tenían curiosidad por ver como acababa el asunto de la puerta y una vez convencidos de que el herido estaba bien atendido se dirigieron al pasillo.
- Vas a contarme o no, ¿como y quien te ha hecho estas heridas? - preguntó Ithilien.
El rohir sonrió, saboreando aquel momento que a parte del dolor que sentía, le gratificaba las atenciones de los que era objeto.
- Es largo de contar, además, me gusta ver tu cara de preocupación y curiosidad cada vez que abro los ojos - sonrió.
- Solo dime si tengo motivos para preocuparme, ya deberias estar mejor, aunque al menos no empeoras.
Baldor alargó la mano y cogiendo la espada se la llevó al pecho, al sentir el peso der alma sobre su cuerpo sintió como si el dolor desapareciera y por un instante el rostro pareció iluminarsele.
- No temas, aún queda mucho por hacer y no estoy dispuesto a fallarle a mi señor. Una paloma va camino de La Marca, pronto vendran a buscarme.
Dicho esto cerró los ojos y pareció descansar. Ithilien se levantó despacio y salió al pasillo. Sorprendiendose de que no hubiera nadie, corrió hacia la habitación de Laurefinwe. Tambien estaba vacía.
- ¿Donde se han metido todos? - pensó.

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NotaPublicado: Mar Ene 22, 2008 10:44 pm 
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- ¡¡Quiero saber quien destruyo la puerta!!

En el Salón Común estaban todos los involucrados en lo ocurrido en la habitación de Laurefinwë

- La puerta será paga...- quiso decir Llumdelest pero el Orondo, y bastante enojado, Posadero la cortó
- ¡¡Yo quiero saber quien la rompió!!
- Fui yo Señor- dijo Athendo-, y qué?- y al decir "qué" echó mano al pomo de la espada. Todos en el resto de la Sala hicieron lo mismo. Mantecona dio unos pasos atrás.
- Ah! conque fue usted, jeje... no pensará que yo... jeje... no? Tendrá que pagar los daños- dijo al final con voz grave y parándose firme
- ¿Y qué si no lo hago?
- Pues ya verás- dijo alguien desde la multitud mientras se oía el ruido del desenvainar un Acero, que al momento se hizo eco por el Salón. Athendo y sus colegas se pusieron en guardia con las Espadas desenvainadas.

- ¿Pero qué demonios pasa aquí?- sonó la voz de Ithilien, que asomaba por la puerta, fatigada después de bajar algo asustada las escaleras- ¿Están locos? ¡Bajen las armas!- remolineando, todos volvieron a envainar las armas con la mirada gacha- ¿Qué se creen que es... ¡¡Elfo!!- dijo Ithilien y corrió a donde estaba Laurefinwë, cayéndose desmayado

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Última edición por Laurefinwë el Mar Ene 29, 2008 4:07 am, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Mar Ene 22, 2008 11:28 pm 
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Ubicación: Girona
-Nob, ¿me pones una cerveza? - dijo Enumanus apoyado en la barra mientras observaba al resto de los presentes en el salón.
- Aqui tiene.
Los ojos del hobbit brillaban exageradamente de emoción, sin duda estaba pasándolo en grande ante el espectáculo.
- Oye Nob, ¿acaso no habrás visto pasar a Llumdelest con un libro de piel bajo el brazo? - la cara del hobbit hablaba por si sola.
- Venga, cuentame. - sonrió Enumanus llevandose la jarra a los labios.

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NotaPublicado: Mié Ene 30, 2008 4:03 pm 
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"Digno de llamarte bardo, elfo de las bien puestas nalgas" reía Llumdelest en su pensamiento; "Qué buen actor es". Justo Ithilien apareció por la puerta del Salón Común, Laurefinwë puso en marcha el pequeño plan que había confabulado con la auriga. Mientras la asustada elfa sinda se disponía a evitar la caída del noldo, Llumdelest se infiltró por el pasillo sin que nadie se percatara de ello. Bueno, quizá sólo el viejo Nob, pero la mujer conocía lo suficiente al hobbit como para saber que no se chibaría. O eso creía.

- No pensé que un libro de cuentos tendría más historias de las que contiene - decía risueño Laurefinwë mientras bajaba la escalera, sujetando por el hombro a Llumdelest, pues aún se sentía dévil.
- Yo no me río. Casi os matan, a tí y a Mantecona; y Baldor ya sabes cómo está - la mujer, agarrando por detrás al noldo en la cintura con la mano izquierda, estaba de veras enojada.
- Al maese rohir no le atacaron por todo este asunto - respondió el elfo más seriamente.
- ¿Qué quieres decir?
- Nada, nada...
- Ya estamos otra vez, ocultando las cosas... - Llumdelest frunció el entrecejo.
- Es un asunto privado de su persona. Pero ahora hay que hacer algo con el libro.
- ¡Vaya! Al fin dices algo con sentido. ¿Y qué propones?
- Destruírlo - respondió Laurefinwë como si nada. Llumdelest se paró en seco, e iba a protestar, mas se contuvo para dejar pasar a Mantecona, Goadha y los demás -. Por cierto, ¿dónde está?
- ¿El qué?
- El libro; ¿que va a ser si no?
- Lo escondí, después de camuflarlo; y me llevó un buen rato.
- Pues habrá que ir a por él.

De esto hacía un buen rato. Ahora, Llumdelest caminaba rápidamente hacia el almacén, tanteando con una mano en su zurrón hasta alcanzar el falso libro. Entraría por la puerta que da a la biblioteca, volvería a dejar el libro-sustituto, cogería el de Laurefinwë y...
Se detuvo a medio pasillo. Acavaba de pasar la puerta trasera, a su izquierda, y de improviso le vino una extraña sensación de cautela. Echó una ojeada rápida por encima del hombro; habían dos personas, no, tres, detrás de ella. La mujer sacó la mano vacía del zurrón, acomodándoselo a la espalda, sin frenar sus pasos hasta que llegó a la esquina del pasillo, a pocos metros del almacén. Justo en la puerta que daba al patio, iluminados por las lámparas que daban luz a esa parte ya oscurecida por la venida de la noche, cuatro personajes la aguardaban. Una elfa con un bendaje alrededor de la cintura y parecida a Ithilien en estatura, color del pelo y vestimenta, pero de hermosos y terribles ojos verdes, dirigía unas palabras al elfo más alto que Llumdelest había visto en su vida.
Calenchenniel señalaba a la mujer con la mirada mientras su compañero sonreía maliciosamente y con vehemencia, observando a la humana también.
La auriga no detuvo sus pasos, ahora más lentos. Aunque mantenía una actitud indiferente hacia sus espectadores, estaba alerta. Sus manos, aunque en apariencia relajadas, tanteaban cada una el pomo de espada y falcata.

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Última edición por Llumdelest el Mié Mar 12, 2008 8:27 am, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Lun Feb 11, 2008 11:33 pm 
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El elfo se adelantó un paso y se inclinó a modo de saludo - nos gustaria tener unas palabras con vos - le dijo a Llumdelest conforme iba acercandose.
La auriga se detuvo a unos tres metros del grupo y sonrió dulcemente mientras se colocaba el zurrón colgando a su espalda. - Y bien ¿qué es lo que quereis saber? - preguntó acariciando el puño de su espada.

En el gran salón, Enumanus acababa su pinta y tras dejarla sobre la barra se mesó lentamente la barba. - Así que en el almacén, ¿estas seguro? - Nob asintió. Al principio no queria decir palabra, pero de echo no le había prometido a nadie que no hablaria y contar que había visto un cliente pasar por el pasillo camino del almacen era cosa frecuente así que tampoco debía tener mucha importancia.

Enumanus se dirigió a la salida entonces se acordó que tenía el arco y las flechas en la habitación de Laurefinwe - mejor subir a buscarlas - se dijo. Y salió al pasillo.

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NotaPublicado: Lun Mar 03, 2008 2:51 pm 
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En medio del jaleo 8 hombres uniformados con los colores de Rohan hicieron su entrada en el Salón comun.
-¿Maese Mantecona?
-Lo siento, en estos momentos no puedo servirles, tomen asiento y en un instante les enviare a Nob a que les tome nota
-No venimos a tomar nada, tenemos una orden de nuestro Mariscal de venir a recojerlo y llevarlo a casa.

Unas horas antes

A unas millas de Bree en el claro de un bosque 10 hombres permanecen acampados esperando unas ordenes que podian llegar en cualquier momento.

Amanece cuando una paloma mensajera se pósa en la percha especial preparada para ese efecto.

-Mi señor, mensaje de Bree - Uno de los centinelas da la voz de alarma y el jefe del campamento, aproximandose al ave y tomando el mensaje lo lee.

-Levantamos el campamento. Nos esperan en Bree.

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NotaPublicado: Jue Mar 27, 2008 11:23 pm 
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- ¿De venir a recoger a quien? - preguntó Nob desconcertado.
- Se refieren a Baldor. - contestó Enumanus que parado en la entrada al salón les observaba con curiosidad.
- Oh - exclamó el hobbit - está arriba en su habitación, no se encuentra muy bien...
Dicho esto los ocho uniformados dieron media vuelta y pasando frente a Enumanus dirigiendose a las escaleras. Éste les cedio sonriente el paso.
Entre el gentio, Isilya lo observaba y con señas le preguntó que ocurría, Taeron los miraba suspicaz como si supiera lo que iba a ocurrir.
- Disculpadme. - dijo la elfa para levantarse y dirigirse a la salida.

Mientras, Llumdelest al otro lado del pasillo, meditaba el movimiento a realizar cuando vio a espaldas de Calenchenniel, como se acercaban los rohir camino de la escalera.

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NotaPublicado: Mié Abr 30, 2008 10:39 am 
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La doble de Ithilien no se había estado quieta un momento, a pesar de que la herida del costado parecía dolerle; mientras su enorme compañero trataba de interrogar a Llumdelest, Calenchenniel se había situado a espaldas de ésta, entre ella y las escaleras de subida al piso superior de la posada, tratando de impedir cualquier posible huída de la menuda mujer. La auriga se había dado cuenta perfectamente, pero de momento no pensaba realizar movimientos bruscos siempre y cuando se pudiera deshacer de los elfos de buenos modos; y, por la forma en que le hablaba aquel elfo alto, parecía que, menos Calenchenniel, los demás compartían su opinión.
Era la segunda vez que le preguntaban por Laurefinwë, mas ella hacía ver que no lo conocía. Se habrían marchado hacía tiempo de no ser por Calenchenniel, quien permanecía detrás suyo y decía algo a sus congéneres cada vez que la mujer contestaba con evasivas.
Y entonces le sorprendió ver a ocho hombres, fornidos, de cabellos rubios y uniformados de verde, que se dirigían hacia la escalera; uno de ellos dio órdenes a los demás y, junto con otro de sus compañeros, subió al primer piso. Los otros seis se quedaron bajo, esperando. "Vaya, parece que ha llegado la caballería..." pensó Llumdelest irónicamente.
- Es de vital importancia que le encontremos.
- Ya les he dicho que no lo conozco.
- ¡Miente! - saltó Calenchenniel, perdiendo la paciencia; sus compañeros la chistaron puesto que los caballeros se habían quedado mirando la escena - Sé de sobras que estabas con él; y que lo trajisteis aquí cuando... Lo dejé.
- ¿Cuando lo dejaste malherido? - Llumdelest la miró con suspicacia; no sabía porqué, pero la elfa parecía querer ocultar sus fechorías a sus compañeros, los cuales quedaron desconcertados ante las palabras que acababan de escuchar - Sí, confieso que le ayudé a llegar a la posada. Estaba paseando por el bosque cuando lo encontré. Pero ya se ha ido.
- ¿Cómo? Si estaba... - dijo Calenchenniel, con una terrible mueca de irritación.
- ¿Medio muerto? - espetó la mujer, mirando severamente a la elfa; mas relajó su expresión al comprobar que el elfo alto y su otro compañero miraban asqueados a su congénere femenina - Pues sí. Pero digamos que es un tío muy cabezota - dijo como si no tuviera importancia -; nada más despertar y comer algo, se marchó. Pero no me pregunten a dónde, que eso ya no lo sé.
Los elfos se miraron e intercambiaron palabras entre ellos. Llumdelest tenía la sensación de que estaban enfadados con Calenchenniel, quien permaneció con la cabeza gacha y el rostro enrojecido; no sabría decir si por vergüenza, o por rabia.
Mientras discutían, habían mandado a Calenchenniel que se acercara a ellos, de manera que la mujer tenía el paso libre de nuevo. Llumdelest no se lo pensó dos veces y, lo más disimuladamente que pudo, se fue desplazando hacia las escaleras. Se había alejado ya un par de metros, cuando vio a enumanus dirigirse hacia ahí.
El hombre se quedó parado nada más cruzar el pasillo, sorprendido al encontrarse esa zona de la posada tan concurrida. Abrió la boca para decir algo, pero vio a Llumdelest con un dedo en los labios e indicándole que subiera las escaleras.
- ¿Qué pasa? ¿Aquella no será...? - trató de decir enumanus cuando llegó a su lado; mas la mujer le empujó hacia los primeros peldaños.
Sin embargo, el paso les quedó cerrado cuando los dos rohirrim bajaron, acompañando a un tercero. Era Baldor, quien se había puesto su uniforme y avanzaba léntamente apoyándose en sus dos subalternos. Enumanus y Llumdelest los saludaron solemnemente, y el Mariscal les dedicó una débil sonrisa.
- Lamentamos la tardanza, señor... - dijo uno de los hombres vestidos de verde.
- No tiene importancia. Lo importante es que habeis llegado - contestó Baldor.
- Y en buen momento, me parece - comentó Enumanus, mas Llumdelest le golpeó suavemente en la nuca, como aviso para que no hablara. El hombre no dijo más.
- ¿A qué te refieres? - preguntó Baldor, haciendo un esfuerzo para que las palabras salieran de su boca.
La auriga señaló al grupo de elfos, que seguían discutiendo; a éstos se habían unido los otros tres que la mujer había visto entrar por la puerta trasera. Llumdelest, cogiendo del brazo a enumanus, se acercó a Baldor y les explicó a ambos que era el grupo de Calenchenniel y estaban buscando a Laurefinwë.
- De todas formas, no os preocupeis - dijo la mujer -; parece que la única que tiene ganas de pelea es la maldita elfa. No obstante, si os preguntan por Laurefinwë, decidles que se ha marchado.
- Habrá que avisarle, entonces - dijo enumanus -. Por cierto, ¿a donde ibas?
- A por el dichoso libro - suspiró la auriga, bajando los escalones -. Pero ahora será mejor que vaya a por...
- ¡Laurefinwë! ¡Espera en...!

Todos se giraron, y su atención se dirigió en medio del corredor. El impaciente Laurefinwë había estado esperando en el salón demasiado tiempo a que volviera la auriga, intentando mantener la comedia. Pero ya se había hartado, y ahora avanzaba con decisión, seguido por Taeron y una desesperada Ithilien, la cual trataba que el elfo retrocediera.
- ¿Porqué no esperamos en el salón? - le pedía Ithilien.
- Ya he esperado bastante - contestó él con hastío; alzó la vista y vio a sus otros tres amigos enfrente de él, a unos 15 metros, en la escalera - ¡Llumdelest! ¿Y el...?
- ¡Ya os dije que mentía! - gritó Calenchenniel.
Y todo sucedió muy rápido. Sin que sus atónitos compañeros pudieran hacer nada, la elfa se lanzó cual rayo hacia el noldo, daga en mano. Era tan terrible la expresión en el semblante de la elfa, con sus verdes ojos brillando de excitación y de una inexplicable y súbita sed de sangre, que Laurefinwë se quedó de pie, sin tener claro si su enemigo era uno de sus congéneres o un demonio salido de la más honda mazmorra de Morgoth. Rápidamente, intentó desenvainar su espada, ¡pero no la tenía! Tarde recordó que se la había dejado en su habitación.
- ¡Laurefinwë, cuidado! - gritó Ithilien; Laurefinwë trató de hacerse a un lado, mas sintió una tremenda punzada de dolor en la herida, pues aún no se había cerrado devidamente, y se tambaleó cayendo al suelo.
Calenchenniel estaba ya a punto de asestar su golpe. Mas, de forma inesperada, Taeron se interpuso entre Laurefinwë y la doble de Ithilien,lanzándose contra ella. La elfa no se esperó esta arremetida y trastabilló a un lado; pero rápidamente recuperó el equilibrio, dispuesta a repetir el ataque. Pero ahora se topó con Llumdelest. Calenchenniel sonrió diabólicamente, y dirigió su daga al cuello de la humana.
Pero la había subestimado. Mucho más rápida de manos que de pies, la mujer bloqueó fácilmente con la falcata el arma de la elfa y, con la mano derecha, le propinó un puñetazo en el estómago, cerca del costado herido. Calenchenniel retrocedió unos pasos al sentir el dolor. A continuación, sin perder más el tiempo, Llumdelest desenvainó con la misma mano la espada, desarmó a la sorprendida elfa lanzando la daga lejos y, esta vez, le dio un duro golpe en todos los morros con el pomo, suficiente para hacerla caer al suelo, inconsciente.

- No te andas con chiquitas, ¿eh Llum? - dijo Enumanus, todavía en las escaleras junto a Baldor, cuando todo se calmó; la mujer le sonrió, orgullosa por su hazaña.


PD: wiiii, mi post número 333 xD

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NotaPublicado: Mié Jul 09, 2008 7:55 am 
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- ¡Señor Laurefinwë!- dijo uno de los Elfos del grupo de Calenchenniel, el que parecía ser el cebecilla-. Siento todo lo que ha pasado.
- ¿Y tú quien eres?- le soltó Laurefinwë al otro Elfo que quedó un tanto descolocado por la pregunta de su congénere
- Discúlpeme. Mi nombre es Beleg y soy el líder del Clan de la Serpiente.
- Ay, no. Lo que me temía...- dijo el Vanya, y hundió su cara entre las manos como queriendo escapar de la realidad por unos momentos, para luego volver la mirada hacia Athendo-. Y supongo que tú, Athendo, eres el líder del Clan del Águila, ¿verdad?
- Si Señor...

Se hizo el silencio. Un silencio tenso, cargado de preguntas que necesitaban respuestas. Todos miraban a Laurefinwë, incluso los Rohirrim, que se habían quedado para ver cómo terminaba aquéllo.
El Elfo miraba al piso, perdido en sus recuerdos y pensamientos. De repente alzó la mirada y dijo:

- Y también supongo que están aquí para terminar los unos con los otros y luego llevarse el libro, porque...- intentaba recordar cómo era...- porque"el que este Libro posea cuando el otro ya no sea, será el Rey, y su superioridad y autoridad será indiscutida, y su discurso y actos irrefutables, y su fuerza y valor indestructibles, Ése de los dos que sea el último será el Mayor". Pero... cómo... ¿cómo es posible?- dijo Laurefinwë mirando a Beleg y a Athendo. El Elfo y el Humano tenían la mirada baja- Llumdelest, por favor ¿podrías traer el Libro?
- Voy- le respondió la Auriga y salió en busca del paquete.

- Bien, es hora de irnos, muchachos- dijo Baldor de repente-. Ha sido un placer conocerles.
- Vuelve algún día, Baldor- le pidió Enumanus
- Volveré, aunque no sé cuando ni como- el Mariscal sonrió-. Salúdenme a Llumdelest, que no nos hemos podido despedir. Adiós.
- Adiós Rohir, esperamos volver a verte pronto- dijo Ithilien
- ¿Quien sabe? Quizás vuelva más pronto de lo que todos pensamos- y así el Mariscal del Folde Oeste y su Companía se retiraron del Poney Pisador.

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Última edición por Laurefinwë el Mié Jul 16, 2008 6:11 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Vie Jul 11, 2008 1:36 pm 
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Cuando los Jinetes de la Marca partieron, acompañando a su Mariscal hacia el sur, los demás permanecieron aún un buen rato en el pasillo. Laurefinwë quería arreglar las cosas y terminar el asunto cuanto antes. Ahí, de pie, en medio del pasillo rodeado de Elfos y Hombres, pensaba en cómo terminaría todo.
- ¿Estás diciendo que todo esto es por culpa de una historia infantil? - preguntó Athendo, con expresión no muy relajada, cuando terminó de escuchar las palabras del elfo una vez Llumdelest se había marchado.
- Exacto - contestó Laurefinwë tranquilo.
- A muerto gente, ¿entiendes? - no pudo callar Taeron.
- Pero no era mi intención; yo no tengo la culpa de que fueran... tan crédulos - continuó el elfo, en tono impertérrito.
- ¿Tan crédulos? - Taeron, perplejo y furibundo, estubo a punto de saltar sobre Laurefinwë, mas Goadha lo sujetó por el hombro.
Al ver a su tío calmado, aunque con el entrecejo fruncido, el joven agachó la cabeza y se retiró al lado de Ithilien.
- ¿Y cual era tu intención entonces, elfo? - continuaba Athendo.
- Nada más lejos que entretener a un par de niños humanos - exclamó Laurefinwë - . Pero no pensé que se formara tal alboroto por un simple cuento. Aunque, si me permiten, me resulta extraño esto... Elfos y Hombres peleándose por mi libro... ¿Cómo ocurrió?
- Me parece que es una larga historia - dijo al fin Beleg, quien se había mantenido callado, al igual que sus compañeros, durante todo el tiempo que Laurefinwë hablaba -, y no sé si es conveniente relatarla en estos momentos...
Beleg miró con recelo a los Hombres del clan de las Águilas.
- Por nosotros no te preocupes - replicó, altivo, Athendo -. Sois vosotros quienes perseguisteis a nuestras familias durante siglos.
- Porque vuestros padres se atrevieron a perpetrar nuestras casas - contestó otro de los elfos que acompañaban a Beleg.
- ¡Si lo hicieron, fue porque...! - intentó gritar Otger, pero de repente, alguien les llamó la atención desde la otra punta del pasillo.
- Señores míos, si van a discutir o háganlo en la calle o en otro lugar, no en medio del pasillo que interrumpen el paso de los huéspedes.
- Tienes razón, Mantecona - dijo enumanus, y luego se dirigió a Laurefinwë -. Vamos a ver... Yo también estoy intrigado por la historia, pero bien podríamos hablar de ello en otro lugar más resguardado; a menos que os vayais a pelear.
- Por eso no se preocupe - dijo Athendo, más relajado; pero luego contestó otra vez en tono altivo a los elfos del Clan de la Sierpe -. Al menos, nosotros no tenemos intención de derramar más sangre.
- Nosotros nunca la tuvimos - contestó Beleg, seriamente.
- Pues todo lo que conozco de vuestro clan... - se atrevió a comentar Ithilien en voz baja, pero todos la pudieron escuchar.
- Sólo defendemos lo que es nuestro. Aunque he de reconocer que hay algunos miembros un tanto más... radicales.
- Por ejemplo... - dijo Taeron, y señaló con un movimiento de cabeza a Calenchenniel, aún inconsciente. Beleg suspiró, y asintió en silencio.
- ¡Bueno! Pues ya que nadie quiere pelear, mejor nos vamos a otro sitio - exclamó de pronto Laurefinwë.

Enumanus se afanó en llamar al posadero, y pronto el grupo estuvo reunido en la salita de la posada. Colocaron a la elfa inconsciente a un lado en el suelo cerca de la chimenea encendida, al fondo de la habitación, maniatada y con la boca tapada, siguiendo el consejo de los demás elfos, puesto que conocían el caracter belicoso e inestable de su compañera. Laurefinwë, quien no se había acordado en todo este tiempo que había mandado a Llumdelest a por el libro, empezó a preocuparse y mandó a Ithilien en su busca.
Así pues, la elfa sinda se encaminó en busca de su amiga, y pronto la encontró en la esquina del pasillo; Ithilien se la quedó mirando, pues le extrañó el semblante sonrojado salvo algunas partes manchadas y la cara de arrepintimiento de la mujer, como si acabara de hacer algo malo sin querer.
- Tenemos un problema... - dijo Llumdelest.
Cuando escuchó la puerta abrirse, a Laurefinwë le dio un salto el corazón, dado su nerviosismo por terminar ese asunto. Ithilien atravesó la puerta, seguida de la menuda mujer quien sostenía con ambas manos algo pesado y oscuro que emitía un malsano olor a chamusquina. Los brazos de la auriga, e incluso partes de la cara, estaban manchados de negro hollín. La mujer avanzó hasta Laurefinwë y le mostró el libro; el noldo lo cogió como pudo con las puntas de los dedos para no mancharse. La mujer tenía alguna quemadura leve en la mano derecha.
- Esto... He tenido un... pequeño accidente - dijo, con el semblante cada vez más carmesí.
- Pero... ¿Qué te ha pasado? - preguntó de súbito Isilya al ver el aspecto de la mujer.
- Ya... le dije a Mantecona que tenía que cambiar de sitio su... biblioteca privada - contestó Llumdelest, esta vez con un ligero tono de enojo -. ¡Los libros no pueden estar al lado del aceite para las lámparas!
Laurefinwë se quedó sujetando el libro por las tapas, que tan bien conocía, cuando las páginas hechas prácticamente cenizas cayeron de súbito a sus pies.
- Lo... Lo siento, Laurefinwë - dijo Llumdelest.
El elfo la miró con sus ojos azules, sin saber si entristecerse o aliviarse, puesto que la destrucción del libro podía facilitar las cosas.

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NotaPublicado: Vie Jul 18, 2008 9:13 pm 
Maestro Narrador
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Al ver lo que había sucedido con su preciado tesoro, ambos bandos se lanzaron sobre la sonrojada Auriga, mas Laurefinwë se interpuso:

- ¡Deténganse! La destrucción de este libro no puede ser interpretada de otra forma que como una señal de Eru. Basta de luchas fratricidas. ¿Se han detenido a mirar para atrás y ver cuanta muerte y destrucción ha sembrado esta estúpida historia? Es hora de que esto termine. Supongo que ambas partes han sufrido bajas importantes a lo largo de estos.. ¿cuántos? ¿casi mil años, verdad? Pues este es tiempo de Paz.

Los miembros de los dos grupos mantenían las cabezas gachas, quizás recordando, quizás avergonzados, quizás llorando en silencio queridos amigos y familiares muertos por el clan rival. El Elfo continuó con su discurso:

- Sé que no será fácil, que el odio y los rencores no se disipan de un día para el otro. Pero deben trabajar en eso. Es el momento de dejar atrás el orgullo y trabajar por la Paz en este mundo...

Beleg levantó la mirada hacia los ojos de Laurefinwë. No era un Elfo viejo, parecía bastante joven. Había lágrimas en sus ojos. Tras un corto silencio se decidió a hablar:

- ¿Pero cómo terminar con esta lucha si es nuestra razón de vida? Ya no importaba el maldito Libro ni la leyenda ni el Reino; sólo importaba vengar a nuestros muertos. No podemos dejar de pelear, la memoria de nuestros difuntos no nos lo permite...
- ¡Maldito y orgulloso Elfo!- le gritó Athendo levantando la cabeza. También lloraba.- ¡Deja ya de buscar razones para seguir peleando! ¿Que no ves cuánto dolor, destrucción y muerte esta maldita guerra a creado? Sabias son las palabras de Maese Laurefinwë...

Se hizo el silencio otra vez. Hasta que del grupo de los Elfos alguien habló:

- Tiene usted un asunto personal que arreglar con Calenchenniel, señor Laurefinwë.
- ¿De que hablas Erhadyel?- Beleg se había vuelto hacia el Elfo que había hablado- Juramos no decir nada sobre eso...
- Es tiempo de que eso también se arregle, Beleg. Ella sufre...
- ¿Qué es lo que ocurre con ella? ¿De qué asunto personal hablan?- Laurefinwë se mostraba muy desconcertado.
- Maese Laurefinwë, Calenchenniel es su... es su...

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NotaPublicado: Lun Ago 04, 2008 7:23 am 
Guardián del Brandivino
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Todos clavaron su mirada en Erhadyel, quien se sonrojó y no fue capaz sino de balbucear una ininteligible ristra de dubitaciones. Entonces Beleg intervino:
- Creo que será mejor tratar este asunto en privado.

Los tres concondaron, y marcharon hacia la calle, que sin duda les permitiría mayor intimidad. El resto, intrigados, los siguió en comitiva, respetando la privacía con ese mínimo de apenas cuatro yardas que exigían las buenas maneras. Pero el tiempo pasaba, y ni la conversación parecía resolverse ni ninguno de los presentes daba una explicación razonable. Algunos decían que Calenchenniel era una hija perdida, y otros hablaban de una madre desconocida, pasando por una amante olvidada, e incluso no se llegó a descartar una esposa despechada. Fuera como fuere, las horas fueron pasando y la gente se cansó de esperar de pie unas nuevas que tal vez no fueran tales; si es que había una historia, ya se contaría en su momento. Así que tanto los locales como los forasteros fueron renunciando a la posibilidad de ser los primeros en enterarse del asunto, restándose de las filas de curiosos y sumándose a las de bebedores, si acaso no tenían planes mejores en casa. ¿Rumores? Muchos.
Pero no bien se acostaba la tarde cuando llegó una nueva noticia: parte del viejo establo de los Arenas se había derrumbado. Y siendo un tema de interés local sustituyó a las posibles pero improbables relaciones entre los dos elfos en los dimes y diretes de los parroquianos. Algunos creían que lo reconstruirían, por ser un monumento histórico relacionado con aquella otra terrible historia ocurrida veintiocho años antes y que pocos se atrevieron a rememorar. Otros decían que sería derruído y reemplazado por uno de esos horribles establos modernos de piedra con bebederos para las monturas. Alguno mostró interés en comprar el terreno, pero retiró la oferta después de saber lo que pedía la familia. Y, sin darse apenas cuenta, la mayor parte de los contertulios olvidó los eventos ocurridos recientemente. Sólo cuando el buen Mantecona se quejaba por los moratones, o al mencionarse la Marca o los Mariscales, alguien giraba la cabeza hacia el grupo, y se volvía a percatar, como lo había hecho una jarra antes, de que se había disuelto.

Finalmente llegó la noche y los parroquianos marcharon, mientras los más noctámbulos ocupaban sus posiciones en torno a una gran mesa, siempre la misma, en el Salón Común, y el Hombre de la Luna bajaba a probar, una vez más, aquella densa y aromática cerveza. Reunidos pasada la media noche vieron partir las comitivas de foráneos que tantos problemas habían traído últimamente. Y finalmente hasta ellos desaparecieron, y la posada quedó en silencio y a obscuras hasta que el amanecer y el ruido del desayuno volvieron a llenar, con su habitual puntualidad, las primeras horas de un día normal en la Posada.

Un día que sólo tendría una novedad: el desmayo de cierto elfo cantor al ver la factura que le presentaba Mantecona, pues sus amigos se habían marchado, por supuesto, sin pagar, y alguien debía hacerse cargo tanto de los gastos... como de los destrozos.

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Húmecoa eä, alassëa húmecoa yerna
ara i sundor yára amban sindava,
yassë carintë limpë varnilda
i Tilion Quen Ránassë númennë
lóme yáressë sucien sá.


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NotaPublicado: Lun Ago 04, 2008 8:43 pm 
Señor de las Palabras
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Un par de semanas habían pasado desde el alboroto del libro, aunque dicho caso no tuvo más repercusiones que aquel día aciago y ya no se había vuelto a hablar de él. Aquel día había amanecido claro, pero a medida que se acercaba la tarde unos nubarrones cubrieron el cielo y pronto empezó a llover. Un viejo con larga barba blanca entró por la puerta de la posada. A pesar del agua que caía, parecía que sus ropas no estaban mojadas.
- Buenas tardes, señor Meord. ¿En qué le puedo ayudar? - preguntó Nob, solícito, nada más ver al hombre en el pasillo cuando se disponía a entrar a la cocina, cargando unas viandas.
- Buenas tardes para ti, mi hobbit. De momento iré al Salón un rato, gracias.
El anciano atravesó la puerta. Pronto descubrió, entre tanta gente, a un grupo pequeño formado por cuatro personas. Una de ellas era la elfa Ithilien; el otro un elfo con un laúd y, la tercera, repantigada de cualquier manera en el sillón, parecía ser la auriga. El cuarto, sentado cerca de la elfa, parecía ser el muchacho al que habían maniatado a dos barriles hacía unos días. Parecía tener mejor aspecto, y los ojos le brillaban cada vez que miraba a la elfita.
- Vaya, vaya... Mirad quién está aquí... - dijo Llumdelest con una sonrisa.
- ¡Buenas tardes, maese Meord! - saludó efusivamente Ithilien; Laurefinwë y Taeron le dedicaron un movimiento de cabeza.
- Buenas, buenas... ¿Qué? ¿Cómo quedaron con aquel... – y bajó el tono de la voz hasta transformarlo en un susurro misterioso - asunto del clan de la Sierpe?
- Pues mejor de lo que esperábamos en un principio – dijo Llumdelest después de pensar un poco -. ¿Qué le trae a estas tierras, querido Meord?
- Varias cosas, apreciada auriga. En primer lugar, un poco de descanso – Meord alcanzó una silla cercana y se sentó lentamente sobre ella, como un anciano -. En segundo lugar, está aquel asunto que ya he mencionado.
Los otros cuatro se acercaron al viejo con cara de aparente interés.
- ¿Ha descubierto algo nuevo, acaso? - preguntó Taeron.
- Algo que quizá os venga bien saber para resolver el asunto... Me enteré que alguien asesinó a un vecino en una localidad cercana a esta posada. Y sospecho que el causante o, mejor dicho, la causante tenga alguna relación con la agresión del posadero. Y, si no me equivoco, de la suya también – dijo refiriéndose a Laurefinwë.
- No diga más, señor – le contestó el elfo quien, de pronto, se quedó con el entrecejo fruncido al recordar aquellos hechos -. Y supongo que, quien quiera que sea el causante o, mejor dicho, la causante, hizo lo que hizo porque tenía un propósito.
- Efectivamente – dijo el anciano -. Según lo que he averiguado, y puede que les sea de ayuda, el propósito era obtener algo que alguien había dejado en este mismo lugar.
- ¡No me diga! - exclamó Laurefinwë, quien no sabía si estallar en carcajadas o darle al viejo un puñetazo -. ¿Y qué era ese “algo” que alguien había dejado en este mismo lugar?
- De eso, señor elfo, no tengo idea. Todavía... Pero me imagino que sería algo que le llegó a usted.
- ¿Un libro quizá? - dijo el noldo.
- ¡Oh! Así que se trataba de un libro... - el anciano se acercó a Laurefinwë, y bajó aún más el tono de la voz para que sólo el elfo pudiese oírle – Bien, le sugiero, señor, si acepta mi sugerencia claro, que guarde el objeto en cuestión en lugar seguro...
- No será necesario – dijo tajante el noldo, para que todos le pudiesen oír -. Puesto que ya no existe tal objeto en cuestión.
- ¡Oh! ¿No me diga que al final el clan consiguió hacerse con él? - dijo Meord, del todo sorprendido.
- No exactamente – dijo Laurefinwë, crispado; y mirando a Llumdelest dijo -. Sólo que tuvimos un accidente, y el libro terminó hecho chamusquina, con lo cual el asunto quedó solucionado en parte; lo demás bastó con una sencilla explicación y un cuento para niños.
El noldo, harto, se levantó de su asiento con el laúd en la mano y se dispuso a salir del círculo.
- ¡Vaya! ¿Qué historia les contó para salir de semejante jaleo? - preguntó Meord.
- Eso, maese Meord – le contestó Llumdelest, quien también se había levantado -, le dejaremos que usted lo averigüe. Con un poco de suerte, en un año tendrá el misterio resuelto del todo.
El elfo y la mujer salieron del Salón. Meord se quedó sentado en la silla, pero sin dejar de mirar el sillón del que se había levantado Laurefinwë pensando en mudar de sitio sus posaderas. Por su parte, Taeron e Ithilien, que habían perdido el interés en la conversación hacía rato, se habían sentado un poco más alejados. Parecía que querían estar los dos solos, y el anciano no molestó.


Lejos de ahí, y unas horas más tarde, alguien colocaba delicadamente algo negro y amargo con un punto exquisitamente dulce en un platillo de porcelana. Lo dejó sobre la mesita, al lado del vaso de agua, y se sentó en el butacón releyendo la carta a la luz de la vela.

Mi estimado amigo,
Hace tiempo que no sabía nada de ti, pero recientes acontecimientos han hecho que me vinieses a la memoria. Es por ello que he decidido escribirte, y enviarte este presente como disculpa por este largo silencio desde que nos separamos.


Sus ojos leyeron con avidez cada oración, palabra por palabra. No se daba cuenta, pero estaba sonriendo de forma un tanto estúpida. La misiva tenía dos hojas, una por las dos caras. Le explicaba cosas que en verdad no le importaban: algo sobre un libro robado que luego se quemó y otras anécdotas estúpidas de gente que no conocía, o probablemente sí pero con algún otro nombre; su trabajo solía tener ese tipo de inconvenientes.
A pesar de todo, leía emocionado las runas trazadas con rapidez y elegancia.

No tengo nada más que contarte. Quizá dos folios te parezcan excesivos, aunque se me ha hecho corta al leerla de nuevo. Pero bueno... Tal vez a ti te parezca una eternidad su lectura.

- Que va, mujer... - dijo en voz alta, con tono alegre; pero se dio cuenta que había malgastado saliva, puesto que estaba sólo en la casa.
Cogió la barrita del plato y le dio un mordisco.

Como siempre, espero que estés bien. Y ojalá nos veamos pronto, aunque supongo que ambos estamos demasiado ocupados como para movernos de nuestras ubicaciones geográficas actuales.
Sin nada más que decir, me despido esperando de veras que nos volvamos a cruzar, y deseando que te guste el regalo que te mando.

C

PD: Los limones están demasiado caros por aquí. ¡Qué barbaridad...! Seguro que en verano lo serán aún más. En fin, tiraré de cerveza para refrescarme, aunque ya sabes que no me gusta.


- ¡Ajá!
El truco era viejo, pero solía funcionar. Se maldijo por no haberse dado cuenta antes de ese peculiar aroma en el sobre, se preguntó si estaría perdiendo facultades y, alargando la mano, acercó la misiva al velón que había junto al vaso, sobre la mesita. Con cuidado de que el fuego no tocara la carta, mantuvo la hoja próxima a la llama, hasta que unos dibujos aparecieron entre la firma y la postdata del documento.

El truco es algo simple, pero espero que funcione y, sobretodo, que nadie excepto tú lea esto. El libro que te mando junto con esta misiva es el culpable del alboroto montado en la posada hace unos días. A simple vista, es un libro de cuentos; pero lo he repasado un poco y hay algo que no me acaba de cuadrar.
Si te fijas, a partir de la página 49 y cada 7, el primer carácter parece haber sido manipulado. No he podido encontrar ningún otro patrón, ni entiendo lo suficiente de lo escrito como para saber la razón de tales modificaciones. Pensaba simplemente arrancar dichas páginas, pero creo más prudente enviarte el libro entero e intacto (si es que llega bien...), por si encuentras algo más que yo no he sabido ver. Obviamente, no es el libro que se quemó, si no el que debía haber sido quemado.
Espero pronto recibir noticias tuyas, sobre lo que pudieses averiguar por tu cuenta y, sobretodo, de ti mismo.
Y recuerda que vamos al cincuenta por cierto sobre todo lo encontrado.


Releyó de nuevo las palabras escritas en jugo de limón. Esta vez, se percató en la penúltima oración y no pudo evitar sonrojarse; aunque lo último escrito no le entusiasmó demasiado.
Guardó ambas hojas en el sobre en que vinieron y lo escondió en un lugar seguro que sólo él conocía. Tomó el libro, lo abrió y leyó la portada sin dificultades. Se sentó de nuevo en la butaca y hojeó el libro intrigado, pasando las páginas al azar puesto que no le apetecía contarlas en esos momentos. Y, al poco, encontró aquello que ella no había podido entender.



FIN (del cuento)

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Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


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