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 Asunto: La Mafia en la Posada
NotaPublicado: Vie Nov 30, 2007 8:54 pm 
Maestro Narrador
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Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
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Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
Un día común en la Posada. Un extraño cualquiera entró en El Poney, se sentó en la barra y le pidió a Mantecona una oscura.

-¡Posadero! Una oscura, y rápido

Ante los malos modales del cliente, el orondo Posadero eligió hacerlo esperar un rato, como castigo

-Un momento, un momento

1, 2, 3, 5 minutos y no le llegaba la oscura al cliente. Entonces decidió hacer algo realmente estúpido y de lo que, luego, se arrepentirían todos los huéspedes de la Posada. Cruzó la barra de un salto, tomo una botella de vino vacía que reposaba sobre la barra, y se la partió en la cabeza al Posadero. Mantecona, desmayado, cayó al piso. Los huéspedes sacaron a patadas al agresor.

A los pocos dias aparecieron carteles por todo El Poney Pisador que decían:

A todos los huéspedes de esta Posada:

Debido a la agresión que sufrí hace poco he decidido contratar una élite de "guardaespaldas" para proteger mi integridad física. Por favor, sepan disculpar las molestias que mi guardia pueda ocasionar
Cebadilla Mantecona


Con los carteles aparecieron los "guardaespaldas" de Mantecona. Verdaderos matones, gigantes como trolls, vestidos de negro y armados con grandes garrotes. En principio, protegían de cerca a Mantecona, pasado el tiempo ya veremos lo que pasó con ellos.

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En todo hay una fisura,
por allí siempre entra la Luz.

Leonard Cohen


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NotaPublicado: Sab Dic 01, 2007 5:36 pm 
Merodeador de Tabernas
Merodeador de Tabernas

Registrado: Sab Oct 27, 2007 10:45 pm
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Los dias pasaban y Mantecona apenas se podia mover con todos los guardaespaldas. Pero cierto dia el extraño llego otra vez a la posada.
Pidio de nuevo una oscura, de malos modales, cuando de repente ocurrio lo esperado. Uno de los guardaespaldas le pego un puñetazo en la cabeza al extraño, que por cierto, se fue gritando:
-Me las pagaras, Mantecona me las pagaras. >:(
Al dia siguiente...

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Cuando nacemos ellos rien y nosotros lloramos, pero cuando muramos ellos lloraran y nosotros reiremos


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NotaPublicado: Dom Dic 02, 2007 12:19 am 
Maestro Narrador
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Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
Mensajes: 242
Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
Al día siguiente empezó la catástrofe.
Laurefinwë bajaba de su habitación, rumbo a tomar un bocado y seguir a los establos, a cepillar a Rochisil.

- ¡Mantecona!- el orondo Posadero no escuchaba, ya que se encontraba hablando con otro huésped. El Elfo levantó la voz- ¡¡Mantecona!!
Para desgracia de Laurefinwë, uno de los "monos" del Posadero se encontraba cerca, y, al oírlo, no dudo -o no quiso dudar- un segundo, se acercó por detrás del Elfo y le conectó un tremendo garrotazo e la cabeza.
-¡¡¡Manteconaa!!! ¡¡¡Posa... eh? <PAFF!!> y Laurefinwë cayó inconciente al suelo

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Leonard Cohen


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NotaPublicado: Lun Dic 10, 2007 11:22 am 
Señor de las Palabras
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
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Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
Llumdelest se acercaba a la arcada de la posada a paso lento. En una mano traía un fajo de sobres; en la otra, alzada a la altura del pecho, sujetaba un claro y fino pergamino. La auriga avanzaba mientras leía abstraída la letra firme y ligeramente tosca, pero aún así elegante, que contenía la carta. Era de él, por supuesto, por lo que la mujer sonreía de forma tan embelesada.
Cuando llegó al fin a la puerta, plegó la carta de Moralagos y se la sujetó en el cinto. Dio un respingo al ver uno de esos carteles repartidos por toda la aldea, sujetado también por un par de clavos en la madera de la puerta. Sin embargo, no le dio importancia, empujó la puerta y entró.
Buscó al posadero en el Salón Común con la mirada, pero no lo vio en lugar alguno; cosa extraña, puesto que la sala estaba mucho más vacía que de costumbre, y un personaje como Cebadilla Mantecona no pasaba desapercibido.
Buscó a Nob, pero tampoco lo veía por ningún lado. Lo que sí vio fue a unos pocos clientes nuevos y, curiosamente, más muebles situados en las paredes y cerca de la entrada.
Pero no eran muebles: eran hombres, grandes e inmóviles como armarios. Llumdelest alzó el fajo de cartas destinadas a huéspedes de El Poney Pisador. El pobre mensajero no se atrevía a acercarse a la posada ya y, aprovechando que la mujer había ido a recibirle (pues Llumdelest había decidio que era más seguro recoger su propio correo en vez de dejarlo a cargo del desmemoriado posadero), le dio el resto de documentos con destino en la posada. Como la auriga estaba de un humor excelente en esa hermosa mañana, aceptó encantada. No obstante, se le olvidó preguntar al mensajero el por qué no iba ya a la posada.
- Disculpe... - dijo Llumdelest acercándose a uno de los hombres-armario, el que estaba al lado de la puerta - ¿Ha visto al señor Mantecona?
El personaje ni se inmutó, ni la miró siquiera, siguiendo con el entrecejo fruncido.
- Estoy buscando al posadero, Cebadilla Mantecona. ¿Me podía decir dónde está? - el hombre siguió contemplando la nada con el mismo semblante - Perdone, pero es algo urgente... ¿Entiende usted el idioma?
- El señor Mantecona está ocupado - dijo al fin.
- Bueno, pues no le robaré mucho tiempo - contestó la mujer, sonriendo - ¿Acaso está en los pisos superiores?
- El señor Mantecona está ocupado - repitió.
- Bueno, está bien. Que tenga un buen día.

"Tío rancio..." pensó Llumdelest, y salió del salón dirigiéndose al fondo del pasillo, hasta que unos bramidos la sorprendieron: eran de Mantecona. Rápidamente, fue hacia donde provenía el escándalo, y cual fue su sorpresa al ver otro hombre-armario al lado de la puerta del comedor privado de la posada.
- ¡¡¡Os pago para que me protejais, no para que pegueis a mis clientes!!! - se oía la voz del posadero proveniente del interior; Mantecona estaba de veras furioso.
Llumdelest se acercó a la puerta, pero el hombre le cortó el paso.
- No se puede pasar - dijo impertérrito.
- Sólo quiero hablar con el señor Mantecona...
- El señor Mantecona está...
- ... ocupado, ya. Pero tengo que entregarle...
- Esta zona es de acceso restringido.
- ... las cartas de... ¡Qué puñetas acceso restringido! - Llumdelest empezaba a cansarse de aquella situación - Mire, no vengo a hacerle nada; sólo quiero darle las cartas para los huéspedes...
- ¡¡Todo el mundo grita mi nombre en el salón: soy el posadero!! - continuaba bramando Mantecona, ajeno a la discusión del pasillo.
- No puede estar aquí - dijo el individuo -. Vuelva al salón o a su habitación.
- Será posible... ¡Mantecona! - gritó Llumdelest.
- ¡¿Quiere hacer el favor de marcharse y no molestar?! - rugió el hombretón, encolerizado; trató de alejar a la mujer a empujones, pero ella se zafó facilmente.
- ¡Mantecona! ¡Sal un momento, anda!
- ¿Qué sucede? - otro hombre-armario apareció en el pasillo, con idéntica expresión de pocos amigos que los demás.
- Esta mujer quiere ver al señor Mantecona - dijo el de la puerta.
- El señor Mantecona está...
- ¡Ocupado, ya lo sé! ¡Pues dele usted las cartas! - Llumdelest, harta de la situación, le estampó al recien llegado el fajo en el estómago con furia; el hombre, aturdido, sujetó justo a tiempo las cartas antes de que cayeran al suelo - ¡Adios, muy buenas!

La auriga dio media vuelta, dirigiéndose esta vez hacia la puerta que daba al patio.
- Menudos guardias... - iba mascullando por el pasillo - ¿Y para qué querrá Mantecona escolta? ¿Que ya no se fía ni de sus huéspedes? Apañados estamos...
Había salido al patio, dispuesta a entrar en el establo. Mas se percató de que había alguien más. Se giró y estuvo observando al personaje que se hallaba sentado en los peldaños de la entrada a la cocina.
- ¿La... Laurefinwë? - dijo estupefacta.
El elfo alzó la mirada. Con el ojo y mejilla izquierdos amoratados e hinchados y la nariz rota, sostenía una jarra de fresca cerveza a la altura de la maltrecha cara, tratando de aliviar el dolor.
- Aiya... - contestó Laurefinwë con una extraña mueca que pretendía ser una sonrisa.

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Espíritu. En todos los idiomas de los Reinos, en la superficie y en la Antípoda Oscura, en todo tiempo y lugar, la palabra suena a fuerza y decisión. Es la fuerza del héroe, la madre de la resistencia y la armadura del pobre. No puede ser aplastado ni destruido.
Esto es lo que quiero creer.
(Drizzt Do'Urden)
La meua llibreta


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NotaPublicado: Lun Dic 10, 2007 7:29 pm 
Maestro Narrador
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Registrado: Vie Nov 24, 2006 5:27 pm
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Ubicación: Ora aquí, ora allá, ora acullá...
- Pero... ¿Qué te ha sucedido?
- ¿Eh? Ah, lo del ojo, si. Es que yo estaba en la barra, creo, y llamé a Mantecona, y no me escuchaba y entonces levanté la voz y uno de esos monos vino y... y después me desperté así- se acercó la jarra a la cara-. ¡Ay! No me hagas hablar mucho que me duele.
- ¿Y a alguien más le ha sucedido esto? ¿Golpearon a alguien más? ¿Por qué Mantecona contrató a esos matones?
- Ay, son muchas cosas. Me duele la cabeza... lento, tranquilo- Laurefinwë cerró los ojos-. A ver, primero: no creo ser el único al que le haya sucedido esto. Y segundo: el Gor... Mantecona -en ese momento salía uno de los guardaespaldas, un gorila gigante de bigotes- fue agredido por un extraño, hace un par de días. Un tipo alto, grandote, bastante parecido a ese mono que salió... ¡¡Joder!! ¡Es el mismo pero con bigotes!

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NotaPublicado: Mar Ene 20, 2009 7:10 pm 
Señor de las Palabras
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Registrado: Jue Sep 02, 2004 4:36 pm
Mensajes: 348
Ubicación: Bosque de Chet
Raza: Mujer auriga
- ¡Schhhhhh! - Llumdelest tapó la boca del elfo con su mano - Hay veces que pierdes el disimulo - le susurró.
Ambos observaron cómo el hombre se había parado justo delante de la puerta del establo, y los miraba receloso. La mujer deslizó el brazo por detrás los hombros del elfo, tratando de disimular.
- ¡Buenos días, buen hombre! - exclamó Llumdelest, ante la sorpresa de Laurefinwë y del otro humano - ¿Necesita algo?
- ¡Bah! - respondió el hombre con una desagradable mueca; masculló unas palabras que la auriga no pudo escuchar con claridad, y se metió en el establo.
- Ha dicho algo... - dijo Llumdelest.
- "No os metais en mis asuntos, idiotas", me parece - respondió Laurefinwë; la mujer lo miró impresionada.
- Alabado sea tu oído, querido amigo - le dijo a la oreja; le dio un beso en la mejilla y se levantó de golpe -. Vamos, rápido.
- ¿A dónde...? - quiso preguntar el elfo, un tanto sonrojado, pero la mujer le hizo callar de nuevo con expresión severa.
- Quiero averiguar qué se trae entre manos ese tipo - dijo en voz baja -. Y si te conozco un poco, Laurefinwë, tú también.
Sin embargo el elfo se quedó sentado, con la jarra de cerveza pegada de nuevo a la mejilla maltrecha y viendo cómo la mujer se dirigía en pos del hombre del bigote.
- ¡Ay! A mí déjame estar esta vez... - le contestó antes que ella se escurriese por la entrada del establo.
No obstante, empezaba a notar un ligero cosquilleo en el estómago. Sí que era extraño, el caso. Se levantó, dejó la jarra en el peldaño, y siguió a Llumdelest. No iba a divertirse ella sola.

Agazapados sobre una de las robustas vigas del establo, espiaban al extraño. Se hubiesen esperado que montara una de las cabalgaduras y se largara, mas se estuvo un buen rato esperando, con los brazos cruzados y caminando nerviosamente en círculos. Llumdelest miró a Laurefinwë; su rostro, con la mejilla menos hinchada, estaba serio, los ojos brillando de curiosidad.
Al cabo de media hora, seguían ahí. El extraño maldecía en voz baja a cada dos pasos que daba. Por su parte, la auriga y el elfo habían cambiado a una posición más cómoda en la viga, sin que ésta crujiera siquiera.
Llumdelest descansaba con la espalda recostada contra un pilar, contando las veces que el desconocido pronunciaba cierto calificativo. Mas Laurefinwë empezaba a moverse inquieto. Se preguntaba si merecía la pena estar ahí esperando, así como si la jarra seguiría dónde la dejó.
La auriga se percató pronto de la inquietud del elfo. Sabía que habían estado esperando demasiado tiempo.
Cuando al fin iba a acercarse al elfo, entró alguien al establo.
El elfo y la auriga se interesaron de inmediato. ¡Era uno de los hombres armario que pululaban en la posada!
- ¡Ya era hora!
- Perdona por la tardanza, pero el "Gordo" me entretuvo.
- Ya, ya... ¿Cómo va el plan?
- La posada está prácticamente bajo nuestro control, salvo por el "Gordo"...
- El posadero es lo de menos; será fácil de liquidar.
- ... y unos pocos clientes fieles que siguen frecuentando el local.
- ¡Bah! Esos borrachos... ¡Imbéciles! - el extraño del bigote sonrió de repente - No son más que un atajo de desechos. Tampoco serán problema.
- No sé que decirte... Algunos parecen mercenarios, montaraces, trotamundos... guerreros.
- ¿Guerreros?
- Sí... Gente de armas; muchos de ellos parecen tener afecto al "Gordo".
- ¿Ah sí? - el hombre se quedó un rato en silencio, pensando - Con que le tienen afecto, dices... Ya veremos... ¿Algo más?
- Nada de momento. Debo volver, o el posadero me volverá a llamar la atención - el grandullón giró sobre sus talones, dispuesto a marcharse; el del bigote fue a gritarle algo, pero el hombre le dijo: -. Supongo que debo mantenerte informado sobre aquellos clientes que me resulten peligrosos.
- Ehm... Sí, eso iba a decirte. Al menos, de aquellos que os parezcan sospechosos.
- Avisaré al resto.
- Bien, y ya os diré cuando es la próxima reunión. Se me está ocurriendo algo para con aquellos... guerreros.

Ambos hombres salieron del establo, el bigotudo por la puerta principal y el otro por la del patio. Llumdelest y Laurefinwë se quedaron unos instantes en silencio.
- ¿De qué va esto? - dijeron al unísono, totalmente desconcertados, aún en la viga del techo.

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