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 Asunto: Dos tiras de cuero
NotaPublicado: Mié Dic 26, 2007 5:41 pm 
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Registrado: Dom Ene 14, 2007 11:18 pm
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Ubicación: La Comarca, Eriador
La tarde caía lentamente, pues en verano el sol tarda más en esconderse. Ya habían transcurrido dos horas desde que los últimos rayos del sol habían comenzado a bajar, y todavía el astro rey no se había apagado del todo. Se oía murmullo, allá a lo lejos, cerca de la posada más famosa de Bree. Famosa por su cerveza, y por la gente que se hospedaba en ella. Histhel terminó de amarrarse las cuerdas que sujetaban su calzado, que no consistía más que en dos trozos de cuero con unos agujeros para poder pasar un cordón y atarlo fuertemente a la pierna a modo de protección de las piedras del camino. Ya jadeaba, pues llevaba varias horas caminando y el calor no ayudaba a hacer más cómodo el trayecto. Justo llegó el ocaso cuando Histhel abrió tímidamente la puerta de la taberna, y una gran algarabía atronó sus oídos. No pudo sino soltar la puerta y quedarse en el quicio sin atreverse a entrar. De repente, la puerta se abrió de par en par desde el otro lado y un hobbit desgarbado y malpeinado le invitó a entrar.
- ¡Nob, no asustes a la clientela! - Se oyó desde el interior del recinto.
- Adelante, pase - Dijo Nob con voz cantarina dirigiéndose a la recién llegada. Histhel, un poco aturdida todavía, dio un paso y traspasó el dintel. Nob le acompañó hasta la barra y le sonrió, luego volvió a sus quehaceres en el almacén. Un hombre orondo y colorado por el esfuerzo se acercó a la barra a la altura de Histhel.
- Bienvenida a Bree, ¿qué va a tomar? ¿Quiere probar nuestra cerveza? - Preguntó el que parecía ser el posadero.
- Ehmm... ¿Qué le hace pensar que no he estado ya aquí y que no conozco su cerveza? - Contestó Histhel- Parece estar muy seguro de estar hablando con una extraña.
El posadero soltó una sonora carcajada.
- Salta a la vista que usted no es de por aquí. - Explicó el orondo posadero de mejillas sonrosadas.- Sólo sus ropajes dicen más de usted que usted misma. Y ese calzado tan peculiar... ¡Nadie de esta zona llevaría esos trozos de cuero en los pies porque todos aquí sabemos que el mejor zapatero de toda Eriador reside en Bree!
Histhel se sorprendió de la perspicacia del posadero. Los dos o tres huéspedes que se encontraban a su lado en la barra rieron ante las palabras del posadero mientras miraban de arriba a abajo a Histhel.
- Es usted muy observador, ehmm... - Contestó Histhel
- Mantecona, Cebadilla Mantecona a su servicio.
- Bien, es usted muy observador señor Mantecona. Está en lo cierto, no soy de estas tierras y no tengo dinero para pagarle unos zapatos a ningún zapatero por muy famoso que sea. De hecho, ni siquiera tengo dinero para pagarle por una cerveza. - Histhel bajó la cabeza y miró al suelo como si buscara algo.- Tan solo le pido que me deje descansar un poco aquí dentro, pues fuera, todavía hace demasiado calor. Sólo le pido unos minutos y me iré para seguir mi camino.
- Yo le invito a una cerveza - Se ofreció uno de los que compartían barra con Histhel.- Y si me cuenta de dónde viene y adónde se dirige le pagaré también unas buenas botas.
- Se lo agradezco, pero no necesito su generosidad. La providencia me surte de buenas fuentes naturales entre las montañas y estas pieles que llevo son tan útiles como el mejor calzado. De hecho, ya he descansado lo suficiente. Creo que ya es hora de seguir con mi camino. - Histhel bajó de su taburete y se dirigió hacia la puerta. Justo iba a abrirla cuando ésta se abrió de par en par y un hobbit entró como una exhalación dando gritos y manoteando.

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NotaPublicado: Jue Dic 27, 2007 7:01 pm 
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Registrado: Dom Oct 14, 2007 4:13 pm
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Ubicación: De camino hacia el Gwatló
- ¡La han visto, la han visto! -gritaba, como si lo estuvieran despellejando.
Todos se volvieron, incluida la dueña de tan particular calzado, que hizo un casi imperceptible gesto que el hobbit comprendió de inmediato pues, de pronto bajó el tono de voz.
- Perdón -dijo en un susurro, mientras se ponía colorado de la vergüenza y tomaba asiento junto a la mujer.
- ¿A alguien le sobra una jarra para el hobbit chillón? -pronunció ésta, logrando unas risillas, mal disimuladas, por parte del resto de los visitantes de la posada.
- No llames la atención de ese modo, Gasteizo -añadió inquisitivamente Histhel- debemos parecer lo que no somos para lograr lo que no saben que podemos conseguir. ya me hablarás de ello cuando salgamos.
El hobbit torció los labios, agachó la cabeza y miró a un tiempo a la mujer con la que llevaba ya varios meses de correrías. Le había costado pero, al final, se había familiarizado con el críptico lenguaje de Histhel. A veces, bromeando, la llamaba "la oráculos". Mantecona dejó sobre la mesa una jarra diminuta para hobbits.
- Tengo hambre -dijo Gasteizo al cabo de unos instantes.
- Siempre estás comiendo. Ahora cazaremos algo que corra o vuele. Relájate un poco mientras degustamos este brebaje. Una cerveza así es difícil de probar en ninguna otra parte.

La posada iba llenándose de gente poco a poco y Histhel quería saber dónde exactamente la habían visto así que, en cuanto vio que la jarrita de Gasteizo agonizaba le hizo un gesto con la cabeza y salieron a la intemperie.
- Explícame.
- Sí. ¿Recuerdas el hombre ciego con el que nos hemos topado antes? Vive en esa casa -comentó el mediano. - Me ha dicho algo extraño. Me ha contado que le sonaba tu voz.
Los ojos de Histhel se entornaron de pronto. A la vez, una sonrisa de dudosa causa apareció en su semblante.
Llamaron a la puerta pero nadie respondió.
- He visto cómo se iba con un bulto hacia el otro lado de la calle. Aún no habrá regresado -dijo Gasteizo.
- Volveremos mañana.

No llevaban ni cincuenta pasos dados camino del bosque cuando la mujer sacó bruscamente su cervatana y un pájaro cayó a los pies del hobbit.
- Ya tienes cena. Voy a dormir en ese árbol.
Cuando a Gasteizo se le borró la cara de sorpresa, Histhel ya había sacado de su petate una gruesa tela que usaba siempre como almohada, se había acomodado en una horquilla de ramas y se había quedado dormida.
- Habrá que desplumarte -dijo Gasteizo mirando al ave muerta.

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 Asunto: uién
NotaPublicado: Vie Dic 28, 2007 11:50 am 
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Ubicación: La Comarca, Eriador
Gasteizo comenzó con la tarea de desplumar el ave recién cazada. Tan ensimismado estaba en su labor que no se dio cuenta de que por detrás se le había acercado un hombre.
- Esa es una buena pieza.- Comentó con voz muy grave. Gasteizo se sobresaltó, pues la voz del hombre le había hecho volver de su ensimismamiento de repente.
- Eh,... esto... sí, tenía hambre y... - Gasteizo se dio la vuelta y miró al extraño de arriba a abajo. Era un montaraz con rostro curtido por el sol y manos gastadas. Su abrigo, raspado e incluso roñoso por el tiempo, ocultaba un cuerpo fuerte y atlético. Aunque su aspecto denostado le hacía parecer viejo, se trataba de un hombre joven. El hombre rodeo a Gasteizo y se sentó frente a él.
- Tendrás que preparar una hoguera si quieres comerte eso en condiciones.
- Eh... sí, sí.- Contestó el hobbit todavía asustado.
- Dormir a la intemperie, cuando se puede dormir calentito en la posada que hay cerca de aquí, parece cosa de gente que huye o que no tiene dinero. - Comentó el montaraz.
- No tenemos dinero. - Contestó en tono serio Histhel, que se había despertado y había bajado del árbol colocándose detrás del montaraz.
El hombre se dio la vuelta sobresaltado.
- Vaya, no la oí venir. Es usted muy sigilosa. - Comentó el montaraz.
- Por eso sigo viva, después de muchos años. - Contestó Histhel. - ¿Quién es usted y por qué no deja comer en paz a mi ayudante?
- No, no, no quería molestarles. Me llaman Fehn y estoy aquí de paso. Tengo ciertas hierbas aromáticas en mi zurrón, y quizá podrían servirle a su ayudante con su cena.
- Sí, si - Contestó Gasteizo abriendo mucho los ojos. - Déjeme esas hierbas y a cambio yo le invito a cenar.
- Bien, acepto. y usted, ¿quién es?... - Preguntó Fehn, pero Histhel ya había vuelto a su rama y había desaparecido de la vista del extraño recién conocido.

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NotaPublicado: Vie Dic 28, 2007 12:37 pm 
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Ubicación: De camino hacia el Gwatló
La velada transcurrió con normalidad. Fehn y Gasteizo hicieron buenas migas. Pero el sueño se adueñó pronto del hobbit y se quedó dormido en uno de esos silencios que tienen las buenas conversaciones. Cuando el humano se dio cuenta de que estaba hablando solo se quedó callado y avivó el fuego. Cuando se estaba frotando las manos para entrar en calor, la mujer bajó del árbol.
- Ahora me toca a mí vigilar.
- De acuerdo -contestó el hombre, acomodándose al pie del árbol más cercano.

En el interin.
Ardealthal intentaba recapitular todos los datos que tenía en su empeño por terminar bien su trabajo. Había sido contratado para dar con una mujer, una traidora. La operación lo había acercado hasta la taberna El Poney Pisador, en Bree. Parecía estar cerrada pero el posadero, un tipo grueso con cara alegre, le abrió gustosamente cuando se fijó en la bolsa de dinero que colgaba del cinto del intruso.
- Buenas noches ¿en qué puedo servirle?
- ¿Tiene alojamiento para un montaraz cansado del camino?
- Alguna cama nos queda. Pase; estará cansado por el viaje. Acompáñeme por aquí -dijo Mantecona, subiendo las escaleras.- Espero que sea de su agrado.
Ardealthal echó un vistazo al interior y vio un jergón austero, una pequeña mesa junto a éste y una lámpara de aceite sobre ésta última. Un lavabo, con su palangana, su jarra de agua y su espejo completaban el conjunto.
- Está muy bien, gracias -añadió el montaraz, haciendo un gesto como de estar cansado.
- Eh, esto, hasta mañana, que pase una buena noche -replicó Mantecona.
Ya solo en el cuarto, los pensamientos volvieron a Ardealthal. Por lo que sabía hasta ahora, la mujer que perseguía desde hacía dos ciclos de la luna completos debía de andar cerca. Las gentes que le habían dicho verla cuando les enseñó el pergamino con su retrato hacían una descripción más viva de la misma, dando datos más fieles acerca de su esquiva mirada y cierta altanería en su discurso. Lo último que había contrastado ya con varios testigos era que iba acompañada de un mediano.

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Última edición por Peluchico el Mié Abr 23, 2008 8:33 am, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Sab Dic 29, 2007 12:35 pm 
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Ubicación: La Comarca, Eriador
- Ahora me toca a mí vigilar.
- De acuerdo -contestó el hombre, acomodándose al pie del árbol más cercano. Desde allí miró a Histhel. La mujer de pelos enmarañados y mil capas de ropa encima se puso de cuclillas frente a la hoguera para calentarse las manos. A través de las llamas, Fehn pudo distinguir el rostro de la mujer y le pareció muy bella, a pesar de su apariencia. Histhel se acurrucó al lado de la hoguera y se resguardó del frío de la noche con su manta. El montaraz ya se había quedado dormido. Histhel se acercó de nuevo al fuego y susurró unas palabras, luego se quedó dormida.

El sol no tardó mucho en aparecer, los días eran muy calurosos y las noches frías, así que no tardaron en notar la diferencia de temperatura. Tanto Histhel como Gasteizo se deshicieron rápidamente de las mantas que los cubrían en cuanto se hizo de día, pues con ello volvió también el calor sofocante. Fehn seguía durmiendo apoyado en el tronco del árbol. Gasteizo lo miraba y le hacía señas a la mujer para que le despertara, pero la mujer hizo caso omiso de él. Recogieron sus escasas pertenencias en sus respectivos macutos y se dispusieron a continuar el camino silenciosamente para no despertar al montaraz.

Caminaron durante veinte minutos a paso rápido por el camino verde en dirección sur, con la intención de cruzar el paso de las montañas de Andrath. Histhel era una mujer alta y de pequeña envergadura. Todos sus movimientos eran rápidos y sigilosos, como una gacela. Gasteizo era un hobbit joven, alto para su raza, y también delgado para lo que es común en los hobbits, pero eso se debía más bien a que no podía realizar las siete comidas diarias que marcan las costumbres hobbitianas. Más bien tenía que conformarse con hacer una al día. Tenía los ojos vivaces y siempre estaba haciendo algo, un hobbit muy nervioso. Por el otro lado, Histhel apenas se inmutaba ante nada, le bastaba una mirada a su alrededor para hacer una lectura de la situación. Era una mujer muy intuitiva.
- ¿Por qué hemos abandonado a Fehn? - Preguntó Gasteizo rompiendo el silencio que les había acompañado hasta entonces - hubiera sido un buen compañero de viaje.
- ¿Es que no te fijaste en sus botas? - Contestó Histhel sin siquiera mirar al hobbit - ¿no viste que estaban nuevas?
Gasteizo hizo una mueca de no haberse dado cuenta de nada. Él sólo recordaba lo buena que estaba la perdiz con las hierbas que le había dejado el montaraz.
- ¿Qué clase de montaraz lleva unas botas nuevas? ¿No debería llevarlas desgastadas como el resto de su ropa? -Inquirió la mujer.
- Quizá se le rompieron las que tenía y se compró unas nuevas ese día. Yo no le doy tanta importancia a eso.
- Son los pequeños detalles los que marcan la diferencia, Gasteizo. - Contestó Histhel. - No sólo sus botas estaban sin estrenar, sino también el interior de su guardapolvo. Cuando abrió su zurrón para sacar las hierbas, pude ver que su ropa por dentro estaba nueva. Y su zurrón tenía unas marcas de haber sido rebozado en el barro para que pareciera sucio y viejo.
- Caray, yo no me di cuenta de nada - Contestó el hobbit avergonzado.
- Ese tal Fehn, es un farsante. No es montaraz. ¿Qué clase de montaraz no oye a una mujer bajar de un árbol y colocarse detrás de él y luego no nos oye levantarnos e irnos de allí? - Replicó Histhel. - No necesitamos mentirosos que nos acompañen.
Gasteizo afirmó con la cabeza. Se había quedado rezagado mientras pensaba en todo lo que acababa de decir Histhel. Se sentía avergonzado por su ingenuidad. Histhel ya le llevaba un buen trecho de camino de ventaja, así que tuvo que correr para alcanzarla.

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NotaPublicado: Dom Dic 30, 2007 4:10 am 
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Ubicación: De camino hacia el Gwatló
Ardealthal, con la cara mojada, se miró en el espejo del cuarto. Aún tenía la cara cansada por el viaje, a pesar de haber descansado por primera vez en muchas jornadas, sobre un colchón de lana. La cabeza le daba tumbos. Se secó en el trapo que habían dejado los de la posada a un lado del espejo, colgado de una escarpia, y se ajustó de nuevo el cinturón. Tenía hambre, sin duda, así que decidió bajar llevado principalmente por el olor a pan recién hecho que subía escaleras arriba.
Al llegar al primer escalón de bajada, tras cruzar el rellano, respiró hondo, pues tenía que enfrentarse a un nuevo día, repleto de gentes ruidosas, que soltaban sus soflamas desde abajo en una enzarzada conversación que más parecía un revuelto de sonidos inconexo desde donde se encontraba. No había bajado ni tres escalones cuando la realidad le despejó de pronto de la bruma del sueño.
- ¡Peluchico! ¿Tú por aquí?
Ardealthal, que llevaba bastante tiempo sin oir su propio apodo, no acertaba a dar con su origen a través de la mirada. De pronto vio a una especie de montaraz de postín moviendo el brazo ostensiblemente para reclamar su atención visual.
- ¿No saludas a un viejo amigo?
- ¿De dónde sales, Fehn? -dijo Ardealthal, mientras pensaba en los pecados cometidos para que la venganza de Eru le tuviera enfilado.
- Me acabo de hacer montaraz -comentó con cara de orgullo.
- ¿No eras un consumado chamarilero la ultima vez que nos encontramos? -replicó Ardealthal con sorna.- Por cierto, casi me quedo sin garganta gracias a tu famoso elixir crecepelo.
- Sí, esto... bueno. ¿Qué tal te va? -dijo, intentando cambiar de tema.
- Bien. Por cierto ¿qué te hace pensar que cazar orcos sea una tarea sencilla?
- No es eso. La fórmula del elixir me costó una fortuna que había solicitado a un usurero. De algún modo tengo que pagarle si quiero seguir teniendo la cabeza sobre los hombros. Además, como me estafaron y no funcionaba, no pude recuperar el dinero.
- De eso quería yo hablarte -dijo Ardealthal interrumpiendo. - Te metes en unos negocios siempre, de los que sales escaldado.
- No aprendo, ¿verdad, Ard? - dijo en tono resignado.
Uno de los ayudantes del posadero se acercó con un plato lleno de tostadas y otro repleto de embutidos fritos. Ardealthal pensó, y ya veremos que no se equivocaba, que no podría librarse de Fehn el liante, ni con agua caliente y el mejor jabón de La Comarca.

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NotaPublicado: Dom Dic 30, 2007 5:26 pm 
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- ¿Pararemos para comer algo? - Preguntó Gasteizo. Ya habían transcurrido tres horas desde que partieran al amanecer y el estómago del joven hobbit se resentía con el esfuerzo requerido para seguir el paso de la mujer. Histhel miró de reojo al hobbit e hizo un gesto de reprobación. Se paró en medio del camino y dejó su fardo en el suelo. El hobbit la miró detenidamente mientras esperaba una respuesta suya.
- Vamos a parar a descansar un poco. Mientras tanto, puedes dar una vuelta por los alrededores y coger algún fruto que haya en los árboles o alguna raíz que pueda comerse. Cuando hayas saciado tu apetito me avisas, y seguiremos el camino.

Gasteizo miró a la mujer anonadado. No esperaba esa reacción, pero decidió no perder el tiempo y hacer lo que le había dicho. Se dio media vuelta y se introdujo entre los árboles en busca de algo que comer.
- Siempre hay bayas y algún que otro árbol frutal que aparece accidentalmente entre el resto. - Dijo Gasteizo en voz baja.- Las moras están ricas, pero cuesta encontrarlas...
Tan ensimismado estaba el hobbit mirando al suelo en busca de bayas salvajes que no vio una rama a la altura de su cabeza que lo golpeó y lo dejó tirado en el suelo por un buen rato. Mientras tanto, Histhel se había quedado en el camino, acurrucada bajo un árbol rebuscando en su fardo. Parecía muy afanada en la tarea, pues apenas prestó atención a una liebre que cruzó el camino y se escondió entre la maleza. Sacó un papel con muchas dobleces y arrugado que guardaba a buen recaudo en el fondo de la bolsa y lo desdobló. Se trataba de un retrato casi fiel de sí misma, y tenía unas líneas escritas por el otro lado. Lo miró con nostalgia y lo volvió a doblar y colocar en el sitio donde se encontraba antes. Cerró de nuevo su fardo y se levantó. Miró a su alrededor y no vio ni rastro de su ayudante.
- Con lo torpe y descuidado que es, seguro que se ha perdido o caído en alguna trampa para animales. - Dijo Histhel en voz baja.

Caminó en dirección hacia el punto en que Gasteizo se había adentrado en el bosque y siguió sus huellas. No tardó apenas nada en encontrarle tirado en el suelo, todavía dolorido por el golpe de la rama. Se acercó a su cabeza, sacó algo de su zurrón y se lo dio a oler. Al momento le surtieron efecto las hierbas y Gasteizo recuperó el conocimiento.
- Bueno, ha terminado el descanso. - Dijo Histhel mientras se daba la vuelta.
- Pero... yo... aún no he comido nada! - Replicó Gasteizo.
- Pero has tenido tu tiempo, y lo has utilizado para echarte una siesta, no tendrías mucho hambre. - Contestó la mujer, de espaldas.
- ¡Eso no es justo! Me golpeó una rama y me tiró al suelo!
- Razón de más para que a partir de ahora mires por dónde pones los pies. Espero que esta experiencia te ayude a ser menos confiado y a utilizar mejor los sentido que tienes. - Añadió Histhel. - ¡En marcha, continuamos el camino!
Gasteizo se levantó de mala gana y lanzó una mirada asesina a la mujer a la que acompañaba. Ahora tendría que continuar caminando, con el estómago vacío y el dolor que le había causado el golpe en la cabeza. Cuando salieron de la espesura del bosque, la mujer metió la mano en su bolsa y le ofreció una especie de torta a Gasteizo.
- Toma, te quitará el hambre por un tiempo.
- ¿Qué es? - Preguntó el hobbit mientras cogía lo que le ofrecía.
- Lemba. Comida de elfos. No preguntes más.
Gasteizo la miró con ojos desorbitados y procedió a comer lo que le había dado. No pronunció ninguna palabra más en un buen rato.

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NotaPublicado: Lun Dic 31, 2007 5:47 pm 
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Ubicación: De camino hacia el Gwatló
Tras un rato caminando, Histhel se paró brúscamente. Gasteizo, que andaba un paso por detrás e iba algo despistado, se dio de bruces contra ella. Cuando éste le iba a pedir explicaciones la mujer le hizo señales con un dedo sobre los labios. Miraba hacia todas partes volviendo la cabeza rapidamente y llevaba una mano en la empuñadura de su arma. Gasteizo desenfundó sigilosamente su daga. Espalda contra espalda esperaron lo inevitable. Un ciervo salió al camino, se quedó un instante mirándolos y se fue por donde había aparecido.

Gasteizo bajó el arma y se echó a reir. Histhel relajó su cuerpo en tensión y soltó la espada.
- Menuda horda de orcos nos acechaba -dijo el hobbit, con una sonrisa de oreja a oreja.
- Siempre debemos estar preparados para una de verdad -le respondió la mujer-. No sabemos si la próxima vez tendremos la misma suerte.

Hacía una mañana algo fresca y la curiosa pareja se dirigía hacia el suroeste. Muchas situaciones diferentes, unas de peligro y otras de fortuna, algunas de temor y quizás una o dos relacionadas con los sentimientos les quedaban por vivir. Con paso firme caminaron a su encuentro.

En el interin.
Sin saber muy bien cómo, Ardealthal se había dejado convencer por Fehn para que éste último le acompañara en su viaje. Sabía que era más que probable arrepentirse de ello pero ya tendría tiempo más adelante para lamentaciones. Además, como había vendido su montura por una información y el liante tenía un par de caballos excelentes, seguir juntos le pareció una buena opción.
- Bueno, aún no me has contado nada de tu encargo- comentó Fehn.
- Tienes razón -dijo sacando de mala gana el pergamino con el retrato.- Echa un vistazo a esta mujer. Debo acabar con ella.
- ¡Por Eru, si estaba aquí anoche! Se dirigía al suroeste con un hobbit. Gasteizo se llamaba -apostilló.
- Entonces debo cambiar de rumbo de inmediato. Te compro el caballo. No puedo pagarte mucho pero me debes algunos favores.
- Yo voy sin rumbo fijo, así que vamos hacia el suroeste; te presto el caballo.

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NotaPublicado: Mar Ene 01, 2008 5:21 am 
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Ardealthal y Fehn se dirigieron al lugar en el que descansaban los caballos de éste último. Se trataba de dos animales lustrosos, con bello pelo y patas firmes y rápidas, muy cotizados en el mercado. Se montaron a lomos de los corceles y comenzaron un trote que enseguida les llevó hasta la entrada del camino verde.

No muy lejos de allí, caminando, se encontraban Histhel y Gasteizo, que tras varios sustos sin fundamento, el viaje les había llevado hasta una cabaña perdida en medio del bosque de cuya chimenea se escapaba un hilillo de humo. Gasteizo se disponía a llamar a la puerta, cuando Histhel lo detuvo.
- Shhh! quieto! - susurró la mujer.- No sabemos quién puede ocupar esta cabaña. Hay que andarse con mucho cuidado. Y si alguien te pregunta sobre nuestro viaje, diremos que vamos a visitar a unos parientes.
- Bueno,... está bien. - Aceptó Gasteizo sin mucho convencimiento.

Histhel se asomó a la ventana y vio a una anciana que daba vueltas a una marmita con una cuchara de madera. Parecía estar cocinando algo que despedía un aroma agradable. La cabaña era pequeña, estaba escasamente amueblada, si bien por el escaso espacio que había aprovechable y porque si la anciana era la única habitante de la casa tampoco necesitaba más muebles. Gasteizo bostezó. Apoyó su espalda sobre la fachada de la cabaña y siguió con la mirada cada uno de los movimientos que Histhel hacía mientras decicía qué hacer. Finalmente, la mujer se acercó a la puerta y llamó con los nudillos, pues en el lugar donde debería haber habido una aldaba ya no había nada. La anciana interrumpió su labor y se volvió hacia la puerta. No estaba acostumbrada a tener visitas.

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NotaPublicado: Mié Ene 02, 2008 3:21 pm 
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Ubicación: De camino hacia el Gwatló
La puerta chirrió con gran estruendo. De la penumbra surgió la anciana. Vio al hobbit, con esa cara vivaz de roedor y a la mujer. Se quedó mirando primero al mediano. Hacía tiempo que no veía un par de pies enormes desnudos y peludos y siempre le parecieron curiosos. Un blusón de panadero, un chaleco austero, una capa raida por el viaje y un pantalón hasta debajo de las rodillas formaban su atuendo, completado por un paquete a la espalda del que sobresalía la empuñadura, forrada de cuero negro, de una daga. La mujer estaba detrás del hobbit. Se fijó en su rostro, entornó los ojos para forzar su agotada vista y no vió nada más. El ovillo de lana que llevaba en las manos cayó rodando dividiendo la tierra con su hebra siena.
- ¡Grinsel! ¿Eres tú, mi pequeña?
El hobbit se volvió con cara de extrañeza hacia su compañera de viaje. Ésta parecía una estatua. Dos lágrimas humedecieron sus mejillas, cayendo junto al ovillo. Se agachó, lo prendió con sus fibrosos dedos y acercó el brazo hasta la anciana.
- No, no lo soy. Pero si me deja pasar sabrá quién soy yo.
El hobbit cada vez entendía menos y se preguntaba qué pintaba él en una historia de patas largas. Por todo hobbit es sabido que los hombres llevan unas vidas muy complicadas debido a su insaciable ambición. Algo muy diferente de las sosegadas costumbres de La Comarca.

La anciana se recostó sobre una de las jambas y dejó pasar a la pintoresca pareja. Cuando la puerta se hubo cerrado, dos figuras a caballo pasaron a toda velocidad, sin detenerse, por el camino cercano.

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NotaPublicado: Jue Ene 03, 2008 1:18 am 
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Ubicación: La Comarca, Eriador
Histhel se acercó a la olla que estaba en el fuego y olió la comida que allí se cocinaba. Sonrió. Ese olor le traía tantos recuerdos. La anciana se había acercado caminando hasta la silla más cercana y miraba a Histhel perpleja.
- Dime muchacha, si no eres Grinsel, ¿por qué te pareces tanto a ella que pareces ella?
Gasteizo miró a Histhel anonadado. Nunca había oído hablar de la tal Grinsel, y no entendía nada de lo que ocurría.

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NotaPublicado: Jue Ene 03, 2008 2:45 am 
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Ubicación: De camino hacia el Gwatló
Cuando el sol ondeaba sus rayos en el cénit, Ardealthal y su aprendiz de montaraz, Fehn, hacía largo rato que habían dejado atrás la aldea de Bree.
- Peluchico, podíamos parar un rato; tengo sed. Oigo un río, así que debemos estar cerca de él.
- Veo que tus conocimientos sobre la naturaleza aumentan por momentos. Pronto estarás a mi altura -contestó, no sin mofa, Ardealthal.
- Pero, entonces...
- ¡Shhh, silencio! -dijo interrumpiendo el montaraz verdadero e indicando lo que parecía un rastro de sangre oscura, bajó de su montura.- Creo que es de orco.
Ataron los caballos al árbol más cercano y espada en mano siguieron el reguero de pútridas gotas.

No tardaron ni lo que cuesta beber a zarpazos de un manantial en dar con el infecto ser. Una especie de lona gigante lo cubría por completo. Al verlos gritó como un gorrino al ser degollado y huyó despavorido. Los hombres lo persiguieron no sin esfuerzo, pues se deslizaba entre los árboles como una cucaracha al ser descubierta. Tras un tiempo indeterminado de persecución, Ardealthal pisó un cabo de la tela y el orco trastabilló y quedó al descubierto. Como el bosque se había vuelto denso, aún siguió huyendo sin que las quemaduras del sol acabaran con él. Fehn lo alcanzó con una daga lanzada hacia la espalda del encorvado elfo corrompido. Chilló estertóreamente y se quedó sin fuelle, perforado su pulmón, antes de caer al suelo, muerto.
- ¿Por qué has hecho eso? -espetó Ardealthal contra el antiguo chamarilero.- No debías matarlo.

Fehn lo miró extrañado. Todos odian a los orcos excepto los propios orcos. Sus fechorías no tienen límite en cualquier punto de la Tierra Media. No podía comprender por qué el montaraz le corregía su acción con tal ferocidad. El propio Ardealthal, al percatarse de la pendencia, tomó aliento y se calmó, vuelto de espaldas al confundido Fehn, para que no viera su cara de dolor.
- Teníamos que interrogarle primero; saber qué hacía por estos lares. Fíjate, lleva un casco propio de las Minas de Moria. Un solo orco de las cavernas por aquí, cerca de Bree, me parece algo completamente fuera de lugar.
- Perdona, Ard, tengo mucho que vivir para entender algunas cosas básicas. La experiencia es mi destino.

Ardealthal lamentó en silencio no tener con qué excavar una fosa para el desdichado orco malogrado. Fue hasta donde habían dejado a los caballos, subió al suyo y reemprendió el camino. Un momento después lo alcanzó Fehn, que se puso a su altura. Pero ninguno de los dos habló en horas. El chamarilero sabía cuando era mejor callar la boca delante del montaraz.

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NotaPublicado: Jue Ene 03, 2008 6:13 pm 
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Habían pasado unas horas desde que Histhel y Gasteizo entraran en la casa de la anciana, y la tarde había sido intensa. Se despidieron de ella como quienes se despiden de alguien a quien no tienen previsto volver a ver nunca más y volvieron al camino.
- ¿De verdad crees que debemos seguir hacia el sur? - Preguntó el hobbit, que se había pasado la tarde de sorpresa en sorpresa.
- Ahora estoy más convencida de eso que antes. Por lo que nos ha contado Murgana, Grinsel ha ido hacia el suroeste, - contestó la mujer mientras consultaba un mapa que siempre llevaba encima. - Así que para encontrarla, lo mejor será seguir esa trayectoria.
- A eso me refería. Después de todo lo que he oído, no estoy seguro de querer encontrar a Grinsel.
- Gasteizo, no estás obligado a acompañarme - Le dijo Histhel al joven hobbit mirándole fijamente a los ojos - te lo dije el día que te encontré y te lo repito ahora. No me debes nada. Si no quieres venir conmigo al sur, no lo hagas. Vuelve a Bree y busca a algún hobbit que se dirija a La Comarca, seguro que allí encuentras a algún familiar lejano tuyo.
- No, no, no, eso sí que no. - Respondió Gasteizo enérgicamente. - No quiero volver a La Comarca. Yo quiero ver mundo, y ser un hobbit experimentado, y en la tierra de los hobbits eso está muy mal visto. Tendría que renunciar a mis sueños para ser un hobbit anodino y aburrido, como todos ellos.
- Entonces,... no te quejes y pon atención a todo lo que yo te diga.
Gasteizo afirmó con la cabeza y se colocó el fardo a la espalda. Recordaba la cara de susto de la anciana cuando le enseñó la daga que portaba.
- Bien, Gasteizo, te voy a hacer caso por una vez, no iremos hacia el sur, mi instinto me dice que el peligro nos acecha muy cerca. Quiero visitar a una vieja amiga que vive cerca de aquí en una cabaña al oeste. No te asustes de lo que vas a ver, sobre todo no muestres ningún temor delante de ella.
El mediano miró a la mujer asustado. Sólo esas palabras que acababa de pronunciar habían bastado para meterle el miedo en el cuerpo.


EN EL INTERIN

- Sugiero que descansemos un rato, los caballos están agotados - Propuso Fehn.
- Yo no veo que los animales den muestras de cansancio. Pero pararemos. - Contestó Ardealthal.- Esa mujer y el hobbit que le acompaña viajan a pie, y nosotros a caballo aún no los hemos encontrado yendo por el mismo camino.
- Quizá vayan por otro camino, o se han refugiado en algún sitio.
- No... no hemos visto ningún refugio en todo el día y estamos a mitad de camino hacia Tharbad... - Dijo Ardealthal.- Aunque... recuerdo que al principio de nuestro viaje juntos, pasamos delante de una cabaña de la que salía humo. Quizá su morador nos pueda dar alguna información.
Dieron media vuelta y empezaron a desandar el camino. La tarde ya moría y el sol daba las últimas cabezadas. La noche estaba cerca y los animales que adoran la oscuridad también.

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NotaPublicado: Jue Ene 03, 2008 9:51 pm 
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Como ya anochecía, Histhel y Gasteizo decidieron pasar la noche en una cueva. En la entrada volvieron a colocar, a modo de parapeto, las ramas secas que anteriores pernoctadores habían ido dejando en el lugar para evitar algunas fieras.
- Puedes ponerte aquí a mi lado –dijo la montaraz- así no pasarás frío. No creas lo que no es; a mí me gustan más altos, lo que pasa es que no quiero perder la mañana enterrándote si te congelas. Y cúbrete con esta hierba seca que hay aquí. Te protegerá y podrás dormir.
El hobbit hizo caso sin rechistar. Sólo asomaban entre la paja su cabeza y sus enormes pies. La mujer estuvo un rato afilando su arma y luego se acostó junto al pequeño, que roncaba a gusto, soñando con algún manjar. Histhel sonrió, pues el hobbit le pareció un niño viejo. Después, ahuecó su tela gruesa con esmero y acomodó la cabeza en ella con cuidado.

Cuando Gasteizo despertó, Histhel estaba dándose con delicadeza casi élfica un ungüento en una oreja. Tenía la melena recogida con un cordel, en una improvisada coleta.
- ¿Te han picado los insectos esta noche? –dijo el hobbit de pronto, reverberando en el interior de la cueva.
- Eh, sí, sí, eso es, bichos –contestó la mujer mientras soltaba el cordel y su melena caía enmarcando su bello y duro rostro.- Cómete esas bayas que hay ahí –improvisó señalando una corteza en forma de teja que había al lado del hobbit.
- ¡Ay, qué ricas! –contestó el pequeño glotón, mientras daba cuenta de ellas como si la vida le fuese en ello.

Cuando amanecía, los montaraces estaban ya en la puerta de Murgana, pues no habían dormido casi, llamando insistentemente. La casucha mostraba el devenir del tiempo con fragmentos de adobe desperdigados alrededor de la fachada.
- ¿Quién mora en este lugar? –preguntó en voz alta Ardealthal.
- Parece que no hay nadie –dijo Fehn.
Ardealthal, más curtido por la experiencia, se asomó por la ventana y vio a una anciana que hacía punto sentada en una especie de mecedora vieja.
- ¿Alguien puede abrir a dos viajeros que quieren preguntar una cosa? –gritó, mientras golpeaba el cristal de la ventana.
- ¿Quién va?
- ¿Puede abrirnos, señora? -insistió Fehn.
- ¿Quién dice que es? –contestó la anciana, mientras abandonaba su desvencijado asiento y dejaba la labor sobre una mesa cercana. Se estiró, agarró sus riñones para que no se le saliera ningún hueso de su sitio y se dirigió con paso insufriblemente lento hacia la puerta.

Tras lo que pareció una eternidad ésta se entreabrió y una cabecita cana asomó con un ojo cerrado para enfocar la vista mejor.
- Buena mujer, ¿ha visto este rostro por aquí recientemente? -dijo Ardealthal desenrollando el pergamino.
La anciana acercó la cara hasta casi tocar el lienzo como si lo olisqueara y tras unos instantes, movió la cabeza negando.
- No, no me suena de nada -respondió con vehemencia e intentó infructuosamente cerrar la puerta, la cual chocó contra el pie de Ardealthal, que lo había interpuesto entre ésta y la jamba.
- Parece que huele a algún tipo de infusión. ¿No va a convidar a dos viajeros que hace tiempo que no prueban una?
-Sí, sí, claro, esperen aquí que ahora les traigo unos jarros -dijo, pero los montaraces ya habían traspasado el umbral.

Sobre la mesa grande había una jarra y, a su alrededor, como pequeños hobbits que rodeasen a sus madres en la infancia, tres vasos usados.

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NotaPublicado: Sab Ene 05, 2008 8:04 pm 
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Sobre la mesa grande había una jarra y, a su alrededor, como pequeños hobbits que rodeasen a sus madres en la infancia, tres vasos usados. Detalle que no pasó inadvertido para Ardealthal, quien contempló los recipientes con inusitada atención.
- ¿Pasa mucha gente por aquí? -Preguntó el montaraz a la anciana dando a su voz un tono desinteresado.
- Pues sí, porque este camino es muy transitado por la gente que se dirige hacia el sur. - contestó la abuela mientras buscaba vasos para ofrecer a sus invitados.
- Aquí tiene, señora, quizá es esto lo que anda buscando. - Dijo Ardealthal mientras cogía los vasos y los llevaba hasta donde estaba la abuelilla.
- Huy, sí! - Contestó Murgana cogiendo los vasos. Ardealthal no los soltó obligándola a mirarle a los ojos.
- Parece que ha venido alguien a visitarla esta mañana, - dijo el montaraz y desistió de su enfrentamiento dejando los vasos en posesión de la anciana.
- Sí, bueno, no, en realidad vinieron a verme unos viejos amigos ayer por la tarde. - Murgana ofreció la infusión a los viajeros. - Esta receta es muy antigua, y para disfrutarla de verdad, hay que tomarla con unas gotitas de este licor.
La anciana vertió unas gotas de un licor que reposaba en una botella oscura, de forma cuadrada y pequeño tamaño. Los dos compañeros de viaje bebieron y alabaron las cualidades palatales de la infusión. En unos pocos minutos estaban enzarzados en una conversación de lo más animada, riendo y contando chanzas por doquier. La anciana los miraba y sonreía.

Al principio de la tarde decidieron seguir su camino, pero no tenían muy claro hacia dónde.
- Señora,... usted no sabrá dónde he dejado mi caballo, verdad? - preguntó Fehn un tanto desorientado.
- Anda, vamos, creo que están en esos árboles de allá. adiós, señora, si tiene algún problema no dude en acudir a nosotros. - Dijo Ardealthal, trastabillando y haciendo lo imposible por mantenerse en pie.

Los dos montaraces se dirigieron hacia sus caballos y montaron en ellas, sujetándose a las riendas a duras penas para no caerse. La señora les despidió con la mano desde la puerta.
- Bien, iremos hacia el sur.
- Bien, iremos hacia el sur. - Repitió Fehn las palabras de Ardealthal.
- Y luego torceremos hacia el este...
- Eso, y luego hacia el este - repitió Fehn , mientras hacía una pirueta extraña en el caballo para no caerse de él.
- No, mejor hacia el oeste.
- No, mejor hacia el oeste. - Dijo Fehn.
- Oye,... deja de repetir todo lo que digo
- Pero si eres tú el que lee mi mente y dice lo que pienso antes que yo... - contestó el montaraz de postín.
- Ah, pues... lo siento... no volveré a hacerlo - Contestó Ardealthal abrumado. - Creo que lo mejor será que descansemos y durmamos un rato. Ya decidiremos más tarde la ruta a seguir. Mira, entre las ramas de ese árbol nos refugiaremos bien.
- Pero, ¿tú te has creído que soy un gorrión? No puedo dormir en la rama de un árbol, necesito una superficie lisa y plana - contestó Fehn con remilgos. Ardealthal lo miró de reojo e hizo caso omiso de sus quejas. Acamparon debajo del árbol.

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NotaPublicado: Lun Ene 07, 2008 12:11 pm 
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Parecía un día rutinario, como otro cualquiera. Gasteizo estaba lavando su blusón, frotándolo contra las rocas a la orilla de un riachuelo. Llevaba el chaleco puesto por toda prenda ya que el pantalón y la muda estaban secándose al sol, colgados de los arbustos del lugar. Algún cantar de los medianos salía por su boca con alegría, sin saber que en la otra orilla un peligroso ser hambriento le acechaba. Mientras tanto, Histhel daba vueltas a un conejo atravesado por un palo, sobre una hoguera. Cuando estaba pelando un bulbo aromático que esparcir desmenuzado sobre el roedor, oyó un chillido de pavor del pequeño hobbit y de pronto vio a Gasteizo corriendo, con su chaleco puesto y sus partes pudendas al aire, una imagen que le hubiese producido bastante hilaridad a la mujer, de no ser por el espeluznante wargo que iba detrás, con sus fauces babeantes repletas de dientes.
- ¡Aquí, Gasteizo! -gritó Histhel mientras empuñaba ya su arma.
- ¡Socorro, vete feo, vete! -decía muerto de miedo el de La Comarca.
La de las dos tiras de cuero en los pies corrió a interponerse entre esa especie de lobo gigante monstruoso y su presa. Cuando ya estaba enmedio sólo tuvo que dejar la hoja apuntando hacia el wargo que, con su propio impulso acabó con buena parte del metal en su garganta, lacerado como el conejo que estaba al fuego. El animal quedó quieto al instante muerto, aunque aún sobre sus patas, mientras Histhel giraba sobre sí misma, sacando el arma del interior de la bestia. Un golpe seco de carne sobre el suelo puso el punto final a la cacería.

- ¡Gasteizo, ya está muerto el huargo, ven!
Una cabecilla asomó detrás de un arbusto perenne, a bastante distancia de allí. Después, el resto del cuerpo. El hobbit estaba allí tapándose con las manos las intimidades, pleno de vergüenza.
- ¿Puedes acompañarme a recoger mis ropas? -acertó a decir.
- Espera que quite el conejo del fuego que se va a quemar.
El hobbit se acercó al wargo tendido sobre la tierra. Lo miró con suspicacia. Aún le producía reparo.
- ¿Este bicho es un huargo? -preguntó.
- Desde luego -respondió Histhel, desensartando el conejo, con ayuda de una daga.
- En mi aldea pensaba que eran cuentos de viejas.
Histhel se volvió hacia el hobbit. Se acercó a él y le indicó con la cabeza la dirección hacia el río, donde las ropas del pequeño aguardaban suspendidas.

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NotaPublicado: Mar Ene 08, 2008 6:27 pm 
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Acamparon debajo del árbol. Ya el sol había llegado a lo más alto y comenzaba a declinar cuando los dos montaraces despertaron de su sueño improvisado. Ardealthal fue el primero en abrir los ojos y ubicarse en el tiempo y en el espacio. Zarandeó a Fehn y éste salió de su letargo a duras penas.
- Vamos, dormilón, debemos continuar el viaje.
- Claro, claro - disimuló Fehn.- Lo mejor es que vayamos hacia el sur.
- Y luego hacia la costa - apuntó Ardealthal - tengo la corazonada de que mi fugitiva se dirige hacia allí con la intención de huir en barco.
- Bien, sigamos pues tus corazonadas.
- Espera, ¿dónde están los caballos? - Ardealthal miraba a todos los lados. - Si mal no recuerdo, los dejamos atados a ese árbol.
El montaraz indicó a un árbol solitario, sin más compañía que la de los pájaros que en él anidaban. Fehn se levantó como por un resorte, pues los caballos eran suyos.
- ¡No puede ser! Los caballos no pueden haberse escapado. ¿Tienes una idea del dineral que me costaron esos dos animales?
- No, no tengo ni idea. Lo único que sé es que por ahora seguiremos el camino a pie.
- De eso nada, yo no me muevo de aquí hasta que aparezcan los caballos - Contestó Fehn enfandado.
- Muy bien, ahí te quedas. - Ardealthal recogió sus cosas en la bolsa que llevaba siempre colgada a la espalda y comenzó a caminar hacia el sur. Aún no habían dado treinta pasos, cuando oyó un gemido a lo lejos.
- ¡Espera! No voy a dejar que hagas solo este viaje. - Dijo Fehn, mientras corría hacia el otro montaraz con una expresión de miedo en el rostro.
- Ya, claro, eres tú quien me protege. - Dijo Ardealthal con tono de resignación.- Vamos. Nos queda un largo camino, y ahora sí que nos llevan ventaja.

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NotaPublicado: Mié Ene 09, 2008 3:05 pm 
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Cuando Histhel y Gasteizo pasaron junto al Vado de Sarn por la orilla sur del río Brandivino, comenzó a llover. El hobbit se cubrió con su capa, que había guardado en la mochila que siempre llevaba consigo. La mujer hizo lo propio con su tela gruesa de dormir.
- ¡Maldita lluvia! Siempre he odiado las tormentas, no me gusta nada sentir la humedad en los pies todo el camino -dijo Gasteizo.
- Si quieres paramos allí -contestó Histhel señalando la loma de una colina que formaba una especie de recoveco.
- Te lo agradezco, porque además, se me chipia el pelo y me molesta el flequillo en los ojos.

La lluvia alcanzó a los montaraces en el tiempo que dedica a comer un hobbit en día de fiesta. Habían avanzado bastante hacia la mujer y el de La Comarca sin saberlo y sin encontrar ni una sola pista que los condujera hasta ellos. Sin embargo, la fortuna acompaña en ocasiones sin que la esperemos.
- ¡Alto ahí, forasteros! -oyeron de pronto los sorprendidos errabundos, al pasar entre dos montículos que la naturaleza había tenido por bien formar.
- ¿Quién da el alto a dos montaraces, uno de ellos de sangre dunledina? -respondió Ardealthal cuando de ambos montículos aparecieron sendos arqueros, de aspecto descuidado y hasta fiero, apuntando con su instrumental a los dos hombres.
- ¡Peluchico! ¿Qué se te ha perdido por aquí, finolis? -contestó el del flanco izquierdo mientras dejaba reposar en el suelo uno de los extremos de su arco.
- Nada que tú seas capaz de eructar, Mendrugo.

Fehn tuvo la brillante idea de no abrir el pico. Simplemente tragó saliva y aguardó a comprender algo de la sospechosamente amable conversación entre lo que parecían dos viejos amigos. Del que creía conocer acababa de enterarse de su oscuro linaje y con el otro, que tenía un aspecto asilvestrado, burdo, en el límite de lo humano, no sabía qué esperar.

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NotaPublicado: Jue Ene 10, 2008 4:58 pm 
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Tras recuperarse del susto que le había causado la inesperada visita del Huargo, Gasteizo se puso de nuevo sus ropas, aunque estaban mojadas, pero no quería seguir desnudo por más tiempo.

- Debemos irnos cuanto antes. Es muy extraño que sólo haya aparecido un Huargo. - Dijo Histhel mirando a todos lados mientras mantenía la mano en la empuñadura de su espada.
- ¿Qué quieres decir... que puede haber mas? - Contestó Gasteizo asustado.
- ¿Es que no sabes que esas bestias siempre van en manadas?
- Pues nu...
- Shhh - Histhel hizo una señal al hobbit para que no hiciera ruido. - ... he oído unos ruidos por aquí cerca.
El hobbit la miró amedrentado. Sus piernas temblaban y su respiración estaba acelerada. Entonces, un cervatillo apareció corriendo delante de ellos, cruzó el río y siguió por el camino. Gasteizo se relajó.
- ¡Pero si sólo era un ciervo! - Dijo el joven hobbit en tono jocoso.
- ¡Shhhh! ¿No comprendes que el animal huía? Por allí se acercan varios huargos más, y esperemos que no vengan acompañados por orcos, pues los suelen usar como monturas. - Le replicó Histhel. Le indicó un recoveco en un gran árbol y los dos se escondieron dentro de él. Histhel arrancó unos trozos grandes de corteza y los aprovechó para ocultar mejor la improvisada entrada del árbol. Justo acababa de colocar el último trozo cuando una hueste de huargos pasó por delante en la dirección en que había huido el cervatillo. Dos de las bestias eran montadas por dos orcos que los guiaban. Gasteizo estaba aterrorizado. Histhel no se atrevía ni a respirar.

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NotaPublicado: Vie Ene 11, 2008 6:42 pm 
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Los orcos pasaron muy cerca de ellos pero, como Histhel hizo que Gasteizo se frotara por el cuerpo las inmundicias del huargo que habían matado, mientras ella hacía lo propio, no les descubrieron. Cuando el peligro hubo pasado, de una patada, se abrieron paso en la rendija del árbol centenario.
- ¡Uf, qué cerca nos ha ido! -dijo la mujer, satisfecha.
El hobbit comenzó a vomitar en el suelo como una fuente natural en tuile. La tensión del peligro, el lugar claustrofóbico y el hediondo ungüento habían podido con él.
- Este olor horrible a mierda de huargo... -logró musitar, con el rostro como una hoja de athelas.
- Más adelante tiene que haber un río; desde aquí veo la copa de unos árboles que crecen en las riberas -sentenció Histhel.

No muy lejos de allí, dos montaraces se las veían con un asentamiento de hombres salvajes. Su cortesía, aunque algo brusca, competía con su ausencia de modales. Sin embargo, estos hombres, apenas cubiertos por harapos y huesos pequeños de adorno, tenían algunas virtudes que pocos podían sospechar a primera vista.
- ¿Qué tal van las estatuas? -dijo en un momento dado Ardealthal.
- Estamos avanzando rápido. El rey no podrá quejarse. Su cortesía con nosotros fue grande y debemos rendirle homenaje -contestó el tal Mendrugo; y dicho esto, se puso a dar órdenes a una horda de obreros que, con escoplos y martillos, se afanaban en una pantagruélica escultura que apareció ante ellos a la vuelta del camino.
- Peluchico, ¿qué es todo esto? -le preguntó Fehn.
- Son hombres salvajes. El rey Elessar les concedió un territorio y quieren agradecérselo con un grupo escultórico. Ya sabes que viven más al sur, pero este tipo de calizas están en esta zona. Ya se las apañarán después para transportarlas hasta Gondor.

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NotaPublicado: Sab Ene 12, 2008 1:55 pm 
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- Más adelante tiene que haber un río; desde aquí veo la copa de unos árboles que crecen en las riberas -sentenció Histhel.

Caminaron durante unos minutos a paso rápido y en seguida escucharon el sonido melodioso del agua chocando contra los guijarros del río. A Gasteizo se le alegró el corazón al oír aquello, pues ya no podía soportar por más tiempo el hedor que portaba su cuerpo. En cuanto llegaron a la orilla, el hobbit se tiró al agua, que no le cubría más allá de la cintura, y ser revolcó en ella, disfrutando como un cachorro que juega con su progenitora. Histhel se alejó unos metros y también se metió en el agua hasta cubrirse por completo. Usó unos hierbajos de la orilla para frotarse los restos de animal muerto que llevaba encima. Gasteizo hizo lo mismo. Unos minutos más tarde Histhel salió del agua y se puso al sol para secarse.

- Ja, ja, ja, ja, - Se carcajeó Histhel,- si me hubieran dicho que un hobbit iba a tirarse así al agua sin saber nadar, no me lo hubiera creído.
- ¡Anda, es verdad! ¡Si no sé nadar! - El hobbit se puso en pie rápidamente y continuó su limpieza.

Histhel aprovechó para sentarse a los pies de uno de los muchos árboles que había cerca de la orilla y sacó su mapa. Oteó el horizonte que se vislumbraba por el oeste e hizo sus cálculos de tiempo y distancia.
- Gasteizo, no te demores más, tenemos que seguir cuanto antes. El tiempo se nos echa encima y aún nos queda un buen trecho hasta llegar a casa de Rána. Allí estaremos a salvo de cualquier peligro. - Sentenció Histhel.

El hobbit dio por finalizada su fiesta particular en el río y salió del agua completamente empapado, por segunda vez en el día. Recogió su bolsón y se colocó su daga en la cintura debajo de la capa. Cuando estuvo preparado, Histhel se levantó del suelo y encabezó la marcha de vuelta hacia el camino que habían abandonado para llegar hasta el río.

Tardaron otros minutos en recuperar el sendero, y ya el sol se encontraba en lo más alto, señal de que se acercaba el mediodía. Histhel daba grandes zancadas y a paso rápido, lo que obligaba al mediano a tener casi que correr para alcanzar su marcha. Con el sol y el movimiento de sus pasos ya se habían secado sus ropas. No hablaban. De vez en cuando la mujer escuchaba algún ruidito extraño a sus espaldas. Su curiosidad pudo con ella y finalmente se paró en seco y se volvió de repente. Gasteizo no lo vio venir y se chocó contra ella.
- Pero, pero,... ¿se puede saber que estás comiendo? - Preguntó la montaraz tras descubrir al hobbit masticando a dos carrillos.
- Buez, gonejo, - el hobbit trago lo que llevaba en la boca y tomó aire.- Esto... quiero decir... conejo. El que asaste justo antes de que apareciera el huargo. Lo guardé en mi mochila para que no se perdiera. ¿quieres un trozo?
Histhel miró a Gasteizo con asombro y alcanzó con la mano el trozo de carne asada que el mediano le ofrecía. Lo comió con avidez y cogió otro trozo. En un momento dieron buena cuenta del conejo entre los dos.
- Reconozco que ha sido buena idea esto de comer para recuperar fuerzas. Pero no podemos hacer más paradas, ¿de acuerdo?
- De acuerdo. - Contestó Gasteizo.

Durante un par de horas caminaron sin parar. El paisaje era verde, lleno de vegetación variada, no muy alta, pero sí frondosa. A un lado se bifurcaba y tomaron la senda de la derecha. Siguieron andando durante un buen rato, tanto que a Gasteizo se le hizo el tiempo muy largo. Sus piernas cortitas ya acusaban el cansancio y su cuerpo necesitaba más agua, pues ya había agotado la que había recogido en el riachuelo.
- Histhel... - Dijo el mediano.
- Calla, ya llegamos, ahora hay que andarse con cuidado. Pégate a mi espalda y no digas ni toques nada.

El hobbit obedeció sin rechistar. Histhel miró a todos lados, como si esperara que ocurriera algo de un momento a otro. Dio unos tres o cuatro pasos sigilosos y volvió a pararse. Gasteizo, detrás de ella, había visto su campo de visión reducido a la nada, y se movía torpemente a sus espaldas. Histhel se volvió y le pidió que tuviera más cuidado.
La montaraz miraba constantemente al suelo como si decidiera con sumo cuidado el lugar donde colocar el siguiente paso. Dio un paso a la derecha, otro a la izquierda mucho más alejado del anterior, uno al frente,... y de repente pudieron distinguir a unos metros una casa.
- Es importante no dar un paso en falso en este camino, Gasteizo, pues está lleno de trampas. Si me equivocara en un paso podríamos vernos con serias dificultades.
El hobbit tragó saliva. Demasiadas emociones para un solo día. Histhel parecía conocer perfectamente el camino, pero aún así procedió con prudencia. En unos pocos pasos más se encontraron frente a la puerta. Histhel observó la puerta con detenimiento. Gasteizo no podía ocultar su miedo. Temblaba y hasta la respiración se había vuelto más aparatosa.
Histhel llamó a la puerta con los nudillos y esperó.

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Fehn estuvo aprendiendo cómo envenenar flechas gracias a las improvisadas lecciones de los cazadores del asentamiento. Una bebida densa como el engrudo fue turbiándole la mente durante la velada a la que él y Ardealthal fueron invitados. Música repetitiva de tambores,
y cánticos que simulaban alaridos de distintas bestias, completaban el ambiente de estos hombres tan burdos. Ardealthal se aproximó a Fehn.
- La verdad es que estos rudos hombres de gruesa palabra no se parecen en mucho a lo que habrás oido de niño junto al fuego, en esos relatos sobre la ayuda que prestaron a Saruman al final de la Tercera Edad. A mi juicio son gente sencilla que fue embaucada para atender las ansias de poder de quien no las merecía.
- Ya lo veo, ya -respondió el antiguo chamarilero, que comenzaba a tambalearse.
Cuando por fin se quedó dormido, un par de fuertes escultores lo llevaron medio a rastras hasta una de las tiendas de pieles entrelazadas que formaban el campamento.

A la mañana siguiente Ardealthal lo despertó de pronto.
- Venga, dormilón. Tenemos que proseguir el camino. Uno de los vigías me dijo anoche que vio pasar a los lejos, ayer mismo al alba, a una mujer y un hobbit por uno de los caminos que llevan hacia el sur.
- Entonces, no les hemos perdido la pista -respondió Fehn,- Uf! Creo que tengo los tambores de anoche dentro de mi cabeza.
Sólo entonces se dio cuenta de que había varios hombres más, roncando en la tienda. El olor no era precisamente a flores.
- Nos han preparado comida y bebida para el camino -añadió Ardealthal.- Ahora, lo único que tenemos que hacer es darnos prisa en acortar distancias con la extraña pareja.

Cuando Fehn consiguió despertar del todo, se pusieron en camino. Antes del mediodía vieron un fuego apagado, rodeado de piedras. Ardealthal cogió un puñado de cenizas y las desmenuzó entre sus manos.
- Esto es de ayer. Comieron algo aquí.
- Mira, ¿qué es eso? Parece un animal muerto -dijo Fehn.
- Lo es. Parece que tuvieron que enfrentarse a una sorpresa -confirmó Ardealthal.
- Mira. Aquí hay huellas. Unas grandes, de hobbit y otras humanas, de pies pequeños como los de una mujer. Observa el calzado que lleva. Creo que son un par de tiras de cuero. Es un poco extraño, pero nos facilitará seguir el rastro.

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- Mira. Aquí hay huellas. Unas grandes, de hobbit y otras humanas, de pies pequeños como los de una mujer. Observa el calzado que lleva. Creo que son un par de tiras de cuero. Es un poco extraño, pero nos facilitará seguir el rastro.
- Ahora que dices eso, recuerdo que la mujer que me encontré cerca de la posada del Poney llevaba unas tiras de cuero amarradas a los pies a modo de calzado - apuntó Fehn. Ardealthal le miraba atento. Tanto que Fehn comenzó a preguntarse si realmente le estaba prestando atención.
- No te muevas. - Avisó el montaraz experto a Fehn - No muevas ni un músculo.

Fehn le miró inquieto. Entonces el montaraz sacó una flecha de su carcaj, sacó su arco muy despacio y apuntó directo al hombro de Fehn. El joven le miró muy asustado.

- Oye, my confianza en ti tiene un límite. -Avisó Fehn a su compañero de fatigas - No estoy dispuesto a quedarme aquí parado mientras me disparas una flecha en el hombro.
- De verdad, no te voy a hacer daño, pero no te muevas, hay un huargo mirándote con ojos golosones detrás de ti. - Y justo había terminado de decir esa frase cuando Ardealthal disparó su flecha, Fehn se echó a un lado asustado y el huargo se abalanzó en el aire sobre el montaraz que ya se había apartado. El animal acabó en el suelo con una flecha clavada en la garganta. Fehn cayó al suelo y se quedó mirando al huargo durante unos largos segundos. Luego miró a Ardealthal y se contuvo las ganas de gritar.
- Bien, no hace falta que me des las gracias. Vámonos de aquí lo antes posible, pues detrás de estos huargos vendrán más.

Fehn no articuló palabra. Todavía tenía el susto metido en el cuerpo. Recogió su bolsa del suelo y siguió a Ardealthal. El montaraz experto miraba al suelo continuamente en busca del rastro de las huellas. Siguieron caminando hasta llegar a un punto del camino en que las huellas desaparecían. Ardealthal se puso en pie confundido.
- Dime, ¿cómo pueden dos personas dejar de pisar el suelo de repente?
- Uhmmm..., - Fehn se rascó la coronilla.- Quizá dejaron el camino y se adentraron en el bosque, y la hierba tapó sus huellas...
- Claro, eso es, ¡se adentraron en el bosque por algún motivo! - Ardealthal dio unos pasos hacia adelante y Fehn se quedó quieto en el camino.
- Vamos, no te quedes ahí.
- No, no me muevo de aquí. Los bosques frondosos me dan mala espina. ¿Y si sale un bicho de entre los matorrales? - Expuso Fehn.
- ¿Y si viene otro huargo mientras estás ahí quejándote como una hobbitina alba? - Le contestó Ardealthal. La respuesta del montaraz de postín no se hizo esperar. De un salto se puso a la altura de su compañero.
- Vamos, vamos, no perdamos el tiempo - Dijo Fehn con unas inesperadas prisas.
Ardealthal le lanzó una mirada de indignación y siguió andando. En seguida llegaron al río donde horas antes habían estado bañándose la mujer y el hobbit.

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NotaPublicado: Mié Ene 16, 2008 8:35 pm 
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- Aquí también hay huellas de pisadas -apuntó Fehn, con orgullo, señalando la orilla del río.
- Hay algo más -puntualizó Ardealthal, mientras propinaba un puntapié a una corteza de árbol. - Esto parece obra de montaraz.
- ¿El qué? -preguntó Fehn, con interés, acercándose al lugar donde había caído la corteza.
- Busca un árbol hueco -dijo el que sus amigos llaman Peluchico.
- Hay uno ahí; lo he visto antes -aclaró Fehn.
Ardealthal se acercó al árbol raudo como una flecha. Enseguida tuvo que taparse la nariz con la manga de la sobrevesta.
- Sí, es éste -pronunció con dificultad Ardealthal-. Se escondieron aquí de los huargos. Suelen otear en círculos cada vez más amplios para después atacar en manada cuando descubren una buena presa. Por eso se escondieron aquí dentro, cubiertos de pestilentes desechos de esos canes del demonio. Eso significa que no estamos todavía seguros nosotros. Vámonos, rápido. Se fueron por allí -dijo señalando un sendero apenas perceptible entre las hojas caídas del bosque caduco.

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NotaPublicado: Jue Ene 17, 2008 12:28 am 
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Histhel llamó a la puerta con los nudillos y esperó. Pasaron uno, dos, tres segundos y entonces se escuchó un rasguido en el viento. Histhel se volvió rápidamente y se abalanzó sobre el hobbit a la vez que caían los dos al suelo. Una roca del tamaño de una cabeza de orco que colgaba de una soga a modo de péndulo pasó con gran velocidad y fuerza justo por encima de ellos en el mismo momento en que se echaban cuerpo a tierra.

- ¿pffe fa pfappfado faffooffaaf? - Preguntó Gasteizo aplastado por el cuerpo de la montaraz.

Se oyó un ruido sordo al otro lado de la puerta. La hoja se abrió y una mujer de aspecto cuidado asomó al otro lado.
- Veamos qué tenemos aquí - Dijo alegremente la inquilina de la cabaña mirando la espalda de Histhel, que estaba cubierta con la capucha, desde arriba - Vaya, si son un montaraz y quién sabe qué más justo debajo. ¡Poneos en pie!

Histhel obedeció. Se levantó y se dio la vuelta. Se descubrió la capa y miró a la mujer sonriendo.
- ¡No me lo puedo creer! - Dijo la otra mujer desplegando los brazos para acoger entre ellos a la montaraz. - ¡Amiga mía, cuánto tiempo!
- Demasiado, Ràna, pero a ti parece que eso no te afecta. - Contestó Histhel. Se volvió hacia el hobbit que a duras penas acababa de levantarse. - Te presento a mi ayudante, Gasteizo, es un hobbit de la comarca, pero no se lo tengas en cuenta.

Las dos mujeres rieron la broma, que ellas dos entendieron, pero que al hobbit no hizo ninguna gracia.

- Pasad, pasad - Les invitó Ràna - Dentro estaremos seguros.
- No estoy yo seguro de eso. - susurró Gasteizo a Histhel mientras traspasaban el umbral de la puerta. - empiezo a pensar que a cada paso que doy hay una trampa preparada.
- Y las hay, - contestó Ràna, que se encontraba a varios metros por delante de ellos. Gasteizo levantó la cabeza estupefacto.
- ¿Có... cómo ha oído lo que he dicho?
- ¿Acaso importa? Puedo hacerlo y ya está, como tantas otras muchas cosas. - Contestó la mujer sonriendo.
Gasteizo la miró receloso y dio un paso para acercarse más a Histhel, como si eso le hiciera sentir más seguro.
- Gasteizo, es una istari, Ràna puede hacer cosas que no podemos ni tú como hobbit ni yo como humana. Pero ella sí puede. Lástima que no podamos estar mucho tiempo, pero sería fantástico que pudieras conocerla mejor.
- Bien, - capituló Ràna - voy a preparar té y me contáis qué hacéis aquí y en qué os puedo ayudar.

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NotaPublicado: Jue Ene 17, 2008 2:59 pm 
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El frescor de la hierba galena, y el suave aroma de sus flores, fragante y etéreo configuraba aquel paraje, por donde caminaban los dos montaraces a buen paso, como uno de los más hermosos que Fehn había visto nunca. Pronto la vegetación se hizo más espesa pero, aún así, podían circular con tranquilidad.
- Espera -alertó de pronto Ardealthal a Fehn que, muy decidido, caminaba delante- En este sendero hay unas huellas que podrían ser las de ellos -dijo señalando unas hierbas algo más pisoteadas que el resto que había a su derecha.

Caminaron algún tiempo, distraidamente uno, siguiendo las huellas el otro. De pronto oyeron unos feroces rugidos salidos de las mandíbulas enormes de unos huargos; se volvieron hacia su procedencia y vieron a unos orcos señalándoles amenazadoramente, montados sobre las bestias. Les habían seguido. Echaron a correr pues aún estaban algo lejos de ellos. Algo más allá, a Ardealthal el suelo le desapareció bajo los pies y Fehn, que iba siguiéndole todo lo rápido que podía cayó sobre él. Ambos se dieron un buen golpe, aunque Ardealthal se llevó la peor parte.

- Estamos en una trampa -dijo Fehn, cuando logró entender lo sucedido.- Mide la altura de tres hombres altos.
- ¿Y los orcos? -preguntó el montaraz.
- Aquí estamos -dijo el que parecía más inteligente de los tres, asomándose desde su montura.- Hoy tenemos carne para cenar -añadió, para despertar las risas de sus secuaces.

Su tez, llena de escaraciones, le daba un aspecto bastante aterrador, como de un domador de engendros de una fauna, que no se deja doblegar y añade muestras de su rebeldía a la piel de su amo. El del rostro más purulento del trío, se puso a rodear el agujero donde habían caído nuestros infortunados caminantes. Se oyó un chasquido sin previo aviso y un resorte propulsó unas saetas que acabaron con él y el orco que estaba enfrente. Tres de los huargos enloquecieron con el olor de la sangre, que había salpicado por todas partes; la cuarta bestia había muerto también.

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Última edición por Peluchico el Sab Ene 19, 2008 12:47 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Sab Ene 19, 2008 11:48 am 
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Fehn estaba acurrucado en un rincón del agujero en el que habían caído él y Ardealthal unos minutos antes. Los aullidos y ruidos que provenían de las fauces de los huargos le estaban asustando. Desde abajo no se veía lo que ocurría en el exterior, sólo se escuchaba a las bestias dando buena cuenta de los cuerpos putrefactos de los orcos recién muertos.

- ¿Es que esas bestian no guardan decoro ni por sus amos? ¡Se están comiendo a los orcos que los montaban! - Dijo Fehn con una expresión de asco en el rostro.
- No, Fehn, no. Para ellos sólo son comida. Los huargos respetan su pacto con los orcos mientras éstos están vivos, pero una vez muertos se convierten en alimento. - Ardealthal miró al asustado Fehn. - Cuídate de caer en sus garras.
- ¿Cómo vamos a salir de aquí? - Preguntó el aprendiz de montaraz.
- Pues usando la cabeza y manteniendo la calma. - Respondió el montaraz experimentado. - Cuando esas bestias hayan llenado su estómago, se cansarán de esperar y se irán, o caerán en alguna otra de las trampas que hay por aquí. Créeme, si salimos de aquí, me preocupa más lo que pueda haber ahí fuera preparado para los intrusos que esas alimañas.



Mientras tanto, dentro de la casa, Gasteizo y Histhel se habían acomodado y disfrutaban de una taza de te caliente y galletas recién sacadas del horno.
- Histhel, amiga mía, ¿todavía sigues con aquella búsqueda que te quitó el sueño durante tanto tiempo? - Preguntó Rána. Histhel sonrió y abrió su bolsa. Revolvió los objetos que había dentro hasta encontrar el papel que ya había sacado en otras ocasiones.
- Mira, ahora sí que me urge encontrarla. - Histhel le enseñó la imagen a la istari. Rána la tomó con sus dedos y la miró. Un gesto de sorpresa se dibujó en su rostro.
- ¡Vaya! Así que han puesto precio a su cabeza, o a la tuya, según se mire. Porque más de uno será incapaz de distinguiros. - Rána miró cuidadosamente el retrato en busca de detalles esclarecedores. - Seguro que a estas alturas hay algún caza recompensas siguiéndote los talones.
- No me extrañaría. El caso es que no sé cómo comunicarme con ella para que sepa que la estoy buscando.

Rána se levantó de la silla de mimbre y salió de la habitación. Gasteizo no salía de su asombro. Cogió el papel con la imagen que la istari había dejado sobre la silla y lo miró. Luego se volvió hacia Histhel sorprendido.
- ¡Eres tú! ¿Por qué te buscan, Histhel? - Preguntó Gasteizo con los ojos desorbitados.
- Ja, ja, ja, ja - Se rió la montaraz.- No, Gasteizo, no soy yo. Es mi hermana gemela. Se llama Grinsel. No sé por qué la buscan, y eso es lo que tengo que averiguar, además de dónde está.
- Ahora entiendo la reacción de aquella anciana tan simpática de la cabaña. Te confundió con ella. - Concluyó el hobbit. Histhel asintió con la cabeza. En ese momento volvió Rána con algo en las manos.

Histhel la miró con curiosidad. Era una sensación a la que estaba acostumbrada, pues con Rána las cosas nunca se hacían de una manera convencional. Se podía esperar de todo de la maga.

- Bien, y ¿a dónde te diriges... perdón ... os dirigís? - Preguntó Rána mirando fijamente a Gasteizo.
-...A... al sur - Contestó el hobbit dubitativo. Los ojos de la istari le miraban tan fijamente que le ponían nervioso.
- Comprenderás lo peligroso de mi situación, pues no puedo hablar con nadie, ya que me confundirían con ella y también me perseguirían, si es que no lo están haciendo ya. Sólo puedo confiar en la gente que conocéis la verdad, y no sois muchos. - Apuntó Histhel.
- Lo sé. Sé que tu situación es mucho más delicada de lo que parece. Pues tampoco puedes preguntar por tu hermana y así es más difícil seguirle el rastro. - Rána le mostró una de las cosas que había traído. - Toma esto. No es peligroso, pero te ayudará en alguna ocasión.
- ¿Qué es eso? - Preguntó Gasteizo intrigado.
- Es un silbato. Su sonido no es audible para las criaturas terrestres, pero sí para las águilas. Cuando lo uses, mi amigo Landroval, hermano de Gwaihir, Señor de los Vientos, responderá a tu llamada. Utilízalo sólo en casos de extrema necesidad, pues las águilas de las Montañas Nubladas son nobles y grandes aliadas, pero no gustan de perder su tiempo y energías con banalidades.
- Gracias Rána - Histhel cogió el silbato entre sus manos y lo miró. Luego miró a la istari con agradecimiento. - Me será de gran utilidad, seguro.
- Bien, también os he traído algo de ropa. Unas capas más densas que esas que lleváis, pues en la zona donde os dirigís son frecuentes las tormentas de viento, pues es una zona un tanto desértica. - Rána acercó las capas a sus invitados. Se volvió y enseñó otro objeto. - Toma esta daga. Aparentemente parece una daga normal y corriente. En realidad lo es, si no se distinguiera por su procedencia. Fue forjada por los elfos sindar de los bosques de Eryn Vorn.
- ¿Eryn Vorn? - Repitió Gasteizo.
- Si, amigo, así lo llaman en la lengua sindarin. Significa bosque oscuro o negro.
- ¡Ah, el bosque oscuro! Eso está cerca de La Comarca. Alguien me contó que ese bosque quedó destruido en la guerra de Sauron contra los elfos.
- Te informaron bien. Eso ocurrió en la Segunda Edad, sobre el año 1693 y duró ocho años. Fue una horrible guerra, como todas. Los Eldar se vieron visiblemente disminuidos en número, y se rompió la alianza entre elfos y enanos.
- Y la Gran Peste, en la Tercera Edad, también arrasó el Bosque Negro hace muchos, muchos años. - Apuntó Histhel.- En la Tercera Edad, hacia el 1636. Duró un par de años, pero fue devastadora.
- En la Comarca se le llamó la Plaga Negra. Supongo que se referían a lo mismo. - Histhel y Ràna asintieron con la cabeza. Unos momentos de silencio se adueñaron del salón. Aquella conversación le había traído muchos recuerdos a la Istari.
- Perdí a muchos amigos en la guerra de los Eldar contra Sauron, y de los que sobrevivieron, una buena parte se fueron con la peste. - Rána se sirvió otra taza de té. - Histhel, amiga mía, tened mucho cuidado. Vais a tierras peligrosas, donde los enemigos a menudo no son vistos por la luz del día.
- Lo tendré en cuenta.

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NotaPublicado: Sab Ene 19, 2008 1:35 pm 
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Ardealthal apoyó las manos en el suelo para levantarse y hasta Fehn se volvió al oir un crujido.
- ¡Ay! -se quejó.- Mi pierna está rota.
- Necesitamos ayuda -dijo, con tono trémulo, Fehn.
- ¡Vais a pagar con vuestra carne haberos cruzado en nuestro camino! -pronunció una voz desde arriba.
El orco que quedaba vivo, el inteligente, se contoneaba como un insecto necrófago para atemorizar a los montaraces. Había bajado de su montura y ésta se había unido al festín. Algunas gotas de sangre negra salpicaban el rostro de los de abajo. Ardealthal miró a su amigo y le hizo una seña con la mirada. Al principio Fehn no le entendió.
- Chamarilero -dijo el también conocido como Peluchico para que el otro comprendiera.
- Por supuesto -contestó Fehn en voz alta, debido a los nervios.- Observen señores nuestro maravilloso producto. ¿Lo conocía, señor orco? ¡Uy, qué digo, señor! ¡Caballero, o mejor, huarguero orco! ¿Todavía no ha tenido el gusto de probar una de nuestras fantásticas muestras gratuitas del elixir crecepelo del Alquimista Rohipinil? No se precipiten damas y gentilhombres, que hay para todos...
Una daga sajó el viento clavándose en la frente del alucinado orco, que nunca llegó a atisbar la estratagema de distracción de la pareja. Cayó al agujero, y Fehn tuvo que dar un salto para esquivarlo.
- ¡Regístralo! -dijo Ardealthal, que se agarraba la pierna para mitigar el dolor.
- Sí, eh, sí -sostuvo Fehn.- Lleva una espada curva, que ya veías, un yesquero, una cuerda... ¡una cuerda!
- Rápido, átala a la espada curva.
- Ya voy, ya -constestó Fehn, adivinando las intenciones de Ardealthal.

Una vez atada, la lanzó fuera del agujero, tiró de la cuerda y la espada resbaló por la vegetación sin encontrar freno. De pronto cayó de nuevo, clavándose de punto junto a la dolorida pierna de Ardealthal.
- ¡Ten cuidado, animal! -dijo irritado.
- Perdona, pensaba que haría tope.

La segunda vez sí que se enganchó en algo, así que Fehn, puso un pie en una raiz que sobresalía en la pared del agujero y escaló hasta arriba.
- ¡No hay ni rastro de los huargos! -exclamó alto para que Ardealthal le oyera.- Voy a salir y te atas a la cuerda.
- Sé lo que tengo que hacer -respondió malhumorado por el dolor.

Dicho esto, Fehn salió con agilidad del hoyo. Se limpió el jubón con las manos levantando mucho polvo y al oir una respiración a su espalda se volvió despacio, alertado. Tuvo que bajar la vista para ver la procedencia del aliento.
- Sorpresa -dijo con calma un enano pelirrojo, con una de sus hachas pequeñas en el cuello de Fehn.

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NotaPublicado: Mar Ene 22, 2008 6:50 pm 
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- ¿Vas a echarme ya la cuerda o no, Fehn? - Se oyó la voz de Ardealthal desde el fondo del agujero. El enano sonrió para sus adentros. Fehn puso cara de circunstancia. - ¿Se puede saber a qué estás esperando?
- Pues de momento te vas a quedar donde estás. - Contestó el enano. - Y a tu amiguito, que gracias a ti ya sé que se llama Fehn, le voy a hacer un nuevo corte de pelo si no me dice todo lo que quiero saber.
- Fehn, haz uso de tus habilidades. - Dijo el montaraz del agujero.

El enano miró a Fehn a la cara.
- ¿sabes?, tu cara me es familiar. Me recuerda a un malnacido vendedor ambulante que me vendió un crecepelo y me salió pelo en todo el cuerpo excepto en la cabeza. - Dijo el enano señalando a su pelada cocorota con el dedo índice de la mano que tenía libre.
- No, Ardealthal, mejor me estoy calladito. - Contestó Fehn respondiendo al mensaje en clave que le había dado su compañero de fatigas.
- De eso nada, - dijo el enano. - Vas a hablar, y mucho. Lo primero que quiero saber es qué hacéis en este territorio lleno de trampas.
- ¡Cazar orcos! - gritó Ardeathal desde el hoyo. - Somos montaraces y nos dedicamos a limpiar las fronteras de orcos.
- Ja, ja, ja, ja, - se rió el enano.- ¿Pero qué clase de montaraces caza orcos sois que habéis caído en una trampa y os han cazado ellos a vosotros?
- Es que... estamos aprendiendo. - Contestó Fehn dubitativo.- Somos novatos, ¿sabe?
- No sé si seréis novatos o no, pero de lo que estoy seguro es de que sois estúpidos si pensáis que me voy a creer esa patraña. - Apretó un poco el filo del hacha en el cuello de Fehn y una gota de sangre resbaló por la punta del hacha. Fehn comenzó a sudar.



En la cabaña de Rána el fuego de la chimenea comenzaba a extinguirse y el frío se apoderaba del recinto.
- Traeré más leña, dentro ya no queda. - Dijo la istari y se acercó a la puerta con la intención de salir al exterior.
- ¡Espera, no lo hagas! - Gritó asustado Gasteizo. Histhel le miró asombrada. Rána se volvió sorprendida.
- ¿Por qué Gasteizo? - Preguntó la istari.
- Porque ahí fuera está todo lleno de trampas, y no me gustaría que cayeras en una de ellas.
- Ja, ja, ja, - rieron Histhel y Rána.- Claro que está lleno de trampas. Yo misma las coloqué.
- Con mi ayuda, - añadió Histhel.- Por eso sabía perfectamente dónde colocar los pies al llegar al camino.
- Pero te olvidaste de la piedra de la entrada - le recriminó Gasteizo.
- De eso nada. - Contestó la montaraz- No hay manera de llamar a la puerta si no es acercándose hasta el dintel. Y nos agachamos a tiempo para que no nos alcanzara el péndulo.
Gasteizo miró a Histhel con la boca abierta. Luego miró a Rána y se sentó cabizbajo. Rána salió a buscar leña. Histhel se acercó al joven hobbit.
- ¿Qué te ocurre? Pareces molesto.
- Y lo estoy. Estoy molesto conmigo mismo por ser tan ingenuo. Este mundo es demasiado complicado para mí. Nunca debí haber salido de La Comarca. Allí todo es seguro y previsible.
- Gasteizo... - Dijo Histhel en tono protector.- eres más valiente y espabilado que muchos humanos. La Comarca se te había quedado pequeña.
- Sí,... - contestó el hobbit - pero sólo soy una carga. Irías más ligera si no te acompañara. Siempre tienes que estar preocupada por mí y no te sirvo de ayuda.
- Pues eso va a cambiar a partir de ahora. - Contestó Histhel en tono serio. - No voy a preocuparme más de ti. Tienes que aprender a cuidar de ti mismo. Desde este momento dejas de ser mi ayudante y pasas a ser mi socio. Ya no te daré más órdenes y tendrás que tomar decisiones igual que yo.

El hobbit levantó la vista hacia la montaraz y una expresión de terror se reflejó en su rostro.
- ¿Y si me equivoco al tomar una decisión?
- Pues tendremos que sufrir las consecuencias. Así que medita bien lo que dices y haces a partir de ya. - Contestó Histhel con firmeza. En ese momento volvió Rána con leña para la chimenea. Gasteizo se levantó de un salto y le ayudó a transportarla. Rána miró a Histhel y le ofreció una sonrisa de complicidad. Histhel se la devolvió.
- Parece que ha caído alguien en la trampa para orcos. Se escuchaban unos lamentos y he oído la risa de Cain, señal de que se lo está pasando en grande.
- ¿Quién es Cain? - Preguntó Gasteizo intrigado.
- Un amigo mío. Se encarga de los indeseables que rondan por estos lares a cambio de ciertos favores. - Contestó Rána y le guiñó un ojo al hobbit.
- ¿Y qué hace con los indeseables que encuentra por aquí? - Insistió en preguntar el mediano sin demasiadas ganas de querer saber la respuesta.
- Bah!, se entretiene con ellos. Les saca toda la información que puede y si no le gusta lo que le cuentan, pues... luego... los descuartiza. Nah, me mantiene bien limpia la zona de malandrines. - Contestó la istari. - Vamos a preparar la cena.

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NotaPublicado: Jue Ene 24, 2008 11:41 pm 
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Cuando las viandas estuvieron preparadas y la mesa dispuesta, el hobbit miraba con desesperación el momento de sentarse. Cuatro platos aguardaban sobre un bruñido mantel que recordaba los telares de los mejores palacios de otra Edad. Uno estaba reservado para Cain, el enano, que pronto regresaría de los alrededores. Por su parte, el de La Comarca había ayudado con la carne sobre las brasas y parecía tomarse muy a pecho la factura de ser independiente y libre; un forastero en tierras inhóspitas.
- Gasteizo, venga, haz los honores -dijo Histhel.
- Eh, sí... sentémonos gentiles damas -pronunció sintiéndose incómodo.
Las dos, hicieron caso a éste, aunque se miraron con complicidad y una latente hilaridad en los rostros.

La puerta se abrió de golpe y un cuerpo cayó de bruces, con las manos atadas a la espalda. A éste le siguió otro que corrió parecida suerte.
- Mira lo que me he encontrado por ahí, Rána... ¡uy, si tenemos invitados! -soltó sin mesura Cain- Permítanme que me presente: me llaman Cain, antiguo trabajador de las Minas de Moria. Bueno, yo era un chiquillo por aquel entonces, pero ayudaba a desescombrar... y muy eficientemente, por cierto -añadió con orgullo nada disimulado, mientras ponía el pie sobre el trasero de Fehn y se atusaba una cobriza y espesa barba trenzada.
- Es ella -susurró Ardealthal antes de desmayarse, aunque nadie oyó lo que decía.
- Yo soy Gasteizo, de La Comarca -dijo levantándose de pronto el hobbit- Mi socia y yo, hemos venido de visita -comentó señalando a la montaraz con una costilla algo roída ya, que llevaba en la mano.
- Mi nombre es Histhel -dijo interviniendo ella.
El enano, saludo agachando brevemente la cabeza y abrió los ojos un poco, casi imperceptiblemente, controlando sus impulsos al ver ese rostro. Aunque en su cabeza bullían un montón de recuerdos, logró que no traslucieran y se sentó con el protocolo áspero de un antiguo minero.

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NotaPublicado: Jue Ene 31, 2008 5:46 pm 
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- Pero, ¿qué haces, Cain? - exclamó Rána sorprendida al ver cómo el enano tomaba sitio en la mesa. - Coge a tus presas y llévatelas de aquí. Y no vuelvas hasta que no estén en su sitio.
- Rumble, rumble,- rumió el enano - ahora me llevo a estos dos a la cabaña.

Gasteizo miró a Histhel anonadado, pues recordaba las palabras de Rána acerca del destino que les esperaba. Le pareció reconocer al que estaba en el suelo bajo el pie de Cain. Histhel tomó su copa y le dio un buen trago. Rána ni se inmutó, siguió comiendo y no hizo caso del ruido que el enano producía arrastrando los dos cuerpos por el suelo.

- ¿Qué va a pasarles? - Preguntó Gasteizo preocupado. - Ni siquiera le has preguntado por ellos.
- Ah, no no, Jamás te entrometas en los asuntos de los enanos, y menos todavía en los asuntos de Cain. - Contestó la istar rápidamente. - Yo no quiero saber nada de esos dos. Ahora son propiedad del enano, que haga con ellos lo que quiera, pero que no me involucre, es parte del trato.
Gasteizo miró asustado a Histhel. La montaraz bajó la mirada y siguió comiendo. Gasteizo dejó la costilla que tenía entre manos y se recostó lentamente en el respaldo de la silla. Al momento se abrió de nuevo la puerta y el enano volvió a saludar. Miró a Gasteizo de reojo y luego dedicó una mirada pícara a Histhel.
- Quítate esas ideas de la cabeza, enano - Se adelantó a decir Rána. - Son mis invitados y están bajo mi protección.
- Grrrrrr... - Gruñó Cain - Sabes que jamás molestaría a ningún invitado tuyo,... y menos aún tratándose de alguien de estas características...
- Ja, ja, ja, ja - Rió Rána con grandes carcajadas.- Te estás equivocando de mujer, cazarecompensas de pacotilla. Se parece mucho, pero no es la que sale en los carteles. Bastantes problemas tiene ya por su gran parecido físico.
- ¿En serio? ¿No eres tú? - Cain sacó un papel de su bolsillo en el que aparecía el rostro de una mujer. Lo colocó a la altura de la cara de Histhel y frunció el ceño. - Juraría que eres igualita.
- A menudo la realidad engaña a nuestros ojos. - Contestó Histhel. - Esa mujer que aparece en los carteles y a cuya cabeza se le ha puesto precio injustamente es mi hermana Grinsel.
- sí, querida sí, perdónale por hacerte contar la misma historia dos veces, pero él es así. Si no ve, no cree. - Añadió Rána. - Y ahora, siéntate a comer tranquilamente con nosotros o vete a jugar con tus ratoncitos recién cazados.
- Grrrrr... - Gruñó de nuevo el enano. - Es hora de romper el ayuno, como decía el gran Rúmil en sus épocas gloriosas. ¡A comer!

Gasteizo se sintió abrumado por la presencia de tan peculiar personaje. No sabía quién era el tal Rúmil, pero tampoco se atrevió a preguntar, pues seguía el consejo de Rána y no se metía en los asuntos de los enanos. Histhel miró de reojo a Cain, ni siquiera le resultaba agradable a la vista, pero había algo en él que le atraía y aún no sabía qué era.

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NotaPublicado: Vie Feb 01, 2008 8:02 pm 
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Acabada la cena, el hobbit y el enano ya habían hecho buenas migas unidos, sin duda, por sus estómagos, de parecidos gustos y apetencias. Histhel y Rána siguieron hablando en susurros de cosas que no incumbían ni interesaban a Gasteizo y Cain, que se levantaron y lavaron los cacharros de los cuatro. Enseguida terminaron y se sentaron sobre una cadiera junto al fuego. Gasteizo ofreció de su pipa a Cain, quien rechazó la oferta con la mano.
- Tú te lo pierdes -dijo el hobbit, con las mejillas rosadas por el vino y el calor de las llamas.
- No sé qué le encontrais de provecho a meteros el humo en las entrañas. Bastante perjuicio es el polvo de las minas en estos fuelles -comentó agarrándose el pecho con fuerza- como para ennegrecerlos como un tizón. Además, ni alimenta ni nada.
- Al igual que el vino, llena el espíritu.
- De hollín.
- En La Comarca el tiempo no discurre. Hay que completar el día una vez hechas las faenas. Esto,... ¿Tú...?
- Pregunta sin miedo. No me como a nadie,... sin rustirlo antes -dijo sonoramente, en tono claramente diletante.
- ¿Es verdad que descuartizas a los que caen en las trampas?
- ¡Ja, ja, ja, ja! -rió sin mesura- ¿quién te ha dicho eso, Rána? Te han tomado el pelo, amigo.
Gasteizo se volvió aún más colorado si cabe hacia Histhel y la istar, que le miraban aguantando la risa, desde la otra punta de la estancia.

A un buen trecho de distancia, dos montaraces atados entre sí, espalda con espalda sobre un burro, se alejaban del lugar rodeado de cepos y celadas.
- Peluchico, despierta.
- Estoy despierto.
- Entonces, ¿por qué no has dicho nada?
- Porque estaba pensando.
- ¿Qué pensabas?
- Que eres un cenizo. Mi destino parece torcido como una culebra cada vez que nos cruzamos en el camino.
- No me eches la culpa a mí de esto.
- Sé que no la tienes.
- ¿Entonces?
- Mejor cállate, no estoy de humor.

El burro paró a comer hierba a un lado del camino. Ardealthal logró dislocarse una muñeca como había aprendido a hacer hacía largo tiempo y sacó un brazo del amasijo de cuerdas. Fue a echar mano de la navaja de su bota y se dio cuenta de que faltaba.
- ¡Mi navaja, no está!
- No. Ni nada de nada. El enano nos desplumó.
- ¿Y cómo no me has dicho nada hasta ahora? -dijo quitando un nudo.
- No soy adivino; si hubieses avisado de que estabas despierto...
- Por Eru, que esté en su sitio -interrumpió Ardealthal, mientras se deshacía del resto de su atadura y Fehn le imitaba.
- ¿El pergamino? No está. Se lo quedó el enano, como ya te he dicho. Tenía un papel viejo con un dibujo muy parecido, de la misma mujer. Los estuvo comparando con una sonrisa en el rostro. Seguías desmayado. Tienen que mirarte esa pierna; no tiene buen aspecto.
- Es un cazarrecompensas -dijo obcecado Ardealthal, haciendo caso omiso del consejo.

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NotaPublicado: Mar Feb 05, 2008 1:53 am 
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- ¿Un cazarrecompensas? - Repitió Fehn.- Esos tipos no tiene buena fama entre los charlatanes. No tienen escrúpulos a la hora de conseguir lo que quieren.
- ¿Por qué te crees que nosotros estamos ahora en esta situación?- Contestó Ardealthal malhumorado. Consiguió deshacerse de todas sus ataduras y colocarse a horcajadas sobre el burro.
- ¿Y bien? - Preguntó Fehn con tono irónico.
- ¿Y bien, qué? - Replicó Ardealthal.
- ¿Vas a desatarme?
- Uhmm... no. Mientras estés atado no me seguirás a todas partes. Ültimamente no me dás más que problemas. Ya va siendo hora de que comiences tus carrera de montaraz en solitario. - Y sin decir nada más, de un salto bajó del borrico y se tiró al suelo rodando hasta parar. Fehn lo miró todavía con incredulidad, atado con las manos a la espalda mientras se alejaba sobre la montura. Una mirada de dolor golpeó el rostro de Ardealthal. El montaraz se puso en pie y se sacudió el polvo de la ropa. Seguidamente miró a todos lados para decidir por dónde seguir. Optó por la derecha. Estaba totalmente desorientado, pero tenía que volver a aquella cabaña donde estaba su presa y el enano que le había apresado y de quien tenía deseos de venganza.

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NotaPublicado: Mar Feb 05, 2008 8:38 pm 
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Fijándose en las huellas dejadas por el asno, Ardealthal desandó el camino hasta que llegó al claro en el que había caído en un hoyo. Había transcurrido buena parte de la noche y ya clareaba. Suspiró profundamente por el cansancio y el quemazón del tobillo. Paró atención en un árbol que tenía el tronco en una rara posición para su especie. Acercándose con cuidado comprobó que servía de resorte para una trampa. Deshizo el nudo con paciencia y buen tino, y ató la cuerda algo floja alrededor de su tobillo, lo que le produjo algo de dolor. Pero sabía que esto inmovilizaba la posición y después de un rato, sería beneficioso. Cuando pudo completar su pequeña obra miró en derredor y se rió sin ganas.
- ¡Cómo no me di cuenta de todas las trampas que tengo aquí delante...! -dijo en voz alta, y añadió- Los huargos, claro. no se puede estar en todo.

Fehn llevaba un tiempo esquivando las ramas bajas del bosque en el que se había adentrado el jamelgo enclenque mientras se desataba las cuerdas que habían quedado apresándole tras la marcha de Ardealthal.
- ¡Para, viejo pulgoso, párate, burro estúpido!
El animal paró en seco y Fehn creyó tener alguna habilidad de los maiar escondida en su sangre. Aunque no había sido su poder de convicción lo que paralizó al asno, no. Un oso adulto que olisqueaba algo junto a un tronco en putrefacción se volvió hacia ellos. No tuvo ningún inconveniente en enseñarles hasta el último de sus dientes afilados.

Rána, que no solía dormir mucho comenzó a freir algo verde y rojo en una plancha metálica. Mientras se hacía solo, se asomó a una de las ventanas para contemplar la mañana. El cielo estaba despejado, la brisa acunaba las ramas y, en la linde, un hombre esquivaba trampas.
- ¡Cain! -espetó- Un intruso te espera. Parece que esta casa tenga magnetita y atraiga a todos los clavos roñosos de la región.
- Estamos en un lugar muy transitado por forasteros -dijo Histhel, saliendo de la oscuridad del fondo.
- Cain, ¿te recuerdo una vez más nuestro trato? -preguntó la istar mirando más allá de donde se encontraba la montaraz.
- Ya voy, bella impaciencia -balbuceó un medio dormido enano.
- ¿Necesitas ayuda, Cain? -se ofreció el hobbit, metiéndose la camisa por dentro del pantalón.

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NotaPublicado: Jue Feb 07, 2008 9:33 pm 
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El enano miró al hobbit de arriba a abajo e hizo un gran esfuerzo por mantener la boca cerrada y no verbalizar lo que estaba paseando por su mente en ese momento.

- Vamos, señor enano, - dijo Gasteizo enarbolando su daga - ¡vayamos fuera a dar buena cuenta de los malandrines!
El enano levantó una ceja y miró al joven hobbit con una mezcla de incertidumbre y asombro. Iba a decir algo cuando Rána se le adelantó.
- No, Gasteizo, mejor no. En esta tierra no abundan los medianos tan valientes como tú. - Rána miró a Histhel y le guiñó un ojo. - Creo que serás más útil si te quedas en la cabaña protegiéndonos.
- Uhmm... - titubeó Gasteizo. - Supongo que el señor enano se las arreglará bien sin mi ayuda. De acuerdo, pero si se ve apurado no dude en solicitar mi colaboración.
- Si, claro... - farfulló Cain - faltaría más...

Cain salió por la puerta delantera con un hacha en una mano y una cuerda en la otra. Histhel se levantó y se asomó a una de las dos ventanas que tenía la casa. Gasteizo se colocó de pie al lado de la puerta con la espalda pegada a la pared. Rána se sentó en su mecedora y entonó una hermosa melodía. Gasteizo la escuchó ensimismado. Cuando la istar terminó de tararear, el hobbit seguía mirándola absorto.
- ¿Te ha gustado, joven mediano? - Preguntó Rána.
- Sí... ha sido... increíble. ¿dónde aprendiste esa canción?
- Ja, ja, ja, ja - Rió la istar alegremente - es una canción de los tiempos antiguos, cuando los primeros nacidos recién habían colocado sus pies sobre la tierra que los valar construyeron para ellos con su música. Esta canción la aprendí en una visita que hice a Tol Eressëa, la Isla Perdida, durante mi estancia en la Cabaña del Juego Perdido, hace mucho, mucho tiempo.
-Todo eso suena tan bonito... - respondió el hobbit suspirando y olvidándose por completo de la guardia que realizaba al lado de la puerta.
Entonces la puerta se abrió de golpe y entró Cain silbando.
- ¿Qué? - Contestó bruscamente al sentir las miradas de los tres clavadas en su cara. - No había nadie ahí fuera, tan solo un torpe cervatillo que no debería haberse alejado de su madre. ¿Y vosotros, qué hacíais?
- Rána ha tarareado una canción que aprendió en una isla donde la gente perdía en los juegos, o algo así... - explicó Gasteizo y se rascó la coronilla, algo que hacía siempre que se ponía nervioso.
- Si, Rána sabe muchas canciones de esas, e historias. Pero es la hora del desayuno, y hay que reponer fuerzas. Durante la mañana habrá tiempo para esos menesteres. - Y dicho eso se fue hacia la despensa.
Histhel lo miró y siguió pensando que a pesar de su rudeza y escasos modales, había algo en él que le resultaba extrañamente agradable.

Mientras tanto, en algún lugar hacia el norte de la cabaña, Fehn se enfrentaba a una bestia parda que le sacaba un cuerpo y medio por arriba y dos de ancho. El oso estaba olisqueando algo así como carne putrefacta en el hueco de un tronco de árbol. Fehn prestó atención a aquel detalle e intentó averiguar de qué se trataba. Sin moverse de su sitio para no llamar demasiado la atención del plantígrado avezó la vista y pudo distinguir los restos de una pierna de humano. De repente toda la situación cobró sentido. El enano los había colocado sobre el asno como si de dos fardos se tratara y el burro, que había hecho aquel recorrido varias veces anteriormente, los llevó hasta ese lugar recóndito donde un oso daría buena cuenta de sus cuerpos, a tenor de la cantidad de huesos y calaveras que podían verse por los alrededores. ¡Vaya con el enano que había prometido no hacerles daño! Seguramente si Ardealthal hubiera adivinado el final que les esperaba no le habría abandonado. Fehn miró al asno que, tras el primer momento de comprensible susto tras ver toda la dentadura de la fiera, apenas se inmutaba ante su presencia. Ambos cumplían con el trabajo que por naturaleza les correspondía. El asno cargaba con los cuerpos y el oso los devoraba. ¿Y cuál se suponía que era el papel de Fehn en ese reparto de tareas? Como buen montaraz debía acabar con la bestia y huir con la montura.

- Bueno, bestia salvaje, al menos no podré decir que no encontré la muerte en plena batalla, como siempre decía mi padre que era la mejor manera de morir.
El asno se dispuso a pastar mientras ocurría lo inevitable. El oso dejó de meter la nariz en el hueco del árbol y moviendo sus cuatro patas se acercó aburridamente hacia Fehn, como si hubiera repetido esa actividad cientos de veces. Fehn dio unos pasos hacia la parte trasera del burro alejándose lo que podía del oso. El oso siguió acercándose al montaraz. Cuando Fehn pudo oler el aliento maloliente del oso, sacó un gran clavo que llevaba escondido en su capa y lo clavó con saña en una de las gónadas del asno. La respuesta fue instantánea. Fehn salió despedido hacia un lado por la fuerza del burro a la vez que éste respondía al reflejo del dolor levantando sus dos patas traseras y asestando una tremenda coz al oso que en ese momento se encontraba justo detrás de él. El oso fue disparado hacia atrás con la fuerza de un tornado y el tronco de un árbol lo atravesó desde la espalda hacia la tripa. El asno, dolorido, echó a correr camino adelante y Fehn se quedó sólo en un momento.

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NotaPublicado: Dom Feb 10, 2008 7:11 pm 
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Como una piel de oso abriga una barbaridad y además, tiene buena salida en el trueque, Fehn renunció a sus escrúpulos ante la visión de sangre fluyendo del animal y lo peló con la navaja de emergencia que guardaba dentro de su bota y que el enano no había visto. Nunca había imaginado que tal labor resultase tan ardua. Casi exhausto, se sentó sobre un pedrusco a contemplar su obra, que colgaba de una rama para que se secara.
Un chasquido de cascos le alertó. Tras unos segundos de espera detrás de un árbol comprobó que era el burro que había regresado. El chamarilero se quedó perplejo cuando el animal pasó a su lado sin inmutarse y se dirigió hacia el camino que tantas veces había recorrido.
- ¡Maldito burro, espérame! ¡No fue mi intención hacerte daño! Era lo único que se me ocurrió para salvarnos de las fauces del oso -añadió, mientras avanzaba a buen paso doblando con cuidado la piel.

Mientras tanto, un montaraz que había tenido que ingeniárselas para pasar desapercibido entre matorrales, con un enano en sus talones, anhelaba hacer su entrada en casa de Rána. El tobillo le mataba poco a poco. Sabía que tenía a su presa allí dentro. Su acicate, el objeto de su misión, estaba acompañada y él dolorido y desarmado. Y encima, en un momento de frustración había decidido abandonar a su suerte al torpe de su amigo. Al fin, cuando decidió volver sobre sus pasos vio llegar a Fehn montado en el jumento sarnoso, silbando tan ricamente, con un bulto grande a la espalda.
- Hola, Peluchico. Sabía que no podías estar sin mí. He cazado un oso -dijo el novato con aire vengativo y palpando el bulto de piel.
Ardealthal abrió la boca, pero se lo pensó mejor y no dijo nada. Comprendió que el marrullero había aprendido a defenderse solo.

La brisa se tornó en viento, que levantó gran cantidad de hojas por los aires, preconizando un atardecer desapacible.

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NotaPublicado: Mar Feb 12, 2008 5:28 pm 
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En el interior de la cabaña Histhel y Gasteizo se despedían de Rána y se disponían a continuar con su camino.

- Bien, aquí acaba nuestra visita, amiga Rána. - Dijo Histhel abrazando a su amiga. - Muchas gracias por todo.
- Espero que la suerte esté de tu lado.- Contestó la istar cuando abrazaba al hobbit para despedirse de él. Gasteizo no podía creer que una istar de verdad le estuviera dando ese trato. En ese momento entró el enano gruñendo.
- ¿Ocurre algo malo, amigo enano? - Preguntó Gasteizo con su habitual buen humor.
- Grrrrr... - El enano tenía furia en los ojos. pasó por delante de ellos y se fue directo a la despensa. Histhel le siguió dejando a los dos todavía invitados en la sala principal.
- ¿Qué ha pasado, Cain? - le interrogó Rána.
- Grrr... el oso, han matado al oso. Encontré su cuerpo despellejado al lado del árbol podrido, grrrrrr... y el asno ya no estaba allí tampoco. - El enano dio un sonoro golpe sobre la mesa de madera que había en la despensa con el puño cerrado.- Grrrrrrrr....
- Vaya... eso sí que es... una mala noticia. ¿Qué vas a decirle a Beoren?
- Grrr... no puedo decirle que el oso que dejó a mi cuidado ha sido muerto en extrañas circunstancias, pues habría roto mi parte del trato.
- ¿Y qué vas a hacer? - Preguntó Rána intrigada.
- Huir. Cuando Beoren se entere de lo sucedido sólo querrá una cosa: mis barbas unidas a mi cabeza. Acompañaré a tus amigos en su viaje.
- No creo que esa sea una buena idea, Cain. Apenas te conocen, no saben nada de... - Contestó Rána antes de ser interrumpida.
- ¡Cállate! Ni ellas ni nadie debe saberlo. Las acompañaré de día y de noche evitaré que me vean. La oscuridad será mi aliada.
- Bien, pero recuerda que son amigos míos, protégeles y no les expongas al peligro.
- Ja, ja, ja, Eso no puedo evitarlo, pues Histhel, sólo con su rostro, atrae a todos los cazafortunas de los alrededores. Y del mediano,... mejor no digo nada. - Contestó el enano ufano.
- ¿Va todo bien, señor enano? - Preguntó Gasteizo, que se había presentado en la despensa sin que Histhel hubiera podido evitar su intromisión.
- Perfectamente. Tanto, que voy a acompañaros en vuestro viaje, si me lo permitís, claro está. - Contestó Cain cambiando de registro por completo. Rána le miró recelosa y suspiró.
- Eso es estupendo, señor enano, voy a decírselo a mi socia. - y dando saltitos volvió al salón para contar a Histhel las últimas noticias. En unos minutos apareció el enano con un macuto a la espalda y su hacha recién afilada en una mano.

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NotaPublicado: Lun Feb 18, 2008 10:31 pm 
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Los montaraces aún seguían en tensión después de ocultarse de pronto al ver acercarse al enano furioso hacia la casa de las trampas. El burro no emitió sonido alguno cuando le azuzaron para que se retirara a un lado del camino, tras unos arbustos repletos de bayas. Llevaban largo tiempo por los alrededores escudriñando el terreno en busca de cachivaches peligrosos. El enano había salido y había vuelto pero de la mujer que perseguían no sabían nada. Podía seguir en la casa o bien haber marchado ya. No obstante, el fuego ardía en el hogar como indicaba una espesa columna de humo que coronaba la chimenea. Ató al burro a un árbol con un nudo especial, difícil de soltar si no se conoce. Fehn observó la operación como lo haría un buho.

Evitando los armadijos, cepos, lazos, garlitos y demás artefactos que rodeaban la casa, Ardealthal se aproximó a una ventana, con el hocico de Fehn en la nuca.
- Todavía está -escupió el embaucador con bastante atrono.
- Baja esa voz -susurró Ardealthal, tapándole la boca con la mano.
- Parece que se despiden. Van a salir.
- Sígueme -apremió el veterano escabulléndose entre unos matojos cercanos.
Fehn hizo lo indicado justo al tiempo que la mujer y el hobbit salían por la puerta. En el umbral, otra mujer con un halo de misterio sonreía. Oculto por la penumbra, el enano, miraba hacia los que partían. Todos intercambiaron palabras durante largo rato, tras lo cual, la que pensaban que era la perseguida y el mediano tomaron el camino principal acompañados del enano, que finalmente se les había unido.
- Tenemos que seguirles. Pero esperemos un rato para que no sospechen -reclamó Ardealthal.

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NotaPublicado: Sab Feb 23, 2008 3:50 am 
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- Bueno, pues ya están en camino de nuevo. - Pensó Rána en voz alta mientras cerraba la puerta tras de sí. Se dejó caer en su silla y miró hacia la ventana. Le pareció ver unos bultos moviéndose en el exterior. Se levantó sigilosamente y se acercó hasta el vano. Al otro lado, Ardealthal y Fehn acababan de dar la vuelta a la esquina de la casa y se habían topado de frente con el péndulo que servía de trampa para la puerta principal. Fuera de la sombra que daba el tejado sobre el contorno de la casa, la tierra se encontraba removida, como escarbada. Ardealthal miró desconfiado y puso la mano en el pecho de Fehn para impedir que diera un paso al frente.

- No te muevas, han puesto trampas alrededor de toda la casa. - Dijo Ardealthal en voz baja. - Seguramente habrá sido el enano. Es taimado, y muy ingenioso.

Fehn miró al suelo y tragó saliva. Fuera de la casa, Histhel, Gasteizo y Cain ya habían comenzado el viaje hacia el oeste. Cain iba en cabeza, Histhel le seguía a unos pasos y Gasteizo miraba al suelo ensimismado cuidadoso de dónde ponía los pies.

- Bien, - Dijo Rána pensando nuevamente en voz alta,- ya es hora de que Escheron se de una vuelta lejos ya de todo peligro. Lleva tres días sin salir de su escondrijo y necesita que le de el sol y el aire.

La istar se dirigió al interior de la cabaña y levantó una trampilla en el suelo. En unos momentos llegó al sótano, donde una bestia que emitía extraños sonidos, esperaba pacientemente el momento de la ansiada y matutina libertad a la que estaba acostumbrada. Rána abrió la puerta y le acarició la cabeza.
- Tranquila, pequeña, ve y caza un buen desayuno.

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NotaPublicado: Dom Feb 24, 2008 7:03 pm 
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Ubicación: De camino hacia el Gwatló
Tiempo después del final de la Primera Edad, una istar había encontrado un huevo escondido por una balrog en apuros que pereció junto a las demás fuerzas de Morgoth. La inmortalidad proporcionada por los creadores, los valar, conduce en ocasiones a jugar con los elementos de la naturaleza para ver los distintos resultados a los que éstos dan lugar. Así conservó el mal en potencia y lo cuidó para comprobar su destino en unas condiciones diferentes.

La pequeña demonio rompió el cascarón una mañana en la que Rána estaba distraida viendo, una vez más, cómo se deslizaba el aire entre los pétalos dulces de las zarzas en flor, cerca de Gorgoroth. La cuidó e intentó alejarlo del mal, sin un empeño consciente de dirigirlo hacia el bien. Más bien se convirtió en un pasatiempo del que pronto se aburrió. Pero un hálito de responsabilidad se enganchó como una babosa al corazón de la istar, mucho tiempo después, justo el día en que la demonio hambrienta devoró a una familia entera. Buenas e infortunadas gentes de las que dio cuenta una bestia que no sabía que estaba destinada a ser un ser maldito. Su inocencia fue minada por el hambre.

Y en estas estamos que la istar bajó una vez más a acariciarle la cabeza, cosa que agradecía. Pero aún ansiaba más la libertad de perseguir una buena presa con la que mitigar el ardor de las brasas que conformaban sus entrañas. Por entonces ya era algo más grande que su dueña.

Empujó a Rána y salió como un relámpago hacia el exterior. pronto olió la presencia de dos hombres. Se relamió, brotando lava de su garganta en lugar de saliva. Haciendo temblar el suelo se aproximó a ellos. Uno cojo, el otro torpe. Ambos casi desarmados.

Bastante lejos de allí ya una mujer, un hobbit, un enano y un burro birrioso embadurnado de bártulos se dirigían al suroeste.

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NotaPublicado: Mar Feb 26, 2008 2:01 am 
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Ubicación: La Comarca, Eriador
- ¿Hacia dónde habéis dicho que os dirigís? - Preguntó Cain. Histhel se volvió y le miró, de repente recordó qué era aquéllo que hacía del enano alguien tan familiar para ella.
- Ahora te recuerdo. - Dijo la dúnadan pausadamente. El enano escuchó las palabras de Histhel y no dijo nada, siguió caminando, tan sólo dibujó una leve sonrisa en su rostro apenas perceptible para un ojo poco entrenado, pero ese no era el caso de Histhel. Gasteizo seguía mirando al suelo sin hacer caso de la conversación, absorto en no colocar los pies en el lugar equivocado y provocar un altercado que les hiciera perder tiempo. A lo lejos se escuchó un rugido seguido de otros gritos más agudos. Histhel y Gasteizo intercambiaron miradas. El enano levantó la cabeza y sonrió abiertamente. Todavía quedaban varios metros hasta abandonar los límites de la casa de Rána, y con ellos todas las trampas que hacían de su cabaña una estancia segura.

Caminaron hacia el oeste durante un largo rato, hasta que Gasteizo dio signos de cansancio y decidieron hacer un alto en el camino para descansar.

Mientras tanto, en la cabaña, Rána miraba divertida la escena. Su mascota, Escherer, como ella lo llamaba, se encontraba frente a los rostros asustados de Ardealthal, que no se atrevía ni a respirar, y Fehn, que miraba a la bestia con ojos de incredulidad.
- ¡¡Es cierto, existen de verdad!! - Exclamó Fehn. Entonces se echo la mano al bolsillo interior de su capa y sacó uno de sus potingues. Lo lanzó al aire y la bestia lo atrapó al vuelo y se lo zampó.

- ¡Al suelo, Peluchico! - Gritó Fehn, justo a tiempo para echar cuerpo a tierra y que las llamas no les alcanzaran.
- ¿Pero qué has hecho, mal nacido? - Gritó Rána echándose las manos a la cabeza.
- Mi tío siempre decia que ese brebaje era tan malo que sería capaz de hacer explotar a un balrog si se lo tragara. ¡Y tenía razón! - Contestó Fehn orgulloso de sí mismo. Ardealthal miró a Fehn y acto seguido vio la cara de Rána más y más furiosa. Agarró a Fehn de la capa y empezó a correr, llevándose tras de sí al chamarilero que intentaba coordinar las piernas, los brazos y la respiración a la vez.

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NotaPublicado: Mié Feb 27, 2008 11:56 pm 
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Y siguieron corriendo sorteando las, ya por entonces, cotidianas trampas que varias veces habían tenido que soslayar, sin volver la mirada atrás en un buen trecho.

Cuando Ardealthal se giró por fin, debido al dolor de su pierna que comenzaba a hincharse, vio a lo lejos que el pequeño balrog -si es que de una de esas bestias puede decirse que sea pequeña- caminaba desorientado intentando escupir las gotas de elixir que aún le arañaban las entrañas. Tenía un cepo que había pisado engarzado en una pezuña y movía espasmódicamente uno de sus brazos mientras sus alas se movían de manera aleatoria. Otra figura, la de Rána, intentaba ayudarle pero apenas podía sino esquivar sus letales aspavientos.

- ¡Fehn, detente! -pronunció al fin.

El chamarilero dio un par de pasos más por inercia y paró con la cabeza girada hacia su amigo.

- Creo que no nos va a seguir durante bastante tiempo. Ayúdame a caminar. Tengo la pierna fatal. -añadió Ardealthal.

A un buen trecho de allí, Histhel se detuvo a mirar la esquina, agarrada a un árbol, de un cartel de recompensa. La comparó con la esquina equivalente del pergamino que guardaba con esmero, con el rostro de su hermana, y sonrió.

- ¿Qué ocurre, mi socia? -preguntó Gasteizo.
- Creo que vamos por buen camino. Observa este triángulo de papel insignificante -convidó al hobbit- y dime si no es la mejor pista que hemos encontrado hasta ahora.

El mediano se mesó unos ensortijados cabellos siena tostada y puso cara de no comprender nada.

- Te está dando a entender que es un cartel de su hermana y que ha sido arrancado con prisas, quizás por ella misma, y no por alguien que quisiera conservarlo para darle caza -dijo Cain.

la montaraz puso mala cara por los términos en que el enano animalizó a su gemela, pero no dijo nada. El mediano estaba asombrado por la perspicacia de las gentes con las que ultimamente se codeaba. nada parecido al mundo de algodones en el que siempre había vivido.

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NotaPublicado: Jue Feb 28, 2008 11:53 pm 
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La pierna de Ardealthal se había hinchado y la zona en la que se encontraba la herida estaba exageradamente enrojecida. Cojeó mientras el dolor no se hizo insoportable y cuando sus fuerzas dieron con el suelo, se agarró al hombro de Fehn y dejó caer todo el peso de su cuerpo. Fehn se tambaleó un poco, se volvió para sujetar mejor al montaraz y consiguió sostenerlo hasta llegar al tronco de árbol más próximo.
- Gracias, amigo. - Dijo Ardealthal entre susurros. Fehn le miró extrañado.
- Vaya, es la primera vez que me llamas amigo. - Contestó el chamarilero.
- Y seguramente será la última si no conseguimos salir pronto de aquí. - Ardealthal se revolvió contra el árbol para intentar ponerse en pie, pero su pierna falló y cayó al suelo. - Dime una cosa, ¿qué le pasó a ese bicho? ¿Qué le diste?
- Pues un mejunje que inventó mi tío. Según él, si lo usas repetidas veces, frotando con un paño empapado en ese líquido, se consigue aumentar el tamaño de... ya sabes
- Ja, ja, ja, ¿quieres decir que esa bestia horrorosa casi se quema por dentro porque se bebió ese crecep...- Ardealthal no terminó de decir la frase, pues la mano de Fehn le tapó la boca.
- Shhh, calla, que no se entere nadie de que el el brebaje no funciona. - Dijo Fehn mientras le ayudaba de nuevo a ponerse en pie. Los minutos de descanso habían servido para relajar la tensión de la pierna del montaraz y que esta vez fuera posible su incorporación. En pocos segundos la pareja de montaraces caminaba despacio, pero con paso seguro hacia el horizonte.

En los alrededores de la cabaña, Rána había conseguido alcanzar a su mascota, y aunque no era tarea fácil siquiera acercarse a él, había hecho uso de sus conocimientos como istarë para mantenerlo inmóvil el tiempo suficiente para quitar el cepo que aprisionaba una de sus patas.
- Malditos, pagarán caro lo que le han hecho a Escheron. - Rumió Rána. - Todavía no han conocido mi poder, pero no pasará mucho tiempo hasta que lo hagan.

La bestiecilla se lamió la pata en cuanto estuvo libre del cepo y atrapó un par de pequeños roedores para calmar su apetito. Rána elevó la vista y miró al cielo. Cerró los ojos y se concentró. Al momento, un cuervo negro como la noche cerrada llegó volando desde lo más alto del cielo y se posó en su antebrazo.
- Bien, pequeño, tú serás mis ojos. Síguelos y dime todo lo que hacen. - Rána dio impulso al carroñero para que emprendiera el vuelo. Hizo una señal a Escheron y la bestia se perdió en el bosque, a la vez que Rána volvía a la cabaña y cerraba la puerta tras de sí.

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NotaPublicado: Sab Mar 01, 2008 1:25 am 
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Histhel estaba sentada a orillas de un acantilado. El mar era como claras de huevo batidas a punto de nieve. A su lado, un río desembocaba en él. Con sólo cruzarlo podía adentrarse en el Bosque Oscuro o Eryn Vorn, como lo llamaban los elfos. Mas habían decidido tomar el otro lado y bajar por la costa de Minhiriath hasta Lond Daer, por ser la mejor ruta. Ella tenía la sospecha de que su hermana se dirigía hacia el bosque que se encuentra algo más al sur todavía. Tenía un motivo para ello, aunque no dijo cuál a nadie.

Recuerdos de su infancia se filtraban entre sus pensamientos; retazos de felicidad en los que Grinsel y ella reían por situaciones que ahora se le antojaban insignificantes, y que por entonces le parecían como surgidas de la mejor de las bandas de saltimbanquis que iban ganándose el pan de aldea en aldea.

Sus ojos estaban aún algo vidriosos cuando Gasteizo apareció por allí.

- ¿Tampoco puedes dormir? A mí me ha picado un bicho en el tobillo. Me escuece bastante -le dijo a Histhel con uno de sus enormes pies en alto.
- Tengo algo en mi mochila que puede ayudarte -contestó la montaraz levantándose del poyo en el que estaba sentada-. Sígueme.

Gasteizo hizo caso e imitó sus pasos. Al cabo de un puñado de latidos de corazón, encontraron una manta solitaria donde esperaban hallar a Cain roncando junto al fuego. Histhel se agachó junto a un fardo del que sacó unas hojas de alguna planta, atadas con un cordel. Deshizo el nudo y de dentro dejó caer sobre su palma una grasa cerúlea de fuerte olor.

-Acerca ese tobillo aquí -ordenó con voz somnolienta al hobbit.
-Sí -obtuvo Histhel por toda respuesta.

En lo que cuesta subir a un arbusto Gasteizo se había quedado dormido tras el masaje que la montaraz le había proporcionado en la canilla.

-Sueños venturosos -le deseó en un susurro, y se dirigió de nuevo hacia el acantilado.

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Última edición por Peluchico el Dom Mar 02, 2008 12:39 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Sab Mar 01, 2008 6:35 pm 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Hacia la mitad del rocoso acantilado, en una de las muchas grutas que se escondian en él, una diminuta figura guardaba en un zurrón una manta, unos aperos, unos cebos envueltos en hojas de vid, y cogía una larga caña de pesca. Vestía una capa de algún tono entre gris y marrón, que camuflaba su silueta en las rocas de manera excepcional, calzaba unas botas parduscas, lustradas con una mezcla de grasa con zarzas, para no resbalar en tan escarpado terreno, y sus ademanes eran resueltos, precisos, y gráciles. En breves minutos empezó a trepar por la pared vertical, apoyándose en salientes, subiendo con destreza hasta un saliente natural, no mayor que el pie de un hobbit, y un montaraz juntos, cómo pensaba ella a menudo.
Alli estaba la hoguera que ella habia apagado hacia dos dias, junto con las tiras de pescado de indescriptible color, la leña, y algunas hierbas encima de uan diminuta manta de color verde oscuro.
Se sentó, colocó su zurrón lo más lejos posible del fuego, sacando de este los aperos, los cebos, y una extraña bolsa, en la que tenia su comida, ensartó unas tiras de pescado en una vara de avellano, que colocó en dos estacas que estaban a ambos lados de la lumbre, prendió esta, aliñó con hierbas las tiras, asintió, y sonriendo empezó a caturrear una dulce melodia, mientras repasba todo con la mirada, asintió, se sentó al borde, y lanzó el largo hilo de la caña hacia el mar revuelto.

Miró un momento la lumbre, las tiras empezaban a calentar desprendiendo un olor a pescado con especies...

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Tyelpëa Taurenna


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NotaPublicado: Dom Mar 02, 2008 2:09 pm 
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Ubicación: La Comarca, Eriador
- ¿Cuánto ha pasado desde que nos reencontramos? - Preguntó de repente Ardealthal a Fehn, mientras recorrían el camino a un paso que rozaba lo cansino.
- Pues... - Fehn hizo memoria y contó con los dedos - Si no estoy equivocado, tres días.
- ¡Tres días! ¡Tres días! - exclamó el montaraz furioso - ¡en tres días he sufrido más que en toda mi vida anterior! He llegado a pensar que eres tú quien atrae los problemas...
- No, no, no te equivoques - Contestó Fehn como movido por un resorte - eres tú y tu negativa manera de ver las cosas lo que te hace creer que hemos tenido problemas...

Ardealthal se paró en medio del camino, miró a Fehn de arriba a abajo sin disimular la rabia en sus ojos y como un animal salvaje herido se tiró a su cuello. Fehn no se lo esperaba y cayó al suelo de espaldas con el montaraz encima intentando atrapar su cuello entre sus manos.
- Peluchico, no... contrólate...aghhh - Balbuceaba Fehn
- ¡Me han atacado los huargos, luego unos orcos, después caí en las manos de un enano psicópata que quiso ofrecerme como merienda para un oso, volví a caer en las garras del enano y casi pierdo una pierna, y para terminar, un no-sé-cómo-definirlo casi me arranca la cabeza...! - Resumió Ardealthal con la mirada fuera de sí.
- Lo sé, ... yo...también estaba allí... - Contestó Fehn y pudo al fin deshacerse del montaraz, pues sus fuerzas habían mermado con el esfuerzo. - Y te recuerdo que yo maté al oso, te saqué de la trampa del enano y alejé al no-sabes-cómo-definir de nosotros, así que más bien me inclinaría a creer que eres tú quien atrae los problemas y yo me encargo de resolverlos.
Ardealthal se quedó mudo ante esa respuesta y miró a Fehn asustado.
- ¿Crees que me han echado alguna maldición, o algo así?
- Pues... igual, vete tú a saber. - Fehn se levantó del suelo triunfante. Una vez más había conseguido salir ileso de una situación arriesgada. - Mira, por ahí corre nuestro desayuno.
El montaraz miró al frente y vio un conejo saltando por el camino. Sacó una flecha de su carcaj y tensó su arco. Un segundo después el conejo yacía en el suelo atravesado por la flecha.
- ¡Bien! Es una buena manera de empezar el día. Ya ha terminado de amanecer del todo. - Dijo Fehn. Un cuervo se posó en una rama que había justo encima de su cabeza y graznó. El joven aprendiz de montaraz se volvió y le miró. Cogió una piedra y se la tiró para espantarlo. - ¡Lárgate, bicharraco, esta presa es nuestra!

En el acantilado Histhel desfrutaba de un espectáculo grandioso. Había visto salir el sol miles de veces, pero cada una de ellas era distinta. A lo lejos se escuchó la voz ronca y profunda de Cain que aparecía tras una roca con un par de peces en las manos.
- Hola señor enano, - se apresuró a decir Gasteizo, que acababa de despertar.
- Es hora de llenar nuestros estómagos. Toma, mediano, haz una hoguera y ásalos. - Ordenó el enano. Histhel lo miraba estupefacta.
- ¿De dónde los has sacado? Estamos a muchos metros de altura para poder pescar, y esta zona tiene fama por no ser fácil en absoluto capturar ningún pescado.
- Tengo mis recursos - Contestó Cain, mientras notaba cómo las uñas de sus pies, cubiertos por gruesas botas, recuperaban el tamaño que correspondía a un enano. - Démonos prisa, hay que aprovechar al máximo las horas de día, pues este acantilado es muy duro de atravesar de noche.

En la cabaña de Rána, alguien aporreaba la puerta con fuerza. La istarë miró por la ventana.
- ¿Quién será? - Se preguntó a sí misma en voz alta - Cualquier desconocido habría probado antes las trampas que hay hasta llegar a la puerta... Oh, no, ahora no está Cain para repararlas...
Se volvieron a escuchar golpes en la puerta y una voz fuerte y enfadada que pedía a gritos que abrieran. Rána respiró hondo y abrió la puerta encontrándose frente a frente con un hombre que la doblaba en tamaño.
- Hola, Beoren, ¿qué te trae por aquí? Cain no está, ¿quieres pasar?
- Arggggggggg - Rugió el humano. - ¡Ya sé que no está! y eso es precisamente lo que me preocupa. ¡He encontrado a mi oso muerto y despellejado y quiero una explicación!
- Beoren, sabes perfectamente que de los tratos entre tú y Cain no tengo conocimiento. Es más, le dejé quedarse en esta casa a condición de que mantuviera mi casa bien protegida y sus chanchullos lejos de mí. - Respondió Rána categóricamente.- Así que no tenemos nada más que hablar.
- Te pido disculpas, Rána - Dijo Beoren cambiando el tono abrupto de su voz por uno más relajado. - Cierto es todo lo que dices, y te pido ayuda para encontrar a ese enano que ha roto su trato conmigo.
- Si te ayudara, estaría contrayendo un compromiso contigo y eso estaría en desacuerdo con el compromiso que adquirí con Cain, así que lo mejor será que olvide tu visita, y buenos días tengas.
- Buenos días, Rána.
El humano se fue por donde había venido y Rána cerró la puerta y suspiró tras ella apoyada en la pared.

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NotaPublicado: Dom Mar 02, 2008 7:24 pm 
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Después de unos instantes, cuando ya sólo hubo silencio, cogió una gran fardo de piel, introdujo dos mantas, su bolsa de mejunjes arcanos y algo de comida y salió de su casa a la cabaña contigua en la que estaba encerrado de nuevo el balrog.

- Nos vamos de aquí. No me siento ya segura y además querrás venganza -dijo abriendo la reja a la bestia, que parecía haber crecido más todavía.- Cuando pueda, ya venderé esta cuaderna de tierra.

Mientras tanto, Cain apagaba unos rescoldos con el pie para no provocar un desastre en la pradera.

- ¡Bueno, esto ya está! -exclamó, acabando con el último atisbo de llama.
- Yo acabo ya con estos arbustos de bayas -respondió malpronunciando un hobbit con los carrillos llenos.
- Daos, prisa -reclamó Histhel-. Quiero avanzar bastante durante esta jornada.

El mar, brumoso de nuevo, suplicaba una mirada de todo el que se asomara al acantilado, el mismo precipicio del que una pequeña mujer algo más al sur, sacaba con esfuerzo y pericia un gran pez de escamas brillantes.

- ¡Ya eres mío! -gritó al resbaladizo ser como si su exclamación ayudara a atemorizarlo. -Vas a acabar en mi panza si te estás un poco quieto-añadió en voz alta, como hacen las gentes que llevan mucho tiempo solas y utilizan cualquier excusa como interlocutor.

A paso lento pero decidido, dos montaraces seguían el rastro de los cascos de un asno huesudo y de sus acompañantes.

- Mira, Fehn, observa cómo ha pasado por aquí el hobbit -dijo Ardealthal señalando unas alargadas huellas de pies desnudos.
- Sí, y estas son las de la mujer y el enano -respondió el chamarilero satisfecho.
- Un momento -dijo un Ardealthal de rostro preocupado.- aquí hay huellas de oso macho, pero sólo delanteras.
- ¿Y cómo sabes eso? -preguntó Fehn con su ojiplática manera de mirar con interés.
- Porque no tienen el talón impreso en la tierra. Es algo muy extraño -dijo el montaraz, soltando una interjección en lo que Fehn adivinó que era dunael, por habérsela oído a los montañeses escultores.- No hay signos de que hayan luchado con él y parece igual de reciente.

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NotaPublicado: Dom Mar 02, 2008 9:26 pm 
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Ubicación: En Bree...si hay brumas...
Mientras se peeleaba con la caña, tratando de sacar una enorme merluza del agua, alguien por detrás, sin ser sentido, arrebató varios peces que Waykim habia sacado ya del mar, y posado tras ella. En cuestión de segundos bajó y trepó por la pared sin ser descubierto, .- cuando se de cuenta estaré lejos .- pensó al llegar a la cima.-

Waykim peleó con el enorme pez, y despues de darle un par de veces contra la pared, y ver que ya no se resistia lo dejó sonriendo en un lecho de hojas secas y especias, regadas con un licor oloroso de arándanos.
.- Esta noche te cenaré, con mi esfuerzo te pesqué y en mi lumbre te asaré.- cantaba alegre cuando reparó en que faltaba el pescado...Ató unas bolsas a su espalda, avivó el fuego, y cogiendo una pequeña daga empezó a subir por el acantilado.
Estaba ya casi arriba cuando reparó en la merluza, volvió a bajar, la escondió en la manta, y volvió a subir, su cara era una máscara de odio...

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NotaPublicado: Dom Mar 02, 2008 10:34 pm 
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Registrado: Vie Abr 29, 2005 6:38 pm
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Ubicación: Sabadell
Cansado, con los pies ardiendo, el humano se sentó en la piedra que, teniendo por respaldo el enorme arbol parecia un sillón, y asaz cómodo, como descubrió al sentarse. Aun estaba cogiendo resuello tras la caminata del día cuando, sobresaltado, vió con sorpresa como de entre unos matorrales salia corriendo una forma que a primera vista pensó que era un niño humano con un cesto con pescado, pero no le dio mucha importancia.

Pasado un rato y mas tranquilo, estaba comiendo un pedazo de queso curado con pan, regado con agua clara de un arroyo que habia atravesado hacia poco cuando sintió una voz cristalina, la voz de una cuasi niña recien salida de la pubertad pero aun no en plena juventud, la cual, con un fondo de odio, que le decia...

- ¿Donde esta mi pescado? - Al mismo tiempo en su cuello se apoyaba la hoja de un pequeño cuchillo, no por eso menos mortal.

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Un hombre puede estar solo en medio de una multitud.
Un hombre puede estar solo en la vida con una familia numerosa.
Un hombre con un amigo que le escuche jamas estará solo.
Un hombre con amigos como vosotros nunca estará solo, nunca tendrá hambre, nunca tendrá sed.


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NotaPublicado: Lun Mar 03, 2008 9:26 pm 
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Registrado: Dom Ene 14, 2007 11:18 pm
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Ubicación: La Comarca, Eriador
- Nunca había caminado tan cerca del mar - Confesó Gasteizo a Histhel. - De hecho, nunca antes había visto el mar...
- Pues aprovecha ahora, porque no sabemos cuánto más tiempo estaremos por estas tierras - Contestó Histhel, mirando hacia el acantilado. Guiñó los ojos para ver mejor a través de los rayos de sol y aprovechó la sombra que le proporcionaba la mano sobre la frente a modo de visera para enfocar a un punto lejano justo al lado del acantilado.
- ¿Ves algo? - Preguntó Cain relamiéndose aún las barbas de los restos de pescado asado.
- Me ha parecido ver un palo o algo parecido como los que se usan para pescar. - Añadió la montaraz dubitativa.- Si es lo que estoy pensando, eso quiere decir que no estamos solos... ¡Vamos, deprisa, si hay alguien en esa zona mejor cogerles nosotros desprevenidos de día que ellos a nosotros de noche!

Histhel apresuró el paso y comenzó un ritmo que era difícil de seguir por el hobbit, que no estaba acostumbrado a caminar por rocas tan escarpadas y resbaladizas a la vez. Cain no tuvo ningún problema en colocarse en cabeza en unos segundos.
- Arf, arf, - jadeaba Gasteizo - me cuesta respirar, ¡pero, por mi honor de hobbit que no entorpeceré la marcha de este grupo!
Histhel sonrió. El acantilado se había convertido en la falda peligrosa de una montaña quebrada al llegar al mar. En más de una ocasión habían tenido que recuperar el equilibrio para no dar con los huesos en el suelo. Cain se movía como pez en el agua, Histhel caminaba con grandes zancadas sopesando cada paso y realizando los movimientos precisos para recorrer la máxima distancia en el menor tiempo posible. Gasteizo apenas había recuperado el equilibrio tras dar el último paso cuando debía hacer lo imposible para no caerse, utilizando manos, pies y hasta los dientes. Apenas habían pasado unos minutos, que al hobbit se le antojaron horas, cuando llegaron al punto en que Histhel había vislumbrado algo parecido a una pértiga.

El enano reconoció el olor del mar en esa zona, no hacía mucho lo había disfrutado mientras le robaba los pescados a una chiquilla; pero era un delito que no debía desvelar, no por la naturaleza del delito en sí, sino por las características de su propia naturaleza que le habían permitido descender y ascender por las paredes del acantilado sin recorrer el camino que habían usado ahora.

- ¿Veis como tenía razón? - Exclamó Histhel, que se encontraba agachada mirando unas rocas y señalaba a una muesca en una de ellas. - Aquí estaba enganchada la caña, que seguramente la usaba para pescar. Un momento, ¿qué es ese olor?
- Pues, yo no huelo nada... - dijo Cain intentando despistar su atención para que no reparara más en el asunto de la caña.
- Si, sí, no hay duda, son especias...- dijo Histhel relacionando en su cabeza el olor con los recuerdos que le evocaba. - Mi madre usaba estas mismas especias para cocinar el pescado recién atrapado del mar... Era algo muy típico en nuestro poblado...
- ¿Crees que alguien de tu poblado ha estado aquí pescando? - Preguntó Gasteizo. Histhel se volvió con los ojos como platos y la mirada asustada. Cain sonrió para sí mismo.
- Podría ser alguien que conoce a mi hermana Grinsel, quizá pueda decirme algo de ella... ¡Debemos encontrar a esa mujer! - Exclamó Hithel llena de brío y energía de nuevo.
- ¿Cómo sabes que es una mujer? puede ser...- Cain fue interrumpido de inmediato por Histhel.
- Esa especia se cultiva en una zona muy concreta de nuestra región. Nace en plantas muy desabridas, llenas de espinas, y para llegar hasta sus frutos es necesario tener una mano pequeña y habilidosa, y eso es propio de mujeres. Además, la receta del pescado va pasando de madres a hijas, como un legado femenino al que no tienen acceso los hombres, pues es un plato especial y secreto que las mujeres preparan para sus hombres para iniciar el cortejo. - Explicó Histhel con una luz especial en la mirada.
- Ah, qué historia tan bonita - dijo Gasteizo y siguió a la montaraz.
- Vaya, vaya, - rumió el enano para sí mismo, - ¿a quién querría cortejar esa criatura? - y sonrió maliciosamente.

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