Conociendo la Comarca
Bien, llegaba el momento que tanto he ansiado, que no era otro que conocer y sentir el Oxford que Tolkien vivió, y rendir un pequeño homenaje al autor de ese mundo que ha significado tanto para mí: la Tierra Media.
Imaginaba Oxford como una pequeña aldea repleta de hermosas casas y edificios milenarios, y en verdad no iba muy desencaminado. La entrada principal a la ciudad está franqueada de hermosos edificios, los
colleges, cuya contemplación podría llevar varias horas, y que parecen no terminar nunca. Uno de ellos era el
Magdalen college, donde
C.S. Lewis tenía una habitación y donde se reunían los
Inklings una vez por semana.
Barbol

Después de un apetitoso desayuno (y quizá uno de los mejores cafés que haya tomado en suelo británico), nos dirigimos a la primera etapa, muy cerca de High Street: el
Jardín Botánico, lugar donde podemos encontrar una reliquia de los Días Antiguos, que seguramente haya visto crecer la mayoría de edificios de la ciudad. Se trata del
Pinus Nigra, el árbol favorito del Profesor, un gigantesco árbol de tronco ancho y bajo, pero de enormes ramas retorcidas que buscan quizá, como una garra gigante que mira al cielo, tocar las estrellas con la punta de sus ramas. Bajo este árbol, Tolkien solía permanecer, quizá imaginándose en brazos de descomunales seres arbóreos que cobraban vida y hablaban muy lentamente. Bajo este árbol se tomó su última fotografía.
En el cementerio

El resto del jardín es precioso, pero el tiempo se va echando encima y quedan mucho por ver. Asi que nos dirigimos hacia el motivo principal de nuestra visita: el cementerio de
Wolvercote, donde descansan los restos del viejo Profesor. De camino hacia Banbury Road, donde cogeríamos un autobús, nos adentramos en el corazón de Oxford, donde pudimos apreciar algunas impresionantes casas que bien pudieron inspirar la aldea de Bree.
Ya en
Wolvercote, el silencio resulta cautivador y presagia momentos de gran reverencia. Siguiendo las indicaciones de las placas en el camino, se tarda un par de minutos en llegar hasta el lugar donde reposan
Beren y Luthien, pero cada paso resuena en mí como una voz interior, como si temiese molestar el descanso del Profesor. Pero al llegar a la tumba no puedo sino arrodillarme en silencio. Los sentimientos se agolpan en mi interior al contemplar la sencillez de su lecho y pensar en todo lo que ha significado en mi vida quien allí yace. Tras unos minutos absorto en mis pensamientos, procedemos Ileanor y yo a ofrecer nuestro pequeño homenaje colocando sobre su lecho nuestro recuerdo en nombre del Poney, dedicándole también unas pequeñas frases. También dedicamos un pequeño homenaje a Ithilien, enterrando unas semillas de serbal y unas palabras para que ellos allí donde se encuentren, puedan compartir.
Es hora de partir ya, no sin antes dedicarle un minuto en privado para agradecerle todo lo que ha hecho por mí, mas esas palabras quedarán para siempre entre él y yo.
La casa de Tolkien

Sintiendo una gran paz interior, y gracias al apoyo de Ileanor, salimos del cementerio para dirigirnos de nuevo al centro, no sin antes pasar por otro de los lugares donde dejó huella. Se trata de la casa donde vivió entre 1930 y 1947, en los números 20-22 de
Northmoor road, lugar donde escribió
el Hobbit y donde empezó gran parte de
El Señor de los Anillos. Una enorme casa, donde podemos ver una plaquita azul que atestigua la estancia allí del Profesor, rodeada de una tosca valla de madera, donde, ya muertos de cansancio, decidimos parar a comer un tentempié para reponer fuerzas.
Los árboles de los Valar
Fuerzas que nos harían falta, para recorrer nuestra siguiente etapa, el
University Park, un enorme parque donde solía Tolkien (entre otras celebridades) pasear por sus innumerables senderos. En ese parque hay un banco con una plaquita de recuerdo y dos árboles plantados por la Tolkien Society y la Mythopoeic Society como símbolo de
Laurelin y Telperion, los árboles de los Valar.
Bajo la enseña del Pájaro y el Niño

Después de semejante paseo, era hora de refrescar las gargantas en nuestra última etapa de esta visita, ya que muy cerca de allí se encuentra el
Eagle and Child, el mítico pub donde se reunían los
Inklings, una vez por semana, para sus tertulias literarias, y donde leían y discutían fragmentos de sus escritos. Es un lugar impregnado de esa magia que rodea Oxford, y uno no puede sino imaginarse que está en la posada del mismísimo señor Mantecona. Es obligado tomarse allí una buena pinta de ale (o varias) y respirar el ambiente que destila la Rabbit Room, la habitación donde solían reunirse, y sentarse en el lugar donde probablemente se había sentado Tolkien, cerrar los ojos, y escuchar el eco de sus paredes, que tantas historias habrán escuchado… El lugar es un ir y venir de gentes de todos lados que aspiran a conocer ese rincón mágico de grandes escritores, con íntimos apartados para amenas conversaciones en compañía de una buena pinta, y su ambiente cálido a la luz de las velas, sus paredes y suelo de madera, y la amabilidad de sus posaderas, hacen que te sientas como en casa; es por eso que decidimos cenar allí y probar, por primera vez, algo de la cocina británica, que no resulta tan desagradable como nos habían presagiado.
Epílogo
Y nuestra jornada termina allí, con pesar, cayendo ya la noche y con la sensación de haber sentido la magia de la Tierra Media entre los dedos, en cada calle, en cada casa, en cada rincón. Esperamos volver de nuevo, porque estoy seguro de que en Oxford quedan muchas historias por descubrir todavía.
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