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SOBRE EL MUNDO DE TOLKIEN Y SU OBRA
Francisco Porrúa, traductor, premiado

Fecha: 09-02-2004 • Hora: 17:42

El editor coruñés Francisco Porrúa, editor de Ray Bradbury, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez y traductor al castellano de la obra completa de J. R. R. Tolkien, recibió la Medalla al Mérito Literario en la última Feria del Libro de Guadalajara. Pincha en Leer Más para más información.

 
 
Francisco Porrúa (Corcubión, 1922) fue la primera persona que hojeó el manuscrito de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Trabajaba entonces en la Editorial Sudamericana de Buenos Aires, donde ejerció como asesor literario, de 1957 a 1962, para convertirse más tarde en el director editorial de esa casa. "En mi juventud", recuerda, ya con ochenta años, desde su residencia de Barcelona, "llegué a leerme hasta tres libros al día. Pero la mayoría merecen leerse lentamente, y tal vez por ello me gusta tanto la traducción, que es más precisa".

La obra maestra de Gabo se hubiese traspapelado entre los originales de la editora argentina de no ser por el buen criterio del editor coruñés, que luchó por mantener a Julio Cortázar en las filas de la empresa bonaerense cuando ya nadie creía en él tras el fracaso comercial de su primer libro, Bestiario. Cortázar era, para Porrúa, el paradigma de una imaginación literaria "de gran penetración verbal". Y ésta quedaba plasmada en Las armas secretas, el primer libro que le editó y al que siguieron Rayuela y, más tarde, su compilación de relatos de cronopios y famas.

Así explica Porrúa, su sexto sentido para detectar las joyas literarias: "No hay una fórmula para no fallar en la edición. Es una misión en busca de la calidad literaria. Si un libro es bueno va a permanecer para siempre. Muchos de los escritores a los que edité -Juan Carlos Onetti y Leopoldo Marechal, junto a Cortázar y García Márquez entre otros muchos-empezaron vendiendo poco, y poco a poco... La única seguridad que tienes como editor es que si tienes un buen libro siempre, tarde o temprano, va a tener salida".

El pasado mes de noviembre, Francisco Porrúa fue premiado con la Medalla al Mérito Editorial en la Feria del Libro de Guadalajara, un galardón que distingue el trabajo de maestros como Antoine Gallimard, Daniel Divinsky o Jorge Herralde. Editores de una vieja escuela que ve como la voracidad del mercado va dejando su oficio en un segundo plano. "En el mundo editorial", explica, "hay una doble vertiente, ya que en los grandes grupos se edita sin conocimiento y los directores no saber lo que es editar. Pero estos gigantes dejan huecos que permiten trabajar a editores independientes como los que había hace cuarenta o cincuenta años".

En España, Francisco Porrúa es conocido, especialmente, por ser el fundador de la editorial Minotauro, que fue vendida en 2001 a un gran grupo editorial español y que posee los derechos en castellano de la obra de J. R. R. Tolkien, otro de los descubrimientos del coruñés. Su empresa, fundada en Buenos Aires en 1954, nació como una independiente de ciencia ficción y el primer trabajo de Porrúa en ella consistió en traducir al castellano Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, con un prólogo de Jorge Luis Borges. "La elección de la ciencia ficción como género para la edición fue fruto del azar. Bradbury era muy bueno y tuve la oportunidad de adquirir dos o tres títulos para Minotauro", explica. Junto al autor de Farenheit 451, Porrúa apostó fuerte por la trilogía de Tolkien, y en 1977 incorporó al catálogo de Minotauro el primer volumen, hasta irse haciendo con todo el corpus tolkienano, de trece volúmenes, incluyendo las monumentales Historia de la Tierra Media e Historia de El señor de los anillos.

Imbuido en el llamado realismo mágico, sostiene que en Argentina "no hay división entre el género realista y el fantástico". "Bioy, Borges, Cortázar, Kafka o algunos capítulos del Ulises de Joyce...la literatura fantástica, para nosotros, no es fantástica porque lo fantástico forma parte de la vida cotidiana", relata, mientras recuerda como las lecturas de Julio Verne llenaron de fantasía su infancia y adolescencia en la aridez de la Patagonia, a la que emigró, junto a su familia, con sólo dos años. Admirador de Cunqueiro y Castelao, señala: "Tengo familiares en Galicia y regresé tres años a comienzos de 1930. Recuerdo que en mi casa se acudía al Centro Gallego cada vez que había problemas de salud. Pero he vivido la mayor parte de mi vida en Argentina y, en mi lenguaje y mi modo de ver las cosas, ha perdurado eso".

Artículo extraído de La Opinión de Coruña por M. Barba.

  
 
 
Enviada por: Akerbeltz
 
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