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Lamento Arbóreo.
Por Bregalad
 
El bosque me grita esta mañana
y me consuela.
He pedido su consejo y su verde redención
y me ha abrazado con sus silenciosos brazos
de pájaros dormidos y hojas quebradas
que caen solemnemente en un suelo rojizo.

Lentos lamentos se elevan de la tierra,
donde las hojas caídas reclaman su verdor
y suben por los troncos,
despacio, despacio,
hasta alcanzar mis oídos
y cantan a mil voces su esplendor primaveral
y bailan los sonidos que acudieron en verano
y gritan la belleza del bosque en el otoño,
cuando el solitario sendero se cubría de dorado
y las ideas volaban como pétalos al viento.

Una tarde de invierno me siento en este bosque
rodeado de cien naves en un mar blanco.
Un Zorzal se me acerca a contarme su historia
y lloramos juntos cada hoja caída,
cada rama rota, cada tronco olvidado
que se pudre en el viento y sana al amanecer.
Recojo las lágrimas del zorzal que se escapa
y las guardo en mi pecho,
una a una, verso a verso.

Despierto en un espejo, muy lejos de aquí,
atrapado dentro en un silencio blanco.
A través del vacío aún veo las hojas,
esas mismas hojas que bailan, que vuelan
y caerán eternamente sobre mi mente quebrada.

Y el bosque mismo ríe desde lejos
y me arrulla con su canto y me muerde con su canto
condenándome a vivir en espiral interminable:
viviendo en un espejo, en este espejo enfermizo
y soñando cada noche este bosque eterno.
 
Bregalad
 
 
 

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