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DE JURAMENTO
Capítulo 1
De Ahlana y Nomaar en el río Seco
Por Muinthel
 
Poco antes de que los viciados humos de Morgoth ennegreciesen como ceniza Ard-galen, un numeroso grupo de Edain se dirigía a los dominios de Fingolfin en Hithlum. Cerrando la caravana caminaban un hombre y una mujer muy jóvenes, acompañados de su pequeña hija que todavía tenía que ponerse de puntillas para alcanzar las caderas de su madre. Los dorados rizos de Linte brillaban al sol de la tarde mientras saltaba entre las rocas bajo la atenta mirada de sus padres, corriendo para alcanzarlos a la voz de su madre cuando se quedaba demasiado rezagada. Nada más que el nombre de su hija decía Ahlana, pues durante muchos días ninguna palabra de su boca había conseguido arrancar ni un pedazo de comprensión del corazón de él. Nomaar se mantuvo día y noche callado mientras las tormentas crecían en su interior, devorando la misma palabra que la joven mujer evitaba pronunciar con mayor empeño, el mismo nombre que no abandonaba los corazones de aquellos que les precedían: Hador.
Ya al atardecer habían dejado atrás las Crissaegrim, sonrojadas e imponentes. A punto de caer la noche, con la mirada vagando entre las sombras de los pinos arracimados en las rocosas laderas de Ered Wethrin, avanzaba el grupo a orillas del río Seco hacia el norte, con intención de pedir cobijo en Minas Tirith la noche siguiente, pues la que se avecinaba no tendrían más remedio que pasarla al raso. A la orden de Hador Cabeza de Oro, todos los pies se detuvieron, e inmediatamente fueron regadas las secas gargantas, sacudido el polvo acomodado en las ropas, se elevaron algunos suaves cantos, de modo que poco después ya sólo los encargados de la guardia no dormían. Hubo sobresaltos esa noche, pero la oscuridad los escondió, hasta que cuando al alba Nomaar despertó besado por su mujer descubrió que su querida Linte no estaba. Comprendió y sus manos apretaron el cuello de Ahlana, pero ver aquellos profundos ojos grises que tanto había amado desde muy niño, desorbitados, casi blancos de locura, llevaron las más pesadas lágrimas a sus pestañas y la soltó. Por temor a un severo castigo a aquella a quien aún tanto quería, ahogó un grito en el estómago cuando finalmente decidió ocultar la desdicha a la que les habían conducido aquellas larguísimas jornadas de silencio y dudas.
El camino hacia Minas Tirith se reanudó, pero la falta de la niña pronto llegó a oídos de todos, también de Hador. Tras comprobar la evidente enajenación de la madre, sorprendido por la aversión seca del padre, Hador mandó a tres de sus más fuertes hombres a buscar a Linte entre las abruptas arterias de las montañas, y en secreto, encargó al mejor nadador que conocía que comprobase en lo posible los fondos del río. Al mediodía, Nomaar ya no pudo repetir más que la niña se había escapado por la noche y sin duda perdido, y desapareció, decidido a buscarla para siempre, resignado a no encontrarla nunca.
A oídos de Hador llegaron finalmente rumores acerca de la disputa entre Ahlana y Nomaar, comprendiendo así la actitud que hacia él había mostrado éste, pues según contaban Ahlana había dicho a Nomaar, y sus motivos sólo podían adivinarse, que el padre de la niña era Hador, de modo que ahora nadie creía ya la explicación de Nomaar, e incluso algunos, en el discurso incoherente y lloroso de Ahlana, creyeron entender que ya desquiciada había ahogado a Linte queriendo hacer desaparecer así el disgusto de Nomaar, pero todos estaban convencidos de que esto era lo que él había creído desde un principio.
La caravana emprendió de nuevo rumbo al norte, y entre paso y paso ningún otro nombre se pronunciaba salvo los de Linte, Ahlana y Nomaar, pues ni una sola duda había sobre la falsedad de las palabras de Ahlana acerca de Hador. Pero nadie se percató de que alguien más faltaba, un chico rubio, alto, de unos doce años, a quien todos trataban pues con todos se había sentado a comer, pero del que nadie sabía nada, pues ni padres ni hermanos le acompañaban hacia Hithlum. Incluso eran pocos los que conocían su nombre, y de esos pocos una había desaparecido, otra había perdido el juicio, y un tercero ambas cosas.
(continuará)
 
Muinthel
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 05-12-2003 Hora: 22:32
Vaya, de estos no se ven mucho por aquí. Es sobrecogedor. Describe muy bien lo que supone una marcha semejante, y la moral minada de los que la acometen, surgiendo disputas incluso entre los que más unidos deberían estar. Me parece muy bueno.

Fecha: 24-11-2003 Hora: 19:00
Buen comienzo Muinthel, se lee rápido y deja con ganas de más pero, se sabe que las buenas esencias vienen en frascos pequeños...