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De la Historia de los Hijos de Talathgon
Por Aldor
 
De la Historia de los Hijos de Talathgon.

Talathgon, gran señor de los Edain, era el más valiente y orgulloso de los nobles en la Casa de Hador, pero receloso y huidizo de aquello que no fuera su propia gente; por eso cuando Hador entabló amistad con los Eldar y se hizo vasallo de Fingolfin, no pudo reprimir los sentimientos que se engendraban en su corazón y así le habló a su señor:

- “Señor Hador, no hay en estas tierras ni en ningún otro lugar bajo las estrellas nadie que os ame más que yo. Desde que nací no he hecho otra cosa que serviros como mejor he podido, y en esta empresa se ha alegrado mi vida; sin embargo, he de confesaros que una carga oprime mi corazón desde que entabláis amistad con los seres que se dicen inmortales, y esta carga es aún mayor que el amor que siento por ti y por tu Casa. Concédeme marchar con mi joven esposa Glorcargeth y con los que opinen como yo, y en otras tierras trataré de hallar fortuna, y desde allí seguiré con mi deber de servirte como mejor pueda.”

- “Talathgon, me eres muy querido y grande será mi pena si me dejas ahora que más necesito del apoyo de mi gente; mas no quiero que sufras por mi causa y si tu deseo es abandonar la Casa que te vio nacer, tu deseo será concedido, pues en todos estos años me serviste bien y nunca me pediste nada a cambio hasta ahora. Marcha en paz si esa es tu voluntad y lleva lo que necesites, pero no te levanto de tu deber de obediencia y fidelidad hacia esta Casa, y éste permanecerá para tus herederos, cualquiera que sea lugar en que mores bajo las estrellas.”

Talathgon y su esposa Glorcargeth partieron al finalizar el invierno, junto a unos doscientos hombres más que les siguieron. El propio Talathgon portaba un estandarte negro con cinco estrellas plateadas regalo de Hador, de tal modo que cualquiera que viera este estandarte, ya sea adan o elda debería dejarle libre su camino o dar hospitalidad en su casa si esta fuera requerida. No tenían rumbo fijo al que dirigir sus pasos, pero Talathgon tenía en mente huir todo lo que pudiera de la influencia de los Eldar y de la Sombra, a los que atribuía ser la causa de los males de la Casa de Hador y de sus gentes, y sólo en momentos de auténtica necesidad hizo uso del derecho del estandarte y tan sólo entre los Edain y nunca entre los Eldar. Grandes territorios recorrieron en busca de un lugar donde asentarse y en ninguno de ellos halló Talathgon lugar seguro para su gente ni lo suficientemente hermoso como soportar la carga de vivir. Más de 4 inviernos duró su travesía antes de que el pueblo de Talathgon encontrara una morada donde echar raíces al Sur de las tierras de Thingol y Melian, pero aún bajo su influencia, aunque de esto Talathgon nada supiera. Eran estas unas tierras salvajes y desoladas donde el viento viajaba gélido a su antojo, una vez traspasada el Aelin- Uial, las Lagunas del Crepúsculo, y al que le atravesaba un pequeño río al que llamaron Caranduin, el Río Rojo, por el color de sus aguas. Todo estaba rodeado por las altas montañas del Andram, cuyas cumbres permanecían perennemente nevadas, y al que sólo se podía acceder por un estrecho desfiladero entre las cascadas, que Talathgon y su pueblo cruzaron unos dicen que por casualidad y otros dicen que por el deseo de Melian de que los edain terminarán por fin su viaje y tenerlos en algún punto controlados. A todo esto le llamaron Talath (El Páramo) pues grande era el trabajo de convertir esas yermas y salvajes tierras en terrenos fértiles y provechosos, pero aún más grande era la voluntad de Talathgon y su pueblo, por lo que en poco tiempo pudo verse a la naturaleza doblegarse ante los deseos de los hombres, pero esto con mucho esfuerzo.

Tres estaciones pasaron desde su llegada cuando Glorcargeth, Espiga de Oro, dio a luz dos hermosos y fuertes gemelos: Elendir y Caldir. Un gran regocijo inundó la Casa de Talathgon y esta nueva fue considerada en el reino como un buen presagio. Las tierras eran vastas y rudas, y faltaban manos para doblegarlas bajo el yugo del orden y la coherencia, por lo que el hecho de que los primeros nacidos en estas tierras fueran los hijos del jefe Talathgon fue considerado signo de buena fortuna, y prueba de que estas tierras aunque salvajes eran fértiles, pues traían mayor abundancia de lo esperado para estas tierras desoladas.

Los gemelos eran como dos gotas de agua aunque distintas, puesto que aunque sus rasgos, aun los ojos, eran en todo idénticos eran fácilmente diferenciables pues en el color de sus cabellos eran contrarios. Elendir portaba como su padre la melena negra y oscura como las noches sin luna, y Caldir lucía una dorada melena dorada como el Sol al modo de su madre Glorcargeth “Espiga de Oro”.

- “Somos afortunados – decían Talathgon y Glorcargeth- los dioses quisieron regalarnos el día y la noche a un tiempo para que pudiéramos contemplarlos y nunca sintiéramos añoranza de ninguno.”

Más no sólo en sus cabellos se diferenciaban, pues sus caracteres no podían ser más distintos: Caldir era como el Sol de mediodía y con él se deleitaba y del viento libre que movía sus cabellos; era de risa y enfado fácil, que como llegaba se iba sin rencor; gustaba de los juegos y la caza por pura afición y gusto de compañía y la alegría siempre le acompañaba en sus quehaceres; su corazón era además generoso con todos y atraía hacía él todas las miradas de simpatía que despertaba, y en su pecho ardía un fuego indomable que nadie salvo su madre Glorcargeth lograba apaciguar. Sin embargo, Elendir era como las estrellas de madrugaba a las que dedicaba mucho tiempo a contemplar, bellas aunque de calor frío y distante como su carácter; sus palabras eran pocas aunque precisas y sabias, y sólo respondía cuando era preguntado. Sólo una afición se le conocía que era el tañer del arpa, del que llegó a ser una gran maestro, aunque rara era la vez en que demostraba su arte y sólo por ruego de su padre al que veneraba.

Elendir y Caldir, crecieron fuertes y felices en estas tierras y así como ellos su pueblo gozó durante años de una dicha nunca conocida hasta entonces desde el inicio de su viaje y aún desde su estancia en la casa de Hador. Tan sólo pequeñas incursiones de algunas fieras salvajes de las montañas perturbaban la calma de los días y esto muy de cuando en cuando. Por este motivo organizaron regularmente batidas de castigo contra las alimañas destacando sobre todo el paladín rubio de los gemelos por su bravura y coraje; mientras que Elendir destacaba más en la planificación y organización de los trabajos de su pueblo, pues su prudencia y buen juicio eran mayor que la de su hermano. De este modo, con el transcurrir de los años se pudo decir que Talathgon había conseguido para su pueblo una Refugio de confianza donde pasar los inviernos y un lugar digno de prosperar y saborear la primavera, y se sintió dichoso. Era tanta su felicidad y tanto el trabajo de los años anteriores que sólo entonces recordó Talathgon la promesa que le hizo a Hador Cabeza Dorada, y puesto que sus hijos ya eran fuertes y capaces por sí mismos los hizo llamar a su presencia y les habló:

- “Hijos míos, nuestro pueblo rebosa en abundancia. Nuestros establos y graneros están llenos y nuestras cosechas están llenas de frutos que se vencen al suelo hasta casi partirse las ramas de cargados que están. Todo es dicha en nuestra casa, y sobre todo a nuestro esfuerzo hemos de darle las gracias; pero si pudimos llegar hasta estas tierras no fue sino por la bondad de mi señor Hador. Es mi deseo regalarle las llaves de esta Casa y demostrarle mi fidelidad y obediencia, por lo que he decidido que Caldir devuelva el estandarte de las cinco estrellas a la Casa de Hador en mi nombre y le muestre mis respetos. Elendir permanecerá a mi lado, pues le necesito para gobernar estas tierras, no fuera que la Muerte me sorprenda en vuestra Ausencia.”.

Así fue hecho, y Caldir y una pequeña hueste partió hacia el Norte hacia las tierras de Hador cruzando por vez primera Cirith Talath por el que cruzaron hace ya tantos años. Su viaje fue rápido pues grande era su ansia de cumplir lo convenido y regresar a las tierras que amaba. Descansaban únicamente lo necesario cabalgando durante todo el día e incluso en gran parte de la noche. Las gentes, Eldar o Edain, permitían su paso a la vista del estandarte, conociendo como conocían su poder y lo que representaba. No obstante, como fuera que el joven Caldir perdió su rumbo en la oscuridad por tierras que sólo conocía por referencias, se acercó demasiado a los lindes de Melian, y ésta sintiendo curiosidad por él, ordenó que lo prendieran y lo trajeran a su presencia; pero como por orden del Rey Thingol ningún hombre debía cruzar la Cintura, Melian uso de sus artes y se mostró ante Caldir en la frontera de Doriath mediante emboscada, y al resto de los edain los confundió hasta que volvieron por sus pasos creyendo que el vástago de Talathgon se había perdido en la espesura del laberinto de la Cintura y lo dieron por muerto.

Varios de los Eldar más capaces tuvieron que ser necesarios para prenderlo de grande que era la rabia de Caldir, y tan sólo con redes se detuvo su furia, y al fin le llevaron ante la Reina y su escrutinio.

- “Verdaderamente, tiene razón mi padre – dijo Caldir a la Dama en su presencia- en desconfiar de los que se dicen Inmortales. Nada os he hecho y me emboscáis en la noche como a un perro. Si no me soltáis os juro que os haré azotar hasta que me pidáis clemencia”- espetó lleno de cólera, puesto que aunque grande y fuerte era su apostura aún para los Eldar, aún más grande era su imprudencia a causa de su orgullo.

- “Nada tienes que temer de mí, si nada has hecho que merezca mi cólera.- le dijo Melian mientras le clavaba sus ojos con profundidad.- Has sido llamado a mi presencia para que expliques que hacías atravesando los lindes de mi pueblo en la oscuridad de la noche, pues no eres tú el adan que ha de venir aun a costa de mi poder. ¿Qué pretendes merodeando por los muros de la Casa Escondida? Habla y recuerda que sabré si me mientes, Caldir, hijo de Talathgon.

Caldir quedó sorprendido de la sabiduría de Melian y de la luz que emitían sus ojos bellos y peligrosos, y ya más calmado le relató el motivo de su viaje, y todo aquello que ella le preguntó, salvo la localización de la Casa de su padre. Y puesto que Melian no vio en el corazón del joven ningún tipo de doblez, y sabiendo que sus intenciones eran nobles, le permitió quedarse el tiempo que deseara en las tierras de Haleth o que partiera al momento si ése era su deseo. Caldir tenía en su ánimo partir lo antes posible, pero ante la bondad de la Hechicera dejó de lado los prejuicios que Talathgon le había enseñado contra los Eldar, y sintiendo curiosidad se abrió con todo su corazón ante el pueblo de Thingol y Melian y sus misterios. Largos meses pasó bajo su protección y en ese tiempo grande fue el conocimiento que de los Eldar obtuvo así como de los edain de Brethil, hasta casi olvidar el motivo de su viaje. Todo era un descubrimiento para él y no hubo día en que no se maravillara ante las artes de los Eldar y sus trabajos, especialmente el de los herreros y la fabricación de armas, pues, éste era una profesión que veneraba desde niño. Sin embargo, no le estaba permitido adentrarse en Doriath y mucho menos llegarse a las Mil Cavernas, aunque este era su deseo.

Sin embargo, los eldar visitaban con frecuencia la forja y la armería de Brethil, y allí conoció a grandes sabios entre los Eldar, y en especial, a Angon el Herrero, al que hizo muchas y oportunas preguntas sobre el arte de la forja y sus habilidades, y en estas conversaciones surgió entre ambos una gran amistad que no encontró parangón en nadie más entre los Eldar de Doriath y entre los edain de Brethil, puesto que aunque todos le trataban con respeto y amabilidad, todos en su fuero interno desconfiaban de Caldir, al que llamaban Palannelir “El Extranjero”, y puesto que su cólera era fácil le temían. Así pues, tan sólo Angon le abrió su corazón sin pesquisas, y quiso Caldir agradecérselo con un regalo merecedor de su estima por lo que Caldir buscó entre sus pertenencias algo digno de Angon, pero no tenía nada de lo que pudiera desprenderse salvo alguna joya y sus armas, bastas y toscas en comparación a lo que Angon conseguía de la forja. De este modo, sabiéndose Caldir hábil en la talla de madera, arrancó un árbol de los que rodeaban Doriath y con su cuchillo talló la efigie de su amigo como mejor pudo y en verdad fue una buena obra. Cuando hubo terminado se la presentó a Angon como símbolo de su amistad, y éste se lo agradeció diciendo:

- “Me llenas de gozo con tu amistad.... Caldir, al que llaman Palannelir, nada me debías y aún así eres generoso con tus presentes, y no sólo me refiero a la estatua que tallaste para mí. Déjame corresponderte como mereces con otro regalo fruto de mi arte.- le dijo mientras le mostraba una espada reluciente como el Sol- Esta espada que te entrego fue llamada en un tiempo Luz de Estrellas. Ahora es tuya, ponle tú el nombre que desees. No obstante, sé cuidadoso y no alardees de ella y sé prudente, pues se trata de un arma comparable a las que portaban los grandes Señores, y no es prudente mostrarla con altivez, no fuera que despertemos envidias no deseadas”.

- “ Angannil, el amigo del metal, será ahora su nombre, – dijo mientras aceptaba su regalo- pues no encuentro otro nombre más apropiado como recuerdo de nuestra amistad, y así como guardo con celo mi vida con aún más celo guardaré el secreto de tu regalo porque así es tu deseo”.

Los días pasaron rápidos bajo la protección de Melian y el amor que Caldir sentía por la belleza de los Eldar creció sin medida; pero mucho tiempo había pasado desde su partida del Talath donde lo creían muerto aunque de esto nada sabía, y en Caldir nació de nuevo la añoranza de su tierra, por lo que comunicó a Thingol y a la Hechicera que en breve abandonaría los dominios de Brethil si se lo permitían, pues durante demasiado tiempo había dejado sin atender la promesa que le hiciera a su padre.

- “Libre eres, como fuiste siempre, de marchar cuando desees – le dijeron.- Solo dos cosas te pedimos a cambio de nuestra hospitalidad: Primero, que guardes total secreto de cuanto viste aquí, no fuera que llegara a oídos del Enemigo y segundo, que a tu regreso de la Casa de Hador, nos visites de nuevo trayéndonos nuevas de Fingolfin y su reino.”

Así partió Caldir y su promesa, y encaminó sus pasos rápidos hacia los dominios de la Casa de Hador. Más de una luna tardó en llegar a su destino portando su estandarte, y allí fue recibido con gran júbilo a la vista de lo que portaba adivinando quién era. No obstante, en esos tiempos Hador no se encontraba en su Casa, ocupado como estaba en servir a Fingolfin en su lucha contra la Sombra.. Intentó Caldir que le informaran sobre dónde podría encontrar a su Señor Hador Cabeza Dorada, pero no se lo dijeron por prudencia y le invitaron a que lo esperara en su Casa ya que no tardaría en regresar. Así lo hizo, pero al ser el joven adan de espíritu inquieto, al alba de cada día salía hacia los lindes del territorio con la esperanza de ver regresar a Hador, para volver cada anochecer sin rastro ni noticias de su Señor. Largos días pasaron y cada vez más alargaba sus viajes, y no encontró quien pudiera informarle de Hador ni de sus esfuerzos contra la Sombra, y a Caldir la impaciencia le dominaba.

Más de tres lunas hacía que Caldir había llegado a los territorios de Hador, y más de dos años que éste no pisaba su Casa. Por este motivo las incursiones de los Orcos hacia el territorio se habían hecho más frecuentes y cada vez más osadas eran sus intenciones de destrucción, especialmente por la frontera este, donde las defensas de los edain se encontraban más debilitadas. Caldir pensó que era allí donde mejor serviría a su Señor hasta su regreso, en vez de languidecer en el salón de la Casa con los siervos y criadas como un impedido. Hacía allí dirigió sus pasos, y pronto, se oyeron rumores de sus victorias y batidas, hasta tal punto de que en breve tiempo no sólo se recompuso la defensa de la frontera sino que avanzó en su territorio.

Tanto fue su éxito en graves y rápidas victorias, que llegó a oídos del Enemigo que un Alto Señor campeaba de nuevo por los territorios de la Casa de Hador, y hacía allí encaminó su odio movido por la curiosidad. No obstante, pese a que la presencia de orcos, wargos y otras criaturas malignas se multiplicó, Caldir pudo contener su defensa e infringir graves daños a sus enemigos, que al verle con su Espada que relucía en la oscuridad, retrocedían acobardados a su paso. “Huid, huid prestos a refugiaros a las faldas de vuestro amo “El Infame”- gritaba Caldir- huid y no miréis atrás o conoceréis el filo de Angannil, la espada de los siervos de la Casa de Hador Cabeza Dorada”.

Estas noticias y otras sobre la fama del caballero de la Espada reluciente llegaron también a oídos de Fingolfin, por lo que así le habló a Hador:

- “Hador, mi bienamado, recibo noticias de tu Casa que me inquietan; en ellas me informan que en Dor- Lomin mora un gran Paladín, y que grandes daños está infringiendo a la Sombra. ¿Por qué no me has hablado hasta ahora de este singular caballero?, ¿No juramos amistad entre nuestros pueblos?. Siempre he confiado en ti, ¿acaso esta amistad no es recíproca?.”

- “Nada sé del paladín del que me hablas. Todas mis fuerzas están aquí a tu servicio salvo las necesarias para la defensa de mi Casa. Concédeme regresar para dilucidar si estas noticias son ciertas y su causa.”

Hador Cabeza Dorada regresó a su Casa tan pronto como pudo, y allí encontró que todo estaba en orden y le informaron sobre la suerte del paladín que defendía sus fronteras y de quién era. Un gran júbilo inundó el corazón a Hador, pues ya no contaba con Talathgon y su pueblo a los que creía pasto de las fieras de los caminos. Sin demorar ni un día en sus aposentos se dirigió raudo hacia la frontera del este donde Caldir presentaba batalla al Enemigo. Al llegar se libraba una batalla notable, y pudo ver a la Espada reluciente, doblegar a sus enemigos a su paso, y se sintió maravillado pues grande era el poder que desplegaba. Al termino de la batalla, en la que murieron decenas de siervos del enemigo, se dirigió a Caldir y le dijo:

- “Verdaderamente no exageran los que cuentan tus hazañas, Caldir, hijo de Talathgon, mi bienamado. Ven conmigo a mi Casa y juntos brindaremos por esta batalla y todas las que has librado en mi nombre durante mi ausencia. Quiero que me hables de la suerte de tu padre y su pueblo”.

Caldir narró la historia de la Casa de Talathgon desde su partida hasta que al fin se aposentaron en el Talath, de su prosperidad y abundancia y del deseo de Talathgon de servirle en lo que pudiera desde sus dominios. Hador se mostró dichoso de todo de cuanto le dijo, y alabó el saber hacer de Talathgon y sus hijos en el gobierno de su Casa. Por este motivo mandó que se proclamara una gran fiesta en honor de Talathgon y su linaje al que tanto amaba, y ésta se alargó durante días ya que grande era la dicha que había que celebrar. Durante este tiempo Caldir fue informado de los trabajos que Hador realizaba a las órdenes de Filgolfin contra la Sombra y fue invitado a unirse a ellos, puesto que de sobra se había demostrado la valía de su brazo. No obstante, Caldir tuvo que rehusar la invitación ya que el deber de su promesa le reclamaba y habló a su Señor de que añoraba el Talath y sus gentes y deseaba volver en cuanto éste se lo permitiese.

Hador le dio su beneplácito para que marchara cuando quisiera si este era su deseo, y establecieron un sistema por el que estar comunicados ambas Casas, mediante el envío de mensajes en los vuelos de palomas que llevarían mensajes cifrados en un lenguaje que sólo las dos casas conocieran. De este modo, habiendo concretado éste y otros puntos, no tardó Caldir demasiado en abandonar los territorios de su Señor, pues grande era su nostalgia.Raudo retrocedió sus pasos de vuelta a la Casa de su padre; no obstante, no se olvidó de la promesa que le hiciera a la Hechicera, y al pasar por los territorios de su Cintura se adentró en ellos hasta donde se le permitió con el deseo de mostrarle sus respetos a Thingol y Melian. La frontera fue abierta en parte, y ante él se presentó el Rey Thingol y la Reina Melian, que le recibieron con suaves dones y bellos presentes a su llegada, pero no le permitieron que ni uno sólo de sus pies hollara las tierras de Doriath.

Caldir se sintió dichoso entre los Eldar, y henchido de felicidad relató a Melian, todo cuanto le había sucedido en los territorios de Hador, y de las nuevas que conocía sobre Fingolfin y sus trabajos contra el Enemigo; pero calló sobre sus trabajos en la frontera de la Casa de Hador, por prudencia, y respeto a Angon; pero la Dama supo interpretar sus silencios. Conforme avanzaba Caldir en sus relatos una gran preocupación crecía en el corazón de Melian por el avance de la Sombra y de lo que acontecía en el Norte, puesto que con los trabajos de Caldir se había despertado la furia del Enemigo, y hacia Dor Lomin había dirigido su mirada, pero de esto nada dijo.

- “ Graves noticias traes del Norte – dijo Melian – y a estas nuevas nos habremos de dedicar para afrontar los tiempos que han de venir. Pero no quiero agobiarte con preocupaciones en este día. Estoy segura que deseas ver a tu amigo Angon y mostrarle tus respetos, él te espera en Brethil junto a la forja.”

Por aquellos tiempos, no hacía mucho que Angon recibió la visita de su sobrina Edheleth, una joven muchacha de belleza singular aun entre los Eldar. Ésta se hospedaba junto a su hermano menor Iladar en la casa de Haleth, pues la amistad con la Dama era grande. Ocupaba Edheleth sus días en soñar con las historias de los días antiguos que le relataban sus mayores y en el trato con los Hildor que vivían en los márgenes de Doriath, pues era grande el afecto que sentía por ellos. Era además versada en el poder de los sueños, en la que en compañía de la Hechicera había aprendido mucho hasta alcanzar el don de la clarividencia. Trataba a los sueños con una gran veneración, pues entendía que si bien los Valar habían roto en el pasado sus relaciones con los Eldar como castigo, en los sueños aún se manifestaban y mostraban sus destinos. Muchos sueños le habían venido en el pasado como preludios de lo que iba a acontecer, y hasta entonces nunca había errado, pues grande era su poder en adivinar el futuro a través de sus mensajes, aunque su lenguaje fuera siempre confuso.

De este modo cuando Edheleth encontró a Caldir ante la puerta de la casa de Haleth, tuvo que ahogar un grito en su interior, pues, ante ella se presentaba el rostro que había visto repetidamente en sueños en los días anteriores y en ellos él la cantaba y le besaba con pasión. Caldir, por su parte, quedó cautivo de la belleza de Edheleth y en ese mismo instante deseó hacerla suya, y sintió que su corazón había estado vacío hasta ese día. Ni una palabra se dirigieron, pues al punto Angon regresó de la herrería con gran alegría por la vuelta de su amigo; sin embargo, ninguno de los dos pudo olvidar el rostro del otro y desde entonces estuvieron perturbados por su recuerdo.

- ¡¡ Cuánto me alegra tu regreso, mi bienamado Caldir, mi amigo!! – le dijo El Herrero- Entra conmigo a la hospitalidad de Haleth y cuéntame dónde estuviste y qué hiciste desde tu partida. No ha pasado un día en que no te haya echado de menos, y en el que no ansiara tu regreso. Entra y bebe conmigo por nuestra amistad”.

Caldir le contó a Angon todo cuanto hubo hecho en esos tiempos, pero su charla fue anodina y sin aliento, pues, Caldir no pudo evitar que sus pensamientos se dirigieran una y otra vez hacia la sobrina de su amigo, de honda que había sido la impresión que había sentido al verla; no obstante, nada de esto comentó a su amigo Angon por prudencia, y ésta fue la primera vez que le ocultó algo al herrero. Nada del rubor que inundaba a Caldir fue percibido por Angon, pero lo encontró distraído y huidizo, y lo achacó a la carga de sus viajes por lo que lo despidió para que descansara.

En los días siguientes, Caldir evitó los encuentros con su amigo Angon y de continuo se negaba a verle con excusas mal inventadas, pues Caldir no podía soportar el ocultar sus sentimientos a Angon y tampoco podía revelárselos por miedo a su reacción, y por el contrario pasaba los días dando largos paseos deseando apartar a Edheleth de su mente, pero sólo conseguía sorprenderse al ver que sus pasos le habían dirigido hacia los aposentos de Edheleth con la esperanza de verla o a la fuente donde recogía agua por si pudiera verla desde lejos. En esas ocasiones se ocultaba en la frondosidad de los árboles y desde allí la observaba como embebido de amor, y juraba que no podría existir una cabellera más hermosa y sedosa que la suya, ni torre más hermosa que su cuello, ni fruta más carnosa y jugosa que sus labios, ni amanecer más hermoso que su sonrisa. Tanta fue la enfermedad de su amor que supo que sólo podría curarse haciéndola suya aun a costa de la amistad del herrero Angon, por lo que en secreto planeó su fuga de los dominios de Brethil llevándosela consigo aun contra su voluntad; pero ansiaba saber si sus sentimientos eran correspondidos como sospechaba, por lo que un día accedió a la invitación de su amigo Angon, y visitó la casa de su amigo con la esperanza de poder revelarle sus intenciones pero por temor nada dijo.

Finalmente una noche de luna nueva Caldir no pudo soportar la carga que sentía y se acostó temprano con la esperanza de poder dormir y descansar; sin embargo, la inquietud le llenaba el corazón y sus pensamientos sólo le llevaban a Edheleth y su rostro, por más que intentara alejarla de su mente. Confuso como estaba no pudo conciliar el sueño, y pasaba las horas dando vueltas dentro de su estancia como animal enjaulado. En mitad de la noche, armándose de valor, salió de su habitación y se dirigió a la estancia en la que dormía Edheleth con el deseo de dar descanso a su alma y la encontró tan despierta y perturbada como él. Con su mano le pidió silencio y cuando supo que ésta le había comprendido le habló de amor:

- “Ojala no fuera así, pero lo es. Ojala no te sintiera tan profunda en mi pecho como te siento, pero ya no soy dueño de mí sino tu esclavo. He luchado ante bandadas de orcos y criaturas de la noche, y mi brazo he logrado doblegarlas; sin embargo lo que siento en mi pecho no creo que tenga fuerzas en mí para acallarlo. Sólo quiero amarte, sólo quiero que seas mía, pues desde que te vi sólo vivo para contemplarte y sólo respiro para anhelarte. Ven conmigo al Talath y allí te haré dichosa. Ven conmigo y allí nos casaremos en presencia de mi padre”.

- “ Siento miedo de seguirte. No quiero separarme de mi tío Angon ni de mi hermano Iladar, pero profunda es la presión que siento en mi pecho por tu causa Algo me dice que esto traerá más desgracias que bienes; pero quién soy yo para contradecir la voluntad de los Valar. Ellos me hablaron en sueños... y me revelaron tu existencia mucho antes de nuestro primer encuentro, ante eso nada puedo hacer salvo seguirte. Nadie puede huir a su Destino, pues largos son sus dedos y muchas sus artes para conseguir sus propósitos. Te seguiré y que las gentes me perdonen por el mal que venga por mi causa”.

- “ Ven..., ven entonces. Huyamos. Bien quisiera llevarte conmigo en plena luz del día con el beneplácito de tu tío Angon, mi amigo, y no en la oscuridad de la noche como un vulgar salteador de caminos..., pero no es posible, no hay caso, - decía en el delirio de su amor- los Eldar se opondrían a nuestra marcha ya que ni siquiera me es permitido visitar su morada en Menegroth. Huyamos... pronto, antes que la luz del alba delate nuestra presencia.”

La oscuridad les ocultó en su huida bendecidos por la noche sin luna, y para cuando amaneció ya habían recorrido un gran territorio de la Cintura de Melian, pues largos eran sus pasos y fuerte su voluntad, y en ningún momento encontraron resistencia. Un día entero avanzaron sin descanso por tierras plagadas de recios árboles de robustas raíces, ocultándose en lo posible de los ojos certeros de los Eldar, y otro tanto recorrieron por entre peñascos y lomas desnudas de vegetación avanzando entre las sombras; y sólo al término del tercer día se permitieron una parada para coger resuello. A este ritmo avanzaron rápido incluso para las medidas de los Primeros Nacidos, por lo que en menos de una Luna llegaron a las puertas del Cirith Talath a la entrada de las tierras de su padre, y todo esto sin apenas alimentarse salvo de hojas y raíces que Edheleth recogía a su paso y escasos víveres que cogieran de las despensas de Haleth; pues, no permitió la Dama que Caldir matara ninguna ave ni bestia que encontrara en los senderos de tanto que era el amor que ésta sentía por estas criaturas.

Negra era la noche en un cielo sin nubes cuando Caldir y Edheleth cruzaron Cirith Talath y se presentaron ante los guardas que lo custodiaban. Más de dos años hacía que Caldir había abandonado la seguridad del Talath y en ese tiempo había crecido en porte y fortaleza; no obstante, al punto le reconocieron por el color de sus cabellos y su semblante a la luz de las antorchas, y por saber que nadie salvo él podía conocer los secretos del Cirith Talath, y creyeron que era un espectro pues lo creían muerto; pero al punto Caldir les habló y comprendieron, y se alegraron de la buena nueva, pero guardaron silencio y no mandaron mensajes de su llegada por orden de los viajeros. Caldir y Edheleth la Bella estaban fatigados y sin resuello y en sus rostros se adivinaba que nada habían comido en varios días y que sus cuerpos habían sido sometidos a un esfuerzo severo; sin embargo, no se detuvieron sino para tomar un pequeño bocado y ser informados de la suerte del Talath, y al punto continuaron su marcha embozados en las capas de los elfos hacia la Casa de Talathgon a llevarle la nueva de su vuelta.

Las tierras de Talathgon habían cambiado desde su partida. Así como Caldir había crecido en fortaleza, su Casa había prosperado, y el Talath no era sino un verde y fértil Señorío. Por donde quiera que se fijara la vista los escasos llanos antes yermos estaban ahora cultivados y el fruto de la espiga rebosaba, los ganados pastaban lustrosos por los campos, y los bosques eran juiciosamente explotados. Talathgon ya hacía tiempo que se había liberado de la carga de su pueblo legándola sobre su hijo Elendir, que había demostrado un excelente juicio en el gobierno de su Casa, puesto que si grande y provechoso fue el trabajo que realizó Talathgon aún más grande si cabe fue el realizado por su hijo y en menor tiempo. Ahora Talathgon únicamente se dedicaba a realizar grandes paseos por sus tierras y a realizar partidas de caza mayor a las que era muy aficionado; pero aún éstas eran cada vez más espaciadas pues cada vez más sentía Talathgon el peso de los años. Glorcargeth Espiga de Oro también había sido cautivada por el tiempo y su cabello antes dorado por el Sol se había tornado pálido y encenizado, y su ánimo poco a poco se había vuelto triste y melancólico por la pérdida de su hijo Caldir al que creía muerto.

Amanecía en las puertas de la Casa de Talathgon cuando llegaron y de este modo habló Caldir:

- “Largo fue el viaje que me entretuvo por tierras extrañas y mucho tiempo he dedicado en la realización de la empresa que se me encomendó, y en verdad en más de una ocasión pensé que nunca regresaría a la Casa de mi padre extraviado como estaba por las sendas de mi destino. Pero ya llegó la hora en que debo volver a la tierra que me vio nacer para ocupar el puesto que corresponde a Caldir, hijo de Talathgon y Glorcargeth Espiga de Oro, aquel que muchos dieron por muerto erróneamente. Llamad a Talathgon, mi padre, y decidle que su hijo Caldir ha regresado para servirle”.

- “Entra y no esperes en la puerta de tu casa – clamó Talathgon desde la entrada.- En verdad te creí perdido en los brazos de la Muerte, y en este día te he recuperado. Entra y descansa de las penurias del viaje, y ya habrá tiempo para que nos narres tus andanzas en este tiempo que se me hizo tan largo. Entra que no te faltará vino en la copa ni manjar que llevarte a la boca, pues celebraremos la mayor fiesta que existió en estas tierras que no acabará hasta que el último de los hombres se encuentre tan saciado y satisfecho como yo al verte de nuevo a mi lado.”

En verdad, grande y espléndida fue la fiesta en honor al regreso de Caldir y varios días se alargó la velada, y durante mucho tiempo se recordó la dicha de entonces. Todo el Talath cantó y bailó de felicidad en ese día; pero nadie encontró más dicha que Talathgon y Glorcargeth, que creían haber perdido el fruto de su sangre y lo habían recuperado. En cuanto a Elendir grande fue su dicha también por recuperar a su hermano gemelo, puesto que, aunque ambos hermanos eran de carácter tan contrarios como Verano e Invierno, existía entre los dos un extraño lazo que los unía de tal modo que los sentimientos de uno y de otro entre sí se confundían, y los dolores de uno eran dolores del otro, y la felicidad de uno la alegría del otro pues así era su condición. De este modo, cuando vio a su hermano Caldir vivo en la puerta de su Casa, Elendir se sintió complacido al recuperar la parte que se le había perdido en ese tiempo que tanto había echado en falta. Sin embargo, no fue esto lo único que sintió Elendir en esta hora, pues al quitarse la capucha y descubrirse Edheleth La Bella ante el trono de Talathgon se embotó de amor ante su belleza y, aunque nada dijo, vio como la sangre se le helaba como en noche de invierno a la vez que en su corazón prendía una llama inextinguible; pero como era Elendir de espíritu fuerte y noble y por nada del mundo quería contrariar a su hermano hundió sus sentimientos en un pozo de frialdad y durante un tiempo ignoró sus impulsos y se dominó.

De la llegada de Edheleth nada se dijo en un tiempo salvo alabanzas de su belleza y glorias por su gracia y en todo momento se la trató según su merecimiento. Mayores dones que los reservados a la Reina Glorcargeth les fueron dados, y esto fue porque quienes lo daban se sentían dichosos con su ofrenda y tan sólo el hecho de que la Dama Blanca les dedicara una mirada era para muchos suficiente pago para sus esfuerzos, y entre todos Elendir era el más complaciente y el más dispuesto a entregarle dones, aunque en lo posible desde la sombra y sin que ella lo sospechara. Para todos Edheleth fue considerada como la fortuna que Caldir consiguiera para su pueblo mucho mayor que cualquiera otra joya o tesoro que nadie hubiera visto o siquiera imaginado; sin embargo, Talathgon no veía con buenos ojos a la Dama Elfa por causa de su recelo, y aunque la trataba con cortesía su trato era frío y tan sólo consentía en su matrimonio con Caldir por amor a su hijo. Glorcargeth en cambio en poco tiempo la tuvo en gran estima pues la bondad moraba en su corazón, y fue ella quien apaciguó los impulsos de su esposo, y por fin, se bendijo la unión que habría de celebrarse entre las dos razas.

Al principio todo era felicidad para Caldir pues ahora moraba de nuevo en las tierras que le vieron nacer y aunque rudas y ásperas eran éstas y no otras las que amaba, y esta alegría la compartía con Edheleth y con esto ella se contentaba aunque era mucha la nostalgia que sentía de su pueblo; sin embargo, amaba también a los edain y sus costumbres, por lo que por un tiempo se sintió dichosa en estas tierras, pese a que la vida en el Talath no era fácil. No obstante, con el tiempo volvió a nacer en Caldir las ansias de aventuras de grande que era el fuego en su interior, y con la excusa de proteger las fronteras del enemigo abandona con frecuencia la morada de Talathgon en busca de cacerías y juegos con los que divertirse, y mientras tanto, Edheleth languidecía esperándole, pues sólo con él quería pasar las horas; pero no podía acompañarle por el amor a las criaturas que él cazaba y con esto no se contentaba.

Como cada vez era más espaciados los tiempos en que volvía su prometido de sus andanzas, Edheleth se acercó más a Elendir dado que su rostro le recordaba a su hermano, y puesto que gustaba del trato que recibía de éste mucho tiempo pasaban juntos; a él podía hablarle de las tierras que había abandonado y su belleza o de cualquiera otra cosa, mientras Elendir sólo callaba mientras la escuchaba y sólo hablaba con ella con palabras justas, y también en su amor común a las estrellas se sentían unidos. De este modo, la llama en el pecho de Elendir que creía apagada creció y creció y con el tiempo fue uno de los mayores fuegos que nadie tuvo en su interior, pero todo esto lo cubrió con un silencio pesado como una losa aún más grande que antes y ya sólo se comunicaba con el fruto de su arte y tan sólo a su arpa hablaba.

Mientras tanto, se acercaba la hora en que Caldir y Edheleth se desposarían, y Elendir cayó entonces en un gran abatimiento y huyó a una colina en la frontera del reino: Amon Andúnelin, La Colina de la Música en el Ocaso del Sol, la llamaron desde entonces, pues al caer la tarde podía huirse la música de Elendir y en verdad era triste y hermosa y todo el que la escuchaba se llenaba de congoja, y a sólo ese menester se dedicó durante ese tiempo, y sólo vivía del néctar de las flores o de las bayas y frutos que los animales le traían por amor a su música y por compasión a la pena de Elendir. Sin embargo, la Dama Elfo le extrañaba, pues nadie como con Elendir podía expresarse y añoraba sus encuentros bajo la luna en la que se afanaban en contar estrellas y en ponerles nombres según su imaginación; pero como la época de su desposorio se acercaba durante mayor tiempo disfrutaba de la compañía de su prometido por lo que los días pasaban rápidos.

Sin embargo en la víspera de la celebración de su desposorio, Edheleth se acercó a la Amon Andúnelin para pedir a Elendir que asistiera a la ceremonia, pues de otro modo su boda estaría incompleta. Se acercó con pies ligeros y suaves, sin hacer ruido y las criaturas no la delataron por amor que le tenían, y oculta de este modo sorprendió a Elendir al atardecer y estaba rodeado de flores y animales que le acompañaban, y en ese instante Elendir tañó su arpa y cantó su dolor. Y tan bello y triste fue su canto que Edheleth se conmovió y de sus labios surgió un suspiro de amor. Y tan hondo fue su llanto después que se delató y entonces Elendir cantó para ella sobre la gracia de su porte y de la luz que desprendía, y de su amor común por las estrellas que a esa hora les contemplaban, y del brillo de sus cabellos, y de la suavidad de su tacto, y de todo el fuego que acumulaba en su corazón. De este modo, Edheleth se le reveló que también lo amaba y que su rostro y no el de Caldir era el que había visto en sueños por mor de los Valar, y grande fue el amor que se despertó en ese día y esa misma noche yació con él.

Al día siguiente Caldir quedó sólo ante el trono de su padre dónde se desposaría, y al no aparecer Edheleth quiso buscarla, pero nadie supo decirle dónde estaba ni hacia dónde había marchado. Largo tiempo la estuvo buscando, y por último, decidió recurrir a Elendir para que le ayudara en su búsqueda, pues su hermano veía y entendía cosas que a otros se le escapaban, y nadie conocía más a la Dama Blanca que él. Raudo se presentó ante el Amon Andúnelin, y allí encontró a la nueva pareja entregados a su amor, y gran odio nació en el pecho de Caldir y se inflamó su sangre y de este modo los maldijo:

- “Vengo a mi hermano en busca de consuelo y sólo encuentro infamia como en cueva de ladrones. A ti te maldigo por siempre, mi hermano Elendir El Oscuro, a partir de ahora Elendir El Ladrón. Mi espada Angannil me pide que te atraviese el corazón con ella pero no mancharé mi hoja con tu sangre pues también es la mía, pero en adelante para mí mi hermano ha muerto, al que creía el más sabio de los hombres, y no resultó sino un salteador de caminos, un bandido sin entrañas, la manzana podrida del deshonor.”

- “Y a ti, maligna encantadora – dijo dirigiéndose a Edheleth- a ti te maldigo por encima de todo. A ti la más indigna de las rameras. Razón tenía mi padre en desconfiar de ti y de los de tu gente. Te deseo la peor de las muertes y una vida llena de sufrimiento. Que el dolor que me has causado se te devuelva con creces, y por cada trago de amargura que me causas mil veces multiplicado lo sientas en tus carnes hasta desear la muerte y que no se te conceda. Así será o nunca fui llamado Caldir, hijo de Talathgon y Glorcargeth Espiga de Oro.”

Con llantos y ruegos le llamaron para que les escuchara y por más que lo intentaron no se detuvo y lleno de odio ignoró sus palabras, y sus lágrimas eran muchas. Y así como llegó se fue raudo sobre su caballo Larga Crin y abandonó el reino como el viento frío y no se supo más de él por mucho tiempo. La furia que llevaba en el corazón era grande y sin rumbo ni concierto recorrió los caminos y las bestias se apartaban a su paso, pues criatura que veía resultaba muerta por sus manos y una gran tormenta se oyó al sur de la Cintura y las gentes temblaban. Muchas leguas durante muchos días recorrió sin descansar apenas, pero su corazón no se calmaba, y de este modo llegó a los lindes del bosque de Brethil.

Había fuego en su mirada cuando llegó a las puertas de Haleth y allí llamó a Iladar el hermano de Edheleth que lo recibió armado, y sin mediar palabra, Iladar se arrojó ante el raptor de su hermana pidiéndole explicaciones y su brazo era fuerte. Sin embargo, Caldir era más versado en el arte de la guerra y en esa hora portaba en su pecho un fuego indomable, por lo que le atravesó con la espada Angannil y lo mató y nadie de los que estaban allí pudo evitarlo.

- “Aquí queda cumplida parte de mi venganza contra Edheleth, pues si ella me robó a mi hermano con malas artes, yo he matado a Iladar en duelo justo, y eso me parece bueno. Pero queda lejana la hora en que mi corazón descanse. - dijo y los que allí estaban se apartaban de su camino pues grande era su decisión y le temían.”

Seguidamente Caldir se dirigió al norte y sucedió que eran los días de la cuarta gran batalla de Belariand, Dagor Bragollach, La Batalla de la Llama Súbita, y encontró que el poder del Enemigo se acercaba con premura, por lo que se dirigió a las tierras de su Señor Hador y se unió a sus filas, y durante algún tiempo olvidó su odio hacia los suyos y lo concentró contra el Enemigo. Desde allí pidió ayuda a el Talath mediante mensajes en palomas y tras un tiempo se recibió ayuda del Talath aunque insuficiente de grande que era el poder de destrucción de El Enemigo. Grandes fueron sus hazañas en la batalla aunque grande también fue la ruina de las tropas de Fingolfin, hasta el punto de ser completamente derrotadas de no ser por la ayuda de los Dor-lomitas. No obstante, Hador Cabeza Dorada cayó ante los muros de Eithel Sirion, y Caldir estaba a su lado, aunque nada pudo hacer para evitarlo.

La arremetida del Poder del Mal fue tan grande en esa hora que casi todas las fronteras de los Noldor cedieron y los orcos de Morgoth avanzaron rápidamente, por lo que la cólera de Filgonfin, Señor de los Noldor se despertó y se presentó ante las puertas de Thangorodrim y con su cuerno retó a Morgoth y luchó con él, pero pese a su bravura cayó ante el peso del martillo Grond y de este modo murió el más orgulloso y valiente de los Elfos de antaño. Y Morgoth rió.

Al saberse de la muerte de Fingolfin un gran dolor hubo en Hitlum y en Dor-lomin, pero muchos eran los trabajos, y Fingon se puso a realizarlos como Señor de los Noldor. De esta manera Caldir entró a su servicio en esos tiempos y con gran esfuerzo contuvieron las oleadas de orcos y criaturas malignas que llegaban desde el Norte, y entre las filas de los elfos destacó pues su bravura era indómita y luchaba como si no le importara encontrar la muerte y sólo deseaba verter la sangre de sus enemigos.

Como fuera que en la Dagor Bragollach, la frontera de Maedrhos, Celegorm y Curufin se vio debilitada hasta el punto que perdieron muchas tierras con el avance de los Orcos, Fingon envió a parte de su gente a proteger la frontera de Beleriand Oriental pues si la Sombra avanzaba malo sería para todos, y entre ellos marchó Caldir, por su fama y valentía, y los pocos que sobrevivieran de su gente. Grandes esfuerzos realizaron en esas tierras pero gruesas eran las fuerzas de la Sombra y a duras penas conseguían impedir su avance. Finalmente se perdió el Himlad, y Celegorn y Curufin tuvieron que huir hacia el Sur hacia las tierras de Finrod en Nargothrond y allí pidieron hospedaje junto con el resto de los Noldor para agravio de Felagund como luego se viera. Sin embargo. Caldir no les siguió y como en esos días habían llegado a esas tierras los Hombres Cetrinos desde el Oriente, se mostró a ellos y fue tratado como Señor entre sus gentes y se sometieron a Maedrhos. No obstante, muchos de los Hombres recién llegados ya estaban seducidos por Morgoth, y aunque fingían luchar contra el avance de la Sombra, muchas veces entorpecían los trabajos de Maedrhos, pero con habilidad para no ser descubiertos y eran una cuña de mal entre las filas de los Noldor. Uno de ellos era Ulaf al que Caldir le dio su amistad por creerlo noble de grande que era su habilidad de engaño, y en verdad lo parecía de profunda que era su maldad.

Un día en la frontera de Maedrhos después de una cruda batalla una paloma se posó en los brazos de Caldir y Ulaf lo acompañaba. Ésta llevaba un mensaje enrollado en una pata. Era un mensaje de Elendir cifrado según la clave de la Casa de Talathgon y en él pedía su regreso a Talath, puesto que su padre Talathgon había muerto por la carga de los años y Glorcargeth Espiga de Oro estaba enferma a causa de la pena. Elendir había sido coronado rey de las tierras del Talath a causa de su ausencia y ya hacía más de un año que se había desposado con Edheleth la Bella, y juntos gobernaban a su pueblo en una paz que no se conocía en toda Beleriand salvo en las tierras de Turgon. Fue así como la Sombra se enteró de la existencia del Talath por mediación de Ulaf, y en esa hora se cerró la perdición del pueblo de Caldir.

Ulaf envenenó los oídos de Caldir con palabras torcidas y se ofreció para ayudarle en su venganza que llamó justa y necesaria y así se lo hizo ver a sus ojos. De este modo de nuevo se inflamó la sangre de Caldir, que a causa de las necesidades de la Guerra había apartado su sed de venganza. Sin embargo, el mensaje de Elendir, envenenado por las palabras de Ulaf, le pareció de una jactancia sin límites, y pensó que desde el Talath su hermano se mofaba, y es por ello que deseó su muerte por encima de cualquiera otra cosa, y esto so pena del sufrimiento de su gente.

Fue entonces cuando Caldir se dirigió hacia las tierras que fueran de su padre junto a los orientales, y tramaron una emboscada para el pueblo de Talathgon en la salida oculta del Cirith Talath en el Aelin Uial. Aconsejado por Ulaf, Caldir envió una carta a Elendir en esa hora en la que le decía que le era imposible acudir al Talath en esos días de mucho que eran sus trabajos, pero le solicitaba ayuda para el pueblo de Brethil, y le pidió que él mismo comandara la tropa, pues deseaba hablar con él y se necesitaba de sus aptitudes. De este modo se pretendía que el pueblo de Talathgon saliera de su escondrijo con Elendir a la cabeza, para que los Orientales los emboscaran en las puertas del Aelin Uial y dieran muerte a Elendir con miles de flechas, y así se vería cumplida la venganza de Caldir. Pero el resto de los jinetes debería permanecer ilesos pues sólo en Elendir concentraba su odio.

Sucedió que Elendir escuchó la llamada de su hermano, y se alegró sobremanera del talante del mensaje, pues creyó ver en sus palabras que le había perdonado por su agravio y se sintió dichoso. Tan pronto como pudo preparó sus fuerzas y se encaminó en dirección a Brethil para reunirse con su hermano y luchar contra la Sombra. Sin embargo, al atravesar la entrada oculta del Cirith Talath tras el Aelin Uial sintió un temor inexplicable y detuvo su paso. Pero como no pudo entender cuál era el motivo de su temor lo achacó a una prudencia excesiva propio de viejas por lo que finalmente atravesó junto a sus tropas la cascada oculta. Cuando hubo pasado el último de sus hombres los caballeros cetrinos se abalanzaron sobre ellos desde todos los puntos y las flechas les caían como lluvia de tormenta y muchos murieron en esa hora, y el último de todos fue Elendir entre decenas de flechas negras como la noche, y en esa hora lloró, pero no por su muerte sino por la de los suyos que se habían arruinado por su causa, y su último pensamiento fue para Edheleth y murió con pena. En cuanto a Caldir en el último instante antes de la matanza le fue revelado el mal que hacía contra su propia sangre y se arrepintió de sus propósitos y trató de evitar la matanza, pero no pudo. Con su espada Angannil mató a muchos de los orientales intentando que pararan su ataque, pero Ulaf no le dejó y entre muchos lo sujetaron pero dejaron que viera la muerte de los suyos y se mofaron de él por su inocencia, pues entonces le confesaron los verdaderos planes de Ulaf, que no eran sino aniquilar a los hombres de Talathgon y conquistar su reino. Ahora conocían la entrada secreta al Talath, y la flor innata de las tropas de Talathgon había sido aniquilada por engaño, por lo que la conquista resultó fácil y el pueblo de Talathgon fue exterminado salvo unos pocos, que fueron hechos esclavos, y en las tierras de el Talath se creó un destacamento secreto de la Sombra y Ulaf era su jefe.

De los pocos a los que se perdonó la vida, Edheleth fue uno de ellos por ser ella un elda de gran belleza. Un regalo para Morgoth la consideraban, y quisieron llevarse también a Glorcargeth Espiga de Oro, pero ésta no se dejó y luchó contra muchos hasta su muerte y grande fue su valor. La Dama Elfo sin embargo conservó la vida pero fue tratada con vileza y sus vestidos fueron desgarrados y su cabello cortado y su piel lacerada con malicia, y no obstante aún era bella. Y como predijo Caldir deseó su muerte pero no le fue dada y se reveló que portaba una vida en su interior fruto de su amor con Elendir, y por esta causa aguantó su sufrimiento aunque su esperanza era nula.

En cuanto a Caldir duro fue también su tormento porque lo amarraron a un poste en la puerta de su casa, y allí lo vilipendiaban y se mofaban de él mientras lloraba lleno de culpa, hasta que al fin, Ulaf se hartó de su presencia y decidió matarlo, pero más aún llegó en su maldad y le perdonó la muerte, y otro final planeó para él. Fue entonces cuando Ulaf cogió la espada Angannil y la calentó al fuego, y al contacto con el fuego brillaba como Sol del mediodía, y en ese punto le pasaron la hoja por los ojos y le dejaron ciego. Y la oscuridad fue entonces toda. Caldir pidió la muerte entonces pero no se la concedieron pero dejaron que se marchara donde quisiera y por donde pasaba le hacían la zancadilla, y muchas fueron las heridas que sufrió entonces. Y mientras se alejaba todos decían:


- "Allí camina el más ciego de los hombres. Ciego estaba cuando no vio la traición de su hermano y su prometida. Ciego estaba cuando su hermano le arrebató el reino que le correspondía por derecho. Ciego cuando no vio los ardides y la trampa que le tendimos. Y ciego será ahora por siempre, tropezándose en los caminos.”

Grande era la tristeza entonces para Caldir y en su ánimo no había esperanza, pues los mismos esbirros de la Sombra moraban su casa y en la oscuridad que moraba se sintió perdido y lloró amargamente. Pero sucedió que en su deambular errático oyó a lo lejos el ruido de la cascada en la entrada del reino, y de ese modo renació de nuevo en su ánimo la esperanza, y siguiendo el rumor de las corrientes se adentró por el Cirith Talath hasta el Alein Uial. Y estuvo a punto de matarse en esa hora al tropezarse contra las rocas, pero la suerte jugó entonces en su favor y se aguantó en tierra, y finalmente llegó al exterior al otro lado del desfiladero.

Caldir gritó entonces con fuerza pidiendo ayuda pero nadie salvo las bestias le oían, y más alzó la voz y sólo su eco le respondía. Sin embargo, vino la luz a Caldir y se acordó de su caballo Larga Crin y con un silbido lo llamó y el animal respondió en la lejanía y se juntaron.

- “Larga Crin, el más fiel de mis amigos.- Le dijo mientras se montaba a tientas. –Todo está ahora en tus manos. Llévame donde me presten ayuda y que tus pasos sean ágiles como el viento porque grave es la hora y no quisiera que la ayuda llegue demasiado tarde.”

Larga Crin entendió las suplicas de su amo y se dirigió hacia el Norte rodeando la Cintura de Melian y no paró sus pasos durante muchos días hasta llegar al bosque de Brethil, y en la puerta de la Casa de Angon se paró como en otros tiempos le fue costumbre. Y en esa hora en verdad, el lamento de Caldir sacudía al aire de forma incesante y su voz sólo pedía ayuda. Fue entonces cuando Angon le oyó en la lejanía y salió de la fragua y se reunió con él, y por entonces, como hierro fundido se incendió su cólera, y con su hacha le atacó pronunciando graves palabras:

- “Como Ladrón viniste un día y me llamaste amigo, y como Ladrón te fuiste llevándote la mayor de las joyas que atesoraba. Y como asesino volviste para llevarte la vida de mi sobrino Iladar. ¿Ahora vuelves... asaltador de caminos, parto de mil padres? – le dijo mientras se acercaba.- Bien, esta vez sólo te llevarás el filo de mi hacha o no me llamaré nunca más Angon El Herrero.”

Y Caldir hubiese muerto entonces de no ser por mediación de Larga Crin que alzó sus cascos enfrentándose al elda; pero no se pudo evitar que Caldir cayera de su montura golpeándose contra el suelo y eran muchas sus heridas.

- “Ayuda, ayuda – dijo Caldir desde el suelo- ayuda para el pueblo de Talathgon, vasallo de Hador Cabeza Dorada. Ayuda contra la Sombra que habita en mi casa.”

Angon vio entonces que Caldir estaba ciego y aunque su agravio era grande también era la bondad de su corazón, y se compadeció de él y llamó para que curaran sus heridas. Sin embargo, Caldir se mostraba impaciente y entorpecía en las curas pues así es el talante de los Hildor, y con palabras rápidas le contó su apremio, y lloró al recordar el dolor causado a su propia casa. Pero también le dijo que su sobrina Edheleth seguía viva y aún podía salvarse si la ayuda era pronta, y pidió su perdón con motivo de su antigua amistad ,y por causa de esta amistad le pidió que creyera también en sus palabras, pues se dice que los moribundos no mienten y por cierto que su muerte estaba próxima. De este modo Angon le hizo caso y pidió ayuda a la reina Melian, y aunque las tropas eran necesarias en la frontera se mostró generosa y una gran hueste partió hacia el Talath, y Angon encabezaba las filas, y Caldir lo acompañaba, pues de otro modo nunca hubieran encontrado la entrada a el Talath, pues Caldir en toda su oscuridad podía ver mejor los signos de los caminos secretos que cualquiera de los Eldar. Así entraron Angon y su compañía por la entrada oculta en el Aelin Uial ayudados por Caldir y ninguna fuerza guardaba la entrada seguros como estaban los hombres de Ulaf de su victoria y de que el secreto les protegía.

En ese día se libró la no menos gloriosa de las batallas en el Beleriand Oeste, y el triunfo para los eldar fue completo, y el mismo Angon luchó con Ulaf El Infame, y aunque éste era diestro en el manejo de la espada, mayor era la furia del elda y la sorpresa le ayudaba. Fue así como Angon le arrebató a Ulaf la espada que reordaba su nombre y le tendió en el suelo, y con la espada Angannil le dio muerte y se sintió dichoso. Y muchos de los esbirros de la Sombra murieron bajo las espadas y las flechas de los eldar, y el resto se sometió sin condiciones, y el Talath fue liberado. Y así se deshizo el mal en el sur de las tierras de Thingol y Melian, y fue bueno sin duda, porque hubiese sido peligroso ver como crecía la Sombra del Mal en esta tierra en secreto, y para cuando éste se hubiera revelado podría haber sido demasiado tarde, y en verdad así eran los planes de Morgoth El Maldito pero el mal fue reparado gracias a la fuerza de los elfos grises y la ayuda de Caldir.

No obstante, hay un final agridulce en esta Balada, pues sucedió que al bajar a los sótanos de la casa de Talathgon encontraron a la Dama Elfo, y no era sino una Sombra de lo que fuera en otra hora y su vástago se había perdido, y finalmente se había abandonado al desaliento, y poco a poco se marchitaba como flor en invierno. Por Elendir preguntó y nadie le respondía por no hacerla más mal. Tan sólo Caldir se atrevió a hablarla y la muerte del hildor estaba próxima. Así que Caldir le reveló el destino de Elendir y de su gente, y confesó sus faltas y le pidió perdón antes de morir, y con sus lágrimas lloró sangre. Fue entonces que la Dama Elfo soltó una sola lágrima que rodó por su mejilla y llegó hasta el suelo, y fue en esa hora cuando Caldir, hijo de Talathgon, señor de los edain feneció llevándose su perdón consigo. La Dama Elfa pidió entonces a su tío Angon que la enterraran con el cuerpo de su esposo, y entonces cayó en un profundo sueño y nunca más se le volvió a oír pronunciar palabra hasta que se abandonó a la muerte y expiró.

Inconsolables fueron los lamentos de los elfos en esos días y mayor que nadie el lamento de Angon; pero se cumplieron las últimas palabras de la Dama y sucedió que Elendir había sido enterrado junto a su gente en las faldas del Amon Andúnelin, La Colina de la Música en el Ocaso del Sol, por lo que allí fue llevado también su cuerpo y sobre la cima fue enterrada Edheleth con grandes honores, y también Caldir fue enterrado a los pies de la colina, y todo el pueblo de Talathgon quedó reunido entonces en la muerte. Desde entonces fue venerada esa tierra por eldar y por hildor como sagrada, y nunca más fue hollada por pie alguno, y las bestias respetaban la colina y ésta se llenó de flores.

Y es así como concluye la no menos bella de las Baladas de Beleriand, y una de las más tristes por cierto para los hombres. Pero más allá de los hechos, la leyenda cuenta que al cabo del tiempo sobre la cima del Amon Andúnelin, nació un hermoso cerezo de flor blanca como la nieve que siempre estaba florido incluso en invierno, y se dice que quienes por allí moraban a última hora de la tarde, podían ver como el viento jugaba con sus ramas, y una suave música se oía entonces como por encanto y su melodía era grave y triste aunque hermosa, y quienes la oían se sumían en la melancolía y nunca la olvidaban. Y en verdad dicen que esta música no es sino la música de Elendir en muestra de su amor por Edheleth, y el cerezo florido no es sino la Dama Edheleth que ondea sus ramas como signo de su complacencia.

Y esto fue así por muchas vidas de los hombres hasta el advenimiento de las aguas y el cambio del mundo por deseo de Ilúvatar y aún más en su recuerdo.

Fin.
 
Aldor
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 10-03-2004 Hora: 13:54
Me uno a las odas y alabanzas a tu relato Aldor, al final consiguió entristecerme..
Lo recomiendo a todos los que quieran pasar un buen rato de lectura.

P.D Al realizar las correcciones creo que te comiste alguna palabra final

Fecha: 25-01-2004 Hora: 16:19
Acabo de realizar algunas modificaciones en el relato, principalmente en los nombres y tópónimos, que han sido cambiados por otros una vez pasado por el filtro "élfico" o "edánico" según los casos. Baranduin se ha encargado de este trabajo, ya que yo me temo que conozco el castellano y de oidas . Muchas gracias por ayudarme a mejorar este relato..., te debo unas jarras...

Fecha: 06-12-2003 Hora: 23:54
Realmente es bueno, uno de los mejores, pero destacan n par de cosas. En primer lugar, la falta de concordancia en las palabras élficas (Atan es singular, con plural atani, y sus cognatos Adan-Edain), y la poca elfiedad de las palabras supuestamente 2élficas", desde antropónimos a topónimos. Sobre eso, le puedo prestar ayuda, no más que contacte conmigo y gustósamente le atenderé, en aras de mejorar uno de los ya mejores relatos de la sección.

Baranduin

Fecha: 06-12-2003 Hora: 02:49
Me he quedado impresionado. El estilo es tan silmarillionico que parece sacado del mismo silmarillion. La narración, las frases del narrador, las expresiones de los personajes... está todo muy adecuado al carácter del texto, muy trabajado. Y por sacar una pega, tan solo la de la puntuación, pues la falta de algunas comas propició frases un tanto largas. Pero casi me da vergüenza poner un pero a este magnífico relato, que pareces haber rescatado en verdad de los días antiguos de Beleriand.

Fecha: 01-12-2003 Hora: 12:54
Muy buena, parece una Balada de Beleriand.

Fecha: 28-11-2003 Hora: 21:19
Espero que os guste... Es un poco largo así que tened paciencia. Agradeceré cualquiera crítica, buena o mala, bueno las buenas mejor...