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CM I:La Última Batalla
Capítulo 1
Por Baranduin
 
Cae la lluvia. Es medianoche, y la humedad condensa el vapor que sale de nuestras bocas. Tumbados en el suelo, incómodos por las piedras y el barro. Entre las sombras se distinguen cuchicheos nerviosos, ronquidos de los más veteranos, toses, estornudos, ruidos de masturbaciones, y quejas solapadas. Una brisa baja de las montañas del Sur, que enfría los ánimos y los pies. La Luna, semicubierta entre nubes, apenas luce ya, y tan sólo las estrellas más brillantes son distinguibles como diminutos diamantes entre la neblina que se va formando. Los murciélagos revolotean nerviosos librándonos de los mosquitos que se acercan a los pequeños candiles. No hay hogueras, no hay luz, y escribo estas palabras, tal vez de despedida, entre las penumbras que aquellas diminutas bailarinas de fuego deshacen. La cimitarra me es incómoda, el mango se me clava en los riñones y la vaina en las rodillas. Pero no voy a incorporarme a colocármela, pues podría venir el sargento.

No es el mismo sargento que el que hace un año nos entrenó, en el cuartel. ¡Cuán lejanos quedan ya aquellos días en que me despedí de mi esposa, madre e hijo y partí hacia la capital junto a mi hermano! Al llegar nos asignaron un cuartel, una tienda, y un hueco. Nos quitaron cuando llevábamos de valor, y cuanto podía recordarnos que antes de ser soldados habíamos sido personas. Aquella noche nos hicieron desnudar, y nos dieron una paliza a cada uno. Mi primera paliza. Con esta humedad, la muñeca me está reconcomiendo, justo donde me la partieron. Al día siguiente, al salir el Sol, malheridos, maltrechos, con heridas, roturas o moretones por todo el cuerpo, nos dieron unas armaduras y nos hicieron salir a correr. Corrimos hasta el pueblo más cercano, a tres millas. Y seguimos corriendo. Cayó la noche, y, a más de treinta millas del cuartel, nos abandonaron. Perdidos en medio de un desierto de matorrales, arena y obscuridad. No teníamos agua, y hubimos, mientras regresábamos, de recoger a los que habían quedado en el camino a la ida, y a cuantos se quedaban muertos a la vuelta. Yo me había entablillado con ramas el brazo con la mano, para no hacer mover o girar los carpos, y aún así (o tal vez por ello), llevaba el cuerpo moribundo de un zagal a cuestas.
Algunos llegaron al día siguiente. Otros dos días después. Unos pocos a los tres días. Pero de casi un cuarto de nosotros nunca más se volvió a saber nada. Tal vez alguno pudo desertar y volver a casa; pero lo más probable es que muriesen. Tal vez por eso se ha incrementado el número de orcos en la región, por el aumento de carroña. No lo sé.

Dos meses después de aquella noche, con mi muñeca ya sanada, nos enseñaron el uso de las armas. A los más altos y con mejor puntería, entre ellos mi hermano, les dieron arcos y flechas. Soltaron a seis prisioneros, y no debían llegar a una línea roja que marcaron en el suelo. Los seis prisioneros murieron, y también dos de los arqueros, por errar el tiro, en manos de aquel sargento.
A otros nos dieron armas cortas: espadas, y puñaletas, que apenas sí éramos capaces de alzar. Y aprendimos su manejo, y como manejarlas para que pesasen menos. Nos lanzaban objetos y habíamos de conseguir partirlos con la espada al vuelo, o recibíamos un latigazo. Los cuatro primeros meses en el cuartel fueron los peores de mi vida. Junto a estas dos últimas semanas.

En dos semanas hemos tenido que andar al paso de un animal de tiro, con todas las armas y armaduras, con enormes petates de artículos para montar un campamento de guerra en toda regla. El peso nos vencía a cada paso, hasta que llegamos a un lugar que desconocíamos. Era una explanada, situada al sur de una gran meseta, con enormes riscos rayando el horizonte, hacia el sur. Al llegar, al menos un tercio de los hombres estaban enfermos, y desde hace tres días muchos han muerto. Pero la espera ha acabado. Hoy acabará.



Viene el sargento. Este sargento es mejor que el del cuartel. Se preocupa por los hombres, y por que estén cómodos. Nos lo asignaron ayer, tras morir el anterior. Nos da a cada uno una manta, para que nos abriguemos del frío y nos protejamos de los mosquitos. Fue la picadura de algún bicho durante la marcha la que mató al del cuartel.
Me mira extrañado. No es normal que un soldado sepa leer. Y mucho menos escribir. Lo consideran indigno, y el anterior sargento me hubiese apaleado. Pero este no. Aunque sólo fuese porque necesitaban hasta el último soldado para la batalla. Y yo era un reclutado forzado, no un soldado profesional, de modo que lo dejó pasar. Nos recomienda dormir, pues mañana estaremos cansados. Al menos hasta que nos maten.
Hasta que nos maten. No parece muy seguro el sargento. Ninguno de nuestra coronelía es soldado de veras, pero aún así algo podremos hacer. A menos que las noticias sobre las huestes enemigas sean peores de lo que esperamos. Peores para nosotros, claro. ¿Qué pensarán en el otro campamento? Según los rumores, el Señor está con nuestras fuerzas. Nunca vi a tal Señor, ni creí en él. Probablemente sea uno de los Dioses que tanto ayuda en las ciudades y nos abandona en los campos. Que nadie ha visto, y en quién sólo se cree en las urbes, y cuyo nombre es susurrado tan sólo. Pero dicen que esta noche se presentará, en persona. ¿Tendrán ellos otro Dios? ¿Será esta una lucha entre dioses, una guerra entre Señores? No lo creo. Posiblemente sea un simple conflicto por lo habitual: tierras, campos, hombres, esclavos... ¿Quién habrá empezado? ¿Nosotros? ¿Ellos? ¿Son ambos pueblos enemigos? Pues para una guerra no son precisos dos pueblos enemigos. Basta con que uno de ellos lo sea.
Demasiadas preguntas, y el frío me hiela los pies y los ojos. Ya no se ve la luna entre los densos, obscuros, nítidos y lúgubres nubarrones que se apiñan sobre nosotros. Tormenta en las montañas. El aire, cada vez más helador y más fuerte, nos quema la piel con cristalitos de hielo.

Cristales de hielo. Recuerdo cuando era un zagal, cuanto me atraía la fragua del herrero de nuestra aldea. Tras templarla, golpearla, y moldearla, metía la pieza de iridiscente hierro al rojo en agua. Aquel agua era agua especial para enfriar el temple, con un poco de grasa disuelta. Al hundir la pieza, el agua empezaba a humear, y el sebo formaba puntitos de luz. Cuando una de esas chispas te tocaba, quemaba, y más de uno, a decir del herrero, había muerto por caérsele el cuenco de agua después de meter la pieza. Así me sentía yo ahora, quemado por el frío, muerto en vida por la guerra, herido de muerte por la distancia...

¿Qué estaría haciendo ahora mi esposa? A estas horas, posiblemente dormir. O tal vez rogar a los espíritus de los campos que me protejan. O tal vez oír el viento, oír las noticias que le traen y le dejan en las alas blancas del desierto. Las mujeres siempre fueron capaces de oír al viento. Intuición le llaman en la ciudad, pero el nombre es lo de menos. Ellas siempre saben lo que pasa, lo que ocurre. Y guardan el secreto para sí, para ellas mismas, y lo transmiten de generación en generación, como un patrimonio exclusivo. Lo único que les ha quedado después de todo. El único saber en que sólo la mujer iguala a los dioses. Pues todo cuanto hacen puede ser repetido por hombres, menos tener hijos y hablar con el viento.
¿Acaso mañana le dirá a nuestro hijo que yo ya no existo? ¿Habré muerto mañana? ¿Esperará con ilusión mi regreso, si sobrevivo? Y si muero... ¿qué hará? ¿Se casará con otro?
Al entrar esa pregunta en mi mente, los celos me invadieron. Pero, ¿qué más daba, si yo moría? Ella debía tener más hijos, asegurarse de que alguno sobreviva. Y a mí... en la Muerte, ese viejo hombre con cabeza de serpiente, no existe nada. Una vez que la Muerte te muerde, duermes en el olvido, y no sabes quien eres ni quien fuiste, como contaba mi abuelo en aquellas largas veladas en torno a la hoguera, hace tanto tiempo. Espero que sea así.



Cambio de postura, sin levantarme. Las piernas están dormidas, entumecidas, del frío y la lluvia. Al menos las últimas gotas están cayendo ahora. La Luna espía mientras agita sus velos nubosos, cubriéndose disimulada. Dicen los supersticiosos que la Luna es un espía que acecha, para informar de ello a las criaturas del norte, y decirles nuestras posiciones. Espero que no sea cierto. Que sólo sea, como decía mi abuelo, un ibis albino nacido de un oasis en el desierto. O una mujer que acoge a los caídos en batalla, como dice el sargento. Si es así, me encantaría pasar por su lecho antes de que la Muerte me muerda. Realmente es hermosa, azul y plata, cruzando por el Río del Mundo, por donde pasean los espíritus. Las estrellas en el cielo aparecen claras, como candiles estelares que iluminan el Río. Una vista preciosa. Tal vez la última que vaya a recordar.

Pase lo que pase mañana, esta vista la llevaré conmigo. También llevaré a mi hijo, a mi mujer, a mi hermano. Mi padre, muerto en otra guerra, y mi Madre, muerta en vida tras su muerte. Llevaré siempre la luz de mi esperanza por volver a mis tierras, a mis campos, para segarlos y ararlos otra vez. Ver crecer a mi hijo, y a otros muchos más, y conocer a mis nietos, y contarles las historias que tiempo hace mi abuelo nos contaba. Soy un simple agricultor, luchando contra el desierto. Era. Ahora soy, hasta que acabe esta guerra, un soldado. Y las trompetas de los capitanes anuncian que la batalla decisiva, que mi futuro, han empezado.



Los sargentos corren entre las filas de soldados, fustigándonos como a las grandes bestias de tiro y batalla que se colocaban tras nosotros, ante los arqueros, para amortiguar el choque. Al fondo se ven los estandartes enemigos. Estrellas, azules y amarillos. Los tambores suenan mientras todos y cada uno hacen los últimos preparativos. Nos colocamos por escuadras y escuadrones, nos situamos en nuestros sitios, mientras el Sol, tímido, tembloroso, asoma tiñendo las montañas con la sangre que teñirá las praderas. El enemigo se acerca, y nosotros con él. Desde atrás empiezan a caerles flechas, y entre nuestros escudos, puestos a modo de caparazón, por los huecos, entran saetas de marfil y plata. Sus corazas, al ardiente roce del sol, nos deslumbra, haciendo difícil calcular a qué distancia se encuentran. No mucha, pues desde el centro del batallón se escucha cuanto ordena el capitán enemigo, en una lengua suave, blanda, viscosa y empalagosa. Ninguno la entiende, del mismo modo que ellos no conocen nuestra lengua, por lo que es estúpido preocuparse. Tal vez si... pero no, ¿qué ventaja puede dar conocer la lengua del contrario, y su cultura y formas, en el campo de batalla?

Empieza la carga. Las primeras fichas se entrecruzan. Chocan. El muro de muertos hace difícil el avance. Desenvainamos. Un elfo penetra en las filas, pero es degollado al instante. Las espadas gritan. Olor a sangre. Ecos de huesos rotos y quejas de muertos. Veo un adversario. Levanto mi espada y pierde la cabeza. Sigo corriendo. Otra carga de flechas cae sobre nosotros. Otra, no sé quien a disparado esta vez. Corro. Tropiezo con un cadáver. Con uno de los puñales hiero a otro enemigo en la pierna. Me levanto rápido, sin mirar si el muerto es nuestro o suyo. Un grito familiar. Mi hermano corre a mi lado, sin cabeza, hasta desplomarse. Algo me golpea desde atrás. Caigo, me sangran los ojos. Me levanto, paro un golpe enemigo. Algo le golpea desde atrás, pone los ojos en blanco. Cae sobre uno de mis puñales. Saco el puñal. Me lo quito de encima: apenas pesa. Sigo corriendo. Parada, finta, estoque, otro menos. Parada, finta, giro estoque, y otro. Parada, finta, giro...

Algo me golpea en el hombro. Acto seguido, una flecha me atraviesa la pierna, haciéndome caer. Los Olifantes cargan contra nuestros adversarios, antes de que una flecha me atraviese la garganta, y me haga morir en la Dagorlad, mi primera batalla, mi última guerra. Mi última visión, Nuestro Señor, Sauron, a quien se adora en las ciudades, que viene en nuestra ayuda. Mi último pensamiento, el viento.
 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 25-06-2004 Hora: 17:21
Ha sido genial, te felicito. La verdad, me ha llegado

Fecha: 02-01-2004 Hora: 17:10
Buen relato Baranduin, me ha gustado la temática y el punto de vista poco corriente. De la técnica huelga decir nada..
Que no sea el último!

Fecha: 25-12-2003 Hora: 23:56
Es bastante interesante. Se lee fácil, y como no tiene fallos técnicos, todo depende de la pericia del escritor para que sea un buen relato.
Tiene una clara estructura en dos partes, y la narración pasa de descriptiva a reflexiva, para volver a describir, cuando el final se hace tan inevitable como la muerte del protagonista. Juega con la previsibilidad del final para el que se nos prepara durante todo el relato. Y sobre todo muestra otra cara de la guerra, y de una famosa batalla, cosa que no se da mucho por estos lares.
Con esa entetenida e intensa base y una narración correcta, mi parecer me dice que estoy ante un relato notable.

Fecha: 23-12-2003 Hora: 21:26
opino igual que Nessorne.. nada que decir

Fecha: 23-12-2003 Hora: 15:56
Vaya... me ha dejado impresionada. Muy bueno sí señor