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CM II: Los Ojos que me miran
Capítulo 1
Por Baranduin
 
No estoy loco. Lo juro. No estoy loco. Son ellos. Me persiguen, aunque nadie los vea. Yo sé que están ahí. Acechando. Indagando. Vigilándome. Ellos, los temo. Los odio. No me dejan solo. Al despertarme están ahí. Y ahí están cuando me acuesto. Y estoy seguro de que mientras duermo siguen mirándome, indagando en cada uno de mis sueños, induciendo mis pesadillas... Los odio, oh, sí.

Dicen que todos sentimos alguna vez estar vigilados. Como si unos ojos nos horadasen la nuca, escrutando nuestros más íntimos pensamientos. Como si unas orejas oyesen cuanto decimos, escuchasen cada palabra, y que por ello bajamos la voz. Como si una mano tocase las cosas al tiempo que nosotros las tocamos, y que por eso las retiramos. Oh, sí, algunas veces. Pero no siempre. A mí, siempre están tras de mí. Acechando algún error, seguro. Yo no soy sino un simple encargado. No sé por qué me vigilan, por qué me acechan. Nada malo hice. Y de pronto, llegaron ellos, y poco después los generales. Me dijeron que por el Altísimo había de ir hacia el Este, a batallar. ¿Por qué? No lo sé. A coger esclavos, se supone. Pero yo les hago trabajar, no los capturo. Cuando lo dije, los ojos se abrieron. Y no me soltaron. Siguen ahí, clavados fijamente. Rojos. Inyectados. Odiantes y odiosos. Odio, eso es cuanto siento. Y miedo. Mucho miedo. Pero no estoy loco. Lo juro.

Pensé que si me alejaba, si realmente iba a Este, me dejarían. Pero no me dejan. Entramos en batalla, y entonces sentí la voz. Lo sé. Una voz dentro de mi cabeza. Me decía cuanto hacer, cuando girarme, cuando matar. Matamos a muchos, y bajamos al Sur. Hacia el enemigo. Lucharíamos contra la Sombra de los Enemigos. Y luchamos. Y los ojos me seguían mirando, y la voz aparecía en cada batalla. Decían los generales que estábamos ganando. Y ciertamente, vencíamos. Batalla a batalla. Ganábamos. Y seguíamos avanzando. Por el Este y por el Oeste, vencíamos a cada enemigo. Y seguíamos vivos. Los del Sur perecían a nuestras manos. Abandonaban sus campos. Nos temían. Y nosotros a ellos. Pero yo sobre todo temo esos ojos. Los odio. Y a la voz, que me dicta todo cuanto acabo haciendo.

Lo he comentado con la compañía. Todos sienten los ojos. Pero nadie les hace caso. Ellos son soldados, están acostumbrados. Yo no lo soy. Yo no capturo esclavos. Y ellos me persiguen, a cada paso. Ellos, los ojos. Los odio. Sí. Todos oyen la voz. Es el Señor, dicen. Pero no quieren hablar de ello. Nadie quiere. Porque están ahí, lo sé. Al día siguiente llegó la mano derecha del Señor. Eran los Ojos. Aquellos ojos, aquella voz. Rojos, envueltos en obscuridad. Sangre y fuego, mezcladas con odio. Odio pavoroso y terrible. No estoy loco, pero creí enloquecer. Nos ordenó coger nuestras capturas, y desmembarlos vivos. Había muy buenos esclavos ahí. Todos fueron masacrados. Y los ojos se clavaban en mi nuca más y más. Los odiaba entonces. Y los odio ahora. Lo juro. Los odio.

Nos hicieron subir al norte. Por lo visto, había problemas en el castillo. Subíamos, y decidí huir. Me alejé. Una noche. Salí. Me fui. Los Ojos me miraban, burlones, y la voz me decía qué ocurriría. Sí. Se reía por mi osadía. No les hice caso. Tal vez se equivocaban. Me fui. Me alejé. Salí a las Montañas. Me interné en ellas. Y mientras, los ojos se clavaban en mí. Sabían donde estaba, pues veían lo que yo veía. Un trueno. Dos truenos. Los ojos desaparecieron de repente. Las Estrellas temblaron en los cielos. Tenía miedo. Mucho miedo. No podía moverme, y me quedé ahí, quieto, mientras las estrellas caían hacia el Norte, con carros de fuego sobre las montañas. Los mares rugieron, lo juro. Los oía. Las tierras empezaron a quebrarse con el amanecer. Me quedé paralizado. Terror. Odio. Odiaba a los Ojos. Me habían dejado solo, y la Voz no aparecía. ¿Qué debía hacer? Yo manejo esclavos, no sé nada de estas cosas. Pero nunca había visto nada tan terrible. Oía gritos por todas partes. Y las tierras se quebraron. No sé cuando. Se quebraron. No estoy loco, lo juro. Se abrieron de par en par. Las aguas, el mar, empezó a inundarlo todo. Nunca había visto el mar. Era terrible. Los llanos se inundaron. Los bosques. Todo. No estoy loco. Se inundaron. Es cierto. No estoy loco. Los Ojos me miraron, iracundos. Ellos lo estaban haciendo. Pero estaban allí. Les pregunté que qué había de hacer. Ellos siempre me lo decían. Lo que quieras, me contestaron. Pero... ¿qué yo? Los Ojos tenían miedo también. Su obscuridad brillaba, era metálica como un crepitar. Y los Odie, por no decirme nada. Estaban allí, y yo no sabía nada. Y salí de allí, corriendo, dejando mi cimitarra. Mi armadura. Todo. Los odiaba. Corrí al Este, porque las aguas no me tocasen. Y la tierra entonces se resquebrajó. ¿Cómo salir de allí? Los Ojos estaban cerrados. Me miraban, a través de la Nada, pero no me prestaron atención. Un monte se partió, como un hachazo. Corrí. Salió una de las Bestias del Señor, un Dragón enorme. Y el viento lo arrastró hacia el Mar, y las aguas lo ahogaron. Corrí, durante días. La tierra se partió. Los odiaba. Habían destruido nuestra Tierra, que los Elfos llamaban Beleriand. También odiaba a los Elfos. Pero más a los Ojos. Ellos habían sido los culpables. La Venganza de la Luz había llegado.

Crucé las montañas. No sabía que hacer. Me tumbé, pues estaba cansado. Lloré. Estaba solo, en realidad. Los Ojos se habían ido, para siempre. Lo sabía. Ya no habría más ojos. Se habían ido. Ya no estaba loco. Pero tampoco había Voz. No sabía que hacer. Odiaba a los Elfos, ellos sabían que hacer. Ellos no tenían Ojos detrás. Odiaba a los Hombres, que eran amigos de los Elfos. Odiaba a los Enanos, pues ellos también eran libres. Aunque todos fuesen snaga-hai. Los odiaba. Odiaba a los árboles, que no tenían que elegir, y odiaba las luces, que me herían en la mirada. Odiaba a los de mi raza, a todos los orcos, pues ellos me odiaban también a mí, y sentían lo mismo pero hacían distinto. Pero sobre todo, odiaba a Nuestro Señor, el Altísimo Obscuro, porque me creó. Porque me dio la vida, la más cruel de las existencias. Y cuanto más lo odiaba, más me odiaba a mí. Porque yo era obra suya.

Corrí con todas mis fuerzas hacia un risco. Salté. Ya nunca odiaría. Ya nunca más me odiaría. Ya nunca más.
 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 17-01-2004 Hora: 00:43
Me ha encantado. No tengo palabras, es más que precioso, es un relato que tienes que seguir leyendo, te engancha y no te suelta hasta que acabas de leerlo. Eres un gran escritor, desde luego.

Fecha: 16-01-2004 Hora: 22:37
Wooo!!! O_O Me encanta! Me encanta! Hacia tiempo que no leía relatos tan buenos (bueno, la verdad desde el ultimo que pusiste pero no me dejaba poner opinion ) Me encanta, esta perfectamente relatado, no me ha aburrido... y es de esos relatos en que los pensamientos se ven reflejados en el texto en todo momento. Veo que a parte de buen lingüísta y buen... bueno, de todo, sabes escribir muuuuuy bien. Wooo!! Esperaré con impaciencia otro relato asi... de mientras, brindemos por ti!

Fecha: 13-01-2004 Hora: 14:29
Corroboro lo dicho por Silon referente a la nota del autor. El escrito debería hablar por sí solo, cosa que logra, con lo que no merece la pena avanzarlo.
Está escrito de una manera bastante correcta y me encanta la perspectiva que utilizas: todos sabemos de lo bueno de los venecedores pero de lo malo de los vencidos nada de nada.
Por otro lado, llegas a sentir pena por el orco aunque sea de la calaña del Señor Oscuro.
Quizá (creo)sería oportuno separar un poquillo los parágrafos y extenderte en algunas situaciones para que el lector no se perdiera pues pasan muchas cosas en un corto espacio narrativo.

Fecha: 13-01-2004 Hora: 00:05
Segunda entrega de las "reflexiones de guerra" de baranduin. Esta quizás más desgarradora que la anterior, pero de similar corte. Parece empeñado en querer hacernos reflexionar sobre la otra cara de la guerra: la de los enemigos, la de los queno aguantan la presión y mueren, ya sea bajo la armas o bajo su propio pesar.
Ya no sorprende tanto como el otro y quizás se hace un poco anodino. Está correctamente narrado y no aburre, eso desde luego. Dar que pensar no es una tarea fácil, pero no se le puede negar ese mérito.
Lo que no me gusta nada es la nota del autor, pues pienso que los relatos deben hablar por sí solos.