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CMIV: ¿Por qué?
Capítulo 1
Por Baranduin
 
¿Por qué? ¿Por qué resuenan las espadas? ¿Por qué suenan los pasos marciales por las calles de nuestra bella ciudad, por nuestros amplios malecones y nuestras pequeñas casas? ¿Por qué incendia el Fuego nuestros campos, la Sangre riega nuestras cosechas, y la Espada nuestros cuerpos cercena? ¿Acaso es mejor matar que vivir en paz? ¿Nos habremos equivocado, seremos nosotros los erróneos?

Gritos de terror y de mandato, de dolor y de satisfacción, de desolación y de placer. Chillidos de las espadas, de las bisagras de las puertas y de los pocos animales que escapan. Pánico, dolor, ¿acaso les hacen mejores? No creo que matar sea mejor que morir. Y moriré y mataré si es preciso por defender lo mío. El resto, perdido está entre el barro de la sangre y el polvo.


No sé, ni quiero saber, ni entiendo, ni quiero entender, la causa de toda esta sinrazón, de este tormento abrumador, que como lluvia de fuego o como gélido relámpago se ha cernido sobre nosotros. De repente, justo tras la Orden, ellos aparecieron, y por seguir la Orden pereceremos nosotros. Tal vez un buen descanso nos espere allá donde van las Almas, todas ellas, para volver presto renacidos. Pues el cuerpo inútil será, y poco factible que alguien pueda volver a ocuparlo. Pero aún así, habremos perdido lo más estimado por nuestros cuerpos, lo más deseado por nuestras almas, el trabajo de cientos de yéni y de cientos de lágrimas y sudores... y ahora, sangre. Bajo el precio parece que fue durante su construcción, o ruines sus principios o sus fines. Y bajo las aguas descansará nuestra más preciada obra si acaso ellos a tocarla llegaren.
Pues aún los más pacíficos tenemos sangre en las venas y fuego en el espíritu, si bien no tanto como quien les comanda, y podemos tomar decisiones arriesgadas y violentas. Como aquellos que ahora esgrimen armas, inútiles palos de escarcha contra los cálidos hierros manchados de sangre. Sangre inocente.

En la nao adyacente resuenan gemidos de sufrimiento. Allí mora una señora madre de dos criaturas. Dos niños, de corta estancia en el mundo, apenas un año de los Valar el mayor. No se oye a los pequeños. ¿Acaso son por matar indefensos mejores seres? Un golpe seco: la buena señora, aquel ángel de caridad, al suelo ha caído. Y a rastras suben tres cuerpos, golpeando las escaleras, acaso para asegurarse de que están bien muertos antes de lanzarlos por la borda. Otra nave más ha caído en sus manos. La mía no caerá.


Este es mi último lugar. Mi casa, como el resto de la ciudad, probablemente sea pasto de las rojas bailarinas de negros velos que prendieron ellos. Mi hogar en la tierra, pues en la Mar tengo este navío. Mas me es imposible el hacerlo navegar, pues si salieren a cubierta mis carnes se verían al momento invadidas por sus cuchillos. No podré desplegar las velas, ni virar el timón. Tampoco alejarme, como muchos de los míos, hacia el Sur y hacia el Este, internándose entre los arrecifes, allá donde seguir no me pudieren. Y no podré hacerles frente, pues en número y habilidad me superan, y la calidad de sus armas es mayor que la de mis viejas vigas. Y yo no soy un hombre de armas, sino un simple pescador y comerciante, constructor de barcos y arquitecto de navíos, cantor, y Rezagado. Pelearé, como otros muchos pelearen y pelearon, pero a mi manera. ¿Qué conseguiré? Mi trabajo no será manejado entre sus manos. Mi obra no será mancillada por su espíritu. Mi cuello no será cercenado por sus aceros. Ni mi alma habrá de responder por sus acciones. Ellos, simplemente, paseaban por allí cuando tuve un accidente. Fatal accidente, sea todo dicho.


Coloco el último barril. Está todo preparado. Mi mente, calma ahora, recrea la escena. Un reguero que recorre toda la nao, con cuatro barriles: popa, babor, proa y estribor. Y en el centro, frente a las escaleras, de cara a los Noldor que bajen para tomar posesión de esta alma mía, mi barco, yo, esperándoles, sonriendo.


Pasos en la cubierta. Son cinco. Y al abrirse la puerta, hago caer el candil, que prende la mecha, antes de ver, en la cara del Teler que entraba, el alivio por la marcha de los Fëanorianos. Y antes de que todo estalle, me pregunto: ¿Por qué?
 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 09-03-2004 Hora: 14:29
Wooos, de nuevo en un relato tuyo. Pero no sé que decir... me repitiria con Silon! (que conste que no me copio) pues que decir... tan bueno como de costumbre. Venga, continua tu larga serie de relatos!! (a ver si el proximo llego antes )

Fecha: 06-03-2004 Hora: 14:08
Qué decir, la técnica la dominas como nadie. Creo que pocos se expresan como tú aquí, así que un relato tan expresivo (y reflexivo) como este en ningún momento se te va de las manos.
Tratas un poco el mismo tema de los últimos cuentos, pero desde el punto de vista del ciudadano de a pie que sufre la guerra. No podía faltar en tu colección.