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El camino
Capítulo 2
Por Aldor
 
Un estremecimiento de inquietud me recorrió el cuerpo cuando abandoné la casa que había sido mi morada durante años y el único refugio de nuestro amor. Ahora la abandonaba con sigilo, bajo la protección de la oscuridad, tratando de que la envejecida puerta carcomida y gastada no chirriara como siempre hacía y que el caminar de mis grandes botas apenas se percibiera sobre los ruidos de la noche. Afuera hacía frío y un viento seco soplaba del norte. Adentro ella dormía bajo las cálidas mantas que yo mismo había curtido el pasado otoño...; este juego de contrastes entre la frialdad de mi inmediato futuro y la calidez de lo que dejaba, propició que un halo de culpabilidad cruzara antes mis ojos como un fantasma, haciéndome dudar sobre la oportunidad o no de la empresa que me proponía a emprender; un hondo suspiro fue mi única respuesta..., la decisión ya había sido tomada y no era el tiempo de echarse atrás.

Apenas tres jornadas me separaban del Bosque Cerrado con lo que si todo iba bien, pensaba, en una semana estaría de vuelta y todo quedaría aclarado... Llegaré como me he ido, me dije, sin que se de cuenta, y tras sorprenderla con un beso en los labios le diré: “Amada mía, nada tienes que temer del bosque, sus árboles desde luego son recios y antiguos, y en su corteza se muestran las arrugas del tiempo que es fuente de su poder, sus ramas son frondosas y espesas, y al suelo sólo llega el día en jirones de luz, sus raíces se adentran profundas y con fuerza en la tierra...., pero, sin embargo, su esencia aunque indescifrable para nosotros no es de por sí malvada, como tampoco lo es el río, que nos da el agua para el cultivo, pero que de igual modo nos puede destruir con sus crecidas. Tus temores son sólo malos sueños que nunca se cumplirán, el único mal que pudiera pasarnos es que dejáramos de amarnos y eso nunca sucederá, porque para mí el Sol nace sólo para iluminar tu rostro, y se oculta sólo para que tu puedas ver las estrellas... ” Ella entenderá y nuestra vida volverá a ser tan tranquila y apacible como siempre ha sido.

Este pensamiento logró convencerme de que lo estaba haciendo era lo correcto y así, con paso firme y seguro, avancé hacia el sur a un buen ritmo durante la mañana de la primera jornada con el propósito de llegar lo antes posible a mi destino.

El camino al Bosque Cerrado se me presentó como un serpenteante sendero de apenas dos metros y medio de ancho, poco transitado y, por consiguiente. un tanto descuidado. No existían grandes desniveles por lo que el caminar, salvo por algunas ramas que el viento había hecho caer, era agradable y tranquilo. A sus márgenes crecían frondosos árboles y retamas mayores, sobretodo álamos, robles, hayas , enebros y alcornoques, que doblegaban sus ramas sobre el camino formando una preciosa bóveda verde, que sin embargo dejaba pasar la luz del día sin dificultad. Pensé que si alguien quisiera emboscarme le resultaría fácil hacerlo ya que un hombre robusto podría estar oculto en el recio roble que ahora dejaba a mi espalda y una ágiles arqueros podrían esperarme entre las ramas de ese frondoso abedul que me esperaba hay enfrente. Agarré con fuerza el hacha que colgaba en mi cinto aún sabiendo de la escasa resistencia que podría presentar ante semejante ataque como para que supieran, si estaban ahí, que estaba armado y no dudaría en defenderme. Quizá debiera ir campo a traviesa evitando los caminos y las emboscadas, me dije, pero quién sabe que otros peligros podría encontrar en esos lugares sin olvidar el peligro más probable de que me perdiera. Así que decidí que debía confiar en mi suerte y mi inteligencia, para que una vez planteado el problema saberlo solventar... En estos pensamientos estaba cuando mi estómago, tan poco acostumbrado al ayuno, decidió protestar..., así que decidí que el pequeño claro que entonces atravesaba, era tan buen lugar como otro para descansar y comer algo. Me aparté del camino y dejé mis cosas bajo la sombra de un hermoso castaño. Cogí la cantimplora que llevaba y un cubo para ver si encontraba algún riachuelo cercano donde coger agua para un sabroso guiso de verduras y algo de liebre. No me resultó difícil, y en apenas unos metros más abajo encontré el inicio de un manantial de agua fría y cristalina. A la vuelta me pareció oír algo en el camino que yo acaba de abandonar. Me acerqué con sigilo tratando de que no me vieran y ocultándome tras un zarzal pude ver que una vieja carreta tirada por un escuálido mulo se dirigía hacia el sur por el camino. Me pareció que había tenido mucha suerte al haberme desviado del camino justo en el momento oportuno porque de esta manera había evitado un encuentro que aunque no parecía peligroso no podía asegurarlo. En esto me enorgullecía de mi propia inteligencia totalmente casual, cuando me di cuenta que bajo el castaño se encontraban mis cosas, incluido mi hacha, y si los ocupantes de esa carreta decidieran tomarlas sólo podría oponer un viejo cubo lleno de agua helada. Recé para que no vieran mis cosas abandonadas al lado del camino, y se ve que fue efectivo porque cuando más tarde me acerqué todo estaba tal y como lo dejé.

- No puedes ser tan descuidado, tonto zoquete glotón- me dije.- ¿qué hubieras hecho si te hubieras quedado sin provisiones? – refunfuñaba para mis adentros. - Muy bien, te quedaste sin almuerzo..., no es prudente hacer fuegos.

Me propuse que en lo sucesivo debía ser más cuidadoso, y como penitencia, unas tristes tortas de avena y maíz fueron mi único almuerzo. Estaba cansado y, pese a que mi estómago no estaba del todo contento, en el lugar que me encontraba estaba muy a gusto, por lo que decidí que una pequeña siesta no me haría ningún daño, y que cuando me levantara seguro que tendría más fuerzas para continuar viaje. Así que a la sombra del castaño, bajo una ligera brisa de poniente, caí bajo un profundo sueño, y, por supuesto, soñé con Ella.

Me desperté sobresaltado y algo desorientado al ver que alguien me zarandeaba. Raudo alargué la mano hacia mi hacha que descansaba a mi lado, y ya me disponía a descargar un hachazo a quien interrumpía mi sueño, cuando me di cuenta que ese ser desalmado sólo era una pequeña niña de unos 10 años, de cabellos rizados y dorados como el sol, con la cara enrojecida por un llanto incontenible.

- Ayúdeme, por favor- me decía. – Mi padre, venga, por favor, venga, ayúdeme. Mi padre- me repetía una y otra vez entre hipos y sollozos.

Dejé que el hacha siguiera descansando a una lado para no asustar aún más a la muchacha, y traté de calmarla como mejor pude. Cogí su cara entre mis manos, con los pulgares sequé sus lágrimas y la abracé como haces muchos años mi madre Costaza lo hacía en las noches de tormenta. Conseguí que algo se tranquilizara y entonces le pedí que me contara sin prisas que le pasaba.

- Mi..., mi padre está atrapado.... y no puede salir- me decía mientras hipaba.- ayúdeme,.. yo no puedo... yo sola no puedo sacarle.. ayúdeme, por favor.

- Esta bien, Tesoro. No te preocupes, yo te ayudaré. Llévame donde está tu padre.. y no te preocupes, que no pasa nada. Tú sólo guiame.

Me llevó por el camino durante no más de media hora que recorríamos lo más veloz que sus pequeñas piernas le permitían. Le pregunté que cómo me había encontrado y me dijo, que había visto mis cosas al borde del camino cuando pasaron, así que cuando se quedó atrapado su padre, sólo se le ocurrió el pedir ayuda al dueño de esas cosas, que, pensó, no podría estar muy lejos, como así había sido. Al girar, por el camino a la derecha después de una leve bajada pude ver la escena y lo comprendí todo. La desvencijada carreta que había visto pasar horas antes, se encontraba ahora volcada y bastante destrozada aún lado del camino, en el tramo inferior de una cuesta bastante pronunciada. No había rastro del viejo mulo, y multitud de trastos y ropas estaban diseminados uno aquí y otro allá a lo largo del camino. Los surcos marcados en la arena del camino eran claros por lo que pude hacerme una idea de lo ocurrido. La carreta había subido penosamente la cuesta tirada por la vieja bestia, y cuando estaba a punto de llegar a la cima, algo, quizá una serpiente, o cualquier otro animal, asustó al mulo que perdió las bridas, dejando que la carreta bajara desbocada cuesta abajo hasta chocar y destrozarse, por último, ante las piedras y árboles que había al lado del camino. La muchacha no había sufrido ningún daño salvo algún pequeño arañazo; sin embargo, su padre, ahora lo veía mientras me acercaba, había quedado atrapado bajo el armazón de la carreta oprimiéndole la mayor parte del cuerpo.

- Coge un cubo y trae un poco de agua – le dije.- quizá la necesitemos...- Mi cantimplora estaba prácticamente llena de agua, no obstante, pensé que sería mejor que lo que tuviera que hacer lo hiciera sólo, y de este modo, pidiéndola que fuera a por agua la mantendría ocupada y con la sensación de estar haciendo por su padre algo más de lo que ya había hecho.

Me acerqué con cuidado hacia el hombre que yacía bajo la carreta. Era un hombre fornido, de cabellos negros y lacios como el lomo de un visón, y con la piel morena y curtida por el sol. Su pecho estaba completamente oprimido por el peso de la carreta, por lo que supuse que ya estaría muerto, puesto que en esa postura le sería imposible respirar. Me disponía a tocarle al lado del cuello para ver si aún tenía pulso cuando emitió un quejido hondo como los suspiros del desamor y abrió los ojos. No podía hablar pero pude entenderle la mirada...., me suplicaba ayuda. Corrí hacia la maleza y recogí una de las ramas caídas por el viento, con ella hice palanca como tantas veces había hecho para mover los troncos demasiado gruesos, y con algún esfuerzo desplacé la carreta lo suficiente para liberarlo. Pude ver que su cuerpo estaba destrozado por los golpes y la opresión sufrida, así que, sabiendo que el mal ya estaba hecho, me acerqué a su lado para ver qué más podía hacer por él.

- Va-ni-a..., .... Va-ni-a...- balbuceó. Al principio no le entendía pero por su insistencia imaginé que se refería a la muchacha.

- Está bien- le dije. – Ha ido a por agua.- Volverá enseguida. ¿quiere agua?- le pregunté mientras sacaba la cantimplora de mi bolsa.- Tome, trague despacio.

En ese momento llegó la muchacha todo lo aprisa que podía con una vasija llena de agua que trataba de no derramar. Al ver a su padre con el cuerpo descarnado y aplastado, se le calló la vasija al suelo y corrió hasta abrazarlo. El hombre como pudo mesó sus cabellos y le dijo entre hipos y esputos:

- Se... una buena.... chica.- Y ella se lo prometió entre sollozos.

Después agarró su pequeña mano pálida como la nieve, que contrastaba entre la inmensidad de la suya tan curtida y morena, y como pudo la colocó sobre la mía. Ya todo estaba dicho. Me miró a los ojos como para asegurarse que había entendido. Cerró los ojos y expiró.

Durante horas permaneció Vania, que así se llamaba la muchacha, a su lado sin querer separarse y sin parar de llorar. La dejé sola junto a su dolor, mientras cavaba una tumba lo más digna que pude. Caía el sol cuando desposité el cuerpo amortajado en la fosa. Durante toda la ceremonia Vania no dejó de recitar unos versos cantados en lengua extraña pero bella, que no entendí pero que me sumieron en un mar de tristeza, y con la última paletada cesó su canto, y éste fue el signo de su Adiós. Sobre la piedra más grande que puse sobre la pila grabé uno de los nombres por lo que según me dijo Vania fue conocido:

- Yo siempre le llamaba Lido.- me dijo...- Le gustará que le recuerde con ese nombre.

Acampamos a pocos metros de la tumba, pues esa noche quería estar a su lado. “Ahora está durmiendo”, me dijo.”Déjame que por esta noche vele su sueño”. No le puse objeción, ¿quién podría? Me quedé junto a ella y por esa noche apenas hablamos. Y en aquel silencio que hasta las bestias nocturnas respetaron., no pude dejar de pensar que ahora yo era responsable de ella, una hermosa niña de doce años con el cabello rizado y dorado como el Sol; yo que nunca antes había querido el destino que tuviera hijos, y que no había tenido más responsabilidades que yo mismo y mi amor. Yo solo había partido hacia el Bosque Cerrado a desentrañar misterios, pero ahora las cosas habían cambiado..., ya no estaba sólo, ahora tenía una carga que no había pedido. No supe decidirme y pensé que con todo esa oscuridad no podía ver claro..., así que sumido en el silencio y mis pensamientos decidí que el nuevo día me iluminara antes de tomar una decisión.

(continuará)
 
Aldor
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 26-08-2003 Hora: 13:24
Da gusto leer cosas bien narradas, seguiremos al acecho de tu siguiente continuación...

Fecha: 19-08-2003 Hora: 01:01
Me ha parecido un relato fascinante, que atrae al que lo lee y le "obliga" a seguir leyendo. Contínualo. Ánimo!!

Fecha: 04-07-2003 Hora: 02:10
Muy bueno Aldor, si señor! nada mejor que mezclar el realismo con la fantasía, como dijo Maese Silon, no somos nadie..

Fecha: 03-07-2003 Hora: 07:28
Un ritmo rápido, supongo que para no alargarlo y que parezca una telenovela, pero de mucha mas calidad. Espiezas a dejar intriga en el relato.

Fecha: 02-07-2003 Hora: 17:13
Un poco tétrico, no? Hay que ver con qué facilidad se muere la gente, si es que no somos nadie. Buena narración, aunque quizás te daba pa explayarte un poco más, porque parece que el ritmo es innecesariamente rápido. En cualquier caso está bastante bien, continua que quiero ver que les ocurre, porque ahora con una niña...