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Relatos Marineros
Capítulo 5
Levando anclas
Por [sTuKa]
 
La brisa marina alborotaba la pelambrera de Amondil, desde que levaron anclas y dejaron atrás el puerto hace ya unas horas, no había cesado de hacerlo.
Encaramado en el puesto de vigía pudo vislumbrar como el Dama Lessith se alejaba de la costa hasta que ésta se confundió con el horizonte. Pese a que en la primera etapa de la singladura no se alejaría mucho de la costa, era preciso guardar una distancia de seguridad pues la presencia de bajíos, islotes y bancos de arena hacía extremadamente peligrosa la navegación.

Según palabras de Camlin, la línea costera occidental de Belfalas era muy agreste y complicada para la navegación, pero a su vez era muy bella, con sus elevados y escarpados acantilados donde moraban incontables aves marinas o sus islotes en los que las focas y leones marinos gustaban de reposar y darse baños de sol, por no mencionar las calas o grutas marinas formadas por el batir inagotable de las olas y de una belleza indómita.
Por el contrario, una vez pasado el cabo de Metrast, la navegación se tornaba más cómoda gracias a la desaparición parcial del incesante viento que azota la parte occidental. En esa costa los paisajes se suavizan dando lugar a la aparición de paradisíacas playas entre los acantilados, que también son menos imponentes que sus hermanos occidentales.

Su elevado y solitario sitial vino de fábula a nuestro joven protagonista para tratar de poner en orden su cabeza, pues sus últimas horas en Dol Amroth fueron especialmente intensas. Tan sólo cesaba en su empeño cuando avistaba algún islote o alguna vela y lo comunicaba al puente. Mientras rememoraba en su mente esas últimas horas en la capital de Dor-en-Ernil sus ojos escrutaban ávidamente el Mar, su amado Mar..

Tras la interrupción del torneo la gente volvió rápidamente a la ciudad y se agrupó en corrillos por toda ella, en todos los rincones encontrabas gente comentando las malas noticias: en los puestos de mercaderes, en las tabernas, en las ajardinadas plazas..
De cuando en cuando pasaban patrullas de soldados a pie o a caballo con evidentes signos de prisa, creando cierto tumulto y zozobra por el ruido de sus botas o de los cascos de sus monturas, sin duda acudían a la llamada de su Señor.
Toda la ciudad era presa de un anormal frenesí, la noticia había corrido más veloz que una flecha, los más jóvenes bromeaban y fanfarroneaban con el tema mientras que los ancianos, más sabios, les reprendían por sus rápidas y desacertadas palabras.
Pude constatar más adelante que desde hacía décadas no llegaban noticias de esta índole a la Capital, pero los adultos (más aún los ancianos) recordaban con cierto temor cuando las incursiones de piratas eran frecuentes y se preguntaban sino sería esto el inicio de una campaña de saqueos.
Nimrilien me condujo hacia su Posada pues deseaba conocer más detalles acerca de ese ataque de piratas, detalles que, dada la posición y contactos de su progenitor, sin duda éste ya conocería.
Así fue como, tras irrumpir ambos en el salón común de la posada y arrimarnos a una conversación que mantenían el posadero, el capitán Dairos y otros contertulios a los que no conocía, pero que por sus maneras y atuendos eran notables de la ciudad y entre los que destacaban un par de oficiales de la Marina de Guerra del Príncipe, pudimos conocer que la incursión tuvo lugar cerca de Endil.
A tenor de la conversación pude deducir que era una torre-vigía, empleada precisamente para prevenir ataques de este tipo, a medio camino entre donde nos encontrábamos y el cabo de Metrast.
El correo urgente enviado a la Capital proveniente de la pequeña dotación de la torre, explicaba que el ataque fue perpetrado por, al menos, 2 buques de dudosa procedencia aunque presumiblemente haradrim. Y que la hora elegida para ello fue al rayar el alba, aprovechando la vigilia de los habitantes y las brumas que les ocultaban. Desembarcaron y prendieron fuego a una próspera colonia marinera después de saquear, asesinar y tomar prisioneros, pocos fueron los afortunados que escaparon a tan horrendo destino.

Recordando esa parte de la conversación me estremecí en mi puesto pese a que el sol estaba en su cenit, no era frío, pensar en la posibilidad de toparnos con piratas y acabar mis días como remero en algún buque esclavista o galeaza haradan me provocaba escalofríos. Nunca en mis sueños y anhelos marineros imaginé tal posibilidad, hasta que escuché esa conversación en La Luna Gris de Dol Amroth...
Instintivamente me incorporé y cubriéndome con mi mano de los cegadores rayos solares oteé el horizonte en todas direcciones en busca de alguna vela o algún peligro, al tiempo que mascullaba:
- No me cogerán desprevenido, no..
Interrumpí inmediatamente mis pensamientos en voz alta al recordar que a las víctimas del ataque las sorprendieron durmiendo plácidamente, sin sospechar su triste destino, sin ninguna posibilidad de defensa, sin conocer que esa sería, probablemente, su última noche en su hogar...

Tratando de apartar de mi mente tan tristes acontecimientos, dirigí mi atención unos cuantos metros más abajo, hacia la cubierta del navío. En ella se afanaban los marinos en sus tareas, aunque muchos de ellos parecían ociosos aprovechando la ausencia del Capitán y su Segundo.
Pude divisar, semiocultos tras unos barriles, a Galdor y otros marinos formando un cerrado círculo. Probablemente jugando a los dados o algún otro de los innumerables juegos a los que mi compañero se había aficionado tanto para alegría de otros, pues ya se dedicaban a aflojarle peso a la nutrida bolsa con que su padre le proveyó.
Mis ojos se posaron a continuación en la parte delantera del Dama Lessith, quedé embelesado mirando como el casco del buque hendía las olas y avanzaba velozmente, gracias al embate del insistente viento que inflaba todo el velamen. Mientras seguía el imparable avance, pude disfrutar por unos instantes de los gráciles saltos de un grupo de delfines o ulmodili, como los llaman los marinos más experimentados.
Acompañaron al barco durante un trecho para alegría de aquellos asomados en esos momentos a la borda, contentos ante tan favorable señal. Nerumir, antes de zarpar, me explicó que esos animales son muy inteligentes y que por ello se les asocia a Ulmo, que nunca les hiciese ningún mal pues circulaban muchas leyendas e historias, que prometió contarme alguna noche, acerca de sus bondades con marinos naufragados o perdidos.

A mi el hecho de verles surcar raudos las aguas del Mar me produjo una desazón y melancolía repentinas, pues me hicieron recordar mis más bellos y tristes momentos en Dol Amroth, mi última tarde y despedida de Nimrilien.
Fueron unos momentos extraños, en los que se enfrentaron sentimientos contrarios, pues al día siguiente vería colmado mi deseo de surcar el Mar pero, por vez primera en mi vida, mi corazón no palpitaba plenamente por ese hecho. Una parte de él deseaba, ansiaba quedarse en tierra.. Alguien se había adueñado de esa parte.

Apenas terminada la conversación en La Luna Gris, el padre de mi bella guía le asignó unos quehaceres que le ocuparían parte de la tarde por lo que nos citamos al atardecer para despedirnos. Como lugar para esta última cita antes de zarpar escogimos la Ensenada de los Barcos Blancos, dado que ambos coincidíamos en el parecer de que era la parte que más nos agradaba.
En esos momentos la ensenada se encontraba casi sin buques atracados, pues con la noticia de la incursión muchos se hicieron a la mar en pos de los piratas tratando de dar con ellos y castigar su acción o inclusive devolver a algún prisionero a su hogar.
Paseando por el muelle nos cruzamos con muchas parejas o grupos de personas que acudían allí para ver los atardeceres, pues el espigón de la ensenada penetraba en el mar justo en la dirección por donde el sol desaparecía. Tal era su fama que entre los lugareños, según palabras de Nimrilien, era conocido como Paseo del Atardecer.
Tratando de buscar un lugar inmejorable para ver la caída del sol y, porque no decirlo, una mayor intimidad, decidimos subir a la cercana muralla y una vez allí encontramos un sitio perfecto.
El emplazamiento estaba situado justo en el extremo mismo en el que la muralla cesaba para dejar su lugar a un escarpado acantilado, contra el que apenas batían las olas al hallarse el mar en una absoluta calma.
Desde allí, además de gozar de una fabulosa vista del atardecer, también podía apreciar la ciudad en todo su apogeo por lo que la miré por espacio de unos instantes tratando de guardar en mi memoria hasta el más nimio detalle.
Allí permanecimos mudos, embriagados por la magnificencia del paisaje durante un lapso de tiempo de difícil cuantía, hasta que mi acompañante rompió el silencio con un susurro:
- Que caída del Sol más preciosa, con todas las que he tenido el placer de poder disfrutar nunca jamás había sentido una como ésta…
- Sí, preciosa…. – dije quedamente, mientras la miraba como nunca antes había mirado a nadie.
Ella, sin percatarse de mi lánguida mirada, prosiguió alzando algo el tono de voz:
- Estoy segura de que vuestra presencia a mi lado ha tenido mucho que ver en el especial disfrute de estos mágicos momentos – al terminar volvió su faz hacia la mía.
- Yo…ahora no deseo partir, quisiera poder ver más atardeceres como éste. Pero ante todo quisiera daros las gracias por compartir vuestro tiempo conmigo, un extraño, estos días. Han sido unos días especiales para mí, si me permitís la osadía querría que os quedárais con esto, como símbolo de mi gratitud y para que os acordéis de mí.. – dije mientras metía la mano en mi bolsillo y extraía mi presente – Es una Rosa de Mar, procede del lejano Harad y aseguran que es un fuerte vínculo de amistad y recuerdo, pues perduran toda una vida – expliqué tratando de recordar palabra por palabra lo que me había contado Camlin apenas unas horas antes, cuando generosamente me la ofreció como presente conocedor de mi precaria situación tras el asalto. – Se forman por la acción de la sal marina y otros elementos y después las suelen tintar para darles un mayor colorido, aunque ésta es completamente natural, no quería artificios en mi regalo. – continué explicando mientras se dibujaba en mi rostro una pícara media sonrisa al comprobar el efecto del regalo en Nimrilien, que sonreía mientras contemplaba la Rosa de Mar extasiada.
- ¡Oh, Amondil! Había oído alguna que otra historia acerca de las Rosas de Mar y su significado pero jamás se me habría ocurrido pensar que tal vez algún día sería la destinataria de una. ¡Mil gracias, es un estupendo detalle! Le buscaré un lugar preferente en mi cuarto para pensar en vos siempre que la vea – exclamó complacida Nimrilien. – Yo también he traído algo, aunque me temo que no es nada tan especial como vuestra Rosa de Mar.- dijo con su melodiosa voz al tiempo que alargaba hacía mi su delicada mano que portaba un colgante.
- ¡Vaya, es fantástico! ¿!Es un delfín verdad!? – exclamé jubiloso al contemplar su inesperado detalle.
- En efecto, según mi madre es un amuleto de buenos augurios. Me dijo que alguien lo dejó en la Posada como pago por los buenos servicios prestados, si os fijáis es de una manufactura extraña, muy cuidada y parece antiguo, aparte de eso mi madre no supo decirme más cosas sobre él. Desde hacía largos años adornaba mi cuello, pero creo que lo necesitaréis más que yo.. ¡jijiji! – rió tímidamente.
- No creo que deba aceptarlo Nimrilien, parece muy valioso, es… ¡extraño! Tiene unos caracteres raros e inscritos con gran precisión, su manufactura en general es finísima… ¡brilla incluso ahora que no luce el sol en plenitud, unos destellos azulados!
- Si lo se, ¡claro que lo aceptaras, es un regalo! – exclamó al mismo tiempo que con ambas manos cerraba el amuleto dentro de la mía - ¡Vamos! Está oscureciendo rápido y aunque esta ensenada es la más segura de la ciudad luego tendremos que atravesar otras zonas que no lo son tanto…
Al ver que mi cara cambiaba de color y se enrojecía por momentos, continuó diciendo:
- JaJa ¿Qué pensábais? ¿Qué no me enteraría? Amondil en esta ciudad eres tu el forastero, no se porque no me hicisteis caso o lo que es peor porque no me lo contasteis, podría haberos ayudado de alguna forma. Supongo que algo tendrá que ver en ello el sentimiento de vergüenza, tan exacerbado en algunos hombres, para con algunas cosas.
- Nimrilien, yo..
- Jaja ¡no digáis nada! – rió ella mientras tapaba mi boca con su perfumada mano.

Paseamos charlando de múltiples cosas, de mi viaje y su duración, de cuanto nos echaríamos de menos… hasta que sin darnos cuenta llegamos a la puerta de la posaba que regentaba su padre. Una vez allí, tras darnos un caluroso abrazo de despedida y de desearme toda la suerte del mundo, hizo ademán de entrar en el establecimiento cuando, de improviso, volvió sobre sus pasos hasta alcanzar mi posición, en la que permanecía afectado aún por el abrazo, y me estampó un beso para, acto seguido, sin darme tiempo a reaccionar desaparecer por el dintel de la puerta.
Mientras desaparecía por ella, aún me pareció escuchar su voz por última vez en aquella noche y en mucho tiempo:
- Ten cuidado y regresa pronto, te esperaré..
Busqué el colgante en forma de delfín que pendía de mi cuello, lo sostuve un momento frente a mí y lo besé.
- Volveré… - sollocé, dejando resbalar una lágrima por mi mejilla.

Esa noche, cosa obvia, no pude pegar ojo. Tenía un cúmulo de cosas en mente, pero primaba uno desconocido hasta la fecha, el amor..
Al amanecer, después de pasar una breve revista y aderezar los últimos cabos sueltos, levamos anclas y dejamos atrás el puerto lentamente. Traté de encontrar en el, cada vez más, lejano atracadero unos ojos que distinguiría entre mil, pero no los encontré entre el heterogéneo grupo de personas que acudieron a despedir al buque y su tripulación: esposas de marinos con sus respectivos hijos, camaradas, amantes..
Desalentado por la no presencia de Nimrilien y cuando ya me disponía a ocupar mi lugar en el extremo superior del mástil, en la última ojeada a la ciudad, me pareció distinguir una silueta familiar en el mismo lugar donde hacía unos horas nos intercambiamos regalos, sin duda era ella, Nimrilien había acudido a despedirse.
Un extraño sentimiento hizo presa en mí interior, una congoja indescriptible, las lágrimas afloraron a los ojos nublándome la última visión de ella.
Camlin, impertérrito tras la despedida, puso su encallecida mano sobre mi hombro y me dijo unas palabras que no creo llegue a olvidar:
- Amondil, grumete, ésta bien puede ser tu primera lección como marino y a la vez una de las más duras, la tristeza de dejar en puerto a los seres queridos…

Continuará, pronto..
 
[sTuKa]
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 27-05-2004 Hora: 15:50
Yo creo que se está haciendo un tanto lento el desarrollo de la historia, En cinco capítulos no se sabe aún qué ha motivado la historia, Entiendo que eso se ve aumentado por el formato de publicación capítulo a capítulo, pero tambiém hay que reseñar que está entrega en concreto es la que menos aporta. Muy romántica, eso sí... las bases están más que sentadas ya... me huelo una tragedia.

Fecha: 20-05-2004 Hora: 00:37
Emocionadita me he quedado...podía notar los pelillos de esa hermosa pelambrera al viento de Amondil En serio, me gustan mucho tus relatos, espero que después del quinto capítulo vengan muchos más ¿habrá boda? ¿Amondiles y Amondilas pequeñitas? Mis más sinceras felicidades señor Stuka.

Fecha: 04-05-2004 Hora: 18:42
Vaya!! esta genial! pero la verdad es que estoy deseando que empiece la acción de una vez!!! enga, ya del tirón poneos a escribir el siguiente capítulo!!! ¿como? ¿que se le rompió la pluma? No hay problema!! será por plumas!!! tenga, le regalo una gustosa!

PD: Siempre he pensado que en el puesto de vigía se tiene uno que agarrar unos mareos que no veas....