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CTMII: Carchammeth
Por Baranduin
 
Los niños jugaban en las riberas del río, al oeste de la Balsadera Pequeña. Entre risas, chapuzones y carreras, los chavales disfrutaban al máximo de los días de verano. Un viejo hobbit se acercaba por el camino que serpentea entre los montes. Algunos decían que tenía más de 120 años, y que había vivido mucho tiempo con la Gente Grande, y que había conocido las Mansiones de los Enanos de las Montañas, y que hablaba las lenguas de los elfos, y que había visto el Mar, y que... tantas cosas se decían de él que muchos no las creían. Él ni afirmaba ni desmentía, simplemente sonreía, recordando algún momento de su vida. Lo cierto era que había llegado al Pueblo Pequeño hacía unos pocos años, nadie sabía de donde, y que conocía muchas cosas... y sobre todo muchas historias. A cambio de estas historias, los demás hobbits le permitían, sin murmullos, vivir algo apartado del pueblo, dedicado a sus plantas (que conocía como ninguno) y sus pensamientos. También preparaba exquisitas comidas, condimentadas con especias que pocos conocían, y ayudaba o aconsejaba a quien se le pidiese. Así que los demás le dejaban tranquilo, con tal de que de tanto en tanto contase alguna de sus historias, ayudase en cocina, o colaborase en las labores del pueblo, cosas que hacía de buen grado. Era en resumen un hobbit apacible y bonachón, incomprensible para los demás, pero con buen juicio y mayor disposición.

Iorgolf se hacía llamar, y algunos decían que era un nombre dado por los elfos de los bosques. Caminaba con dificultad, según él por que un Lobo Gris le mordió en la pierna algún tiempo atrás, así que se ayudaba de un bastón de roble. Sonreía, mientras veía jugar a los niños. Hace muchísimos años, antes de que se construyese la Balsadera Pequeña, él mismo había jugado entre aquellas mismas rocas. “La gente cambia, pero no las costumbres”, pensó.
Los pequeños, al verle, gritaron de alegría, y corrieron hasta rodearle.
- Por favor, Iorgolf, ¡cuéntanos un cuento!
- ¡Uno de trolls de piedra! – gritó Urîzagar, agitando en el aire su espada de madera.
- ¡Una de los Viejos Marinos de los Días Antiguos! – dijo Bambrando, soñador imparable del mar.
- ¡No! ¡Nos va a contar una de tres elfas, que a las órdenes de el Gran Elrond, salvan el mundo – dijo Nilmithil.
- ¡Una de un pastor que mate a un gigante de piedra! – gritó Talatbôr, quien soñaba con ser algún día un pastor recorriendo el mundo con sus ovejas, y matando orcos con honda.
- ¡Dragones! ¡Enanos! ¡Las Montañas del Norte!
- ¡Una de elfas, porfa! – insistió Nilmithil, poniendo ojos tiernos, a punto de llorar.

Iorgolf reflexionó un poco. Ciertamente le convenía un descanso; lejos habían quedado ya los días en que podía montar en poney. Así que dirigió a los niños hacia unas piedras junto al río, y dijo:
- Este río, como sabéis, desemboca en otro más grande aún, el Río Grande. Un río muy largo, que nace en las Montañas de Hierro, muy al norte, y muere en el Gran Mar, atravesando reinos, bosques y ciudades. En uno de estos bosques, el Bosque Dorado, más hacia el Sur, oí una historia de una elfa, que conoció al Gran Trasgo de las Montañas... Pero bueno, empecemos por el principio.


“Carchammeth se llamaba la elfa, y vivía en el Bosque Dorado, como os he dicho, entre el Río Grande y las Grandes Montañas. Su abuela, Iornana, vivía en los prados, ora aquí, ora allá, buscando hierbas diversas, que Naneth, su hija, preparaba en el bosque para cocinar, curar, teñir las ropas, y a veces, hacer perfumes y fragancias; y su fama las precedía, y muchos elfos de la Última Morada, del Gran Bosque, de los Puertos, y de aún más lejos, llegaban para conseguir aunque sólo fuese una gota de aquellos olores, o una miga de aquel cram de exóticos sabores. Iornana conocía cada brizna y sus propiedades, por una larga experiencia, y todo cuanto sabía se lo había enseñado a Naneth.

Pero Carchammeth era joven, y prefería vagar por los bosques, cantar con los pájaros, perseguir a los conejos, o acudir montada en jabalíes a la frontera del bosque, donde los apuestos soldados hacían guardia. Para que al menos hiciese algo, su madre la enviaba cada tres días en busca de su abuela con pasteles de hojas, setas y pan, y varias noticias; y al volver, Carchammeth traía las hierbas y especias recogidas, para que Naneth pudiera seguir haciendo sus famosos preparados.
En verdad eran tan afamados que el Gran Trasgo de las Montañas sabía de ellas, y no podía sino desear saborear un conejo a la pimienta, o un ciervo al azafrán, cocinado con aquellas técnicas.
Así que envió a sus secuaces, para que raptaran a Iornana. Pero sólo Naneth y Carchammeth sabían donde se encontraba en cada momento, y ella era vieja, y sabía mucho, y conocía, mejor que nadie, los caminos y las montañas, y nadie la podía atrapar, aún cuando por casualidad la encontraban. Naneth, por otro lado, no salía nunca del Bosque Dorado, ni rebasaba las fronteras custodiadas por los temibles arqueros. Así que resolvió ocuparse él mismo de raptar a Carchammeth al menos, que algo sabría, y si fuese posible también a Iornana.

Por tanto, se apostó una madrugada de primeros de verano cerca del bosque, pero lejos del alcance de los arqueros, escondido entre las hierbas. Y cuando el Sol salió del todo, salió también Carchammeth, cantando viejas canciones de los Días Antiguos, de amores imposibles entre elfos y hombres. Cuando pasó cerca de donde el Gran Trasgo se escondía, este la salió al paso.
- ¡Caramba! ¿Es esto una elfa?
- ¡Vaya! ¿Eso es un Trasgo? Los creía más corteses. – respondió Carchammeth sin titubear.
- ¿Cortesía? ¿Para qué?
- Para pedir las cosas y así conseguirlas.
- ¿Y para qué pedir, si las puedo robar, o conseguir por la fuerza? ¿O crees que no podría quitarte esa cesta tuya?
- Antes de que me tocase, muy lejos estaría yo. No hay nada más veloz que los pies de un elfo, excepto, claro está, los de una elfa.
- No lo creo. Apostaría a que podría ganarte. Pero... bueno, hagamos la prueba.
- Lo siento, tengo algo deprisa, y no debería desviarme.
- No es necesario hacerlo. ¿A dónde te diriges, niña?

Carchammeth titubeó un momento. La habían dicho muchas veces que no se fiase de los trasgos, pero aquel tipo pequeño parecía inofensivo, y le caía bastante simpático. Así que finalmente le dijo la situación del lugar donde se encontraba su abuela. Y decidieron verse allí de nuevo, cada uno yendo por su camino. De modo que el Gran Trasgo tomó el Camino de las Montañas, mientras que Carchammeth fue por el de las Praderas.

El Camino de las Praderas era el más directo en realidad, y Carchammeth lo sabía. Así que no se preocupó mucho: bailó con las mariposas, hizo volar los dientes de león, hizo un ramo de flores para su abuela, y persiguió algunas golondrinas. Se resbaló y cayó sobre un manto de violetas, y allí se quedó dormida, y ya atardecía cuando despertó.
Mientras tanto, el Gran Trasgo tomó diversos atajos que solo los orcos conocían. Así, aún no era mediodía cuando llegó a donde se hallaba Iornana; quien, al oírlo llegar corriendo hacia ella, escapó, dejándole al Gran Trasgo un montón de telas entre las manos. Chasqueado, el Gran Trasgo pensó que aún podía atrapar a Carchammeth, y usarla tal vez como cebo para poder retener a las tres. La niña además sería un buen regalo para el Hechicero de la Montaña del Bosque Grande.

Atardecía ya cuando Carchammeth llegó al lugar. Sentado en una roca estaba el Gran Trasgo, totalmente cubierto por las ropas de Iornana. Y el engaño funcionó.
- Suilon anich, Iornana! Gerin i aes chîn, a pith Naneth anech. Naneth mern lais-en-ereg a lóth ‘aer...

¡Ay! Pero con esto no había contado el Gran Trasgo. Como siempre ocurre entre los elfos, ellos entre sí hablan en su propia lengua. No había entendido nada. Así que decidió hacer como que no había oído. Poniendo la voz más aguda y fina que pudo, que para algo había estado practicando toda la tarde, dijo:
- Llegas tarde, niña. Ya me tenías preocupada.
Carchammeth se extrañó. Nunca antes su abuela le había hablando en lengua común. Pero supuso que querría practicar, pues casi nunca la hablaba, y ya la estaría olvidando.
- ¡Ay, Iornana! Me quedé dormida, y no me di cuenta a tiempo. Lo siento...
- ¿Qué me has traído? – La interrumpió el Gran Trasgo, contento de que su ardid hubiese dado resultado.
- Dos pasteles de acebo, de esos que tanto e gustan, y algunas setas que recogió Ormaethor en la Ancha Escampada, y algo de cram que he hecho yo misma. – Su tono revelaba el orgullo de haber sido capaz de realizar correctamente esa compleja y difícil tarea. Y añadió:
- Pero Naneth, ¡qué voz más rota tiene!
- Me tienes muerta de hambre, y ha hecho frío estas noches. ¡Claro que tengo rota la voz!

Y el Gran Trasgo fue a coger la cesta, y su mano quedó descubierta.
- Iornana, Iornana... ¡qué manos más grandes tiene!
- Son para acariciarte mejor, mi niña.

Al volverse hacia Carchammeth, el Sol se reflejó en sus ojos.
- Iornana, Iornana... ¡y qué ojos más grandes tiene!
- Son para verte mejor, mi pequeña.

Y una tela se escurrió del cuello.
- Iornana, Iornana... ¡pero mira qué orejas más grandes tiene!
- Son para escucharte mejor, mi cielo.

Y resbaló otra tela, y otra, y otra más...
- A Iornana, Iornana, ¡qué dientes más grandes tiene!
- ¡Son para comerte mejor!

Y el Gran Trasgo salió de entre las ropas, y saltó sobre Carchammeth, que salió corriendo y gritando. Pero el Gran Trasgo acortaba distancias: estando tan cerca de la presa, no la dejaría escapar.

Una piedra surcó el aire. Esto no tendría la menor importancia si no fuese porque todos, hasta el Gran Trasgo, saben que las piedras no vuelan. Tampoco saltan cuando nadie las toca, ni caen del cielo como la lluvia. No hay nubes de piedras. Así que el Gran Trasgo, sabedor de todo esto, se volvió, mirando hacia donde había venido la piedra. Y a contraluz vio una pequeña figura: un hobbit. El Gran Trasgo los conocía, pues a menudo los cazaban algo más al Norte. El recién llegado tenía un báculo de roble en la mano, un zurrón de piel en el costado, y una honda de cuero que hacía girar despreocupadamente. Al ver que le miraba, le gritó:
- ¡Eh, tú! ¡Feo, te digo a ti! ¡Ven aquí, saco de pulgas! ¿O tienes miedo de enfrentarte con un hobbit?
- ¡Me haré unas orejeras con las plantas de tus pies! – rugió el Gran Trasgo. Y corrió hacia el hobbit.
Cuando estaba suficientemente cerca, el hobbit soltó uno de los extremos de la honda, y una piedra silbó... hasta su enorme cabeza. El Gran Trasgo se derrumbó, cuan largo era, a la vista de una multitud de elfos, encabezada por Iornana y Naneth, que habían salido en busca de Carchammeth, que se había escondido tras unas rocas allí mismo. Y llamaron al hobbit Gonchadron, “el Lanzador de Piedras” en su lengua, y fue el primero en entrar en el Bosque Dorado. Y allí permaneció hasta el final de la primavera...

Pero esto, me temo, es ya otra historia.”


Los niños permanecieron en silencio, esperando la continuación. Pero Iorgolf se había sumido en un mar de recuerdos. Pronto se percataron de que no habría otra historia, y con ese conformismo que solo tienen los niños, bajaron corriendo de la piedra a seguir jugando.
- ¡Yo quiero ser Iornaneth!
- ¡Y yo soy Carchammeth!
- ¡Pues yo soy el Gran Trasgo!
- ¡No! ¡El Gran Trasgo soy yo!
- ¡Que no!
- ¡Me pido ser Gonchadron!

Y así llegaron a las orillas del río, y siguieron jugando imaginando que recogían yerbas, y que mataban trasgos con honda.

Cuando volvieron a mirar la roca, ya no había ni rastro de Iorgolf. Junto a las ropas del inquieto Talatbôr había aparecido una vieja honda de cuero.

 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 08-01-2005 Hora: 23:41
La introducción y la conclusión me gustan casi más que la adaptación en sí. Pero sin duda el mayor mérito no es contar la historia con elfos y trasgos, sino hacerlo como Tolkien lo pudiera haber hecho, como nos mostró en el hobbit. Me quedo con el razonamiento de las piedras voladoras

Fecha: 29-10-2004 Hora: 22:27
Precioso, maese Baranduin, aunque me recuerda a otro cuento que escuche en mis andaduras por el este...

Fecha: 19-06-2004 Hora: 23:41
Maese Baranduin, aunque sea una adaptación y no un original, en cada cuento conseguís demostrar verdadera maestría con la pluma. El único fallo que le encuentro es quizás algo de lentitud en el desarrollo de la trama, pero la verdad es que no tengo nada que objetar.
Tomo nota del comentario de Elloith para un futuro no muy lejano XD

Fecha: 16-06-2004 Hora: 19:36
valla historia es muy buena y te mantiene entretenido un buen rato felicidades

Fecha: 11-05-2004 Hora: 20:41
Wuau, voy a engancharme a los cuentos de antaño... versión tierramediera Los imprimiré y guardaré para mis futuros pero no probables niños, a los cuales volveré mas frikis que yo misma (acaso es posible?) En fin, a la espera de nuevas aventuras de Iorgolf, Elloith Elenarë, comentarista de cuentos para PalantirVision de Bree...