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los pantalones de Sam
Capítulo 1
I
Por aerien
 
Sam estaba sentado ante su mesa en el estudio de Bolsón Cerrado, ante el se apilaban legajos, cartas y otros documentos en un ordenado caos.
La habitación era la misma que en el pasado usaron tanto Bilbo como Frodo para escribir. Nada había cambiado, bueno, algo si, se notaba que al nuevo propietario le gustaba tener todo ordenado. Por lo tanto había instalado en la habitación un gran armario de estantes.
Sam había organizado su biblioteca de una forma particular. En un lateral, cerrados tras un cristal protector, estaban los libros de Bilbo, de los que se sentía depositario, mas no propietario. En el otro lateral los de Frodo, también encerrados bajo llave, dada la gran cantidad de niños que correteaban por la casa.
Sam llamaba a esos libros “las cosas del señor Frodo” y los tenia en gran aprecio.
En la parte central, había una mezcolanza curiosa. Allí se encontraban unos libros sobre plantas que le había traído Merry de uno de sus viajes a Gondor, papeles de historia, libretas de cuentas de la administración de la casa, cuentos infantiles y hasta algunos libros en lengua élfica.
Entre todas esas cosas destacaba un estuche forrado en cuero rojo. Este contenía su mas preciado tesoro, el libro que escribieron Bilbo y Frodo y que ahora el debía terminar.
Había pasado mucho tiempo desde que Frodo partiera hacia el Oeste, los hijos de Sam se habían hecho mayores y algunos nietos correteaban ya por los salones de Bolsón Cerrado.
Aquella tarde se había propuesto organizar la correspondencia, un tanto abandonada desde la última visita de sus nietos, a los que había dedicado todo su tiempo.
Debía responder a una carta, pero las palabras se negaban a salir y el papel permaneció blanco durante bastante rato.
- Hay cosas sobre las que debería estar prohibido escribir – murmuró, aludiendo al tema de la carta, que no debía ser nada agradable.
Al cabo de un rato, Sam, con el ceño fruncido acabó de garabatear su firma en el papel y cerró los ojos aliviado.
Entonces oyó afuera, en el jardín, un ruido conocido, un ruido que le había acompañado durante largos años, el cliqueteo de unas tijeras de cortar césped.
Se acercó a la ventana desde donde se divisaba una esplendida panorámica del jardín, con sus parterres llenos de flores y al fondo los dos cerezos que él y su hija Elanor, a la que le enloquecían las cerezas, plantaron.
Sam, el pequeño de los Arenas, estaba cortando el césped bajo la ventana. Hacia algunas semanas que era aprendiz de jardinero y aun no dominaba mucho su trabajo, por lo que su mirada expresaba una gran concentración, mientras las tijeras se cerraban rítmicamente haciendo saltar briznas verdes a su paso.
El propietario de la casa golpeó con los nudillos el cristal y después abrió la ventana.
- Buenas tardes Sam – dijo – ¿Que tal va el trabajo?
El muchacho, que ostentaba el mismo nombre que él, levantó la cabeza y soltando las tijeras se puso en pie para saludar a su amo.
- Creo que voy encontrándole el tranquillo señor – dijo con una sonrisa.
Sam miró al chico, este tendría a lo sumo unos 18 años, delgado, pero con una complexión fuerte y una mirada y una sonrisa tan picaras que parecía un duendecillo de los bosques.
- continua, lo estas haciendo muy bien – dijo Sam – pero recuerda que bajo los árboles hay flores y no debes cortarlas.
El muchacho se sonrojó, se caló el viejo sombrero que se había quitado para saludar a su amo y prosiguió con su trabajo.
Sam se acercó a la chimenea, cogió su pipa del estante, donde se alineaban una serie de retratos ovales con las caras de sus hijos y la encendió.
Después se acercó otra vez a la ventana, se sentó en su sillón favorito y se dedicó a contemplar el jardín.
Desde la ventana redonda seguía los movimientos del muchacho mientras pensaba en el día en que lo convirtió en su aprendiz.
Hacia pocas semanas de aquello y Sam sonrió al recordarlo.
Era un día por la mañana, el había salido al jardín para recoger unos lirios para su esposa, se inclinó para tomar los mas hermosos, cuando, por el rabillo del ojo divisó algo que se movía tras la hilera de avellanos, allí donde crecían las fresas silvestres.
Se dirigió hacia allí, pensando encontrar a uno de sus nietos dando buena cuenta de los dulces frutos, pero se encontró cara a cara con ese chico.
Recordaba que lo había cogido por el hombro y que le había amenazado con avisar a sus padres de la clase de hijo que ellos tenían, como hacia siempre en esos casos.
Normalmente, cuando eso ocurría, los pilluelos se deshacían en disculpas, ponían cara de buenos chicos y pedían por favor que no avisaran a sus padres y entonces dejaban su jardín en paz durante unos días.
Pero en aquel caso la cosa fue diferente, el muchacho se derrumbó ante sus amenazas, palideció y cayó de rodillas.
- Por favor señor, no se lo digáis a mi madre. ¡No añadáis a sus penas la de saber que su hijo es un ladrón!
Sam se había sorprendido ante la desmesurada reacción del muchacho, lo había levantado del suelo asegurándole que no lo haría si el prometía no volver colarse en el jardín.
El chico le había dado las gracias llamándole grande y sabio y se había ido.
Al entrar en la cocina ese día encontró allí a su esposa, que le contó que el chico era Sam Arenas, el nieto de Ted, el mayor de seis hermanos.
Fred Arenas, su padre, había muerto hacia un par de años, ahogado en el canal de su propio molino, después de una de sus descomunales borracheras. El hombre había dejado perder la herencia de su familia, había arruinado el molino de sus antepasados y se pasaba el día en la taberna bebiendo y jugando con otros haraganes como el.
Su viuda había malvendido el molino y estaba criando sola a sus seis hijos, por lo que se veía, no iban muy bien de dinero, así que ella se dedicaba a lavar i coser para otros.
Rosa le daba ropa para lavar i coser, pues ella no había aceptado su ayuda si no era como un salario por su trabajo.
Todo esto lo había sabido Sam mientras sorbía lentamente un tazón de leche calentita y esperaba a que sus hijos, los pocos que aun vivían con ellos, se presentasen a desayunar
 
aerien
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 07-01-2005 Hora: 11:59
Buenas! Tal y como te dije, aqui estoy para leerme algun relato. No es que ande holgada de tiempo pero... me entró el gusanillo

En fin, a lo que iba. Realmente me encanta la forma que tienes de describir la vida de Sam, tiene un noseque que la hace muy creíble. Tal y como dice Silon, parece que hayas vivido allí Aunque no tenga demasiada trama, en este primer capítulo, he de reconocer que lo sabes llevar a la perfección, dándole un interés especial. Hmmm... no sé que más decir, paso al siguiente capítulo!

Fecha: 05-01-2005 Hora: 00:19
Yo creo que tú en realidad has vivido en la comarca y sabes todas estas cosas porque las ha visto. Si no no me explico cómo haces para que un relato tan familiar y tranquilo se convierta en entretenido. La clave puede estar en la suavidad de tu narración, en lo fácilmente que identificamos los paisajes, o tal vez a la correcta utilización de personajes ya famosos (con lo difícil que eso es).
Sin embargo esta vez le voy a poner un pero, y es que en este capítulo realmente no ocurre nada. Nos deleitamos con Sam, un personaje que nos encanta y que tú sabes hacer que nos gueste más, pero si alguien que no supiera de Sam leyera esto... ¿todo un capítulo para decirnos que conoce a un tocayo?