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los pantalones de Sam
Capítulo 2
Por aerien
 
Aquella misma tarde mientras daba un paseo por los campos el muchacho se presentó ante el. Llevaba en las manos un manojo de espárragos silvestres.
- Señor Gamyi- dijo, tendiéndole los espárragos – he pensado que ya se como puedo pagarle las cosas que me he llevado de su jardín.
Sam le miró interesado, preguntándose que le diría aquel pilluelo.
- Mirad, he pensado que podría trabajar para vos. Puedo acarrear leña, limpiar el establo, pintar la valla o cortar el césped y arrancar las malas hierbas del jardín.
Y después de unos instantes de silencio, en que su mirada se clavó expectante en el viejo hobbit, prosiguió:
- Solo seria hasta que haya pagado la cantidad de cosas ricas que me he llevado de vuestro jardín y de vuestro huerto. Aunque me temo que será bastante tiempo – terminó como hablando para si mismo.
Sam recordaba que le había preguntado si se había llevado muchas cosas, a lo que el chico respondió:
- Muchas señor, no pensaba que coger fruta fuera robar. Hasta que esta mañana vos me habéis llamado ladronzuelo.
Sam sonrió para si mientras recordaba las palabras que el bribón de Pip decía cada vez que entraba en un huerto ajeno.
- “¿Robar? No, yo no he robado nada. Solo he aligerado de peso unas ramas que iban a romperse con tanta fruta.”
También recordó aquella vez que el señor Coto, su suegro, pillo a Peregrin aligerando de zanahorias sus surcos y lo tuvo toda la tarde plantando patatas.
Recordaba sus finas manos llenas de ampollas que el tuvo que curar i vendar.
Y el enfado de Pip y sus planes para vengarse de esa tarde de duro trabajo, planes que luego nunca llevo a cabo.

Mientras Sam se encontraba perdido en sus recuerdos, el muchacho le miraba expectante, esperando una respuesta.
- Creo que tienes razón – dijo Sam al fin – te pondré a trabajar. Ven mañana temprano a mi casa.
La cara del muchacho se distendió en una amplia sonrisa y sus ojillos brillaron. Pegó un salto y dio una voltereta en la hierba.
- Que atolondrado – pensó en ese momento Sam – ¿Llevará sangre Tuk en las venas?
Pero lo que él no sabia era que el pequeño hobbit llevaba no tan solo sangre de los Tuk, sinó también de los Brandigamo y además, aunque solo fueran unas gotas, por sus venas corría sangre de los Bolsón.
De pronto, en medio de una pirueta, el chico soltó una exclamación y cayo de rodillas al borde del camino. Sam se acercó para ver que era lo que miraba con tanto interés.
Se trataba de una flor blanca con forma de estrella, que había sido pisoteada por las ruedas de un carromato y que yacía doblada en el polvo.
- Una flor élfica – murmuró el chico – que lastima que esté rota. No crecen muchas por aquí, su lugar preferido es bajo el árbol dorado, en el campo de la fiesta.
- ¿Te gustan las plantas? – pregunto Sam
- ¡Oh si! – le respondió el chico – aunque en mi pequeño huerto solo puedo tener las que sirven para comer, es demasiado pequeño y no hay sitio para flores, así que solo tengo un rosal y una mata de margaritas junto a la casa.
Sam levantó con delicadeza la pobre flor pisoteada.
- Aun podremos salvarla – dijo sacando la navaja del bolsillo.
Cavando alrededor de ella la desenterró con cuidado y la puso en las manos del chico. Luego cavo un agujero bajo un árbol unos metros alejado del camino y entre los dos plantaron en el la flor blanca. Sam, el pequeño, fue hasta el arroyo y trajo entre sus manos un poco de agua para regarla.
- Espero que sobreviva – dijo – es una flor tan hermosa.
En ese momento Sam tuvo una idea, enseñaría a ese chico a ser un buen jardinero, pero no le dijo nada al muchacho.
- Oye Sam. ¿Porque te llamas Sam no? – preguntó al chico – ¿tu que quieres hacer cuando seas mayor?
El chico se sorprendió de que Sam conociera su nombre.
- Si señor, me llamo Sam, mi madre me lo puso por vos. Dice que sois el hobbit mas importante y el mas famoso de toda la tierra media. Aunque todo el mundo diga que los más importantes son el Señor Meriadoc Brandigamo y el Señor Peregrin Tuk – sentenció el muchacho.
Sam intentó decir algo, pero el muchacho no le dejo.
- A mi me gustaría ser como ellos y como vos, salir a ver el mundo. Pero teniendo en cuenta que y quien soy me contentaría con poder tener un jardín tan hermoso como el vuestro. Creo que con esto seria feliz...
Sam tomo una calada de su pipa, emitió un anillo de humo y se rió por lo bajito recordando la cara del chico al día siguiente cuando el le anunció que lo tomaría de aprendiz de jardinero.
En aquel momento entró la señora Rosa con un cesto del que asomaban las agujas de tejer.
- ¿De que te ríes cariño? – preguntó ella
- ¡Oh, de nada! – contestó Sam – solo estaba recordando como fue que el pequeño Arenas acabó de aprendiz de jardinero.
- ¿Y eso te hace reír? – preguntó ella extrañada mientras se sentaba a su vera y sacaba su labor.
- Recordaba su cara cuando le dije que iba a ser mi aprendiz., su expresión de sorpresa era tan cómica – contestó el con una sonrisa de oreja a oreja.
- Es un buen chico – contesto Rosa – y muy trabajador, no como el haragán de su padre.
- Y honesto – contesto Sam – cuando le di su primer sueldo se sorprendió, pensaba que trabajaría de balde.
- Y se empeño en devolverte una parte en pago de las cosas que había hurtado del jardín – dijo ella – y tuviste que mentirle diciéndole que ya lo habías descontado de su sueldo para que se quedase tranquilo.
- Haremos un buen jardinero de el – sentenció Sam.
Rosa asintió con la cabeza mientras sus dedos movían ágilmente las agujas.
Sam tomo otra calada de su pipa y se quedó en silencio contemplando el jardín
Afuera se oía el rítmico claqueteo de las tijeras acompañado del piar de los pájaros que anidaban el.
De pronto se oyó el sonido de una tela al rasgarse, las tijeras cesaron de golpe y el muchacho lanzó una exclamación.
- ¿Que ocurre Sam? ¿Te hiciste daño? – preguntó Sam Gamyi preocupado.
- Oh no señor. Solo es que... – balbuceó el chico.
- Ven, acércate, ¿que es lo que te ha ocurrido entonces?
El muchacho se acerco titubeando, vestía una vieja camisa manchada de verde por la hierba y unos pantalones un par de tallas grandes que se ataba a la cintura con un cordón. Eran unos pantalones gruesos, aptos para trabajar, pero ahora lucían un considerable siete a la altura del muslo.
- no ha sido nada señor, me enganché con un clavo de los de guiar las enredaderas – contestó el pequeño.
Sam miro al mozalbete que intentaba ocultar el roto en los pantalones con una mano y sonrió
- Te habrás hecho un buen rasguño en la pierna entonces – dijo Sam – ven entra que te curaré.
El muchacho obedeció sin rechistar entrando en la casa
Rosa salió de la habitación y volvió al momento con una jofaina y cosas para curarle la herida al chico. Cuando iba a hacerlo, Sam le dijo que el lo haría, que no se preocupara.
Rosa se fue diciendo que iba a ver si encontraba algún pantalón de los muchachos que le valiera al chico, porque con ese roto no podía ir por ahí.
Mientras Sam curaba el pequeño rasguño en la pierna del muchacho, este miraba extasiado hacia la biblioteca.
- que cantidad de libros – le oyó murmurar Sam – que de historias deben contar.
Una vez curado, el muchacho se acercó a los estantes y se quedó mirando los libros.
Sam se acercó a el.
- ¿Te gustan los libros? ¿Sabes leer? – preguntó.
- Si, se leer, mi madre me enseñó – contestó el chico
Entonces Sam saco un libro del estante, y se lo mostró al muchacho.
El pequeño Sam se miró las manos manchadas de hierba y tierra. Se acerco a la jofaina y se las lavó.
Entonces, con las manos limpias, tomo el libro para mirarlo.
- Son canciones, poemas – dijo en un susurro – leyendo con avidez unas cuantas líneas.
- Son los poemas del señor Bilbo Bolsón – el fue quien me enseño a leer.
Contestó Sam.
El muchacho fue hojeando el libro con ojos ávidos. De pronto encontró algo que le gustó porque sonrió con complacencia.
- ¡Oh señor Sam es élfico! ¡hay palabras en élfico en este libro!- dijo emocionado.
Sam miro la pagina que le mostraba el chico, en ella estaba escrito un poema usando las Tengwar y a su lado estaba la traducción. Se trataba de una de las traducciones de Bilbo de las canciones elficas de Rivendel.
En ese momento entró la señora Rosa con un montón de ropa en las manos.
- Ven Sam, vamos. Tienes que cambiarte estos pantalones.
El muchacho la siguió por el pasillo acarreando la jofaina que el señor Sam había usado para lavarle la herida.
Cuando se quedo solo Sam Gamyi recordó algo, las tijeras se habían quedado fuera, en el jardín. Si no las recogía se quedarían allí y se estropearían. Así que salio a buscarlas.
Cuando llego al lugar donde estaban vio que solo quedaban un par de metros de hierba por cortar, justo la que estaba debajo de las enredaderas y arrodillándose tomo las tijeras y se puso a hacerlo.
Cuando acababa de terminar vio a Sam que salía de la casa, llevaba un bollo en las manos y corría azorado hacia el.
- Venia a guardar las tijeras. señor – dijo sin aliento – me las deje aquí afuera antes.
- No te preocupes , las cogí yo – contesto Sam
- Gracias – dijo el chico – si se llegan a quedar fuera se hubiesen estropeado.
- Vamos a guardarlas en su sitio y a merendar que me ha entrado un hambre - contesto el viejo hobbit
- Yo estaba haciéndolo cuando me acordé – respondió el chico.
Sam tendió las tijeras al muchacho con ceremonia, como si se tratara de una espada y el chico con una reverencia las cogió y las colgó en su lugar.
Luego se dirigieron risueños a la cocina.
 
aerien
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 07-01-2005 Hora: 12:20
No sé que decir... te lo comento todo al siguiente capitulo!!

PD: es que no puedo esperar

Fecha: 06-01-2005 Hora: 17:26
Se dirigieron risueños a la cocina... ¿y a dónde no van risueños tus hobbits dulce aerien?
No se puede tachar tu texto (salvo por los despistes derivados del catalán), pues es muy armonioso. Se lee tan bien que aunque estuvieras contando la lista de la compra entretendría, pero no por ello deberías renunciar a trabajar el argumento.