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CMV: Treinta Segundos
Por Baranduin
 
- ¿Treinta segundos? – pregunté extrañado.
- Sí. ¿Qué significan? Estaba comentándolo con los chicos. A unos les parece mucho tiempo, suficiente como para hacer muchas cosas. A otros, en cambio, les parece poquísimo tiempo, mínimo, escaso e insuficiente a todas luces para casi cualquier cosa.
- Veamos... Treinta segundos... – me froté la barba. Era una pregunta realmente endemoniada. - Desde luego, los enanos no excavan una mina en treinta segundos. Ni se aprende un idioma. Ni el mejor guerrero puede aprender a manejar un arma en ese tiempo, ni el mejor bardo puede componer un cantar. La mayor parte de los tratos lleva más de treinta segundos de regateo. De hecho, Frodo permaneció más de treinta segundos en el Monte del Destino antes de destruir el... ya sabe. – Por algún motivo, había bajado la voz. Desde luego, el Mal había sido destruido, pero su Sombra aún pendía sobre nosotros aún en los días de Eldarion Telcontar. Para quitar la tensión del ambiente ante la mención del Anillo, añadí:
- ¡Ni siquiera se puede hacer feliz a una mujer en treinta segundos!
Él se rió. Es curioso ver a un dulendino sonreír siquiera, pues no enseñan los dientes, que por lo general son negros y corruptos. En general, formábamos una extraña comitiva. Cada poco tiempo, un carromato cruzaba Arnor hacia la Capital, Minas Tirith, por el Camino Viejo del Sur. Por un modesto precio, cualquiera podía viajar desde una punta a la otra del Reino. Uno de los carromatos rojos y blancos traqueteaba ante nosotros. Ese era su signo, esos eran sus colores. El rojo y el blanco, formando líneas a mediana altura.
- En fin. En escasos minutos llegaremos a los Vados. Así que me ha dicho el Capitán que les vaya pidiendo que suban al carromato, pues los caballos no pueden cruzar por donde el cruzaremos, ni el carromato por donde pasarán ellos. En el otro lado del Isen se los devolveremos íntegros.
- Bien, no hay problema. Conozco el procedimiento. No es la primera vez que viajo aquí.

Me bajé de mi montura. Al fondo se veían las primeras cimas de las Montañas Nubladas. Entre aquellos picos había de encontrarse Isengard. Intenté encontrar la cima, pero por el Nan Gurunir bajaba una espesa niebla que impedía ver el fuego de la torre. Algo decepcionado, me dirigí al carromato rojo y blanco, que se había parado esperando a los últimos viajeros en descabalgar.

Entré. La mayor parte de los tableros usados como asientos estaban ocupados, y en el suelo se hacinaban, de pie o sentados, gentes de todas las regiones y especies. Me senté donde pude, en una de las esquinas, y observé a la gente.

No conocía a casi nadie. Junto a mí se encontraba un grupo de jóvenes, con aspecto de Minhiriathdrim, que jugaban con una pirindola a las apuestas. Un poco más allá, un chico bien vestido, probablemente noble, escribía como buenamente podía apoyado en la pared. Sobre su rodilla, una chica que leía un ajado pergamino había dejado posada su mano. Y junto a ella, sentada en un banco, una mujer anciana miraba el vacío, sonriendo. Frente a ella, un hombre calvo no dejaba de secarse el sudor que le caía a churretones con un pañuelo, mientras alguien le hurgaba en una saca que llevaba. El ladrón debió de encontrar lo que buscaba, pues con disimulo se llevó un estuche de cuero.

Entraron dos hombres jóvenes y una mujer. Se sentaron en un hueco, a mi lado, y empezaron a jugar a los naipes, mientras comentaban cosas.
- Las mejores mujeres las encuentras en el Lago Largo.
- Sí... las de la montaña son demasiado bastas.
- Nîph! Nûphât! Pues que sepáis que os lo perdéis, y que no pensaba para nada en vosotros.

Les sacó la lengua, y se rieron. Extranjeros, pensé. Tras ellos, un hombre mayor, con un bastón, tropezó con unos pies, que se unían al cuerpo de alguien dormido. El anciano se disculpó, pero el durmiente ni se inmutó.

Sin duda era un grupo extraño. Ninguno sabía de las vidas de nadie. No sabíamos quien era, que esperaba, aquella persona que se sentaba junto a nosotros. Tal vez la anciana de la sonrisa volvía a Gondor de visita a sus hijos, o tal vez recordaba un antiguo amor... ¿Qué escribiría el muchacho? ¿Qué estaría leyendo la chica? Nadie lo sabría. Compartíamos unos minutos de nuestras vidas, pero eran unos completos desconocidos. Podrían haber sido incluso otros muy distintos, habría dado igual. ¿Por qué sudaba aquel hombre?
Bueno, aquello tenía una respuesta. El olor a suciedad, sudor, unido al calor agobiante, hacían inhabitable el habitáculo. Habían pasado veinticinco segundos desde que entré en el carromato cuando este volvió a ponerse en marcha.



No sé cuanto volé. Había sido un trueno o algo así. Estaba fuera del carromato. Habríamos volcado, o algo así.
Otro trueno. Alrededor de mí cayeron despojos, ropas, miles de objetos. Un madero rojo y blanco me partió las piernas. Aullé. ¿Qué ocurría?

Sonó otro trueno. Busqué el carromato. Pero ya no existía. A mi lado yacían miembros desangrados, y gritos. Trueno Rojo, Trueno Blanco. Más maderos y despojos caían de los otros carromatos. Trueno Rojo de sangre y enojo. Los caballos que sobrevivieron relinchaban asustados. Trueno Blanco de impotencia y espanto.

Lo vi llegar. Volaba impulsado por la explosión. Era un bloque de hierro, que tal vez antaño había sido un asiento. Venía hacia mí. Y comprendí inconsciente la diferencia. La diferencia entre la vida y la muerte. Había sido de justo treinta segundos.




Dedicado a todos aquellos que sufrieron de alguna forma u otra los acontecimientos de hace exactamente cien días.

 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 04-01-2005 Hora: 23:41
Me palmeé la frente al caer en la cuenta de lo que traías entre manos. Pero solo logré esto al final, pues con tu narración, que observa tan detenidamente todo y nos da tantas claves, a la vez consigues hacernos entrar en el carromato sin que nos demos cuenta de que todo se ha desencadenado ya, de que ya nos has engañado y al final, solo al final, vemos que es un homenaje, que la muerte acechaba, que se los llevó, que nos lleva, que los treinta segundos que abren el relato son los que lo marcan a fuego... pero entonces ya es tarde, se acabó la historia.

Fecha: 10-07-2004 Hora: 11:20
Precioso el homenaje, Barandin. Y cuanta razón llevas, por desgracia en cuanto a la diferencia entre vida y muerte, que muchas veces se debe a minutos o incluso, segundos...

Fecha: 19-06-2004 Hora: 18:52
¡Una hermosa metàfora si señor!
¡Lo horrible de todo esto es que no es una historia sino una realidad!
No creo que ni en treina años las personas que lo vivieron puedan olvidar esos enormemente largos treinta segundos.
En cuanto al relato, solo me resta daros la enhorabuena me encantó la forma que teneis de describir la situacion.