Ir a Posada de Mantecona
 


Ghâsh
Capítulo 7
Capítulo VI
Por aerien
 
Ya hace tres días que vivo con Ghâsh, cuatro desde mi herida en el pie.
Han sido tres días llenos de emociones. Aunque trabajo en la posada, nunca había estado tanto tiempo en compañía de uno de los de la gente grande.
Aunque todo me es extrañamente familiar, resulta desconcertante. Todo es demasiado grande, pesado o voluminoso.
Si tuviera que escribir todo lo que ella y yo hemos hablado estos días llenaría un libro enorme. Por lo tanto intentaré ceñirme a las conversaciones que traten de su vida, aunque siempre estarán mezcladas con los retazos de nuestra vida en común.
Esa misma tarde, en cuanto mi madre se hubo ido, Ghâsh y yo acabamos de envolver los “jabones de Bob”, luego recogimos todos los tarros y ella se dispuso a llevarlos a la tienda.
En ese momento apareció mi primo Tom con el carrito de los encargos.
-¡Hola patapalo!- me dijo – me vuelvo a la tienda, solo he pasado para que me invites a una pipa.
-Si quieres hierba vas a tener que ganártela – repliqué – Te daré, si llevas todos los botes de la señora en tu carro hasta la tienda.
-¡Eso esta hecho! – dijo Tom – y cogiendo el cesto de Ghâsh lo metió en el carro y me mostró la pipa.
Yo saqué la bolsa con la hierba y dejé que la llenara. Cosa que hizo apretando con fuerza en el interior de la cazoleta.
-Si la estrujas tanto no va a tirar – le dije – Ya sé que es para que te dure mas, deja, dame tu bolsa.
Tom me tendió la bolsa y yo vertí en ella parte de mi provisión.
-Toma, pero ten en cuenta que cuando no me quede, tu tendrás que invitarme.
Tom sonrió, seguro que pensaba que siempre era yo el que invitaba, porque el se pulía la hierba como si fuesen pastelillos y nunca tenia.
Ghâsh se despidió de mí diciendo que no llegaría hasta el anochecer porque debía ir hasta la carretera a buscar unas cortezas, de no sé que árbol.
Yo le dije que no se preocupara, que yo estaría muy juicioso y que me portaría bien.
-Eso ya lo sé- me contesto – solo te lo digo para que no te inquietes si tardo un poco.
-No te preocupes. Aprovechare para escribir y descansar. Aun me duele un poco.- le dije
Y la verdad, mi intención era esa. Volví al laboratorio y acabé de ordenar los trastos que habíamos usado para fabricar sus potingues, lavé las ollas que estaban en remojo en la pila y dejé todo a punto para continuar el trabajo a la mañana siguiente.
Luego volví a la sala, donde ardía un fuego acogedor.
Cuando iba a sentarme, me acordé de la bolsa de cuero rojo que ella me había mostrado el día anterior. Así que abrí el cajón y la saqué.
Debajo, envuelto en una tela, había algo duro, como de metal.
Saque con cuidado ese objeto y lo deposite en una silla, la mesa resultaba demasiado alta para mí.
Desenvolví lentamente el paquete, era una placa metálica ligeramente abombada, de esas que se ponen en los hombros de los jubones de cuero de los soldados. Era de un metal negro, y llevaba grabado el signo del ojo.
Un escalofrió recorrió todo mi cuerpo a la vista de ese objeto, prueba fehaciente de su vinculación con el mal. Así que volví a guardarlo como estaba, deseando en mi interior no haberlo visto jamás.
Mi acción poco honorable me había puesto nervioso, así que decidí echarme un poco en la cama, ya fuera para calmarme un poco, como para descansar, pues el pie había empezado a dolerme otra vez.
No me extrañó el dolor, ya que en mi azoramiento había apoyado el pie en el suelo y ahora se veía una pequeña mancha de sangre en el vendaje.
De camino a mi habitación pasé por delante de la de Ghâsh. No había entrado ninguna vez en ella, ni tan solo la había visto desde fuera, pero al pasar por la puerta entreabierta vislumbre algo de un colorido espectacular, así que la abrí y me paré a curiosear.
Sobre la cama había un paño de material brillante, tejido con colores chillones, rojo, azul, morado y verde, con profusión de dorados y que representaba una ciudad, con sus patios llenos de pájaros de brillantes plumas y extraños árboles.
Me acerque y lo toque, el tacto era suave y cálido, pero no pesaba casi nada. Entonces pensé que bien podría ser una tela élfica, puesto que había tanta belleza en ella.
Di la vuelta a la cama y vi en un sillón un vestido de Ghâsh, de color azul oscuro con un borde dorado, y junto a él un manto negro con ribetes en oro. -Debe ser un vestido de fiesta – pensé.
En un mueble junto a la cama había un espejo y un montón de tarritos con sus potingues, se notaba que creía en ellos, ya que los usaba. Y una arqueta con sus joyas.
Ghâsh siempre llevaba joyas, aunque estuviera en el jardín, no la había visto desprenderse de sus anillos, casi uno por dedo, ni de sus collares o de sus pendientes. En ese arconcito había una fortuna en oro.
Temiendo que ella volviese y me encontrase husmeando salí al jardín. Mi intención era recoger unas setas. Siempre salían setas en la tapia de Bill Helechal, todas las primaveras me paraba a recogerlas y luego la posadera me hacia un platillo con ellas.
La verdad es que me sentía culpable, no era nada correcto eso de husmear en el dormitorio y en los cajones de una dama.
Cogí la cesta que ella tiene colgada en el porche y con ayuda de mis bastones me dirigí a la parte trasera de la casa. Había una doble cerca en ese lugar, por un lado la cerca de la casa y por el otro la pared que daba a la propiedad colindante y entre ellas un pequeño sendero, ese era mi lugar secreto, donde todas las primaveras recogía setas, sobretodo porque nadie pasaba nunca por allí, solo daba a la entrada de la antigua cuadra de Bill, cerrada durante casi cien años como la casa.
Los muchachos de la villa utilizaban la antigua caballeriza como lugar para reuniones secretas, hasta que una noche alguien les pilló y tapiaron la entrada.
Llene el cesto rápidamente de setas blancas y luego eche una mirada a la caballeriza. Parte de la puerta se había podrido por la humedad dejando un agujero enorme en ella.
Pase por él y me plante en medio de la sala. Entre un montón de porquerías y telarañas.
No fue por curiosidad esta vez, es que al mirar al interior vi un carrito como el de la tienda, pero mucho mas viejo. Debía servir para acarrear la paja puesto que había un montón de paja podrida en su interior. Por lo demás parecía en buen estado, aunque cubierto de porquería y orín.
Usando una vieja cuerda lo arrastré hasta el exterior por la puerta que daba al patio, y lo hice pasar por otro agujero en ella, esta vez suficientemente bajo para que yo no pudiera pasar, aunque si lo hizo el carro.
Cogí el cesto y di la vuelta. Estaba en el fondo del jardín, al lado de la puerta del cobertizo. Cogí un cubo y me senté en él. Y empecé a quitarle la porquería que llevaba en su interior. Luego cogí una escoba sin mango que estaba allí tirada y la utilice como cepillo para acabar de quitar la mugre.
Con un par de viajes con una jarra llena de agua y un trapo viejo acabé de darle un aspecto aceptable.
El problema eran las ruedas, sus ejes se habían encasquillado debido al largo tiempo sin usarlos. Así que volví a la casa en busca de aceite o sebo para engrasarlas.
En la cocina encontré aceite y con él en la mano volví al carrito. Después de untar las ruedas y con un poco de esfuerzo logré que volvieran a rodar.
También había algunas tablas sueltas que ate con cuerdas y fije con unas pequeñas cuñas de madera que tallé con mi cuchillo.
Enfrascado en la tarea no me di cuenta que el sol se ponía, hasta que oí a alguien silbar.
Era mi primo Tom otra vez, que pasaba de regreso a casa.
El no me vio, mejor, pensé, ahora estoy sucio como un cerdito.
Así que me dirigí al pozo, arrastrando el carro tras de mí y me lave un poco. Luego deje el carrito en el porche y me metí en la casa, en el baño a asearme de verdad.
El baño es colindante con la sala y en la pared tiene un deposito que siempre esta lleno de agua, cuando en la sala esta encendido el fuego el agua del deposito se calienta y la puedes usar para bañarte sin que te congeles o se tenga que calentar aparte.
No pude llenar la bañera, pero me contenté con la jofaina y un montón de jabón de hierbas.
También encontré en la entrada un cepillo para la ropa, con el que me cepillé los pantalones y la chaqueta.
Cuando volvió Ghâsh un rato después, me encontró en mi sillón escribiendo en la libreta.
La verdad es que no escribí nada porque solo tuve tiempo de sentarme.
Ella saludó desde la puerta con un:
-¡Hola, ya estoy aquí!- al que yo respondí con un: - ¡buenas tardes Ghâsh!- y se dirigió directamente al baño.
Al cabo de un momento volvió trayendo algo en las manos.
Dejo el paquete encima de la mesa y me señaló con un dedo acusador..
-Ya has hecho otra de tus trastadas Bob. Te dije que debías descansar.
-Y lo hice- intente replicar yo- he estado...
-Has estado toda la tarde trasteando por ahí - me soltó ella - tengo pruebas.
Yo puse cara de inocencia, pero Ghâsh continuó
-En primer lugar tienes el vendaje hecho una porquería.
-En segundo lugar te has estado lavando en el baño y has dejado rastros. Y nadie se lava si no se ha ensuciado.
-Y en tercer lugar hay un carrito muy sospechoso en el porche.
Mientras ella decía todo esto yo iba encogiéndome en el sillón, temía que la cuarta prueba fuese que se había dado cuenta de que yo había estado fisgando en sus cosas.
Pero ella terminó el tercer punto con una sonrisa, y sin darme tiempo a decir nada cogió lo que había puesto encima de la mesa.
Eran los útiles para curar mi herida. Ghâsh la volvió a lavar, esta vez con un liquido pardo y me la cubrió con un nuevo vendaje. Luego me hizo tomar el contenido de una botellita que abrasaba la garganta.
-¡Agh! Eso es un brebaje orco, ¡seguro! – exclamé al notar el ardor en mi estomago.
-Pues si- contestó ella - esta hecho con la corteza de un árbol.
-¿Y porque arde de esta forma en él estomago? – pregunté
-Porque el producto curativo se disuelve solo en alcohol. Por eso uso aguardiente para prepararlo.
-¿Y los orcos lo tomaban como medicina?
-¿Orcos tomando medicinas? No me hagas reír que estoy enfadada contigo - me contesto haciendo una mohín de enfado.
-No te enfades, Ghâsh yo solo quería...
-Lo que tu querías es meter las narices en todas partes aprovechando que yo no estaba ¿A qué sí?
Me puse rojo como un tomate, miré a Ghâsh, y vi su cara tan seria que me dio miedo, supongo que palidecí, porqué sentí de pronto frío, aunque las orejas me ardían. Estaba seguro que ella me había descubierto, que sabia que yo había estado hurgando entre sus cosas.
En aquel momento el miedo y la culpabilidad me pudieron y dejé de verla como aquella amable anciana que cuidaba de mí. La vi como una persona extraña, imprevisible. No podía dejar de pensar en las palabras que dijo ella cuando me hablaba de la bolsa: “ tuve que cortarle la mano para conseguirla”. Ella había sido un orco y ahora yo la había enojado.
Sentí como mis piernas se ponían a temblar, mientras que un escalofrío me recorría toda la espalda hasta llegar a la nuca.
Y entonces me hundí en el sillón aterrorizado y cerré los ojos.
En ese momento sentí una mano cálida que me acariciaba la cabeza, mientras alguien murmuraba algo parecido a una canción.
El miedo dio paso a las lágrimas, que mojaron su mano cuando levantó mi cara hacia la de ella.
-Perdóname - me dijo – no quería asustarte. A veces soy demasiado brusca.
-¡Oh no! No eres así – le contesté entre lágrimas – lo que pasa es que hice algo feo, muy feo...
Los hipidos no me dejaron continuar, durante un buen rato ella dejó que llorara, hasta que poco a poco me fui calmando.
-Lo siento Ghâsh, perdóname – fue lo único que atiné a decir - No era mi intención hurgar en tus cosas...
-¿Qué hiciste?¿Cogiste algo de aquí? – me preguntó ella
-¡Oh no! Solo estuve mirando en unos cajones y en tu habitación...
Entonces ella se echó a reír
- Ay mi pequeño y inocente amigo ¿solo era eso lo que tanto te preocupaba?
¿Que habías estado fisgando un poco?
-Es que abrí el cajón ese de ahí y encontré...
Antes de continuar saqué mi pañuelo y me soné la nariz.
Mientras, Ghâsh había ido hasta el cajón y había sacado las bolsas y me miraba interrogante.
-Debajo de las bolsas había un paquete...
Mientras yo hablaba ella cogió el paquete y lo trajo hasta mí, se sentó en el taburete y lo puso en sus rodillas.
Lentamente lo desenvolvió, mientras yo la miraba expectante...
La pieza metálica, negra como el azabache, emitió un extraño brillo a la luz de la vela, el ojo grabado en rojo resaltaba como si hubiese sido pintado con sangre.
-Esto es un recuerdo de mi vida como uruk – dijo con una voz suave y lejana – una de las pocas cosas que pude conservar de aquel tiempo.
-Esto perteneció a un soldado, entonces es verdad que fuiste un soldado uruk – atine a decir con un hilo de voz, mientras en mi pecho el corazón latía desbocado.
-Claro que lo fui, yo estaba en Lugbúrz entonces, yo luché por Sa..., el... mal, en la gran guerra donde pereció la oscuridad. – dijo ella quedamente – aunque no me vanaglorio de ello. La verdad es que durante mucho tiempo quise borrar ese periodo de mi vida de mi memoria.
-Ghâsh, tu dijiste que formabas parte de los esclavos. ¿Cómo fue que te convertiste en soldado?- pregunté. Aun no repuesto de la impresión.
Ella me miró, su cara expresaba una mezcla cambiante de sentimientos. En su rostro lucia una sonrisa, pero su mirada hablaba de un sufrimiento interior. Su voz se hizo cortante, dura.
- Si, yo era un soldado Uruk. Me entrenaron para matar, para obedecer sin pensar. Para usar un arma y hacer correr la sangre... La sangre, su olor nos enloquecía, recuerdo las peleas como si las viese entre una niebla roja. Su sabor en mi boca...
Ghâsh se llevó la mano a la boca y la lamió como restañando la sangre que goteaba de un cuchillo imaginario...
Mi terror había ido creciendo por momentos, el corazón ya no me cabía en el pecho, sentía las manos sudorosas y la frente ardiendo.
Me encogí de nuevo en el sillón temblando de pies a cabeza, temiendo una reacción extraña en esa mujer desconocida que tenia delante de mí.
-Fue ese maldito capitán – continuó ella – Grishnâkh, se llamaba. Maldito gusano, ¡búbhosh ska! – y a esto lo siguió una retrailla ininteligible de palabras cortantes, duras expresadas en la misma lengua. Una lengua hiriente, casi ofensiva. Sus palabras resonaron entre las cuatro paredes poderosas y crueles, no entendí lo que decía pero sus gestos expresaban odio y desesperación. Avanzaba por la habitación dando grandes pasos, Sus puños estaban cerrados y en sus ojos verdes había una furia latente.
Me encogí aun más en mi sillón, deseando desaparecer, aterrorizado ante su cambio.
De pronto ella gritó algo, y se quedó quieta, toda su furia desapareció, su cara se volvió inexpresiva y cayó de rodillas, a la par que iniciaba un movimiento de balanceo.
No sé el tiempo que estuvimos así, yo encogido en el sillón, mas aterrorizado de lo que nunca estuve en la vida y ella en el suelo balanceándose silenciosa.
El fuego en el hogar se fue consumiendo y la luz fue menguando hasta convertir la habitación en un lugar oscuro, la vela se había apagado, volcada en el suelo por su furia. El silencio hizo que poco a poco me tranquilizara. Ya no temblaba, aunque seguía teniendo miedo.
El tronco que ardía en el hogar crepitó y se partió en dos. Uno de los pedazos cayo fuera, sus llamas iluminaron a Ghâsh que seguía en el suelo, como en trance.
Aun asustado me levanté del sillón y con ayuda de los bastones llegué hasta ella. No vi en su cara ninguna señal de reconocimiento, su expresión hierática me decía que su mente no se encontraba allí.
Toqué con cuidado su hombro y su rostro se crispó mostrando una furia increíble. Esto me espantó y soltando los bastones retrocedí.
El dolor en mi pié me hizo gritar, y caí de rodillas. Entonces ella, como si mi grito la hubiese despertado de su estupor, abrió los ojos, su cara se contrajo en una mueca de dolor y me miró fijamente a la cara.
-Que... ¿qué ha ocurrido?... ¿Bob?... –Ghâsh me miro, reconociéndome al fin, y me tendió las manos.
Yo dudé aun, miré su mano tendida con la palma vuelta hacia arriba y vi en ella una línea negra a la luz de la hoguera.
La cicatriz de la herida que ella misma se hizo con el cuchillo aquella tarde. La sangre que manchó mi mano junto con su juramento. Entonces dejé de tener miedo y le tendí las manos.
Ghâsh estaba sudada y temblorosa, se levanto lentamente a la vez que me levantaba a mí del suelo y me colocaba otra vez en el sillón, luego fue hasta el fuego para volver el tronco caído a su lugar.
Antes de volver a mi lado, tomo unas velas de un estante y las prendió. Todos estos gestos familiares parecieron tranquilizarla, porqué cuando vino hacia mí parecía que nada de aquello hubiese pasado.
Cogió el taburete que estaba tirado en el suelo y se sentó otra vez en él, luego lentamente cogió el pedazo de hierro negro, su mano aun temblaba cuando lo puso en mis rodillas.
-Lo siento, Bob, el odio ha podido una vez más conmigo. He dedicado toda una vida a intentar vivir sin él, pero de vez en cuando me asalta, aprovecha mis debilidades e intenta dominarme de nuevo – dijo Ghâsh, y en su voz había una gran tristeza.
-¡Oh no! Ha sido mi culpa, no debí mirar en el cajón ni preguntarte por este pedazo de hierro – le dije – ¡Perdóname por favor! He despertado en ti recuerdos dolorosos y tristes Mi curiosidad ha desatado en ti algo olvidado y terrible y te ha hecho sufrir – en ese momento me sentía terriblemente malvado.
-No te sientas mal pequeño, no es tu culpa, me ocurre con cierta frecuencia. Son los resquicios del mal, los restos de la maldad que ellos cultivaron en sus esclavos. Nunca se irán del todo, están ahí siempre agazapados, esperando una oportunidad.
Entonces ella tomó la hombrera metálica en sus manos y continuó como hablando consigo misma.
-Por esto tengo este objeto conmigo, para no olvidarme nunca de lo que fui, para que me recuerde lo que soy capaz de hacer si dejo que el odio y la furia me dominen.
Y luego levantando la mirada continuó.
-Mira pequeño, el odio no es algo con lo que nacemos, el odio se aprende, tanto los seres humanos como los orcos somos capaces de odiar si alguien nos enseña a ello. Una vez aprendes a odiar, ya no lo olvidas y este sentimiento te acompaña durante toda tu vida. Los orcos lo aprenden desde la cuna, nacen entre el odio y la maldad y se les alienta para que crezca. Llaman estúpidos a los humanos porque son capaces de sacrificarse por otro, de dar afecto aunque no lo reciban, de entregar amor. El amor es algo desconocido para ellos, al igual que la lealtad y la amistad. Los grandes amos exterminaban cualquier iniciativa que pudiera surgir en este sentido, era considerada debilidad y coartada antes de que pudiera tomar forma. También odian la belleza, destruyen todas las cosas bellas de la tierra solo por el placer de verlas desaparecer...
Mientras ella hablaba vi sus manos crisparse otra vez, mientras aferraban el pedazo de armadura con el símbolo del ojo. Temí otro ataque de furia, así que puse mi mano sobre las de ella.
-¡Oh Ghâsh! ¡Tranquilízate por favor! Ya pasó, eso quedó atrás hace mucho tiempo...
-¡Oh no! No pasó, hay cosas que no pueden dejarse atrás, Se llevan en el alma aunque hayan pasado cien años, no pueden borrarse...
Ella se levantó bruscamente del taburete, dejando el pedazo de hierro en mis manos.
-¡Discúlpame por favor! – dijo, saliendo apresuradamente de la habitación.
Al cabo de un momento oí su voz en su habitación. Me acerque, no tan deprisa como hubiera querido a causa de los bastones, pensé que volvía a estar mal. Pero cuando llegué la vi de pie, con la cara inclinada hacia el suelo, aferrando algo entre sus manos. Parecía hablar con alguien invisible, su voz tenia un tono de disculpa, aunque no entendí lo que decía. De pronto, se arrodilló y tocó el suelo con su frente. Entonces comprendí, ella estaba cumpliendo una especie de ritual, algo relacionado con sus creencias, supuse que era algo que debían hacer las gentes del sur con las que vivió tanto tiempo.
No queriendo estorbarla, me retiré de la puerta e iba a dirigirme otra vez a la sala cuando mi estomago me avisó con un rugido. Miré afuera, la noche estaba cerrada y no había comido nada desde que di buena cuenta de un pedazo de pastel, un momento antes de irse Ghâsh. Y hacia horas de eso.
Así que fui a la cocina para preparar algo de comer.
Todo era muy grande en esa cocina, pero estaba acostumbrado a la cocina de la posada, así que eche una ojeada por ahí a ver que encontraba.
En una marmita había sopa, la olí y sonreí, sopa de mama. Debió hacerla por la tarde mientras yo estaba en el jardín. Sopa de mama, me dije para mis adentros, esto es lo que necesitamos, así que prendí la estufa y la puse a calentar. Mientras empecé a limpiar las setas. Eran unas setas enormes, grandes y blancas, muy ricas para asarlas al fuego. Estaba buscando por ahí una rejilla de asar cuando entró ella.
Se había cambiado de ropa, su vestido era ahora rojo pálido y su manto blanco, sonreía, pero en sus ojos había tristeza y un rastro de lágrimas.
-¿Que haces Bob? – me preguntó - ¿ la cena?
De pronto vio las setas, esparcidas por encima de la mesa de la cocina. Sus ojos se abrieron sorprendidos, mientras aspiraba el olor con una expresión de placer en su cara.
-Setas... ¡mmmm! ¡Que buen olor! ¿De donde han salido? – me pregunto extrañada.
-Crecen en la parte exterior de la tapia, entre los dos muros, todos los años recojo setas aquí. Es un lugar fantástico para que crezcan.- le contesté
-¿En mi tapia? ¿Cómo puede ser posible? Las setas salen en el bosque, yo las he visto. – me dijo ella.
-No estas setas – contesté – estas son setas de prado, no se encuentran en el bosque sinó entre la hierba.
Estaba sorprendido, ella que parecía conocer todas las hierbas y árboles que existían desconocía las setas de prado. Las más comunes en nuestra zona.
Ghâsh tomó una seta en sus manos y la observó detenidamente.
-Es curioso – dijo – había visto setas de estas. No sabia que se comiesen, yo creí que solo las comían los animales.
-Pues si consigo algo con que asarlas las probarás – le contesté – son una de las cosas más deliciosas de la tierra.
-¿Algo para asar? Toma – me dijo acercándome una sartén – esto te servirá.
-¿No tienes una rejilla? Si, algo para asar en el fuego...
Ghâsh me interrumpió, abrió un cajón y saco un montón de varillas metálicas.
-¿Te serviría esto? Es para hacer carne ensartada pero podemos probar con las setas.
Y con mano hábil pinchó varias setas en una de las varillas.
-Perfecto - dije yo – Nos va a salir una comilona genial.
Ella sonrió, parecía encontrarse mejor, aunque su sonrisa era triste.
-Los medianos sois una raza fuerte, olvidáis con facilidad los malos tragos... – empezó a decir, pero yo la interrumpí.
-¡Oh no! ¡No los olvidamos! Pero no nos pasamos el día pensando en ellos, hay cosas más importantes, como por ejemplo una buena comida.
Ella se echó a reír, su risa era limpia, hermosa.
-Eres increíble, pequeño – me soltó moviendo la cabeza – todos los hobbits sois increíbles.
-¿Increíbles? ¿Porque? ¿Porque creemos que no debe desperdiciarse nunca una buena cena? - le dije hablando despreocupadamente.
Ella volvió a reír – las setas se asaran mejor en el fuego de la sala – dijo.
Y tomando las escudillas y los cubiertos salió de la cocina.
En cuanto ella me dejó solo me senté y tragué saliva – si supiera lo que me ha costado ser así de increíble – pensé – Pero no podía dejar que ella hurgase por mas tiempo en su herida. Al fin y al cabo es mi culpa que ella recuerde cosas desagradables.
Bob, ven a la sala por favor! – me llamó ella – ¡vamos a comer!
Yo cogí los bastones e intenté tomar las setas para llevarlas hacia la sala, pero fue imposible, necesitaba las dos manos para llevar los bastones, así que tuve que contentarme con transportarme a mí mismo hasta allí.
Ghâsh había puesto la mesa y preparado una silla con un cojín redondo muy grande para mí. Me levantó para que pudiera sentarme y salió a buscar la comida que faltaba.
La sopa estaba riquísima, como todas las de mi madre. Había cantidad de ella así que repetí.
Mientras yo daba cumplida cuenta de mi segundo plato de sopa Ghâsh preparó el fuego golpeó con un hierro el tronco para que cayeran brasas y colocó los guardafuegos del hogar de forma que pudiéramos apoyar en ellos los alambres con las setas ensartadas.
Cuando terminé mi sopa me acerqué hasta el fuego. Ghâsh estaba sentada en el taburete frente al hogar así que cogí el cojín redondo, mas bien lo arrastré tras de mí y me senté en él junto a ella.
-¿Que hay que ponerle a las setas, aceite y sal? – preguntó ella.
-Si y si tienes un poco de ajo, también le va bien. – contesté yo.
Ghâsh se levantó y se fue a la cocina, volvió con unos ajos y un tarro lleno de unos pedazos de algo rojizo que flotaban en aceite.
Las setas se fueron asando y nosotros empezamos a comerlas directamente de las varillas como si fuera una comida campestre.
La verdad es que estaban deliciosas. Todos los hobbits tenemos debilidad por las setas. Eso lo sabe muy bien Flora, la posadera. El día que viene Maggot con su carromato y trae setas, la posada se le llena de hobbits que vienen a cenar.
Mientras se hacia una segunda tanda de pinchos, que es como dijo ella que se llamaba ese tipo de comida ensartada, Ghâsh abrió el tarro y fue pinchando en uno de los alambres pedazos de su contenido.
-¿Que es esto Ghâsh? Huele fuerte y pica en la nariz – le pregunté
-Esto es carne adobada con especias. La pongo en aceite y dura mucho tiempo y gana en sabor – me contestó – es una comida del sur. Las gentes nómadas la utilizan para conservar mejor la carne.
-Tiene buena pinta – dije, mientras ella ponía las varillas al fuego.- y huele bien.
Ella terminó de tostar la carne que goteaba aceite y provocaba pequeños incendios en las brasas y tomando uno de los hierros me lo dio.
-Mira tienes que soltarlo del espetón así – me dijo – coges un trozo de torta de pan, la aprietas encima y tiras.
Mientras hablaba ella había cogido un trozo de carne con el pan y se lo había llevado a la boca.
Yo probé de hacer lo mismo, en el primer intento la torta se rompió y me manché los dedos. Pero en el segundo lo conseguí.
La carne estaba jugosa, aunque algo picante. Bueno, que digo algo, estaba francamente picante.
-Está rica – dije, mientras me subían los colores a la cara – pero es un poco picante ¿no?
La lengua me ardía, así que me metí un pedazo de seta en la boca. La seta cambió el sabor de las especias – Que rico – pensé.
En aquel momento ella pareció acordarse de algo, se levantó y fue a la cocina. Cuando volvió traía en sus manos dos jarras llenas de líquido.
-Cerveza, lo mejor para acompañar una comida como esta – dijo tendiéndome una.
Era cerveza de casa, la podría identificar entre mil cervezas diferentes, suave y amarga como solo la sabían hacer mi padre y mi tío.
-Ghâsh, ¿de donde la sacaste? – pregunté – esto esta fabricado por mi familia. ¿La trajo también mi madre?
-¿La cerveza? No, la compré en la tienda, por lo que sé, esta fabricada por una familia hobbit, que siempre trae sus excedentes a la tienda, en pequeños barriles, eso dijo Jas.
-Pues es de mi casa, la debe haber fabricado mi tío. Lo que no sabía es que la vendiese. ¡Aja! Ahora entiendo su afán por comprar un carro nuevo y más grande.
-¿Sí? ¿La fabrica tu tío? Pues es muy buena. Yo la descubrí a los pocos días de mi llegada porque había un enano que estaba comprando un barril y comentó que los hobbits eran fantásticos fabricando cerveza.
-¿Un enano? Vaya, ahora resultará que es una cerveza famosa.
-Por lo que dijo Jas si, se la quitan de las manos. Hay gente que se la encarga con meses de anticipación.
De pronto me sentí orgulloso de los míos, que eran capaces de hacer una cerveza tan buena.
-Oye, hablando de carros – dijo Ghâsh cambiando de tema – ahora me explicarás que hace ese carrito en mi porche ¿verdad?
-¡Ah, el carrito! – dije yo – lo encontré en la cuadra, estaba todo lleno de porquería, así que lo limpié.
Y muy orgulloso le conté como había conseguido arreglar yo solo el carrito.
-Es para ti – le dije – es para que no tengas que cargar con ese cesto tan pesado, a veces vas tan encorvada que tocas el suelo...
Ella no dijo nada, me cogió la cabeza y estampó un sonoro beso en mi frente.
Las mejillas empezaron a arderme, ya debían tener un buen color con la proximidad del fuego y el picante de la comida.
-Gracias – dijo ella - eres un tesoro.
Ante lo cual yo solo atiné a balbucear algo como...
-¿Te gusta?... es que yo quería...
La verdad es que yo quería hacer algo por ella para pagar de alguna forma todo lo que ella hacia por mí, pero no me salían las palabras.
El calor en mi cara aumentó, eso significaba que me había puesto muy colorado, mientras, ella seguía mirándome sonriente.
-Vaya, te ruborizaste – me soltó ella haciéndome una mueca – no sabia que aun era capaz de hacer ruborizar a un chico.
-Por favor, no te rías de mí – le pedí – no estoy acostumbrado a que me bese una dama.
-¿Aunque sea una dama tan vieja como yo? – preguntó ella guiñándome un ojo.
Yo me puse a reír, aunque seguía colorado. Vaya con Ghâsh – pensé – que impulsiva que es.
Mientras, ella se había levantado y recogía los restos de la comida.
-No, no te levantes chico – me dijo – fuma un poco si te apetece, mientras recogeré todo esto.
Así que tomé mi pipa y la llené. La encendí con una ramita y me dirigí al sillón.
Ghâsh hizo varios viajes hasta que terminó de recoger todo y luego vino a sentarse a mi lado.
-De verdad, gracias por el carrito, me vendrá muy bien. Mi cuerpo ya no tiene la fuerza de antes – me dijo – ¡Ay, estos viejos huesos están molidos hoy!
-Deberías irte a la cama Ghâsh, es tarde – le dije - yo me meteré en ella en cuanto acabe la pipa.
-Entonces esperaré a que acabes – dijo ella – me gusta su olor.
En cuanto terminé la pipa me levanté para vaciarla, mientras lo hacia, oí que ella guardaba algo en un cajón.
Me giré y vi que metía la pieza de metal y las dos bolsas en la misma gaveta de donde las había sacado aquella tarde.
Después cogió una vela y me guió por el pasillo hasta mi habitación. Ella entró unos minutos después a comprobar que estaban cerrados los postigos y aprovechó para arroparme y desearme otra vez buenas noches.
Estaba agotado, así que creí que me quedaría dormido enseguida, pero el sueño no llegaba, una vez tras otra recordaba los momentos de angustia vividos unas horas antes, quería dormir pero no podía.
Me quedé en silencio en la oscuridad, mirando al techo sin ver nada cuando me llamó la atención un murmullo, como el sonido de una canción.
Ghâsh estaba cantando, su voz era como un arrullo.
-¿Porque cantará a estas horas? – me pregunté – No debe poder dormir, como yo. Ha sido un día muy agitado.
Viendo que no me dormiría de ninguna forma me levanté de la cama, dispuesto a beberme un vaso de agua y despejar un poco la mente. A ver si de esa forma conseguía dormir. Cuando pasé por delante de la habitación de Ghâsh vi la puerta entreabierta y me paré.
Desde la puerta la vi, estaba en la cama, pero no dormía. Había apilado varios cojines y se apoyaba en ellos, en sus manos sostenía un objeto redondo que parecía de cristal y cantaba con voz queda.
Sintiendo mi mirada ella levantó los ojos y me vio.
-¿Que ocurre muchacho? ¿Tu tampoco puedes dormir?- me preguntó.
-No, creo que estoy demasiado excitado.
-Pasa por favor, no te quedes ahí de pié – me dijo – ven siéntate aquí en la cama.
Me senté con alguna dificultad en la alta cama de ghâsh, ella me ayudó a subir tirando de mí.
-¿Que estabas haciendo? – pregunté – te oí cantar.
-Cantaba una canción de cuna del lejano sur. Una canción de un lugar donde los bosques tienen árboles como torres y donde hay animales gigantescos – me respondió ella.
-¿Tu estuviste allí? ¿Viste ese lugar? – le pregunté deseando que me dijera que sí.
-No, nunca llegué tan al sur, hay muchos días de camino desde el Harad, hay que atravesar un desierto enorme y luego un lugar lleno de hierba.
-Entonces, ¿ Cómo sabes tú esa canción? Te la enseñó algún viajero que... – empecé a decir, pero me quede con la boca abierta a media palabra cuando vi lo que ella tenia en las manos.
-Que hermoso es – dije con un hilo de voz.
Ghâsh sostenía entre sus manos una esfera de cristal que tenia atrapada en su interior una flor blanca con forma de estrella.
-Si, es muy hermosa, fue un regalo de alguien a quien quise mucho. Esto y la canción. Las dos son muy especiales para mí.
Yo la miré anhelante, deseaba que me contase esa parte de su vida, pero era muy tarde, sabia que debía irme a la cama.
-De acuerdo – dijo al ver mi cara – te lo contaré. Yo tampoco puedo dormir.
Se arrebujó en la cama entre los cojines y empezó a hablar:
“Fue hace mucho tiempo en la época en que recibía entrenamiento para ser un soldado orco. “Los novatos” nos llamaban los otros, y nos tocaba hacer las tareas mas pesadas y las cosas que no querían hacer los demás.
Una de esas cosas fue guiar un grupo de prisioneros humanos a las minas donde serian convertidos en esclavos.
Nunca había visto humanos, los snaga no se mezclaban con ellos, los esclavos humanos trabajaban durante el día y normalmente tenían capataces humanos. En cambio los orcos lo hacían durante la noche, ya que odian la luz del día.
Yo hacia mucho tiempo que vivía entre ellos, había sobrevivido durante mas de veinte inviernos y ahora por una jugarreta del destino me había convertido en soldado.
Ella paró un instante, esbozó una sonrisa triste y luego continuó.
No te contaré ahora como fue que me convertí en soldado, hace demasiado poco tiempo que ...
Yo la interrumpí
-¡No por favor! ¡No lo hagas! Te hace daño. Antes te pusiste muy mal, pensé que habías enloquecido... – le dije.
-Y te asusté ¿verdad? – me dijo ella – ¡lo siento tanto! ¡He pasado tanto tiempo pidiendo perdón por esos arrebatos!
-¿Eso es lo que hacías antes aquí en tu habitación? ¿Pedías perdón? – pregunté yo metiendome como siempre donde no me llamaban.
-Pues si – me contestó ella - hace que me sienta mejor. Pido perdón a todos aquellos que creyeron en mi y me ayudaron a ser humana. Por haberles decepcionado una vez más.
-¿Es un ritual del sur? – volví a preguntar yo.
-No, es un ritual mío, de aquella época en que yo intentaba ser un ser humano. Descubrí que si perdía el control hacia daño a los demás, por lo tanto me acostumbré a pedir perdón cuando me ocurría. El tiempo pasó y me quedé sola, pero continué la costumbre de pedir perdón, lo hago aunque ellos murieron hace tiempo.
Ghâsh fue apagando la voz hasta que solo fue un murmullo. Dijo algo parecido a unos nombres y luego se quedó callada.
Uno de ellos es el hombre que me regaló esto- dijo levantando lentamente la esfera para que le diera la luz de la vela que había en su mesilla.
-Si, eso me estabas contando. – le dije, intentando volver al relato porque de pronto se me estaba poniendo un nudo en la garganta.
-Ah si, te hablaba de esa patrulla de vigilancia de prisioneros.
“Éramos cuatro soldados uruk: el amo, dos soldados y yo. Llevábamos una docena de esclavos humanos a las minas pero nos llegó la orden de desviarnos para recoger un grupo de prisioneros.
Tuvimos que salir de las rutas habituales y adentrarnos en zona de conflicto para recogerlos. Avanzábamos de noche, solo con la luz de la luna. Esta era molesta para sus ojos, yo lo veía, aunque a mí me iba perfecta. Mi vista no era como la de ellos, yo veía mal en la oscuridad, aunque los años habían hecho mi vista dos veces más aguda en la oscuridad que la de ser humano normal.
Cuando llegaba el alba el amo buscaba un lugar para escondernos de la luz del sol. Y todos nosotros nos tapábamos la cabeza con unas capuchas para evitar que nos hiriera los ojos y nos quemara la piel.
Al tercer día de marcha llegamos al punto de encuentro, un desfiladero entre rocas puntiagudas, al otro lado quedaba la zona de pillaje, un lugar donde los humanos tenían asentamientos y que los orcos asaltaban regularmente para proveerse de esclavos, comida y armas.
Allí, protegidos en una caverna poco profunda esperamos un día y una noche, hasta que llegaron los otros con su botín.
Los ánimos estaban caldeados, así que cuando el alba llegó también llegaron las peleas. Evidentemente para conseguir el mejor puesto para esconderse del sol.
Yo no participé en ellas, era un novato en un grupo de soldados, yo ya sabia que me tocaría el peor puesto y que además si me ponía a pelear acabaría haciendo la tercera guardia, que era la del mediodía, la peor de todas.
Aprovechando la pelea los esclavos se fueron alejando de la caverna, supongo que fue porque no querían acabar mal. Pero no pudieron ir muy lejos. Estaban atados entre ellos y además el amo los había encadenado a una gran roca que había allí.
El grupo de humanos se hacinaba en un pequeño saliente a la entrada de la cueva, cuando salió el sol.
La pelea hacia un rato que había acabado, solo uno de los uruk resultó herido, pero era solo un moretón en un ojo y un rasguño en la oreja.
Ese fue el soldado designado para hacer la primera guardia, a mí como siempre me tocaba la tercera, la peor.
Cuando el sol salió había conseguido dormir un buen rato, allí en la penumbra de la cueva y con la capucha calada la oscuridad era completa. Pero algo me despertó.
El soldado de guardia se encontraba en una oquedad oscura, atento a cualquier ruido que pudiera ser considerado un problema.
Bueno, eso era lo que yo hacia, tenia demasiado miedo al amo, para descuidar una guardia. Pero por lo que se ve mi compañero no, puesto que estaba dormido de pié, metido en la oquedad y apoyado en la pared.
Los esclavos habían salido de la caverna y se habían agrupado en el saliente y ahora estaban contentos, gozando del sol. Sus murmullos de alegría me habían despertado. Pero también habían despertado al amo y a los otros soldados.
Entonces el amo dio la orden de salir y hacer entrar a las bestias, que es como llamaba a los humanos. - Id allí y traedlos - dijo.
Pero todos intentaron escabullirse de hacerlo, ya que sé tenia que salir a la luz del sol. Al final, uno de los soldados sugirió. - mandemos al novato - y entre carcajadas me empujaron para que fuera.
Yo estaba muy enfadada, tenia las manos apretadas contra el látigo que me dieron para guiarlos y gruñí para demostrarlo.
Yo no había visto nunca la luz del sol, por lo tanto le tenia tanto miedo como ellos, pensé que me quemaría los ojos, me calé la capucha para intentar protegerme y con el látigo en la mano salí de la cueva.
En la entrada había un grupo de arbustos espinosos que la protegían de miradas indiscretas, entre estos y la pared había un pasadizo que daba al saliente donde se habían refugiado los humanos.
La capucha se me enganchó en las ramas descubriéndome la cara, cerré los ojos asustada ante tanta luz. Pero la capucha seguía enganchada así que lentamente los abrí.
Lo primero que descubrí es que podía ver en la penumbra de la cueva, que la luz, aunque me hacia daño, no me quemaba como a ellos. Me di la vuelta hacia las plantas para soltar la capucha y fue entonces cuando vi por primera vez la primavera, y la maravilla de las flores en los arbustos me doblegó. En aquel instante deje de estar enojada, aquellas cosas de color blanco que había pegadas a las zarzas, esas cosas que olían raro y que salían todos años, eran hermosas.
Fue la primera vez que sentí la belleza, aunque no supe reconocerla, desenganche con cuidado la capucha, para no romper las flores, me parecieron una especie de tesoro, y me dirigí hacia los esclavos calándome la capucha otra vez.
Con un gruñido y un restallido del látigo los guié hasta la cueva. La fila de esclavos fue entrando por el pasadizo hacia la oscuridad.
El ultimo de ellos era un hombre alto con la piel muy oscura, bastante más oscura que la de los demás, iba casi desnudo y su espalda, sus brazos y su cara estaban marcados por el látigo.
Cuando todos hubieron entrado retiré un poco la capucha para poder ver otra vez las flores y en ese momento el se volvió y me miró.
Yo avancé hacia el pero un arbusto muy grande me impedía el paso, había que retirarlo para poder pasar, cosa que hice y luego con un gruñido lo empujé hacia la cueva.
El humano me había visto, sabia que a mi no me molestaba la luz, así que tuve miedo de que lo dijera a los otros soldados.
Pero el no dijo nada, una vez en la penumbra interior me volvió a mirar, esta vez a la cara, había una expresión de sorpresa en sus ojos. ´
Yo nunca había mirado a nadie a los ojos, los orcos no lo hacían, en primer lugar porque en la oscuridad no se ven bien, solo se ve una especie de llamarada roja y unas pupilas fosforescentes y en segundo lugar porque mirar a los ojos significaba desafiar a otro orco y nunca sabias las consecuencias que esta acción podía acarrearte.
Aparté rápido la vista de él e hice restallar el látigo para obligar a los esclavos a quedarse quietos.
Luego volví con los otros
-Oye, y ¿cómo se lo tomaron los otros orcos, eso de que tu pudieras salir a la luz del día sin que te pasase nada? –pregunté a Ghâsh interrumpiendo su relato.
Ghâsh se puso a reír como recordando una travesura.
-Nunca se enteraron, cuando volví a reunirme con ellos les hice creer que estaba enceguecida por el sol, que me había quemado la cara y que casi no podía ver.
-¿Y funcionó? – pregunté
-Y tanto que funcionó, estuvieron riéndose a mi costa durante un buen rato, el amo, temiendo un castigo porque había desgraciado un novato, me tiró una redoma con grasa para las quemaduras y me metió en la parte mas profunda de la cueva para que me curara rápido. Así que me libré de hacer la tercera guardia, aunque luego tuve que hacer la cuarta y la quinta.
Ese día, lo pasé meditando sobre aquel hecho. Había muy pocos orcos que soportasen la luz del día, eran considerados especiales y tenían un buen estatus entre los soldados así que pensé que podía tener una oportunidad de mejorar mi posición.
Y cuando esta llegó la aproveché.
-Oye, pero ¿qué tiene que ver todo eso que me cuentas con la esfera?
-Pues ¿no lo adivinaste aun? - dijo ella - Ese hombre, el esclavo con las cicatrices del látigo fue el que me la dio.
-¿Como? ¿Cuando? ¿Allí en Mordor?- pregunté yo
-No seas tan impaciente muchacho, ahora te lo cuento – me dijo ella riendo.
No volví a verlo hasta bastantes años después. En ese intervalo había empezado la guerra, el mal había sido derrotado y yo era un soldado leal al rey de Gondor. Me encontraba en la frontera con las gentes que volvían a sus casas después de la desolación.
Aun era como un orco, la verdad debía parecer muy poco humana, andaba encorvada y tenia un carácter especialmente violento.
En uno de los grupos de prisioneros liberados que volvían a sus casas encontré una cara que me resultó conocida. Era él, había envejecido, su pelo estaba gris y su cara llena de arrugas pero tenia los mismos ojos negros y profundos.
Me acerqué a hablar con el, pero algo me detuvo, tuve miedo de su reacción si me reconocía. Así que me quede mirándolo con los ojos fijos en sus manos encallecidas y en sus muñecas marcadas por la cicatriz de las cadenas.
Él estaba sentado en el suelo, era la hora de la comida y daba cuenta de una escudilla de estofado que habíamos preparado para los refugiados. Debió notar mi mirada insistente porque levanto la cabeza y me miró.
Nuestras miradas se encontraron después de tantos años y supe que se acordaba de mí. Me sonrió y me mostró una piedra grande a su lado para que me sentara, cosa que hice.
Sabia que eras diferente de ellos, me dijo como saludo, lo supe desde el momento en que te vi mirar las flores. Y cuando apartaste los arbustos para pasar.
Parecía que solo hacia unos momentos que todo aquello había ocurrido y habían transcurrido años.
Entonces sabes quien era yo – le dije – me has reconocido.
Has cambiado mucho – me dijo – pero hay algo que no ha cambiado.
Yo le pregunté que era eso y él me miró otra vez a la cara. Tus ojos – dijo – son muy especiales. Y con una sonrisa continuó, ¿Quien podría olvidarse de un orco con ojos verdes?
Estuvimos hablando largo rato, él me contó que había sido esclavo en las minas, pero que después le habían trasladado a una zona cerca del mar de Nurnen donde había una cantera de la que se extraía arena. Y que esta era muy especial porque si la ponías en un horno se podían fabricar piezas de cristal.
Era una zona donde los orcos no querían ir, había demasiada luz y pocos sitios donde esconderse. Así que todos allí eran humanos, los esclavos y los soldados, hasta los amos eran humanos entregados por completo a la maldad.
Me dijo que un tiempo después pasó a trabajar en la fundición de vidrio haciendo botellas y recipientes que no sabia para que debían usarse, pero que eran llevados a Bárad- dhûr con presteza.
Entonces metió la mano en un bolsillo, Cuando la saco tenia algo en ella, algo que mantenía en su puño cerrado.
Hay una cosa que hice allí, pensé en ti al hacerla, pensé que nunca podría dártela – me dijo - Y me puso esto en las manos.
Ghâsh abrió otra vez la mano para mostrar la esfera de cristal.
-Pensaste en mi – le dije – es extraño.
Él me contó que había encontrado esa flor en unas ruinas. Un lugar donde los esbirros del mal no se acercaban nunca, porque decían que había sido habitado por los elfos en tiempos inmemoriales y que aun conservaba algo de su presencia.
Era un lugar tranquilo, donde los esclavos podían sentarse a tomar el sol o a charlar entre ellos seguros de que no habría ningún amo rondando por ahí.
A mí me extrañó que creciera algo tan hermoso en Mordor y él me dijo que ese lugar estaba muy lejos de la puerta negra y que allí los esclavos humanos cultivaban los campos para alimentar a los ejércitos del gran amo.
También me dijo que para hacer la esfera de cristal había aprovechado un día el amo había sido llamado a una reunión y había dejado un soldado inexperto al mando.
La flor debía conservarse para siempre sin estropearse puesto que había quitado todo el aire del interior. Pero que nunca esperó poder dármela.
También me contó que después de un tiempo volvieron a trasladarle, estuvo en las fortificaciones de la muralla y en la puerta negra, cuando el gran amo se preparaba para la guerra. Y que el final de la guerra lo pillo allí, en uno de los calabozos de la muralla. Temiendo que acabaría la vida en el estomago de un orco.
El tiempo había pasado deprisa y uno de mis compañeros me llamó, era hora de nuestra guardia, debía incorporarme a mis tareas.
Así que me despedí de él pensando que al día siguiente el se iría hacia su tierra allá en el sur.
Pero a la mañana siguiente me desperté con la noticia de que había hablado con el capitán y había pedido quedarse con nosotros. Y que le habían dicho que sí.
Y entonces el se convirtió en mi compañero, soportó mis ataques de furia, mis problemas para adaptarme al mundo de los humanos. Mi desesperación ante la idea de que los demás siempre me veían como un orco.
Cuando tenia uno de esos ataques, él me cogía entre sus brazos y me cantaba esa canción hasta que me calmaba.
Ghâsh se puso a cantar otra vez con voz suave, era una canción muy hermosa. Puse mi mano sobre la esfera y cerré los ojos y me deje caer sobre la pila de almohadas.
No sé lo que pasó a continuación, supongo que debí quedarme dormido, porque cuando desperté vi que me encontraba en el mismo lugar, estaba tapado con una manta, en la ventana había luz y ella dormía a mi lado con una expresión serena en su cara.

 
aerien
 
 
 

629 personas han leído este relato.

CAPITULO ANTERIOR
SIGUIENTE CAPITULO
Haz click sobre las esquinas abiertas para avanzar o retroceder de capítulo

  

Comentarios al relato:
Fecha: 17-07-2004 Hora: 02:58
Me sigues sorprendiendo, de verdad. Quizá un poco forzada la fabriación de la flor, pero efectista. Muy tierno el final. Mañana más, que ya son las tres y mañana hasta madrugo. ¡Pero conste que todo eso del Sur ne tiene intigada!

Fecha: 02-07-2004 Hora: 18:47
Me estaba gustando mucho hasta que empezó a hacerse un poco tedioso, sobre todo en la parte de la cena. Demasiada descripción sin avanzar la historia. Sin embargo, cuando recuperas el ritmo, vuelve a ser genial. Me gusta cómo vas poco a poco desvelando la vida de la orca-humana.