Ir a Posada de Mantecona
 


Moradan. Historia de un hombre del lejano Harad
Capítulo 1
¡Contadnos sobre él por favor!
Por aerien
 
Es de noche en el campamento fronterizo, los soldados gondorianos se sientan en grupos junto al fuego, todo está en silencio, parece una noche normal, pero no lo es.
Esa mañana enterraron a un amigo, un compañero, un soldado…
Como soldados que son están familiarizados con la muerte, la ven venir, cabalgando en el acero de sus oponentes,
Pero esta vez les ha golpeado con fuerza, casi se diría que con saña, esta vez la muerte no ha venido de la mano de un enemigo armado contra el que pudieran luchar. La lucha era contra la propia muerte.
El capitán se sienta entre ellos, cabizbajo como todos, silencioso. Parece rumiar desventuras.
A su alrededor un grupo reducido de soldados, unos diez o doce, mascan en silencio su comida. Vacían su plato, se levantan para lavarlo en la pila y luego vuelven a sentarse.
La epidemia ha pasado por el campamento llevándose un buen número de vidas humanas. La pestilencia no hizo distinciones y en una semana se llevó a una docena de personas, entre soldados y civiles.
Dhun, el joven pinche de cocina, se acerca al grupo cargado con varias botellas de vino.
- ¡Tomad señor! – dice tendiendo las botellas al capitán- el cocinero dijo que a él le gustaría que sus amigos brindasen el día de su funeral.
- ¡Gracias! ¿Quieres sentarte con nosotros? – propone el capitán al joven soldado
- En cuanto termine en la cocina vendré, señor – responde él. Y se apresura a volver a sus cacharros.
- El capitán mira las botellas de vino, toma una de ellas y la descorcha.
- Si, creo que a él le gustaría que nosotros brindásemos en su memoria en este día –dice alzando la botella y bebiendo de ella – ¡Por ti Moradan! ¡Donde quiera que estés!
Todos los soldados del corrillo sacan sus tazones para llenarlos del dulce néctar. A ellos se añaden el cocinero y su pinche.
- Capitán, creo que deberíais decir unas palabras – sugiere el sargento Arlui, un gondoriano algo entrado en años y con más horas de guardia que un buitre en un árbol.
- Si, ¡por favor!- suplica Ghash, la mujer orco – yo no sé decir palabras de esas bonitas y halagüeños de esos. ¡Maldita sea!
El capitán comprueba que todos los vasos estén llenos antes de levantar el suyo y empezar su discurso.
- ¡Por ti viejo amigo! Aunque llegaste desde la oscuridad te hiciste querer por todos. Aunque tu aspecto era extraño, en esa cara marcada por las cicatrices de la maldad había bondad y amor. Aunque naciste muy lejos de estas tierras, allá en la frontera de lo desconocido, esta tierra que tú escogiste para morir te acoge como a su hijo.
Todos los que aquí estamos te recordaremos, amigo y compañero. Calaste hondo entre nosotros. Y aunque tu muerte no fue en el campo de batalla, te honramos.
¡Salve Moradan soldado de Gondor!
El capitán termino su discurso levantando su tazón y apurando el vino, cosa que hicieron los demás a su vez.
Una vez se hubieron sentado todos, el joven pinche, un muchacho rubio y algo pecoso, que había llegado al campamento hacia solo unas semanas, preguntó por el fallecido.
- Capitán – pidió – por favor, contadnos cosas sobre él. Casi no lo conocí, ¿quien era Moradan? – quiso saber el chico.
- No podría decir que sé mucho sobre él – contesto el capitán – creo que la persona mas indicada para contarnos cosas de Moradan es Ghash, no en vano ha sido su compañera durante mas de dos años.
- ¡Oh capitán! ¡Yo no se hablar como usted! Además la vida de él es recondenadamente complicada. De entrada nació allí al sur, muy lejos. El me contó que en su país había árboles gigantescos y llovía todos los días. ¡Pero que me aspen si tengo la más remota idea de donde está este condenado lugar! – contestó la mujer, removiéndose en su asiento de piedra y gesticulando de forma exagerada.
- Eso si lo sé – contestó Joram, el escriba – tuvo que contármelo para que yo lo pusiese en su ficha.
Joram era un tipo bajito y enclenque, uno de esos de los que dirías que no pueden ser soldados, porque los tumbarían al primer golpe, pero que en cambio había sobrevivido a muchas batallas. El capitán lo apreciaba porque sabía leer y escribir y además conocía varias lenguas.
- Cuéntanoslo, entonces – contestó el sargento – creo que puede ser una buena forma de honrar al muerto.
- De acuerdo, os contaré lo que él me contó sobre sus orígenes cuando llegó al campamento hace unos dos años- contestó el interpelado, mientras sacaba de su bolsillo la eterna pipa.
Los compañeros se aprestaron a oír una buena historia, sabían por experiencia que las historias de Joram siempre eran entretenidas:

En las lejanas tierras del Harad, mas allá del desierto de arena y del desierto pedregoso existe una tierra donde los árboles son gigantescos, donde llueve todos los días y donde los ríos son tan grandes que no se puede ver la otra ribera.
En esa tierra hay un valle maldito. Las gentes lo llaman La Guarida del Gusano, y al revés que todo lo que le rodea, es un erial de piedras coloreadas, humeantes y quebradizas.
En el fondo del valle emerge una corriente de agua fétida, cálida y que emite vapores venenosos. Esta sale de la boca de una gruta, dicen las gentes que viven en las proximidades que de ella sale a menudo un espeluznante rugido.
Por eso todos los que allí habitan creen que esa es la guarida de un dragón.
Los que allí viven se llaman a si mismos m’neadserds, que en su extraña lengua significa “hombres”
Muchos pueblos viven en la floresta, alimentándose de ella, cazando y recolectando. Son gentes sencillas, con armas simples y con una vida también simple. La mayoría de las gentes de esa zona tienen la piel oscura, algunos más que otros y el pelo muy negro y muy rizado. Se organizan en grupos tribales, existen varias etnias entre ellos.
Uno de esos grupos es un poco diferente a los demás, viven en las laderas del valle maldito y además de vivir de los productos de la selva recogen y trabajan los cristales de colores que deja el agua al secarse.

En este grupo, hace ya muchos años, nació un niño.
La cosa no seria nada de extraordinario sino fuera porque el día de su nacimiento la caverna rugió de forma anormal y las humaredas cubrieron el fondo del valle hasta considerable altura.
El chamán de la tribu, auguró un futuro nada prometedor al chico. Se quedaría solo muy pronto y además no seria nada feliz hasta que hubiese probado el fuego y la sangre.
Los componentes de la tribu no le hicieron mucho caso, estaban acostumbrados a las extrañas salidas del viejo adivinador. Ellos pensaban que eso ya se vería y que el futuro llegaría de todas formas, hiciesen lo que hiciesen.
Llamaron al muchacho Mngaar que es el nombre que se da a las piedras brillantes que utilizan para tallar.,
También es costumbre en esas tierras que los niños vayan aumentando su nombre con una serie de adjetivos que van indicando varias etapas de su vida.
El primero de esos sobrenombres no fue agradable. La familia del muchacho se dedicaba a la extracción de mineral en las fumarolas, allá al fondo del valle. Era un trabajo peligroso pero a la vez muy importante para la comunidad.
Había varios estamentos en esa comunidad, se diferenciaban por el trabajo que realizaban. Había familias de recolectores de piedras, otras de talladores y pulidores, y otras de comerciantes. Además de otras familias, no tan bien consideradas en la tribu, que se dedicaban al cultivo de alimentos y al pastoreo de ganado.
Uno de los días en que sus padres se dirigieron al fondo del valle a recolectar las hermosas piedras coloreadas se produjo un accidente, uno de los lagos gorgoteantes dejó escapar una nube ardiente y todos ellos perecieron quemados.
Por eso el primer sobrenombre del chico fue “desdichado” Ngmé, ya que se quedó sin familia cuando tenía unos 6 años.
Creció al cuidado de un tío materno, comerciante de profesión, que lo adoptó y lo trató siempre como a su propio hijo.
Pero cuando la mujer segunda de su tío tuvo a su primer hijo varón, las cosas cambiaron. Se ve que la primera mujer era estéril y había cogido mucho cariño al chico. Pero esta otra tuvo miedo de que le quitase el sitio a su propio hijo. Y aprovechando uno de los viajes de su esposo, convenció al chaval que lo suyo no era el comercio, que tenia que probar con otro trabajo, así que lo puso de aprendiz en una familia, parientes de ella, que tallaban las piedras.
La verdad es que le hizo un favor, porque resultó ser tan hábil en este menester que pronto fue considerado como un gran artesano entre los suyos. Cuando tuvo los 15 años, recibió un nuevo añadido a su nombre y este fue el de “manos hábiles” braur marengré.
Todo hubiese continuado de la misma forma y él hubiese acabado sus días en paz en ese poblado, rodeado por los suyos, si no hubiese sido porque en el norte de estas tierras, en las extensas llanuras del mar de hierba, existía un reino Haradrim. El señor de este reino servia al poder oscuro. Para él eran sus maquinas de guerra, sus mumakils y sus soldados. Pero para poder satisfacer a su oscuro señor necesitaban esclavos. No les bastaba con aquellos prisioneros de sus innumerables escaramuzas con los pueblos vecinos. Necesitaban un número importante de hombres para la gran guerra que se avecinaba.
Así que contrataron los servicios de un grupo de mercenarios, traficantes de esclavos, para que les trajeran a cuantos más hombres pudiesen para realizar las grandes obras que la guerra inminente necesitaba.
Este grupo de mercenarios se dedicaba a atacar las aldeas y a llevarse a todos los hombres y chicos que pudieran servir para ser esclavos.
Y esto fue lo que ocurrió, la aldea fue atacada y unos cincuenta hombres fueron hechos prisioneros, entre ellos estaba Moradan.
Poco más me contó sobre su vida, solo que fue esclavo entre los haradrim, allá en las tierras del sur y que acabó sirviendo a la oscuridad. Subyugado por no sé que poder que ejercía el jefe de los soldados de ese reino. Y que después, al cabo del tiempo acabo en Mordor, donde fue esclavizado y acabó siendo uno más de los múltiples prisioneros que tenía Sauron en sus mazmorras o bien trabajando para él.
Lo demás ya lo sabéis todos, fue liberado cuando el mal cayó y acabó aquí, el lugar donde quiso quedarse. Aunque no entiendo muy bien porque no volvió con su gente allá en el sur.
- yo sí sé porqué no volvió a su casa – dijo Ghash – no volvió porque temía que algo muy malo le sucediera a su pueblo si el volvía. ¿Recordáis esa especie de profecía de la que habló el escribiente? Pues había más, él no acostumbraba a contárselo a nadie. Decía que de joven no quiso creer en ellas pero que el tiempo le había enseñado que se hacían realidad.
La profecía decía algo así… ¡Shaa! ¡Es recondenadamente difícil! A ver si puedo recordarlo…
“primero probaras la soledad del que esta rodeado de gente
Mas tarde la oscuridad se enseñoreará de ti
Te marcaran con el hierro de la muerte y con las cadenas de la ira
Y cuando hayas probado el sabor de la sangre y el ardor del fuego sobre tu piel
Podrás encontrar la felicidad lejos de los tuyos
Pero si un día tus pies hollasen de nuevo esta tierra
De las profundidades el fuego saldría y todos perecerían
Pues tu sino es morir abrasado en las ardientes cenizas de tu tierra
O perecer muy lejos allá donde el mal fue vencido”
Un profundo silencio acompañó las palabras de la mujer, todos parecían meditar sobre las palabras que habían oído. De pronto el muchacho rompió ese momento, hablando como para si mismo.
- ¿Y decís que la profecía se ha ido cumpliendo? ¡Que extraña e inquietante vida vivió ese hombre! ¿Como debía ser eso de pertenecer a las fuerzas del mal? ¿Y porqué acabó como esclavo allí? – preguntó en voz baja
- Eso puedo respondértelo enseguida – tronó la voz de Ghash – yo sé muy bien que es ser un esclavo del mal y también un soldado de ellos – añadió bajando la voz.
Los ojos del muchacho se abrieron de par en par. Muchos de los presentes mostraron su sorpresa. Todo el mundo sabia que ella había sido esclava de las fuerzas del mal, lo que no sabían es que también había sido soldado.
La mujer se encogió en su asiento, acuclillada, como temiendo que todos ellos se pusieran en su contra. Un joven haradrim se acercó y la tocó en el hombro.
- No temas, mujer – dijo – creo que a él le hubiese gustado que perdieras tu temor a ser juzgada. Cuéntanos como fue que tu le conociste y no temas en explicar qué o quien eras entonces
- Ánimo Ruinariel, tú sabes que debes hacerlo. Por él que te ha cuidado estos años. – la exhortó el escriba – todos nosotros sabemos lo que se esconde detrás de tu apariencia y de tu rudeza.
- De acuerdo, lo haré – respondió la mujer – por el, por mi… compañero, lo haré. Aunque sé que algunos de vosotros no volveréis a hablarme cuando lo sepáis. Pero él fue casi como mi padre, y creo que debo hacerlo.
La mujer parecía dudar, sus gestos desmañados indicaban que tenía miedo, que bajo esa capa de rudeza con la que se cubría había alguien que sufría.
- Bien, yo conocí a Moradan en Mordor – empezó a decir Ghash – de eso hace muchos años. En aquel tiempo yo era un joven soldado orco a servicio del mal y él un esclavo humano que era trasladado de un campo de trabajo a otro.
- ¿En aquel tiempo tenia ya las cicatrices esas en la cara y en el cuerpo?¿ O se las hicieron entonces?- pregunto otro de los soldados
- El ya las tenia – respondió la mujer – creo que esas señales eran muy antiguas. De la primera época en la que él estaba de esclavo. Aunque era raro ver esclavos de piel oscura entre las filas del señor del mal. Normalmente estaban de su parte y le servían como soldados.
El mas sorprendido por la revelación que les había hecho la mujer fue el joven cocinero. Los demás llevaban bastante tiempo conviviendo con ella y asistiendo a su lenta transformación.
Así que no les extraño mucho que ella dijera que había sido un orco. Aunque si que fue soldado, hasta aquel momento habían creído que había sido un esclavo.
- ¿Dices que eras un orco? – pregunto sorprendido – esto no es posible. Tu eres humana ¿Estas intentando tomarnos el pelo?
La mujer se enfureció, se levantó de un salto y se coloco con las piernas abiertas, ligeramente flexionadas, arrancó de un manotazo la cinta que ataba su rebelde cabello rojizo y movió la cabeza de un lado a otro. Tomó un tronco de los que estaban preparados para echar al fuego y habló con una voz gutural:
- Pequeño gusano – dijo – ¿Tu crees que no podría golpearte con ese palo hasta hacerte salir los sesos de esta inmunda cabeza? ¡Ska!
La representación era tan convincente y el aspecto de la mujer tan amenazador que el muchacho se protegió detrás del capitán.
- Ya basta, Ghash – dijo este – todos te creemos. ¿Podrías sentarte otra vez y proseguir por favor?
La mujer soltó una retrailla de palabras ininteligibles para los soldados y se volvió a sentar en su lugar.
- ¿Esto es lengua negra no? – preguntó el muchacho aun aterrado
- Si lo es – respondió Joram – aunque prefiero no traducir lo que dijo. Resultaría demasiado ofensivo para tu familia – añadió con una sonrisa.
- Lo siento, pero esa era la mejor forma que encontré de hacerle ver que no miento – se disculpo la mujer – así es como eran ellos. Y así era yo cuando llegue aquí.
- Más o menos – contestó el joven sureño – había días que daba miedo solo decirte algo.
- Si – aceptó ella – no debía ser nada fácil convivir conmigo.
- No creo que fuera fácil convivir con ninguno de ellos – dijo el cocinero pensativo – la vida de un esclavo en Mordor no debía ser nada placentera.
- No lo era - contestó la mujer – durante veinte años lo fui, sé lo que digo.
Te pasabas el día trabajando bajo la mirada atenta del vigilante, siempre a punto para golpearte con el látigo. Peleando por la comida, por un lugar donde tumbarte a dormir. Sabiendo que el siguiente día será igual al anterior, pero también sabiendo que corrias el riesgo de morir a manos de los otros esclavos, o del amo. Y sabiendo que cuando ya no les sirvieras irias a parar a la cazuela para alimentar a los otros. Cuando se es un snaga no se tiene más expectativa que sobrevivir, sobrevivir como sea.
- ¿Un snaga? – pregunto el muchacho – ¿que es un snaga?
- Es el nombre que se daba a los orcos que eran esclavos – explicó pacientemente Joram, como si esa explicación la hubiese repetido infinidad de veces.
- Así era la vida de los esclavos del mal, como mínimo la de los orcos – explicó la mujer – no sé si era muy diferente la de los esclavos humanos.
- No mucho – contestó un sureño que se había mantenido al margen hasta aquel momento – pero había una diferencia, en general los humanos no se dedicaban a buscarse las cosquillas unos a otros, como mínimo no, hasta que se empezaban a embrutecer. A muchos no les daba tiempo, morían en manos de sus carceleros o bien desaparecían. Se decía que iban a para a la mesa de los amos orcos. Puesto que a menudo eran los más jóvenes.
- ¿Como sabéis todo esto? – pregunto el chico
- ¿Es evidente no? – contesto la mujer – él fue uno de ellos, ¿no ves la marca de la cadena en sus tobillos?
El hombre se levantó, mostró uno de sus pies, una extraña línea rosada marcaba el lugar donde estuvieron los grilletes con los que eran atados los esclavos humanos para que no escaparan.
- El también tenía unas marcas como esas, pero las tenia en los tobillos y también en las muñecas. – explicó el sureño
- Las marcas de la esclavitud – murmuró Joram – ¡cuantos años debió llevar esas cadenas para que se le hicieran esas marcas!
- No lo sé muy bien – comentó el sureño – pero casi diría que unos cincuenta años.
- ¿Tantos? Y como hizo para conservar ese espíritu tanto tiempo sin embrutecerse y convertirse en uno de ellos.
- Creo que él tenia algo que lo mantenía en este lado de la línea – contestó el hombre – él era capaz de crear belleza a partir de las cosas mas extrañas. Construía objetos bellos. Se aferraba a esa capacidad para no dejar de ser humano.
La mujer tomó algo que llevaba en el bolsillo, lentamente lo levanto para que le diera la luz y lo mostró a los otros.
- Hizo eso para mi – dijo – lo hizo para un orco que una vez se atrevió a mirarle a los ojos.
- Es hermoso – musitó el capitán – un bello objeto que proviene del país del mal. Pero que lleva mucho amor en su interior.
- Es una flor de los elfos, la hizo para mí aun cuando creía que nunca más me volvería a ver. Me la entregó cuando llegó al campamento.
- El era especial – sentenció el sureño – fui esclavo con él durante los dos últimos años, antes que cayera el señor oscuro.
- Por favor, cuéntanos como fue – pidió el joven haradrim. Yo no le conocí hasta que llegué aquí.
El sureño se aclaró la garganta, el capitán llenó su vaso con vino y el bebió un sorbo y empezó su historia…
 
aerien
 
 
 

773 personas han leído este relato.

SIGUIENTE CAPITULO
Haz click sobre las esquinas abiertas para avanzar o retroceder de capítulo

  

Comentarios al relato:
Fecha: 05-01-2005 Hora: 00:00
Que bueno, cantidad de detalles y matices que le pones a la simple vida de un hombre humilde. Todo es muy realista, digamoslo asi. ¿Y esto cronologicamente, esta antes de lo de Ghash, o al reves?

Fecha: 17-12-2004 Hora: 23:06
¿Cómo me ha pasado desapercibido este relato hasta hoy?
Es un curioso ejemplar que ahonda en la mitología de ghâsh, un personaje que te viene como anillo al dedo y que empieza a ser casi tan entrañable como Bilbo.
Da gusto que esta historia sea, a la vez, tan buen complemento de la otra y tenga tanta personalidad por sí misma. Se puede leer sin saber nada de Ghash, pero si se conoce a la medioorca, es bonito encontrarla en otra época de su vida, con un notorio carácter juvenil y orquiano, siendo un personaje secundario.
Asímismo creo que las escenas las montas como nadie, sacas matices que pocos encuentran y utilizas argumentos muchas veces desechados, haciendo las historias familiares y misteriosas al mismo tiempo.
Enhorabuena.