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Moradan. Historia de un hombre del lejano Harad
Capítulo 2
El hombre que no era esclavo
Por aerien
 
- Veréis, antes que nada os diré que yo me enrolé como soldado de Gondor, unos años antes de empezar la guerra. Aunque procedo del sur.
El hombre tardó un rato en continuar. Antes de hacerlo se levantó, cogió una de las mantas con las que se tapaban los soldados para dormir y se la echó en los hombros. Luego tomó otro sorbo de vino y empezó:
- Antes de la guerra de la oscuridad yo era un mercenario, me había enrolado en las filas de Gondor aunque provengo de la zona de Umbar.- repitió-
Unos dos años antes del final de la guerra fui capturado, junto con varios de mis compañeros por una patrulla de orientales, en el lugar que se conoce como La Encrucijada. Creímos que nos matarían, pero en cambio nos llevaron a una especie de campamento y nos dejaron en manos de un grupo de orcos.
“Más snaga para el gran amo” gruño el que parecía el jefe de todos ellos y seguidamente nos guiaron hasta la puerta negra.
Una vez dentro de las murallas del país de Mordor nos separaron, supongo que no querían tener a ningún grupo que les revolucionara a los esclavos.
Yo fui a parar a un pelotón encargado de la construcción de una torre de defensa en la zona de las montañas.
Nos trasladaron allí a pie, encadenados los unos a los otros por los tobillos, bajo el látigo de los amos, el intenso calor del día y un frío que te calaba en los huesos por la noche.
El cielo era siempre de un color grisáceo oscuro y había poca luz. Nos hacían trabajar durante el día y por la noche dormíamos hacinados en unos cobertizos malolientes o bien bajo toldos de lona y paja.
Desde el primer día que empezamos nuestro trabajo nos quitaron las cadenas que nos unían y nos pusieron otras que ataban nuestros pies, limitando nuestro andar a pequeños pasos.
Todos los soldados se habían quedado en silencio, el relato de ese hombre despertaba en ellos ecos dormidos de su propio pasado. Algunos de ellos habían sido prisioneros de guerra, otros soldados. Y otros, como Ghash, habían formado parte del ejército del mal.
El joven pinche tenia los ojos como platos y la boca abierta. Cuando oyó lo de las cadenas un estremecimiento corrió por su espalda e intentó ahuyentar sus fantasmas con un gesto de sus anchos hombros.
- ¿Y siempre estabais encadenados? – preguntó – ¿Hasta cuando dormíais?
- En las horas de la noche era peor. Para evitar que nos fugáramos nos encadenaban a otro prisionero y luego ataban la cadena a una argolla.
Yo tuve suerte, el prisionero que eligieron para ser mi compañero nocturno era él. Era Moradan.
Bueno, la verdad es que no era el primero al que encadenaron conmigo, las tres primeras noches me tocó en suertes una especie de bruto que creía que como era de dos veces mi tamaño, tenia derechos sobre mi. Pasé las tres primeras noches acurrucado en un rincón frío mientras él se tumbaba en el montón de paja medio podrida que nos servia de colchón.
Pero al tercer día, no sé porque, se llevaron a ese esclavo a otro lugar y acabé de compañero del esclavo negro con la cara atravesada por las cicatrices del látigo.
Yo tenía miedo, él era un veterano. aunque no era tan corpulento como mi anterior compañero, los músculos de sus brazos indicaban que estaba acostumbrado al trabajo duro. Así que me eche en un rincón, casi en el límite del montón de paja.
De pronto sentí un tirón de las cadenas. Y oí su voz que me decía que me acercara – ¿porque te echaste tan lejos? Ven, acércate un poco más, que hay espacio de sobra para los dos. Además juntos nos daremos calor el uno al otro, hace frío aquí en la montaña cuando se hace de noche – me dijo.
Yo no había esperado oír una voz amable en ese lugar perdido, así que cuando me acerqué tenia un nudo en la garganta – ¡gracias! – le dije. El me respondió – ¿De que? Veo también una cadena en tu pie, eso nos convierte en hermanos ¿Por qué habría de tener más yo que tu?
Me incorporé y le miré a la cara. Bajo la vacilante luz de las hogueras que usaban los vigilantes para calentarse, vi su rostro y supe que no estaba solo. Después de muchas semanas de desear la muerte, supe que de pronto podía estar contento de haber sobrevivido. Pensé que podía ser posible sobrellevar ese infierno y algún día respirar otra vez el aire de la libertad y sentir el sol sobre mi cara.
Me eché a dormir a su lado, sintiéndome por primera vez en muchísimo tiempo tranquilo. Unas horas después me despertó un ruidito.
Me levanté y lo vi sentado, con la espalda apoyada en la roca. Tenía en sus manos un trozo de hierro afilado y tallaba con parsimonia un pedacito de madera. A sus pies había un montón de figuritas. Había varias que representaban snaga con sus patas torcidas, había dos torres de defensa como la que nosotros estábamos reparando, dos vigilantes con sus látigos, también había dos olifantes con sus amos, y uno de los amos nazgul con su terrorífica armadura.
Lo que estaba tallando en ese momento era otra figurita de amo, más grande que las anteriores, con una armadura y una gran maza en su mano.
El hombre rebuscó entre sus harapos y sacó otro puñado de figuras, en ellas se distinguía a un grupo de soldados de a pie, dos soldados de caballería, dos torres con una afilada estructura, dos soldados elfos con una curvada espada y las figuras de un rey, con su corona y una reina.
Le pregunte que eran todas esas figuras y me contestó que eran las piezas de un juego que se jugaba en el país de los haradrim.
Entonces yo quise saber si no le daba miedo que lo mataran por tener un cuchillo y el me contestó – Si he de morir, ¿que importa que sea hoy o dentro de un año?
Y seguidamente se dispuso a guardar todas las figuritas entre sus ropas.
Los esclavos humanos no disponíamos casi de nada para cubrirnos, nos habían arrancado las armaduras y la ropa que llevábamos y nos habían dejado desnudos en cuanto habíamos llegado a la tierra del mal.
Nos tuvieron allí, hacinados como ganado en una especie de pozo, desnudos y asustados como conejos. Los orcos pasaban y se burlaban de nosotros, nos tiraban inmundicias. Uno de ellos tuvo una idea, se puso a orinar en el borde de la poza y nos roció con su pestilencia. Todos nos apartamos instintivamente de aquel chorro de orina que humeaba en la penumbra y eso les envalentonó. Al cabo de un momento había una docena de orcos meando encima de nosotros.
Al cabo de unas horas, vino el amo humano encargado de repartirnos y trasladarnos a nuestros respectivos, digamos destinos. Nos hizo salir uno a uno del pozo y arrugó la nariz ante el olor que despedíamos. Llamó a uno de sus subalternos y este volvió con una bolsa que contenía un polvo blanco, la colgaron de una especie de soporte y nos hicieron poner debajo de ella en grupos de tres o cuatro. El encargado de la bolsa la golpeaba con un palo y de ella salía una nube de polvo que nos cubría, ese polvo se metía por todas partes, y picaba en los ojos.
Después nos repartieron entre los grupos de esclavos y nos pusieron las argollas en los pies. Uno de los capataces nos lanzó un montón de trapos asquerosos y nos dijo que nos los pusiéramos y otro de ellos llego con una especie de capas de piel que olían horrible y nos dio una a cada uno. Yo dejé la mía en el suelo y el capataz me pegó un bofetón y me ordeno ponérmela. – Ya me lo agradecerás cuando lleguemos allí arriba – me dijo señalando la montaña.
Por eso me sorprendió la cantidad de ropa que llevaba él. Tenía una especie de túnica larga hecha a base de pedazos de tela, con un montón de bolsillos escondidos en su interior. Y una capa de piel que no parecía tan sucia como las que llevábamos nosotros.
Cuando llegó la hora del trabajo él dejó su capa extendida a la intemperie encima de la piedra. No nos permitían llevarnos las capas a la construcción, normalmente las dejábamos en el lugar donde dormíamos. Yo había dejado la mía enrollada en un rincón y el la cogió y la extendió al lado de la suya.
Yo le pregunté porqué había hecho eso y el me contestó - Hoy va a llover, si la dejas así extendida la lluvia la lavará. Por la noche ya se habrá secado y olerá mejor.
Me sorprendió la cantidad de cosas que sabia ese hombre, así que le pregunté por ello en voz baja, lo cual me proporciono un buen chichón en la nuca.
Uno de los vigilantes me había dado un coscorrón con una de las varas que ellos usaban para imponer el orden.
El, Moradan, clavo su mirada en el humano. Fue solo un instante, pero pude ver como el hombre retrocedía, levantaba amenazadoramente la vara y luego se giraba para seguir golpeando a otros en la larga fila.
- Si, su mirada amedrentaba. Si le mirabas a los ojos veías tanta resolución y a la vez tanta tristeza que daba miedo enfrentarle.- le interrumpió el viejo sargento Arlui
- Tenia madera de líder – dijo el capitán pensativo – le ofrecí un puesto de mando pero no lo aceptó. Me dijo que pusiera a otro y hasta me indico quien podría hacerlo bien. También me dijo que él era demasiado viejo para ese menester.
- Si él era así – respondió el sureño retomando la narración – hasta los orcos retrocedían ante su mirada. Tenia la costumbre de mirar directamente a los ojos de ellos. No se porqué. A veces llegué a pensar que buscaba a alguno en particular. Dada su insistencia en mirarles a la cara.
- Creo que si sé a quien buscaba – exclamó Ghash – me buscaba a mí. Una vez nuestras miradas se encontraron. Creo que fue la primera vez que miré a un humano a los ojos. No puedo explicar que sentí, pero él descubrió mi secreto y yo supe que nunca lo diría, aunque fuese para salvar su vida.
- ¿Y cual era ese secreto? – quiso saber otro de los soldados – nunca nos dijiste que era eso tan especial que los dos compartíais.
- Ese secreto era que yo no era un orco común – contesto la mujer – yo era un orco que podía salir a la luz del sol y que se quedaba extasiado ante una hermosa flor blanca. Como podéis ver, era un secreto importante. Si los demás se enteraban ya podía darme por muerta.
- Pero eso era porque tu no eras en realidad de su raza – sugirió el joven haradrim – tu eras humana.
- Si, es verdad – reconoció la mujer – pero entonces no lo sabia. Tardé muchísimos años en enterarme.
El silencio se impuso entre el grupo de soldados. A lo lejos, en los límites del campamento el cambio de guardia estaba a punto de realizarse. Uno de los soldados se levantó, saludó al capitán y se fue hacia una de las garitas. El soldado que terminaba la guardia fue avanzando hacia ellos. Saludó a todos en la penumbra, sin distinguir a nadie. Tomó su escudilla y se sentó a comer.
- Estábamos hablando de Moradan – dijo el capitán como saludo – tendiéndole un vaso con vino – toma bebe con nosotros en su honor.
- ¡Gracias… mi capitán! – contesto el soldado con la comida medio atragantada por la sorpresa de encontrar entre ellos a su superior.
Los vasos volvieron a llenarse en ese intervalo, todos parecían esperar algo. Entonces la mujer levantó su vaso y habló con la voz rota por la emoción.
- ¡Adiós mi amigo! ¡Aunque viva más de cien años no podré olvidar todo lo que fuiste para mí! - termino en un susurro y tomo un sorbo de su vaso y los demás la imitaron.
- Nuestro amigo Rasna nos contaba como le conoció. Fueron esclavos los dos en Mordor ¿sabes?
El soldado asintió con la cabeza. Su boca estaba llena en ese momento con el estofado de la cena. Recalentado unas horas después para los soldados que estaban haciendo la guardia.
- Entonces ¿Que os parece si le dejamos continuar? – sugirió el escriba
Todos asintieron y se prepararon para seguir escuchando al soldado que había sido un esclavo en Mordor.
- A ver ¿Que es lo que os estaba contando? ¡Ah si! Os decía que él tenia la costumbre de mirar a todo el mundo a los ojos y que a menudo los amos se amedrentaban cuando hacia esto.
- Si, nos dijiste que hacia esto también con los orcos – contestó el joven haradrim – era muy arriesgado por su parte. Los orcos no se miran nunca a los ojos porque eso supone un desafío. Y no creáis que lo sé por otras personas, yo mismo pude experimentarlo. Ya que yo era uno de los soldados del señor oscuro y una vez casi me matan por hacer eso.
- Si, parecía querer morir. O mejor dicho, no le importaba si le mataban. Y ellos parecían saberlo.
Una noche pusieron a un uruk novato de vigilante. El tipo se tomaba muy en serio su papel de controlador de esclavos. Nos vio a los dos sentados en la paja mientras él me contaba en voz baja que esa figura que estaba haciendo desde hacia días era el gran amo. Se acerco y nos gruñó. Sacó su cuchillo orco, un cuchillo mellado y en muy malas condiciones por cierto, y se lo puso en el cuello a Moradan.
Yo creí que nos rebanaría la garganta allí mismo pero él le clavó su mirada desafiante. Luego, lentamente cogió la muñeca del orco y apartó el cuchillo. Lo miró un instante y sin que el orco lo soltara se lo pasó por el brazo, que estaba sudado. Y lo guió hasta una piedra rojiza y arenosa.
Sonrió al hacerlo y se dispuso a amolar el viejo cuchillo sin que el orco lo soltase. Estuvo unos minutos pasando el filo por la piedra y después volvió a pasarlo por su brazo.
El orco comprendió, abrió sus ojos rojizos y le miró. Luego soltó el cuchillo y con un gruñido le ordeno a Moradan que lo afilase,
Mas o menos una hora después, el cuchillo brillaba en la penumbra y estaba tan afilado que podría cortar un pedazo de papel.
El orco lo probó cogiendo uno de mis mechones de pelo que ya empezaban a caérseme por la cara y cortándolo limpiamente de un tajo.
Luego gruñó satisfecho y nos dejó con el hierro amolado y las figuritas.
Aprendí mucho de él, y si sobreviví a aquel infierno creo que fue gracias a él. Me enseñó a escoger entre la bazofia que nos daban, la comida más o menos potable. Muchos de nuestros compañeros estuvieron enfermos los primeros días, hasta que su estomago se acostumbro a aquella porquería.
- Si era peor que el estofado de cerdo del cocinero debía ser algo vomitivo – bromeó uno de los soldados
- pues si, era peor que eso – contesto él, bajo la mirada furiosa del cocinero – te lo puedo asegurar. Muchas veces no era estofado de cerdo. A menudo era carne de orco o el cuerpo de algún compañero lo que nos daban para comer.
Todos se estremecieron al oír lo que les contaba el soldado. Ghash se removió en su asiento de piedra y el joven haradrim puso su mano sobre su rodilla para tranquilizarla.
- No había más remedio que comerlo – contestó el hombre – o comías eso o te morías de inanición. Además si comías poco, estabas débil y era más fácil acabar como un plato más dentro del menú.
- ¡Es asqueroso! - exclamó el joven pinche – realmente vomitivo.
El joven se llevo una mirada cabreada de la mujer. Una de esas miradas que decían que si el capitán no hubiese estado allí y no estuvieran todos tristes por la muerte de Moradan, la pelea hubiese sido descomunal.
- ¡Tranquilízate Ghash! – le dijo quedamente el joven haradrim a la mujer
- Es que me saca de quicio, Haled – contesto ella también en voz baja – ¡es tan inconsciente! ¡Poco hubiera durado ese allí!
- No te apresures a emitir juicios – le contesto el soldado al joven pinche – tu no has vivido eso para poder juzgar lo que harías en las mismas condiciones.
Aunque supongo que a ti no te habrían puesto a trabajar en las construcciones. Tú hubieses acabado en el servicio personal del vigilante o del amo.
- Si, le estarías calentando la cama – exclamó otro soldado con una sonrisa irónica en su boca torcida, mientras hacia un gesto implícitamente sexual con sus brazos y sus caderas.
Los demás soldados rieron la gracia. En otras circunstancia esa broma habría generado un montón de comentarios entre jocosos y malintencionados sobre las inclinaciones sexuales de todos ellos, pero en ese día nadie estaba de humor para tales cosas y la risa se apago al poco de empezar.
- En eso tienes razón – exclamó Haled, el joven soldado haradrim – conocí a varios amos que tenían su harén de jóvenes esclavos. Y no tan solo amos humanos, había también algunos amos orcos que se divertían con ellos.
- Si, eso era bastante normal en las zonas cercanas a los cuarteles, cuando estaban lejos de los cubiles donde mantienen a sus mujeres. Pero tened en cuenta que había hembras orco entre los soldados. Y ellas también tenían esas costumbres.- dijo un soldado que se había añadido al grupo hacia un momento
Mientras decía esas palabras miraba fijamente a Ghash, desafiadoramente. La mujer le aguantó la mirada mientras sus dientes rechinaban y sus manos se crispaban en torno a su cintura, el lugar de donde habitualmente colgaba su espada.
Iba a ponerse en pie y a empezar una pelea. Eso estaba claro, pero el capitán lo hizo antes.
- ¡Soldado! – exclamó – vaya con el oficial de guardia y dígale que tiene asignados tres turnos de guardia en la puerta de las letrinas.
- ¡Si señor! – exclamó el soldado. Y se alejo rezongando para si algo sobre los privilegios de algunas fulanas.
Las risas de los demás le acompañaron un buen trecho. El capitán volvió a sentarse satisfecho mientras los mas cercanos palmeaban a la mujer en la espalda y le aseguraban que ese tipo era un cretino y que se lo tenia merecido.
La mujer pareció tranquilizarse, como mínimo lo suficiente como para volver a prestar atención a lo que decían los demás. Aunque murmuró por lo bajo.
- Tu no sabes como las puede gastar una hembra orco, me gustaría saber que harías tu para contentarla si una de ellas te pusiese uno de sus cuchillos en la garganta.
- Ese es un cobarde – dijo el teniente Arlui – ese acababa con un bonito corte en la yugular.
- Claro, no creo que tenga narices para hacérselo con una mujer. Así que menos con una tía que te amenace con rajarte por la mitad si no la satisfaces – contesto uno de los soldados
- Eso significa que lo probaste ¿eh pillastre? Ya decía yo que ese día que capturamos un grupo de orcos tardaste en volver de acomodar a los prisioneros.- le dijo el sargento al soldado.
Todos se rieron cuando vieron la cara de confusión del primero. Que se había sofocado, no se sabia si por la vergüenza o porque había algo de verdad en lo que decía su superior.
- Estábamos hablando de cómo era la vida de un esclavo en Mordor – dijo Haled, intentando volver a la anterior conversación, ya que veía que las cosas estaban derivando a temas peligrosos.
- Si – cortó el capitán cogiendo el relevo – por favor prosigue – dijo dirigiéndose al sureño.
El hombre cerró un momento los ojos, con las llamas de la hoguera danzando en su cara fabricando sombras que eran como tatuajes.
- Hay algo que aprendí de él que me ha servido para todo en la vida – dijo – es algo que no se puede contar con palabras.
Mirad, cuando un hombre enfrenta a la muerte de la forma que él lo hacia, con esa tranquilidad, con ese animo… Entonces merece mi respeto sea del color que sea o de la raza que sea.
- ¿El te enseño eso? – preguntó otra vez el joven aprendiz de cocinero – ¿y cómo lo hizo?
- ¿Cómo lo hizo? Pues… haciéndolo. El se enfrentaba a todo en la vida de la misma forma. Decía: lo que ha de suceder sucederá. No le vi nunca levantar la voz o quejarse cuando uno de los amos le golpeaba. Tampoco cuando uno de ellos te tomó manía y se dedicó a buscarle las cosquillas, a ensañarse con el.
Estuvo dándole el peor trabajo varias semanas seguidas y golpeándole porque decía que lo hacia mal. La verdad es que no había piedras mejor cortadas que las suyas y tampoco hileras mejor construidas. Pero ese amo tenia algo con él, no sé que era, la mayor parte de los días Moradan se iba a dormir con la espalda dolorida o la cara hinchada por los golpes de ese bárbaro.
Todo eso duró hasta un día que el amo se exaspero hasta el límite. Había estado gritándole y dándole patadas y él se había quedado en el suelo inmóvil sin casi ni pestañear. Lo cogió del pelo, que empezaba a blanquear y lo levantó para mirarle a la cara, le escupió y todos vimos como la saliva le resbalaba por la frente.
El no hizo ningún ademán para limpiarse, se limitó a mirarle a los ojos, en su cara no había ninguna expresión de rabia o de odio. Casi se podría decir que lo que se podía ver era pena, pena por el amo.
El amo retrocedió un paso y lo soltó. Sacó la espada y la levantó sobre su cabeza. Todos creímos que le mataría, pero de pronto clavo la espada en el suelo entre los dos.
Y con un graznido ordenó a todos que volviéramos al trabajo mientras se alejaba camino arriba.
Moradan se quedo de pie, frente a la espada orca limpiándose el escupitajo de la cara con el dorso de una mano. Luego se giro y volvió al trabajo.
Un gemido interrumpió al hombre en su explicación, era ghash que sollozaba.
- si el era así – dijo suavemente – su ejemplo es lo que me anima a seguir luchando.
- Tienes razón – contesto Joram – Él era un hombre que no fue nunca esclavo.
 
aerien
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 17-12-2004 Hora: 23:28
Bufff
Qué final. Qué habilidad para ir describiendo a Moradan, entre todos los personajes, descubriéndonos su fabulosa estela, su fascinante ser, sin reducirse a una retahila de halagos insustanciales, que sería lo más normal en estos casos...
A pesar de esto, to diría que lo mejor es que subliminalmente no dejas de describirnos la miseria y grandeza de un campamento de soldados igualmente míseros y grandiosos, azotados encima por la dulzona muerte de la enfermedad que acecha.
El final y su conclusión es un broche perfecto.