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La leyenda de Isilaiko
Capítulo 1
1º Parte
Por inwen_lindonar
 
Por Inwen Lindonar, nieta de Khyxthal

En una isla perdida en el mar había un círculo de piedra dentro del cual se encontraban cuatro esculturas. Dos de esas esculturas representaban figuras masculinas y eran de roca, una roja y la otra azul. Las otras dos esculturas representaban figuras femeninas. Una de estas dos esculturas también era de piedra pero de color blanco, en cambio la otra escultura era transparente, de cristal. Esta escultura representaba una doncella de rostro bello y triste con lagrimas de diamante que vestía una túnica y a sus pies descansaba un escudo plateado y en el escudo brillaba un hermoso pájaro de fuego. Sobre su mano derecha, que estaba extendida, había una estrella de zafiro y en la estrella un corazón de cristal y en el corazón una pequeña luna de jade con una diminuta incrustación de rubí.
Una noche en que se desató una feroz tormenta en la que todas las fuerzas de la Tierra Media se desplegaron la estrella de la escultura se quebró y por esa fina grieta emergió la luna de jade.
La luna escapada fugaz de la escultura atravesó la noche y en su caminar recorrió la Tierra Media buscando su destino.
Bajo la mirada de la luna licántropos en la noche oscura cercaron la vereda que va hacia el río, resuenan sus aullidos atronadores al caer la luna al otro lado de la montaña un suave rayo de la luna se desliza sobre el agua tranquila buscando su final. Un final que no llega en una montaña que no termina por un río que no desemboca durante una noche eterna con unos aullidos infinitos iluminados por un rayo inmortal.
La luna sobrevoló el mar y la tierra, ciudades y zonas deshabitadas, lo recorrió todo en su deambular nocturno hasta que finalmente, en tierras lejanas más allá de la Ciudad de los Corsarios encontró una cabaña solitaria en la que una mujer y su marido esperaban el nacimiento de su primer hijo.
Cuando la luna llegó se acercaba el amanecer, el parto se prolongó todo el día siguiente hasta que al anochecer el niño nació. Todo aquel tiempo la luna permaneció en la ventana esperando sigilosa su ocasión, su momento. Y aquel momento se presentó justo cuando el niño nació y la luna aprovechó para fundirse con el cuerpo del recién nacido antes de su primer llanto. Desde aquel día el niño llevaría la luna de jade en el pecho, incrustada en la piel.
El niño creció y se volvió fuerte y hermoso. Sus cabellos eran negros, brillantes con destellos azules, cosa que no sorprendía en aquellas tierras, no ocurría lo mismo con su piel pues esta era blanca como la nieve y sus ojos de color púrpura parecían traspasar el alma y el pensamiento. Sin embargo, conforme crecía el niño una sombra fue creciendo a su alrededor. Al niño no le gustaba la luz del sol, por lo que siempre salía de noche, y si algún día se veía obligado a salir a la calle durante el día llevaba espesos ropajes que impedían que la luz del astro rozara su piel y la dañara.
Así fue transcurriendo el tiempo y, poco a poco, se fueron acostumbrando a las rarezas del muchacho, que se convirtió en un diestro luchador, hasta que una noche un sueño inundó la mente del muchacho. En el sueño veía a una hermosa doncella de cabellos dorados y ojos grises que caminaba por el bosque, mientras tres anillos la seguían, a su lado apareció un hermoso pájaro de fuego, que se fundió con la joven, entonces sus cabellos se volvieron rojos y sus ojos verdes y una mascara de mithril recubrió su rostro hasta que una lágrima de cristal rompió la máscara y los tres anillos desaparecieron. Luego sus cabellos se volvieron castaños y sus ojos marrones y llevaba un hermoso vestido blanco, sin mangas ni tirantes, con diamantes simulando una lluvia de estrellas, y al mirar aquellos ojos de su sueño se le clavaron al joven durmiente en su corazón y despertó, pero para entonces ya tenía aquellos ojos clavados en el alma.
A la mañana siguiente comenzó a prepararse para un largo viaje. Un viaje en busca de la extraña doncella de su sueño y del que no sabía si regresaría algún día y partió dirigiéndose al norte, donde había oído que vivían gentes con los ojos y los cabellos claros y así se despidió de su familia con la certeza en su corazón de que nunca les volvería a ver.
Embarcó en el puerto de Umbar con destino al norte. El viaje fue tranquilo, sin sobresaltos. Cuando llegó a la bahía de Belfalas desembarcó y continuó su camino hacia el norte a pie pero apenas había comenzado a introducirse en aquel territorio desconocido para él se vio sorprendido por un grupo de salteadores de caminos. Estos eran quince y él a pesar de ser un excelente luchador se encontraba en inferioridad, hasta que se encontró acorralado junto a un precipicio. Uno de los salteadores lanzó hacia él la espada, el joven reculó hacia atrás con tan mala fortuna que perdió pie y se precipitó al río Gilrain. Los salteadores no se preocuparon por si estaba vivo o muerto, desvalijaron sus pertenencias y se marcharon siguiendo su destructivo camino.
 
inwen_lindonar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 13-10-2004 Hora: 22:48
Me ha gustado bastante. Eres detallista y esto hace más real este cuento.

Fecha: 03-10-2004 Hora: 19:19
Es muy directo, una buena manera de introducir la historia, sin embargo veo una pega en eso: el ritmo del relato le va bien al comienzo, muy mitológico, casi resumiendo una leyenda, para luego decaer en cuanto empiezas a concretar sucesos (lo de los salteadores). En cualquier caso, se promete interesante.

Fecha: 03-10-2004 Hora: 01:16
Es muy bueno! de verdad que me encantó!! Sigue escribiendo que nos tienes metidos...