Ir a Posada de Mantecona
 


DE JURAMENTO
Capítulo 3
De la desaparición de Linte y Leanthuir
Por Muinthel
 
Muchas noches hacía que Leanthuir apenas dormía, más incluso, pues cuando lo hacía se mantenía como despierto. De modo que aquella noche fue el único en oír levantarse a Ahlana, pues ni su marido escuchó cómo la triste joven se acercaba a las mantas que tapaban a su hija, cómo, con Linte soñando en brazos, se dirigió a la orilla del río Seco. Leanthuir observó avanzar sus sombras guiñando sus grandes ojos azules, hasta que distinguió a la madre metiéndose en el agua e inclinándose, momento en el que se levantó para echar a correr hacia ellas. Pero antes de que diese tres zancadas Ahlana ya se había incorporado, y de espaldas retrocedía hacia la orilla con la niña en brazos. Pasó junto a Leanthuir como un espíritu, tan cerca que él pudo ver su rostro extremadamente pálido, absolutamente inexpresivo, sin que ella se percatase de la presencia del niño. Lánguida, se sentó en la orilla sobre una roca plana, acunando a la pequeña, cantando suavemente una dulce melodía que estrechó la garganta de Leanthuir con lejanos recuerdos. Con el corazón invadido de la melancolía de la que siempre huía, se acostó junto a madre e hija cerrando los ojos. Cuando volvió a abrirlos se percató de que hacía rato que el canto había cesado, de que sobre la roca no había ya sombra alguna, pero en la arena guijarrosa distinguió con ayuda de Isil un rastro de pesados pasos introduciéndose en las montañas. Reprochándose su debilidad justo en el momento que tantas noches había temido durante el viaje, se dirigió a gatas hacia donde descansaba Nomaar, y a su lado vio a Ahlana, que pegada a su espalda miraba absorta a su marido. Pero como en ningún sitio vio a Linte, echó a correr siguiendo la dirección vagamente marcada por los pies de la desesperada esposa y débil madre.
Los ojos de Leanthuir brillaban de ansiedad cuando al cabo de dos horas de búsqueda ya no podía estar seguro de que aquella especie de surco que seguía fuese a conducirle a Linte. Mientras caminaba, recordó la noche en que la niña había cruzado sin aliento el umbral de la vieja casa en que él se refugiaba en Estolad. Los ojos enrojecidos de Linte se habían cruzado con los suyos, secos hacía más tiempo del que podía recordar. Pero en aquel momento su corazón temblaba de soledad, de forma que la aparición de Linte le incomodó en lugar de consolarle, y rabioso gritó a la niña que se marchase. Fuera porque ella no le entendió, fuera que le comprendió por completo, Linte no se movió. Permaneció junto a la puerta, mirando a su habitualmente cariñoso compañero de juegos y maestro de pelea, esperando que en cualquier momento fuese a desprenderse de aquel áspero saco de paja con el que aquel día estaba cubierto. Leanthuir se acercó a ella furioso, pegándole un fuerte empujón que la tiró al suelo. El golpe de Linte borró del rostro de Leanthuir el enfado ante la sangre que empezó a brotar de la rodilla izquierda de la niña, que rompió a llorar por fin. Leanthuir acarició su frente y besó la herida antes de correr en busca de algo con que cortar aquella cascada roja. En un rincón encontró un pañuelo de lino casi limpio. Lo ató con firmeza a la pierna de Linte mientras le murmuraba con dulzura. La niña dejó de llorar, pero abrazada a Leanthuir empezó a temblar respirando con dificultad, así que, unido su estado al ahínco con que se lo pidió, el chico tuvo que permitirle quedarse esa noche con él. Entonces no imaginaba que pocas semanas después se sentiría inmensamente feliz al verla de nuevo convulsionada por el frío y el miedo, a la sombra del amanecer que acariciaba ya las montañas. Tan desfallecido se encontraba, que cuando se tumbó allí mismo, abrazando a Linte, se quedó dormido un instante antes de que ella dejase de estremecerse y sollozar.
 
Muinthel
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 14-12-2004 Hora: 14:02
En la misma linea. Tus pequeñas dosis de tenbrosidad y emoción abruman a cualquiera.