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El daño de Isildur
Capítulo 1
Por Elrotar
 
Se oían cuernos y tambores de guerra a lo lejos al norte del río grande. Me puse de pie y mire sobre el borde de la colina y vi una gran colmena de hombres con armaduras plateadas y relucientes a la luz del sol o la gran Cara Amarilla como algunos lo llamaban. También un poco atrás y a los costados se observaban unas armaduras de color amarillo refulgentes y si no fuera por la vista que se me había concedido juraría por los mismísimos enanos de las montañas de hierro, que eran de oro puro de las cuales colgaban bastamente unas capas grises.

Pronto se acercaban pero luego viraban hacia el este encaminados a la unión de los Ephel Dúath y los Ered Lithui como si fueran hacia la…… ¡Guerra! Me volví sobre mis pasos corriendo y trastabillando hasta el campamento y grite:

-¡La guerra se aproxima, levanten el campamento!, ¡Partimos hacia la guerra!
-¡Alzad vuestras lanzas y vestid vuestras cotas y yelmos!, ha llegado la hora de defender nuestra tierra.

Dos mil soldados altos y esbeltos de cabellos negros y ojos azules todos de una contextura áspera y tosca, se levantaban y se movían desesperados y nerviosos, pensando posiblemente en como iban a morir pero que aun si morían seria por el honor de servir al Legitimo rey Elendil bajo el poder de Narsil. Corrían de un lado para otro organizando sus pertenencias y sus armas y he allí que estaban sus mujeres con sus familias despidiendo a los guerreros de las huestes de Gondor que habían vaciado las calles de Osgiliath abajo en el sur sobre una parte angosta del Anduin.

De pronto todos estábamos en marcha junto con otras compañías del sur que venían desde Lossnarch, de los puertos de Dol Amroth y de Edhellond, y algunos venían del lejano Harad a lo lejos en el sur. Todos encaminados por el mismo deseo común en toda la Tierra Media, destruir al gran Señor Oscuro y librarnos del poder del Anillo único.
Divisábamos las vastas y verdes campiñas de los campos del Pelennor que se esparcían hacia el Mar al oeste y al sur mientras que los hermosos jardines de Ithilien se llenaban de una densa neblina oscura que baja de los Ephel Dúath. A lo lejos y muy distante en el sur se alcanzaba a observar un gran ejército partido desde Minas Anor y desde el valle de Minas Ithil rumbo al norte.

Después de largas horas de travesía, fuimos escuchando los horrores de la guerra a unas pocas leguas al norte. Sonidos de madera partiéndose y flechas silbando como si fuera una lluvia horizontal. Los gritos y los aullidos de dolor hacían que mis hombres trastabillaran y alguno que otro abandonase la fila.

-¡Temple!-gritaba - Hoy será un día nefasto para la Tierra Media que quedara escrito en los grandes libros, un di que se conocerá como la gran batalla de Dagorlad ante la tierra de Mordor y el Señor Oscuro. Muchos morirán y otros vivirán. Aquellos que mueran hoy en el combate serán recordados con honor y se harán inmemorables e inolvidables recuerdos de antaño. Luchen por la libertad y la paz de sus seres queridos. ¡No rompan las filas! ¡No demuestren miedo ante esas horripilantes y desgraciadas inmundicias! ¡Acaben con ellas! ¡Destrúyanlas y azótenlos! ¡No dejen a uno vivo aunque ustedes mueran en el intento! ¡Les prometo yo Andarlhen hijo de Henerthblem, 3er capitán de los ejércitos de Gondor y juro que por el nombre Elendil que sus muertes y su poder de guerra no serán en vano y que hoy triunfaremos!
Todos aquellos que habían abandonado las filas regresaban enérgicos y con un furor que nadie hubiese podido imaginar. Volvían y avanzaban aun más rápido de lo normal. Bajo los yelmos hechos de Mytrhil y con cuatro puntas representando a la sangre Numenoreana se veían rojos como el fuego, unos ojos que tenían sed de sangre y de muerte.
Ahora marchábamos rápido acercándonos como una avalancha gris y pálida sobre una mancha oscura esparramada sobre la roca. Detrás de nuestras filas venían a muy corta distancia los grandes ejércitos de las torres y los puertos de Gondor.

-¡Arqueros apunten!-dije señalando a un tumulto sobre un risco-¡Disparen! Un silbido pasaba por mis orejas y se perdía en las grandes alturas del risco. De pronto advertí que allí altos y esbeltos con ojos plateados, cabellos dorados y orejas puntiagudas se encontraban unas figuras doradas y de capas grises, las cuales sobre sus yelmos tenían una media luna plateada, afilada y brillante disparando flechas a todo dar. Una vez sus carcajes estuvieron vacíos, desenfundaron sus encorvadas espadas y cargaron. Lo mismo hicimos nosotros después de un corto tiempo.

Golpeé y destaje con fuerza el cuerpo de un horrendo orco cuya cabeza voló por los aires y fue a dar con la espalda de otro al que habían empalado justo en ese momento.
Después pase por los grandes torsos de 5 orcos alrededor mió y después eche a rodar por el piso hasta llegar a un gran grupo de soldados que se encontraba acorralado. Con gran astucia y fuerza nos abrimos paso hacia la montaña de fuego.

Volvió la cabeza mientras corría y ví que una sabana gris cobijaba de pronto toda la suciedad e inmundicia. Había por lo menos allí unos doscientos mil hombres y unos diez mil elfos los cuales podían cargar con el doble de orcos que cada uno de nosotros.
Pudimos ver que en tanto que la ola grisácea iba avanzando, los orcos volaban por los aires como si una gran hoz estuviese podando en prado y las hojas volasen por los aires después de ser violentamente cortada.

Después de un largo y arduo avance de las tropas aliadas por algunas leguas hacia el sureste, de un momento a otro a unas pocas millas de la montaña de fuego sucedió algo sumamente aterrador. Como un árbol negro de gran tamaño, con una armadura grande y gruesa y con un yelmo en forma de corona espinosa y una larga cadena la cual al final terminaba en un mazo con púas del tamaño de un brazo de hombre y en el inicio una mano cubierta por un guante con protectores metálicos en las coyunturas de los dedos, lo vimos horrorizados. Ahí como si el tiempo se hubiese detenido y con el los ejércitos enemigos, estaba el gran Señor Oscuro, con el Anillo Único puesto en uno de los dedos que empuñaba aquella arma siniestra. Era como si la misma muerte hubiese aparecido de la nada para infundir temor sobre toda especie de bien que se encontrase a su paso.

Empezó a bolear la cadena y a arrojarla sobre las primeras filas; era horripilante y a la vez asombroso el poder que poseía al levantar por los aires una gran cantidad de soldados entre ellos hombres y elfos a la vez, quienes gritaban de dolor. Esto lo hacia una y otra vez. De repente de entre todos los soldados apareció con Narsil empuñada en la mano el gran rey de reyes Elendil quien se abalanzo con gran coraje hacia la gran masa corpulenta que allí se hallaba como empotrada en el suelo. Esta a su vez le propino un golpe con el mazo con púas que llevaba en la otra mano y lo tumbo sobre el suelo rocoso ensangrentado y Narsil cayo quebrándose sobre la roca firme. Isildur, su hijo corrió a atenderle agachándose y alzando su cabeza. En ese momento de dolor se alcanzo a escuchar los gemidos del malherido rey que yacía en el piso con unos grandes orificios en su cota de malla de los cuales salía sangre.

Como si el tiempo transcurriera lentamente, se escucho un grito desgarrador y sórdido en una milla a la redonda de Isildur quien a su vez cogió rápidamente el pedazo de espada que quedaba aun con la empuñadura y mientras El estaba bajando la cadena con el mazo de nuevo para darle un golpe, levanto el brazo y le corto los dedos los cuales volaron por los aires y cayeron haciendo aflojársele y salírsele el Anillo.
Un grito grueso y horripilante sonó en todo Mordor y en toda la Tierra Media metiéndose por cuanta cueva y bosque hubiera en los confines de esta. Seguidamente la tierra empezó a temblar cada vez mas y mas fuerte hasta que de un momento a otro, como si le proviniese desde sus entrañas empezó a temblar también El hasta que parte por parte de su cuerpo empezó a despedazarse y a salir despedido en todas las direcciones y un campo esférico de fuerza se extendió desde ese punto hacia afuera. Toda criatura, todo hombre y elfo que allí habían cayeron de bruces y fue como si el campo de fuerza los hubiese tumbado.

Los orcos y algunos trolls de las cavernas atemorizados, viendo que habían perdido por completo a su guardián y a su gran señor y jefe huyeron hacia todas las direcciones aunque muchos soldados les dieron alcance a algunos y los eliminaron. El viento soplaba y toda la hediondez y la inmundicia se iba con el. El polvo se había asentado y un terreno desolador y agrietado se abría ante nuestros ojos. Note por el rabillo del ojo que aun quedaban unos cuantos orcos en uno de los riscos de la montaña pero no les di importancia.

A Isildur se acercaron varios soldados y entre ellos se encontraba un alto elfo muy distinto a los demás. Este tenía los ojos negros y cabello oscuro como el cielo que se extendía sobre nuestras cabezas. Le ayudo a levantarse dificultosamente y todos los que estábamos allí lo escucharon decir:

-Isildur, hay que destruir el Anillo Único en el mismo lugar que fue forjado, allá arriba en la Montaña de Fuego.

Isildur que se levantaba con las manos apoyadas en el suelo rocoso y ensangrentado y como si estuviese ciego buscando desesperadamente su bastón, empezó a palparlo hasta que pudo acariciar con sus dedos una forma circular uniforme y perfecta de oro puro que disminuía su tamaño rápidamente. Por dentro se alcanzaban a leer unos caracteres élficos de los cuales pude entender algunos de los que estaban allí escritos.

Un Anillo para gobernarlos a todos
Un Anillo para encontrarlos,
Un Anillo para atraerlos a todos
Y atarlos en las tinieblas

Luego de esto desaparecieron como si el fuego que las encendía se apagase rápidamente. Lo cogió con sus manos y una extraña expresión apareció en su rostro.
-¡Destrúyelo!-gritaban todos-¡Si destrúyelo para tener paz!-decían otros con voces adoloridas.

El caminó entonces, en dirección a la montaña de fuego mientras todos le seguíamos. Detrás de el iba el elfo de cabellos oscuros a quien le conocían como Elrond y detrás de el íbamos algunos capitanes y soldados de menor rango. Íbamos subiendo una cuesta pedregosa de la cual salían lentamente humos por algunos orificios desconocidos. Allá a lo lejos en el este el cielo se iba degradando de negro rojizo hasta volverse blanco sobre el mar de Nûrnen. El cielo aquí era de color negro que se combinaba con el fuego que salía de la boca del volcán.

Llegamos un poco exhaustos hasta la entrada principal del volcán; los rugidos del viento caliente y el fuego que brotaba de muchas salientes internas atormentaban y ensordecían el panorama del foso hirviente.
Muchos incluido Elrond lo acompañamos hasta el final del camino conformado por una puntiaguda saliente rocosa que lucia dorada a causa de la luz de la lava en la parte inferior del volcán.

Isildur ya estaba en la punta de la saliente y Elrond le precedía unos metros atrás junto conmigo y otro soldado. – ¡Destrúyelo Isildur! ¡Arrójalo ahora y terminemos de una vez con esto! –gritaba el con fuerza dentro del escándalo. Pero Isildur hizo caso omiso y mirándolo con aberración y una sonrisa maligna que se le dibujaba en la cara se dio vuelta y dijo maliciosamente:

-¡NO!, ¡el Anillo Único ahora es mío!
-¡NOOOOOOOO!-gritamos con pena y dolor mientras el se regresaba sobre sus pasos hacia la salida y nos arrojaba hacia el suelo con una fuerza inimaginable. Después descendió cuesta abajo como si estuviese orgulloso de la obra que había hecho. Yo por mi parte corrí detrás de el a tratar de detenerlo aunque en ese momento tuviese mucho poder como para matarme. De repente como si el Anillo lo hubiese planeado antes de la muerte de su creador cayo una flecha hundiéndose muy profundamente en mi pecho y bruscamente fui impulsado hacia atrás. Las rocas me tallaban la espalda y el sudor amargo me corría por la frente; mi cara estaba tiznada y mis manos también. Gemía del dolor profundo al ser herido por una flecha de penacho negro que parecía estar envenenada en la punta.

Todo el mundo pasaba por mi lado corriendo hacia Isildur para tratar de detenerlo pero nadie reparaba en mí pensando que era tan solo un cadáver más. En ese momento pensé en todas las palabras de coraje que había infundido en mis soldados queriendo olvidarlas. –Falle - me decía – No pude darles la victoria a mis hombres ya que este suceso ha dejado por debajo el honor de la raza de los Hombres de Númenor y que peor derrota que esta; maldita sea la codicia que ronda nuestros corazones y el deseo de poder; no existe algo más miserable y traidor que esto.

De ahí en adelante me quede dormido en un largo sueño en el cual veía que todos mis hombres eran torturados y sacrificados delante de la montaña de fuego; y yo estaba allí con un yugo sobre la cabeza y estaba atado de manos y pies. Me daban latigazos en la espalda. Había allí muchos orcos también quienes hacían las veces de verdugos. En el sueño asombrosamente me sentía mejor ya que en vez de lo que había hecho Isildur prefería estar muerto. Pero en ese instante hubo una fuerza sobrenatural que hizo que no me diese por vencido; me desperté y estaba en el mismo lugar aunque ya no sudaba, tenia la flecha ensartada aun pero me di cuenta que no había caído justo en pecho si no un poco mas arriba casi en el hombro. Me levante con una leve dificultad aunque agotado y fatigado; camine hasta la entrada en Udûn y vi allí muchos cuerpos muertos, cadáveres de guerreros deshonrados que se extendían como un lago de color rojo grisáceo; allá en la Cienaga se veían un tanto mas de cuerpos flotando. Las caras estaban grises, pálidas y tristes. Había un silencio mortuorio y el viento sopla en un desierto de batalla.

Asombrosamente después de un rato, si hubiese estado con alguien mas hubiese sido solo yo el viese unas formas espectrales que se levantaban de los cuerpos de cada combatiente y se dirigían a Minas Anor. Yo los seguí cauteloso y estupefacto. Durante cinco leguas camine hacia el suroeste tropezando con algunos de los cuerpos ya sin alma y sin una gota de vida en su interior; se hacían poco visibles en el horizonte mientras me derrumbaba por segunda vez, aunque esta vez me apoyé sobre las rodillas, me quite el casco mientras el viento movía mi negruzca y larga cabellera. Con las manos casi entumecidas, sobre todo la derecha me saque la flecha - ¡¡¡Ah!!! – grite de dolor desgarradoramente mientras un chorro de sangre salía de mi hombro disparado hacia arriba. Mis mejillas quedaron manchadas de sangre pero del agujero no salía mas sangre pues el veneno de alguna forma había cauterizado la herida internamente.

Caí otra vez en un sueño profundo. Esta vez en el sueño no había orcos ni hombres ni nada por el estilo. En cambio había una mujer de largos cabellos de color castaño, con orejas puntiagudas, alta y delgada de contextura fina. Tenía un brillante resplandor alrededor de su silueta. Vi que se dirigía hacia mí flotando sobre el suelo como si fuera una de las figuras espectrales. Tan pronto como estuvo cerca note que ya no estaba en el sueño sino en la misma realidad y el brillo ya no estaba pero persistía esa hermosa y delicada figura que caminaba descalza sobre los suaves prados de los jardines de Ithilien. Solo se percató de mi herida y poniéndome la mano sobre esta sano rápidamente. En la otra mano sostenía una vara de pescar adornada de mariposas y flores. Al parecer no era una caña común y corriente, sino más bien un artículo mágico o algo así. Vestía de color verde con una capa gris oscura de larga caperuza y tenia terciada un arco y su respectivo carcaj con algunas flechas de penacho verde y de color gris plateada. Era la más hermosa de las elfas que hubiese podido ver en toda la Tierra Media aun sobre la Dama de Laurenlindórenan.

Me ayudo a levantarme y dándole las gracias me dijo, - Me llamo Eleodir, vengo desde un bosque muy lejano en el Norte muy al oeste de Angmar y muy cerca de los puertos grises donde antiguamente estaba Beleriand. Provengo de la casta de los Telerj. Soy cazadora de animales pequeños como zorritos o conejos. Ando errante por el mundo ayudando a quienes me encuentre en el camino. Hace poco vi a muchos fantasmas o espectros caminando hacia el oeste de aquí y tuve la impresión de que se trataban de almas en pena recientes.

-La verdad es que si, eran soldados al servicio de Elendil que lucharon contra el Señor Oscuro hace un día, pero tu…… pareces saber algo de espectros o almas. ¿Qué me puedes decir acerca de eso?
-Según las gentes de mi bosque son las almas de las personas que se encuentran en trance debido a que su muerte fue en vano. En algunas ocasiones se les ve salir repentinamente de sus cuerpos después de algun tiempo corto de muerte.
-Ese trance del que hablas, ¿Cuánto podría durar?
-Hasta que el o lo que lo causo muera o alguien en su lugar los libere de alguna forma especial. Es como una maldición….
- Del mismo Isildur!!!! Maldito sea! Ojala que nunca hubiese tocado ese Anillo!!
- Que Anillo?!
- El gran Anillo Único del Señor Oscuro. Algún encantamiento oscuro lanzo Sauron contra aquel que lo derribase o lo destruyese algún día. Me temo que esta preparándose para volver a salir a la luz algún día y ese día será el fin de los tiempos.
- Ay! Gran será la maldición que caiga sobre los herederos de Elendil y la raza de Númenor – dijo Eleodir – persistirá hasta que Isildur pierda el Anillo o lo destruya. Sus soldados están vivos en la muerte y no descansaran en paz hasta que el muera.
- ¿O sea que Isuildur debió morir?
- No, pero se puede ver de esa forma.
- Muchos de ellos eran mis hombres a quienes prometí victoria. Pero aun si no fueran mis hombres haría cualquier cosa, hasta matarlo, para dejarlos ir; son de mi sangre, sangre de soldados dunedain de Númenor, una de las castas mas grandes dentro de los hombres.
- ¿Matarlo dices? Si es así, entonces es lo que deberás hacer. Pero muchos te condenaran por traición a tu sangre, y a tu raza, y te denominaran a ti y a tu descendencia servidores de la oscuridad.
- Descendientes? No tengo esposa. Mi vida ha sido fría y de solitaria.
- Ahora no lo serás!! Hace mucho, antes de que mis padres me abandonaran de forma infortunada por ir hacia el oeste mas allá del mar, un hada de nombre Melian me encontró y me dijo que aunque viviese sola al final encontraría alguien no de entre mi pueblo que me acompañaría por el resto de mis dias

-Pues que aquella persona era alguien muy sabia; puedo reconocer verdad en esas palabras, y lo puedo asegurar, ya que en uno de los tantos viajes que tuve hacia el norte me encontré cerca de los limites inferiores del Bosque Negro, con un mago Blanco que supongo tu sabrás quien es, pero también a otros dos que tenían andrajos y varas azuladas; decían que iban a una misión al este, mas allá del mar de Rhun, de la cual todo era incierto.
-Será mejor que dejemos tantas palabrerías y busquemos algún refugio para pasar la noche.
-Si, tienes razón. Ayer antes de llegar a los campos de Cormallen pude ver una montaña rocosa en medio de los jardines, de la cual descendía una cascada. Supongo que habrá cuevas allí. Vamos, te llevare.

Con pesadez me sostuve con mi espada sobre el suelo, y empecé a caminar en dirección al sur. El sol poniente me chocaba la cara hasta ocultarse muy lejos en el horizonte, momento en el cual arribábamos a aquel lugar. Se veía un poco gris sin nada de vegetación en su interior, aunque el pequeño pozo a donde caía la cascada, poseía un encanto de antaño con flores de colores jamás imaginados o jamás vistos. La luna salía resplandeciente en el cielo pero triste porque veía los horrores de la tierra y se escondía detrás de las nubes para protegerse de la fealdad de la traición y la maldad.

Eso se podía ver en la cristalina agua que fluía desde aquel pozo hasta un arroyo cercano. Atravesamos la cascada y penetramos a una gran conexión de túneles que llevaban a ciertos rincones. Entonces me senté, mientras me quitaba las partes de mi armadura que por muchos años me había servido fielmente ante los ojos de las mas inmundas criaturas. Más sin embargo ese día parecía que ya no pudiese volver a aguantar otra batalla; mientras observaba la esbelta figura de mi acompañante me quede dormido.

Al amanecer salimos encaminándonos al noroeste hacia Osgilliath, pero note que ella no caminaba por los jardines como la hubiese visto el día anterior. Se erguía allí ante el sol imponente como una hermosa figura femenina cubierta de una capa negra de la cual apenas se alcanzaba a mostrar una grisácea piel y un brillo plateado dividido en dos.

Ella caminaba tranquila con su arco y sus flechas, y su caña de pescar metida dentro de un forro verde con insignias de un reino olvidado de antaño que algunas gentes del norte conocían. Casi flotaba sobre las flores silvestres y sobre el amarillento prado; en cambio yo pisaba pesadamente sobre el suelo e iba cabizbajo como solo un hombre derrotado pudiese ir. Un hombre que descendía de la codicia misma pura e insigne de la raza de los hombres, los Dunedain, hombres que aunque viviesen mucho deseaban ante todo el poder. Recordaba las historias de las antiguas generaciones del pueblo de Númenor y aunque aquello me hiciese sentir mejor no había forma de tapar el horrible hecho de que esa cadena de reyes se rompiera en dos a causa del deseo empedernido de vivir como los Valar, gentes del otro lado del mar que ahora solo eran un vago recuerdo o simplemente un cuento de hadas.

- Oh! Desdichado he sido por no haber cumplido mi promesa ante mis hombres, mas ahora ruego venganza, y que la muerte recaiga por encima de la corona de Isildur. Pero ahora necesito recuperarme de mis heridas y necesito comer un bocado. Iremos a Osgilliath, alli conseguiremos provisiones y un buen caballo para hacer un largo viaje al norte, pero antes debemos ir a Minas Tirith para escuchar nuevas noticias.
- ¿Y para que?
- Supe antes de que partiéramos hacia la batalla, de que después de esto el rey iría a Eriador y a Arnor a mostrar la recompensa de su victoria. Esa recompensa consistía en llevar la cabeza del gran señor oscuro, pero ni cabeza ni nada llevara menos que el Anillo. Ya no será recompensa sino una maldición a menos de que yo lo impida y en eso tú serás mi cómplice y la guardiana de mi secreto durante innumerables días hasta que la justicia se haga.

Al despuntar la noche habíamos llegado a los portones de la ciudad, en los cuales había un soldado de guardia de cada lado del arco, y uno encima de este que aguardaba sobre la muralla al lado de una catapulta. Adentro se encontraba una pequeña plaza donde había muchos soldados de varias partes de Gondor, capitanes y demás personas. Entre ellos había una pila de cadáveres de soldados muertos en la batalla que cada vez mas se hacia grande con el continuo flujo de carretillas cargadas. Las mujeres y los conocidos de estos venían a reconocerlos y llevárselos para sepultarlos en sus tierras natales. Aunque mis hombres fueran pocos, habían llegado por lo menos la tercera parte del ejercito que había sitiado la tierra oscura en los campos de Cormallen. A algunos se les oía decir que muchos habían caído en los pantanos y que no se atrevían a sacarlos porque creían que el pantano era un lugar de espanto y de muerte oscura.

Seguí adelante con Eleodir a mis espaldas y mientras lo hacia pocos empezaron a mirarme, todos ellos eran mis hombres; me miraban constantemente con una cara de frialdad y de enojo; ojos que me culpaban y escudriñaban dentro de mis pensamientos.
Pase rápido antes de que me pudiesen decir algo y saltamos encima de un navío que estaba saliendo en ese mismo instante hacia el otro lado del río.
Se veían peces a través del traslucido río, grandes que surcaban las profundidades de un lecho que parecía había soportado el pasar de muchos cuerpos de guerreros caídos en grandes batallas de antaño. Del otro lado había muchos soldados también que custodiaban las costas occidentales y los puertos de desembarque; había mucho tráfico ese día y por lo tanto necesitaban verificar las mercancías provenientes de los diferentes países del sur o del este. Se veían muchos hombres raros de distintas apariencias y cosas jamás antes vistas, y aun animales y criaturas desde muy pequeñas hasta muy grandes como el caso de los Olifantes.

Cuando atracamos, Eleodir salto rápidamente junto conmigo y nos perdimos dentro de la multitud hacia la puerta occidental de la ciudad, no sin antes pasar por un lugar llamado “El Ultimo Auxilio”. Así lo llamaban muchos soldados que pasaban por allí, ya que en ese lugar se habían logrado muchas victorias de muchas batallas en las que se luchaba por mantener el control sobre la ciudad de muchas revueltas. Era un lugar junto a la torre al lado del arco de la puerta, y por tener la misma arquitectura de las murallas exteriores, gruesas y resistentes era un lugar perfecto para resistir cualquier clase de ataque, contando con su forma circular y alta, terminando en un techo cuadrado con un parapeto que bordeaba su forma con agujeros que daban disponibilidad para disparar desde arriba sin ser vistos.

Se conformaba de tres grandes pisos en forma de grandes salones circulares, que se repartían entre un piso (el primero) que constaba de una taberna muy grande con muchas mesas y sillas de diferentes formas y tamaños, con algunas ventanas y dos puertas: la principal muy grande apuntando hacia el oriente en forma de arco con dos pesados portones de madera y hierro, por los cuales podían pasar cuatro soldados muy bien armados, sobre sus caballos, con sus astas de banderas levantadas y con medio metro de distancia entre ellos; la otra apuntando hacia el occidente, era normal de un solo portón que daba hacia los túneles de la muralla exterior de la ciudad.

Los otros dos pisos eran de habitaciones y bodegas repletas de armas y armaduras, y ambos tenían la misma puerta normal del primer piso.
Entramos sin ninguna mirada encima y fuimos directo a la gran recepción donde atendían muchos hombres que daban muchas provisiones de alimentos sin ninguna paga a aquellos que fuesen soldados sin importar su rango. Me acerque y pedí una habitación amplia con dos camas grandes, un baño, una mesa y una chimenea. Después de que Eleodir subió a la habitación conducida por otro hombre, pedí provisiones comestibles para muchos días de camino, un buen caballo, y m dirigí entonces hacia una pequeña herrería afuera del lugar. Allí le dije al herrero que me arreglara mis armas sobre todo mi espada y que si me podía dar suficientes flechas como para llenar mi carcaj. Después de esto me fui a la habitación.

Eleodir estaba dándose un baño relajante en la tina, y había algunas vendas y comida en la mesa. Me quite los guantes, después mi capa, el yelmo, la cota de malla hasta quedar un poco ligero de ropa. Tenía un rasguño en la espalda por lo que mi capa, mi camisa y la cota también tenían ese rasguño. Parecía que alguna clase de bestia con unas garras muy fuertes me hubiese atacado. Había unas magulladuras en mis piernas y unas rajaduras en mis brazos. En la cabeza tenia una pequeña herida de la cual me chorreaban hilillos de sangre hasta el cuello, y goteaban en el piso. Me tomo algunas horas curarme todas mis heridas y asearme.
Después de esto tuve una excelente cena con Eleodir ya que con ella a mi lado la comida sabia mucho mejor. Mirándola a los ojos le dije:

-Oh!! mi bella Tinuvidel, cuanto mas te veo mas agradezco tu presencia aquí. Me envuelves con tus ojos de ensueño y con tu esplendor digna de ser hija de los seres mas bellos que jamás había visto. Desearía que hubieses tenido una vida de plena alegría, pero ahora que se lo solitaria que ha sido tu vida te digo, que quisiera pasar el resto de mi vida contigo, envejeciendo a tu lado como una flor que se marchita al lado de una muralla de piedra blanca y brillante que se eleva por sobre todo un campo silvestre.

-Me maravillas con tus palabras, y que me llames de la misma forma que algún hombre valiente hace mucho tiempo llamo a una bella dama y acepto tu propuesta ya que recuerdo que los dioses dijeron algún día atrás la elección entre ser mortal y ser inmortal, de la cual aun no me decido, pero contigo iría hasta los confines de la tierra aun así estuviese plagado de inmundicia y maldad.

En ese momento entraron dos hombres que parecían venían de trabajar en el tercer piso, y dejaron al lado de la puerta unos paquetes que contenían alimentos, ropa, frazadas, y después de salir un momento trajeron mis armas recién reparadas junto con una nueva armadura. Los hombres se retiraron inmediatamente habiendo cumplido su tarea, y luego de esto entro un heraldo anunciándonos que el siguiente día habría una ceremonia en la torre del oeste antes de la partida del rey hacia el norte.

-Ya ves, por lo tanto mañana muy temprano saldremos de aquí rumbo a la torre blanca y después de reportarme al cuartel partiremos a Eriador. Alli hay una pequeña cabaña mía donde pensaba reunir algunos hombres que estén dispuestos a lo que pienso hacer, y lo mas probable es que los encontremos. Pero tenemos un gran problema y es el de Orthanc; Saruman el blanco lo ve todo desde su torre, siendo esta un punto alto que vigila el paso entre las montañas blancas y las nubladas. Tendremos que ser cautelosos, ya que puede ver en el corazón de cualquier criatura la codicia y la maldad. Algo se trae ese Saruman…….

-No dejes que tus temores te apacigüen, tal vez después de la revuelta vendrá la calma y ahora nadie pensara que mal alguno pueda existir…

-Eso es lo que tú crees, mas sin embargo la mente de un Mago como Saruman escudriña en cualquier artefacto o artilugio, por eso digo que algo trama. Agraciadamente nosotros no llevamos eso mas eso mismo pasara a leguas de distancia que aun los palantiris no podrían ver. Ellos tomaran un camino seguro junto al Anduin pasando por los sitiales de Amon Hen y el Rauros llegando así hasta los Argonath y seguirán río arriba hasta llegar a las minas de Moria, para pasar por Rivendell y así llegar a Eriador.

Dicho esto acabamos de comer y ella fue hacia la pequeña ventana de la habitación, mientras yo me quedaba sentado enfrente de la chimenea fumando pipa y tomando una jarra de cerveza. Al cabo de unas horas, ya me había empezado a dar sueño y Eleodir ya estaba durmiendo; me acerque a su cama y por primera vez en mi vida toque su piel suave como la brisa del mar en la primavera y fría como la noche; recogí su cabello y vi que sus orejas eran muy diferentes a las de todos los elfos. Eran alargadas pero no puntiagudas; era más bien algo redondas y tenía unos puntos verdes en el comienzo de esta, por lo cual me llevaba a pensar que tenía alguna especie de pariente de los elfos verdes. La arrope y vi que de sus ojos se derramaba una lagrima lo cual me impacto mucho, y aun así hubiese sido algo muy atrevido la bese en la mejilla. No paso nada, pero al levantarme de la cama sostuvo mi mano y me pidió que durmiese con ella, que nunca la dejase sola. Me recosté al lado de ella y la abrace y la ame esa noche de forma tal que nunca había sentido algo así en toda la vida.

Al día siguiente fue ella quien me despertó corriendo la cortina de la ventana la cual transmitía una corrientilla de luz hacia esa cama. Bajamos con todas las cosas al establo, las organizamos y nos fuimos sin más preámbulos a la torre del Sol.
Eran alrededor de las diez de la mañana cuando pasábamos por el arco de la gran ciudad blanca, cruzamos a la izquierda por una calle sin salida que llevaba a una taberna subterránea. En realidad no era tanto una taberna sino más bien una especie de cuartel secreto clandestinamente ubicado en el cual solo unos cuantos hombres conocían el santo y seña para entrar. Entre esos hombres estaba el Rey, algunos generales, y pocos capitanes a los cuales yo pertenecía. El día era gris y lluvioso, pero aun así se celebraba la ceremonia, con cantos, y bullicios que se escuchaban allá muy arriba en la ciudadela, en los niveles mas bajos se encontraban algunos soldados de guardia y varios mercaderes que ya estaban allí o que bien llegaban de Osgilliath y todos los capitanes, generales, mariscales, se encontraban en la ceremonia. Por tanto pude entrar junto con Eleodir, y leer muchas nuevas que había en un libro grueso y grande. En ese libro se registraban todas las personas que entraban en la ciudad y cual era su misión, por tal razón me di cuenta de que el Rey después de la ceremonia viajaría hacia el norte llevando consigo una comitiva de 40 soldados a caballo y tres capitanes con provisiones para más de un mes.

-Es algo imposible hacer lo que necesito con tantos hombres.
-Pero solo son soldados –dijo Eleodir
-No son solo soldados simples, son soldados ancestrales que han combatido con el en muchas batallas antiguas. Ellos como yo son Dunedain pero ellos viven mas que yo y son mas astutos y fuertes que yo. Son amplios conocedores de artes de batalla. No se que haré, pero algo tendrá que ocurrírseme.
-Y por que no pruebas con tus hombres, ellos son de tu misma raza y no como los que piensas encontrar en el norte.
-Mis hombres ya no son míos, son de la codicia, del odio, de la venganza, y los que se acobardaran porque sabrán que en el corazón de los hombres no hay nada más que deseos de poder y es débil, se deja dominar muy fácil por cualquier cosa. Todas las razas los odiaran y perderán la esperanza que alguna vez en tiempos antiguos los hombres se sacrificaban para salvar a criaturas tan hermosas y dulces como tu. En cambio los que están al norte, aunque no son Dunedain, son hombres que no tienen ley y darían su vida, por dinero, por comida o hasta por venganza. Son hombres Edain que nunca estuvieron en Númenor, mas se quedaron en estas tierras, que han sido exiliados y que supieron lo que es tener a un rey codicioso en la cabeza y pudieron entender con el tiempo su gran debilidad como hombres. Son muchos, todos están repartidos por toda la Tierra Media, desde el lejano Harad en el sur hasta Angmar en el norte helado, pero la mayor parte se encuentra cerca de estas montañas más al oeste hacia los puertos al final del río Anduin.

-Pero estos hombres han recibido una maldición del mismo Isildur, porque los considero traidores y ladrones; los hizo jurar lealtad al Rey que tuviese tendida en su mano a Narsil forjada de nuevo y que harían lo que el dijera hasta así poder liberar sus almas de esa maldición. Algunos ya están muertos, pero aunque muertos viven, se encuentran escondidos en las montañas como espectros, donde estarán por el resto de vuestros días. Los otros están vivos pero se encuentran muy separados de nosotros porque temen a que se les ejecute; de cualquier modo podré pedir ayuda a algunos de ellos.

Al decir esto salimos rápidamente, y montándonos ágilmente sobre Crin Negra, salimos despavoridos de la ciudad, por todos los campos del Pelennor hacia el norte. El caballo avanzaba rápidamente sobre el suave pasto, subiendo y bajando las pequeñas colinas, atravesando arroyos, y ríos que el hombre no hubiese visto o probado aun. Se veían las montañas nubladas norte, tormentosas e imponentes, de las cuales bajaba una brisa fría y helada que le decía a cualquier viajero la clase de lugar tan hostil que seria ese.
Después de un largo tiempo cuando ya se ponía el ocaso, acampamos sobre una gran colina conformada por varias planicies en diferentes niveles de altura, y la mas alta tenia un gran desfiladero por detrás, por donde se descolgaban las rocas sin obstáculo alguno.
Pensaba en aquellas lomas y se me ocurría que tal vez alguna clase de pueblo guerrero habitaría en esas colinas lo que algunos le llamaban la marca. Pero en ese entonces tan solo se veían nada más que hombres salvajes en las laderas de las montañas que tan solo eran simples hombres que no rendían tributo alguno pero no andaban en problemas con nadie.

Levantamos una pequeña tienda donde solo podía dormir una sola persona, mientras la que estaba afuera montaba guardia, aunque en esos tiempos que todo el mundo creía, todo era paz después de haber derrotado al señor oscuro. Pero el deseo de traición recorría todo mi cuerpo y cada vez más en mi corazón crecía la semilla de venganza y al parecer mi piel se estaba oscureciendo.
De repente empecé a escuchar un murmullo de pisadas fuertes y fugaces relampagueando sobre el verde pasto a poca distancia…

-Apaga el fuego, tal vez nos vean aquí. No quiero verle la cara a ese desgraciado.

Inmediatamente Eleodir apago el fuego con su capa desvelando su esbelto cuerpo y como si fuera normal ya tenia tensado el arco con una flecha que había sacado ágilmente de su carcaj.

-Veo formas horripilantes sobre formas indeseables avanzando velozmente hacia el norte. Veo muchas muertes y gritos de desesperación.

-Eso no nos concierne por ahora, pero debo pensar en ir hacia adentro de estas montañas, y encontrar a….

En ese momento divise a lo lejos pero esta vez hacia el oeste, a un jinete con ropas blancas, lo cual me pareció algo desesperante de lo cual no podía ser nada mas y nada menos que Saruman. Por tanto me apresure a quedarme tan quieto, callado y atento como pude, pero al parecer el jinete siguió derecho al oeste. Algo pasaba en Orthanc, desde que el vigía estuviese de viaje. Algunos rumoreaban que ya el algo sospechaba sobre el anillo y que por eso había estado gritando en los interiores de la torre.

Pero por lo demás no me impaciento en ese extrañísimo momento que fuese a hacerme daño alguno. Por esto y por muchas razones pensé que era mejor ir hacia el oeste y buscar ayuda. Ya casia estaba empezando la mañana cuando le dije a eleodir:

-Nos vamos al oeste.

-Pero pensé que querríais ir al norte.
-No esta vez. Primero iremos al oeste a buscar ayuda a quienes les gustaria vengarse de semejante horror.

Así, sin mas discusión montamos sobre Crin Negra y avanzamos rápidamente hacia el oeste hasta poder divisar una abertura profunda dentro de las Mindolluin la cual nos llevaría hasta un camino dentro de las montañas donde se encontraba una ciudad tallada en las rocas. Al medio día ya estábamos allí pero en vez de encontrar torres de vigilancia y muros altos, solo encontramos despojos de un fuerte destruido. Seguimos nuestro camino dentro y entre las montañas hasta encontrar una multitud de hombres que venían de aquí para allá y de allá para acá, con armaduras, escudos, espadas, lanzas y martillos en mano como si se estuviesen preparando para alguna batalla. Hable y todo el mundo se detuvo al instante mirándonos con ojos desafiantes, algunos desenvainando las espadas otros cargando con lanzas:

-Alto hombres de Númenor, no vengo de parte del rey ni de parte de algún ejército o compañía. Vengo porque quiero proponerles un trato. Si lo hacen no tendrán por que sentirse enjaulados en sus propias tierras…

-No obedecemos a pregoneros que no porten a Narsil, pero como esta rota no habrá ningún trato y aun así estuviese forjada de nuevo……
-Cállate – grito otro – no le debemos nada a nadie así que lárguense de aquí o sino los empalaremos a los dos como a cerdos fritos jaja ja ja ja ja – reían todos esos traidores mientras empezaban a cargar contra nosotros.

Rápidamente nos volvimos sobre nuestros pasos echamos a correr fuera de la montaña a los vastos campos verdes. Después de una hora de recorrido nos hallamos cerca de los vados del Isen desde donde se podía divisar un frondoso y oscuro bosque. Le llamaban Fangorn, muchos decían que ahí los árboles hablaban. Yo lo creía puesto que mi madre hace mucho tiempo me había dicho que había un bosque en el cual los árboles hablaban con los animales y con los pájaros y que cuidaban de el.

Nos dirigimos después de un descanso al pie del río al bosque para internarnos en el y poder encontrar un atajo hasta las puertas de Moria. Llegamos al anochecer despues de una larga travesia por los verdes prados y las amarillas y destapadas colinas. Todo era sorprendente, se escuchaban voces retumbantes en el fondo y alo lejos, muchos Hum y Hom. Pero sentia que algo no estaba bien en ese lugar.

Esperen el final de esta historia muy pronto
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Elrotar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 26-12-2011 Hora: 19:56
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Fecha: 25-12-2004 Hora: 16:43
Me parece una crónica bastante discreta (torpe en ocasiones), y encima no aporta mucho a la escena de la película. Lo que le sigue empieza a ser más interesante, pero está aún desdibujado. Tendrás que esmerarte en la continuación.