Ir a Posada de Mantecona
 


Ghâsh
Capítulo 15
Capitulo XIII
Por aerien
 
Hace un montón de días que no escribo en estas libretas, desde el día anterior a la fiesta, han pasado desde entonces seis días, siete si contamos el de hoy.
Han sido días de ajetreo, de mucho trabajo en la posada y de preparativos para nuestro viaje a la capital.
En la posada cuidaron mucho de mí, aunque la gran cantidad de parroquianos y de forasteros que la llenaban, hizo difícil tomarse las cosas con calma. El señor Mantecona iba de aquí para allá, tan aturdido por el enorme gentío, que olvidaba a cada momento lo que debía servir en las mesas.
Yo pasaba la mayoría del tiempo en el comedor sirviendo desayunos, comidas y cenas. Aunque Flora, la posadera, me metía en la cocina de pinche en cuanto me veía cojeando.
El primer día, en cuanto me vio llegar, se plantó en jarras en la puerta de la cocina y me inspeccionó, como dice ella. Es decir, me miró a ver si yo traía el delantal limpio y las manos impecables. Eso es un ritual que hace todos los días. En cuanto llegamos tenemos que pasar la revisión de Flora.
Vio el pañuelo azul atado alrededor de mi cuello y me preguntó de donde lo había sacado.
- Es un regalo – dije – y no voy a quitármelo – avisé.
La posadera me miró con cara ceñuda, me hizo dar una vuelta para comprobar que todo estaba bien y al final me acarició la mejilla en señal de aprobación.
Esperaba que me arañara con esas manos tan ásperas que tiene de tanto lavar vasos en el fregadero, pero me sorprendió su suavidad.
- Que suaves tiene las manos – se me escapó.
Y ella me contestó que no fuera zalamero, que el pañuelo no era del uniforme de la posada y que tendría que quitármelo, que no entendía mi cabezonería en eso.
De pronto me miró, y sonrió como entendiendo el porqué de mi empeño.
- Fue una chica la que te lo regaló ¿no? – dijo sonriendo triunfal.
- Sí, fue una chica – respondí – y es alguien a quien quiero mucho – añadí.
Fue una pequeña mentira, bueno una media verdad, Ghash es una chica, bueno lo fue, y yo la quiero mucho y eso es una gran verdad.
- De acuerdo, déjate el pañuelo puesto – dijo –. No te ves nada mal, esa chica tiene buen gusto –anunció, mientras se metía en la cocina y salía con mi primera bandeja.
- Primer piso, habitación doce – dijo – y ve con cuidado, que el señoriíto remilgado tiene mala uva, ayer ya se cargó todo un servicio de desayuno porque la tostada estaba poco hecha.
Y de esa forma yo empecé mi primer día de trabajo después de herirme en el pie.
A media mañana el señor Mantecona se tomó un pequeño respiro, se sentó en el banco del jardín resoplando. Yo estaba allí, el trabajo había bajado y la señora Mantecona me había mandado a descansar.
- ¡Uf! - bufó el posadero sentándose en el banco – he trabajado esta mañana para todo el día y aún no ha llegado la hora de comer. Suerte que he ido al mercado a primera hora para que mi florecita tuviese de todo para preparar la comida...
De pronto se interrumpió, supongo que recordaba algo que había olvidado hacer porque se puso todo azorado.
- ¿Puedes correr con ese pie así? – me preguntó – ¿podrías ir al mercado y traerme algo con urgencia? Flora me va a querer matar si abre los paquetes y no lo encuentra.
- Claro que sí señor Mantecona – le dije – volveré en un periquete y lo traeré. ¿De que se trata?
- Son las especias para preparar el guiso de hoy. Tenía que recogerlas en el tenderete del haradrim y se me olvidó.
Yo aseguré al posadero que volvería al momento con las especias, que no se preocupara. – Ya veré que invento – me dijo – en cuanto ella se de cuenta se va a poner como una fiera.
Me dirigí a toda prisa al tenderete y allí Abshad me informó que tenía el paquete en el almacén. Así que fui hasta allí. El almacén estaba vacío y la puerta del fondo estaba abierta.
Uno de los hijos pequeños de Thalem me anunció que la señora estaba allí y que había tormenta.
- Oye ¿te dijeron algo sobre un paquete para la posada? – pregunté.
- Sí, me dijeron que vendrían a buscarlo – anuncio el chico – y que yo debía dárselo a quien me lo pidiera.
Cuando iba a entregármelo y yo a salir corriendo, apareció Alcarim. Este mostró una moneda a su hermano y le pidió que fuese él el que llevase el paquete a la posada. Que dijera que a mi me dolía el pie y me quedaría un rato descansando.
- ¿Sabes lo que está ocurriendo allí dentro, no? – preguntó con una sonrisa forzada en su cara.
Yo asentí con la cabeza, el joven haradrim parecía nervioso, como si algo no estuviese yendo bien.
Me acerqué a la puerta del fondo y eché una ojeada sin que nadie me viera. Ghash estaba sentada bajo el toldo y Thalem de pie a su lado. Su hijo apareció por el fondo con la cabeza baja, llevaba un manto blanco todo raído.
- ¿Qué esta pasando Alcarim? – pregunté – ¿Tu padre no va a aceptar que os cambiéis?
- Sí, claro que lo ha aceptado – dijo él – lo que pasa es que mi hermano habló primero con la señora que con mi padre y él se ha sentido ofendido. Ahora está pidiendo perdón.
- ¿Por eso va vestido así? – pregunté
- Sí, ya sabes que para nosotros a menudo es más importante el gesto o el vestido que las palabras.
Yo asentí, mientras él se acercaba a la puerta. Cuando se volvió, vi una gran sonrisa en su cara.
- ¿Dónde estará ese rapaz? – preguntó – tenemos que ir adentro.
En aquel momento entraba él, junto con su hermano menor. Venían a toda prisa persiguiéndose y riendo.
- Tomad, una moneda para cada uno - anunció Alcarim poniendo una moneda en cada mano y entregándoselas a sus hermanos – pero tendréis que quedaros aquí mientras este señor y yo vamos dentro.
Dejamos a los pequeños discutiendo a ver cual de ellos se quedaba en la tienda y cual iba a por unas manzanas recubiertas de dulce y entramos en el jardín.
Ghash y Thalem habían entrado en la casa, en el patio sólo quedaba el hijo mayor sentado en un taburete con la cara entre las manos, sus hombros se convulsionaban por algo que parecía llanto.
Cuando llegamos allí, Alcarim toco en la espalda a su hermano y este levantó la cara y sonrió con el rostro llena de lágrimas.
- Lo conseguimos, hermano – dijo –, será esta tarde antes de la fiesta.
Su rostro se distendió en una sonrisa de felicidad completa, coreada por la risa de su hermano.
- Por fin perderé de vista este manto azul – murmuró –, ser aprendiz no es lo mío.
Me acerqué a Ghalem que seguía sentado en el taburete y le estreche las manos.
- Te felicito – le dije –. Eso es lo que de verdad deseabas, ¿no?
- Gracias – murmuró él –, sin tus palabras no hubiese tenido el valor de hacerlo. Aunque lo hice todo mal. Estaba tan eufórico por haber encontrado una solución, que olvidé que debía hablar primero con mi padre y se ha enfadado. He tenido que pedir perdón – dijo mostrando el viejo manto blanco.
- Yo quería pedir una cosa – le dije –, creo que todo aprendiz debe tener un padrino, me gustaría que me hicieras el honor de aceptar que yo fuera tu padrino.
Terminé mi petición con una reverencia, él se levantó de un salto con la sorpresa pintada en su cara. Luego se arrodilló, supongo que para estar a mi altura, y dijo inclinando la cabeza en un saludo.
- Será un gran honor que seáis mi padrino, no podía desear un padrino mejor.
Un momento después, Ghash y Thalem salieron por la puerta. Ghash felicitó a los dos muchachos y se despidió hasta la tarde. Yo salí con ella a la calle.
- ¿Qué hacías tu aquí? – me preguntó Ghash cuando salíamos – ¿No tenías que estar en la posada trabajando?
Le conté lo del despiste del posadero y como había llegado allí y Alcarim me había hecho quedar un rato.
- Alcarim estaba nervioso – dije – y yo llegué justo cuando las cosas se estaban poniendo feas.
- Sí chico, Thalem se enfadó y con razón – me contestó ella –, le dijo algo muy duro, pero se ablandó de golpe cuando vio a su hijo pedirle perdón.
- Hace un momento él estaba llorando – le expliqué – pero creo que se calmó bastante cuando le pedí que me dejara ser su padrino.
Mientras charlábamos nuestros pasos nos habían llevado a la puerta de la posada. Allí Ghash me avisó de que ya iba a ser mediodía y que lo mejor era que entrara.
- Recuerda que después del turno de las comidas tienes que venir a la casa de Thalem. Yo te esperaré allí con tu ropa, porque nos iremos directamente a la fiesta.
- ¡Uy! Olvidé decírselo al señor Mantecona – exclamé – ¡A ver si ahora no me deja ir!
- No te preocupes, esta mañana me lo encontré en el mercado y ya lo hice yo – me explicó ella -. Le dije que todo el mundo iría a la fiesta y que era mejor que cerrase y se viniesen él y su esposa.
- Perfecto, así no pondrá pegas – contesté –, pero ahora será mejor que entre o me llevaré un pescozón de la señora Flora. Y no querrás un aprendiz con un moretón en la mejilla ¿no?
Ghash se quedó riendo en la puerta, mientras yo me dirigía al interior de la posada. Llegué justo a tiempo, la posadera salía en ese momento, a ver si aún seguía en el jardín.
Me puse a servir las mesas y a retirar vasos y jarras de la sala común. Ese día había un ajetreo considerable, pero sólo se hablaba de una cosa. Los sureños de la caravana y su fiesta de Lithe. Más de uno me paró y me preguntó. Ya que sabían que Ghash era sureña como ellos y pensaban y con razón, que yo sabría algo más de esa fiesta.
Yo ponía cara de interés y les recomendaba que se acercasen a la fiesta, sabía que cuanta mas gente fuera, más contentos se pondrían los haradrim.
Por fin llegó el descanso y la hora de la comida para nosotros. Me senté en la cocina con los posaderos, la mujer que hace la limpieza, los dos Nobs y Smiley el chico del establo. Y en un momento nos zampamos la rica comida de la posada.
Después de comer el señor Mantecona anunció que la posada estaría cerrada esa noche y que todos se irían a la fiesta. Que no se servirían cenas, pero que se mantendría a alguien para que abriese a los huéspedes que iban a dormir. También dijo que este alguien seria la señora que hace la limpieza, porque se había ofrecido.

Eran las cuatro más o menos cuando salí de la posada y me dirigí como un rayo a casa de Thalem. En la puerta me esperaban los dos pequeños, vestidos de gala.
- Corre - me dijo uno -, ve a ponerte el vestido de fiesta o sino mi padre se va a enfadar
- ¡Que va a ser papa! – contestó el otro – la que se va a enfadar es esa señora tan viejecita.
Entré a toda prisa en la casa. Afuera en el patio todo estaba listo, había unas sillas y una mesa bajo el toldo y una especie de lugar de honor. También estaba Alcarim que me cogió de la mano y me entró casi arrastrando a una de las habitaciones.
- Corre vístete – me dijo – dentro de nada llegará mi maestro y es muy quisquilloso.
- Me ayudas ¡por favor! – pedí –, es que no sé como va el manto.
Alcarim me ayudó. Encima de la cama de la habitación alguien había alineado cuidadosamente la ropa que debía ponerme, así que en unos minutos terminé.
Cuando salimos afuera ya estaba casi todo el mundo. Ghash me saludó y me acabó de arreglar el manto.
- Oye, ¿cómo tengo que hacer cuando le dé el regalo? y por cierto ¿dónde esta? – pregunté.
- Esta aquí – contestó ella, sacando una bolsa bordada de su manga –, no tienes que decir más que como padrino le ofreces ese obsequio para que te recuerde. Yo te indicaré cuando debes hacerlo.
Cuando llegó el maestro de Alcarim, la cosa se puso solemne. Hasta el par de pilluelos estaban serios, medio escondidos detrás de su madre.
Ghash se sentó en el lugar que habían preparado para ella y yo me puse a su lado.
- No hagas nada hasta que te lo indique – me susurró –, en esto sólo somos espectadores.
- De acuerdo – dije –, tú me indicas.
El maestro de Alcarim, con su manto morado de iniciado, se sentó y espero a que Thalem hablara. Este expuso las razones por las que se solicitaba que se hiciese un cambio entre los dos hermanos y el hombre aceptó, no sin antes mirar a Ghash como pidiendo una aprobación.
La ceremonia siguió un buen rato, Alcarim se acercó y le quitaron el manto azul. Hubo un montón de frases rituales en la lengua de los hombres del desierto y luego éste se apartó a un lado.
Entonces vino Ghalem y después del ritual le vistieron con un manto azul, como el que yo llevaba, el otro se quedó en el suelo.
En cuanto se levantó, Ghalem recogió el manto azul del suelo y se dirigió hacia su hermano. Este se arrodillo y Ghalem lo levantó y le cogió de la mano para llevarlo hacia donde estábamos nosotros. Ghash hizo un gesto y los dos se inclinaron y se retiraron a un lado. Ella se levantó y les tendió las manos, cada uno de ellos tomo una y la besó. Y entonces los pequeños empezaron a batir palmas y todo el mundo se relajó. La esposa de Thalem acercó una bandeja con té, ayudada por los pequeños y todos nos acercamos a tomarlo. Cuando todo el mundo hubo apurado la primera taza, Ghash me dio un codazo suave.
- Ahora es cuando debes decirlo – me susurró.
Yo avancé hasta el centro del círculo que formaban todos, me planté delante de Ghalem y después de hacer una reverencia le solté sin respirar.
- Esta mañana te pedí que me permitieras ser tu padrino. Cosa, que para satisfacción de este hobbit, aceptaste gustoso. Ahora quiero corresponder a ese honor que me hiciste. Tengo entendido que todos los padrinos deben regalar algo a sus apadrinados para celebrar ese día. Yo no quiero ser menos, aunque como todos los presentes saben, sólo soy un hobbit y no un gran señor de los hombres del sur...
Entonces saqué el saquito de mi bolsillo y se lo tendí a Ghalem.
- Toma, esto es de parte de tu padrino Bob Sotomonte, el hobbit de Entibo.
El muchacho abrió la bolsa y sacó el colgante, se quedó mirándolo fijamente mientras su boca se abría en una mueca de sorpresa y admiración.
Miré las caras de todos. En ellas se reflejaban los más variados sentimientos y expresiones, desde la satisfacción en los ojos de Ghash, a la envidia en la del iniciado, pasando por la estupefacción, la incredulidad y la sorpresa.
Fue un instante fugaz, que duró como el relampagueo de un rayo de sol sobre el colgante, todo quedó en silencio como si el tiempo se hubiese parado. Y de pronto, una tormenta de voces estalló.
No entendí nada de lo que decían, en su precipitación se pusieron a hablar en su lengua. Sólo vi que el iniciado arrancaba el medallón de las manos de Ghalem y se encaraba con Ghash.
Me sentí mal, aquello parecía una especie de batalla en vez de una fiesta. Caminé unos pasos fuera del círculo y me senté a pensar. Ghash tenía razón, el regalo era desmesurado, ya fuera por que no había gustado o porque era el motivo de una discusión. Aquello que yo le había regalado había encendido la polémica.
Estaba tan concentrado pensando, que no me di cuenta de que las voces habían callado. Sólo se oía a Ghash y ésta hablaba en el idioma común.
- El mediano lo recibió de su tío – decía –, éste lo tomó como pago a una deuda a un desalmado borracho que huyó. No conocía su valor ni su utilidad, así que lo regaló a su sobrino para jugar. Pensaba que era de cobre. El mediano no supo su valor hasta que ayer se lo dije, cuando me lo mostró.
Todos los oyentes asintieron, bueno, todos no. El maestro de Ghalem me echó una mirada asesina. Ese hombre no me inspira nada de confianza, lo supe desde que le salude en la puerta de casa de Ghash, tiene algo de serpiente en su forma de mirarte.
Ghalem se acercó a mí, volvía a tener su medallón y llevaba una cara muy seria.
- Padrino, eso que me entregáis es un objeto muy valioso, tan valioso que no creo ser merecedor de ser su portador – dijo, mientras me lo tendía.
- ¡Oh, por favor! ¿no iras a decirme que lo rechazas? Es el objeto más valioso que tengo. ¿Y ahora como marices hago yo para encontrar algo que sea mejor que eso? – pregunté poniendo cara azorada.
Ghalem enrojeció, al igual que su padre. Abshad puso cara de circunstancias. Alcarim abrió la boca sorprendido, el iniciado apretó los dientes en una mueca y Ghash...
Ghash soltó la carcajada. Empezó a reírse con una de esas risas contagiosas, alegres.
- No me digáis que os dejasteis ganar por un mediano – exclamó –, pensé que los hombres del desierto tenían mas ingenio que eso
A todos se nos contagió su risa, yo me reí francamente y los demás también. Sólo el maestro de Ghalem lucía una media sonrisa en su cara.
Ghalem se adelantó aún risueño.
- Padrino – dijo –, aceptaré vuestro regalo. ¿Queréis colgarlo de mi cuello?
Él se acuclilló, cosas de la diferencia de alturas, y yo le puse el colgante. Luego, tímidamente el abrió los brazos como invitándome a abrazarle, yo me eché en ellos, contento de que, por fin, las cosas empezasen a ir bien.
Tuve que dar un montón de explicaciones sobre como era que yo tenía ese objeto, y también de porqué quería que lo tuviese Ghalem, pero nadie me riñó ni me miró como si yo fuera un ladrón.
El maestro de Ghalem se despidió, y entonces todo pareció volverse mas alegre. Alguien sacó un instrumento para hacer música, una especie de laúd y unos tambores y la música empezó a sonar.
Estuvimos comiendo y charlando. Ghalem tuvo que mostrar el colgante un montón de veces a sus hermanos.
Me acerqué a Alcarim que estaba sentado solo, un poco pensativo.
- ¿No estás contento? Eso era lo que tu querías, ¿no?- pregunté sentándome con él
- Sí, era lo que yo quería – me contestó –, lo que me pone triste es que todo el mundo va a mirarme como un bicho raro porque quise dejar de ser un aprendiz. Viste mi capa, se quedó en el suelo hasta que mi hermano la recogió.
- ¿Y eso que tiene que ver? – pregunté –. Tú hermano te la dio, ¿no?
- Sí, pero cuando un aprendiz se despide de su maestro y este esta satisfecho de él. Es el maestro el que recoge la capa y la entrega a su antiguo aprendiz para que la guarde como recuerdo.
- Y él no lo hizo, ¡será miserable! – exclamé –. No me gusta ese hombre, espero que tu hermano esté bien con él.
- Exactamente, y temo que ahora va a ir diciendo por ahí que yo he sido un mal aprendiz y esas cosas, para que los demás me miren mal y me desprecien – dijo él con una mirada tímida.
- Eso no será así, recuerda que fue Ghash quien lo sugirió. Pienso decírselo a todo el mundo. En cuanto pille una mirada suspicaz o un gesto de esos, se las verán conmigo. Recuerda que ahora soy aprendiz, el aprendiz de ella – le dije para consolarlo –. Para algo tiene que servir ser el aprendiz de la señora – me repetí para mí mismo – , sí señor, para algo.
Él me miró con una sonrisa de agradecimiento, pero a la legua se veía que estaba preocupado y triste.
La música fue decayendo al igual que la tarde, Ghalem vino a sentarse con nosotros y cogió la mano a su hermano.
Murmuró algo en su lengua y él le contestó. Yo aproveche ese momento para levantarme e ir al encuentro de Ghash.
Le comenté lo de Alcarim y ella sonrió pícara.
- Si me prometes que no se lo dirás te contaré algo – dijo.
- ¡Claro que no! ¿por quien me has tomado? – contesté.
- Por un hobbit, muy travieso, que sabe salir de todas las situaciones comprometidas – me contestó ella.
Yo me puse rojo, lo notaba en mi cara, así que me di la vuelta hacia la pared para que nadie la viera.
- Sé que tanto Alcarim como Ghalem van a tener problemas – dijo Ghash –, ese hombre no me gusta, así que ya he hecho algo para solucionarlo. En primer lugar, en cuanto lleguen al asentamiento Ghalem va a cambiar de maestro, necesita a alguien que le enseñe a usar tu regalo – dijo guiñándome un ojo –. Y en segundo lugar, hoy Alcarim va a ser el portador de la luz del cazador.
Yo miré interrogativamente a Ghash, me estaba preguntando qué era eso. Así que ella me lo explicó. Se ve que hay una leyenda que dice que cuando un hombre es acusado injustamente puede hacer prevalecer su verdad en la noche del cazador, o sea hoy, porque en su frente brilla una luz.
Entonces Ghash me mostró algo, una especie de ungüento -. ¿Ves? pondré mis dedos aquí en este otro frasquito y ahora cuando vayamos a irnos y me toque poner el óleo en la frente de todos le pondré un poco del otro a él - me explicó –. Cuando las antorchas iluminen su frente relucirá.
También me explicó que eso era algo que los ancianos hacían para librar de las habladurías a alguien, pero que no lo sabían ni los iniciados. Así que ese hombre no lo sabría.
- Eres una tramposa – le dije sacándole un poquito la lengua.
- No es una trampa – contestó –, sólo lo hacemos para las personas que de verdad sabemos que han sido calumniadas sin razón. Es una forma de no tener que dar un montón de tediosas explicaciones – dijo con un mohín.
Cuando llegó la hora de irnos, vi que Thalem había sacado el carro grande y que había acomodado en la parte trasera un montón de paquetes. Así que acabamos todos subidos en él para ir hasta el prado donde se celebraba la fiesta.
En cuanto llegamos nos encontramos metidos en un incesante hormigueo de gente, cargada de cosas, que corría de acá para allá.
Absadh buscó un rincón tranquilo, cerca de la tienda principal y nos acomodó a Ghash y a mí en él, junto con su cuñada y los dos pequeños.
Yo quería echar una mano en la preparación, pero no me dejaron. La esposa de Thalem encontró a otra mujer conocida y se retiraron a conversar.
Aún faltaban unas dos horas para la puesta de sol, en estos días de Lithe se pone muy tarde, Los muchachos se entretenían jugando a un juego con piedrecillas negras y una blanca. Yo los observé durante un rato pero al final empecé a aburrirme.
Ghash, por el contrario, seguía sentada, impasible, parecía que nada la ponía nerviosa.
- Es aburrido estar aquí sin hacer nada, sólo esperando – exclamé.
Ella me sonrió – No te preocupes, dentro de más o menos una hora empezará todo – dijo – hemos venido antes porque Thalem y su hermano deben organizar parte de los actos de la fiesta.
- ¿Una hora todavía? Me voy a convertir en planta si me quedo más tiempo aquí quieto – bufé – ¿cómo te lo haces para estar tanto rato aquí inmóvil sin impacientarte, Ghash?
Ella se rió y me acarició el pelo.
- Aprendí a esperar cuando era un uruk – dijo –, piensa que durante las horas de sol debíamos estar escondidos. Además en las horas de guardia debías estar siempre quieto, con el oído atento y esperando.
- ¿Y qué hacías para matar el aburrimiento? – pregunté – debía ser aburridísimo hacer la guardia mientras los demás dormían.
- Pues estaba atenta a los más mínimos ruidos que se produjeran, aprendía a identificarlos. Esto me salvó la vida varias veces, ¿sabes? Recuerdo una vez en que nuestra patrulla fue atacada por una avanzadilla de los montaraces de Ithilien. El hecho de que yo no estuviese dormida, como la mayoría de mis compañeros, me libró de morir en sus manos.
Le pedí a Ghash que me contara ese episodio de su vida, ella miró hacia los muchachos, creo que no le apetecía que ellos supieran cosas de esa época. De pronto la madre de ellos les dijo algo y uno de los muchachos salió disparado y volvió con una bebida en un vaso de cristal. Se la tendió a Ghash que bebió de ella y se aclaró la garganta. El muchacho habló con su madre y se llevó a su hermano, casi tirando de él, hacia un grupo de chicos que jugaban un trecho mas para allá.
Entonces Ghash empezó a contarme su relato.
- Aquel día habíamos salido de patrulla, éramos un grupo de seis orcos bien entrenados. Hacía días que había rumores de que en Ithilien los montaraces se habían organizado y se estaban haciendo fuertes. Atacaban a los grupos de orcos y a las otras tropas que se dirigían al Morannon.
Nuestro amo nos mandó espiar uno de esos ataques y luego informar de las tácticas que usaban. Sabía por experiencia que los atacados siempre tendían a exagerar en el número de atacantes y a menudo no eran capaces de contar nada coherente al respecto.
Estuvimos varios días apostados en un punto estratégico y al final pudimos observar de cerca la forma de actuación de esos grupos de humanos.
Se trataba de una especie de guerrilla, de hombres bien entrenados, que usaba la sorpresa para hacer cundir el pánico entre las filas de soldados que se dirigían a la Puerta Negra y que remataban a los que en su huida, se internaban en el bosque.
Una vez observadas sus tácticas nos dispusimos a volver, pero se hizo de día y nos escondimos para esperar la llegada de la noche.
Nuestros planes se vieron frustrados, creímos que los humanos se irían, una vez efectuado el ataque, pero se quedaron en aquel lugar.
El sitio era un estrecho desfiladero justo en el límite del bosque. A varios días de camino de la Puerta Negra y con una zona de erial entre nosotros y Mordor.
Yo había oído decir que desde ese desfiladero se podía llegar a Mordor subiendo por la montaña, pero que era peligroso porque no había lugares donde esconderse cuando llegaba el día, era una zona de roca desnuda blanquecina y grisácea que se desmoronaba cuando pasabas y que no dejaba grietas. Como una gran montaña de escoria de las que se acumulaban en el llano de la batalla.
Supusimos que esperaban algún tipo de refuerzos, aunque pasó la mayor parte del día y no llegaron. Nosotros nos mantuvimos escondidos, esperando la noche, en una especie de oquedad en la parte alta del desfiladero. Cuando el sol empezó a ponerse, todos los orcos se habían quedado dormidos, incluso el que hacia la guardia. Yo empezaba a desperezarme, pero me mantenía quieta, con el oído avizor y todo el cuerpo en tensión.
- ¿Y que ocurrió entonces? – pregunté impaciente.
- Pues, ocurrió que oí un ruido, un leve roce. Después un pequeño crujido y entonces supe que los humanos nos habían detectado y que nos iban a atacar.
Pegué una patada al vigía y le desperté, pero ya era demasiado tarde. Un grupo de humanos, más o menos una veintena, nos rodeaba y acabamos luchando con ellos.
Aunque nos defendimos, mis dormidos compañeros poco pudieron hacer. Yo recibí un golpe en una pierna, era un corte bastante profundo. La sangre manó de ella como una fuente y mancho el suelo.
Cuando iba a levantarme resbalé en mi propia sangre y caí entre los cuerpos de mis compañeros.
Los humanos creyeron que nos habían matado a todos, por lo que se pusieron a festejar su hazaña, dejando los cuerpos de los orcos a un lado.
Aproveché ese momento para huir, arrastrando mi pie herido, sabia que me seguirían, pero confiaba en que la creciente oscuridad me protegería.
Intenté tomar el camino del sur, pero estaba bloqueado por los centinelas del bosque. Así que no tuve más remedio que tomar el supuesto camino por la montaña.
Avancé lo mas deprisa que pude, arrastrando mi pierna herida, que había vendado con un pedazo de cuero y unas tirillas del mismo material. Cuando me acerqué a la montaña descubrí un camino, una especie de sendero incipiente, que me llevaba a lo más alto.
Tenia miedo, mucho miedo, quería poner tierra de por medio entre los humanos y yo. Pero al final el dolor me venció y tuve que ponerme a descansar.
Creía que no llegarían a seguirme, pero de pronto vi que en la ladera se movían unos puntos luminosos. Los humanos habían cogido teas y las llevaban encendidas para marcar su situación. Miré hacia el suelo y lo olí, se notaba claramente el rastro de mi sangre. De pronto salió la luna y pude divisar, a unos cuantos metros, una especie de peñasco hecho de esa roca que se desmoronaba y crujía bajo mis pies. Subí hasta él y me escondí en su base. Estaba convencida de que me encontrarían. El olor de mi sangre era muy fácil de seguir para esos sabuesos entrenados en cazar orcos.
Pero no fue así, pasaron tan cerca de mí que hasta podía oler el cuero de sus botas y el olor de sus cuerpos sudados por la ascensión a la empinada colina.
Los humanos se desplegaron y ascendieron un trecho, pero acabaron por abandonar la búsqueda, supongo que no veían muy bien con esa luz y pensaban continuar a la mañana siguiente.
Yo me mantuve escondida, inmóvil, hasta que estuvieron lo bastante lejos para que no pudieran oírme y continué mi huida montaña arriba.
Pero el dolor de mi pierna fue aumentando y al final casi no podía andar, y entonces llego la dificultad mayor.
El camino quedaba cortado por un barranco del que bajaba una corriente de agua abundante. Sólo había una forma de pasar, bajo la cascada.
Me arrastré como pude y cruce al otro lado, me llevó mucho rato, porque había que escalar y yo estaba herida.
Lavé mi herida en el agua fría y me la volví a vendar, luego busqué un agujero donde esconderme durante las horas del día.
Pensé que en ese lugar estaba segura, nadie pensaría que yo había atravesado el río. Pero yo no sabía que mucho más abajo, en la zona cercana al campamento, había un camino que subía por ese lado del barranco y que era más sencillo que el otro por donde había pasado yo.
Encontré un hueco bajo una roca y me escondí allí, el sol estaba saliendo y sus rayos empezaban a quemar mi piel, que no estaba nada acostumbrada a recibirlos de lleno.
- Pero tú te untabas con esa pasta que me mostraste – le dije –, ¡La piel no se te podía quemar!
- Sí, es verdad, pero si sudabas mucho, la brea y la grasa se escurrían y sólo quedaba el barro. Y recuerda que yo pasé bajo la cascada, por lo tanto mi piel quedo bastante desnuda, aunque sólo fuera a trozos - me explicó pacientemente ella.
- Entonces, bajo esa capa de mugre, tenías una piel muy blanca si no le daba nunca el sol – comenté.
- Exactamente, era del todo blanca. Ya que nunca había recibido los rayos directos del sol.
Pasé varias horas allí escondida, dormía a ratos, pero la mayor parte del tiempo estaba atenta a cualquier ruido que pudiera producirse. Hacia el mediodía el calor y el sueño me vencieron y me quedé dormida. Pero, eso sí, con una oreja pegada al suelo para oír las vibraciones que producen los pasos en las rocas.
De pronto algo me despertó, una sensación de pánico empezó a instalarse en mi estómago mientras miraba con cautela al fondo del valle.
Y entonces los vi, un grupo de cinco hombres armados que subían por la ladera pedregosa. Sólo había una solución, ser más rápida que ellos y llegar al collado que se vislumbraba a lo lejos antes que pudieran atraparme.
Me calé el casco y la visera y eché a correr renqueante montaña arriba, bajo el sol ardiente del mediodía.
No había un único camino, en la ladera se vislumbraban innumerables senderos, a cuál más abrupto, que transcurrían entre un mar de piedras pardas, frágiles como cristal, que crujían bajo mis pies.
Hubo algún momento en que cada paso que daba en dirección a la cima, se resolvía en uno y medio hacia el valle. Mis pies resbalaban en los cascotes, toda la montaña se desmoronaba bajo mis botas, levantando una nube de polvo.
Me agarré a un saliente de roca y a fuerza de brazos conseguí llegar a la parte más alta. El grupo de montaraces seguía mis pasos, pero tenían dificultades para escalar esa zona pedregosa y pendiente, por lo que les tomé bastante delantera.
A unos metros del collado, descubrí un saliente rocoso que se alargaba hacia la cima y sin pensarlo un momento me encaramé a él y trepé lo más deprisa que pude.
No me costó hacerlo, mis años de snaga constructor de andamios habían dado su fruto y así pude llegar a lo más alto con facilidad.
En el collado, me esperaba una sorpresa, un camino bastante ancho que se dirigía al norte y que parecía ser bastante frecuentado.
Corrí por ese camino sin pensar un momento a donde se dirigía. Sintiendo que mis perseguidores me estaban alcanzando. El camino seguía una arista bastante pronunciada y llegaba a un nuevo collado, bastante más estrecho que el anterior, y de roca mas maciza, menos friable.
En este collado me paré a ver si me seguían y pude constatar que continuaba siendo perseguida por los humanos.
Y en ese momento, se me ocurrió una idea. Había una oquedad en la roca, justo para que cupiera yo. Me escondería allí. Pero antes tenía que despistar a mis perseguidores.
Tomé la capa de piel y mi casco y envolví un peñasco bastante grande con ellos. Luego lo puse en el collado. Desde la distancia que ellos se encontraban pasaría por mi cuerpo.
Después cogí mi cinturón y lo até alrededor de otra piedra y la puse en la base de esa especie de muñeco que llevaba mis ropas.
Me escondí y tiré del cinturón, mi capa y mi casco cayeron ladera abajo junto con el pedrusco.
Desde mi escondite vi que los humanos habían creído que yo había caído y que se apresuraban a bajar para comprobarlo.
Desde el lugar donde me encontraba podía verlos fácilmente, así que supuse que ellos también podrían verme a mí si yo me mostraba, por lo tanto me metí en mi agujero y esperé un buen rato.
Entonces me di cuenta de los estragos que había hecho el sol sobre mi piel. Estaba llena de ampollas, y roja en muchas partes. Además me dolía la cabeza horrores y los ojos me picaban.
Me mantuve inmóvil mientras los humanos bajaban hasta lo que ellos creían que eran mis restos. Cuando vi que estaban lo bastante lejos me levanté y volví a correr.
El camino se hacia bastante llano hasta una especie de valle, donde empezaba a bajar de forma directa al fondo, haciendo un montón de eses. Yo estaba atenta a mis perseguidores, sabía que el truquito del casco y la capa no les engañaría por mucho tiempo.
Al final la pierna empezó a dolerme de forma espantosa, me dolía tanto que tuve que parar un instante para recuperar fuerzas. Me escondí entre unos peñascos y miré hacia el grupo de mis perseguidores. Estos empezaban a bajar hacia el valle, un par de curvas más del camino y me habrían atrapado. De pronto, uno de los humanos miró al fondo del valle y lanzó una exclamación de terror. Todos se pararon a su lado a mirar y se pusieron a charlar entre ellos. Yo miré a lo que ellos estaban viendo, al fondo del valle, entre brumas, se alzaba Minas Morgul, la ciudad de los espectros. Y el camino que seguíamos nos llevaba directamente hacia ella.
Los humanos parecían indecisos, con el terror pintado en sus rostros, no parecían para nada dispuestos a bajar al valle. Estuvieron discutiendo entre ellos y descuidaron la vigilancia. Momento que yo aproveché para salir disparada hacia el valle lo mas deprisa que mi renqueante pierna podía correr.
Por suerte los humanos no llevaban ni arcos ni flechas, sólo espadas y otras armas de corto alcance. También vi que vestían diferente a los otros que me habían perseguido la noche anterior, como si se tratase de otra gente. Supuse que formaban parte de las tropas que estaban esperando allí en el paso y que por eso se habían quedado.
- ¿Al final que ocurrió? – pregunté, viendo que el sol empezaba a bajar vertiginosamente hacia las colinas.
- Pues ocurrió que dos de los humanos pusieron valor y me siguieron, los otros tres se volvieron atrás. Faltaba poco para llegar al fondo del valle y de allí a la ciudad calculé que algo menos de una hora. Yo cojeaba cada vez más y para colmo la cabeza había empezado a darme vueltas, me estaban dando alcance. Miré atrás y pude ver sus caras, rojas por el esfuerzo de la persecución. De pronto vi como se desencajaban en una mueca de terror y todo se volvió negro a mí alrededor.
Yo estaba ansioso por oír el final de la historia, pero por lo que se veía la fiesta iba a empezar. La gente empezaba a dirigirse a una especie de cercado hecho de telas y Ghash se levantó y me llamó para que fuera con ella.
- Oye, Ghash, y ¿que pasó? me estás dejando en ascuas – pedí con una mirada suplicante.
- Pues pasó que me recogieron, fue una patrulla de orcos al mando de uno de los nazgul.
Y no me pidas más que esto ya va a empezar - me dijo.
- ¿Y tú lo viste? – pregunté – ¿De verdad estuviste cerca de uno de ellos?
- Sí – me contestó – en otro momento te lo contaré, ¿ de acuerdo? Y ahora cállate que vamos a entrar.
Asentí con la cabeza, emocionado, no se si por la noticia de que sabría como era un nazgul o por lo solemne del momento, y seguí a Ghash y a los demás al interior de la zona privada.

En el centro del cercado había un pebetero y en el se quemaba una madera olorosa. Éramos un grupo de nueve personas. En el estaban Thalem y su hermano, y también sus hijos, Ghalem y Alcarim, el maestro de este y también había otras personas que no conocía, además de Ghash y yo.
Thalem recitó algo, como si cantara, algo que no entendí pero que luego supe que era algo así como el lay del cazador, donde se explicaba su historia.
El sol se fue ocultando mientras el cantaba y el cielo se fue oscureciendo.
Entonces Ghash tomo el relevo de la canción y se puso a recitar una especie de salmodia. Yo me acerqué al fuego y prendí una especie de lámpara ( Antes Ghash me había explicado que era lo que yo tenía que hacer, ¡claro! ) me acerqué a todos los presentes y deje que su luz les iluminara la cara, tuve que levantar mucho los brazos para hacerlo pero fue bien.
Cuando llegué frente a Alcarim, que era el último de todos, su frente se iluminó con una señal brillante, y entonces yo le entregué la luz.
Avanzamos por una especie de pasillo hecho con telas hasta un portal de tela roja y dorada y allí cientos de antorchas apagadas nos esperaban. Una a una fueron prendiéndose las de delante directamente de la luz de Alcarim, las otras se fueron pasando el fuego una a otra. Mientras un canto muy hermoso se elevaba en el aire.
Las antorchas se fueron dispersando y todo el prado quedó iluminado por un montón de luces que se fueron encendiendo con ellas.
Alcarim avanzó hacia el centro de una especie de plazoleta donde había un palo muy alto. Enganchó la lámpara en una cuerda que pendía de el y esta se empezó a izar.
Cuando la luz llegó arriba todo el campamento, se llenó de risas, música y cantos. De gente que bebía, comía, cantaba y bailaba.
Todo el mundo estaba alegre, se abrazaban y se saludaban con un extraño gesto. Uno de ellos ponía las manos en forma de uve y el otro las ponía juntas en su interior.
Recibí un montón de saludos de estos. Ghash me explicó que como yo era su aprendiz tenia un cierto estatus entre todos ellos, así que debía poner mis manos para que los demás las pusiesen entre las mías. Eso con todo el mundo, exceptuando claro está, a ella y al maestro iniciado. Yo no las tenía todas conmigo, pensé que podría meter la pata pero no fue así.
La gente me saludaba y yo les correspondía, me daban pastelitos y bebidas. Si hubiese comido todo lo que me ofrecieron creo que habría reventado.
En una de las zonas de tiendas, donde se servía comida y bebida, nos encontramos con un buen grupo de hobbits, entre ellos mi primo Tom y mi tío, también estaba mi hermano.
Mi hermano y Tom soltaron la carcajada al verme vestido de aquella forma. Pero no fue por burlarse de mí, creo que fue por lo extraño que les parecía.
Tío Rocco, que es muy avispado, me cogió por la manga y me apartó.
- Oye, ese saludo que hacen entre ellos – me dijo – ¿significa algo especial?
- Sí, tío – respondí –, es el deseo de un año más de fortuna - expliqué – el que pone las manos entre las del otro, pide que le deseen fortuna y el otro se la da.
- Pero hay una especie de jerarquía, ¿no? – me dijo bajito –, me he fijado que ella y tú siempre sois de los que reciben las manos entre las vuestras.
- Ella es muy anciana, por lo tanto los demás la respetan – dije – y como yo voy vestido de su ayudante ellos hacen lo mismo conmigo. Es como si se me hubiese pegado algo de su sabiduría, ¿sabes?
- ¿Cómo es? – preguntó – ¿Es así?
Y uniendo la acción a las palabras, puso sus manazas entre las mías.
- Sí, tío, así es – contesté un poco emocionado.
- Voy a saludar a la señora – me dijo en un susurro –, espero hacerlo bien.
Y el tío Rocco se acercó a Ghash y la saludó al estilo sureño.
- ¿Qué pasa? – preguntó Tom – ¿Qué está haciendo tío?
- Es un deseo de larga vida y prosperidad – expliqué –, es una forma de honrar a nuestros anfitriones.
Tom se quedó un momento pensativo y luego me tendió las manos con las palmas abiertas.
Yo cerré sus manos entre las mías y murmuré las palabras que significan que el cazador te guíe que es lo que había estado haciendo todo lo que llevaba de noche.
Tom se sorprendió y me pregunto por el significado.
- No lo sé muy bien – mentí –, pero me dijo la señora que es una bendición.
- Entonces yo también quiero – susurró a mi oído mi hermano y repitió el saludo de los sureños.
Vi a tío Rocco que se ponía a charlar animadamente con Ghash después del saludo y que se la llevaba hacia el grupo de hobbits. Yo aproveché para escabullirme, no sin antes avisarla con un tironcito de su manto y un guiño por parte de ella.
Me llevé a mi hermano y a mi primo hacia una tienda donde se oía una música animada, en la parte frontal había un grupo de músicos tocando y un montón de gente joven bailando.
En ese grupo encontré a Alcarim y Ghalem y también a los dos pilluelos. Estuvimos bailando un buen rato, con esa música extraña que hace mover los pies aunque no quieras. Cuando los músicos pararon para descansar un poco, saludé a los dos hermanos y les presenté a mi familia.
Tom fue el más decidido, como siempre. Avanzó con las manos juntas y las puso entre las de Ghalem. Luego se inclinó en una reverencia e hizo lo mismo con Alcarim.
Mi hermano no quiso ser menos que él y también les saludó.
Ghalem propuso traer unas bebidas y Tom y mi hermano se ofrecieron a ayudarle.
Alcarim y yo nos quedamos solos, sentados en unos almohadones, que unas muchachas nos cedieron amablemente. Supongo por que los dos llevábamos una especie de halo misterioso ese día.
Mis trapos hacían efecto, la gente me perseguía para saludarme, aunque el brillo en la frente de mi compañero también atraía las miradas.
- Gracias por hacer eso por mí – me dijo una vez me hube sentado en el almohadón más grandote –, hacerme el portador de la luz ha hecho que se acaben del todo las habladurías. Aunque no entiendo esa especie de insistencia en saludarme como si aún fuera un aprendiz.
Yo me reí, suavemente, y le pedí que cogiera una bandeja de metal que había en una de las mesitas.
Cuando me la dio la levanté y le pedí que mirara en ella.
- ¿Que ves ahí? – le pregunté – eso es lo que me convenció para darte la luz.
Alcarim abrió mucho los ojos cuando se vio reflejado en el bruñido metal de la bandeja.
- La luz del cazador – murmuró – no puede ser que me este ocurriendo a mí.
Yo volví a reír y dejé la bandeja en el suelo y le acerqué mis manos juntas.
- Creo que la señal con que el destino te marcó en ese día es más importante que los trapos que yo pueda vestir, así que por favor, ¿podrías...?
Él asintió, creo que por fin feliz en muchos días.
- Sí, si tú haces lo mismo por mí – me dijo.
Todo eso resultó tan emocionante, que se nos hizo un nudo en la garganta y terminamos abrazándonos como si fuésemos amigos de toda la vida.
En aquel momento llegaron los demás con las bebidas y por supuesto, una bandeja llena de comida que se había agenciado mi primo Tom.
Estuvimos comiendo, charlando y riendo y luego Tom con esa carita inocente que se le pone a veces, preguntó:
- Oíd, ¿creéis qué esas muchachas querrían bailar?
Las muchachas aceptaron y pronto formamos un grupo de jóvenes dispuesto a bailar hasta la madrugada.
Al rato se nos fueron uniendo los demás jóvenes, la música era pegadiza, aunque para nosotros sonaba exótica. La pega era que yo tenía que ir sentándome a menudo porque mi pie se resentía con la jarana.
Tom, estuvo bebiendo algo más de la cuenta, creo que fue el vino de palma, porque de pronto, se plantó delante de Aura, la pequeña de los Peña y la sacó a bailar.
- Me gustas Aurita – dijo a voz en grito – ¡Eres tan guapa! ¿Quieres ser mi novia?
Y ella, que hacia siglos que esperaba que Tom diese ese paso, aprovechó la ocasión para decirle que sí y estamparle un besazo que le quitó la borrachera de golpe.
Creo que Tom aún no se ha repuesto de la impresión. Y aunque el tiempo lo dirá, no creo que Aura este muy dispuesta a soltarlo ahora que consiguió cazarlo.
Me parece que a Tom se le terminaron los días de perseguir a las mocitas casquivanas que vienen a la tienda a comprarse lazos y potingues.
Dentro de nada lo veo casado y sentando la cabeza.
Bueno puede que a tanto no llegue, eso de sentar la cabeza es algo que no entra en los planes de mi primo.


 
aerien
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 01-08-2005 Hora: 18:52
Sí, estoy de acuerdo con Laeron, la historia no desmerece desde el principio hasta aquí. Entrando en el análisis de este capítulo, la primera mitad creo que se estira demasiado. En general, creo que la historia está llegando a unas cotas demasiado altas de felicidad que invita o a acabarla o a atender a un giro argumental. Apuesto por lo segundo (sobre todo teniendo en cuenta lo que nos falta por saber de Ghâsh).

Fecha: 03-01-2005 Hora: 15:52
Muy bueno! Hacía falta decirlo, xq no pierdes un ápice de la gracia desde el primer capítulo. Poco se puede decir que no se haya dicho ya. ¿Llegará pronto el final, o cuando Ghash revele como se convirtio en soldado de Gondor?