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Moradan. Historia de un hombre del lejano Harad
Capítulo 3
Las marcas del fuego y de la sangre
Por aerien
 
Un largo silencio siguió a las palabras del escriba, roto solo por los sollozos de la mujer y el crepitar de la hoguera.
- ¿De donde debió sacar ese poder que lo hacia reaccionar así?– se pregunto hablando para si mismo Haled – algo debió ocurrir en su vida para convertirlo en una persona tan especial.
- Supongo que fue allá en su tierra – sugirió el sargento – ¿no dijiste que lo capturaron y lo hicieron esclavo? – preguntó dirigiéndose al escriba.
- Eso me dijo él – respondió este – pero mucho me temo que esa parte de su vida se la llevó consigo. Ninguno de nosotros le oyó hablar nunca de estos años. Debía ser algo doloroso. Solo era necesario ver su cara y su cuerpo para saber que se ensañaron con él. Esas cicatrices eran profundas, seguramente hechas con un látigo al que habían puesto púas de hueso. No hay ningún otro instrumento de los sureños que haga señales como esas.
- A mi me habló muy poco sobre ese tiempo en que estuvo en el sur. Sólo una vez me contó que había un humano. Un tipo extraño que había llegado del norte, supongo que enviado desde Mordor. Me dijo que ese hombre tenía algo en la voz. que cuando hablaba todo lo que el decía te parecía maravilloso. Que hubieses seguido a ese hombre solo por continuar oyendo sus palabras. Y que si se dirigía a ti sentías algo tan especial que los hombres se desvivían por complacerle.
El era entonces un esclavo de los haradrim, debía tener unos veinte años o menos y me contó que las palabras de ese hombre, un tipo al que no llego a ver la cara porque se cubría con una mascara, le bloquearon la mente hasta el punto que acabó enrolándose como soldado en las filas del señor haradrim.
No se que mas pasó, cuando le pregunté porque era entonces esclavo en Mordor, apretó los labios y se negó a contármelo. Yo creo que durante el tiempo en que fue soldado de la oscuridad hizo algo. Alguna cosa de la que se arrepintió toda su vida. Y eso le llevó a la esclavitud.
- podría ser eso que dices mujer – la interrumpió uno de los soldados – pero él se llevo ese algo al otro lado. Nadie sabe que fue lo que le paso para que lo marcaran de ese modo.
- Eso que dices no es cierto – se oyó decir a alguien – yo sé que fue lo que le ocurrió. Yo sé como fue que le golpearan de esa forma.
El que hablaba era un soldado que no se relacionaba a menudo con los demás. Era un hombre taciturno, había sido siempre un hombre de pocas palabras, pero desde la batalla de los campos de Pelennor lo era todavía más.
Había tomado parte en la guerra, había sido uno de los defensores de la puerta y una bola incendiaria le había caído encima.
La bola era una piedra rodeada por una camisa de paja y brea ardiendo. Parte del alquitrán se había fundido y había acabado en su cara y en su cuerpo. Las quemaduras fueron terribles y se temió que no salvaría la vida. Pero aunque estuvo mucho tiempo entre la vida y la muerte al final se salvó.
Como recuerdo de aquello su cara, sus manos y su pecho quedaron marcados por unas tremendas cicatrices.
- No sabia que estuvieras aquí, Aranor – dijo el capitán – toma y bebe él estaría contento de saber que por fin te uniste a los demás. Aunque solo fuera para llorarle.
- Muchas gracias capitán – exclamo el hombre – el fue siempre un buen amigo - musito
- Ven y siéntate aquí junto al fuego – invitó uno de los soldados – ahí donde estas esta muy expuesto y hace frío hoy.
El hombre se acercó a la hoguera, Ghash se retiró un poco, dejando la piedra donde se había sentado libre y fue a acurrucarse al lado de Haled. El capitán le mostró el lugar que quedaba vació. El soldado miró a todos los que estaban reunidos en ese lugar y dijo:
- gracias por aceptarme en el grupo, siempre he pensado que mi rostro desfigurado resultaba repulsivo así que no me acerco mucho a los demás.
- Eso que dices es una tontería – le reconvino el escriba – aquí todos te aprecian y saben que esas cicatrices que luces en tu cara fueron hechas en la batalla. Y por eso todos te honran.
El hombre se movió nervioso, parecía sentirse extraño rodeado de todas aquellas personas. No acababa de creerse que estuvieran allí dispuestos a escucharle, tomo un sorbo de vino y pronuncio unas palabras en voz baja. Ninguno de los presentes, ni siquiera el escriba que conocía varios idiomas antiguos supieron que significaban.
Ghash se estiró tensando los músculos del cuello, las palabras no le resultaban desconocidas, las había oído a menudo de la boca de su fiel compañero, aunque desconocía su significado.
- eso lo decía a menudo – dijo con voz queda – sobretodo cuando alguien le alababa. No se que quieren decir esas palabras, no me atreví a pedírselo. Cuando las decía se ponía hosco y su mirada se volvía tan triste que intenté por todos los medios que no las pronunciara.
- A mi si me contó que es lo que significan – dijo Aranor – significan “el asesino de hermanos” y el las usaba para nombrarse a si mismo.
Un murmullo siguió a las palabras del hombre, una especie de ronca marea que emergía de todas las gargantas.
- eso es una calumnia – dijo uno– te lo estas inventando - arguyó el sargento.
El capitán tomo la palabra para imponer el silencio, el hombre se veía cohibido. Parecía que en cualquier momento se levantaría y saldría corriendo.
- por favor, callaos y dejadle hablar – ordenó – puede que así sepamos que es lo que tiene que contarnos
- gracias, mi capitán – dijo el hombre bajando la voz – entiendo que no quieran creerme. Todas estas cicatrices de quemaduras me dan un aspecto repulsivo y la gente tiende a pensar que yo soy una mala persona. La verdad es que ya estoy bastante acostumbrado a que me rehuyan o a que me tachen de engendro o de monstruo.
- Tu no eres ningún monstruo – dijo la mujer orco – tienes una mirada limpia. El mal no habita en ti. Yo lo se, se como es un engendro del mal.
El hombre la miró agradecido, sonrió con media cara mientras que en la otra media se dibujaba una especie de mueca arrugada.
- el tampoco lo creía – dijo – aunque si creía que él lo era.
Mirad, llegué de una guarnición en la zona de los puertos hace unos meses. Después de recuperarme de las heridas de la guerra me dijeron que podía pedir el destino que más desease, así que escogí un lugar cercano al mar. Siempre había deseado vivir cerca del mar. Cuando era niño mi padre me llevo a Dol Amroth y quede sobrecogido por su inmensidad y su bravura.
Pero las gentes del campamento empezaron a tratarme mal, se reían de mi aspecto, me llamaban goblin y cosas peores. Pasé un par de años de infierno en ese lugar y un día decidí pedir el traslado a este puesto fronterizo. Lejos de cualquier lugar. Un sitio donde nadie me conocía, donde empezar de nuevo.
Pero tenía miedo, no me atreví a relacionarme con los demás, sabia que mi aspecto era repulsivo, así que me dedique a evitar a todo el mundo y mi alma se fue llenando de rencor, tristeza y soledad.
Había conseguido que nadie se riese de mí pero estaba solo, muy solo.
Una noche, durante la guardia, algo ocurrió. Un grupo de soldados sureños que huían se refugiaron en las inmediaciones del campamento. Se trataba de soldados rebeldes, reconvertidos en bandoleros.
Creo que todos vosotros recordáis el ataque de estas gentes, como ya sabréis Moradan y yo estábamos de guardia ese día.
El grupo de sureños rodeó la zona de vigilancia cortándonos la retirada e impidiéndonos dar la alarma. En aquel momento sentí que estábamos sitiados, al igual que lo estuvimos en Minas Tirith durante la guerra y todo el horror vivido entonces sumado a la tensión hizo que me viniera abajo. Yo no había experimentado una situación de guerra desde la batalla de los campos de Pellenor, no tenia ni idea de lo que había hecho la guerra conmigo.
Tuve un ataque de pánico, creí que estábamos condenados, que esos hombres nos matarían, empecé a decir insensateces, le dije que nos entregáramos, que no había nada que hacer y salí corriendo de la caseta de vigilancia.
Moradan me persiguió, me atrapo en las rocas, me agarró por los hombros y me zarandeó, cogió mi cara y me obligó a mirarle.
Esto no es aquella guerra, la oscuridad ya se fue – me dijo – solo son un grupo de desarrapados que seguramente tienen hambre.
Me sorprendió su seguridad. Entonces vi que tomaba una tea y la prendía. Le pregunté que es lo que quería hacer y me contestó que avisar a los demás.
- colócate entre estas rocas – me dijo – voy a hacer que los demás sepan que vamos a ser atacados.
Yo me escondí entre las rocas y entonces vi lo que pretendía hacer, iba a prender fuego a la caseta de vigilancia para alertar a los demás.
Yo no tuve valor para ayudarle, solo me limité a contemplar como se acercaba a la caseta entre una nube de flechas de los enemigos y lanzaba en su interior la tea ardiendo.
Al cabo de un momento la caseta ardía con ansia y el estaba otra vez a mi lado, jadeante, restañando una herida en su brazo, probablemente una flecha lo había alcanzado.
Al cabo de un rato todo el campamento estaba en alerta, allá abajo se combatía duramente, mientras nosotros estábamos a salvo, encaramados entre las rocas, pero con todos los enemigos entre nosotros y el campamento. Sabíamos que no podíamos bajar a combatir, estábamos en el lado equivocado y solo éramos dos.
Pasaron varias horas hasta que pudimos volver, por suerte no nos descubrieron. Supongo que creyeron que habíamos muerto en el incendio de la caseta.
Durante ese intervalo recuerdo que tomé su brazo herido y lo vendé con un pedazo de camisa, al hacerlo mis dedos rozaron los surcos que el látigo había dejado en su carne muchos años atrás.
Le dije: fuiste muy valiente, cualquiera de esas flechas podría haberte matado. Mañana todos te aclamarán como a un héroe, salvaste muchas vidas alertando a los demás. Al contrario que yo, que me dejé llevar por el pánico y huí como un conejo asustado.
El clavó sus ojos en mí, vi su cara contraerse bajo la luz de las llamas, entonces murmuro esas palabras, las que os dije antes. Y sin que me diera tiempo a reaccionar acaricio mi brazo derecho, el que se quemo en la guerra – no te menosprecies por un momento de pánico – me dijo – estas cicatrices demuestran que fuiste un valeroso defensor de tu patria.
Dices que son honrosas – contesté – pero yo diría que son horribles, hacen que los demás me vean como a un monstruo.
Entonces el quiso saber si era por eso por lo que no me relacionaba con los demás – los otros te respetan, no creo que se burlasen de ti – me dijo – saben que estas marcas son las señales de la lucha, saben que te las hicieron en la guerra. Esas son las señales del honor.
Entonces yo le dije que el también tenia señales de esa lucha en el cuerpo, aunque no fueran consecuencia de una batalla.
El pareció enojarse, su voz se volvió dura, cortante. Levanto uno de sus brazos y dejo que la luz del fuego lo iluminase – ¿Estas marcas dices? Estas no son las señales honrosas de la batalla, ni tan solo las marcas de la esclavitud, estas son las señales de la vergüenza y la depravación.
Yo quise saber por que razón decía esas cosas. Los orcos lo habían golpeado hasta dejar esos grandes surcos en su piel. Había pasado tanto tiempo encadenado que en sus muñecas y tobillos se veía la marca imperecedera de esas cadenas…
Y entonces el se rió, pero no era una risa alegre, era una risa dolorosa. – No fueron orcos los que me hicieron esto – dijo con voz ronca – fueron humanos. Y es poco comparado a lo que yo merecía, a lo que merezco – terminó con la voz apagada.
No me atreví a pedirle que me contara mas, me acurruqué a su lado y los dos nos cubrimos con su manta. Yo había perdido la mía cuando salí disparado de la caseta presa del pánico.
Al cabo de un rato oí su voz que me decía – ese ataque de pánico tuyo nos salvo la vida, si nos llegan a encontrar en la caseta nos matan seguro sin darnos tiempo a dar la alarma.
Al amanecer nos encontraron escondidos entre las rocas, los rebeldes sureños se habían rendido y ellos venían a recuperar nuestros cadáveres para darnos sepultura.
El capitán nos llamo y nos pidió que informáramos de lo sucedido. El hablo primero pero omitió hablar de mi ataque de pánico, solo dijo que estábamos fuera cuando ellos atacaron y que nos habíamos visto obligados a quemar la caseta para alertar al campamento.
No quise contradecirle, me daba demasiada vergüenza tener que decir al capitán que había sido un cobarde.
Esa misma noche hubo una fiesta en el campamento, los hombres cantaban y bailaban celebrando la captura de los sureños.
Yo estaba apartado, apoyado en la pared de la cocina viendo a los demás disfrutar de unas horas de esparcimiento.
El vino y se sentó a mi lado, me tendió una vasija con cerveza. Estuvimos en silencio un buen rato sorbiendo lentamente las bebidas.
Sabia que debía darle las gracias por lo que había hecho, me había encubierto delante del capitán y para colmo todos pensaban que había sido yo el que había prendido fuego a la caseta. No sabia como hacerlo, no me salían las palabras. Solo atiné a decirle un gracias ronco que el respondió con un: yo no hice nada especial para que me des las gracias.
Entonces yo le dije que era una persona maravillosa y que seria un honor ser su amigo y el me respondió con esas palabras en su extraña lengua.
Quise saber entonces que es lo que significaba aquello que el decía cada vez que alguien lo alababa y el me dijo que esas palabras significaban “asesino de hermanos” en su lengua natal.
Me dijo que eso era lo que era el, que ese era su nombre, su ultimo nombre y la señal de su vergüenza. Yo no lo entendí hasta hace un rato cuando el escriba nos contó sobre su vida, alguien le puso ese nombre, el ultimo, no me extrañaría que hubiese sido el mismo quien se lo puso.
Yo no entendía muy bien que había querido decir con eso, así que le pregunte porque decía que era un asesino.
El pareció dudar y al final dijo: Es una historia muy larga y triste La historia de mi vergüenza, nadie la conoce aquí. Creo que nadie la conoce ahora en esta parte del mundo. Todos los que en ella tuvieron parte murieron en la guerra y los demás la olvidaron. Ha sido mi secreto durante muchísimos años, un secreto que me abrasa por dentro.
Le pedí que me la contara, le dije que no la divulgaría si el no lo deseaba. El aseguró que no le importaba que los demás supiesen, pero que le daba mucha vergüenza contarlo.
Y empezó a contarme su historia con la voz ronca, como si algo le atenazase la garganta.
Me dijo que había sido esclavo de un amo haradrim. Que durante varios años trabajo fabricando armas y torres de guerra para el. Hasta que un día, un hombre llegó del norte. Todo el mundo decía que era un enviado de Mordor.
El tenia entonces veintitantos años, y aunque esclavo, era considerado entre las gentes del sur como un gran artesano. Cosa que le ahorraba montones de horas de trabajo pesado y agotador. Los especialistas se lo disputaban, ya fuera para tallar unas piezas para las maquinas de guerra como para adornar la empuñadura de una espada para los comandantes, dijo que era feliz a su manera, aunque no podía ir donde quisiese, tenia mucha libertad para hacer las cosas que a el le gustaban.
Pero todo cambió cuando llegó el nuevo comandante, empezaron las rencillas, las envidias i los odios.
Ese tipo se tomaba como un reto el conseguir los mejores soldados para el Señor Oscuro, formarlos y convertirlos en unos implacables i despiadados asesinos de hombres. Para ello utilizaba ese poder que tenia con las palabras, un poder capaz de convertir en una bestia ávida de sangre al más pacifico de los humanos.
Por lo que se ve el comandante se fijó en el, vio que tenia facilidad para organizar a los otros esclavos cuando hacían trabajos en grupo. Y decidió que debía tenerlo entre los suyos. Para ello utilizó una táctica malvada: Ordenó al capataz que le diese los trabajos más desagradecidos, más monótonos y donde pudiera desarrollar menos sus capacidades de creación. Hizo que se le aplicaran injustamente castigos para fomentar sus ansias de rebelión. Esto le mantuvo encerrado durante días totalmente inactivo, sin posibilidad de contacto con las demás personas.
Al cabo de unas semanas Moradan estaba a punto, solo faltaba el toque maestro. Era un hombre joven y de alguna forma en su interior empezaba a nacer un espíritu rebelde.
El Comandante se presentó ante el, fue de su propia mano que fue liberado de su prisión. Y allí con palabras dulces le ofreció algo como desagravio por esas semanas de castigos y reclusión. Le ofreció la posibilidad de ser un soldado Haradrim y con ello de ser libre.
Por lo que se ve nadie era capaz de resistirse al embrujo de las palabras de ese hombre y Moradan terminó aceptando.
Durante varios meses fue entrenado como soldado. El dijo que en ese tiempo aprendió a matar. También dijo que el comandante le vio unas ciertas dotes de mando, porque cuando finalizó el entrenamiento lo puso al frente de uno de los grupos de soldados.
Pero había algo que el Amo Oscuro quería. El quería soldados totalmente fieles, entregados. Soldados sin entrañas, que no dudasen en rebanarle el cuello a quien fuese. Fanáticos que creyesen en su poder, que disfrutasen con la visión de la sangre.
Por eso, a esos soldados les faltaba algo. Les faltaba probar el sabor de la sangre y de la muerte.
Entonces el Comandante organizó una serie de razzias dirigidas a los reinos de los alrededores. La intención era someterlos, a la vez que servían de entrenamiento a los soldados.
La gran maquinaria de Mordor necesitaba más hombres para prepararse para la inminente guerra, además se necesitaba mineral y también comida para alimentar al ejército.
El grupo de Moradan fue enviado a atacar varias poblaciones. El resultado de esas escaramuzas fue claro, los pueblos de los alrededores no tenían soldados, eran campesinos o artesanos, por lo que todas ellas tuvieron un resultado satisfactorio.
Moradan acabó siendo el jefe de uno de los grupos, con un rango más o menos como de Teniente diría yo.
Los meses pasaron deprisa, entregados a la expoliación y el saqueo de los reinos vecinos, todo iba bien. Y el se sentía orgulloso de ser el jefe de ese grupo, sus hombres eran considerados los mas temerarios, orgullosos, fuertes y decididos de todo el ejercito haradrim.
- ¿Y eso te lo dijo el? – preguntó el joven pinche de cocina, sorprendido
- Si, eso me dijo – contestó el hombre de la cara quemada – pero no creáis que lo dijo como vanagloriándose, el solo constataba un hecho. Supongo que quería que yo viese claramente quien era el.
- Jefe de escuadrón, no me extraña nada – dijo uno de los soldados – por eso siempre sabia lo que se tenia que hacer en cualquier momento
- Si, tenia dotes de mando – contestó el capitán – aunque no quiso tenerlo nunca aquí.
- Debía ser por eso que nos esta contando Aranor – dijo pensativo Joram
- ¡Callaos y dejadle continuar! – gruñó Ghash.
El hombre aprovechó la pausa, llenó un poco más su taza de vino, tomo otro sorbo del licor y carraspeando ligeramente, prosiguió:
- Si todo iba bien, el era joven y tenia poder. ¿Que mas se podía pedir? – añadió – pero un día todo eso cambió. El comandante fue llamado al norte y dejó el ejército en manos de uno de sus capitanes.
Cuando el comandante se fue los hombres se descontrolaron, a algunos les dio por ser más bestias aun de lo que eran, otros se volvieron asustadizos como ratones. Se hablaba de deserción, de malcontento, de lo inútil de esa guerra.
El capitán veía que la tropa se le descontrolaba, así que organizo una gran batida. La intención era mostrar un gran botín al comandante en cuanto este volviera del Norte, y a la vez mantener ocupada a la tropa. Esta vez el lugar escogido se encontraba mucho mas lejos de lo que habían ido nunca.
Las cosas no fueron bien desde un principio. Moradan decía que le parecía que el comandante tenía algo más que un poder en la voz. Su sola presencia hacia que te sintieses inclinado a obedecerle, a actuar como el quería. Decía que había algo de magia en su forma de tener atada a la gente.
- no me extraña nada esto – dijo entonces la mujer – nadie que haya sentido el poder del señor oscuro sobre su mente te negara que eso pueda ser verdad
- no, eso es cierto – contestó el hombre – si tan solo tenia un poco de ese poder entonces debió ser un ser terrible. Pero al alejarse de los soldados su fuerza se iría debilitando por eso las cosas empezaron a ir mal.
La expedición resultó ser un completo fracaso, varios de los grupos se perdieron en un cenagal infecto y volvieron al campamento agotados, enfermos y llenos de picaduras. A los demás las cosas tampoco les fueron bien. Un grupo fue derrotado por una tribu guerrera y tuvieron que salir por pies para salvar su vida y otro se perdió en la inmensidad de la jungla y acabó volviendo al campamento sin haber conseguido su objetivo.
En cuanto al grupo de Moradan estos atacaron un poblado, un rico poblado de las gentes de su misma etnia. No eran su propia gente pero si de los suyos. No les costó nada someterlos, así que decidieron quedarse un par de días para disfrutar de las mieles de su triunfo.
Los asustados aldeanos les proporcionaron comida y bebida y ellos tomaron por su cuenta cuantas mujeres y cosas bellas había en el poblado.
Evidentemente las gentes de ese lugar no acogieron de buen grado a los soldados, algunos hombres se rebelaron y acabaron destripados y colgados de un árbol como escarmiento para los demás.
Un escalofrío recorrió las espaldas de todos cuando oyeron esas palabras, como si la crueldad de ese soldado sureño hubiese levantado un viento helado que les congelara hasta los huesos.
- Casi parece que estés hablando de otra persona – murmuró el escriba
- Yo creo que no – contestó el capitán – había mucho dolor en el, una angustia que nada podía borrar.
El joven soldado sueño acarició la cabeza a Ghash que sollozaba. Esta murmuró algo ininteligible algo que sonó duro como el acero en sus oídos.
- si, se como debía ser- dijo al fin – lo se muy bien. Había muchos capitanes así en los ejércitos del señor oscuro.
- Si, supongo que si – dijo Aranor, prosiguiendo con su narración – se supone que eso es lo que debía hacer un jefe de las tropas del mal.
Pues por lo que se ve un grupo de personas que habían conseguido huir buscaron ayuda en un pueblo cercano. Los hombres de ese pueblo decidieron atacarles. Pero como no eran muchos, decidieron tender una emboscada a los soldados del mal.
El lugar escogido era un angosto desfiladero y el cebo un cargamento de materiales preciosos que debía pasar por allí.
Uno de los hombres se hizo pasar por traidor, se entregó al grupo de soldados y les contó lo de la caravana cargada con riquezas.
A Moradan le pareció bien que sus hombres pudiesen disfrutar de ese botín, así que les dio permiso para atacar la caravana. El se quedaría en el poblado organizando las cosas para poder salir al día siguiente con los esclavos.
La trampa fue bien tendida y los hombres cayeron en ella como incautos conejos. Mataron a algunos pero la mayoría consiguieron huir. En su precipitada huida no se dieron cuenta de que eran guiados hacia una zona pantanosa donde muchos sucumbieron y los pocos que quedaron volvieron derrotados al campamento principal.
En cuanto a Moradan y a los pocos soldados que habían quedado en el poblado fueron hechos prisioneros por las gentes de esa población. Utilizaron una droga que les pusieron en la comida y cuando despertaron se encontraron atados y hacinados en un negro foso lleno de barro e inmundicias.
Las gentes de ese lugar tenían una costumbre, si alguien mataba a uno de los suyos y este era capturado, los parientes del muerto podían ejercer su venganza castigando al asesino hasta que este muriese.
Pero esto solo podía hacerse en los días en los que la luna se oculta y nunca más de dos hombres a la vez. Los prisioneros eran cinco, así que en la primera luna negra los hombres y las mujeres del poblado castigaron a dos de los asesinos haradrims. Les golpearon hasta causarles la muerte y dejaron sus cuerpos en la espesura.
Eso hizo que Moradan tuviese que esperar casi tres lunas hasta que le tocó el turno, y fue durante ese tiempo en que estuvo prisionero que ocurrió una transformación. Lentamente el influjo del señor del mal que lo había mantenido atado se fue desvaneciendo, dejó de sentir odio, tampoco sentía ningún placer cuando pensaba en sus acciones, en su poder como jefe de grupo.
El me contó que había un muchacho, un chico de unos 15 o 16 años que le llevaba todos los días la comida al agujero. Y que invariablemente todos los días le preguntaba si se sentía bien, si le dolían las cuerdas con las que estaba atado. Eran unos nudos tan apretados que solo podían deshacerse cortando las ligaduras.
Me dijo que cuando se quedó solo el chico acostumbraba a sentarse en el borde del foso y tallaba unos pequeños objetos de hueso que iba engarzando en unas tiras de cuero. A menudo le pedía que le hablase, que le contase cosas sobre los soldados. El no entendía porque lo hacia, y al principio se negó a hablarle, pero la soledad pudo con el y al final acabó contándole sus hazañas como jefe de soldados.
Los días pasaron y la luna fue adelgazando, pronto llegaría el día en que le tocaría a él recibir la venganza de los aldeanos.
Una de esas noches le visitó el muchacho, la luna era solo un pequeño hilo de plata en el cielo, no tardaría en esconder su rostro a los pobladores de la tierra. El muchacho le preguntó invariablemente por su salud y luego sin darle tiempo a responder le pidió que le contase la toma del pueblo.
Moradan hacia tiempo que no sentía ningún orgullo en contar esas cosas, como si la lejanía con el comandante las hubiese vuelto mas sórdidas, menos interesantes, así que en principio se negó.
Pero el chico volvió a insistir. – Decidme como sometisteis a la gente del pueblo – repetía una i otra vez.
Pero el continuó negándose a hablar, creo que empezaba a sentir asco por lo que había hecho, o como mínimo vergüenza.
De pronto aquel chico se puso de pie en el borde del foso, y soltó una retrahilla de palabras en otra lengua, en su lengua. Moradan se sorprendió, aquel chico hablaba con la lengua de sus padres y de pronto recordó los retazos de conversación oídos mientras las gentes pasaban cerca de su prisión y cayo en la cuenta de que todos ellos usaban ese idioma.
Respondió al chico de la misma forma, le dijo que no iba a contarle eso, porque le era demasiado cercano.- ¿que quieres? – Le preguntó – ¿sentir otra vez el dolor de los tuyos?
El muchacho retrocedió unos pasos y salió del reducido ángulo de visión del prisionero.- yo solo quería que me contases porque le mataste –dijo – ¿porque abriste su garganta e hiciste que toda su sangre manchara la tierra? Y luego lo dejaste allí, frente a todos, sin que ninguno de nosotros pudiese enterrarle.
El dijo que el muchacho se alejó entonces y le dejó con sus pensamientos durante un rato. El recordaba perfectamente que había ordenado la muerte de los cabecillas, cosa que no había ocurrido ya que estos se habían rendido. También recordó al hombre joven que había estado protestando y que al final había tomado una horca y había atacado a los soldados. Recordó como le había matado, después de que estos le sometieran, había cortado su cuello y siguiendo la costumbre de los soldados había manchado su pecho con la sangre del caído. Después había ordenado que el cuerpo fuera expuesto al sol hasta que se pudriese, para que los aldeanos recordasen que es lo que les ocurría a los que se rebelaban.
Un ruido lo sacó de sus recuerdos, el muchacho había vuelto, llevaba una cosa en la mano, esa ese objeto de cuero lleno de pedazos de hueso tallado. – Ese hombre que mataste aquí – le dijo – ¿De verdad sentiste el placer que mostraba tu rostro cuando manchaste la tierra con su sangre?
Moradan preguntó al chico porque estaba tan interesado en saber eso y el muchacho le respondió: - Ese hombre era mi hermano, mi único hermano, mi sangre y por lo que se ve también la tuya – y echó a correr soltando ese objeto que llevaba en las manos.
Moradan se acercó y tomo ese objeto en sus manos, era un látigo haradrim, nuevo y toscamente fabricado imitando los látigos de los capataces de esclavos.
El me dijo que cuando tomo ese objeto en sus manos fue como si de pronto le rasgaran por dentro, el muchacho había pasado casi tres lunas escuchando sus bravuconerías, oyéndole hablar de sus maldades, preparándose mientras fabricaba ese aparato. En ese momento lo entendió, el era el encargado de castigarle. Había querido su contacto para aprender a odiarle, para que le resultara más fácil golpearle con eso.
Acarició el cuero con las puntas de los dedos y algunos de los huesecillos se desprendieron, cerró su mano fuertemente en torno a ellos mientras oía una y otra vez en su cabeza las palabras del chico. Abrió su mano y vio sangre en ella.
El hombre se interrumpió en ese momento, sentía un nudo que le aprisionaba la garganta y miró a los demás,
- por favor, sigue – pidió el capitán – no nos dejes en ascuas ahora
Ghash soltó una maldición por lo bajo y esta fue coreada por varios de los soldados, pero nadie gritó ni se enfadó, solo constataron con eso que las palabras del hombre les estaban doliendo.
El hombre marcado por el fuego volvió a tomar un poco de vino y siguió contando:
- era cierto, era su sangre y también la mía – me dijo Moradan y cuando me decía esto sus ojos estaban llenos de lagrimas
Me contó también que esa noche la pasó despierto, agarrando en sus manos los pedazos de hueso y recordando todas las barbaridades que había hecho como soldado del mal.
El dolor lo doblo en ese momento, creo que a pesar de que habían pasado muchos años el no se había perdonado nunca el haber sido uno de esos bárbaros. Intenté consolarle diciéndole que el había sido un soldado y que los soldados muchas veces perdían el control ante la vista de la sangre. Pero el me interrumpió.
Me grito que el no era un simple soldado, el era uno de los jefes, un tipo miserable que gozaba del dolor ajeno y que sentía placer ante la vista de la sangre.
Le pedí que me siguiese contando que pasó, sobretodo porque veía que se estaba hundiendo en la desesperación.
Esa mañana la lluvia lo saco de su ensimismamiento, según el allí llueve todos los días invariablemente a mediodía, por lo que el agujero tenia una especie de toldo en uno de los lados para que los prisioneros pudiesen protegerse tanto de la lluvia como del sol,que en esas tierras es muy poderoso.
Se retiró a su rincón protegido, llevando aun en sus manos el tosco látigo, al que se le iban desprendiendo lentamente algunas de las piezas.
Se sorprendió a si mismo pensando el cuan poco dolor podría causar ese látigo, como si ese instrumento no hubiese sido construido pensando en el, deseando cruzarlo sobre sus espaldas.
Y entonces Moradan, sin saber muy bien porque lo hacia, empezó a arreglar el látigo, Ató fuertemente los huesecillos unió el mango con las tiras de cuero con firmeza y cuando cayó la noche el látigo estaba listo para ser usado.
Vio la línea minúscula de la luna elevarse por el horizonte y entonces el muchacho volvió, vio el látigo en manos de Moradan y salió corriendo. Al rato llegó otra vez con dos hombres fuertes, armados con las lanzas de los que fueron sus soldados.
Pusieron las lanzas sobre el pecho del prisionero y le ordenaron que devolviese aquello. Tenían miedo que lo usase para escapar supongo. Pero Moradan devolvió el látigo sin intentar ninguna treta. El me dijo que le hubiese resultado facilísimo desarmar a los dos hombres y huir, pero él no lo deseaba. Durante esa noche y ese largo día había conocido su verdad, la verdad que le decía que era un miserable asesino.
- El quería morir, quería que le mataran – dijo de pronto Ghash
- Si, eso creo yo – contestó el capitán
- Creo que no podía soportarse a si mismo – explicó el hombre marcado – sentía tanto asco y odio hacia lo que el era entonces que solo podía desear la muerte.
- ¡Que horror! – murmuró un soldado– ¿os imagináis como debió sufrir para desear morir?
- Creo que mucho, y continuo sufriendo por ello durante largos años – Sentenció Joram – creo que aun ahora sentía dolor por ello
- Eso es cierto – contestó Aranor – ese sufrimiento ya no le abandonó nunca, el me lo confirmo. Pero aun cuando no me lo hubiese dicho su forma de actuar nos lo decía a todos.
- Pero aun no nos contaste como fue que le hicieron esas marcas – dijo impaciente el aprendiz de cocinero, al que el vino parecida que empezaba a hacer efecto.
- Tenéis razón – dijo entonces Aranor – dejadme pues que siga contándoos.
Moradan dejó el látigo y el muchacho lo tomo y salió corriendo, los demás hombres también se fueron y el se quedó solo.
El muchacho no tardó en volver -¿porque has hecho esto? – preguntó y sin esperar a que el le respondiese dijo – hace un momento podrías haber escapado pero no lo hiciste, ahora perdiste tu oportunidad, mañana es el día y este arma que tu arreglaste servirá para mostrarte cuanto dolor causaste en esta tierra.
Moradan me contó que había odio en las palabras del chico, odio y deseo de venganza, el podía haberle hablado, podía haber mitigado un poco ese ardor que el chico sentía, pero no lo hizo. No quería que se ablandase en aquel momento, deseaba con todas sus fuerzas esa muerte que se le venia anunciando desde hacia tres lunas.
Pero tuvo que pasar todo un largo día para que eso sucediera, durante ese día los chicos del poblado pasaron por su agujero y se dedicaron a tirarle porquerías, a insultarle. Ninguno de ellos sabia que el los entendía así que se fueron envalentonando y al anochecer sus insultos y sus bravuconerías habían subido de tono, parecía que iban a ser ellos los que al final iban a ser sus ejecutores.
Cuando llegó la noche los tambores anunciaron el ritual y dos hombres armados con lanzas le pusieron una escala para que saliese del agujero.
Le condujeron a la plaza, en el lugar donde el había degollado al hombre y le dejaron allí atado a un poste.
Entonces llego el muchacho, a su lado caminaban dos hombres. Reconoció a uno de ellos como el jefe.
El chico llevaba el látigo en las manos aunque no fue él el que inició el ritual. Tendió el arma al jefe y este se dispuso a azotar al prisionero.
El hombre le golpeó con todas sus fuerzas y en su espalda quedaron las marcas de su furia, el no podía decir cuantas veces, pero no fueron muchas.
Entonces el hombre pasó el látigo a otro y continuó la sesión, este estaba enojado y acompañaba los golpes con insultos.
Moradan se sintió desfallecer, pensó que no tardaría en morir, pero de pronto los golpes pararon. Sintió algo frío que caía sobre su cabeza y de pronto le despejaba, alguien le había tirado un cubo de agua a la cara para que despertase.
Entonces fue el turno del muchacho, hasta aquel momento cada uno de los latigazos había sido coreado por las gentes del pueblo. Estas estaban excitadas hasta el punto de que parecía que era un solo cuerpo de mil brazos y otras tantas voces el que infringía la venganza.
Pero cuando el chico se acerco todos callaron, el muchacho tendió el látigo y golpeó. -Era mi hermano – dijo – no era un soldado, nunca empuñó un arma – murmuró con el segundo golpe – era mi sangre – dijo gritando mientras asestaba el tercero en las costillas de Moradan.
El me contó que los golpes le ardían en el cuerpo como si fuesen hechos con hierros candentes pero que las palabras del muchacho le causaban aun más dolor. Se dobló y cayó al suelo y las cuerdas con que lo habían atado se desprendieron.
El muchacho volvió a golpear loco de furia, esta vez fueron los brazos los señalados y las piernas. el látigo restallo tres o cuatro veces mas marcando sus brazos y sus piernas, su pecho y su cara, pero el no intentó protegerse entonces, sentía tanto dolor que creía que la muerte llegaría en el golpe siguiente.
De pronto los golpes cesaron y todo quedó en silenció. Moradan miró al chico que respiraba trabajosamente. Este se restañó una herida en el brazo que le había hecho una de las púas de hueso y se acercó a el.
Le mostró la mano ensangrentada y repitió – era mi sangre y también la tuya - y puso su palma sobre la herida de su pecho de la que manaba un hilillo de sangre.
Entonces el chico se levanto y le dijo – ¡vete! ¡Vete lejos! Pensé en matarte pero no quiero volverme como tú ¡no quiero ser un asesino!
Moradan me contó eso en voz baja mientras acariciaba con sus dedos la cicatriz que le cruzaba el pecho y sonreía entre las lágrimas.
- ¿y que ocurrió entonces? – preguntó el chico impaciente
De pronto se calló y miro a sus compañeros, todos estaban inmóviles, como golpeados por un rayo, la mujer tenia las manos crispadas y el joven sureño las sostenía como queriendo parar un arrebato de furia. El capitán tenía un aire solemne y Joram y el cocinero la boca abierta de par en par.
- que el se marcho. Se levantó como pudo del suelo y se fue. Me dijo que veía todo entre una neblina roja y que cayó varias veces al suelo antes de poder salir del poblado. Luego, cuando llegó a la espesura se echo en el suelo y lloró hasta que se le secaron las lágrimas.
Dos días estuvo en ese lugar, echado en la tierra del bosque esperando la muerte, pero esta no llegó. El dolor era insoportable pero aun mas lo era el dolor que sentía en su interior. Le habían condenado a vivir, a vivir con su vergüenza, con ese nombre de asesino clavado en su alma.
Al tercer día unos niños le encontraron y le echaron de allí a pedradas. Y así empezó su vagabundeo. No quería volver con los suyos, sentía demasiada vergüenza, además durante esos días había recordado las palabras de profetizara el adivino. Tenía miedo de que eso también sucediese, así que encaminó sus pasos hacia el norte y el oeste.
Estaba débil y enfermo, algunas de las heridas que le hizo el látigo se infectaron y la fiebre empezó a consumirle, además había poca comida, había llegado al mar de hierba y en ese lugar escaseaban las frutas de las que se había alimentado hasta entonces.
Unos mercaderes de esclavos le encontraron medio muerto al pie de un árbol. Pensaron que era un esclavo fugitivo y se lo llevaron con ellos hacia el norte. Le encontraron alto y fuerte así que le curaron las heridas, tenían la intención de venderle en alguna población de la costa de Umbar. Pero una tormenta de arena les desvió muy al norte, hacia la zona sur de Mordor y allí, Moradan pudo huir junto con varios de los esclavos.
Pero no duro mucho su buena suerte, llegaron demasiado al norte, pretendían entrar en Gondor pero un grupo de orcos les capturó y pasaron a ser esclavos del amo oscuro.
- allí fue donde yo le conocí – le interrumpió de pronto Ghash
- si, todos conocemos esta parte de su historia – contestó el capitán
- pobre hombre – murmuró el escriba – me pregunto si llegaría a perdonarse nunca el haber sucumbido al mal
- Creo que si – murmuró la mujer – hace unas semanas se sentó a mi lado, yo estaba enrollando unas vendas que había preparado para la enfermería y cantaba una canción, su canción, esa que me enseño el. Y de pronto me tomo la mano y me dijo – “¿Sabes? Casi tengo miedo de ser tan feliz como soy”
- Que lastima que le llegara la muerte ahora que había conseguido la felicidad – murmuro el chico pensativo.
- El estaba preparado para su llegada – dijo el capitán – sabia que no le quedaban muchos años y decidió pasarlos aquí junto a nosotros.
Joram el escriba se levantó de pronto, en su cara había una firme resolución.
- No voy a dejar que te vayas con ese nombre terrible – dijo – voy a ponerte un nombre, el ultimo, desde hoy serás “hermano de todos” y si algún día puedo saber como se dice esto en tu lengua, juro que haré llegar ese nombre a tu tierra para que todos sepan de ti y tu recuerdo no se borre nunca.
- Así sea – contestó el capitán y alzando su vaso derramó el vino en el fuego en honor al hermano caído.
El fuego crepitó un instante y pareció apagarse, pero de pronto las llamas se elevaron límpidas hacia el cielo iluminando los rostros de todos los presentes. Ninguno de ellos dijo nada, se limitaron a estar allí mientras allá a lo lejos, en el este, empezaba a encenderse el día.
FIN
 
aerien
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 08-01-2005 Hora: 16:27
Estoy de acuerdo con Laeron, sin embargo discrepo en cuanto a Ghash, ya que aquí ella solo es un personaje secundario, como el capitán, el cocinero o Aranor. Ella tuvo su momento, y luego todos lo han tenido. Este relato consigue que todos los personajes se den a conocer, pero definiéndose desde Moradan. Ghash esuna más, y en este caso la conocemos en cuanto a su relación con Moradan y tal y como era en ese momento.
Ni siquiera me gusta que la crítica gire en torno a ella, cuando hemos podido disfrutar de un fabuloso personaje que, tal y como hizo en su vida, nos ha hecho apreciar lo mejor de los otros personajes. Esta historia nunca podría ser narrada por Moradan, como tampoco podría ser escrita por alguien que no fuera Aerien. Me he emocionado mucho, toda una obra maestra, que además ha guardado el mejor capítulo para el final.

Fecha: 05-01-2005 Hora: 16:46
Pues quedó fantástico como siempre. Me gusta como van sucediendose los personajes en la consecución de la historia, todos aportan un granito de arena y todo acaba enlazándose perfectamente en un contexto muy natural y sin ninguna frase forzada que encauce el tema. Con el caracter de Ghash me quedo un poco descolocado y con ganas de haber recibido mas líneas. A pesar de que seguramente ya no era un orco su caracter sigue siendo un poco hosco y extraño, y quizás podrías haber ahondado un poco en eso, ese es el unico pero que puedo poner. Pero vamos, en líneas generales un Sobresaliente a mi parecer. Brindo por ti.

Fecha: 04-01-2005 Hora: 19:57
Bueno, al final lo hice.
Despues de muchos meses de dudar si lo escribiria al final me puse manos a la obra.
¡Ya me direis que tal quedó!