Ir a Posada de Mantecona
 


“Formen”, huyendo del futuro
Por Ithilien
 
Tan rápido como le era posible, empacaba sus objetos más preciados en una alforja. Las ropas, sin doblar ni nada, eran lanzadas y mezclados con los bultos de comida. Allí dentro, vestidos, alimentos, y otros objetos de gran utilidad se revolvían sin ningún orden.

-¿Es necesario qué...?

-¡Menel!¡Ya te hemos dicho que sí!- gritó un hombre, empacando aún con más ligereza las cosas.

-Pe... pero papá...- la chica parecía asustada, y sus ojos aparentaban ser de cristal, mojados a pesar de que trataba de aguantar las lágrimas.

-¡Haz el favor de callarte!-chilló una mujer, muy parecida a la joven.-¡Tienes que irte!- De golpe, la chica dejó de embolsar sus cosas, y se quedó allí, inmóvil, con sus ojos oscuros fijos en la nada, mientras su cabello castaño caía pesadamente sobre sus hombros. Sus ojos se entreabrieron, dejando ir un susurro casi inaudible.

-Yo... no quiero irme.- De repente, un par de manos la zarandearon.- ¡Déjame!- vociferó la joven, mientras las lágrimas bajaban por sus mejillas.

-¡¿Es que no lo entiendes?!- la mujer, desesperada, agarraba a su hija fuertemente. En su mirada se veía terror y desolación.-¡No queremos dejarte ir, pero aquí morirás! – Menel no dijo nada. Apenas podía contener el temblor de su cuerpo, y rezaba para que todo aquello no estuviera sucediendo de verdad. No era una cría, y podría vivir sola, sin sus padres, pero eso era muy diferente a tener que abandonar enteramente su vida.-¡Lo mejor es que te vayas!

-Os podríais venir...- intentó decir la chica, pero sus palabras no fueron escuchadas.

-Tu madre y yo siempre te hemos dicho que tus sueños premonitorios eran buenos... que eran un don que debías utilizar con buen juicio, y siempre en beneficio de otros, y estamos orgullosos de que así lo hayas hecho, pero ahora las cosas han cambiado.- Intentando no mostrarse asustado, el hombre apoyó su mano sobre el frágil hombro de su hija, queriendo transmitir seguridad, aunque no lo conseguía ni de lejos.- Pero ahora todo ha cambiado. El antiguo rey ha muerto, y a nuestro nuevo monarca no le gusta la brujería. Te persigue, Menel, y si te atrapan...- apretó los labios fuertemente, no queriendo pronunciar palabras funestas-... quién sabe que te podrían hacer.

-Pero nosotros debemos quedarnos.- continuó la mujer, muy condolida, con el rostro sumido en la tristeza- Debemos protegerte desde aquí. Mentir sobre tu paradero, o decir que has muerto, o cualquier otra cosa.- Dicho esto, el hombre le entregó a la joven su equipaje, y la acompañó hasta el umbral de la puerta, dónde desde allí, se veía el oscuro cielo estrellado. Un dulce aroma flotaba en el ambiente, junto un lejano olor a cenizas.

-Ves siempre hacia al norte, e intenta no perderte. Evita los atajos, a no ser que te persigan. Entonces, intérnate en el bosque, pero no mucho, y busca un escondrijo. Intenta mantenerte siempre cerca de caminos, y lo más importante.- La voz de el hombre se agravó, pronunciando lentamente cada palabra- No confíes en nadie. En estos tiempos, solo puedes fiarte de ti misma.- Ella asintió con la cabeza, asustada, sin estar preparada aún para enfrentarse a todo aquello sola.

-Nunca olvides tu nombre.- añadió la madre, besándola en la frente.- Pues es lo único que sabes que es tuyo, lo único que te llevas de aquí, y que aún es posible que conserves cuando acabe todo esto.- Luego, le lanzó una amorosa mirada, e intentó sonreír.-¿Estarás bien?- Gimoteando, asintió con la cabeza, aunque no parecía muy convencida de sus propias palabras.

-Rápido- apremió el padre, fijando su vista en el horizonte.- Veo antorchas, y oigo el galope de unos caballos. Vienen a por ti...¡Huye! ¡Siempre hacia el norte!- Un último consejo. Ni siquiera pudo decir “Adiós”, ni pudo permitirse el lujo de una despedida formal. Echó a correr, velozmente, ocultándose entre las sombras y la hierba, huyendo hacia el norte, como había dicho su padre, en dirección al bosque. Y de su ojos brotaban lágrimas, que ya nunca más volverían a ver ese pueblo, ni ese cielo.
* * * * * * * * * * *
Ya hacía más de un año que huía sin cesar, y durante todo ese tiempo no había permanecido en ningún lugar más de dos semanas seguidas. Comenzaba a replantearse el acomodarse en algún lugar. Conseguir una casa, tener otra vez un hogar. En esos momentos, nada le parecía mejor que eso. Constantemente, se preguntaba por el estado en el que se encontrarían sus padres, y ante el temor de que hubiesen muerto, en ocasiones optaba por no pensar en eso. Había seguido una por una las instrucciones de su padre, pero ahora que ya se encontraba en un lugar tan lejano y recóndito, creía que ya era hora de volver a conseguir alguna amistad. Había vivido demasiado tiempo en soledad, y se sentía ya cansada y sin ganas de nada. Pero cuando sus ojos se posaron sobre esos verdes parajes, sintió en su interior algo que la llamaba. Deseaba permanecer allí para siempre, y si nadie se le oponía, así lo iba ha hacer.
Se informó entre los habitantes, todos ellos hobbits, que se mostraban extrañamente alarmados ante su presencia, y la llamaban, a su pesar,“Gente Grande”, aunque era cierto que era mucho más alta que ellos. Intentó entablar amistad con algunos de los ciudadanos de lo que recientemente había descubierto que se llamaba Hobbiton (en La Comarca, si no erraba), pero todos ellos se comportaron de modo áspero con ella. A pesar de todo, Menel no se rendía. Después de muchos intentos, logró conseguir una pequeña casa, algo apartada de el resto, y acomodarla a sus necesidades.

-Esto está mucho mejor.- dijo, sonriendo, mientras se apartaba el flequillo de frente la cara, mirando las nueva fachada de su casa, recientemente pintada. El tejado era rojo, y las paredes de un blanco inmaculado. En el pequeño jardín había plantado azucenas, rosas, tulipanes, y unas exóticas flores nocturnas.-Parece una casa de un cuento- añadió, en un tono algo irónico, pensando si alguna vez, de pequeña, se le había ocurrido la opción de acabar viviendo en Hobbiton, en una casa como aquella. Desde luego, sus sueños no se habían cumplido. No había tenido tiempo, pues siempre había estado huyendo de todo. Entonces, de repente, sintió esa extraña opresión que le indicaba cuándo alguien la observaba fijamente. Se giró y vio, allí, justo en la puerta del jardincito, al lado de la valla, un pequeño hobbit, de cabello oscuro, rizado, y unos ojos azules, llamativos. Estaba notablemente sonrojado, y intentaba evitar la mirada de la joven sobre él, muy avergonzado.

-Buenos días. Soy Frodo Bolsón...- añadió el hobbit, titubeando e intentado aguantar sus ojos fijos en los de ella. Tímidamente, añadió.- Bienvenida a La Comarca.



 
Ithilien
 
 
 

452 personas han leído este relato.

Haz click sobre las esquinas abiertas para avanzar o retroceder de capítulo

  

Comentarios al relato:
Fecha: 11-03-2005 Hora: 17:32
me guuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuusta!!!!!!!!!!!!!!!!

Fecha: 16-01-2005 Hora: 00:16
Si, me gusta, sin embargo pienso que se le podría haber sacado algo más de partido. Tus relatos son correctos, entretenidos... pero me dejan con el regustillo de como si pudieras dar más de ti.

Fecha: 15-01-2005 Hora: 23:26
Tiene buena pinta el relato. Al principio consigues crear bastante tensión y dramatismo. El lenguaje está muy correcto, no tan rígido como en el otro relato.