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CMVII: La Derrota de los Dioses
Por Baranduin
 

Fue el viento quien nos trajo la noticia de la derrota. Fue el viento quien, cargado del tronar de los carros, con el perfume negro de la pólvora, con el sabor entre salado y amargo de la sangre en el campo de batalla, nos hizo saber la dura, fría, cortante verdad.

Habían perdido. Aún no se veían las tropas enemigas desde lo alto del Monte de los Templos, pero el aire cargado de miseria anunciaba el fatídico resultado. La ciudad estaba sin defensas. Todos los hombres en edad de luchar habían partido hacía ya tres años hacia el campo de batalla. El campo de la muerte. Sólo quedábamos las mujeres, los ancianos, y los niños. Apenas un puñado de mozalbetes imberbes armados con palos y piedras. Una guarnición de mujeres armadas con sus utensilios caseros. Un atajo de inválidos, entre cojos y temblones, armados con sus báculos; el resto, todos, habían partido en busca de la esperada en vano victoria.

Todo empezó con la caída de la Ciudad de los Puertos, muy al Oeste de nuestra villa. Lejanas sonaron las noticias, y poca importancia tuvieron hasta que emisarios del Rey empezaron a recorrer los caminos, ciudades y pueblos reclutando a todo aquel que tuviese las más mínimas condiciones para luchar. Habían atacado sin motivo, por sorpresa y a traición, en un intento imperialista y expansionista de demostrar que eran los más fuertes, los mejores, los Avallôi. Era una campaña de castigo por no pagar los impuestos que nuestra estéril tierra era incapaz de producir. Era el menosprecio por las creencias, costumbres y tradiciones de nuestro pueblo. Allá en la Ciudad de los Puertos colocaron a alguien que ni siquiera conocía nuestra lengua. Si todo hubiese acabado allí... pero no, querían más. Y desde la costa empezaron a conquistar palmo a palmo nuestra nación y nuestro pueblo, con la intención de erradicar posibles rivales, echando sal en nuestros cultivos y regando el desierto con sangre.
No era permisible, y con gran voluntad y mucho miedo salió el ejército hacia el norte, contra los dorados soldados que aparecen ahora a lo lejos. Y perdieron, como dijo el viento...


Todos nos encaminamos hacia nuestra acrópolis. Cada uno entra en el templo al que pertenece, a pedir al dios al que fue encomiado por su vida y la de los suyos. Yo, como sacerdotisa de N·Dêrsa, subo al altar. Ella ya me lo había advertido. Sabía perfectamente lo que había que hacer.


Cogí tres cuchillos. Se los di a las tres personas que tenía más cerca. Justo ahí, en el lado izquierdo, para que la muerte sea rápida e indolora. Empezamos a cantar una letanía, un himno a nuestra diosa, mientras la gente escapaba del asesinato. Ladran los perros. El arbolado templo del Irminphânes ha caído. A través de los huecos en las paredes se les ve subir por el Camino. Este será el último templo en caer. Me lo dijo Ella, aunque no hacía falta. Es el más retirado.
Se oyen gritos en los templos de Ullwoz, Æraumer, y Oshau. Están degollando a la gente. Aquí no matarán a nadie. Es lo que Ella me dijo. No era posible consentir tal sacrilegio. El templo de M·bælkhaur, a lo lejos, está ardiendo. Los caballos del templo de Nækhar corren despavoridos.


No quedaba mucho tiempo. El fuego ya había devorado los templos de Tulhellôrus, Tulkastar, Oulez y Mânwenur, y se extendía rápidamente como una tormenta de arena. El cielo se obscureció con una gran nube negra, mientras se les oía gritar en su pérfida lengua. “Eriol Eru”, decían mientras desvalijaban los templos antes de quemarlos. La letanía se iba apagando, al ritmo que las almas de nuestro pueblo se hundían en la tierra. Algún día darían fruto, y se convertirían en los árboles y las bestias que vengarían nuestra muerte.


Quedábamos dos sacerdotisas y yo. No hicieron falta palabras, ni pensamientos. Ella nos guiaba. Vertimos los óleos por el suelo, y recuperamos los cuchillos. Forzaron la entrada, y empezaron a recorrer los pasillos.

Una antorcha bastó para hacer arder el templo. Y una gran deflagración al llegar las llamas a la piscina de óleos. Así pereció nuestro pueblo. Y el viento, siempre mensajero, llevará el nombre de nuestro enemigo y el de nuestros dioses: Gondor.
 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 19-02-2005 Hora: 16:28
Yo quiero (como suelo hacer con los relatos de baran, ante los que poco puedo aportar) centrarme en un aspecto concreto que me llamó la atención: los continuos cambios de tiempos verbales. Son una muestra de que, con intención, todo puede valer en un relato, solo hay que saber usarlo a nuestro favor.

Fecha: 06-02-2005 Hora: 22:27
Que decir, maese Baranduin. Un lenguaje fluido con una prosa exquisita, como siempre, y ese "toque" que caracteriza sus relatos, que los dota de una gran profundidad. Además, el que pueda interpretarse de formas distintas lo hace aún más admirable. Esperaré impaciente el siguiente

PD: A que parece serio?

Fecha: 05-02-2005 Hora: 12:43
Muy bueno Baranduin. El lenguaje es muy fluido y el relato se hace se hace muy entretenido. Támbién me gusta las expresiones poéticas y las metáforas de tu lenguaje, son bellísimas. Es bueno siempre recordar "la otra cara" del imperialismo de Gondor.