Ir a Posada de Mantecona
 


Ghâsh
Capítulo 16
Capitulo XIV
Por aerien
 
La fiesta terminó de madrugada, el sol empezaba a despuntar por encima de las colinas cuando Thalem nos levaba a casa con el carro.
Por el camino recogimos a los de la posada que volvían a su casa y el señor Mantecona me dijo que no me iba a necesitar hasta la hora de la comida. Que no creía que apareciese nadie por allí pidiendo el desayuno.
Por lo que se ve se lo pasaron muy bien, porque no hacia mas que repetir que hacia siglos que no iba a una juerga en la que no tuviese que servir la bebida.
En las puertas de Bree nos despedimos de tío Rocco y de su familia y también de Tom que iba con ellos.
Yo estaba muerto de cansancio y me metí en la cama en cuanto llegamos a casa, pero ella aun estuvo un ratito despierta trasteando. Justo cuando iba a dormirme apareció por la puerta, comprobó si yo había colgado mi ropa, me dejo un vaso de agua en la mesilla y cerró los postigos para que no entrase la luz de la mañana.
Antes de irse se acercó y me besó en la frente como hace mama, yo estaba medio dormido así que le dije: - ¡buenas noches mama! – casi sin darme cuenta.
Ella se rió suavemente y me contestó: - buenas noches Bob, que descanses.
Cuando desperté al cabo de unas horas, ella ya corría por la casa. Me dijo que las personas mayores no necesitan dormir tanto. Me preparó algo de comer y salí rápido hacia la posada.
El señor Mantecona me recibió con unas grandes ojeras. Se ve que su predicción de que no tendría que servir desayunos no fue cierta, ya que algunos parroquianos pasaron por la posada y se zamparon el desayuno antes de meterse en la cama.
Ese día fue flojo, por lo que a las cuatro el posadero me dio un par de horas libres.
Me fui rapidito a casa, quería ayudar a preparar las cosas para nuestro viaje.
En la puerta me encontré con Absadh y los dos pequeños, habían venido con el carro a buscar el baúl y un montón de cestos llenos con tarritos y otros potingues de los que fabrica Ghash.
Me sorprendió la diligencia con que trabajaban los dos pilluelos hasta que entré en la sala. Una bandeja repleta de pastelitos de fresa parecían decir cómeme. Cuando pasó junto a mi Ghash me guiñó un ojo y me susurró.: - ¿ves cuanta magia puede haber en una bandeja de pastelitos? – yo me eché a reír mientras los chiquillos cargaban entre los dos el último cesto y corrían a la pila a lavarse las manos.
Los pasteles eran deliciosos, y la bandeja quedó vacía en un santiamén. Sorbí mi te disfrutando del momento mientras una dulce modorra se iba apoderando de mi.
Pero mis intenciones de echar un sueñecito no coincidían con las de los muchachos. Los mayores se pusieron a hablar de comercio, dinero, trueques y otras cosas “de adultos” y los chicos me arrastraron al jardín. Por lo que se ve Ghash les había dado un cesto y les había pedido que recogieran todas las cerezas maduras que pudieran del árbol. Evidentemente, dada mi altura, supusieron que a mi también me tocaba tal menester, en vez de discutir “cosas importantes” con los adultos.
El cerezo estaba cargado de frutas y en poco rato tuvimos llenos los dos cestos, así que nos sentamos a los pies del árbol, y me estuvieron acribillando a preguntas sobre los hobbits y la comarca. Parecían conocer muy bien la historia del anillo y también, cosa que me sorprendió, conocían el papel que tuvieron los cuatro hobbits. Se referían a ellos como a grandes héroes.
Me sorprendió esta veneración, viniendo de gentes de tan lejanos lugares. Cuando pregunté me dijeron que ellos conocían la historia por Ghash y que era una historia que les apasionaba.
También me contaron que habían conocido un lugar precioso donde había una ciudad de enanos, un reino en unas cavernas a las que fueron invitados ya que acompañaban al jefe de la caravana.
Los dos chicos me contaron que hacia dos años que no veían a su padre, que había venido a Bree con una caravana y que se había quedado a ayudar en la tienda a su tío, un comerciante muy viejecito que se había establecido hacia veinte años en Bree y que en aquel momento estaba muy enfermo.
El pobre hombre murió y entonces el había hecho venir a su familia para quedarse en el pueblo.
Ghash y Absadh nos encontraron allí, charlando animadamente. Los chicos le mostraron los cestos y ella asintió sonriente. Sacó un par de monedas de su bolsillo y se las entregó. Ellos saludaron con reverencia y se pusieron seguidamente a saltar de alborozo.
Volví con ellos a la posada con el carro. Absadh me miraba de reojo mientras yo sostenía en mi regazo uno de los dos cestos llenos de cerezas., regalo de Ghash para ellos.
Cuando llegué a la posada me esperaba una invasión, en cosa de dos horas habían llegado varios grupos del exterior, un grupo de soldados que había venido a hacer el relevo de los que vigilaban las fronteras de La Comarca y los caminos que llevan a la capital. Estos se habían reunido para festejar Lithe fuera de los limites cuartelarios, donde no podían expansionarse a gusto.
También llegó un grupo de Norteños, que se dirigían a la capital y otro grupo que iba hacia Gondor.
La sala común estaba llena de gente y continuó así durante los cuatro días siguientes. Ya no había ninguna posibilidad de escaparme un ratito, al revés. El señor Mantecona me pidió que me quedara mas tiempo de lo que me quedo normalmente.
Eso si, no me perdí nada de la fiesta, porque en cuanto empezaba la música en la plaza la posada se vaciaba de parroquianos.
El señor Mantecona instaló unas mesas en el exterior, como hace todos los años y estuvo sirviendo cervezas hasta altas horas de la madrugada.
Por eso la mayor parte de la organización de nuestro viaje tuvo que quedar en manos de Ghash dadas las pocas horas que me quedaron a mi. Eso también ha repercutido en mis ratos de escritura, que han sido totalmente nulos durante una semana.
Aunque no hay mucha cosa que contar, las conversaciones con Ghash se han limitado a cosas de nuestro viaje y tan solo ayer una vez terminada la fiesta y vuelta la normalidad pudimos sentarnos y charlar.
Le recordé que había dejado sin concluir su historia del nazgul pero me dijo que ya me la contaría en otra ocasión, en cambio me estuvo contando…

UN PAR DE CONSPIRADORES

- Aquí se acaba este libro señorita- dijo Bob- pero es raro, parece como si hubiese querido continuar y no hubiese podido. Fíjese, hay unas cuantas hojas en blanco.
- Si probablemente pensó que ya las escribiría y al final no lo hizo.
- Pero en cambio la tercera libreta está llena, llenísima, puede que en ella esté la explicación a esas paginas en blanco.- dijo Bob
- De acuerdo, sácala de la caja – replicó la muchacha – pero no creo que tengamos tiempo de leerla, el carro debe estar a punto de llegar.
- Si, tiene usted razón señorita – contestó el hobbit – Mire, el carro ya llega.
Los dos muchachos se apresuraron a guardar la libreta en la caja y se dispusieron a cargar el carro con todas las cajas, y una vez llegados al edificio de la nueva posada les quedó la ardua tarea de bajar y reubicar todo lo que habían traído. Llevaban más de la mitad del gran montón de enseres colocados cuando apareció la abuela de Ilda por la puerta de la cocina.
- ¿Es que no pensáis parar a comer algo? – preguntó – la sopa y las setas se están enfriando.
En cuanto Bob oyó la palabra “setas” soltó rápidamente la caja de vino que estaba cargando y las botellas tintinearon.
- ¡Ve con más cuidado, Bob! – gruñó Ilda – estas botellas han pasado generaciones en el sótano del Poney Pisador. No me gustaría que acabasen mojando el suelo del Nuevo Poney.
Bob enrojeció y se disculpó:
- ¡Es que tengo un hambre! – dijo con una mueca – y la señora ha dicho que hay setas…
- Exacto – contestó la abuela Flora – y van a estar frías si no espabiláis.
Los dos jóvenes entraron en la enorme y nueva cocina y se dirigieron a la pila para lavarse.
- Bob – dijo Ilda en voz baja – ¿Le hablamos a la abuela de los libros?
- Bueno – contestó ese, de la misma forma – los libros hablan del pasado. Puede que ella haya oído hablar de alguien de los que salen en ellos.
Una vez sentados a la mesa se pusieron a devorar la comida. No se habían dado cuenta de cuan hambrientos estaban. Recolocar toda la bodega de la posada era una dura faena.
Con los platos vacíos la abuela sacó del horno el postre: Unas copas llenas de fresas, que nadaban en una base de natillas y coronadas por un copete de merengue doradito.
- ¡Oh que cosa mas genial! – exclamó Bob – ¿Es un nuevo postre señorita?
- Es un plato que se le ocurrió a Raoul – dijo ella – la abuela lo preparó para darle una sorpresa cuando llegue esta tarde.
- Si - contestó ésta – pero necesito un par de catadores que lo prueben antes.
- Está delicioso! Las fresas están maceradas con limón y cristal dulce, ¿verdad? – preguntó Bob
- Que va! Las fresas tienen vino dulce – contestó Ilda.
- Los dos tenéis razón- expuso la abuela – la copa de Bob tiene limón y cristal dulce y la tuya Ilda lleva vino dulce. Se me ocurrió que debía hacer una variante sin alcohol para los jovencitos.
- A ver, ¡déjame probar! – pidió Ilda, cucharilla en ristre. Mientras tomaba una cucharada de la copa del hobbit.
- ¡Delicioso! – exclamó – Toma Bob, prueba tu también de la mía.
- ¿De donde sacará Raoul la inventiva para la cocina? – se pregunto ella – su familia tiene una posada, pero no han sido nunca cocineros. Creo que en el fondo entienden mas de cuidar caballos que de alimentar personas.
- ¡Vete a saber! – contestó la abuela – En esta casa no ha habido un Mantecona cocinero en toda nuestra historia. Siempre ha sido la señora de la casa la que ha estado en los fogones. Por lo visto esta vez va a ser al revés.
- Hablando de cosas de antes abuela, hay algo que Bob y yo queríamos mostrarte – dijo Ilda con voz melosa – ¡Espera, voy a buscarlo!
La joven salió rápidamente de la cocina. - ¡Bob, ven a ayudarme! – Gritó – ¡la caja pesa demasiado!
Los dos trasladaron la pesada caja metálica a la cocina y mostraron a la abuela lo que había en ella. La muchacha le contó sucintamente a su abuela lo que contenían las libretas.
- Abuela, hablan del pasado. De hace muchos años. Bob y yo nos preguntábamos si podrían ser historias reales o cuentos inventados.
La abuela abrió parsimoniosamente una de las libretas.
- Bob Sotomonte – murmuró – mi padre decía que Bob desapareció un día y que no se supo mas de el. También decía que la culpa la tenia esa vieja bruja sureña que le había hechizado con sus historias de lugares lejanos.
- Ghash – susurró Bob – entonces yo tenia razón y existió de verdad.
- ¡Oh si! ¡Existió de verdad! – contestó la abuela – dicen que ella se lo llevó a un viaje a la capital y que el volvió solo y al cabo de unos pocos días desapareció y nadie mas le volvió a ver.
- ¿Y tu le conociste abuela? – preguntó Ilda
- ¿Cuantos años crees que tengo? – pregunto ésta socarrona – ya se que soy un vejestorio ¡pero eso sucedió hace muchísimo tiempo!
Bob soltó la carcajada ante la cara estupefacta que puso la joven humana. No era difícil de dar-se cuenta que habían pasado varias generaciones desde aquel lejano año 99 de la cuarta edad.
La abuela se caló los pequeños lentes de lectura y siguió hojeando la libreta. Un nombre le llamó la atención: - Alcarim - murmuró – el comerciante de especias se llama así.
- ¡Ay si abuela! sale un comerciante de especias, tiene un hijo que se llama así. Yo creo que el actual podría ser uno de sus descendientes porque vive en el mismo sitio – exclamó Ilda.
- Se me ocurre que el comerciante de especias podría deciros algo sobre ello – dijo la abuela – y así además aprovecháis y me traéis canela que tengo que preparar las natillas para el postre de esta noche.
El comerciante de especias resultó ser un tipo enigmático que no soltó prenda. Miraba alternativamente a los dos. Sus lacónicas respuestas excitaban aun más la curiosidad de Ilda y del joven Bob. Y ante las insistentes preguntas de los dos jóvenes acabó aceptando que su tío abuelo se llamaba Alcarim como el, pero nada mas.
- Ese hombre esconde algo – murmuró la muchacha, aprovechando que el comerciante había ido a buscar las especias al fondo de la tienda – seguro que sabe bastante mas de eso de lo que nos ha contado.
- Sin dudarlo, señorita – contestó el hobbit – pero será difícil hacerle hablar.
En la puerta de la trastienda un muchacho los observaba. Bob se fijó en el. Tenía un pelo negro muy ensortijado y llevaba un pañuelo atado al cuello
- mire señorita, ese chico, lleva un pañuelo azul al cuello. ¿Será un aprendiz? – murmuró Bob.
La pregunta del hobbit no pasó inadvertida. El hombre frunció el ceño mientras llenaba un cucurucho de papel con los aromáticos palos de canela.

- Desean ustedes algo mas?- preguntó el comerciante
Los dos muchachos pagaron las especias y se fueron, era evidente que no iban a sacar nada más de aquel comerciante tan poco hablador.
- ¡Vaya! Pues de poco nos ha servido interrogarle! ¡Por lo que se ve los sureños siguen guardando celosamente sus secretos! – dijo Bob
- Si y creo que nosotros le estábamos preguntando algo que no deseaba contarnos. – contestó Ilda.
Mientras decía esas palabras la muchacha se había sentado en uno de los bancos de la plaza, y se mesaba el cabello, deshaciéndose todo el peinado, una de sus costumbres cuando estaba nerviosa o asustada.
Mientras eso ocurría el comerciante les miraba desde la puerta, como si quisiese saber adonde iban.
- Llama al mozo – dijo el hombre a su hijo – lo necesito inmediatamente ¡y tú quédate dentro! ¿me oyes?
El muchacho obedeció pero se quedo escuchando en la puerta. Aquello le pareció algo interesante. Esos dos sabían algo de esa especie de secreto que se traían los mayores, esas cosas que se hablaban en voz baja y que nunca se decían a los que no eran de la tribu.
- averiguare quienes son y como es que saben tanto – ordeno el comerciante y luego bajó mas la voz, como si temiese ser escuchado cosa que hizo que el chico no pudiera oír nada de lo que decían.
En cuanto el mozo salió, el chico aprovecho para escaparse de la vigilancia de su padre y salir de la tienda. Corrió como alma que lleva el diablo a buscar a su amigo Haled y le contó sucintamente lo que había ocurrido.
- Sigámosles a ver que hacen – propuso Haled – ¿donde están ahora?
- Estaban en la plaza cuando me vine hacia aquí – contesto el hijo del comerciante
Los dos muchachos volvieron apresuradamente a la plaza, justo a tiempo de ver al hobbit y la mujer que salían por una calle hacia la posada.
Les siguieron procurando no ser vistos ni por ellos ni por el mozo que les seguía discretamente y se colaron por el jardín en el interior de la posada para espiarles. Ilda y Bob entraron en la cocina y se sentaron frente a la caja.
- no sacaremos nada mas de ese hombre – dijo ella.- tenemos que buscar por otro lado.
- Si, es evidente – contestó el hobbit
- Pues no se que es lo que podríamos hacer – respondió Ilda sin ánimos
- Yo si se una cosa que podemos hacer – contestó Bob – continuar leyendo.
El hobbit sacó la tercera libreta de la caja, pero la muchacha lo interrumpió.
- me temo que ahora tenemos que terminar de acomodar las cajas en la bodega Bob. ¿No querrás que llegue Raoul i las encuentre ahí en medio, no?
El hobbit puso cara de resignación, cerro la caja y se dispuso a salir de la habitación detrás de Ilda.
- tu crees que lo habrán sacado de esos libros?- Pregunto uno de los pequeños espías al otro
- no se, ¿entramos a ver? – le contesto su amigo.
Y los dos muchachos se metieron en la cocina por la puerta del jardín. Estaban abriendo la caja y husmeando en su interior. Habían encontrado la libreta que ponía Abshad y Alcarim comerciantes del sur y también la bolsa donde estaban las libretas de Ghash.
- Ghash – murmuró el hijo del comerciante – es verdad lo sacaron de aquí
Su compañero asintió con la cabeza. Abrió la primera de las libretas y escrutó su contenido.
- es indudable, habla de la señora – dijo
- pues en esta sale tu nombre, y también el de mi padre – respondió el otro emocionado.
La sorpresa les había hecho olvidar que estaban fisgando en algo que no les pertenecía. El deseo de leer aquellas libretas fue demasiado fuerte y los dos se sentaron cabeza con cabeza para leer.

- ¿Que estáis haciendo vosotros aquí? – les preguntó alguien a sus espaldas.
Los muchachos se giraron asustados. El que les preguntaba no era otro que Bob, que había entrado a buscar una escoba para barrer el vestíbulo.
Los chicos pensaron en huir pero apareció Ilda por la puerta reclamando la escoba y al hobbit.
Cuando vio a los dos chicos se le enrojeció la cara. Sobretodo porque uno de ellos tenia la bolsa en la mano.
-¡Vaya! Un par de ladronzuelos supongo – dijo con una voz muy seria – ¿que se supone que estáis haciendo en mi cocina? ¿Alguien os invito?
- Yo… es que verá señorita… es que oí que hablaban en la tienda y… - contestó el muchacho moreno con la cara tan roja que parecía que iba a estallar.
- Y decidiste venir a curiosear a mi casa – contesto ella – ¡muy bonito! ¿tú crees que meterse en las casas de los otros sin ser invitado es algo de lo que puedas enorgullecerte? ¿Que opinarían en vuestra casa si les digo que os pille robando en la posada?
El muchacho se encogió de miedo y retrocedió un paso hasta chocar con la mesa. El otro, que había permanecido callado se adelanto y tendió las manos con aire suplicante.
- ¡por favor señorita! No le digáis nada a nuestros padres. Nosotros no vinimos a robar. Mi amigo Shaurlem y yo solo queríamos saber…- dijo, mientras enrojecía hasta la raíz de sus rojos cabellos.
- ¿Saber? ¿Que es lo que queríais saber? Habéis venido a fisgonear y estabais metiendo las narices en algo que no os concierne. Esto me pertenece, bueno nos pertenece a mi y a la señorita, nosotros lo encontramos – dijo Bob
Bob se estaba envalentonando viendo a los dos chicos asustados. Mientras Ilda parecía que iba a estallar de tan roja que tenia la cara y de tan furiosa que era su mirada.
Empezó a soltarles una parrafada enorme sobre el hecho de que estuviesen allí, les llamó maleantes, fisgones, ladrones y muchas mas cosas.
Los dos muchachos estaban muy asustados. La perspectiva de llegar a casa y tener que explicar a sus padres porque se habían colado allí y lo que estaban haciendo les parecía aterradora. Aunque más aterradora les empezaba a parecer la joven humana que desplegaba ante sus ojos una furia descomunal. Se encogieron en un rincón, esperando lo peor.
De pronto el chico pelirrojo pareció tomar una decisión, avanzó un paso y se quitó los zapatos, sacó una especie de pañuelo blanco de su bolsillo y fue a arrodillarse delante de Ilda i el hobbit, cubriendo su cabeza con el pañuelo.
Bob se quedó mirando al chico, sorprendido mientras Ilda continuaba con su perorata
- mire señorita – dijo Bob – esta pidiendo perdón
Ilda paró de rezongar y miro a Bob y luego al muchacho. Mientras el otro chico se quitaba a su vez las sandalias de los pies y se arrodillaba al lado de su amigo.
- están pidiendo perdón – volvió a repetir Bob
- Ya lo veo –dijo ella calmándose de pronto – y ahora ¿que se supone que debemos hacer con ese par de fisgones?
- Interrogarles – contestó el hobbit – puede que ellos sepan algo de lo que nosotros queríamos saber.
La joven se encaró entonces con los dos chicos que seguían en el suelo. El muchacho de pelo oscuro estaba rojo como un tomate y con la respiración agitada, el otro pálido parecía aguardar una sentencia de muerte.
- levantaos i – ordenó Ilda – y sentaos aquí que vais a tener que darme muchas explicaciones.
Los dos muchachos obedecieron temerosos, el tono de voz de la joven no admitía réplica.
Ilda y el hobbit se sentaron a su vez.
- veamos – dijo ella – en primer lugar ¿quienes sois?
- Yo soy Haled y el es mi amigo Shaurlem – contestó el muchacho pelirrojo – el es hijo del comerciante de especias y yo soy hijo del platero- explicó
- Y decidme, ¿porque os habéis colado aquí? ¿que es lo que buscabais en esa caja? – preguntó
El muchacho llamado Shaurlem pareció calmarse también, aunque conservó un aire compungido.
- Respuestas – contestó – ustedes querían saber cosas que nosotros también queremos saber
- habla de lo que ustedes preguntaron en la tienda de mi padre – dijo el otro chaval – ¿Es verdad que ustedes saben de todas esas cosas? ¿Como se han enterado? ¿Lo dicen estas libretas?
- ¡Vaya! Vamos en busca de respuestas y en vez de eso encontramos a un par de chicos preguntones – soltó de repente Ilda.
- No lo entiendo – dijo Bob de pronto – a menos de que os hayan mandado espiarnos. ¿Que tipo de respuestas podríais encontrar en nuestras cosas? Vosotros sois de la tribu, por lo tanto debéis saber lo que concierne a ella ¿no?
- ¡Que va! – contestó Haled – a los chicos solo se nos ordena no hablar de según que cosas a la gente que no es de la tribu, además de respetar las jerarquías y todo eso.
- Nosotros deseamos saber mas – continuó Shaurlem – pero a mi me faltan aun dos años para que me permitan…
El muchacho se interrumpió y Bob intentó ayudarle.
- entonces ese pañuelo azul – dijo – pensé que eras un aprendiz.
El muchacho inicio una explicación sobre cuanto deseaban el y su amigo ser aprendices y de pronto se paró, acababa de descubrir que esos dos sabían mucho de los aprendices y de las costumbres de su pueblo.
- ¿Eso lo sabes por estos libros? – preguntó abriendo los ojos como platos – ¡vaya! Entonces no me extraña que mi padre esté tan interesado en saber en que andáis– dijo.
El hobbit pegó un respingo al oír lo que decía el muchacho. Ilda exigió inmediatamente una explicación.
- Es que verán – empezó Haled – todas estas cosas son un secreto entre la gente de nuestra tribu, muy pocas personas las saben, y ustedes parecen saber mucho. El señor Alcarim quiso saber quienes eran ustedes y como las conocieron.
- Y os mandaron a vosotros – dijo Ilda cortante
- No, que va – contestó Shaurlem – mandaron al mozo, pero creo que mi padre no sabia quien era usted señorita y además para el todos los hobbits se parecen.
- Si encuentran estos libros no se que querrán hacer con ellos, pero seguro que querrán tenerlos ellos para que no se sepan muchas de las cosas que dicen.
Bob, pensó un momento en su tío Bob y en porque escribiría todas esas cosas si sabia que eran secretos de la tribu. De pronto se dijo que las libretas no eran relatos terminados sino apuntes, notas para un relato. – Seguro que no hubiese dejado leer a nadie estas notas – pensó- de seguro que habría omitido muchas cosas en el relato final.
Mientras Ilda a su vez pensaba en lo fácil que les había resultado a los dos chicos colarse en la posada y leer las libretas.- O llevárselas si ese fuera el caso – pensó
Un estremecimiento recorrió su espalda. Se sintió observada, desprotegida.
- por favor Bob – dijo – ayúdame a llevar esto arriba – dijo señalando la caja –aquí me siento como si alguien me pudiese estar observando continuamente.
El muchacho pelirrojo se levanto y tomó la caja por uno de los lados.
- si es mejor que vayamos todos arriba – dijo ella, aceptando la ayuda – creo que seria muy sospechoso si nos vieran ahora con todo ese papeleo y dos pequeños haradrims a nuestro lado.
- Creo que si señorita – contestó Haled – es demasiado fácil llegar a este lugar sin ser visto.
El grupo se dirigió hacia el piso de arriba Ilda y Haled cargaban la caja seguidos de Bob y en último lugar Shaurlem con los dos pares de sandalias en las manos.
En cuanto hubieron acomodado la caja en una de las salitas del piso superior Ilda hizo sentarse a todo el mundo.
- bien – dijo – la verdad es que vosotros habéis venido a saber cosas. Lo mismo que nosotros hemos hecho esta mañana en la tienda. Creo que vuestro método no era del todo correcto que digamos, pero una cosa si tengo clara. Vosotros habéis estado leyendo las libretas sin permiso, por lo tanto me parece justo que nos compenséis contando lo que vosotros sabíais de ese asunto antes de empezar a leerlas.
- Me parece una buena idea – dijo Bob – eso que nos cuenten que saben sobre ellos, sobre Ghash y mi tío Bob.
Los dos chicos se miraron el uno al otro, Shaurlem hizo un gesto de interrogación mudo y su compañero le contestó con uno de asentimiento.
- De acuerdo – contestó Haled – parece que ustedes conocen más que nosotros mismos sobre este asunto pero lo intentaremos.
- Mucho no sabemos – continuó – solo que hace muchísimo tiempo, existió una anciana. ¿Los ancianos son los consejeros de nuestra gente sabéis? – se interrumpió – pues hace muchísimo tiempo existió una mujer que vivió muchos años y que fue la anciana mas respetada por toda la tribu y también por las tribus cercanas.
- Esa debía ser Ghash – le interrumpió Bob
- Eso parece – contesto Ilda – pero continua chico, continua – dijo. invitando al muchacho a seguir.
- Si, esa mujer se hacia llamar Ghash, aunque no era ese su nombre, su nombre no debe ser pronunciado fuera de la tribu – explicó Shaurlem
- Eso lo sabemos por lo que dicen las libretas – dijo Bob
- Ah! ¡De acuerdo entonces! – continuó el muchacho – pues esa señora, era muy especial. Por lo que sé no había nacido en la tribu, tenía el pelo rojo… - el chico se interrumpió otra vez y dijo como hablando para si: - como Haled – como si lo hubiese descubierto en aquel momento.
Bob e Ilda se miraron, ellos si sabían que podía significar aquello. ¿Habrían encontrado uno de los descendientes de Ghash?
- ¿dije que era muy especial? – continuo Shaurlem – ¿si? Pero seguro que no dije porque. Ella tenia varias cosas que la hacían una persona muy importante. Primero era una anciana muy sabia, la mas importante entre todos los ancianos. Pero además parecía tener un extraño poder con las hierbas, sabia curar a la gente. Y para colmo vivió muchísimos años. Se dice que cuando cumplió 140 años vino a Bree en peregrinaje, en busca de algo que era muy importante para ella.
- Nosotros sabemos que era eso – volvió a interrumpir Bob
- ¿De verdad? – preguntó el chico – ¿así que sabéis que lo que andaba buscando era sus orígenes? Creo que de todos nosotros solo la familia de Haled sabe eso. Bueno y yo, me enteré sin querer – dijo sonrojándose – no creerán que ando escuchando las conversaciones de los demás.
- Habéis respondido de sobras a nuestras preguntas – dijo de pronto Ilda – nosotros nos preguntábamos si era de verdad real esa historia. Y ha resultado ser cierta, tu mismo puedes ver que tu amigo es pelirrojo. Ghash era pelirroja, por lo tanto podría ser que tú, Haled fueses uno de sus descendientes.
- Eso he pensado de pronto yo – dijo el muchacho
Haled se puso todo azorado, parecía que quería decir algo.
- es que si lo soy – dijo al fin – la señora fue mi antepasada y todos dicen que yo soy el primero en muchas generaciones de tener el pelo tan rojo como lo tuvo ella
Bob le miró interesado. Se sentía de pronto especial. Ahora sabían seguro que la historia no era una invención y además había alguien interesado en que nadie supiese de ella.
- Me pregunto si deberíamos poner esto en manos de tu padre Shaurlem - dijo de pronto Ilda
- ¡Por favor! ¡No lo haga señorita! – pidió Bob – en esos escritos esta la historia de mi tío abuelo Bob Sotomonte. Primero me gustaría poder saber yo que le sucedió.
- En algún momento tendremos que dar a conocer estos escritos – dijo Ilda – aunque creo que es importante que los lean antes la gente de su tribu. No vayamos a hacer publico un secreto muy importante.
- ¿Pero primero los leeremos nosotros no? - Pidió el hobbit
- señora – pidió Haled – por favor! si vais a mostrar estos escritos a alguien dádselos a mi tío, el es uno de los ancianos y no es tan conservador y extremista como el señor Alcarim
- De acuerdo, los leeremos primero. Pero ahora nosotros tenemos un montón de trabajo y por la noche llega Raoul – dijo la chica – creo que deberemos posponer la lectura hasta mañana.
- ¡Vaya! – replicó Bob un poco mosqueado – nos queda un libro por leer. ¿No podríamos …?
- No Bob no podemos – contestó ella – además aun tenemos que decidir que es lo que hacemos con estos dos pilluelos.
Los dos chicos, que durante un rato parecían haber olvidado que estaban en un lío palidecieron al oírla.
- creo que ya se lo que haremos con estos dos pequeños espías – dijo Bob – los mandaremos de regreso a casa…
Los dos chicos dejaron de golpe de respirar. Ilda miró interrogativamente al hobbit.
- si los mandaremos a su casa. Pero con una misión – expuso triunfante el hobbit – vamos a pedirles que nos informen de todo lo que averigüe el comerciante sobre nosotros.
En la habitación se oyó de pronto un soplido cuando los dos muchachos tomaron aire de golpe.
- No se que les parecerá la idea a ellos – dijo Ilda – a mi me parece una cochinada obligarles a ser nuestros informadores. Aunque se lo merezcan por haber hecho lo que han hecho.
- Bueno – contestó el hobbit – ofrezcámosles algo a cambio entonces. ¿Que le parece si les dejamos leer las libretas?
- No me parece una mala idea – contestó ella - es mejor que sean nuestros aliados que dos espías fisgones.
La reacción de los dos chicos no se hizo esperar. Shaurlem pegó un salto y soltó un par de exclamaciones de alegría en su lengua. Haled tomó la mano del hobbit y la acarició con los ojos brillantes
- gracias –balbuceó – no esperaba un ofrecimiento tan generoso. Estamos en deuda con ustedes. ordenad y nosotros lo haremos.
- Por ahora nada mas que tengáis los ojos muy abiertos y la boca cerrada – contestó Bob
- Así lo haremos- dijeron los dos pequeños conspiradores a la vez
- Bueno me voy abajo, que oigo llegar un caballo y ese podría ser Raoul – dijo Ilda – Bob, encárgate tu de poneros de acuerdo para que ellos puedan leer las libretas.
Bob asintió y sacó las tres libretas de la caja.
- Mirad, si tenéis tiempo podéis quedaros un rato leyendo y luego volvéis mañana por la mañana y continuáis. Bueno, eso si podéis, claro
- Es temprano – dijo el muchacho moreno – en casa no nos esperan hasta la hora de la cena. He dicho que me iba a pescar al arroyo con Haled y el ha hecho lo mismo.
- Bien, de acuerdo – contestó Bob – quedaos y leed, pero id con cuidado son unos objetos muy valiosos – avisó
Los muchachos se sentaron junto a la ventana y empezaron a leer ávidamente. En un momento habían leído cuatro o cinco páginas. Mientras Bob terminaba de recoger todo.
- Tenéis la segunda libreta encima de las otras, solo tenéis que abrir la caja y la veréis – dijo Bob – aunque no creo que hoy os de tiempo a leerla. Tendréis que venir mañana por la mañana .
- Si, tiene razón señor! –respondió el chico pelirrojo – por suerte mañana no hay escuela.
Bob dejo a los chicos y bajó al vestíbulo a terminar con su trabajo.
Anochecía cuando terminaron y volvieron a la sala donde habían dejado a los muchachos leyendo. Los encontraron terminando de devorar la primera libreta a la luz de un quinqué .
- señorita, señor… - dijo emocionado Haled – esta historia es fantástica! La señora fue un orco… casi no puedo creerlo!
- Eso nos ocurría también a nosotros – dijo Bob – por eso fuimos a la tienda a preguntar
- No me extraña! – dijo Shaurlem – si no supiese que ciertamente ella existió.
En ese momento la abuela de Ilda entró por la puerta con una sonrisa triunfante en la cara .
- está llegando un carro – acabo de ver como daba la vuelta al recodo.
- Ay! – chilló la muchacha – y yo con estas pintas! – y salio a toda prisa a arreglarse para Raoul
Ilda volvió al cabo de un momento con la desilusión pintada en el rostro.
- Raoul no llega hasta mañana por la tarde – dijo – se le ha roto el eje del carro y se lo tienen que arreglar. Me mandó recado con un viajero.
- Cuanto lo siento señorita – dijo Bob – pero solo serán unas cuantas horas más de espera. Un carro se arregla pronto y a él no le ha ocurrido nada malo.
Los dos muchachos se despidieron prometiendo volver a la mañana siguiente, pero no habían pasado ni dos horas desde aquel momento cuando Bob se los encontró en la entrada de la posada. Llegaban corriendo azorados, como si hubiese sucedido algo malo.
- señor, nos hemos escapado para venir a traeros la noticia – dijo Shaurlem - mi padre ya sabe quienes son ustedes y sospecha que tienen las libretas. Le he oído que hablaba con un carretero, se ve que esta mañana les ha hecho un transporte y les ha visto leerlas.
Bob les hizo pasar a toda prisa y puso en antecedentes a Ilda de lo que sucedía. La muchacha puso cara de susto cuando se enteró y ordeno al hobbit y los muchachos que trasladasen la caja a una habitación que servia de guardarropa y que no tenía ventanas y cerró la puerta con llave.
- espero que no se le ocurra a nadie venir esta noche a fisgar en la posada, porque se va a llevar una sorpresa – anunció Ilda triunfante – le he dicho a Rob Cerezo que he visto gente merodeando y se va a quedar de vigilancia. Con lo grandote y fuerte que es no va a poder entrar nadie.
- Señorita, nosotros nos volvemos a casa. Hoy dormimos los dos en casa de Haled porque los mayores tienen una cena de homenaje a "nosequien". – dijo Shaurlem – volveremos por la mañana.
Los dos muchachos salieron corriendo y se dirigieron a la casa de Haled, esta no era otra que la que antaño fuera la casa de Bill Helechal que había sido habitada por la familia desde hacia bastantes años.
- mira – dijo Shaurlem - así podremos leerlo en tu casa esta noche- y sacó de entre sus ropas una de las libretas.
- Estas loco? Si nos pillan con ella – contesto el otro chico
- No lo harán – contestó este a su vez – hoy no volverán hasta las tantas y entonces ya la habremos terminado y escondido
- Mañana vamos a tener que dar muchísimas explicaciones – dijo Haled – espero que la señorita y el señor Bob no se enojen mucho cuando se enteren.
- Eso si se enteran – murmuro por lo bajo el otro.
La noche pasó veloz, los dos chicos fueron leyendo capitulo a capitulo toda la historia. Haled se emocionó, lloró a ratos, esa historia era la de su antepasada, se sentía de algún modo protagonista de ella.
Por la mañana se dirigieron rápidamente a la posada, entraron de la misma forma que el día anterior, colándose por el jardín y aprovecharon para coger un par de manzanas del árbol.
-así si nos ven pensaran que vamos a hurtar fruta del jardín – dijo Shaurlem
Ilda y Bob les esperaban en la cocina desayunando, comentando que la noche había sido tranquila y que nadie había intentado entrar en la posada por ninguna de sus entradas.
Una vez en el piso de arriba, mientras Bob corría las cortinas para que entrase la luz e Ilda acercaba cuatro asientos a la ventana para que todos pudieran sentarse,
Shaurlem aprovecho para deslizar la libreta en el interior de la caja – ya esta! – Dijo – ves como no se enteraron?
- Bien, como lo hacemos?- pregunto Ilda – empezamos otra vez la segunda libreta para que ellos la lean?
- Lo siento, pero hemos de confesarles algo – dijo Haled en un murmullo – ya hemos leído la segunda libreta. Ayer nos la llevamos a casa.
- Y donde esta ahora - preguntó Bob asustado – ¿la habéis traído no?
- Esta en la caja– contesto el otro chico – no le ha ocurrido nada de nada. Nadie nos ha visto leerla y nadie la ha visto, lo puedo asegurar.
Ilda parecía mosqueada, miro a los dos chicos y frunció el ceño. Los dos muchachos estaban asustados, a Shaurlem le caían un par de lagrimones mejillas abajo y Haled se mordía el labio inferior pálido como un cadáver, todos temían la explosión de Ilda.
La muchacha continuó ceñuda un buen rato, mientras en el silencio de la habitación se oía el tictac del reloj de pared. De pronto pareció reaccionar, suspiró fuertemente y esbozó una sonrisa.
- Bien, si no le ha ocurrido nada dejémoslo – dijo
- si – contestó el hobbit aliviado – esto soluciona nuestro problema. así que ¿ porque no comenzamos a leer?
Y los cuatro conspiradores empezaron la lectura de la tercera libreta.
 
aerien
 
 
 

610 personas han leído este relato.

CAPITULO ANTERIOR
SIGUIENTE CAPITULO
Haz click sobre las esquinas abiertas para avanzar o retroceder de capítulo

  

Comentarios al relato:
Fecha: 02-08-2005 Hora: 15:50
Se espera mucho de esa tercera libreta. Este capítulo me ha resultado algo lento.

Fecha: 09-02-2005 Hora: 22:35
Muy bueno Aerien, como todos los anteriores. Este capítulo ha sido de los mas largos, jeje.... . Hay ganas de que llegue un poquito de acción, me ha dejado la miel en los labios de que pudieran haber robado en la Posada...