Ir a Posada de Mantecona
 


Fëanáro Ambarnáre
Capítulo 3
Una misiva indescifrable
Por Elloith
 
Fëanáro despertó de su plácido sueño. Las suaves sabanas de su cama desprendían un suave perfume a jazmín, tal y como le gustaba a su madre. La luz de Laurelin entraba sin ningún impedimento en su habitación, iluminando los muebles de madera oscura: su armario, la mesita… Un extraño silencio pesaba en el aire, el destino de los noldor empezaba a actuar. Pero el pequeño príncipe poco sabía de eso. Se levantó de su cama lentamente, como si aun siguiera en su sueño, y se vistió con su camisa favorita, de un azul muy intenso, y con los primeros pantalones negros que encontró. Una pregunta que rondaba su cabeza lo asaltó casi al instante. ¿Donde está mamá? se preguntó. Hacia dos días que no veía a su padre.


El pequeño elfo salió de su habitación meditabundo, cerró la puerta labrada, y echo a andar por el pasillo. Era el corredor de su casa que más le gustaba a su madre, porque la luz de los árboles lo iluminaba muy bien, y el aroma de las plantas y las flores se percibía claramente a través de las ventanas. Una brisa fría recorrió el pasillo, pero no fue eso lo que le hizo tiritar. Era otra cosa. Era como… un presentimiento. Pero no era un presentimiento bueno, como cuando su padre le levaba a pasear, o cuando su madre le daba un poco de tarta… era como si hubiera perdido algo. Se convenció de que serian imaginaciones suyas, y llegó a la cocina. En ella, solo un pequeño elfo de rubios cabellos desayunaba tranquilamente. Cualquier pregunta importante se borró de su mente.

- ¡Nil!- exclamó el noldo al ver su mejor amigo.
- ¡Aiya Fëanáro! ¡Que dormilón eres!- rió el pequeño Teleri.
- ¿Que haces aquí?- preguntó Fëanáro sentándose al lado de su amigo y cogiendo un bollo de leche.
- Mi mamá me ha traído esta mañana cuando venia a trabajar, porque tu papá había salido.- dijo antes de beberse un tazón de leche de las yaxë de Oromë. Al acabar, un rastro blanco apareció en su cara. (yaxë = vaca)
- ¡Jajaja, Nil, que cara tienes!
- Malo…- dijo el pequeño teleri fingiendo una mueca de disgusto. Se levantó de un salto- Venga, te echo una carrera hasta el árbol blanco. ¡Mandos quien llegue el último!
- ¡Eh! ¡Espérame!

Los dos niños elfos salieron corriendo de la cocina, riendo y jugando.




Parecía un alma en pena. Finwë se acercó arrastrando los pies a su habitación. No podía soportar estar tan lejos de su amada esposa, solo deseaba correr hacia ella para, simplemente, volver a contemplar sus cálidos ojos de plata y su risa alegre. Unas frías lágrimas rodaron por su rostro, acrecentando su dolor. Se apoyó en la pared blanca y poco a poco empezó a resbalar hasta el suelo, cubriéndose la cabeza con las manos.





- ¡Nilmendil!

El pequeño teleri se giró rápidamente, sus mejillas estaban coloreadas de un intenso color rojo. En la plaza de la Mindon había multitud de elfos

- ¿Cuantas veces te he dicho que no te subas al Árbol?- le regañó Fallassë.

El pequeño Teleri se bajó la cabeza, mientras Fëanáro intentaba esconderse por las ramas más altas del Árbol Blanco

- Baja ahora, que tenemos que irnos.
- Pero… yo no quiero ir a ver a los valar, mamá…
- Tienes que ir, nos han invitado a los dos. Venga, baja, que te tienes que cambiar.

Cuando el príncipe Noldorin vio desaparecer a Fallassë y su hijo detrás de un edificio blanco, bajó del árbol. Detestaba quedarse solo. Triste, se encaminó a su casa. El jardín estaba vacío, las habitaciones, los corredores, escaleras, todo estaba desierto.
Faltaban risas alegres, pasos, su madre.

¿Y mamá?

Muchas dudas comenzaban a volver a su mente. De repente, oyó como alguien lloraba.

Imaginaciones mías, pensó, pero oyó un gemido ahogado que descartó todas sus dudas. Sin vacilar, se acercó silenciosamente a la habitación de sus padres, que tenia la puerta abierta. Con mucho cuidado se asomó. Su padre estaba sentado en suelo, su cabeza oculta por sus brazos, y las lágrimas rodaban hasta el suelo. Fëanáro observó la escena boquiabierto. Nunca había visto su padre triste y decaído, y tuvo que dejar de mirarlo enseguida para no echarse él también a llorar.

Tan silenciosamente como había llegado, se dirigió al jardín y se sentó en el balancín. La mirada perdida en el horizonte del mar, azul y brillante, donde las naves teleri lo surcaban con gráciles movimientos. El brillo de Laurelin se extinguía, mientras Telperion, su árbol favorito, crecía e iluminaba la tierra bendecida.

Una pequeña hoja de pergamino revoloteó encima de mesa de jardín, enfrente de él. Con desgana se levantó, y con agilidad lo cogió antes de que volara. Las letras eran sarati de Rúmil, escritas con mucho esmero en tinta negra, aunque solo eran unas pocas lineas verticales (N/A: las sarati se escriben en líneas verticales, más o menos como algunos jeroglíficos egipcios, aunque los símbolos no son tan elaborados ni pictográficos). Fëanáro sabia leer muy poco, esas letras eran muy complicadas de aprender, pero entendió unas pocas palabras: Lórien, Finwë, Míriel, su propio nombre, urgente y miércoles. Pensó e intentó imaginarse que más ponía, pero no podía descifrar los complicados símbolos. ¿Qué podría pasar el miércoles relacionado con él y sus padres? Sintió mucha curiosidad por saber que ponía, y rápidamente copió el mensaje en una servilleta de lino y dejó la carta tal y como la había encontrado.



La biblioteca de Tirion era enorme y poco a poco parecía más abarrotada. En ella se acumulaban centenares de escritos muy recientes, pues todos estaban escritos en sarati. La mayoría hablaban de sucesos anteriores a la llegada de los elfos al mundo, como la Ainulindalë, la formación de Eä, las guerras de los Valar y Melkor… y también había libros de filosofía, poesía, música y narración, aunque eran muy pocos. Fëanáro observó las grandes puertas cerradas. Pocos podían entrar ahí sin permiso, porque no estaba permitido que todo el mundo leyera esos escritos, aunque pocos sabían hacerlo. Bastante tranquilo, se encaminó a las puertas y se sentó en el primer escalón de la escalera de cristal y diamante. Pocos elfos se habían fijado en él, concentrados en sus conversaciones o actividades. Mientras esperaba, observó como regaban el Árbol Blanco, a varios eruditos conversaban sobre alguna cuestión filosófica y a un bardo teleri que tocaba su laúd.

En cuanto lo vio, supo que era lo que estaba esperando. Un elfo mayor y de aspecto imponente se dirigía a grandes zancadas a la biblioteca. Era noldo, pero nunca lo había visto. Habló brevemente con un elfo rubio y finalmente entró en la biblioteca, seguido por el pequeño elfo.

Dentro de la biblioteca, de una inmensidad enorme, se respiraba un aire de silencio y concentración eterna. Las estanterías, muy altas y de madera oscura, almacenaban centenares de manuscritos élficos, y en unas largas mesas de madera, unos elfos escribían o leían en silencio. Un bibliotecario de cabellos rojizos escribía lentamente, y de vez en cuando levantaba la mirada para observar la silenciosa y enorme sala.

Necesitaba actuar muy bien. El príncipe se dirigió con paso algo inseguro al bibliotecario, que había vuelto a concentrarse en su trabajo.

- Em, perdone.- el elfo pelirrojo levantó la mirada asombrado.
- ¿Que haces aquí pequeño?- dijo elevando una ceja. Aquello era cada vez más complicado.
- Mi padre me ha mandado para averiguar el significado de unos símbolos que no conoce.- dijo con voz tímida, aunque no era realmente lo que sentía. Cuanto más inocente pareciera, mejor.
- ¿Por qué no ha venido tu padre?- preguntó el bibliotecario. Que pesado es, pensó Fëanáro.
- Es que tenía mucho trabajo ahora, y no podía venir. Además, le han mandado una carta, y es urgente.- dijo, y le pasó una hoja de pergamino con varios símbolos, puestos en hilera y desordenados, para que el bibliotecario no pudiera entender el significado global de la carta. También había omitido los nombres propios, para más seguridad.
- Bien. ¿Te los voy diciendo y te los aprendes?- preguntó extrañado.
- No, si me deja iré apuntándome con dibujitos. Así me acordaré.- dijo Fëanáro con una sonrisa inocente.

Media hora después, Fëanáro salía de la biblioteca con la lista de símbolos y sus respectivos dibujos, aunque había sido difícil dibujar algunas palabras abstractas. Se sentó a la sombra de un enorme Tasarion (sauce), y empezó a leer la carta con su improvisado diccionario.

Estimado Finwë aran o noldor:
He de pedirle, con todos los respetos del mundo, que se dirija a los jardines de Lórien el miércoles próximo por un asunto urgente, relacionado con su esposa Míriel Serindë, y quizá con su hijo Curufinwë. Espero reciba esta misiva pronto y pueda contestar lo antes posible.

Lalaith, servidora de Irmo Lórien.

Fëanáro miró pensativo la carta. Si algo había pasado o pasaría sobre su familia, tendría que estar informado. El miércoles iría a Lórien, fuese como fuese.
 
Elloith
 
 
 

557 personas han leído este relato.

CAPITULO ANTERIOR
SIGUIENTE CAPITULO
Haz click sobre las esquinas abiertas para avanzar o retroceder de capítulo

  

Comentarios al relato:
Fecha: 09-03-2004 Hora: 18:33
Anda! pero si esto seguía ¡y se pone interesante!! bueno, me leo el siguiente capítulo y ya te comento todo ahí XD

Fecha: 03-09-2003 Hora: 23:50
Aún me sorprendo de que tengas 15 años. ¡qué narración más fluida!.