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Fëanáro Ambarnáre
Capítulo 4
Lagrimas frías en el jardín de los sueños
Por Elloith
 
Fallassë abrió la puerta de la habitación. La cama, de un brillante color gris plata estaba tan bien hecha como cuando la vio por última vez.

- ¿Fëanáro?





El pequeño príncipe recorrió las silenciosas calles de Tirion. La luz de Telperion aún iluminaba a ciudad, y había poca gente por la calle. Sabia a donde se dirigia, y caminaba sin vacilar. A las caballerizas.

Las caballerizas se encontraban en la parte exterior de la ciudad, orientadas hacia el oeste, al paso del Calacirya. Eran un edificio muy grande y alargado, con grandes establos donde vivían los caballos élficos, de vida inmortal. En ese momento, solo había un elfo joven, un simple aprendiz, que cepillaba distraídamente a su caballo pardo.

- ¡Aiya!- (hola)

El joven se sobresaltó.

- Aiya pequeño, ¿que haces aquí?- preguntó con curiosidad cuando se volvió hacia el niño.
- Vengo a comprar un caballo- dijo ignorando lo de pequeño.- Mi padre me ha dado permiso.
- ¿Y porque vienes solo? Dile a tu papá que venga contigo, y cuando esté el señor de la cuadra. El sabrá ayudarte a elegir uno bueno.
- Tu podrás ayudarme, ¿verdad?- dijo poniendo una mirada inocente.- Seguro que tu sabes mucho sobre caballos.
- Bueno… si, si que se mucho.- dijo con orgullo.- Además, pronto me ascenderán. Ven, vamos a ver cual te gusta más.

El elfo condujo a Fëanáro a la parte de atrás de los establos, donde descansaban, corrían o comían los caballos sin propietario. Había muchos, y de muchos colores, todos fuertes y vigorosos. Fëanáro se quedó impresionado por los grandes caballos. Se paseó entre ellos, con curiosidad, observándolos bien, mientras el aprendiz acariciaba un joven potro castaño. De repente, un caballo muy joven y negro se plantó delante del elfito, mirándolo con curiosidad. Estaba casi a un palmo de cara de Fëanáro, que se asustó al ver la cara grande y oscura del caballo y sus ojos brillantes e inteligentes. Sin previo aviso, el caballo lo cogió con los dientes del cuello de la camisa y lo levantó. Con suavidad lo puso en su lomo desnudo y empezó a trotar, entre las risas del niño elfo. El aprendiz se volvió al oír las risas del pequeño.

- ¡Vaya! Sabes elegir bien-
- ¡Me ha elegido él!- dijo el pequeño elfo, bajando de un salto ágil del caballo negro. De un bolsillo sacó unas monedas, sus pocos ahorros, que a veces le daba su padre- Quiero este.
- Bien, tienes que cuidarlo bien. Lo tienes que cepillar y lavarlo, y cuidar que no coja ningún parásito. Vamos a buscarlo un sitio en el establo.- dijo, y lo condujo a la zona de los establos.

Escogió un muy espacioso, y rellenaron la placa con el nombre del caballo y su dueño.

- Ya es tuyo.-




Finwë cabalgaba muy deprisa por las llanuras de Valinor. El galope de Lintë era increíblemente rápido, y las tierras herbosas facilitaban su carrera. A una distancia prudente, lo seguía su hijo.

- Corre, Aráto, o lo perderemos.- dijo Fëanáro. (campeón)

El caballo negro contestó con un relincho. Aún era joven, y no podía igualar el paso del níveo caballo del rey de los noldor, pero cabalgaba con ímpetu, como si le fuese la vida en ello. Habían pasado por el sur de Valmar, y a lo lejos, al noreste, se veía la imponente Taniquetil. Los bosques de Oromë se extendían en el lado izquierdo de su camino, mientras que en el otro se veían los campos siempre verdes y dorados de Yavanna. El cielo era azul, pero empezaba a nublarse en el oeste. Unas nubes gris plomizo se acercaban rápidamente, y el aire pronto se hizo mas cargado, lleno de una tensión previa a la tormenta, pero ni una gota de agua se sintió en el aire cada vez mas frío. Fëanáro se abrigó con su capa oscura. Llevaba puesto una ropa oscura, adecuada para cabalgar.

Varias horas después, cuando la luz de Laurelin agonizaba y dejaba ir sus últimos rayos dorados, se frotó los ojos con sus manos entumecidas por el frío. Como si de una visión se tratase, un portal blanco con enredaderas apareció delante de sus ojos. Una bruma daba un aire místico a la visión, y una senda verde franqueada por niebla perlada y flores rojas y blancas y azules… Los ojos de plata del pequeño elfo se llenaban con esa esplendorosa belleza. Unos árboles altos y verdes franqueaban multitud de senderos encantados, donde perderse era una delicia, y donde el mismo aire era fragante y dulzón, invitando a, simplemente, respirarlo, a pasarse días, años, edades… solo respirando.

Saltó de Aráto, que quedó pastando fuera de la arcada. Con pasos lentos, atravesó la arcada blanca, y se adentró en los sueños… de Lórien. Todo cuanto veía tenia su belleza, incluso lo más mínimo superaba con creces a las magníficas joyas de la tierra. Una simple florecilla azulada de tamaño de su uña era más bella que mil diamantes. El aire, la bruma lo hechizaron, y paseó entre los árboles, jóvenes y verdes, pero no era el color de los demás árboles, sino que ese era el verde más vívido y brillante que había visto en su vida. Tenia ganas de inventar nombres hermosos solo para renombrar esas plantas, esas joyas que descubría. De repente, se sumergió en un pequeño claro lleno de dulces fragancias de flores. Unas figuras brillantes y saltarinas brincaron delante de sus narices, como si la luz de Telperion, que iluminaba plenamente el aire, se hubiera condensado en refulgentes velos de vida. Unas hermosas figuras saltaban y bailaban delante de sus ojos, en una danza de eterna juventud, de eterna belleza, de eterna y grácil vida.

Tintila tintila lissë elen
Brilla brilla dulce estrella
Muina tyelepsa fanar pella
Oculta tras velos de plata
Silma nalyë vanima
Refulgente eres bella.


Ar ananta cala muinëa le
Y aunque (otra) luz te oculta
Ingóleva ar túreva liainen
Con hilos de magia y poder
Nalyë vanima lá yassë cenilvel arinya.
Eres más bella cuando te vemos amanecer.
Nalyë vanima lá yassë cenilvel arinya.

Sínomë imbë i aldar
aqui entre los árboles
þindë híþieron, lírelva le
De brumas grises, te cantamos a ti
Tyelepsa elenincë
estrellita de plata

Sínome endoressë
Aquí en la tierra
Lilta ve ta
Bailando así
Laitalve le, estelva cala
Te alabamos, luz de esperanza

Tintila tintila lissë elen
Brilla brilla dulce estrella
Muina tyelepsa fanar pella
Oculta tras velos de plata
Silma nalyë vanima
Refulgente eres bella.
Vanima ve i arin
Bella como la mañana



Las ligeras bailarinas danzaron alrededor del pequeño elfo, que maravillado, las observaba. Sus risas claras como de manantial llenaron la mañana nublada, y unas finas gotas de lluvia cayeron entre la magnificencia del paisaje, sin disolver la bruma y la niebla arrebatadora. Una de ellas cogió de las manos a Fëanáro y lo hizo bailar en círculos con ella, entre las risas de las demás maiar, que o cesaban de brincar, bailar y reír. Atravesaron bailando claros encantados, llenos de brumas doradas, flores perfumadas y ríos encantados.

Sin que él se percatara, los espíritus bailarines desaparecieron entre los árboles jóvenes, y se quedó solo bajo la lluvia. Volvió a vagar sin rumbo entre los senderos, el baile y la canción se le grabaron en la mente, y siempre recordaría la alegría eterna de los espíritus del bosque. De pronto, como si fuera otra visión, un lago de aguas centelleantes bajo la lluvia y la luz de plata se extendió ante sus ojos.

Las aguas transparentes permitían ver el fondo, repleto de flores y jardines extraños, jardines acuáticos. En el centro del lago había una pequeña isla con árboles y hierba, mas brillante y hermosa cuando la bruma dorada la rodeaba y la lluvia devolvía la luz de Telperion en mil fulgores. Como si le atrajera, el pequeño avanzó hacia el lago y se lanzó de cabeza. Sin que nadie le enseñara, empezó a nadar hacia la isla que le atraía, y varias maiar azulados con colas de pez le acompañaron, rodeándole y ayudándole. Cuando salio del agua, chorreando, se internó en el bosque encantado. Sus cabellos oscuros estaban mojados y apelmazados en unas suaves ondulaciones. Los árboles brillaban, la bruma lo envolvía, la fragancia de las flores lo embrujaba. En el centro de un claro perfectamente circular, había un pequeño montículo de hierba verdísima y una silueta de luz.

Una figura, bellamente ataviada de blanco descansaba con las manos cruzadas en el pecho. Sus cabellos, ceñidos con una corona de blancas flores, eran de una negrura inconmensurable, y estaba bien peinado. Su piel nívea parecía hecha de luz, y desprendía un agradable aroma a jazmín. Fëanáro se acercó intrigado. Parecía verdaderamente una maia, refulgente bajo la lluvia, y no estaba mojada por la lluvia. Silenciosamente se acercó, para no estorbar su descanso. Cuando estuvo a su lado, se le corto la respiración.

- ¿Mamá?-

Pero no contestó. Sus parpados estaban cerrados, encerrando esa luz de plata que tanto había admirado. Sus largas pestañas refugian con minúsculas gotas de agua. Sus facciones delicadas, sus pómulos delicadamente cincelados de carmesí, sus labios encarnados de rojo…

- ¿Mamá? Mira, he venido, te echaba de menos… yo…- la voz se le quebró al percibir algo extraño en su madre.- ¡Mamá, despierta! ¡Mamá!
- No despertará.- una voz clara pero firme le habló.

Una figura de extraordinaria belleza estaba detrás de él. Un hombre de cabellos de plata lo miraba con tristeza. El mismo estaba vestido de un blanco refulgente, y un aura de poder y majestad lo envolvía, provocando un profundo respeto en el orgulloso niño. No era un elfo, por descontado, ni un espíritu, ni un maia.

- ¿Porque no despertará? ¿Quien es usted?- preguntó cogiendo con sus pequeñas manos las manos de su madre.
- Yo soy Irmo Lórien, patrono de las visiones y amo de los sueños, y este es mi jardín, el jardín de Lórien.- dijo arrodillándose junto a Fëanáro.- Tu madre no despertará, príncipe de los noldor, porque su espíritu abandono su cuerpo hace mucho.
- ¿Abandonó su cuerpo? ¿Y porqué? ¿Cómo se hace eso? ¿Dónde esta ese espíritu? ¿Volverá?- preguntó atropelladamente, algo en él se había alarmado con algo que no entendía.
- No volverá, siento mucho lo que te diré, pequeño, pero… tu madre no volverá…nunca.
- ¡NO, NO, NO! ESO NO PUEDE SER. MIENTES- dijo abalanzándose sobre el Vala, propinándole puñetazos y patadas.- ¡MIENTES, MIENTES!
- No miento, y lo sabes, lo sientes en tu corazón.- dijo tranquilamente, cogiendo con delicadeza los brazos del elfo.- Pero no te dejes llevar por la desesperación, porque hay alguien que te necesita.
- ¿Que me necesita?- preguntó asombrado y paró de moverse.
- Ven, sígueme.

El Vala lo condujo por una senda tan mágica como las de antes, y atravesaron el lago por un puentecillo. Pronto llegaron a una estructura circular y blanca, recubierta de verdes enredaderas y flores blancas, sostenida por pilares de mármol blanco. Bajo la pequeña cúpula nívea, un elfo sollozaba. Su cabello oscuro cubría su rostro de firmes rasgos.

- Tu padre te necesita…- le dijo mentalmente el Vala.- No desea vivir sin tu madre, y el único que puede evitar que abandone este mundo eres tu, Curufinwë…
- Soy Fëanáro.- dijo con firmeza, aunque estaba abatido por la pena de su padre.

Fëanáro se acercó silenciosamente a su padre, que tenia la cabeza baja y no cesaba de llorar. Con su pequeña mano detuvo una lágrima que rodaba por la mejilla de Finwë, que se quedó inmóvil al ver a su hijo. El pequeño abrazó con fuerza a su padre, y unas frías lágrimas refulgieron bajo los últimos rayos de Telperion en el rostro del pequeño.


Irmo heru olóri… Irmo heru olóri… Irmo el señor de los sueños…En el jardín de Lórien, todo ser encuentra reposo…Valar, maiar, quendi… pero ella no lo encontró, ella abandonó este mundo, primera en tierras bendecidas…Aromas eternos, dulces y fragantes curan de la melancolia a los inmortales elfos, a los eternos ainur…pero el destino se abalanza sobre ellos…incapaces de decidir sobre su destino…Irmo heru olóri…

- Has precipitado el destino, hermano, aunque él ya estaba escrito.
- Eru sabe porque había de ser yo, querida Nienna.- suspiró Irmo.
- Ninguno de nosotros lo controla.- apuntó Námo.- Él es el único regidor del destino de los elfos.

Irmo heru olóri… Irmo heru olóri… Irmo el señor de los sueños… Irmo heru olóri…Námo Mandos, señor de los muertos, cuida de su alma hasta el fin de los días. Nienna la plañidera, que tus lágrimas den consuelo en el mundo oscuro que se avecina…que le den consuelo a él, el destino ya actúa… el destino avanza...imposible de detener.

 
Elloith
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 13-07-2004 Hora: 01:21
Aiya: ¡Otro relato de mi familia! Je je je je... Bueno, todo lo referente a mi Casa me interesa, lo leo y lo comento.

Diré a tu favor que escribes bien y que estás documentada pero hay unas cosillas que no puedo dejar pasar por alto (Lo siento, pero en este tema soy muy crítica).

En primer lugar tienes cierta falta de empatía con el tiempo sobre el que escribes: Finwë parece un pequeño burgués con su sirvienta cuando es el Rey supremo de los Nolodor, cuando va a ver a Manwë parece que haya ido a ver al médico, el "episodio" de Indis y sobre todo lo del castigo de la nodor incendiaria con alusiones a un "carnet"...ummm... es una lástima porque juega en contra del relato...

Y luego te apunto un tema más de fondo que de forma: Fëanor no era un niño sino un bebé de días cuando sucede todo el drama. Jamás recordó a su madre; Finwë le hizo de madre y padre a la vez, de ahí el drama profundo de su muerte posterior. El dolor profundo de la "muerte" de Míriel recayó muchísimo más sobre Finwë que sobre Fëanor.

Bueno, supongo que lo sabías y que en tu libertad como escritora has hecho una opción propìa, pero quise aclararlo para lectors que tal vez no conozcan el Kwenta Silmarillion.

Ánimo y sigue con esta crónica de mi familia, que siempre es grato leerte.

Saludos desde Eregion.
Náriel, hija de Maglor, nieta de Fëanor

Fecha: 12-07-2004 Hora: 17:38
Aiya: ¡Otro relato de mi familia! Je je je je... Bueno, todo lo referente a mi Casa me interesa, lo leo y lo comento.

Diré a tu favor que escribes bien y que estás documentada pero hay unas cosillas que no puedo dejar pasar por alto (Lo siento, pero en este tema soy muy crítica).

En primer lugar tienes cierta falta de empatía con el tiempo sobre el que escribes: Finwë parece un pequeño burgués con su sirvienta cuando es el Rey supremo de los Nolodor, cuando va a ver a Manwë parece que haya ido a ver al médico, el "episodio" de Indis y sobre todo lo del castigo de la nodor incendiaria con alusiones a un "carnet"...ummm... es una lástima porque juega en contra del relato...

Y luego te apunto un tema más de fondo que de forma: Fëanor no era un niño sino un bebé de días cuando sucede todo el drama. Jamás recordó a su madre; Finwë le hizo de madre y padre a la vez, de ahí el drama profundo de su muerte posterior. El dolor profundo de la "muerte" de Míriel recayó muchísimo más sobre Finwë que sobre Fëanor.

Bueno, supongo que lo sabías y que en tu libertad como escritora has hecho una opción propìa, pero quise aclararlo para lectors que tal vez no conozcan el Kwenta Silmarillion.

Ánimo y sigue con esta crónica de mi familia, que siempre es grato leerte.

Saludos desde Eregion.
Náriel, hija de Maglor, nieta de Fëanor

Fecha: 14-04-2004 Hora: 19:48
Un final triste, un Féanaro pícaro e inteligente, un buen padre superado por los hechos... Exactamente como siempre imaginé que sería esta historia. Mis mayores felicitaciones!

Ellohir

PD: mira que el tema del relato era muy ambicioso, pero ¡ te ha salido genial ! Quizás escriba algo ahora: siempre me ha encantado la vida de Fëanor y ahora se como podría salir bien algun episodio...

Fecha: 09-03-2004 Hora: 18:46
vaya... realmente impresionante. Creo que me estoy quedando sin elogios, pero es que me está gustando todo... la trama, la narración, las descripciones... creo que tienes un gran talento y espero que lo aproveches!!

Fecha: 12-09-2003 Hora: 18:42
Mi más sincera enhorabuena por este relato Elloith, he leído las 4 entregas del tirón y todas tienen un nivel altísimo, han sido una gratísima lectura, gracias por transportarme por unos minutos a Valinor

Fecha: 04-09-2003 Hora: 18:29
Increíble. He dejado a un lado los asuntos de la Posada, y, armado con una jarra de nesquik, me he puesto a leer los 4 capítulos seguidos de Feanaro Ambarnare, y tengo que decir que son sin duda geniales, una visión mundana nunca vista de los Elfos, un estilo de narrar muy fluído, sin faltas apenas perceptibles, y con ciertas dosis de humor, además de un buen conocimiento de la obra de Tolkien y las costumbres de los Eldar. Una forma de acercarnos a lo que fue de Fëanaro y su particular visión del mundo, es increíble ese potencial que encierras, Elloith. No obstante, para evitar que duermas en los laureles, te señalaré algun fallito: los singulares élficos, como Teler-Teleri, Vanya-Vanyar, etc. Si solucionas esos nimios detalles, sólo queda enmarcar esta serie de relatos como uno de los mejores de la Posada.

Fecha: 04-09-2003 Hora: 00:04
Incluso juegas con frases inacabadas, dejando caer cosas, pensamientos... consigues que me meta en el relato, y me imagine las escenas, los personajes, su forma de ser, como pocos lo han conseguido en esta posada.