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CMVIII:La Advertencia
Por Baranduin
 
Ella me lo advirtió. Ella lo sabía. Se me apareció una noche, rodeada de sus estrellas. Brillante. Radiante, Sollozante y apenada. Sabía de que ocurriría, y me lo dijo. Me dijo que los Hombres de Oro cruzarían en Cisnes de Plata las olas del Mar, como los pájaros cruzan las nubes, a la luz de la Luna. Y brillarían con fuerza, retando a los astros, e invocarían al trueno. Y el Trueno les serviría, y los Fuegos se desatarían, y los árboles caerían mostrando el camino a nuestra aldea. El fuego caería sobre nuestros dioses, cubriéndose de polvo y de barro. Una noche, una única noche necesaria para ganar la batalla, y con el recuerdo de la Luna se iría nuestro Pueblo. Habíamos de prepararnos a tiempo, pues sino hasta las piedras olvidarían nuestro paso por el Mundo. ¿Quién podría saber el futuro si estábamos preparados? Sólo el-Más-Alto, el Señor, aquel que se sienta en el Gran-Trono-Sobre-La-Montaña, el del Único-Ojo-que-Todo-lo-Ve, que Todo lo Sabe. No le había sido revelado a Ella. Dependía de nosotros, de los Hombres de los Bosques, los Hacedores de Estatuas. El Gran Jefe no me creyó. ¡Oh, no! ¿Cómo Él-Orondo-Testarudo iba a confiar en las palabras de una Mujer? Que la plata se hundiría en el agua, dijo. ¡Oh, claro! Y no hubo cambios, y la vida transcurrió igual, y pasaron los años sin que nos armásemos, sin protección en nuestras villas. Y yo desesperaba, pues el tiempo corría, y Ella me apremiaba.
Mucho insistí, mas nada conseguía. Mi Confianza se fue minando poco a poco. Sus visitas se fueron espaciando cada vez más, y en cada visita venía más triste.

Fue una noche de Luna Llena. Siempre la recordaré, hasta el último detalle. Había subido a la Cueva de mis Antepasados, donde yace mi madre, y la madre de mi madre, y la suya propia, y cientos de siglos de generaciones. Estaba sentada sobre la Roca del Sauce, donde nunca vi árbol alguno, mirando hacia el Sur, por donde se elevaba Ella-laRoja, la Estrella de mis Antepasadas. Una mano se posó en mi hombro.
- Es la hora. Ya no hay vuelta atrás.

Me volví. Era ella, con sus largos cabellos de adobe y sus radiantes estrellas flotando a su alrededor. Una lágrima corría por su mejilla, brillando a la luz de la luna.
- ¿Acaso aquí acaba todo? – miré al mar, temerosa -. ¿Vendrán ahora los Truenos, y de nada habrán servido mis advertencias?
- Vendrán, pero no ahora. Será dentro de algún tiempo. Y sin embargo, ya es tarde. Prepararse para una guerra es cuestión de generaciones: los jóvenes de hoy no saben guerrear, y sus hijos no podrán aprender los suficiente, y quienes sabían o podían saber algo sobre la guerra ya se mueren.
- Entonces... ¿mi pueblo desaparecerá en una noche, y nadie sabrá que pasó? Y pueblo a pueblo irán desapareciendo las tribus, sin supervivientes para avisar al resto. Las voces de nuestros pueblos serán el Silencio. Y mi vida no habrá servido de nada...
- De tu pueblo sólo tú sobrevivirás, si así lo deseas. Y tus advertencias no habrán sido en vano. Han llegado a muchos oídos, y las Tribus del Norte han instalado Guardianes en las Montañas, y habrá supervivientes en los refugios construidos al Este que corroborarán tus palabras. La memoria de las Tribus no se perderá, e historias se contarán, de generación en generación, sobre esta guerra, y sobre tu profecía de la primera batalla, la última de tu pueblo.
- ¿Tan cerca está que lo veré?
- Está lejos. Más allá de una vida. Pero lo verás.
- ¿Y nada se puede hacer?
- Eligieron.

Y lloré. Y lloramos.


No sé por cuanto tiempo dormí. Cuando desperté, ella ya no estaba. Tenía la mente lúcida, clara, sabía lo que tenía que hacer. No habrían más preocupaciones. No tenía sentido.
En mi mano, prieto con fuerza, había una lágrima. Era transparente como un diamante, pero mucho más dura. Estaba pulida como el cristal, pero era mucho más liviana. Era su regalo de Despedida, y así lo entendí. Aquel sería nuestro penúltimo encuentro.

Mientras bajaba, cayó la noche, y la luna creciente asomó tímida entre los árboles. Al llegar al peublo, todos se asustaron; creían ver un fantasma al que ya habían dado por muerto. ¡Oh, sí! Él-Orondo-Testarudo ni siquiera había aceptado salir a buscarme. Mi casa se había vendido, y en ella estaban instalando una herrería. Estaba desahuciada. Dormí en casa de mi hermana, y por la mañana, le pedí al herrero que me hiciese, como compensación, un colgante, y allí guardé Su Lágrima, y nunca me lo quité. También le pedí a Él-Orondo-Testarudo que mandase construir una casa, a media milla del pueblo. No hubo problemas, no se enfrentaría con quien dieron por muerta. ¡Oh, no! Él-cobarde, pero Él-no-tonto.


Sí, ya todo daba igual. Hiciésemos lo que hiciésemos, ya estaba todo perdido. Me dediqué al campo, y fui notando el menguante peso sobre mis hombros, y al cabo del tiempo dejé de notarlo, y fue un achaque más. Con los años además las plantas y bestias me revelaron sus más íntimos secretos, y hasta las tocas me contaban su historia, las heridas que el agua, el viento y las raíces abrieron en su pétrea carne.

Y pasaron los años, y los niños se hicieron adultos, y tuvieron hijos a su vez, y maduraron y encanecieron, y al final, envejecidos, murieron. Y yo seguía en el mundo, y comprendí cuán flaco era el Don que Ella me había concedido. Pues todo cuanto conocía, con el tiempo había de morir, mientras yo seguía aquí.
Pero no eran todo males. Pues el lento paso del tiempo hizo correr rumores. Claro está, había quien me maldecía, y achacaba a algún mal hechizo su mala fortuna o su mal hacer. Pero otros recordaron mis advertencias, hechas cuando eran unos niños, e incitaron a sus hijos y a sus nietos a aprender las armas, y venían a pedirme consejos, o pócimas para la salud o el amor. Sobre todo, para el amor.
Y yo, sonreía, triste, pues a pesar de su esfuerzo, nada conseguirían. Pero las heridas de mi alma sanaron, pues algunos de estos Hombres venían de lejanas Tribus, y eso me llenaba de esperanza y orgullo. Y rezaba por ellos, porque Ella los salvare. Pero Ella no volvió.

No era, de todos modos, inmune a los años. Mi corazón sentía el paso del tiempo normal, y mi cuerpo, aunque más lentamente, iba sumando achaques. A veces me fallaban las piernas, y era incapaz de caminar durante algunos días. Pero no me importaba: la gente del poblado, aún los más ancianos, venían a traerme lo necesario, y velaban por mí. Y me sentía querida, y eso sanaba aún más rápido las heridas de mi corazón, aunque me inundara de tristeza.


Ella lo sabía. Ella me lo advirtió. Y yo también lo sabía, pero lo acabé apartando de mi mente, como el dolor de articulaciones previo a las lluvias. Una molestia más.
Era de noche, similar a la de la primera vez. Aquella semana mis piernas se habían negado a caminar. Estaba tumbada en mi cama. Meditaba, a la luz de las velas. De pronto, sentí la Llamada.


Las llamas se estremecieron y saltaron de sus mechas. Fue un instante. Y en la obscuridad, Su Lágrima brillaba tenuemente. Y me levanté.
Salí de mi casa. Vacía, sin nada. Para el Viaje que pretendía emprender, no precisaba de alforja ni pan.
El aroma a madre selva me evocaron mis tiempos de juventud, cuando paseaba por las lomas y perseguía a los zorros y conejos.
Amaneció, y a medida que yo subía por el camino el Sol se alzaba en los cielos. Y con cada paso perdía un tiempo de encima. Cantó un mirlo, y su voz me llevó de nuevo a mi infancia, a la casa de mi abuela, haciendo queso con los poemas de mirlos y verderones.
Y Su Lágrima brillaba más y más, y yo era más joven, pero con la Sabiduría de un siglo.

Llegué a la cueva con el canto de los ruiseñores, y me senté en la Roca del Sauce, a la sombra del Crepúsculo a falta de otro árbol. Poco a poco, las estrellas comenzaron a elevarse, y entre ellas Ella-laRoja, la estrella de aquellas que me precedieron. La Luna llena asomó tímida por el horizonte. Y con el último rayo de Sol muriendo en las olas, llegó la Noche.

El horizonte prendió de plata, y enormes barcos argentados avanzaron hacia la costa, como las llamas de una hoguera, cruzando el mar y cegando la vista. Y su brillo blanco se inflamó al desembarcar, y se veía la costa como de día. Cañonearon varias veces, avisando de su presencia y arrasando las primeras líneas del bosque. De los barcos surgieron brillantes destellos que cayeron sobre el pueblo y los árboles, prendiendo el fuego y el Caos. Uno de ellos hizo volar en pedazos el templo, la Casa de antepasados. Todo estaba perdido. Todo.

Una mano se posó en mi hombro. Era Ella, y era mi Madre, y yo era de nuevo aquella niña de diez veranos que trenzaba coronas de flores. Mis canas eran de nuevo negros cabellos, y yo era inocente y feliz. Una voz sonó en mi mente.
- Sí, pequeña mía. Aquí es donde todo acaba. Dame tu mano. Volvamos a casa, con la abuela, y con la mía.

Y caminamos juntas por el cielo. Por debajo, el fuego y la sangre. A nuestro lado, la Noche. Y allá, en los cielos, Ella-laRoja.

 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 10-03-2005 Hora: 18:27
"¿Sabía de que ocurriría?" eso es dequeismo puro y duro : P
Creo que este es tu relato más personal. Creo también que este cuento cobra mayor sentido dentro de la relación de historias que nos vienes contando. Puede que este sea su momento culminante. Eso se nota en el nivel narrativo que busca y en gran medida consigue: distintos niveles de comprensión, datos que algunos se les escaparán y a otros no, sin perder por ello el sentido de la historia, distinta implicación con el personaje según quién y cómo lea la obra...

Fecha: 09-03-2005 Hora: 20:09
Ciertamente, tiene un ritmo más relajado que anteriores relatos salidos de su pluma, pero no por ello pierde calidad. Y he de felicitarle, pues está manteniendo alto el listón de sus Crónicas de Mandos. ¡Esperaré impaciente su proximo relato!

PD: *Elloith sigue buscando significados ocultos...

Fecha: 09-03-2005 Hora: 10:56
Me ha gustado mucho el ritmo del relato, tranquilo y sereno, a pesar de los acontecimientos que relatáis...es claro, sencillo y, sin embargo, son muchas las ocasiones en las que consigues despertar emociones. Está mucho más dulcificado que otros textos que habéis escrito. No hay que ser enmarañado para conseguir un buen relato; creo que, al menos para mí, es uno de vuestros mejores relatos