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El camino
Capítulo 3
Por Aldor
 
La noche transcurrió lenta entre los rezos y sollozos de la pequeña niña. Parecía, pues así era su voz, que un arroyo había nacido del lugar donde ahora Vania velaba su dolor, y que de ese lugar manaba agua pura y cristalina que mansamente descendía por la pendiente hasta perderse por los recovecos de piedras, troncos y árboles que nos rodeaban. Nada más perturbaba la paz de la noche, salvo el crepitar de los leños en el fuego, y en los momentos en que su llanto callaba, un silencio eterno nos invadía de una forma tan densa y opresiva que ni el ulular del viento que de tanto en tanto movía las copas de los árboles se hacía notar en esa noche sin luna. Poco a poco la oscuridad que nos envolvía fue dejando paso a atisbos de claridad hasta que el sol oculto tras el horizonte rompió la mañana. Para entonces la pequeña dormía, y puesto que no hacía mucho que se había dejado vencer por el sueño, dejé que descansara todo lo que pudiera.

Muchos deberes me reclamaban con el nuevo día: debía recoger todo aquello que nos fuera de utilidad entre los objetos que la carreta había dejado dispersos por el camino, debía recoger nuevos leños para el desayuno, pues del fuego de la noche anterior ahora sólo quedaban cenizas y brasas a medio apagarse, debía encontrar a ese terco animal que había huido soltándose de bridas y si lo encontraba debía revisar la carreta por si todavía podía ser reparada, pero ante todo, debía tomar de una vez por todas una decisión respecto a qué hacer de aquí en adelante... Dos opciones se me planteaban: podía seguir mi Camino hasta el Bosque Cerrado tal y como había planeado y la niña me acompañaría hasta que tuviera la oportunidad de dejarla con alguna persona de bien; o podía deshacer camino y dejar a la pequeña en Treeburgo a salvo con Clara en la cabaña. Después de todo sólo había andado una jornada y esto sólo me supondría dos jornadas de retraso y el trago amargo de tener que explicar a mi Amor el porqué le había abandonado envuelto en la oscuridad para desentrañar misterios. En cualquier caso, pensé, debería de preguntar a la muchacha qué le gustaría hacer y si había alguien que conociera y que pudiera hacerse cargo de ella.

Vania aún dormía, así que, me dediqué al resto de mis tareas. Resultó fácil recoger algunos leños por los alrededores con lo que en poco tiempo una fuerte fogata ardía donde antes había cenizas y brasas a medio consumir. El terco animal parduzco apareció como de la nada y se dedicó a pastar a pocos metros de donde reposaban los restos de su amo, con lo que. acercándome con cuidado. pude asir la cuerda que todavía colgaba de su hocico y lo até al árbol más cercano. Seguidamente me dirigí hacia la carreta y fui recogiendo los objetos desperdigados a mi paso. cacerolas, pucheros, ropas, multitud de libros y pergaminos rasgados por el suelo, frascos la mayoría rotos llenos de sustancias diversas entre las que identifiqué manzanilla, romero, flor de azahar, pensamientos, pandedioses, hojas de olivos, calabaza rallada y otros productos de huerta, que junto a otros tantos objetos de medida que no pude identificar configuraban un peculiar desorden entre el polvo del camino. No pareciera que se pudiera aprovechar mucho, pues la mayoría estaba completamente roto o no entendía su utilidad; sin embargo, como al acercarme a la carreta pude ver que ésta apenas necesitaba algunos arreglos sin importancia y que únicamente debía de volver a encajar una de las ruedas que se había salido de su eje, pensé que lo mejor era recogerlo todo y que ya habría tiempo de tirar o vender a algún chatarrero todo aquello que no fuera a utilizar. En el interior de la carreta todo estaba igualmente desordenado; no obstante, los objetos que habían quedado en su interior apenas habían sufrido daños salvo algún plato de barro que otro. Allí pude encontrar varias ropas y diversas armas, entre las que escogí para mí una buena cota de malla extraordinariamente liviana de anillos plateados, que escondí bajo mi camisola, y un hacha nueva de buen filo con brillo de luz de luna.

La reparación de la carreta resultó más fácil de lo que yo mismo hubiera sospechado, por lo que en menos de una hora estuvo dispuesta, y con la ayuda del mulo pude volverla a poner en su verticalidad. Entretanto Vania ya se había despertado y hecho el desayuno con rodajas de tocino ahumado y pan moreno que encontró junto al fuego, por lo que a mi vuelta con la carreta desayunamos copiosamente. Cuando hubimos acabado le dije:

- Pequeña...¿Tienes a alguien, tu madre o algún pariente, alguien que responda de ti? ¿Alguien en quien confíes o algún lugar donde te pueda dejar?

- No- me respondió- Lido era la única persona que conocía, salvo a ti y al mulo, aunque de ninguno de los dos sepa aún el nombre... Mi madre se llamaba Elena, pero nunca la conocí..., Lido decía que era muy guapa, pero si tenía algún pariente no se nada.

- Bueno, esta bien, - le dije. – Por cierto, mi nombre es Gonzalo (¿cómo es que no se lo había dicho hasta ahora?) y vivo en Treeburgo a sólo una jornada de aquí. Verás, yo me dirijo al Bosque Cerrado, pero no me parece prudente que vengas conmigo así que, si quieres, retrocederemos hasta mi cabaña y allí te dejaré con Clara, mi mujer, con ella estarás bien... es la criatura más hermosa bajo las estrellas y le encantan los niños así que estoy seguro que os llevaréis perfectamente. ¿qué te parece?.

No respondió pero creo que estuvo de acuerdo porque acto seguido se levantó, dejó un ramo de flores que había recogido sobre la tumba de su padre y montó en la carreta. Yo, por mi parte, recogí lo bártulos del desayuno, eché arena sobre el fuego que aún ardía con fuerza, y partimos de vuelta hacia el lugar del que había salido oculto en la oscuridad hace dos noches en busca de aventuras.

La marcha fue rápida y tranquila bajo la bóveda verde del camino. Vania pasó la mayor parte del viaje dentro de la cubierta de la carreta observando entre sus manos cada uno de los objetos que en ella había, como si tratara de recordar cuándo fue la última vez que Lido había usado el cuchillo con mango de asta de venado que ahora sostenía o qué comida había asado con la ennegrecida sartén que colgaba de un lateral de la carreta. Sin duda, pensé entonces mientras la miraba, estaba tratando de recordar hasta los detalles más insignificantes de Lido para que le resultara más difícil olvidarle. “La gente en realidad se muere – me dijo como si adivinara mis pensamientos- cuando dejamos de pensar en ellos..., así que yo nunca dejaré de pensar en Lido.”

Yo por mi parte, sólo podía pensar en mi Amada y en que en tan sólo horas, lo más un día, la volvería a ver... Por un lado, no podía haber en el mundo hombre más feliz sobre la tierra que yo, puesto que iba a ver al ser al que amaba más que a mi vida; pero por otro lado, temía precisamente ese encuentro, pues debía de explicarle el porqué de mi huida furtiva en medio de la noche y que por añadidura de tal viaje le traía una pequeña niña de cabellos rizados y dorados como el Sol. Pero, ¿por qué la había abandonado tal y como lo había hecho?, me preguntaba entonces. Podría dar mil excusas pero todas hubiesen sido igualmente falsas. Aunque no quisiera reconocérmelo ese día salí de madrugada simplemente para tener una peligrosa aventura y volver victorioso al hogar, para demostrarme a mí mismo que aunque yo no viniera de una estirpe que hacía empequeñecer a las montañas también podía hacer grandes hazañas dignas de admiración, y para entender, pues entonces no lo entendía, por qué la criatura más bella bajo las estrellas se había enamorado de un simple leñador como yo.

No había terminado mis pensamientos cuando a los lejos pude ver a un hombre apostado en jarras en medio del camino. No tardé en susurrarle a Vania que se ocultara lo mejor que pudiera en el interior de la carreta bajo las mantas y que no hiciera el menor ruido. No sabía que hacer, y lo sensato hubiera sido desviarme del camino pero no tenía por dónde, así que sólo pude seguir el sendero al mismo paso pero dejando cerca de mí las dos hachas y un par de puñales entre mis botas... Al llegar a la altura del hombre le saludé poniendo la mejor de las sonrisasy le pedí que se apartara, pero el hombre no hizo el más mínimo gesto de haberme oído, y se limitó a observarme fijamente. El hombre que estorbaba nuestro paso era un hombre de estatura media y complexión fuerte, vestido con ropas curtidas de colores pardos, y de su cinto colgaba una daga larga de mango nacarado que acariciaba ligeramente..

- Buenos días, señor carretero. – me dijo mientras desenvainaba su daga. –Me suelen llamar Pedroso de las Manos Largas, el Sucio Pedroso, Pedroso el Bribón, o simplemente, Pedroso de Gondor; pero últimamente me gusta que me llamen Pedroso el Recaudador; pues, la Potestad de Gondor me ha encargado que recolecte por los caminos el llamado Tributo de Tránsito; ya que, se opina desde Gondor que todo el que deambula por los senderos del reino deben de pagar un precio por el polvo que se deposita en las botas del que anda; de otro modo, nos quedaríamos sin polvo en el camino, ¿no cree usted, señor carretero?

Podía haberle dicho que mis botas no tocaban el suelo del camino, por lo que no había peligro que el polvo se prendiera a ellas; pero no me pareció prudente, asi que le dije:

- ¿ Y a cuánto asciende el tributo?- le pregunté a sabiendas de que lo que realmente quería el Señor Recaudador era que liberara mi bolsa para vaciarla entera.- Con gusto os pagaré- le dije mientras trataba de localizar a los arqueros que seguramente se apostaban a ambos lados del camino. Creí divisar a un hombre tras el robusto tronco de un abedul a mi derecha, y a otro en las ramas de un roble a mi izquierda; si había más no pude verlos.

- Tan sólo cinco sueldos – me contestó.

- Eso es más de lo que nunca he tenido en mi vida. Por lo que me temo que no puedo pagar el tributo- le expliqué tratando de conservar la calma,- pero prometo que en cuanto reúna semejante cantidad iré yo mismo a Gondor a pagar mi deuda.- le sugerí no sin cierta altanería.

- Estoy seguro que dentro de la carreta tendrás algo que sea de provecho para el Rey mientras tanto – dijo con sorna mientras se acercaba al interior de la carreta para registrarlo.

- No hay nada dentro que te interese- le espeté poniéndome en medio.- Y con un manotazo que no supe prever me lanzó fuera de la carreta chocando contra el suelo en mi caída.

No sé si fue el dolor que me causó el golpe en la caída o el hecho de ver que con su daga intentaba levantar la manta en la que se ocultaba Vania, pero lo cierto es que como si de un perro rabioso se tratara me precipité sobre el señor Recaudador. Mi movimiento le pilló de sorpresa por lo que me dio tiempo a coger el hacha que estaba sobre el asiento de la carreta, y de un solo golpe le cercené el brazo de la daga a la altura del codo. Una fuente negruzca de sangre salió de su brazo, y al momento perdió el conocimiento.

Supe que iba morir... dos click click se oyeron a ambos lados del camino y el sisear de dos flechas que venían hacia mí cortaba el aire para matarme...; sólo pude encogerme, como para que el dolor de los dardos clavándose en mis carnes fuera menor; sin embargo, nada me hirió, ninguna de las flechas llegó a su destino, (¿cómo era posible? casi hubiera jurado que había visto cómo se acercaban los proyectiles hacia mí.); tras un instante de incomprensión me dirigí como poseído hacia el abedul donde se escondía mi adversario. Lo encontré cargando su ballesta, y antes de que pudiera reaccionar le golpeé con el mango de mi hacha sobre la mano que la sostenía. Un gesto de dolor cruzó su cara y su arma cayó al suelo. Instintivamente alzó sus dos manos como para protegerse pero no pudo evitar que mi hacha le golpeara en el lado izquierdo del cuello, dejando su hombro como una masa sanguinolenta y deforme completamente inutilizado. Sus ojos se pusieron en blanco y cayo al suelo de rodillas, mientras una fuente de sangre roja salpicó la escena.

Tan rápido como pude me dirigí hacia el lado opuesto del camino donde, apoyado sobre las ramas de un roble, un hombre no demasiado fornido trataba de cargar su arma. Presentí que el hombre estaba nervioso o sorprendido por el cariz que la situación estaba tomando, pues, de otro modo, le hubiera dado tiempo de cargar su arma mientras yo me ocupaba de su compañero. Pude ver en mi carrera cómo se afanaba en colocar el dardo en la hendidura de su ballesta sin conseguirlo, hasta que al fin se le cayó el dardo al suelo; por entonces, él hombre encaramado ya estaba a mi alcance y con todas mis fuerzas traté de herirle con mi hacha. Erré el golpe y algunas ramas al lado del hombre saltaron por los aires ante tal violencia... Quizá por la potencia de mi hachazo o de puro miedo, el hombre perdió el equilibrio hasta caer desde una altura de unos dos metros. Quedó tendido sobre le suelo, con las extremidades dispuestas de una manera un tanto grotesca y en cierto modo cómica. Ante situación tan ventajosa para mí, sin pensar, descargué mi hacha como tantas veces hiciera cortando leños, y sobre el abdomen le causé una herida grande y profunda necesariamente mortal. El hacha quedó clavada en su cuerpo, y yo, sólo intentaba serenarme y pensar. Una imagen me vino de repente a mi cabeza: “VANIA”, y dejando mi arma me dirigí hasta la carreta y destapé la manta que debía cubrirla. No estaba, y como desquiciado la busqué en el interior... sin resultado.

- ¡¡¡¡¡PEQUEÑAAA!!!!!- grité- ¡¡¡¡¡¡VANIA!!!!!!

Nadie respondió y me sentí perdido... Acaba de matar a tres personas cuya sangre aún fluía, cuando hasta entonces mi relación con la pura violencia no había llegado más allá de la caza o alguna pelea sin importancia en la taberna de Treeburgo cuando era joven; pero sobre todo, lo que más me angustiaba es que seguramente había sido en vano. Mientras peleaba alguien debía de haber raptado a la pequeña niña de cabellos rizados y dorados como el Sol, y yo no lo había evitado. Creí que me volvería loco, y tuve deseos de gritar, aunque ni un leve suspiro salió de mi garganta, y aunque quise no pude llorar. Todo quedó en silencio, salvo un murmullo que en un principio no supe identificar ni adivinar su procedencia... Eran sollozos, era sollozos y venía de debajo de la carreta. De un salto animal bajé hasta el suelo, y con una gran alegría en mi corazón, pude ver que Vania estaba allí, bajo la carreta llorando como un animalillo enjaulado. En ese instante supe, que pasara lo que pasara en adelante, nunca me separaría de ella.

La saqué de su escondite y durante un buen rato la tuve entre mis brazos mientras acariciaba su pelo del color del trigo. Habían sido demasiados sustos en muy poco tiempo incluso para mí, así que ella debía estar muy impresionada. La calmé como pude, y tan pronto como pudimos, tras los inevitables preparativos con los cuerpos de los maleantes, iniciamos de nuevo viaje, sin parar siquiera para comer. Algo de cecina y unas galletas fue nuestro único almuerzo. Ella no probó bocado.

Menguaba el día cuando llegamos a las afueras de Treeburgo, y aunque el día había sido difícil sentí alivio en mi corazón. Estaba a punto de ver de nuevo a Clara, la criatura más hermosa bajo las estrellas y por añadidura mi Amor, y aunque temía algo sus reprimendas por mi forma de abandonarla, nada había que desease más que verla. Algo me llamó la atención a lo lejos. Una torre de humo salía del lugar donde estaba mi cabaña a la vuelta del camino. No podía verlo bien, a causa de los árboles que me tapaban, pero me parecía que era mucho humo para nuestra pequeña chimenea, así que aceleré el paso un tanto inquieto. Ahora, cuando giraba a la entrada del camino, pude verlo... una masa informe de cenizas y maderos a medio arder ocupaban lo que hasta entonces era mi cabaña. Salté de la carreta y busqué entre las ruinas buscándola, como esperando que de entre esos montículos de cenizas saliera Clara con una sonrisa en los labios... diciéndome que todo estaba bien; quizá, (me obligaba a pensar) ella estuviera en algún lugar cercano y volviera pronto, quizá ella se ocultara de mí como correctivo a mi estúpido comportamiento y al momento la vería aparecer con reprimendas que yo aceptaría como caricias para mis oídos....; sin embargo, aunque revolví hasta la última de las brasas y piedras de ese mar de hollín sólo pude encontrar soledad y polvo de cenizas...



(Continuará)


 
Aldor
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 05-09-2003 Hora: 16:51
Parece que todo pueda suceder en esta historia a partir de aquí. Se está convirtiendo en una sucesión de hechos uqe, por un lado, parecen ya destinados a ocurrir, mientras que por otro, no se terminan de explicar, y nos dejan preguntándonos "por qué". Pero ahí parece que está gran parte del chiste del relato. Lo de Clara era quizás algo previsible, pero intuyo que la continuación no lo será, y que ha sido una forma de hacer pensar al lector que puede prever el argumento, y eso me hace pensar que nos esperan nuevas sorpresas. La forma en que ocurren los encuentros, tan "sin venir a qué", estando bien contadas, nos hablan de un personaje principal tan confuso como los propios lectores. La historia al menos ya está consolidándose lo suficiente como para ir metiéndose en la piel de los personajes, y eso hace querer seguir viviendo sus "encuentros y desencuentros", seguir siendo testigos de los cambios radicales en la vida del protagonista, que a buen seguro no volverá a ser el que era.

Fecha: 05-09-2003 Hora: 12:48
Uf, las cosas se complican para el prota... Algunas cosas son repetitivas, como lo de las ganas de ver a su amada y tal, pero en general, sigue en la linea de las anteriores partes, genial.