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Pesares del Caminante
Por Baranduin
 
El caminante estaba sentado en una piedra, a orillas del camino. Contemplaba la ciudad. ¿Qué había dejado allí? Nadie lo sabía. Tal vez un amor de aquellos que dicen imposibles. Tal vez algún enemigo. Tal vez un buen amigo. Probablemente una gran historia que nadie nunca conocerá.

Recorrió con la mirada las altas almenas, hasta llegar al castillo, en el centro, sobresaliendo sobre la ciudad. Fue mirando las innumerables ventanas abocinadas, vidrieras y cristaleras, descendiendo lentamente hacia la puerta. Un tráfico incesante la cruzaba en uno o en otro sentido. Y siguió por el camino, parándose en cada piedra, en cada grano de arena, en cada brizna de hierba, hasta llegar a sus propios pies, como si intentase grabar aquellas imágenes en su mente para no poder olvidarlas nunca.

El anónimo caminante se puso en pie. Se agachó y tomó un puñado de tierra. Lo olió, olió el perfume de aquellas tierras, y grabó la esencia del romero y el piorno, mezclados con el de la tierra húmeda y el aire seco, con el del viento de las montañas y el frescor del valle. El sabor amargo de la despedida, el silencio roto por los jilgueros y los gorriones, por el sordo vuelo de las cigüeñas y unas lejanas campanadas anunciando el lento paso del tiempo.

Volvió la mirada, una vez más, hacia el paisaje. Aquella paramera, con sus mil caminos y senderos, con sus recónditos lugares alejados de la civilización, sus históricas batallas olvidadas siglos atrás, su proverbial anchura sólo rota por el horizonte, allí donde las montañas y el cielo se funden en un sólido abrazo de siglos de eternidad, de hielo y roca. El sol se ponía por el páramo, incendiando las nubes en una fiesta de rubíes y esmeraldas, con su sinfín de gamas y tonalidades, mientras los gorriones buscan donde pernoctar en los huecos de los grandes sillares de la muralla, llegando a ocultar las almenas.

Siguió mirando, buscando sagrados lugares entre los montes y cerros, sembrados de cereal y descampado. Finalmente cerró los ojos, y con un suspiro escuchó los últimos coletazos de la tarde, mientras el viento bajaba desde la sierra, incansable y renovado. Al Este las estrellas empezaban a tililar, tímidas y melancólicas, en aquella cúpula azul que se tornaba marina. Un escalofrío de recuerdos acumulados y de desarraigo surgió de entre el anochecer, de algún lugar entre los piornos y las carrascas. Era un adiós. El paisaje, bucólico y triste, parecía despedirle extendiendo su infinita majestuosidad.

Suavemente, acarició la rugosa piedra sobre la cual se había sentado, a la que tantas veces había recurrido como consuelo. Aquel cerro donde acudía en busca de paz, de silencio, allí donde podía encontrarse consigo mismo, con él y sus pensamientos. Allí donde siempre le esperaba la calma tras la tempestad, cuando la tormenta de la melancolía se apoderaba de su ser. Aquella roca que alguna vez descubrió en su niñez, cuando las cosas eran fáciles y ningún problema era complicado. Mucho habían cambiado las cosas, y mucho más cambiarían antes de su próxima visita. Si es que la había.

Las estrellas brillaban fuertemente ahora, y sólo se oía el murmullo del viento por entre la arboleda y el lejano aullar de los perros. Divisó algunas constelaciones que conocía, aquellas que le había enseñado su padre en la lejana infancia, y que tantas veces había buscado en busca de socorro. La barca de los sueños cruzaba el firmamento en su máximo esplendor, plateada y brillante, mostrándosele entera a modo de despedida, e iluminando vagamente los infinitos campos. Aquí y allá aparecían las luces de las casas y villas. ¡Cuántas historias allí que nunca se conocerían! ¡Cuantos juegos de infancia, cuantos recuerdos perdidos y cuantos proyectos inconclusos!

Partiría a extrañas tierras, a otro país con otro idioma, otra cultura y otras costumbres. Otra gente a la que no conocía, y nuevos proyectos y nuevas experiencias aparecerían ante él. Jamás volvería a aquella tierra. Nunca más. Pues la tierra no sería la misma. Ni él.

Un nuevo suspiro murió con una leve lágrima, iluminada por las estrellas y la luna. Aquel año no vería los piornales desflorecer, ni subiría a la nevada sierra. No volvería a escalar aquellos montes ahora tenuemente recortados contra las estrellas. Y tal vez iría olvidando, con el paso de los años, aquellas historias y rincones entrañables que adornaron su crecer. Era un Caminante Sin Camino. Un obscuro sentimiento de desarraigo le invadió. Y le dio la espalda a la ciudad, a aquella ciudad de los caballeros, de los leales, del rey; aquella ciudad que le había visto nacer y crecer, en la que se había criado y en la que había vivido. Cuanta gente que no volvería a ver sino en los Recintos adonde van las almas. Pues aunque volviera, unos pocos se habrían ido, y otros habrían desaparecido en las brumas del recuerdo.


Cogí una piedra como recuerdo de aquellos silencios y aquellas memorias. Y me encaminé hacia la ciudad, habiéndome despedido de aquella gran tierra que siempre iría en mi corazón.
 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 12-05-2009 Hora: 19:49
Triste y bonito, hermoso como sólo algo triste puede serlo.

Fecha: 19-05-2005 Hora: 23:39
Bueno, para empezar decir que da gusto leer un texto tan clarito: desde la primera frase se nota que todo está intencionado, y sabe a donde quiere llegar. El vocabulario es sublime (ainssss, con solo rebuscar un poco en el diccionario lo que conseguiría más de uno). Todo da como fruto un valioso ejercicio de descripción, no exento de argumento, aunque muy sutil, pero que se esconde en la melancolía del protagonista, se hace patente en su mirada, y juega con nosotros hasta hacernos partícipes del paisaje, hasta añorar una piedra, que podría ser cualquiera, y que pasará indeleble por la eternidad mientras el protagosnista y nosotros mismos caemos en la trampa del tiempo. La clave está en la composición.

Fecha: 07-05-2005 Hora: 21:48
Profundo!! O.o
me gusta..... se siente......... me identifica
sigue así!

Fecha: 05-05-2005 Hora: 23:55
Me identifico con el relato... el tema me toca muy personalmente... un aplauso

Fecha: 03-05-2005 Hora: 16:01
Me ha gustado. Sí. La verdad es que puedo sentir al tacto la piedra, y puedo ver el paisaje que describes.
Eardilen

Fecha: 26-04-2005 Hora: 21:42
Muy evocador. Una despedida de una tierra amada... ¿realmente uno podría olvidarse de ella y perder todos su recuerdos? creo que el país o la ciudad amada no se olvida nunca, permanece en el recuerdo para siempre. snif. Por fin un relato en condiciones...

Fecha: 25-04-2005 Hora: 20:40
Me gusta. Huelo la esencia del romero y del piorno en la tierra; escucho los coletazos de la tarde y casi oigo el suspiro del caminante...Si usted me lo permite esta noche pago yo las pintas Es agradable conocer esta faceta literaria vuestra.

Fecha: 25-04-2005 Hora: 20:32
Un relato que rompe con la linea que seguias con las CM, aunque a mí, realmente, me ha gustado mucho. Quizá por los sentimientos que transmite, ese amor a una tierra donde has crecido y que, irremediablemente, has de dejar. No sé si es porque conozco ya la historia, o ves a saber, però lo encuentro de una gran fuerza emocional (no sé ni que escribo... U_u)

Vamos, que me encanta!