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CTMIII: La Especiera
Por Baranduin
 

Iorgolf miraba hacia el Sur, sentado en una piedra enorme. Su mente volaba sobre el mundo. Se decía de él que tenía más de ciento veinte años, y que había vivido en los bosques de los Elfos, en las Cavernas de los Enanos, y en las grandes urbes que la Gente Grade tenía al Sur, junto al Mar. Algunos decían que todo eso eran delirios de un viejo hobbit con mucho tiempo y poco que hacer. Otros le creían de pies juntillas, e iban a visitarlo de vez en cuando a su casa, algo separada del resto del pueblo, a escuchar sus relatos, degustando algún magnífico manjar que preparaba para las visitas, o a pedirle consejo, y escuchar su opinión sobre el asunto entre pastel y pastel de semillas. Porque fuesen o no ciertas estas historias que de él se decían, y que él ni corroboraba ni desmentía, lo cierto era que de plantas, de la gente y del mundo sabía más que ninguno.

Sonreía apaciblemente, sumido en quién sabe qué grato recuerdo, cuando por el camino apareció Nilmithil. Era ésta una joven hobbit de cinco inviernos muy avispada, el ojito derecho de Iorgolf. Vestía un vestidito verde, con un enorme lazo canela a juego con sus ojos y su rizada melena. El viejo la preguntó:
- ¿Dónde vas, Nilmithil, con el ceño tan fruncido?
Y era cierto que lo llevaba.
- Es que tía ama no me deja ayudarla con el ponche de Lithe, porque dice que soy muy pequeña. ¡Y yo ya tengo casi 6 años!
Iorgolf soltó una carcajada.
- ¡Amándula Pradosanchos! ¡No dejaría meter las manos en su ponche ni al mismísimo Señor del Oeste, aunque viniera a verla con toda su corte! Y no te pongas años, pequeña, que la vida ya se encargará de dártelos.
- ¿El Señor del Oeste hace ponches? – Preguntó Nilmithil, extrañada.
- ¡Claro! ¡Y zumos de tomate!
Nilmithil arrugó la nariz. Detestaba el tomate.
- ¡Puaj! Pues cuando yo sea mayor dejaré que mis sobrinos me ayuden con el ponche. ¡O mejor! Me casaré con Urîzagar, y tendremos muchos hijos, y muchas hijas, y entre todos haremos el ponche. ¡O mejor! Tendré muchas hijas, y las casaré a todas y así tendré muchas nietas, no como la abuela Lina, que sólo me tiene a mí, y entre todos haremos el ponche. ¡O mejor!... ¡Jo! ¿Por qué te ríes?

Y era cierto que Iorgolf estaba riendo. Primero muy flojito, y después cada vez más fuerte, hasta que los ojos empezaron a llorarle y la voz se le quedó ronca.
- ¡Ay, mi niña! Me ha venido cierta historia que oí hace tiempo a la cabeza…
- ¡Cuéntamela, Iorgolf! – Dijo la hobbitina, incondicional de los relatos de Iorgolf, acurrucándose junto al anciano.
- ¿Te acuerdas de Gonchadron y Carchammeth?
- Sí…
- Pues resulta que…

Estaba Gonchadron sentado en una piedra, muy similar a esta en la que ahora nos encontramos, a las afueras del Bosque Dorado. Estaba triste: había pasado casi un año desde que abatiese al Gran Trasgo y decidiese quedarse allí. Y no es que estuviese a disgusto, ni que le tratasen mal. Pero su corazón aventurero le empujaba a conocer mundo y gente. Pero no sabía casi nada del Mundo, ni sabía a dónde podría ir. Así pues, pensaba en todo esto cuando vio a Carchammeth acercarse por el camino, como cada tres días, de vuelta con su provisión de hierbas.

- ¡Buenas tardes, Gran Lanzador de Piedras! Os veo afligido.
- Buenas sean por cierto, Carchammeth. Y sí, estoy triste.
- Pues tengo algo aquí algo que os animará. – Dijo Carchammeth. Y acto seguido sacó una enorme flor azul.
- Luinelloth! ¡Oh,! Estoy ya pensando en un enorme pastel de bayas condimentado con esta flor. Se me hace la boca agua. Pero creía que no crecían por aquí.
- Eso creíamos. La encontró mi abuela; dice que es la primera flor de estas que ve en muchos siglos. Me la ha regalado. Pero sólo me quedaré un poco.
- ¿Y eso? – Preguntó Gonchadron, viendo disminuir el tamaño del pastel.
- Las flores que estén enteras, que son las que valen para algo más que cocinar, las cambiaré por unos pollitos.
- ¿Pollos? ¡Fantástica elección! – Y en la mente de Gonchadron aparecieron varias pechugas y alitas crujientes.
- Sí, y esperaré a que crezcan.
La visión de las pechugas dio paso a la rancia carne de gallina.
- ¿Qué crezcan? Pero su carne se volverá correosa, no habrá quien la cocine.
- ¡No son para comer! – Rió Carchammeth, que bien conocía el insaciable apetito del hobbit – Así me darán huevos.
- ¡Huevos! ¡Gran idea! Fritos, hervidos o cocidos, siempre son agradecidos.
- Tampoco son para comer, sino para tener más pollitos.
- ¿Para tener más gallinas? – Preguntó Gonchadron, que se las veía venir.
- Para cambiarlos por cerdos.
- ¡Cerdos! También son buenos manjares, de los cuales se aprovecha todo, hasta los andares… Pero no son para comer, ¿verdad?
- No. Son para tener vacas.
- Ni jamón, ni jeta ni embutidos. Aunque algo de leche frita, así especiada como hace tu madre…
Carchammeth no podía contener la risa.
- No serán sólo para la leche, aunque sí, tenéis razón. ¡En verdad los hobbits tienen dos cerebros, uno en la cabeza y otro en el estómago! Pero las vacas tendrán erales, que crecerán y serían más vacas… Y podré vendérselas como carne a los Enanos de la Mina. ¿No es estupendo?
A Iorgolf no le pareció tan estupendo que los enanos tuviesen carne gratuíta después de tal desfile de manjares por su cabeza.
- Y a cambio de las vacas, ¿qué obtendrás?
- Ellos comercian con medio mundo, ¿sabéis? Me lo traerán del Pueblo del Este, los mejores que ha visto el Mundo.
- ¿Un caballo?
- ¡Sí! Viajaré por la Tierra Media. Visitar la Gran Ciudad Blanca de Gondor, y a los Pastores de Árboles, e ir a la Última Morada de nuestro pueblo… Y finalmente, cabalgar hacia los Puertos Grises, y ver el mar. ¡El Mar! Esa gran extensión de agua, de espuma, que cubre todo hasta donde alcanza la vista…

A Gonchadron tanta agua le daba cierto mareo en el estómago. Tanto como ver a Carchammeth bailando y girando de emoción mientras describía cuantas cosas hermosas visitaría en sus viajes. Pero con tan mala fortuna que en uno de los giros se le enredaron los pies, y ¡Pam!, fue a dar con sus élficos huesos al suelo.
- ¡Carchammeth! ¿Te has hecho daño? ¿Y el Luinelloth?

Carchammeth inmediatamente se puso en pie, y abrió la bolsa de las especias, preocupada. No pudieron encontrar ni un solo pétalo entero de Luinelloth. En silencio, casi sin despedirse, y evitando las lágrimas, Carchammeth entró en el bosque. ¡Quién sabe cuánto tiempo pasaría hasta que su abuela encontrase otra de esas flores!

Gonchadron siguió con la mirada apesumbrada a Carchammeth. Le entristecía pensar que la solución a su problema hubiese llegado de esa manera.
Porque Carchammeth, aún sin saberlo, se lo había resuelto. Ahora conocía algunos nombres de cosas que a juicio de ella, eran hermosas.

Aquella noche anunció su marcha, por la que todos se entristecieron. Y un mes después, se marchó, con rumbo desconocido, y en el Bosque Dorado no se volvió a saber nada de él hasta mucho después. Pero eso, mi pequeña, es otra historia.

- ¡Jo! ¿Y su abuelita no encontró otra flor?
- Eso no lo sé.
- Bueno, pues ya sé qué quiero ser de mayor.
- ¿Ah, sí? – Preguntó Iorgolf.
- Sí. Quiero ser elfa.
Iorgolf soltó una carcajada.
- Me temo que eso queda fuera de mi alcance. Pero si quieres, puedo enseñarte la lengua que hablaba Carchammeth.


Y así fue como Nilmithil pasó a ser alumna de Iorgolf, y todas las semanas acudía a la casa del viejo hobbit para aprender la lengua de los elfos del Bosque Dorado. Poco a poco, algunos hobbits más empezaron a asistir a aquellas clases, no todos niños y niñas, alimentando su imaginación de historias y de anchos mundos. Pero eso, como diría Iorgolf, es otra historia.

 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 25-05-2005 Hora: 12:14
Muy bien escrito, con un Iorgolf muy bien moldeado y una adaptación perfecta a la tiera media, pereo ya no sorprende.

Fecha: 20-05-2005 Hora: 00:36
Fantástico! Buena apaptación terramediana del cuento de la lechera. Utilizas el lenguaje perfecto para este tipo de cuentos. Se hace... como de toda la vida! Un saludo

Fecha: 18-05-2005 Hora: 22:43
Me ha vuelto usted a sorprender...


Fecha: 18-05-2005 Hora: 18:31
Me ha encantado ^^ solo advertir una pequeña errata:


"las grandes urbes que la Gente GraNde tenía al Sur"

Por lo demás se podría decir que perfecto

Fecha: 18-05-2005 Hora: 18:28
Aerien dijo la palabra correcta: entrañable. A cada relato que pasa, más cariño se le coje a Iorgolf y a sus historias. Y más cuando te recuerdan tiempos que ahora parecen tan lejanos...

Esperaré muy impaciente el próximo relato!

Fecha: 17-05-2005 Hora: 20:10
¡Ays me resulta tan entrañable ese abuelito hobbit!
La verdad es que sentarse a la vera de Iorgolf y escuchar sus historias es una de las mejores formas de pasar una tarde.
Por cierto, ¿Quiere un pastelillo de semillas?

Fecha: 17-05-2005 Hora: 03:38
Me encanta el relato maese Baranduin... como siempre me trae recuerdos de otros tiempos y otra Tierra ... creo que soñada... que Iorgolf viva 120 años mas y siga deleitandonos con sus explendidos recuerdos.