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CTMIV: Iorgolf y el País de los Pastores de Árboles
Por Baranduin
 
Llovía a cántaros. Un viejo hobbit envuelto en una capa gris y un broche con forma de hoja avanzaba lentamente por el camino, apoyándose en un bastón de madera. Algunos decían que había recorrido el mundo en busca de aventuras, y que conocía a los elfos del Bosque Dorado, y había visto las maravillas de los enanos, y había navegado con los hombres por el Mar. Algunos decían que eran tonterías, y que los hobbits decentes no cruzaban el mundo. Otros decían que sus historias eran tan ciertas como que el Sol sale tras las montañas. Y él no decía ni que sí, ni que no. Respondía por el nombre de Iorgolf, y contaban que era un nombre en élfico, y que significaba viejo sabio . El nombre le hacía plena justicia, pues se decía que tenía más de ciento veinte años. Y lo cierto era que sabía de plantas y de la gente más que nadie. Pero lo que mejor hacía era contar historias.

El viejo hobbit se paró un momento a descansar. Años atrás había recorrido aquel camino corriendo, pero el tiempo no pasaba en balde y sus huesos no eran los de antaño. En éstas estaba cuando una carreta se paró a su altura, y una rolliza cara asomó por el pescante.
- ¡Sóo! ¡Iorgolf! ¡Qué hace ahí parado! ¡Se calará, si es que es posible mojarse más de lo que ya está! ¡Suba, hombre, que le acerco a mi casa y entrará en calor y se podrá secar un poco! ¡Hoy los caminos están intransitables! Como siga lloviendo, se ahogarán hasta los peces del Gran Río.

Era Braldaneg Tapuc, que venía de sus campos, de ver como la lluvia que caía incesante desde hacía una semana arrasaba con sus cultivos. Era apacible y bonachón, si bien algo escéptico con las historias del viejo hobbit.

Iorgolf subió al carro, agradecido, y ambos recorrieron la escasa distancia que había hasta la casa del agricultor con el único compás del traquetear de la carreta y algún que otro trueno perdido en las montañas. Al llegar, se apearon, y Braldaneg procedió a abrir la puerta.
- ¡Marna! ¡Tenemos compañía para cenar!
Una hobbit regordeta, en cuyas facciones se adivinaba que antaño había sido hermosa (para un hobbit) asomó por una puerta.
- ¡Iorgolf! ¡Qué alegría verle por aquí! ¡Pero si está empapado! Voy a hacerle una sopa, para que entre en calor. Pero quítese esa ropa, la dejaremos junto al fuego para que se vaya secando.

Iorgolf se quitó la capa, dejando ver que excepto las manos, cabeza y pies, estaba seco. El agricultor y su mujer se quedaron boquiabiertos.
- Algún día ya me contará como consigue caminar por la lluvia sin mojarse la ropa. Pero venga aquí, junto al fuego… ¿qué hacía allá afuera, con la que cae?
- Fui a casa de Carathór a llevarle algo de valeriana, para que se le calmasen los dolores. Con esta lluvia, y la edad, el reuma no perdona.
- ¡Ande! Y por ir a quitarle el reuma casi se pilla usted una pulmonía – Marna cruzó el salón, haciéndole un guiño al viejo -. Brando hoy cena con nosotros. Está en el sótano, haciéndose un bote. Ha salido a su abuelo, mi padre, que en paz descanse; todo un manitas. Le encantará verle.

Iorgolf asintió, mientras Marna abría la puerta y se asomaba.
- ¡Barbrando! ¡Sube a cenar! ¡Y arréglate un poco, que hay visita! – Sonrió al anciano -. Ahora vendrá con astillas hasta en las orejas.

La predicción de Marna resultó cierta. Un joven hobbit de unos ocho años apareció por la puerta, cubierto casi por entero de serrín. De su cinto colgaba una banda de cuero, una honda que Iorgolf le había regalado hacía algún tiempo.
- ¡Iorgolf! – El niño se abalanzó a saludarle -. ¿Qué haces aquí?
- Tu tío me salvó de una pulmonía – rió -. Pero si quieres me voy…
- ¡No, no! Quédate, por favor.
- ¡Brando! ¡La mesa! – Se oyó a Marna desde la cocina.
- ¡Ya voy, tía! – Respondió el hobbit. Y volviéndose hacia Iorgolf se disculpó – Ahora vengo.

Así, se sentaron los cuatro a comer la cena que Marna había preparado, mientras comentaban todo tipo de cosas como sólo los hobbits pueden hacer. La conversación siguió desde la mesa a la chimenea, y las horas fueron pasando.
Cuando Marna subió en brazos a Barbrando para acostarle, Braldaneg le confesó a Iorgolf que las cosas no pintaban del todo bien.
- Verá. Estoy preocupado. Lleva toda una semana lloviendo. Y no es que diga que la lluvia sea mala, que como comprenderá yo me hago cargo de cuán necesaria resulta ser. Pero tanta lluvia… las coles ya se me han arruinado, y pasará otro tanto con las zanahorias si sigue lloviendo. Dicen que usted sabe muchos secretos… ¿no sabrá como hacer que la lluvia no arruine mi cosecha?

Iorgolf se quedó pensativo.
- No tengo ningún poder para parar las lluvias, si a eso se refiere. Pero conozco una historia que tal vez pueda ayudarle. Verá… En una ocasión oí de…

En una ocasión oí de un caminante que paró en el Bosque Dorado a descansar. Estuvo allí un año, y muy a gusto por cierto. Pero quería conocer el mundo, así que decidió preparar bártulos y marcharse. El día anterior a su marcha la Señora del Bosque, que podía leer en los corazones y hacer los regalos más adecuados, lo mandó llamar a su presencia.
- Joven Gonchadron. Grandes tus favores y servicios han sido para nuestro pueblo. Es la hora de tomar la copa de la despedida, pero no he de dejaros marchar sin un recuerdo de nuestra amistad.
Y los que con ella iban le dieron una capa con un broche de plata, y varias obleas del Pan del Camino. Y la Señora añadió:
- Estos son los regalos de mi pueblo. Pero yo te voy a dar un humilde regalo – y le puso una pequeña caja de madera gris, con una Ungwë de plata -. Esto es porque viene de mi jardín. Aunque también puede ser por Galadriel – y la Señora rió, y sonaba como cientos de cascabeles agitándose a la vez -. Úsala con cabeza, pero sobre todo con corazón. Por muy seco o arruinado que esté todo, por muy estéril que sea la tierra, cualquier planta florecerá.
- ¿Magia?
- No, no hay nada de lo que vosotros llamáis “magia” en ello. Partid con mi bendición.

Al día siguiente el viajero se puso en camino, y viajó muy al Sur. Sin darse cuenta, salió del Bosque Dorado, y entró en los Dominios de los Pastores de Árboles.


- Espere un momento – interrumpió Braldaneg -. No será ésta otra de esas historias que le cuenta a mi sobrino, ¿no?
Iorgolf calló por un instante.
- ¿Quiere que se lo cuente? – Preguntó, tranquilamente.

El agricultor asintió, e Iorgolf, inspirando, retomó el relato.

Entró en los Dominios de los Pastores de Árboles. Pero no adelantemos acontecimientos, porque el viajero aún no lo sabía, y eso le valió un buen susto.

El bosque era muy obscuro y sofocante, y los pocos rayos de sol que atravesaban las nubes y la cúpula de hojas iluminaban intermitentemente los claros. No obstante, la atmósfera tampoco era maligna; simplemente, era vieja, mucho más vieja que nada que el viajero hubiese conocido antes. Y triste; parecía que el bosque entero llorase una pérdida.
El viajero se paró en un claro, y acampó a la espera de que el bosque perdiese ese aire amenazante. Arrancó algunos matojos, y varias ramas secas, para hacer una hoguera. Y el bosque, como un único ser, se agitó, como en un alarido de dolor.

El caminante, aterrorizado, sacó la cajita que le había dado la Señora del Bosque, y con algo de barro untó los muñones. También dejó caer algo por el suelo, y se escondió en su tienda, sin ni siquiera encender el fuego.

La noche en el bosque estaba llena de sonidos aterradores, muy distinto del Bosque Dorado. Más de una vez se asomó el viajero, pensando que alguien se arrastraba a grandes pasos frente a la tienda. Pero no se veía nada raro. Peor que aquellas extrañas pisadas sobre la hojarasca eran los graves y constantes bramidos, mezclados con la lluvia que empezaba a caer, que cruzaban el bosque, variando en tono, pero igualmente amenazantes. Finalmente, el cansancio venció al miedo, y se quedó dormido.


Dos jilgueros, que se habían resguardado del diluvio en su tienda, le despertaron. El caminante se asomó al claro, y el Sol iluminaba el cielo. Lamentando que se hubiese mojado la leña, y por tanto, perder un desayuno caliente, comió algo del pan del camino del Bosque Dorado, y recogió los bártulos. Entonces reparó en un gran olmo que se alzaba a pocos pies de su tienda. No lo recordaba de la noche anterior. Durante un instante pensó en que tal vez fuese algo de la tierra que la Señora del Bosque que había germinado. Pero desechó la idea: el olmo estaba seco y lleno de musgo y líquenes. Fuera lo que fuese, el olmo era viejo, y debía de haber estado allí desde hacía mucho tiempo.

Para colmo de males, no pudo encontrar el camino por el que había llegado. Se había perdido en el bosque.
Decidió escalar el olmo. Era lo bastante alto, de unos dieciséis pies de altura, y tal vez desde la copa pudiese ver algo que le orientase. Así, fue subiendo, poco a poco. Escalar aquel árbol era de lo más costoso: los líquenes y el musgo húmedos le hacían resbalar a menudo. Así que se paró a descansar en una prominencia nudosa, lo suficientemente grande como para sentarse a horcajadas un rato. Cosa que no pudo hacer.

- ¡Vaya, vaya! ¿Qué tengo aquí sentado en mi nariz? – retronó una voz cavernosa. El viajero, sorprendido, perdió pie y resbaló hacia el vacío. Por fortuna para él, una gran rama se movió y lo cogió al vuelo, levantándolo suavemente hasta la altura de dos ojos profundos…

- ¡Espere! A ver, espere. Iorgolf. ¿Me está intentando decir que había sido el árbol el que había hablado?
- A eso iba. No era exactamente un árbol. Si quiere, se lo cuento.
- Sí, siga, siga…


Pues bien. Dos enormes ojos profundos y castaños, con un brillo verde insondable en su superficie, lo examinaban cuidadosamente. Lo que había tomado por una enredadera eran en realidad unas enormes barbas, y el reborde nudoso dónde se había parado era, en efecto, una nariz.
El caminante se quedó sin habla, mientras aquel ser arbóreo murmuraba.
- Hmm, Hmm. En mis muchos años mis ojos nunca algo así habían visto. Hmm, Hmm. Hubiese jurado que eras un pequeño trasgo de alguna especie, y te habría aplastado de inmediato si no me hubieses arrancado los dedos.
El viajero se volvió horrorizado hacia el montón de leña con el que había pensado encender la hoguera la noche anterior. En efecto, ahora se le antojaban unos largos y nudosos dedos. El gigante se dio cuenta.
- Sí, sí, pequeña cosa. Esos eran mis dedos, y te habría aplastado si no hubiese sido algo apresurado. Pero esos burárum no ponen ungüentos para revitalizar, ¿sabes? Me dije entonces si aplastarte no sería algo… hmm… Apresurado.
- Yo…, Yo…
El gigante emitió un gorgoteo, agitando todas las hojas, en lo que, pensó el viajero, era una carcajada.
- Sí, sí, tú, pequeña cosa, que aún no me has dicho lo que eres. Juraría que anoche incluso podías cantar. Pero supongo que es apresurado preguntarte nada, al menos hasta que no se te pase el susto. Hmm. Yo soy… - Y el gigante empezó a soltar una larga cadencia como el viento atravesando las ramas y las raíces hundiéndose en la tierra. Al viajero se le hizo interminable. El gigante arbóreo notó su agitación, y se interrumpió -. Supongo que es demasiado largo para ti, criatura apresurada arranca-dedos. Nuestros nombres crecen con el tiempo, y cuentan nuestra historia. Pero puedes llamarme Lalvalas, sí. Así me llamaron antaño. Olmoalegre, creo que sería en vuestra lengua.
- Yo… De verdad que no quise hacer… Señor… Lalvalas, no pensé que… yo…
- Tranquilo, tranquilo – susurró el olmo, divertido -. Me quitaste los dedos, pero nunca había sentido la savia tan fresca como para dar el par de pasos que di anoche.

El viajero echó un vistazo. Había más de treinta pies de distancia hasta donde había estado el olmo la noche anterior.
- Yo… En serio que lo siento… señor… señor…
- Lalvalas – le ayudó el olmo, con una carcajada.
- Lalvalas, sí. Le pido mil perdones, yo no… yo no pretendía… si pudiese hacer algo por…

El olmo cada vez reía más y más, y el viajero hubo de aferrarse fuertemente a los nudosos dedos para no caerse.
- Hmm, Hmm. En verdad que no pasa nada, pequeña cosa. Como no me dices tu nombre, creo que te llamaré pityëalaracilempelaivaro, pequeño ser rompe-dedos aplicador-de-ungüentos. Muy corto y apresurado, pero por ahora no sé mucho más de ti. Y no pasa nada, todo aclarado y arreglado.
Al viajero le dio un vuelco el estómago al pensar que ese nombre era ‘corto’. ¿Qué consideraría como ‘largo’ aquel gigante leñoso?
- Pero… ¿Arreglado? Pero si… ¿Y la mano?
- Mira – dijo el gigante, al tiempo que alzaba una rama. Seis zarcillos verdes se retorcían en el muñón -. Nunca había tenido la savia tan fresca desde… hmm… veamos… ¡Ay! Desde que vi por última vez a mi hermosa Findalas, Dolor de mi Corazón.
- ¿Qué pasó?
- Hmm, hmm. El pequeño pityëalaracilempelaivaro olvidó sus tartamudeos, hace preguntas, y no se presenta, ¿eh? Hmm, hmm, bueno, antes de una historia habrá que desayunar, ¿no? No hay que ser apresurados en estas cosas.


Dicho esto, y sin más consulta, se colgó al viajero al hombro y echó a caminar. Sus nudosos pies, con seis dedos cada uno, golpeaban la tierra rápidamente, a gigantescos pasos y sin doblar las ‘rodillas’. Pocos minutos después, a varias millas de distancia tal vez…


-Vamos, vamos, Iorgolf. Usted me está colando un cuento para chiquillos, ¿eh? ¿Hablar con árboles? ¿Olmos que caminan?
En aquel momento apareció Marna por la puerta.
- Sigue lloviendo. Habrá de pasar la noche aquí en casa. He puesto a calentar algo de café. Y tú, Braldaneg, deberías estar más atento. ¿No te quejas siempre de que te desaparecen las fresas?
- Sí, pero no es porque las matas tengan patas, sino porque las tiene cierta vecina. Vamos, Marna, desde chiquillo he vivido entre plantas. Bien sé que no hablan.
- ¿Acaso las escuchaste? Si es que tenían algo que decirte, claro. Siga, por favor, maese Iorgolf.
- Bien… bien… ¿por dónde lo dejé? Ah, sí…


Llegaron a otro claro del bosque, cruzado por un riachuelo que discurría plácidamente. Curiosamente, las ramas de uno de los extremos se entrelazaban formando una techumbre que ocupaba casi la mitad del claro. El olmo metió en el agua sus ramas, y se quedó inmóvil algunos minutos. El viajero llegó a pensar que se había dormido, y empezó a buscar por donde bajar.
- Hmm, Hmm, el pityëalaracilempelaivaro está inquieto, ¿eh? Hmm, hmm. Supongo que querrá desayunar.

El Olmo lo tomó entre los nudosos dedos de la mano sana, y lo depositó en una enorme piedra que, adivinó, era una mesa. Todo allí estaba hecho con enormes proporciones, y los muebles de madera brillaban por su ausencia. A un lado del claro había una gran losa cubierta de hojas y hierba, en lo que debía ser una cama. Sobre la mesa, una gran piedra como la muela de un molino cumplía las funciones de cuenco. Faltaban, eso sí, sillas, taburetes o sillones, pero el viajero supuso que no eran necesarias.
- Hmm, Hmm. Creo que no tengo nada del tamaño adecuado para ti, pequeña cosa. Hmm, Hmm. Veamos.
El olmo se dirigió hacia lo que debían ser unos estantes, y rebuscando encontró un pequeño tazón.
- Hmm. Esto lo usaba cuando era entando, hace ya tanto tiempo… Hm. Puedes sentarte en la mesa, supongo. Yo no me sentaré, no resulto muy… Hmm, plegadizo.
El Olmo llenó entonces los dos cuencos de algo que parecía agua, y cuyo sabor era terrestre, nutritivo. Tras beberse todo el cuenco de un trago, el olmo se quedó pensativo.
- Veamos. La historia es demasiado larga para contársela a un joven tan apresurado como tú, hmm, hmm. Creo que empezaré por el principio, y resumiré las partes menos interesantes. Sí, eso haré.

Lalvalas le contó la historia de su pueblo, y ya anochecía cuando acabó. Ellos eran los Pastores de Árboles, los Verdes Ents. Durante mucho tiempo, los ents habían cuidado el bosque que cubría toda la Tierra Media, y su vida había sido muy feliz. Había sido, hasta que las ents mujeres (“Ai, Findalas”, suspiraba el viejo olmo a cada momento) desaparecieron sin dejar rastro. Dejaron por tanto de nacer entandos, que el caminante dedujo que debían de ser los niños-ent. Por si fuera poco, los Ents adultos empezaban a ‘arborizarse’, que era la forma de envejecer y morir. Ya Lalvalas era casi un simple árbol, y así habría ocurrido de no ser por la llegada del caminante.
Cuando acabó de narrar, los grillos despedían el día. El ent se quedó pensativamente triste. El viajero se daba cuenta del problema: No eran suficientes varones como para salir a buscar a las mujeres. Y sin mujeres, no había entandos, y si los varones morían, o se arborizaban, la raza entera estaba condenada a la extinción. Una idea le vino a la cabeza.
- Pero… si ha funcionado la tierra contigo… Podría funcionar con los demás.

El ent sacó los dos cuencos de nuevo, y los llenó de aquel líquido extraño. El sabor era distinto, como la fragancia de un bosque lejano. El ent apuró su tazón de un trago.
- Hmm. La pequeña cosa preguntona es apresurada, y también impulsiva. Pero tiene buen corazón. Cada vez me alegro más de no haberlo aplastado. Aunque Hm… tal vez sea apresurado decirlo. Hmm. Yo también lo había pensado, ¿sabes? Hm. Pero era apresurado proponerlo. Aún no tenemos… hmm… ¿Cómo le decís a… brorbrom? – El ent emitió un largo sonido muy cálido y duradero.
- ¿Confianza?
- Confianza. Una palabra muy corta para algo que cuesta tanto de conseguir. Pero bueno. Sería apresurado decidirlo ahora. Hmm. Será mejor que descansemos. Lo decidiremos mañana, sin apresuramientos. Debes estar cansado, después de escuchar los lamentos de este viejo ent.

El caminante se giró, buscando algún sitio donde acostarse, pero todo allí era de piedra. Y así se lo hizo notar.
- ¿Tumbarse? Hm. Entiendo. – El ent le acercó entonces un pequeño montón de musgo -. Creo que esto te servirá. Yo saldré afuera, bajo las estrellas. Que pase una buena noche.
Con un lamento (“¡ai, Tasarinan nantasarion!”), el ent se colocó fuera de la techumbre. El viajero cubrió con su capa del Bosque Dorado el montón de musgo, y se tumbó. Antes de dormirse, decidió que, por muy apresurado que fuese, al día siguiente despertaría a todos los arbóreos que hubiese, aunque tuviese que untar con la arena de la caja a todos los árboles del bosque.

Aquella noche tuvo un sueño muy raro. Estaba en su pueblo natal, en el pequeño huerto de su padre, escuchando los chismorreos de las tomateras, cuando llegaron las zanahorias con una cebolla llorando. Entonces quiso huir, y se subió a un ciruelo, y el ciruelo comenzó a caminar, moviéndose de un lado al otro, de un lado al otro…

Se despertó. ¡Y era cierto que se movía! Oscilando de aquí a allá entre las barbas del viejo Lalvalas.
- ¡Ah, pequeña-cosa-arranca-dedos! ¿Ya despertó? ¡Qué bueno es un paseo para estirar las raíces por la mañana! ¡Y mira! – El olmo levantó la mano, y los zarcillos eran ya pequeñas ramitas que se doblaban a la voluntad del viejo ent -. He aprovechado la mañana, en realidad. Fue al claro dónde te encontré, y recogí tu equipaje. No es bueno dejar esas cosas por ahí tiradas. ¿Sigues queriendo repartir… Hmm. Tu pócima?
- Muchas gracias por el equipaje. Sí, sigo queriendo, y esperaba que me ayudases.
- Bien. Yo lo he estado pensando, y bueno, creo que es apresurado. Pero tú, pityëalaracilempelaivaro, eres una criatura apresurada, y… Hmm, supongo que no estarás mucho tiempo por aquí. Y no, no te retendré; detesto que cualquier criatura esté encerrada. Así que creo que debemos tomar una decisión apresurada.

El Caminante sonrió. Empezaba a entender a aquella criatura, y comprendió que aquello era el Sí más rotundo que podría obtener de él.
A lo largo del día pasearon por el bosque, echando un poco de tierra a los pies de algunos árboles. Otras veces parecía dudar, y pasaba de largo (“malos ucornos, mal carácter, negro corazón”, alegaba). Por la noche regresaron al claro, cenaron de aquel boscoso líquido, y se durmieron.

O más bien, no durmieron. El ent estuvo vigilante, soltando graves bramidos de vez en cuando, que se unían a los que ya retronaban por el bosque. Todo era una sinfonía de agudos y graves, ora oscilantes ora continuos, que se iban repitiendo; un barritar incesante que impidió al caminante conciliar el sueño.
Al amanecer, el viejo ent se acercó sonriente al viajero.
- Bueno, bueno. El viejo Carrofal ha despertado. Y Gobregol, y Fernaladh y su hermano Erchaladh. También Calenorn, e incluso mi viejo amigo Telchalen. ¡Hasta Tambrethil, que era más árbol que las hayas que le rodeaban! Aún a riesgo de ser apresurado, diría que la campaña ha sido todo un éxito.
- Entonces… ¿Han despertado todos?
- ¡No! No, ni mucho menos. No ha despertado ni la mitad. Aunque sería apresurado decirlo.
El viajero miró desolado al viejo ent.
- Tal vez haga falta más tierra…
- No saquemos conclusiones apresuradas. Pero creo que por mucha tierra que les echasen… Bueno, ya se sabe lo que dicen. “A las raíces profundas no llega la escarcha”. Ni la escarcha, ni la tierra milagrosa. Aunque tal vez sería apresurado decirlo. Puede ser que al ver de nuevo vida en el bosque… - El viejo ent reía, y sonaba como la brisa de verano entre las hojas por la tarde -. Tal vez piensen que volvieron las ent-mujeres – Le guiñó un ojo -. Lo cual me recuerda que, ahora que somos bastantes, nos reuniremos esta tarde todos de nuevo. Vamos a salir a buscarlas de nuevo. Y algunos están deseando conocerte.

El viajero se sintió abrumado. Por supuesto, le encantaban los homenajes, pero con seres tan apresurados… ¿Cuánto duraría? Y si todos barritaban como Lalvalas… No estaba seguro de querer ir. El ent lo entendió sin mediar palabra.
- Supongo que podría ahorrártelo, pityëalaracilempelaivaro. Hmm, hmm. Es aburrido estar en una reunión si no se entiende nada de lo que se dice. Y son muy largas, en términos de los apresurados pityëalaracilempelaivaror encuivealaivalitsenen altangolvalemperincor. Porque hasta ahora eso es todo lo que sabemos de los de su especie – Al viajero se le hizo un nudo, al ver cuanto había crecido el nombre en apenas un par de días -. Porque aún no se ha presentado, hmm, hmm. Supongo que sois aún menos apresurados que los ents en según que cosas. Bueno, hmm, hmm. Aún queda tiempo hasta la reunión. Si lo deseas, puedes esconderte aquí, entre mis barbas. Yo lo llevaré en un momento hasta el linde del bosque. Hmm, hmm. No veo por qué entretenernos más.

Y dicho y hecho, en unos minutos estaban en el límite sur del bosque.
- Supongo que aquí nos despedimos. Hmm, Hmm. Profundas han crecido las raíces en tan poco tiempo. Hmm. Le echaré de menos. Sí, creo que sí, no soy apresurado. Nunca me apresuro. Siempre será bienvenido, si es que vuelve.
- Adiós, amigo.
- Adiós. Por cierto…
- ¿Sí?
- Si al viajar por el mundo, ves ents-mujeres…
- Le avisaré, no lo dude.
- Criatura apresurada – sonrió -. Gracias.

Y dicho esto, el ent dio media vuelta, no lo suficientemente apresurado como para que el viajero no notase como se le humedecían las barbas. ¿Llorarían así los Pastores de Árboles? Así, el caminante siguió su camino por la gran planicie de verde hierba que ante él se extendía.


- ¿Y ya está? – Exclamó Braldaneg -. ¡Pues vaya! ¿Y no le quedará algo de esa tierra mágica a su amigo Pityalambeandamundaro-lo-que-sea, ¿verdad?
- ¡Pero mira que eres zote, Braldaneg Tapuc! ¡No entendiste nada! – Le imprecó Marna a su marido -. “A las raíces profundas no llega la escarcha”. ¿No lo entiendes? No hay magia sin esfuerzo. Le agradezco el cuento, maese Iorgolf, y disculpe a mi marido, que es lo bastante zopenco como para no entender estas cosas.
- ¡Ja! ¡Un cuento! – exclamó el agricultor -. Y ahora me dirá que la Señora del Bosque era una elfa, y que los Gigantes Verdes son de verdad, y que las tomateras son las cotillas de la huerta, ¿no?
- Puedo contestar afirmativamente las dos primeras. La tercera, confieso que no lo sé – dijo Iorgolf, totalmente serio. Braldaneg le hizo un gesto a Marna, como indicando que el hobbit estaba senil.
- ¡Oh, Braldaneg! ¡A veces eres tan insoportable! ¿No te quejas siempre de que no conoces cuentos para contarle a tu sobrino? ¡Bueno! ¡Pues ya conoces uno! Además, si hubieses escuchado bien el cuento, y no te hubiese entrado por una de esas orejotas tuyas y salido por la otra, habrías aprendido que no hay que apresurarse. ¡Y mira! Tú aquí lamentándote por la lluvia, y afuera ha amanecido y hace un día espléndido. ¡Arf! – exclamó Marna, alzando los brazos con teatral desesperación, y saliendo hacia la cocina. El granjero le hizo un guiño a Iorgolf.
- ¿No es adorable?

Iorgolf no respondió.

Desayunaron como los hobbits sólo saben hacer: abundantemente. El agricultor le ofreció a Iorgolf llevarlo hasta su casa antes de ir al campo, pero él rechazó la oferta y se quedó mirando con Marna las moribundas petunias. Finalmente, se despidieron, y Marna entró en casa. Mientras le veía alejarse, Bambrando entró en el salón con un sobre que había encontrado en la repisa de la chimenea. Estaba marcado con una Ungwë, y repleto de tierra. Marna miró tiernamente por la ventana. El viejo estaba acuclillado, recogiendo romero o tal vez setas, posiblemente pensando en cuan complicado era contarle una historia a un adulto. O tal vez no. Y mientras ella dudaba sobre qué llevarle en agradecimiento aquella tarde él siguió su camino por la gran planicie de húmeda hierba que ante él se extendía.
 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 23-07-2005 Hora: 01:15
Lo he leido esta tarde. Ains, me gustan mucho los relatos de Iorgolf, y aunque este no es para nada aburrido la verdad no me ha terminado de gustar... El argumento te ha salido quizá un poco "copiado" de ESDLA para mi gusto. Aunque lo curioso es que Lalvalas el ent habla mucho, y por contra pityëalaracilempelaivaro es más bien calladito... curioso, si señor
Que esto no te desanime, ¿eh? Al contrario

Fecha: 06-06-2005 Hora: 23:34
Este es un relato digno de alabar. Los personajes están muy bien creados, aunque sus perfiles pueden ser algo estándares (¿quien no se acordará de Bilbo pensando en Iorgolf?, aunque si bien es cierto que Iorgolf parece todavía mucho más paciente y reservado). Todo discurre a la velocidad precisa (echaba de menos ya por aquí relatos un poco más largos), y la estructura y narrativa es sencillamente perfecta: los diálogos con el ent son bastante plausibles, y todo te hace parecer como si realmente estuvieras allí. Por otro lado (en el lado oscuro) no te has roto mucho la cabeza para buscar elementos nuevos, y sí, todo parece que ya estaba visto antes. De todos modos, creo que es uno de los mejores relatos que he leído desde hace tiempo en esta sección. Un saludo.

Fecha: 01-06-2005 Hora: 15:39
Un muy bonito cuento, no sé si de cosecha propia o alguno que no alcanzo a reconocer.

A parte de traerme recuerdos de la infancia (cuando contar cuentos era más que normal) me ha recordado la ya no tan cercana época en que leía por primera vez Sdla.

Bue... y que sigo esperando el siguiente

Fecha: 26-05-2005 Hora: 17:31
Creo que la serie de cuentos populares gana interés cuanto más aparece Iorgolf. En esta ocasión no se puede relacionar (o al menos yo no lo logro) con un cuento popular, aunque casi no se nota (diría que ya ha extraido lo mejor de estos en sus anteriores experimentos). Hay un poco de desajuste estructural, que se acentúan con las interrupciones del hobbit, supongo que buscado a posta. Como dice Falas, cada uno de los datos es conocido, por su familiaridad, aunque diría yo que en este caso además la historia está un poco encorcetada por estos datos. Muy ameno, en todo caso.

Fecha: 26-05-2005 Hora: 13:50
Este es, desde mi punto de vista, claro, el ejemplo perfecto de un buen relato. Las palabras elegidas, la estructura de las frases, las características de los personajes, sus atributos y el énfasis en cada uno de ellos para configurar la personalidad; los datos, la historia en sí misma, etc. Es el cuento formalmente perfecto . ¿Original? Durante mi lectura todos y cada uno de los datos eran conocidos para mí, todo me resultaba familiar; no sé si con esto puedo hablar o no de originalidad... Lo cierto es que he vuelto a encontrar esas sensaciones de las que tanto suelo hablar en mis comentarios: fue muy agradable de leer, muy entretenido, me sentí casi alegre mientras lo leía. Lo sé, nunca un comentario es demasiado subjetivo . En definitiva, me ha encantado .