Ir a Posada de Mantecona
 


Los Dos Traidores
Por Aicatar
 
La cueva solamente estaba iluminada por el brillo rojizo que salía de los rescoldos de la hoguera central. Apenas se veía, pero Krimpush no necesitaba luz para saber lo que había allí adentro. Llevaba trece años viendo la misma escena cada vez que despertaba a mitad del día y echaba una ojeada. Trece años viendo los cuerpos amontonados de sus compañeros, que roncaban tapados con mantas raídas llenas de piojos y chinches. El olor a sudor, carne putrefacta y heces le repugnaba, estaba harto de esa vida militar. Trece años en esa tribu e incontables en otra anterior, que había sido aniquilada casi por completo al sur de Rhovanion. Todas las tribus eran iguales: apestosas masas de orcos que se hacinaban en busca de algo de comida grasienta y llena de gusanos. Así trataba el Ojo a sus soldados más fieles, y así era como Krimpush había vivido hasta entonces. Pero iba a ponerle remedio.
Se levantó sin hacer el más mínimo ruido y tomó lo primero de todo su cinturón, de donde pendía una cimitarra curvada y un cuchillo largo y puntiagudo que había robado a un estúpido montaraz de Gondor hacía tiempo. Mientras se ponía el cinturón, no pudo evitar acordarse de ese hombrecillo, apenas un adolescente, que cayó en sus garras mientras trataba de encontrar un sendero en las Ephel Duath. Se calzó las pesadas botas y cogió la capa deshilachada que le servía de manta, así como la mochila, de la que colgaba su viejo jubón de cuero. Ya se lo pondría cuando tuviese tiempo, ahora, debía darse prisa o cualquiera de esos haraganes despertaría y lo vería. No quería tener que matar a ninguno de ellos, pues sería demasiado arriesgado.
Atravesó la sala muy despacio, pisando entre las piernas y las cabezas de sus viejos camaradas, sin despertar a ninguno de ellos. Era hábil caminando sin hacer ruido, una habilidad que le había permitido salir vivo de varias emboscadas traicioneras, como la que acabó con su antigua tribu. No solo los servidores del Ojo atacaban a traición a sus enemigos, por más que los hombres se empeñasen en hablar de honor en el combate.
Al llegar a la oquedad que daba paso al túnel de salida, ya no tuvo por qué ser sigiloso y corrió hasta encontrarse con la luz del exterior. Era una luz que cualquier humano habría encontrado insuficiente, deprimente y gris, pero para los orcos era lo mejor que podía encontrar. Y él era uno de los Uruk-hai, no un orco cualquiera. Podía soportar la luz del mediodía en un claro de Ithilien sin parpadear. Pero odiaba al sol tanto como los niños de los hombres temen a la oscuridad.
Las rocas de la meseta se clavaban en sus suelas mientras corría. ¡Qué tiempos aciagos éstos en los que hasta en las laderas de Gorgoroth había algo de claridad diurna! Según los más veteranos, en los viejos buenos tiempos, el sol no podía atravesar la densa capa de nubes y polvo que cubría la Tierra Negra y siempre era de noche. Él no había conocido esa época, pero tampoco iba a esperar a que el Ojo los sacrificase a todos para sumir al mundo en la oscuridad. ¡Que vaya el Ojo a luchar contra los soldados de Gondor, si quiere! Krimpush no iba a ir, eso lo tenía muy claro desde tiempo atrás. Solo necesitaba una oportunidad y un poquito de valor.
Corrió desesperado, sabedor de que en Gorgoroth hasta las moscas son espías de Lugburz, y cuando cayó la noche, se encontraba ya en las cercanías del Paso de la Araña. La Torre estaba frente a él y los Guardianes Silenciosos lo miraban impasibles. No sin sentir un miedo espantoso a que lo detectasen, cruzó entre ellos sin detenerse y comprobó que su traición todavía era un secreto para todos, incluso para aquellas estatuas gigantescas. Ningún aviso dieron de que alguien escapaba. Krimpush no se permitió el lujo de sentirse aliviado. Estaba aún muy lejos de su libertad, así que apretó el paso sin perder de vista la Torre, donde quizá algún fisgón le había visto escurrirse entre las piedras.
La Torre quedó atrás en unos minutos y la oscuridad se hizo completa sobre Mordor. Allá y acullá se encendían las hogueras, luces parpadeantes en las Ephel Duath. Despertaban los guerreros del Ojo Sin Párpado, después de un día de reposo. A Krimpush le daba igual. Seguramente, al pasar revista se darían cuenta de que había desaparecido y darían la voz de alarma, pero no lo encontrarían.
Era probable que usasen un snaga de narices mocosas, pero eficaces, para rastrearlo, así que Krimpush abrió la mochila y sacó de ella su elemento sorpresa. Una enorme rata a la que había atado fuertemente con una cuerda trenzada por él mismo. Después, cogió su capa y la sujetó fuerte al cuerpo de la rata. El animal trataba de escapar de aquello, así que Krimpush soltó sus amarres y el roedor salió corriendo a esconderse entre las escarpadas paredes de Cirith Ungol. Cuando el snaga fuese olfateando, dudaría al ver que el rastro se dividía de ese modo. Y esa duda sería suficiente ventaja para poner a Krimpush fuera del alcance de sus perseguidores.
La rata se largó y Krimpush continuó su camino hasta perder de vista la Torre y la meseta de detrás. Cuando alcanzó la entrada al túnel, rebuscó otra vez en su mochila hasta encontrar un trozo de piel de cordero donde el viejo Baghrat le había garabateado el mapa.
Por supuesto, tenía que fiarse de Baghrat y eso lo reconcomía por dentro. Aquel lurg podía haberlo traicionado, podía estar ahora riéndose con su boca desdentada pensando en que el joven Krimpush sería cazado por Ella y convertido en una cáscara palpitante, colgado de sus pegajosas telarañas. O lo estaría de no ser porque Krimpush le había rebanado el gaznate nada más terminar el mapa. No podía jugársela, era posible que el lurg adivinase el plan de Krimpush y lo denunciase ante los jefes.
-No, Baghrat –se dijo, mientras sacaba el mapa-. No me gustaría terminar mis noches en una mazmorra de Lugburz, maldiciendo el día en que nací. Me caías bien, Baghrat, pero me caes mejor ahora que no puedes hablar...
No tenía tiempo para cuestionarse sus fuentes, ni para revolcarse mentalmente en su propia crapulencia, como antaño. Repasó el mapa y se grabó en la memoria el camino que tenía que seguir para salir de allí. Cuando lo tuvo bien rememorado, entró en la terrible oscuridad.
Pasajes interminables, recodos traicioneros, restos de cadáveres, hedor insoportable, ¿qué más? ¿Qué más tenía que soportar por el mero hecho de haber nacido como guerrero de Mordor? ¡Ellos eran quienes le llevaban los triunfos al Ojo y quienes sangraban en el campo de batalla! ¿Por qué no reivindicar un poco de respeto? Pero ya sabes lo que le ocurre al uruk que habla más de la cuenta, ¿verdad? Y tú, Krimpush, aprendiste bien pronto a tener la lengua quieta en la boca.
Mientras caminaba, le parecía oír una respiración ronca detrás de él. No, a su derecha. Espera, ahora estaba delante... El eco traía siniestros bufidos y silbidos que helaban la sangre de Krimpush. Sus piernas quisieron fallar, pero Krimpush se las habría cortado antes de quedarse quieto y ser devorado. Siguió arrastrándose por el túnel, palpando las paredes para guiarse en la oscuridad. No paró ni un segundo, a pesar de que las rocas le cortaban en las pantorrillas y a pesar de que la boca se le quedaba seca del puro miedo que tenía. Al girar una esquina particularmente ancha, se topó con la salida. Baghrat, al fin y al cabo, no había mentido. Peor para él y mejor para Krimpush.
Cuando llegó al otro lado, notó una ráfaga de viento del oeste que traía olores de los bosques de Ithilien. Acostumbrado al pestilente ambiente de su caverna llena de infectos orcos, el olor de las flores le resultaba tan misterioso como inquietante. Pero Krimpush no tenía tiempo de explorar nuevas sensaciones olfativas. Ahora, según las instrucciones de Baghrat, tenía que bajar las dos escaleras y entonces se encontraría en medio del valle de Morgul, donde el Favorito podía olerlo a distancia y secarle el alma con una sola mirada de sus ojos de espectro.
-¡Nazgûl! –susurró-. ¡Los odio! ¡Sha! ¡Chillones de cabezas huecas! ¡Que las lanzas del Oeste los atraviesen algún día!
La escalera era resbaladiza, sí, y tan angosta que la mochila se le encallaba entre las rocas punzantes, haciéndole trastabillar. La luna salía por el horizonte este, pero por supuesto no tenía la fuerza suficiente para vencer aquellas negras nubes. Mientras descendía, ayudándose con manos y pies, observó movimiento en la Ciudad de los Muertos. El chillido de un Nazgûl estuvo a punto de hacerle caer. Odiosos metomentodos, aborrecibles espectros, esclavos del Amo Oscuro... Según le habían dicho, antes habían sido hombres, hombres incluso de los de Oeste, de ojos brillantes y fuertes brazos, guerreros y reyes perversos que se habían vendido al Ojo a cambio de poder. ¡Skai! ¡Traidores ciegos! ¿Acaso no adivinaron que el Amo no da nunca nada a cambio de nada? ¿Qué tenían ahora, salvo ciega obediencia?
La escalera terminó y Krimpush tuvo que poner todo su empeño en esquivar la atenta mirada de los vigías. Desde cada almena, desde cada atalaya, había varios pares de ojos escudriñando la oscuridad en busca de exploradores y espías. Seguramente un uruk pasaría desapercibido a esos vigías y no le darían mucha importancia, pero Krimpush no había llegado hasta allí para arriesgarse tan estúpidamente. Mientras descendía del valle hacia la floresta que empezaba unas millas más allá, fue perdiendo el miedo a ser descubierto por sus propios congéneres y, sin embargo, cada vez tenía más miedo a ser descubierto por los soldados de Gondor.
No paró de correr en toda la noche y solamente se detuvo un instante a beber un trago de agua de un arroyo. ¡Agua limpia! ¡Agua sin larvas flotando, ni sabor a podredumbre! En Mordor solamente les daban aguas estancadas, sacadas de algún pantano hediondo o alguna ciénaga maldita. El frescor en su boca le dio fuerzas para continuar a pesar de que llevaba toda la tarde y casi toda la noche corriendo imparable. Tenía que alcanzar el círculo de árboles antes de que el sol estuviese muy alto o cualquiera podría verlo y mandar al infierno sus planes. Tras media hora más corriendo, llegó hasta un gran roble centenario que tenía las raíces sobresaliendo de la tierra y allí se sentó un instante. Sacó el mapa de Baghrat y lo enrolló con cuidado, metiéndolo después dentro de un pequeño saquito y, con él, el cuchillo del montaraz de Gondor. Cerró el saquito con un cordel y lo introdujo entre la raíz y la tierra. Después, poniéndose la mochila de nuevo, volvió a correr por los jardines de Ithilien. Por fin, poco después del amanecer, llegó hasta la gran roca.
Era el lugar convenido. Un megalito vertical donde alguien, tiempo atrás, había grabado algunos símbolos con un cincel. Krimpush, respirando hondo y tratando de contener el resuello dentro de su plexo solar, desenvainó el cuchillo y la cimitarra y silbó todo lo fuerte que sabía. Segundos más tarde, otro silbido le respondió desde el follaje.
Se ocultó tras unos arbustos y vio aparecer a un hombre de unos cuarenta años, fuerte todavía, pero con el cabello canoso y la barba desigual. Iba desaliñado y parecía cansado, ojeroso, como si no hubiera dormido bien.
-Túlin númello –dijo el hombre, usando la lengua fétida de los elfos.
-Túlin rómello –contestó Krimpush, casi escupiendo las palabras-. Númenna linnanyë.
Era la contraseña convenida hacía tantos años. Una contraseña en el idioma de los elfos, por añadidura. Krimpush se había tenido que aprender aquellas cuatro palabras casi sin saber qué significaban, pero ahora, por fin, después de mucho tiempo, aquel montaraz de Gondor había venido para cumplir con su trato. Krimpush lo miró desde su escondrijo y vio que, como habían quedado, dejaba sus armas en el suelo y daba varios pasos hacia atrás, colocando sus manos sobre la cabeza. El uruk, sin embargo, no se fió de él. Moviéndose de nuevo tan subrepticiamente como una víbora, caminó formando un arco hasta situarse justo a su derecha, comprobando que no había nadie escondido para emboscarlo. Solo cuando estuvo seguro de que estaban solos, salió y arrojó su cimitarra a un par de metros de sí, como signo de buena voluntad. El hombre pareció aliviado de que él hiciera eso.
-He venido para cumplir con nuestro acuerdo, orco de Mordor –dijo el hombre, mirándolo con ojos de odio-. ¿Cumplirás tu parte?
Krimpush asintió con la cabeza.
-El mapa que querías está escondido donde te dije que estaría. Solo tienes que ir a buscarlo y el tesoro de Ella será tuyo. Si logras que no te atrape, claro...
-De eso no tienes por qué preocuparte –respondió el hombre, que no reprimía en absoluto su rechazo hacia Krimpush-. ¿Y mi cuchillo? ¿Todavía lo conservas?
-Está con el mapa. ¿Tanto lo deseas? No es tan bueno, en realidad, aunque algunos buenos sacos de sangre he pinchado con él...
El hombre sacó entonces de su bolsillo una cajita de madera y la arrojó a los pies del uruk, que la recogió rápidamente.
-El cuchillo perteneció a mi padre –dijo el hombre, caminando hacia atrás-. Y es mejor que esos que forjáis en las montañas de Mordor. Ahora, orco, namárië oialenna.
Krimpush puso cara de asco al escuchar la despedida en el aborrecible idioma élfico. Esperaba no tener que escucharlo jamás en el futuro. Mientras el montaraz se perdía entre los árboles, Krimpush se ocultó tras la gran roca y abrió la caja. En ella estaba lo que tanto deseaba: un plano que indicaba una vieja caverna donde el montaraz había dejado víveres y utensilios suficientes para que Krimpush pudiese alcanzar las Montañas Nubladas sin problemas. Una vez allí, se establecería, conocería a otros, reclutaría algunos desertores y fundaría su propia tribu, alejado del Ojo, haciendo su voluntad sin tener que rendir cuentas a nadie. Seguramente iría hacia el norte, cerca de Forod, donde las noches son largas y no hay ni rastro de elfos, ni de hombres de Gondor, ni tampoco de los Nazgûl. Quizá incluso iría hasta la tierra yerma de Angmar, donde el Favorito había sido Rey durante siglos. Eso sí sería irónico, al fin y al cabo.
Krimpush dio un salto de alegría y se alejó hacia el norte. Todavía le quedaba mucho Ithilien por atravesar y luego tenía que cruzar el Río Grande, así como las praderas inhóspitas de los Hombres de los Caballos, pero algún día podría descansar a la sombra de las montañas y recordar amargamente su antigua vida de soldado. Mientras se alejaba, pensó en el montaraz de Gondor. Su acuerdo, forjado años atrás, había sido muy claro: el orco le proporcionaría un mapa de Torech Ungol y él, a cambio, le facilitaría su libertad. Lástima que ese montaraz fuese a acabar colgando de una telaraña, porque amistades como esa siempre le vienen bien a uno, por más uruk que haya nacido...

 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 02-08-2005 Hora: 16:27
Sí, a mi también me ha gustado, pero como a Laeron, me deja un regustillo un poco raro en ciertas acciones y frases: un uruk demasiado decidido, con un razonamiento demasiado humano, luego una huída inquietante pero demasiado fácil... no obstante la narración es interesante en todo momento.

Fecha: 17-06-2005 Hora: 20:59
Creo que el relato está bien narrado y ambientado, aunque echaba de menos algo en las reflexiones (un uruk capaz de conseguir librarse del halo de miedo y esclavitud de Sauron debería tener un carisma fuera de lo normal). El trato con el humano es sensato, pero me pregunto si habria un hombre tan estúpido para hacer tratos con orcos

Fecha: 17-06-2005 Hora: 10:58
Genial . Me ha gustado el diálogo que mantiene el personaje con sí mismo. Con cada frase puedes imaginarte a la perfección lo que estás describiendo; no sé por qué, pero a medida que iba leyendo me temía la muerte del protagonista... Si es que somos unos malpensados . Me ha encantado

Fecha: 15-06-2005 Hora: 15:16
Me ha gustado mucho. Me encantan los relatos protagonizados por orcos, ya que me enseñan cosas de ellos que nunca se me hubiera ocurrido pensar... además el relato muestra muy bien el modo de pensar de un uruk... más o menos igual que yo me lo imaginaba!! Salud!