Ir a Posada de Mantecona
 


Los Dos Traidores II (La Caverna de la Traición)
Por Aicatar
 
La caverna apenas medía siete pies de fondo, pero estaba bien oculta en la cara más retorcida de la colina. Era difícil llegar hasta ese pequeño recodo donde el camino desaparecía de pronto para convertirse en un pedregal de pizarra. Más difícil era descubrir aquella cornisa natural, justo por encima de la línea de espesos abedules. Sus ramas tapaban un saliente en la colina, de apenas cuatro pies de ancho, que serpenteaba hacia la entrada de la cueva. Pero lo más difícil era darse cuenta de que existía un lugar por donde un hombre hábil podría trepar para llegar a ella. Aunque la caverna era diminuta, estaba bien escondida, así que siempre podía ser útil para algo. Los montaraces de Ithilien la habían usado desde los tiempos del Senescal Belegorm para guardar provisiones, útiles y mantas que usaban solo en momentos de gran necesidad. Lo habían usado durante seis siglos, pero en la guerra contra los Haradrim fue descubierta por los sureños y, tras ser derrotados y expulsados, la caverna fue olvidada por todos ellos. Pero olvidada fue también por sus antiguos moradores, los aguerridos montaraces de Gondor. Éstos habían sido diezmados. La mayor parte estaba muerto o herido más allá de toda esperanza de curación. Solamente un puñado consiguió retirarse y llegar a Osgiliath, entre ellos Anacorn, el más joven. Solo él recordaría, años después, cómo llegar hasta esa caverna.
Y por eso Ingwantar, ahora, estaba allí, llorando en la oscuridad de esa caverna.

Ingwantar se irguió cuanto pudo y se secó el sudor de la frente con la manga de la chaqueta. Apenas estaban a mediados de Narbeleth, pero un viento frío soplaba desde Mordor desde hacía tiempo y el invierno se había adelantado. Ingwatar escupió al suelo con rabia y contempló las tres bolsas de madera que había arrastrado hasta allí, jugándose el cuello en la empinada colina. Jugándose el cuello por un maldito uruk servidor del Innombrable. ¡Mawë tuviera piedad de su alma! ¡Había matado por ese maldito orco!
Dentro de la primera bolsa había un buen número de panes de viaje, panes que cocinaban las mujeres de Gondor para los soldados del Senescal Túrin II. Esos panes podían mantenerse sabrosos cuatro jornadas, aceptablemente blandos diez días y comestibles hasta un mes. Setas, dos tipos diferentes de centeno, manteca, almendras y nueces eran sus principales ingredientes. Junto a los panes había cecina, queso y frutos secos suficientes para alimentar a un hombre glotón durante dos semanas al menos. Pero esos panes no iban a alimentar a ningún hombre, sino a un uruk, un orco apestoso servidor de Mordor.
En la segunda bolsa, Ingwantar había metido dos mantas y una tela grande embreada con pez. La lona estaba enrollada y en su interior había pedernal y algunos eslabones de cadena, así como una cajita de madera de las que se usan para guardar dentro una brasa y poder usarla posteriormente. Cuando un hombre viaja por el monte, es importante tener con qué encender una hoguera y eso Ingwantar lo sabía muy bien desde antes de entrar en los montaraces de Ithilien. Pero no era un hombre quien usaría esos objetos, sino un orco nauseabundo del Ojo.
En la tercera bolsa, sin estar muy ordenados, había utensilios prácticos, como cuerdas, garfios, clavos y un martillo. Por encima de todo sobresalían una pala, un rastrillo y un pico, grandes pero livianos gracias a la habilidad de los herreros de Gondor. También había una sierra de costilla y otra de arco, una pequeña destral para cortar leña y un berbiquí. El hombre que usase aquello podría construirse un refugio con facilidad. Pero no serían un refugio ni un hombre, sino un cubil y un uruk servidor de Aquel A Quien Nunca Nombramos.
Él había preparado todo eso para ayudar a un orco en solo Manwë sabía qué carnicería. El orco quería eso metido en bolsas dentro de un lugar seguro y él se lo había llevado. Ingwantar lloró amargamente por la traición que estaba a punto de cometer, por estar ayudando a tan vil criatura. Lloró durante un buen rato, hasta que una de sus lágrimas impactó contra el camafeo que llevaba colgando del cuello.
Era un camafeo de bronce y plata, un colgante que podía abrirse y en cuyo interior estaba el dibujo, muy elaborado y hermoso, de una mujer joven e igualmente bella. La lágrima mojó el camafeo e Ingwantar cogió el colgante y lo miró.
-¡Elothir! -gimió-. Sé que hago mal, sé que si tú supieras lo que estoy haciendo me repudiarías para siempre. Pero también sé que tengo que hacerlo. No puedo soportar que mueras, amor mío...
Ingwantar salió de la caverna corriendo, resbalando en la estrecha cornisa y sin importarle caer y partirse el cuello. Daba igual todo ya. Su querida Elothir, la madre de sus dos hijos, estaba postrada en cama, hirviendo con la fiebre de aquella enfermedad que la mataría en unos cuantos días. Había un remedio en Osgiliath, sí, un viejo remedio que solamente una anciana podía fabricarle. Era tan caro, era tan desesperadamente caro, que ni aunque hubiera vendido todo cuanto tenía podría haber esperado que se lo dieran. ¡Él era un montaraz de Gondor, un humilde montaraz que había arriesgado miles de veces su vida para salvar a su país de las garras de los orcos! ¿Por qué Mandos reclamaba de ese modo a su esposa? ¿Por qué después de tanto sacrificio se la arrebataban de ese modo?
Mientras descendía por la espinosa ladera, asiéndose con pies y manos, recordó lo difícil que había sido subir con las bolsas en las manos. Y se acordó de Gorantir, el viejo compañero montaraz al que había asesinado hacía apenas unas horas.
-¡No tengo la culpa! -se dijo a sí mismo, llegando ya al suelo-. ¡Él vino a mí con estupideces! Le advertí varias veces que tenía prisa y se empeñó en seguir conmigo. Tuve que matarlo, no tuve otra opción.
Ingwantar recordó lo mucho que le costó tomar la decisión. Gorantir era un buen montaraz. Le había dicho en varias ocasiones que necesitaba apresurarse, pero algo debía haber notado en el comportamiento de Ingwantar cuando decidió ir con él. Ingwantar había repetido que no necesitaba ayuda, pero el veterano Gorantir no le dejaba ni a sol ni a sombra. Ingwantar había llorado al desenvainar la espada todo lo rápido que pudo y, girándose como un huracán, hincarla en el pecho de Gorantir. Había llorado mientras lo veía caer al suelo, gargajeando y preguntándose qué clase de traición era esa. Había llorado al verlo dejar de respirar y al salir corriendo de ese sendero e introducirse en la floresta como un gamo perseguido. Gorantir no merecía aquella muerte, pero Ingwantar no podía dejar que el montaraz descubriese sus intenciones.
Al fin, llegó hasta el claro de árboles en que había quedado con ese sucio orco llamado Krimpush. Había allí una gran roca vertical y esperó sentado en el suelo, apoyado en un árbol. La señal convenida era un silbido y luego una contraseña en élfico. Esperó y esperó durante un buen rato. Quizá el orco no viniera. Después de todo, era un orco y tan viles criaturas no podían saber qué era la palabra empeñada.
¿Y si no venía? Entonces Ingwantar estaría perdido: Elothir necesitaba esa medicina y solamente había dos modos de conseguirla. El primer modo, comprársela a la vieja huraña curandera, era un imposible para alguien con el sueldo de un montaraz de Ithilien. El segundo modo, era ir a buscar el ingrediente principal a donde crecía libremente. Lo malo es que ese lugar era Torech Ungol, el Antro de Ella-Laraña.
Solo pensar en ese lugar le daba escalofríos, pero solo considerar que Elothir podía morir le producía tal desasosiego que habría ido a las mismísimas fauces del Señor Oscuro a buscar ese maldito hongo, si hubiera servido de algo. Y el orco seguía sin aparecer. Krimpush, ese hediondo saco de piojos le había traicionado. No debía haberse fiado de la palabra de un orco, maldita fuese su alma traidora. Gorantir había muerto en balde. Había arrastrado esas pesadas bolsas por todo Ithilien para quedarse sentado a los pies de un árbol mientras su esposa moría indefensa.
Cuando escuchó el silbido, no se lo pudo creer... Krimpush había llegado a tiempo y él podría conseguir los planos que tanto deseaba.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 07-08-2005 Hora: 23:42
Me gusta la elección de escribir ahora el otro punto de vista, el del humano. Además lo haces con mucha habilidad, abriendo un nuevo argumento. La muerte del otro montaraz es demasiado trágica quizás, ¿no la podía haber evitado? muy radical la veo, pero bueno, supongo que es la manera de explicar la desesperación del protagonista. Lo que sí me gusta es que ambos personajes tienen sus luces y sombras, siendo difícil ponerse del lado de nadie. La narración es simplemente correcta, y si el relato ya me parece bueno así, con mayor habilidad narrativa sería una obra maestra.