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Los Dos Traidores III (El Pacto de los traidores)
Por Aicatar
 
La pequeña patrulla de orcos se detuvo en las cercanías de un arroyo de Ithilien. Delante de todos iba Baghrat, el lurg de la compañía y, tras él, sus cinco fieles lacayos, cinco enormes uruk-hai que parecían estar atados a su voluntad con algún tipo de magia. Con el resto de los orcos menores iba Krimpush. Por supuesto, él era quien dominaba el cotarro entre la tropa, pero no dejaba de ser un simple soldado raso, perfectamente prescindible. ¡Él también era un uruk, maldita sea! ¡Tampoco abandonaba la lucha, ni bajo la pálida luz de la luna, ni bajo el brillante sol! Lo trataban como a un paria porque había nacido en otra tribu y había sido reclutado por ésta cuando casi parecía a punto de morir de hambre. ¡Ni siquiera tenía derecho a una brillante cota de malla! Debía conformarse con el peto de cuero, deshilachado y maloliente.
-¡Alto, haraganes! -gritó Baghrat, dejando caer el escudo al suelo-. Dormiremos hoy aquí. ¡Id preparando el campamento antes de que salga el sol, zoquetes!
Zoquetes, haraganes... Hoy estaba poético, el viejo trasgo. Krimpush soltó un bufido y se giró hacia los snaga que estaban detrás de él. No tenía que decir nada. Esos gusanos montarían el campamento y él no daría ni golpe, pero así son las cosas en Mordor: los uruk-hai son los más fuertes y los snaga obedecen. O mueren.
Krimpush echó un vistazo alrededor. Ese sitio le sonaba. Era un sitio por donde pasaban a menudo, camino de una torre que habían asaltado hacía unos años y que ahora usaban como refugio improvisado. Era una torre construida por los hombres de Gondor y, seguramente, no tardarían en ir a recuperarla, pero mientras tanto el Ojo la usaba a menudo y la compañía de Baghrat era una de las que cubría el espacio entre Minas Morgul y la torre.
Barad Perras. Así la habían llamado los hombres de Gondor. Ellos la llamaban simplemente la Torre, y con eso bastaba. La habían tomado al asalto tres años antes, cuando Krimpush todavía formaba parte de la otra tribu, la que fue exterminada en los campos del sur de Rhovanion, cerca de la llanura de la Gran Batalla. Solo recordar el brillo dorado de los cabellos de esos jinetes cayendo sobre ellos a plena luz del sol le hacía estremecerse.
-Lurg Baghrat -dijo, acercándose lentamente-. Creo que sería mejor echar un vistazo alrededor por si hubiera rastro de los montaraces.
-¡Claro, Krimpush, claro! -rió el lurg-. Siempre intentando hacer méritos, ¿eh? Bien, ve a dar una vuelta, a ver si encuentras la flecha que te atraviese en dos.
Krimpush se fue aprisa, maldiciendo por lo bajo y jurando que ese Lurg algún día probaría el frío de su cuchillo. En realidad, no era un mal líder y se preocupaba por que los suyos saliesen indemnes de cualquier batalla, pero Krimpush sabía de alguna manera que Baghrat no le sobreviviría. Mientras se alejaba del campamento, trató de recordar el camino que trazase unos meses antes, cuando era un recién llegado a la tribu.
Saltó por encima de un arroyo y cruzó por una tupida sima llena de álamos. Allí, en aquel agujero, estaba el Árbol del Acuerdo. Así lo llamaba él, al menos. Y, en el árbol, atado con un nudo doble, había un pañuelo de color verde. La señal de que el montaraz de Gondor necesitaba de su ayuda y que estaba dispuesto a hacer un trato.
Casi se había olvidado de él. Quién sabe el tiempo que llevaría ese pañuelo ahí atado, pero por su aspecto, no debían haber pasado más de dos o tres noches desde que fuese colgado. Se acercó al árbol y desató el nudo, sustituyendo el pañuelo por un trozo de tela gruesa que llevaba en un bolsillo. Ahora, debía esperar a que el montaraz viese aquello y luego iría a su encuentro.
Regresó al campamento y durmió intranquilo durante el día. Al anochecer, Baghrat los guió hasta la Torre, dejaron allí las provisiones que portaban y volvieron hacia Cirith Ungol, por el mismo camino. Y Krimpush pasó cerca de la sima de álamos y vio que el trozo de tela ya no colgaba del árbol. Era la señal convenida.
Al Amanecer, estaban a siete millas al norte del lugar, pero le serviría de todos modos. Tendría que correr, pero estaba dispuesto a ello. Cuando todos dormían y solamente un par de uruk-hai montaban guardia, se deslizó fuera de la tienda y se arrastró sin hacer el más mínimo ruido hasta estar fuera de su campo de visión. Entonces, echó a correr.
Su visión nocturna era buena, pero aquel maldito bosque era tan tupido que tropezó en varias ocasiones antes de llegar al lugar convenido. El montaraz estaba allí, sentado con las piernas cruzadas y apoyado en un árbol. Parecía abatido. Krimpush puso los dedos en la boca y silbó, tal y como habían acordado. El hombre levantó la cabeza y desenvainó la espada, arrojándola a unos metros frente a sí. Krimpush salió de la maleza y arrojó su cimitarra sobre la espada del montaraz.
-Aquí estoy, hombre de Gondor -dijo-. ¿Qué quieres de mí?
-Necesito tu ayuda, orco.
-No soy un orco. Soy un uruk de Mordor.
-Da lo mismo -contestó el hombre-. Yo soy Ingwantar de Cair Andros, montaraz del ejército de Gondor y servidor del Senescal Túrin II. Y necesito que me proporciones información.
-¿Información? ¿Qué clase de información?
El hombre dudó un poco. Si continuaba hablando, ya no habría marcha atrás posible, salvo no llegar a un acuerdo y, si ése era el caso, tendría que matar al uruk. Afortunadamente, él estaba desarmado, pero Ingwantar había guardado una daga en su bota derecha, por si acaso. No convenía fiarse de un uruk de Mordor.
-Haré lo que me pidas, si me traes un mapa del Antro de Ella-Laraña -dijo.
Krimpush soltó un siseo nervioso. Ella-Laraña, la monstruosidad que se arrastraba por entre las rocas y caía sobre los orcos con la celeridad del rayo. La letal mascota de Sauron que vivía desde tiempos inmemoriales en las cavernas de Torech Ungol, entre la Torre de Entrada y la Ciudad de los Muertos.
-¿Para qué quieres tú un mapa de ese sitio? -preguntó Krimpush.
-Eso no te importa. Solo tráemelo. ¿Qué pides a cambio?
-No soy un orco, te digo. Y, ¿cómo demonios piensas que podré conseguir un mapa como ése, montaraz de Gondor? ¿Qué crees? ¿Que los vende un buhonero en la puerta de la Torre Oscura?
El montaraz puso expresión severa y dio un paso adelante, amenazadoramente.
-¡No me importa cómo lo consigas, pero tráelo! ¡Y rápido! Dentro de siete noches en el claro del monolito. Si no estás allí, me iré y no habrá trato, ¿entendido?
Krimpush odiaba que le hablasen de ese modo. El montaraz estaba desarmado, pero él llevaba guardada, en la parte trasera del cinturón, la daga que le había robado hacía unos cuantos meses. Podía saltar sobre él y rebanarle el gaznate sin darle tiempo a encomendarse a sus queridos Valar. Deseó hacerlo, pero el montaraz era el único que podía darle lo que quería.
-Hicimos un trato, hombre de Gondor -dijo el uruk-. Y yo cumpliré mi parte. Recuerda que tú prometiste hacerlo también.
-No tienes por qué preocuparte. La palabra de un gondoriano derriba muros y trepa montañas con tal de ser cumplida. ¿Qué quieres a cambio de ese mapa?
Krimpush hizo un chasqueo palatal con la lengua y un hilillo de baba espesa resbaló desde su labio inferior al suelo. El montaraz no pudo reprimir un gesto de asco, y el uruk mostró una sonrisa socarrona.
-Quiero tres bolsas de viaje. La primera llena de comida para al menos dos semanas. La segunda con mantas, una lona embreada y herramientas para encender fuego. La tercera, con herramientas básicas de todo tipo: picos, palas, martillo, clavos... Bueno, ya sabes. Un paquete completo, digamos.
El hombre de Gondor se sorprendió del pedido. Había pensado que le pediría información sobre refugios de los montaraces o quizá algún sendero secreto que los llevase hasta las cercanías de Osgiliath en caso de guerra. Jamás imaginó que el pedido del uruk fuese tan fácil de cumplir.
-Eso está hecho. ¿Dónde quieres que lo deje?
-En algún lugar secreto que no conozca nadie más que tú. Lo dejarás ahí y harás un mapa para que yo lo encuentre. Después, me lo darás en el claro del monolito. ¿De acuerdo, hombre de Gondor?
Ingwantar recordó en su cabeza la vieja caverna de la que le hablase su abuelo Anacorn. Era el sitio indicado. Asintió con la cabeza y miró al uruk a los ojos, viendo que éstos eran negros, pero brillaban con un tono vagamente amarillento, como si tuviese algún mal de bilis o algo parecido.
-De acuerdo, orco. Tienes siete días.
Krimpush se agachó y tomó su cimitarra suavemente. Luego retrocedió hacia atrás y se quedó a veinte pies, mientras el hombre recogía su espada sin perderlo de vista. Luego, empezó a caminar de espaldas hacia el interior del bosque.
-Dejaré el mapa en las raíces del roble anciano -dijo-. Iré al claro para recibir mi pago por este trabajito.
-Deja con él también la daga de mi padre.
Krimpush acarició la daga que llevaba oculta tras su espalda. Era una buena daga, le fastidiaba desprenderse de ella. Hizo un chasquido con los labios y negó con la cabeza.
-No, hombre de Gondor. El mapa es suficiente.
-Si no dejas la daga, no hay trato. Esa daga es importante para mí.
-¡Hombres! ¡No pueden vivir sin darle a las cosas más valor del que tienen! ¿Quieres tu cuchillo? ¡Allí estará! ¡Y procura que en las bolsas haya más que suficiente o te rastrearé, llegaré a tu casa y sabrás por qué nos llaman los Sangrientos Uruk-hai!
Krimpush no se quedó para escuchar la réplica del hombre. Corrió entre los árboles y llegó al campamento con tiempo suficiente para dormir un poco antes de que anocheciese del todo. Mientras se escurría dentro de su tienda, pasando desapercibido para los vigilantes, pensó en cómo lograr ese maldito mapa de Torech Ungol.
-Baghrat -se dijo, metiéndose en el apestoso saco de dormir-. Baghrat sabe el camino, lo dijo hace algún tiempo. Será cuestión de hacerle beber más de la cuenta una noche de estas...
Y cerró los ojos, sabiendo que su libertad estaba mucho más cerca que nunca.

 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 08-08-2005 Hora: 22:11
Me parece que aciertas con este flashback, porque entretienes igual sin dar mucha información nueva, tan solo completando un poco el puzle. Consigues además que el interés por el avance de la historia crezca, dejándola en un momento álgido.

Fecha: 22-06-2005 Hora: 15:39
Me ha convencido el relato Aicatar, fui demasiado impaciente. Me ha gustado el reiterante remordimiento del hombre y el evento del asesinato de su compañero para darle más crudeza.