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Los Dos Traidores IV (Perdidos en las Ephel Duath)
Por Aicatar
 

¡No era justo! ¡No era justo morir ahora! Ingwantar había sufrido tanto para llegar a ser uno de los montaraces de Ithilien, se había esforzado durante tantos años, que no era justo morir en su primer combate.

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La misión era sencilla de explicar, pero complicada de cumplir, como la mayoría de las que llegaban desde Minas Tirith. Se trataba de encontrar un sendero de las Ephel Duath que llevaba hasta una fortaleza oculta en las montañas, un lugar que antaño fuera propiedad del Reino de Gondor y que ahora era cubil de orcos y criaturas malignas. Durthang, la llamaban. Seleccionaron a cuatro montaraces veteranos y otros cuatro inexpertos para la misión e Ingwantar, que acababa de llegar de los campos de entrenamiento, fue uno de ellos. Se sintió tan contento al recibir la noticia que la mano le tembló cuando escribió su primera carta a Elothir, la chica a la que amaba. Cuando fuese un oficial, se casaría con ella y vivirían juntos en la hacienda familiar de Cair Andros. Eso era lo que pensaba, pero ahora dudaba si podría cumplir su sueño.
Los ocho montaraces llevaban cuatro días con sus respectivas noches tratando de no perderse en las intrincadas gargantas, los traicioneros barrancos y los sinuosos senderos de las Ephel Duath. Ingwantar pudo sentir por primera vez la picadura de las moscas, que tienen el Ojo grabado en el lomo y escuchó el aterrador graznido de una de esas Bestias que los Úlairi crian en riscos inaccesibles para montarlas en tiempos de guerra. Ingwantar se asustó al escucharla, pero pronto su miedo se tornó odio por tan viles monstruosidades. Había jurado lealtad al Senescal Turin II y mantendría su palabra de mantener las fronteras del Este libres de amenazas. Se sentía tan lleno de energía que se habría enfrentado al propio Señor de Morgul él solo si hubiera hecho falta.

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La respiración le faltaba en esos momentos. Se ahogaba, fruto del esfuerzo quizá, pero también de ese aire viciado, lleno de fétidos olores y polvo de Gorgoroth que lo llenaba todo. No podía parar. Los Orcos estaban ahí detrás, rastreándolo. Tenía que continuar. Comprobó que el nudo de su capa estaba intacto y siguió corriendo. La capa la había atado a su cinturón, de modo que colgase por la parte de atrás y fuese borrando sus huellas del ceniciento suelo de las montañas. No creía que eso pudiera despistar a los orcos, pero al menos no se lo pondría fácil.

Tras esos cuatro días, el sol se puso y el capitán les dio la orden de montar el campamento al amparo de un rocoso saliente. Bueno, lo de que el sol se puso era un decir, pues en esas montañas siempre había una densa capa de polvo y ceniza que tapaba su disco y solamente dejaba pasar una tenue luz mortecina. Se sabía que era de noche porque esa luz amarillenta, enfermiza y deprimente dejaba paso a una noche salpicada del rojo de las hogueras y luces de los orcos en las montañas. Hacía frío, pero un viento ardiente les golpeaba a veces, trayendo un olor ácido y desagradable.
-Son los vientos del Orodruin -había explicado el capitán-. Desde bien lejos al este trae la ceniza que brota del volcán, que está a solamente unas millas de la propia Barad-Dûr.
¡Barad-Dûr! La gigantesca fortaleza que, decían, el Señor Oscuro había construido hacía miles de años y que había sido derribada en los tiempos de Meneldil, hijo de Anárion, hijo de Elendil el Alto. Decían ahora que el Señor Oscuro había vuelto, con la forma de un gran Ojo envuelto en llamas y que volvía a morar en su antigua Torre, reconstruida más terrible aún si cabe que la anterior.

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Ingwantar cayó al suelo, por cuarta vez en muy poco tiempo. Las piernas le fallaban y la herida del costado le sangraba copiosamente. Se giró y trató de escuchar los roncos gruñidos de los orcos persiguiéndole. No oyó nada. En la noche de las Ephel Duath, no había ninguna criatura que pudiera hacer ruido. Se sentó sobre una piedra y se levantó el peto de cuero para ver la herida. Aquel orco le había clavado la lanza con fuerza, maldita sea toda su estirpe. Ingwantar había podido atravesarlo con su espada un segundo después, pero ahora el dolor le recordaba que la próxima vez, había de ser más rápido. Cortó un trozo de capa y cubrió con ella el tajo, haciendo presión para taponar la hemorragia.

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La noche cuarta, Ingwantar se acostó intranquilo. Había algo raro en el aire. Eso era algo que te enseñaban bien en la academia de montaraces. A escuchar lo que la naturaleza tiene que decirte sobre lo que te rodea. Pero la naturaleza de las Ephel Duath era tan diferente al resto, estaba tan corrompida por ese espíritu de maldad pura que recorría cada sendero, que ni siquiera los oficiales podían saber bien qué estaba pasando. Y la intuición de Ingwantar no falló ni un milímetro.
Cayeron sobre ellos como sombras en la noche. Ingwantar sintió una bocanada de aire y abrió los ojos para ver al Orco caer a sus pies y atravesar con su lanza a Huwerth, su compañero novato. Diecinueve años. Solo dos más de los que tenía Ingwantar. Jamás volvería a ver la Torre Blanca en fiestas, ni a pasear por los jardines que ascendían hasta el Árbol Blanco, ni a contemplar los mil estandartes que ondeaban en las murallas de su ciudad. Ingwantar rodó hacia la izquierda, se puso en pie y desenvainó la espada, dispuesto a vender su pellejo a un precio que esos orcos no pudieran pagar.
El orco volvió a empujar la lanza hacia adelante, pero esta vez era Ingwantar el blanco. Esquivó el golpe, pero aún así le rozó el costado y sintió una punzada de dolor justo antes de hincar su hoja entre las costillas del orco. Éste hizo una mueca horripilante, desfigurando aún más su infecto rostro, y chilló como solamente saben hacerlo los orcos moribundos. Ingwantar no tuvo tiempo de celebrar su primera víctima.
Alrededor de él, sus compañeros morían sin saber qué estaba pasando. Solo uno de los veteranos consiguió ponerse en pie y abatir un par de enemigos antes de ser ensartado por una larga y curvada cimitarra. El capitán yacía a pocas yardas de donde estaba Ingwantar y uno de los orcos más grandes estaba sacándole los ojos para quedárselos de trofeo. Ingwantar, que en sus fantasías se veía a sí mismo resistiendo frente a trolls y huargos, vio que ningún otro orco se había percatado aún de que estaba allí. Era su oportunidad. Agarró su mochila y huyó despavorido por entre rocas puntiagudas y arbustos espinosos. Dejó atrás a sus compañeros muertos, corriendo sin rumbo y sin mirar atrás. La cobardía, en ocasiones, permite a un hombre volver a combatir más adelante.

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Ingwantar no podía esperar ni un minuto más. Si no encontraba rápidamente un arroyo donde lavarse la herida, ésta se infectaría. Y una herida infectada le traería la fiebre, la gangrena y la muerte. Y aunque no se infectase, tenía que parar la hemorragia o moriría desangrado. Se puso el peto de cuero bien sujeto para que no se cayese tan improvisado apósito y volvió a correr por el camino, mientras las luces del alba empezaban a iluminar tenuemente el encapotado cielo de las montañas de Mordor.
Corrió un buen rato más, esta vez sin poder evitar detenerse cada cierto tiempo y comprobar que nadie le seguía. Sus perseguidores se habían cansado de él, seguramente. Muy probable era que creyesen que moriría devorado por alguna de las alimañas de estos parajes o que él mismo se mataría resbalando en los pedregosos barrancos. Incluso era posible que le hubieran dejado escapar para que volviese a contarlo y acrecentase así el miedo de los Hombres. Ingwantar dejó de correr únicamente cuando sus dos piernas flaquearon y se negaron a seguir sosteniéndolo en pie. Solo entonces se arrastró hasta una oquedad cercana y durmió un par de horas, completamente exhausto.
Soñó con su abuelo Anacorn, con quien había vivido en Cair Andros hasta que murió, cuando Ingwantar tenía apenas seis años. Lo recordaba exactamente igual al día de antes de morir, con su porte imponente de Númenóreano, su cabello negro perfectamente recortado y sus ojos negros y penetrantes que sabían leer en los corazones de los hombres. Anacorn había muerto víctima de una extraña enfermedad traída, decían, por emisarios del Señor Oscuro. En la isla decían que el Ojo había enviado unas ratas adiestradas para que extendiesen esa extraña enfermedad que hacía que tosieses sangre y que murieses ahogado bajo terribles fiebres. Anacorn había sido un montaraz de Ithilien y había combatido contra las hordas de Haradwaith en el pasado.
El recuerdo de su abuelo fue tan importante para Ingwantar que decidió hacerse montaraz como él. Durante toda su adolescencia se preparó para ello, entrenándose duramente cada día, pasando noches enteras al raso, aprendiendo a cazar y a encontrar alimento en el bosque. Su madre nunca le dijo nada al respecto, pues sospechaba que la sangre de Númenor corría por las venas de Ingwantar casi tan pura como por las de Anacorn.
El dolor no le permitió dormir mucho más de dos horas. Ingwantar miró su mediocre cuerpo de humano común y lloró amargamente. ¿Por qué el destino le había dado el corazón de Númenor, pero la fuerza física de los hombres menores? ¡El dolor habría sido más llevadero de ser él como su abuelo Anacorn! Sacudió esos pensamientos de su cabeza y se puso en pie. Tenía que seguir o moriría en poco tiempo.
Aunque eso, sospechaba, ya no era algo que estuviese en su mano evitar. Quizá solo postergar un poco más. No necesitaba medicinas, sino un milagro para salvar su vida.
Y un milagro es lo que recibió.
Dicen que los Caminos de Elbereth son inescrutables.
Pero nunca imaginó que un milagro pudiese tener la forma de un Orco.

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Elothir había sido su compañera de juegos cuando eran niños e Ingwantar pronto sintió que su amistad infantil daba paso a un amor de juventud. Ella era descendiente de los hombres que vivían más al norte, más allá del Bosque Dorado. Tenía el cabello del color de la tierra y se había convertido en una hermosa campesina. Ingwantar se le declaró el mismo día que recibió su orden de incorporarse al campamento de montaraces.
-Te amo, Elothir -le había dicho-. Te amo desde que dejamos de jugar en el bosque y pasamos a charlar tranquilamente junto al río. Te amo tanto que mientras esté en el cuartel, recibiendo instrucción, solamente pensaré en ti y en volver a tu lado. Dime, Elothir, cuando sea un oficial de los montaraces, ¿te casarás conmigo?
Y Elothir había sonreído como solamente saben sonreír las mujeres enamoradas antes de asentir y besarle en los labios por primera vez en su vida. Ingwantar casi se desmayó de sentir aquel ardiente beso y supo que Elothir sería su esposa alguna vez.

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El orco estaba allí, frente a él, a la entrada de aquella oquedad donde había dormido. Y se apoyaba en la pared extenuado. Su aspecto era deplorable, incluso para un orco. La piel le colgaba de las mejillas fláccida y gris. Sus ojos eran dos cuencas hundidas en un rostro cadavérico.
Al verse, ambos echaron mano a sus armas, pero ninguno de los dos pudo desenvainarla y ambos cayeron al suelo, aterrizando con un quejido sordo...
-¡Apártate, orco! -ordenó Ingwantar-. Si he de morir, que no sea junto a uno de tu especie...
-¡Yo no soy un orco! ¡Soy un guerrero Uruk y no pienso apartarme! ¡Moriremos juntos, si no te mato yo antes!
Y trató de desenvainar, pero le fallaron las fuerzas. Estaba visiblemente famélico y se quejó, sacando la lengua, que la tenía blanca y reseca.
-Estás herido -dijo el Uruk-. Pronto eso que tienes en el costado te matará y yo podré saciarme con tu carne. Eso es lo que necesita Krimpush: algo de carne.
-Puedo aguantar aún un buen rato, si me lo propongo -acertó a decir Ingwantar-. ¿Aguantará tu hambre? Lo dudo. Morirás antes que yo.
El Uruk y el montaraz se miraron.
El Uruk quería comida e Ingwantar llevaba algo de pan y queso en su mochila. Ingwantar quería curar su herida y todo el mundo sabe que los orcos son expertos en medicina militar.
Algo, como un viento fresco de Ithilien, pasó entre ellos por un instante. El silencio era terrible hasta que Ingwantar habló por fin.
-No hace falta que muramos, orco -dijo-. Yo te daré de mi comida si tú me curas antes esta herida. Sé que puedes curarla.
-Puedo curarla, sí -contestó el uruk-. Pero, ¿por qué hacerlo? Cuando haya cosido ese corte, vendrás a matarme. ¡Eres un traidor humano, como los que han matado a mis compañeros en Rhovanion!
-¡Qué sabrás tú de compañeros muertos! ¡Los tuyos han hecho pedazos a mis camaradas a apenas tres o cuatro leguas al este de aquí! ¡Sucios orcos del Ojo!
-¿A cuatro leguas? -exclamó el uruk-. ¡Solo cuatro leguas! ¡Que los Nazgûl me devoren el alma! Estaba tan cerca...
Ingwantar sacó de la mochila un trozo de pan. Estaba duro, pero todavía sería comestible unos cuantos días. El orco abrió los ojos completamente fascinado por aquella visión. Alargó la mano tratando de alcanzar el mendrugo, pero no podía arrastrarse.
-Un buen trozo de pan y un pedazo de queso -dijo Ingwantar-. Pero antes deberás curarme la herida.
-¡Me matarás! -gritó el uruk-. Krimpush no confía en los hombres.
-Te doy mi palabra de que no te mataré si me ayudas, orco -dijo entonces Ingwantar-. Por la sangre de Númenor que no morirás.
Ingwantar no sabía bien a qué había venido ese juramento, pero el orco parecía satisfecho con él. Soltó una risilla malévola y metió sus manos en los bolsillos,sacando una gran aguja de metal. Luego deshilachó parte de sus pantalones hasta obtener un grueso hilo negro.
-Acércate, humano -dijo-. Voy a echarle un vistazo a esa herida.

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Elothir quería tener tres hijos y tres hijas, como había tenido su madre. Eran una familia numerosa y feliz y quería tener otra para ella, con Ingwantar. Lo amaba desde hacía tiempo en silencio, mirándolo cuando se alejaba por el camino hacia su finca. Ingwantar no se había dado cuenta en todo ese tiempo, pero mientras se besaban ambos supieron que el otro sentía lo mismo que él. Eran como almas gemelas.
Cuando se soltaron, después de incontables arrumacos, eran ya uno solo. Sus espíritus estarían unidos para siempre. Y solo en eso podía pensar Ingwantar mientras el orco le cosía la herida y él le daba trozos de pan para que fuera comiendo. Solo el amor por Elothir podía obrar aquel efecto en él.

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El Uruk se recuperó rápidamente tras comer el pan y bebió unas gotas de su cantimplora. Ingwantar tenía sed, pero no pensaba beber del agua de un orco. Palpó su herida con la mano, notando los grotescos puntos que Krimpush le había aplicado en el costado.
-Te quedará una buena cicatriz -dijo el orco-, pero sobrevivirás. Era eso lo que querías, ¿no?
-Estamos en paz, orco -contestó Ingwantar, levantándose y recogiendo la mochila-. Ahora me iré y, si vuelvo a verte, procuraré matarte. Por mí, no nos hemos visto nunca.
-Espera un segundo -replicó el orco, mostrándole una dentadura llena de irregularidades y caries-. ¿Por qué ha de ser así? ¡Ambos somos soldados y ambos hemos visto la muerte muy cerca! Nada tengo contra ti, en realidad.
-Yo sí tengo algo contra Mordor y contra sus soldados.
-Puedo serte aún de utilidad. Conozco bien las montañas y cuando encuentre a esos orcos de los que me has hablado, me uniré a ellos y las conoceré mejor todavía. ¿No te gustaría tener información privilegiada sobre senderos, grutas y pasadizos?
Ingwantar se quedó mirando a aquel despojo como si no entendiera lo que decía. ¿Acaso se atrevía a proponerle un trato? Tuvo ganas de acuchillar a ese ser indigno de seguir vivo, pero había prometido no matarlo. Descartado eso, ¿por qué no sopesar lo que le ofrecía? Con un informador como ése, ¿cuánto tardaría en convertirse en un montaraz de renombre? ¿Cuántos orcos podría matar gracias a la información dada por uno de ellos?
-¿Qué pedirás a cambio? -preguntó Ingwantar.
-¡Oh, aún no lo tengo pensado, pero seguro que algo podrás hacer por mí en el futuro! ¿Sabes? Si esto se le ocurriera a la mitad de nuestros compañeros, seguramente la guerra sería algo mucho más fácil...
Ingwantar asintió con la cabeza. Le habían dicho que los orcos eran estúpidos y torpes, que solamente demostraban habilidad en lo relacionado con el combate, siendo perfectos inútiles negociando, comerciando o, sencillamente, dialogando. Por supuesto, Ingwantar sabía que los uruk-hai eran especiales, pero tanta capacidad le sorprendía. Se sintió empujado a aceptar y se convirtió en un Traidor por primera vez en su vida, arrojando por la borda todo por cuanto había luchado. Usaría al orco y se convertiría en un afamado montaraz. Se casaría con Elothir y le daría muchos hijos. Sellaron su pacto con un apretón de manos y ultimaron los detalles de su pacto.
Dejarían un pañuelo en cierto lugar para avisar al otro de que necesitaban de su presencia. Luego, todo sería cuestión de cambiar un pañuelo por otro diferente y esperar en un lugar convenido a que apareciese el convocado.
El orco fue el primero en abandonar la caverna, aprovechando que Ingwantar cayó rendido poco después. La herida había curado, pero el cansancio había hecho mella en él y no pudo evitar dormirse. Al despertar, el orco se había ido y le había robado el cuchillo, el cuchillo de cazador que le regalase su padre cuando se incorporó a filas.
Ingwantar lamentó mucho la pérdida del cuchillo, pues era una buena daga de factura gondoriana y había pertenecido a su padre durante muchos años. Sin embargo, la felicidad por poder regresar a casa y ver a Elothir lo superaba todo.

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Durante los primeros meses desde su encuentro con el orco, Ingwantar llamó al orco varias veces y éste le dio buena información que usó para causar estragos en las filas enemigas. A cambio, el orco solía pedirle información sobre arroyos, manantiales, zonas de pesca y otras menudencias poco importantes. Seguramente, supuso Ingwantar, usaba esa información para hacerse un hueco en su nueva tribu. Ingwantar consiguió el puesto de oficial en apenas un año y medio y se casó con Elothir, teniendo tres niños y una niña. Pasado ese tiempo, dejó de contactar con Krimpush y, durante años, el orco no había dado más señales de vida.
Pero trece años después de aquella escena en la oquedad de Ephel Duath, Ingwantar entró en casa una mañana para descubrir a Elothir ardiendo de fiebre. Trató de encontrar sanación, pero era demasiado cara, demasiado para un humilde montaraz de Ithilien. Él se jugaba cada día la vida para salvar a esa herbolaria huraña de las hordas de Mordor y ahora ella le quería cobrar todo ese dineral por un remedio del que nadie sabía la composición.
Se sintió morir cuando el responsable de las Casas de Curación le dijo que perdiera toda esperanza. Volviendo a casa, abatido, Ingwantar decidió no rendirse hasta que fuese demasiado tarde. A la mañana siguiente, aprovechando que tenía fiesta, fue hasta la biblioteca de Cair Andros y repasó los libros de plantas medicinales, en busca de algún remedio olvidado. En uno de ellos leyó sobre un hongo que podía curar cualquier enfermedad que produjese fiebre. Dando saltos de alegría anotó todo lo necesario para encontrar el hongo y prepararlo convenientemente.
El hongo crecía en Torech Ungol, un lugar de siniestro nombre. Machacado y mezclado con salvia y romero, el hongo podía aplicarse bajo la lengua de los enfermos y éstos sanarían en apenas un par de días. Ingwantar decidió que había llegado el momento de volver a llamar a Krimpush. Él sabría cómo llegar a Torech Ungol sano y salvo y podría proporcionarle un mapa del lugar, si hacía falta.
Lo que no imaginaba Ingwantar es que, esa vez, Krimpush iba a pedirle un favor de verdad, no solamente algunos datos sin importancia...
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 08-08-2005 Hora: 22:34
En este capítulo ya prácticamente has completado el puzle, y has aumentado el ritmo de la narración hasta el vértigo, con eos continuos flashbacks. Parece que la historia lo digiere bien, pero dejas tanta ansiedad por el final, que más vale que sea apoteósico La única pega que sigo viendo es la excesiva humanidad del uruk. Aerien no obstante ha dado una clave, el lenguaje no pretensioso.

Fecha: 26-06-2005 Hora: 16:51
¡Uy lo siento!
Justo me di cuenta cuando buscaba mas cosas para leer. Es que lo normal, cuando se hace una historia por capítulos es ponerlos todos juntos en una misma entrada.
Ahora ya lei las cuatro partes
Y continuo diciendo que me encanta.
Hacía tiempo no leia una historia que me interesase tanto.
La verdad es que no he visto la pelicula que me indicas, pero si conozco esta forma de escribir.
Por una extraña casualidad uno de mis relato tambien se basa en flashbacks aunque ordenados mas o menos cronologicamente. y por añadidura tambien trata sobre los orcos.
¡Me encantará leer ese último capítulo!
Creo que nuestra vision de los orcos se parece muchisimo.

Fecha: 25-06-2005 Hora: 21:18
Querida Aerien, el relato está escrito al revés, en forma de Flashbacks continuos. ¿Has visto una película titulada "Memento"? Es realmente impactante cómo está dirigida. De Óscar. Ella me dio la idea de esta historia por capítulos.
En realidad, la primera parte (Los Dos Traidores) es el final de la historia y la cuarta (esta que estamos comentando) es casi el principio. Solamente me falta repasar la quinta parte (que se titulará Krimpush el Superviviente) y estará completa. Si quieres saber qué le pide el uruk a Ingwantar, entonces debes leer las partes III, II y I
Sugiero que las leas en orden, empezando por la primera, pero si las lees hacia atrás, leerás la historia cronológicamente.

Fecha: 25-06-2005 Hora: 21:11

¡Que gustazo leer tu relato!
Aparte de que el tema es una de mis debilidades, esa forma de narrar tan fluida, con ese lenguaje sin pretensiones ha conseguido interesarme desde las primeras lineas.
Me he sentido transportada al interior de la historia casi sin darme cuenta y ya estoy deseando saber que es eso que le pide el orco a nuestro amigo montaraz.