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La Asistenta de Celebrimbor
Capítulo 1
Los primeros golpes
Por Aicatar
 
Esta es la triste historia que me contó Silmiriel, una Moriquendë que llegó a Forlindon hace mucho tiempo y que se embarcó hacia Aman poco después de narrármela. Las transcribiré en Primera Persona, tal y como ella me la hizo saber...

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Mi hermano y yo éramos silvanos. Avari, nos llamaban, los Renuentes que no habían escuchado la llamada de Oromë y que permanecieron en las florestas cercanas a Cuiviénen. Y Moriquendi, los elfos de la oscuridad. Mas aunque oscuros a los ojos de los Eldar, jamás nos arrodillamos ante la Oscuridad del que ellos llamaban Morgoth y nosotros Phuináran, el Rey de las Sombras en la vieja lengua de nuestro pueblo. Durante mucho tiempo permanecimos alejados de las guerras en el Oeste, pero también nosotros aprendimos a construir arcos y dagas, lanzas y espadas para defendernos de las criaturas que surgían del Norte.
Esas guerras, según me contó mi padre, nos hicieron dispersarnos, de modo que los Silvanos fuimos fundando poblaciones cada vez más alejadas del yermo norte. Algunos emigraron al Sur, donde los hombres tienen la tez oscura y envuelven sus cabezas en telas de colores. Otros, fueron hacia el Oeste, a las tierras alrededor del Mar Interior y más allá, hasta llegar al Gran Bosque Verde, cuando nos encontramos con otros de nuestra especie, elfos rubios y altos, de ropajes tan livianos como coloridos, que vivían en casas arbóreas más perfeccionadas.
Los Sindar nos enseñaron muchas cosas y nosotros los servimos con fidelidad, enseñándoles cuanto habíamos aprendido en las largas noches del Este. Fueron tiempos felices y, en esos tiempos, nacimos Silmiron y yo, en la vasta floresta de más allá del Anduin, la floresta en la que el bosque no parece terminar nunca y donde si te subes a un árbol muy alto, no ves más que verdor y verdor hasta el horizonte.
Fue mi hermano, precisamente, quien oyó hablar primero del Gwaith-í-Mírdain. Se encontró con un viajero que caminaba a grandes pasos, con botas livianas y larga capa verde. Según contaba, el Gwaith-í-Mírdain era el pueblo que vivía en Ost-in-Edhil, una gran ciudad al otro lado de las Montañas Nubladas. Contaba que en esta ciudad, levantada por los supervivientes de la Gran Batalla, los Noldor trabajaban sin descanso, forjando hermosas coronas, brazaletes, colgantes y diademas. Decían que sus casas resplandecían de oro y mithril y que en las noches de luna llena, un metal que habían inventado brillaba con la luz de Isil y toda la ciudad parecía hecha de la misma luz de Telperion. Mi hermano Silmirion escuchó las historias de la habilidad de los noldor. Decía que, como entretenimiento, construían juguetes para niños que se movían solos y que su ejército estaba provisto de armas tan bien templadas que no había armadura que resistiese su más débil golpe. Y de escudos tan resistentes que ni el fuego de un Balrog podría fundirlos. Pronto, muchos de los más jóvenes de nuestro poblado empezaron a hablar de irse del Bosque Verde y comenzar una nueva vida en la ciudad de los Noldor. Mi hermano fue de los primeros en recoger sus cosas y despedirse de nuestros padres. Y yo, que no podía soportar la idea de perderlo, me fui con él.
Alcanzamos el Río Grande y lo cruzamos usando barcas que nosotros mismos construimos. Éramos buenos trabajando la madera y las barcas nos transportaron cómodamente por el río, hasta el otro lado. Supimos de la existencia de Hadhodrond, la profunda mina que los enanos habían construido y por donde las montañas podían cruzarse con seguridad. El peaje era alto, pero lo pagamos soñando con contemplar algún día las maravillas del Gwaith-í-Mírdain.
Cuando por fin vimos la ciudad, ésta estaba en fiestas. Celebraban el aniversario de la derrota del Enemigo Oscuro y habían llenado sus calles de guirnaldas y abalorios. Entramos y nos unimos a la fiesta, los primeros de una marea de elfos que vendrían después, a engrosar la población de la mayor ciudad de la Tierra Media. Ost-in-Edhil, la Fortaleza de los Eldar, el lugar más hermoso que quedaba aún sobre las aguas del Gran Mar. Y, esa misma noche, vi por primera vez a Celebrimbor, el hijo de Curufin y me enamoré perdidamente de él. Aunque no me atreví a decirle nada, pues su porte era imponente y yo apenas era una chiquilla perdida de ojos almendrados y torpe lengua que hablaba mal el Quenya.
Durante mis primeros años en Ost-in-Edhil, apenas hice otra cosa que escuchar sus leyendas de los Días Antiguos, de Beleriand y Tol Eressëa, de los Silmarils, de Nargothrond y Gondolin. Me fascinaban esas historias y tremolaban mis entrañas de terror al oír nombrar a Gothmog y a Thuringwethil, a los licántropos y los Dragones. Dedicaba las tardes a escuchar a los bardos y las noches a soñar con mi querido Celebrimbor, cuyas manos eran cada día más valiosas por la facilidad con que aprendía nuevas técnicas. Yo lo amaba, mas nada podía hacer por conquistar su corazón, pues los ojos del gran herrero solamente miraban a la dama Galadriel, a la que aún llamaban Altariel por ese tiempo. Yo, una Avari, no podía rivalizar con la belleza preternatural de aquella Dama que había visto la Luz de los Árboles desde cerca. Altariel, hija de Finarfin el Rubio, una elda que había escuchado a Fëanor dirigir a los Noldor fuera de Aman, ¿cómo competir con ella? Aquel era su reino, no el reino de los Avari. En la ciudad, nosotros éramos como hormigas comparados con los Noldor. ¡Ah, los Noldor! Su habilidad y su sabiduría iban parejas a su orgullo y su ambición. Así es el legado de Aulë, el Vala que más adoraban.
Con el tiempo, para mi regocijo, conseguí que el señor Celebrimbor se fijase en mí, no ya como una hembra enamorada, sino como una sirvienta fiel y risueña. Me contrató para cuidar de su casa, limpiarla y hacer que sus regresos desde la fragua fuesen más agradables. Apenas podía dar crédito a mis oídos cuando me lo dijo: ¡Iba a trabajar para el mayor herrero después de quien hiciera los Silmarils! Me trasladé a vivir a su casa, una enorme mansión en el centro de la ciudad, levantada tan bellamente que cualquier rey de los hombres habría derribado su mejor palacio consumido por la envidia. Y Celebrimbor fue un amo amable y de trato fácil, aunque pasaba mucho tiempo enfrascado en sus estudios y sus trabajos en la fragua. Por las noches regresaba al hogar y se sentaba frente a la chimenea a leer algún viejo tratado o algún volumen de misteriosa ciencia alquímica.
Como dos o tres años después de entrar a trabajar para Celebrimbor, éste vino un día a casa acompañado de un extraño individuo. No era un elfo, desde luego. Parecía uno de esos hombres de Númenor que aparecían muy de cuando en cuando por la ciudad. Pero era infinitamente más hermoso y sus facciones se asemejaban a las del más bello de los Noldor. Con penetrantes ojos negros me miró y esbozó una sonrisa al darme su abrigo, que pesaba soberanamente. Sin embargo, su sonrisa no me produjo ninguna alegría. Más al contrario, sentí un escalofrío que me recordó cuando en el viejo poblado del Bosque Verde, siendo niña, oía el grito de algún troll persiguiendo una presa.
-Silmiriel -dijo mi amo Celebrimbor-. Él es Annatar, un señor venido desde el Oeste para enseñarnos las artes de Aulë.
Incliné mi cabeza levemente, con un miedo indescriptible recorriendo mi cuerpo de arriba abajo y el señor Annatar entornó los ojos por un instante, como adivinando mi temor. Luego, fueron hasta el salón de la chimenea y permanecieron allí durante mucho tiempo, hasta que el sol se puso por detrás de las vastas praderas de Eriador y las estrellas brillaron sobre Ost-in-Edhil.
Muchos años pasaron y el señor Annatar aparecía a menudo en casa, acompañando a mi amo Celebrimbor. Ni una sola vez, en innumerables ocasiones, dejé de sentir ese terror al contemplar al sabio Annatar, cuyo comportamiento era intachablemente afable, pero cuya presencia me causaba terribles pesadillas. Consulté con mi hermano, que ahora era un soldado de las fronteras de Eregion, y él se rió de mi temor, sonoramente.
-¡Qué imaginación has tenido siempre, onómelle! -me dijo-. Hace unas noches que el señor Annatar caminó cerca de mi puesto de guardia y lo vi charlando con unos Noldor. Parecía tan amable, tan entusiasmado con la conversación, que no puede ser que tus sentimientos hacia él sean verdaderos. Ten paciencia, hermanita, pronto te darás cuenta de que no hay nada de qué asustarse.
Pero, a pesar de sus palabras, yo no podía evitar tener esa sensación en su presencia y un tiempo más tarde, descubrí que a unos pocos les ocurría lo mismo. Eran muy pocos, la mayor parte de ellos eran Eldar que habían estado en Aman, solo unos pocos de los Sindar o los Noldor de Beleriand dudaban de la bondad de Annatar. Ninguno de los Moriquendi podía sentirlo, salvo yo. Una noche, mientras me divertía en un festejo, un noldo de la casa de Fingolfin nos contó que Annatar había aparecido primero en Lindon y que el rey Gil-Galad no había permitido que viviese en su reino. Los motivos eran tan irracionales como los sentimientos que albergábamos algunos de nosotros, pero eso me dio que pensar. El señor Gil-Galad era el rey supremo de los Noldor y con él estaba el señor Elrond, que era hijo de la más brillante de las estrellas. ¿Cómo podían equivocarse ellos?
La propia señora Galadriel estaba de nuestro lado. Muchos Noldor empezaban por ese entonces a rumorear contra su dominio, pues no pocos creían que ella, que era de la estirpe de Indis, no debía dirigir a los hijos de Miriel. Y estaba desposada con un Sinda, por añadidura. Voces noldorin empezaron a hablar de nombrar a Celebrimbor, nieto de Fëanor, señor de Ost-in-Edhil. La señora Galadriel nunca dijo nada, pero elfos cercanos a ella decían que un veneno se había instalado en el corazón de los Noldor y que Annatar había sido el encargado de inocularlo.
No me atreví a decirle nada a mi amo Celebrimbor hasta que fue demasiado tarde. Cierta noche, poco después de ponerse el sol, me acerqué a donde estaba mi señor, sentado en un gran sillón, leyendo un libro. Me arrodillé ante él y cogí su mano derecha entre las mías.
-Mi señor Celebrimbor -le dije-. Habéis sido como un padre para mí, como un hermano mayor. Me siento muy honrada de serviros y espero hacerlo por muchos años más, pero tengo que deciros algo que quizá os ponga contra mí.
-Adelante, Silmiriel -contestó, dejando el libro sobre una mesita y mirándome a los ojos, ante mi estupor y mi vergüenza-. ¿Qué ocurre?
-Mi señor, es ese amigo vuestro, el señor Annatar. No creo que sea buena gente. Su presencia me intimida, me asusta como nada lo hacía desde los tiempos en que vivía en el Bosque Verde. No he tenido nunca más miedo que al verlo entrar en casa por primera vez, y ese miedo no ha remitido ni por un instante desde entonces.
-¿Qué estás diciendo? ¿Acaso has escuchado las calumnias que algunos traidores levantan contra el buen señor Annatar y ahora las haces tuyas?
-No, mi amo. Desde que lo trajisteis por primera vez, un escalofrío terrible recorre mi cuerpo al verlo, no es fruto de las historias que cuentan, lo prometo.
-Es una estupidez -me dijo, poniéndose muy serio.
-¿Qué clase de sortilegio opera sobre vos, mi amo, que no podéis ver lo que es obvio? ¡Mirad su casa! ¡Mirad su ropa! Parece uno de esos reyes Númenóreanos, no un Vanya como dicen algunos que es, ni mucho menos un Maia de Aulë. Su mirada es siniestra, sus palabras están llenas de veneno.
Mi amo Celebrimbor se levantó de improviso, me miró, pero sus ojos apuntaban lejos, muy lejos, me atravesaban por completo y trataban de ver más allá de donde alcanza la vista de cualquier criatura.
-No hagas caso a lo que dicen, Silmiriel -dijo, con lentitud y voz grave-. El señor Annatar está fuera en estos momentos de la ciudad, pero volverá pronto y...
Mi amo se quedó como petrificado, con los ojos muy abiertos y quieto como un gólem. Yo le rocé la mano tratando de despertarlo de esa ensoñación en que parecía estar sumido y escuché que murmuraba:
-Minë corma an ilye turië te... Minë corma tuvië te
-¿Perdón? ¿A quién gobierna mi señor? ¿A quién hay que encontrar?
Pero mi amo Celebrimbor no parecía estar del todo en este mundo. Le vi mover los ojos de lado a lado y su mandíbula inferior tembló un instante. Entonces salió de aquel trance y me miró, boquiabierto, casi ridículo estaba con aquella expresión de incredulidad. Con toda rapidez se quitó los anillos que llevaba y los metió en un bolsillo.
-Nai Eru Valyuva te, vidente Silmiriel! -me gritó, agarrándome por los hombros con fuerza-. ¡Todos hemos sido traicionados! ¡Quitáos los Anillos inmediatamente! ¿Qué hemos hecho? O Aulë, mana acáriemmë?
Y salió a la calle corriendo, gritando por todas partes cosas terribles. De las casas surgían los herreros noldor, portando en sus manos los anillos que habían ido construyendo siguiendo las instrucciones de Annatar. Eran meras probatinas, objetos poderosos, pero experimentales. Nada comparado con las últimas creaciones. Por todas partes, la ciudad hervía de actividad. Nadie sabía bien lo que pasaba, pero los rumores corrían por todas las esquinas, hasta que llegó el Amanecer.
Entonces, un jinete entró en la ciudad y venían ambos fatigados hasta la extenuación, tanto la cabalgadura como quien la montaba. Traía noticias del sur, donde los Orcos habían salido de improviso y habían incendiado poblaciones enteras, matando a sus habitantes. A mediodía vinieron del norte con historias parecidas y al anochecer, los enanos nos informaron de que las Puertas Occidentales habían sido atacadas también. Mi amo Celebrimbor volvió a casa abatido, con el rostro deformado por el miedo y la rabia.
-¡Sauron el Maia! ¡Gorthaur el Cruel! -repetía-. ¡Un Anillo para Gobernarlos a Todos, dijo! ¿Qué clase de mal hemos construido en nuestra propia casa?
-Señor, ¿qué ocurre? ¿Podéis explicarme? -lo intenté, pero fue inútil durante mucho tiempo. Mi señor Celebrimbor recorría las habitaciones hablando solo, en voz alta, haciéndose preguntas siniestras y nombrando gente a la que yo no conocía. Por fin, mucho más tarde, vino a mí y me llamó por mi nombre.
-Silmiriel, mi querida Silmiriel, estamos en guerra. Eso es lo que ocurre.
-Lo sé, señor, pero no sé por qué os afligís tanto -contesté-. Otras veces hemos sido atacados por los orcos de las montañas y nuestras defensas siempre pudieron con ellos fácilmente.
-Esta vez es distinto, ingenua Silmiriel -respondió-. Pues ahora el ataque es el definitivo.
Yo no di importancia a esas palabras. Creía que mi señor estaba ofuscado por la tensión que se vivía en la ciudad. A la mañana siguiente, los primeros grupos de soldados llegaron a la ciudad. Venían con las ropas deshechas; cansados, sucios y heridos; cojeaban y caminaban arrastrando los pies, sin fuerzas ya apenas. Y por la ciudad corrió el rumor de que una marea negra, un ejército imparable, venía marchando desde todas partes, destruyendo cuanto se encontraba en su camino. Decían que desde el Sur habían surgido miles de huargos y que ahora cruzaban el Mitheithel internándose en Eriador.
-¡Mi hermano Silmirion! -pregunté a uno de ellos-. ¿Has visto a un Avari llamado Silmirion?
-No sé nada. Todos tratamos de salvar nuestras vidas. Pregunta más atrás.
Pero mi hermano no aparecía por ninguna parte. Cuando la comitiva llegó a su fin, volví corriendo a casa y la encontré vacía. El señor Celebrimbor había salido y sorprendí al jardinero, un Nando, haciendo el equipaje.
-Huyamos de aquí, Silmiriel -me dijo-. Los orcos no tardarán en llegar a las puertas. Me han dicho que en el norte no queda ningún puesto defensivo en pie y que los enanos han cerrado las puertas de Hadhodrond temporalmente. ¡No podemos quedarnos aquí!
-Pero, ¿y el señor Celebrimbor? ¿Dónde está?
-Los grandes se han reunido, Silmiriel. Pero nosotros ahí no pintamos nada. Ven conmigo hacia el oeste, a los Puertos Grises. Allí podremos vivir al amparo del señor Gil-Galad, juntos los dos, Silmiriel, ¿qué me dices?
¿Me estaba proponiendo matrimonio o algo parecido? Jamás lo sabría, pues me negué a abandonar la ciudad sin el permiso del señor Celebrimbor y el jardinero se largó sin decir nada más. Sé que encontraron su cadáver en las cercanías del río, donde fue asaltado por una manada de orcos de avanzadilla. Muchos murieron de ese modo, al escapar de la guerra.
Los grandes se reunieron a menudo a partir de entonces. Enviaban compañías enteras de voluntarios al sur y al norte, se entrevistaban con los emisarios de Hadhodrond, que traían nuevas sobre orcos en las montañas y huargos en las colinas, sobre bandadas de cuervos que espiaban en cada rincón y sobre sombras que caían sobre los viajeros y los arrastraban hasta profundas cavernas ignotas.
La ciudad iba quedándose vacía conforme los elfos se asustaban y corrían a guarecerse en otras poblaciones. Sin embargo, muchos regresaban poco después, diciendo que era imposible cruzar el Mitheithel porque los orcos habían tomado todos los embarcaderos y los vados. Columnas de voluntarios fueron a combatir también a esos territorios del oeste, pero por más soldados que se enviasen, no se lograba sino incrementar el miedo de los que quedábamos en la ciudad.
Cada mañana iba a las puertas de la ciudad y preguntaba a los refugiados por mi hermano. Ninguno supo decirme nada hasta que hablé con un noldo muy joven, que venía tumbado en una camilla tirada por un caballo negro.
-Señor, mi señor -le dije-. Soy hermana de Silmirion, arquero Moriquendë que estaba destinado en las posiciones sureñas. ¿Sabéis decirme algo de él?
-¿Silmirion? ¿Un elfo alto y delgado, con una puntería fuera de lo común y un hermoso brazalete de trenzado con hilo?
-¡El mismo! Ese brazalete se lo tejí yo para que lo llevase como amuleto. ¿Sabéis algo de él? ¿Dónde se encuentra?
El noldo tosió quejumbrosamente y, tomándome la mano, sonrió levemente:
-Estaba vivo aún cuando me hirieron. La situación no era buena, pero mientras hay vida, hay esperanza, no la pierdas hasta el final, ¿de acuerdo?
Esas palabras me aliviaron la angustia y la sustituyeron por otra diferente. ¿Cuánto tiempo hacía que aquel noldo había sido herido y en qué circunstancias adversas dejó a mi hermano y sus compañeros? Mientras los refugiados iban pasando, los rostros descompuestos de quienes se enteraban de la muerte de algún familiar cercano iban multiplicándose.
Volví a casa y en el gran salón estaba mi amo Celebrimbor con tres de los grandes noldor, incluyendo la hermosa Dama Galadriel, a la que yo creía más allá de las montañas, en ese reino que había fundado, llamado Laurelindórinan.
-Estos Tres no los ha tocado Annatar -dijo mi señor, sin percatarse de mi presencia-. Los hice yo mismo, en solitario, quería probar si mi habilidad era comparable a la suya. Son puros.
-El Anillo de Sauron los controla también, Celebrimbor -explicó la dama Galadriel-. No son instrumentos que podamos usar por el momento, pero podrían ser de utilidad en tiempos venideros.
-¿Qué me recomendáis, pues?
-Guardadlos en lugar seguro, lejos de Eregion. Que sean protegidos y que sus poseedores no los usen hasta que estemos libres de la amenaza de Sauron.
Celebrimbor, mi señor al que yo amaba por encima de todas las cosas terrenales, cogió de la mesa uno de los Anillos y se lo ofreció a la dama Galadriel, reverencialmente.
-Tomad, mi señora -dijo-. Portad vosotros el primero de ellos y curad las cicatrices del mundo con él, en tiempos mejores. Aunque Ost-in-Edhil caiga, podréis hacerla renacer de sus restos con su poder.
-Ningún resto quedará en unos años, Celebrimbor -dijo ella, gravemente-. Pues Sauron el Maia no ha venido para conquistar la ciudad, sino para arrasar todo a su paso. No busca únicamente el fin de Ost-in-Edhil, sino el de todas las tierras del Oeste.
Esas palabras me hicieron dar un respingo. Hasta ahora, yo había creído que eso era una guerra más, quizá más sangrienta y larga, pero nunca había considerado que el propio Sauron viniera a destruirnos. Corrí hacia las escaleras y me arrodillé junto a mi cama para pedirle a Yavanna que protegiese a mi hermano estuviese donde estuviese y que nos diera fuerzas para resistir a las huestes de Gorthaur, el Señor de los Anillos.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 08-08-2005 Hora: 23:08
Yo saco varias lecturas de este relato:
-1º toca muchos temas de contexto sobre los que yo personalmente no se mucho más, con lo cual me abre un apetito feroz por la historia de ost-in-edhil.
2º La historia personal de la protagonista queda un poco de lado en esta primera entrega, e incluso se intuye poco (salvo quizás tema de amor platónico imposible) de cómo puede ir en próximos capítulos.
3º el estilo empieza a ser característico tuyo, Aicatar, pasando el narrador a segundo plano tras una historia muy clarita y entretenida, que sabe a dónde quiere llegar, ¡y que me aspen si no llega!
4º A este estilo quizás se le pueda reprochar ser poco atrevido. La historia es casi una crónica de su contexto espaciotemporal, poco personal.

Yo, como conclusión, diría que pesan más los aciertos, porque al fin y al cabo se lee muy a gusto y es entretenida. Y en este caso de tirar de un "hecho histórico", viene muy bien la fidelidad, y ayuda a picarle a uno el gusanillo de releer a Tolkien.

Fecha: 28-06-2005 Hora: 18:03
No es el primer relato entorno a Celebrimbor y Annatar que leo, realmente es un tema interesante. Me gusta. El relato tiene dinámica y a pesar de no ser muy extenso tocas bastantes personajes y situaciones. Es difícil muchas veces comprimir una historia de este tipo en un relato corto, no puedes recrearte mucho y siempre tienes que ir al grano, no hay mucha disposición para los argumentos secundarios, pero aún asi creo que es un trabajo.