Ir a Posada de Mantecona
 


Ghâsh
Capítulo 19
CAPITULO XVII
Por aerien
 
Era ya media mañana cuando al fin nos pusimos en camino, el sol ya estaba alto en el cielo, y de todas partes se elevaba la bruma, que evaporaba el agua de la lluvia.
Tomé las riendas y Ghash se sentó en el pescante a mi lado. El montaraz abría camino montado en su negro caballo.
De pronto se volvió:
- hora del segundo desayuno – sugirió sonriente. Y sacado de su bolsa un par de manzanas me las lanzó con un gesto preciso.
Seguidamente sacó otra de su zurrón y se dispuso a morderla tras frotarla convenientemente contra la manga parda de su vestido.
Entregué una de las manzanas a Ghash, que la mordió complacida. Entonces me di cuenta de una cosa. Ella era vieja, muy vieja, pero todavía conservaba su dentadura; un poco desgastada por el paso de los años, pero aun podía morder una manzana.
Me entretuve mordisqueando la mía mientras el carro iba siguiendo traqueteante el camino.
Este bordeaba el río en una pendiente suave lo que le obligaba a adentrarse en el bosque cada vez que debía franquear un arroyo. No había puentes, y cada vez que debíamos cruzar uno resultaba un poco dificultoso debido al barro que se formaba.
Mas o menos a mediodía llegamos a una zona escarpada, un cortado de roca blanca donde el río se estrechaba. Allí el camino empezó a subir, en una sucesión de curvas amplias que se elevaban unas por encima de las otras. Pasé las riendas a Ghash ya que ella sabe conducir el carro mejor que yo.
Entonces el montaraz, sugirió que yo montara con él para aliviar un poco el peso de la carreta; aunque creo que mi peso tampoco importaba mucho, pero así daba más maniobrabilidad a Ghash, que parecía desenvolverse como pez en el agua en estos menesteres.
En cuanto me hube acomodado me dijo:
- Pensé primero en dejarte el carro a ti, pero cuando te he visto conducir esta mañana me he dado cuenta de que te da miedo.
- ¡aha! ¡Por eso me ha hecho subir al caballo con él! – pensé
- Es por mi padre – dije –murió hace pocos meses, tuvo un accidente con la carreta.
El montaraz no dijo nada, sólo puso una mano sobre mi hombro.
De pronto sentí que la situación se ponía tensa, creí que iba a llorar. Así que intenté pensar en otra cosa.
Habíamos parado en un recodo un par de curvas por encima de Ghash, para dejarle el paso libre, ya que debía embalar un poco la carreta para que ésta subiese la pendiente.
Yo no podía dejar de tener miedo, miedo de que el artilugio volcara, de que le ocurriese a ella lo que a mi padre.
Deje de mirar abajo y me volví hacia el montaraz.
- Y decidme señor – pregunté – si ya hay guardias vigilando los caminos y las fronteras, ¿A que se dedican los montaraces?
- El mal no se extinguió con la caída del señor oscuro – contestó él – nuestra misión es controlarlo para que las gentes puedan vivir en paz.
- ¿Queréis decir que aun hay seres malvados, orcos y esas cosas corriendo por ahí? – pregunté abriendo muchísimo los ojos
El montaraz se rió, parecía que le divertía mi curiosidad.
- Por desgracia aun hay seres malvados de esos, aunque no creo que vayas a toparte con un orco nunca, pequeño – me dijo – la mayoría son humanos que intentan vivir aprovechándose de los demás.
- ¡Oh mejor! – dije – ¡con los humanos se puede razonar!
Mientras decía eso pensé en Ghash y en lo que él opinaría si supiese que esa viejecita que subía trabajosamente el carro por la ladera empinada fue hace mucho tiempo un orco.
En la última curva el carro pareció encallarse. El montaraz me dejó allí arriba y bajó a echar una mano. Se colocó al lado de nuestro caballo y tiró de las riendas mientras le hablaba.
Y el carro terminó subiendo la cuesta sin dificultad.
- ya sólo queda una ultima curva – anunció el montaraz - luego el camino se allana.
- ¡Menos mal! –exclamó Ghash – creí que no subíamos. Creo que ese carro es demasiado pesado para un solo caballo.
- Lo que pasa es que está pensado sólo para traer los barriles desde casa hasta Bree, y allí no hay cuestas – expliqué
Los dos se volvieron hacia mí, el humano me cogió al vuelo y me montó en su caballo y seguimos el camino hasta el punto más alto.
El tenía razón, en lo alto de la cuesta el camino discurría casi llano, y además había una plazoleta, una especie de mirador donde se podía ver el río.
- Pararemos aquí – dijo él – así el caballo podrá descansar.
Saqué un saco de heno del carro y le di pienso al caballo, se lo merecía por el esfuerzo que había realizado. No le di agua porque en ese lugar no había, pero el montaraz dijo que no nos preocupáramos que encontraríamos agua un poco mas adelante.
Sacamos los pertrechos y nos dispusimos a comer: pan y queso y también pastel de carne del que hace la señora Mantecona, un regalo de despedida. De postre nos hinchamos a moras; había un zarzal en uno de los lados del camino y estaba repleto de ellas, grandes negras y jugosas.
Reemprendimos la marcha no bien hubimos terminado de comer. Eso si, antes nos acercamos al borde del precipicio para contemplar el río y el paisaje que lo rodeaba. A lo lejos se veía un puente y al otro lado, adosado a una colina un enorme edificio.
- Eso es el puesto de guardia – dijo él, señalando hacia el antiguo edificio – aunque no lo construimos nosotros, es del tiempo de los señores del reino del norte, antes que el rey brujo de Angmar llegase y lo arrasase todo.
- Entonces eso es el limite de la comarca - dijo quedamente Ghash
- Exacto - dije yo - justo el camino que se ve por allí es el que lleva a la capital
- Si, pero no podemos ir por él – contestó Ghash – el señor dijo que el puente estaba estropeado.
- Pero tampoco podemos seguir el camino del río, se deshizo con las riadas – repliqué – y ese otro camino no parece muy claro. Tenemos que atravesar las colinas hasta llegar a la nueva carretera.
- Por eso no os preocupéis – contestó el montaraz – en el puesto de guardia tengo un mapa. Si venís conmigo os lo daré, los caballos si pueden atravesar el puente.
- No es mala idea – anunció Ghash – pero me temo que no podemos dejar abandonada la carreta, así que mejor que vayas tú Bob.
- De acuerdo entonces, iremos tu y yo Bob – dijo él
- Si no hay mas remedio – pensé yo en aquel momento – no me gusta nada dejar sola a Ghash en estos lugares tan lejanos.
Aunque por otro lado estaba deseando ir al puesto de guardia y saber como era uno de esos antiguos baluartes de los reyes.
Ghash me dejó conducir a mí, ella dijo que estaba cansada del esfuerzo de la subida y se recostó en la barandilla del carro para echar un sueñecito.
El camino era ahora llano, en suave pendiente e iba bajando hacia el río entre un bosque de abedules y otros árboles de ribera.
El calor empezó a hacerse notar, en los bordes de la carretera chirriaban las cigarras y se podía oír lejano el rumor de río corriendo hacia el estrecho y golpeando sus desnudas paredes.
A mi también me estaba ganando la modorra, así que me puse a silbar. Era una cancioncilla tonta, una de esas canciones de taberna hobbit que tanto se prodigan en el Poney Pisador.
Al rato el humano me coreaba el silbido, supongo que la melodía era pegadiza o bien que ya la conocía.
- ¿Tenéis mucho trato con los hobbits? – pregunté
- Pues no mucho, la verdad – me respondió – hablé alguna vez con los vigilantes de la frontera. Y también he estado en la taberna del poney pisador en Bree.
- ¿En El Poney? – pregunté interesado – yo trabajo allí. Pero no he tenido el gusto de veros ninguna vez.
- ¿Cuantos años tienes muchacho? – exclamó el humano – eso fue hace muchos años, cuando yo era muy joven.
- ¡Claro! Entonces es que yo no trabajaba aun allí, sólo hace cuatro años que estoy en la posada – repliqué.
Iba a ponerme a contar porque me decidí a trabajar allí pero algo me interrumpió. De golpe el camino había girado bruscamente al este y empezado a descender a toda velocidad. Tuve que contener el caballo que se lanzaba pendiente abajo, impelido por el deseo de llegar al agua.
Con el traqueteo Ghash se despertó y me cogió las riendas.
- Toma, tira del freno hasta medio carril, así frenaremos el peso de la carreta y será más fácil bajar esa pendiente.
Ayudados por el buen tino de Ghash conseguimos llegar al agua sin ningún percance, aunque mi trasero estaba dolorido de los botes que estuvo pegando el carro al bajar la cuesta.
Ghash desenganchó el caballo y éste corrió apresurado al agua. Por lo visto la subida le había dejado seco el gaznate.
En cuanto hubo acabado de beber se revolcó en la hierba juguetón. El caballo de mi tío es un macho joven, zaino y bastante cabezota. La de veces que se puede oír a mi tío chillarle eso de “¡condenado caballo hijo de una mula!” y es que como sólo tiene tres años es aun muy juguetón.
El montaraz soltó también a su corcel y éste lo siguió hacia el prado, estuvieron mordisqueando la hierba y bebiendo juntos. Se ve que hicieron buenas migas porque al rato andaban retozando y persiguiéndose como si el cansancio no existiera, ni las varas de la carreta le estuvieran esperando.
Ghash aprovecho el descanso para ordenar el contenido del carro, aunque muchas cosas estaban en las cajas o bien en cestos, la loca carrera de bajada había volcado algunas y desordenado las otras.
El montaraz me sugirió que caminásemos un poquito hacia unas rocas, allá al fondo del prado; a lo que yo accedí de buen grado, empezaba a estar un poco harto de estar todo el día sentado en el pescante, me dolía el trasero y las piernas se me dormían.
Caminamos unos veinte minutos más o menos siguiendo el curso de un riachuelo que lanzaba sus aguas al Brandivino desde una considerable altura. Este nacía al pie de un risco donde se podía ver la gran boca de una cueva, en el interior de la cual los humanos habían construido un refugio.
- Creo que este puede ser un buen lugar para que paséis la noche – dijo el hombre – he querido venir a comprobar si está aun en buenas condiciones. Fue un refugio temporal antes de que reconstruyeran el otro al otro lado del río. Me ha servido de habitación varias veces durante mis viajes, pero no tenia ni idea si aun seguía en pie.
- ¿Tanto tiempo hacia que no veníais por aquí señor? – pregunté queriendo saber algo más sobre el desconocido montaraz
- Si, mas o menos unos diez años – contestó – fui guardia de la frontera antes de ser admitido entre los montaraces.
- Eso significa que vos no hacéis habitualmente este recorrido – me atreví a exponer – que vuestro lugar habitual se encuentra muy lejos.
- Otra vez lo adivinaste pequeño – me contestó – yo normalmente patrullo en la zona de la frontera con el este. Aunque en este momento hay paz entre los pueblos que la habitan, esa zona siempre ha sido un lugar de entrada de bandoleros y de saqueadores.
- ¿En el este? ¿Queréis decir en la zona del mar de Rhûn? ¿Como es ese lugar? – pregunté anhelante
- ¿Como es que conoces esa zona? – me preguntó intrigado el montaraz – no creo que hayas estado nunca en un lugar tan lejano.
- Y no os equivocáis señor – dije – este lugar es el mas lejano que he visitado en mi vida, y eso que está a un paso de la comarca. Pero he visto mapas, ¿no sabéis que a los hobbits nos deleitan los mapas? Dadle un mapa a un hobbit y le habréis regalado un verdadero tesoro.
El hombre se rió ante la vehemencia de mis palabras e inició el ascenso hacia la gran cueva.
El camino era ancho aunque la hierba lo había invadido y no se distinguía apenas.
- no será difícil llegar aquí con el carro – pensé.
La cueva no era tal, se trataba de un abrigo rocoso con una enorme abertura pero muy poco profundo. En el lado derecho, el más abrigado, los humanos habían construido una especie de casa, la mitad de las paredes eran de piedra cortada y la otra la formaba la misma roca del abrigo. Entramos en ella y descubrimos que algunas paredes se habían venido abajo por lo que tan solo quedaban dos o tres estancias aprovechables. En una de ellas había un hogar y un buen espacio para colocar nuestras mantas para dormir, así que decidimos que ese seria el mejor sitio.
Salimos al exterior y recorrimos todo el refugio. Al fondo de este nacía el riachuelo que habíamos seguido para llegar hasta allí. Y Al otro lado un muro de piedras toscamente talladas limitaba la zona destinada a las caballerías.
- Mira – dijo el montaraz – el carro puede llegar fácilmente hasta aquí. Así estaréis a resguardo del frío de la noche y la casa os puede servir de refugio y de lugar donde cocinar. en ese rincón hay una leñera, los guardias procuran tenerla siempre llena de leña por si les sorprende una tormenta.
- ¿Y no se van a enfadar si saben que nosotros la hemos usado? – pregunté
- No temas pequeño amigo – me contestó – en cuanto lleguemos a la guarnición daremos aviso de vuestra presencia en este lugar. Además así si no llegáis a tiempo a la siguiente guarnición, la del cruce en la carretera principal los guardias sabrán que os ha ocurrido algún percance y acudirán en vuestra ayuda.
- Sois muy amable mi señor – respondí – pero no creo que sea el cometido de los guardias fronterizos cuidar de dos viajeros inexpertos que se pierden en los bosques.
- ¡Tienes razón! - sentenció él – pero hay una ley no escrita que dice que los viajeros en tierras inhóspitas deben ayudarse los unos a los otros.
- Entonces, atendiendo a esta ley y en pago a vuestra cortesía, nosotros haremos lo mismo por los viajeros que podamos encontrar en el transcurso de nuestro viaje.- respondí
- Me haréis muy feliz si así lo hacéis – dijo entonces el humano – los hombres han olvidado cuan difícil era viajar en otros tiempos y cuanto se puede recibir de un desconocido viajero en las grandes soledades.
El humano pareció quedarse pensativo. Sus ojos miraban al norte, donde las colinas boscosas se sucedían interminables, pero no parecía ver el hermoso paisaje. Su mirada parecía perdida en sus recuerdos, tal vez viajara por las lejanas tierras del mar de Rhun y recordara algo que le sucediera en alguno de esos viajes.
De pronto vi sus manos crisparse y su cuerpo tensarse como un muelle; giró la cabeza como si escuchase algo. De pronto oí lo que le había puesto en alerta, Un ruidito para mi familiar, el tintineo de un manto lleno de abalorios.
Me volví con una sonrisa de oreja a oreja:
- no deberías ponerte este manto si quieres llegar por sorpresa Ghash – le dije
- no pretendía llegar por sorpresa – contestó ésta – lo que pasa es que esta hierba es tan tupida que enmudece los pasos.
El montaraz saludó a Ghash y le mostró el lugar, parecía sorprendido de que ella nos hubiese encontrado.
- Señora – le dijo en voz baja – no sabia que además fueseis una rastreadora. Nos habéis seguido los pasos con una gran facilidad.
- No ha sido difícil – contestó ella – habéis seguido el curso del arroyo y en esos sitios siempre hay barro. Las huellas se veían claramente.
Creo que él no se quedo muy convencido por las explicaciones que ella le dio. Si no hubiese sido por el manto que tintineaba no nos hubiésemos dado cuenta de su llegada. Había un deje de admiración en su voz cuando le preguntó donde había aprendido a rastrear.
- Hace mucho tiempo de eso – contestó ella evasiva – fue cuando era soldado.
Yo creo que le daba miedo contarle que había sido un orco. Era un soldado del rey, llevaba un nombre noble y parecía en todo uno de los hombres del Oeste. Creo que se sentía muy cohibida a pesar de lo que él nos había contado.
- ¿Que te parece el lugar? – le dije abriendo los brazos – ¿no es un sitio genial para montar nuestro campamento nocturno?
Ghash sonrió y asintió con la cabeza mientras dejaba que yo la guiase de la mano por todos los rincones del refugio.
De pronto me di cuenta de algo. Yo había quedado con el montaraz que iría hasta la guarnición, la noche estaba cerca y bien pudiera ser que no pudiese volver hasta la mañana.
- No te va a dar miedo pasar la noche sola aquí ¿verdad? – pregunté así de sopetón
- No te preocupes Bob – me contestó – estoy acostumbrada a la soledad. No me da nada de miedo. Me preocupan más según que compañías.
- No se preocupe señora – dijo el humano metiendo baza en la conversación – el lugar es seguro, no hay lobos por estos bosques y hace tiempo que conseguimos dominar a los bandoleros que se atreven a merodear por estas tierras. Pero a pesar de todo dejaremos un buen fuego encendido para que no paséis frío y así ninguna alimaña se atreverá a acercarse.
Ghash dio las gracias al humano inclinándose solemnemente, en aquel gesto de reverencia que tan a menudo havia visto en los sureños cuando tratan con un superior.
El humano respondió con una inclinación de cabeza y dejo a Ghash con la boca abierta cuando murmuro unas palabras de saludo en el idioma de las gentes del desierto.
Me propuse enterarme de cómo y donde había aprendido esas palabras que le había dicho. No habría ningún problema para hacerlo, sabia que estaríamos solos mucho rato cabalgando hacia la guarnición.
Volvimos lentamente hacia el carro y los caballos, que ahora descansaban cerca de él. Ghash se había estado parando para recoger unas hierbas en las orillas del camino y las había depositando en su manto que había recogido para que formase una especie de cesto.
- ¿Que son estas plantitas? – pregunté
- Es menta – respondió el humano, antes de que Ghash pudiese hacerlo.
- Exacto, respondió Ghash poniéndome un brote fresco bajo la nariz.
Aspiré con fuerza y de pronto estornudé, cosa que hizo que los dos se rieran de mí.
- ¡Vaya un hobbit! no conoce las hierbas y además le hacen estornudar – bromeó Ghash
- No es cierto – protesté – tengo una mata de menta en el alfeizar de la ventana, pero tiene las hojas mas grandes que ésta y nunca estornudo cuando la huelo.
- Claro, eso es menta de jardín y ésta es menta enana – me explicó entonces Ghash – la menta de los bosques tiene siempre un aroma mas fuerte por esto estornudaste al olerla.
El montaraz se apartó un momento del camino para recoger una hierba que crecía en un rincón, justo al lado del agua.
- ¿Y ésta? ¿La conocéis? – preguntó
- Athelas – murmuré yo – hojas de reyes.
El hombre me miró sorprendido mientras Ghash sonreía complacida.
- El señor Gamyi tiene plantas de esas en el jardín – dije poniéndome muy colorado – dice que las plantó el señor Sam cuando volvió de la tierra oscura. Me enseño su nombre Hojas de reyes, Athelas, Assea anarion en la lengua antigua. La planta del rey, la que cura el mal que causa la oscuridad…
Ghash tomó la plantita y la puso entre las hojas de menta, acariciando sus largas hojas con la punta de los dedos, como si temiese tocarla.
- Es una planta muy especial – murmuró – gracias
- ¿No la conocíais? – preguntó el montaraz extrañado
- ¡Oh claro que si! – dijo Ghash – se usa para los dolores de cabeza y para las heridas, sólo que no esperaba encontrarla en medio de los bosques. Pensé que era tan preciada que la debían cultivar; es la planta del rey. – terminó en un susurro
- Antes de que fuera cultivada en los parterres la Athelas fue una planta de bosque y aun se encuentra en estos lugares, sobretodo cerca de los asentamientos de los hombres del norte.
Me adelanté un tramo y les dejé hablando de las virtudes de las plantas. Y es que cuando subíamos había visto un cidro llenito de manzanas maduras y a mi la compota de cidras me trae de cabeza.
Estaba entretenido recogiendo las frutas cuando una cabezota parda apareció entre el follaje y me lamió y luego con todo el descaro del mundo se fue llevándose las dos manzanas que yo tenia en la mano.
No me asusté, sabia quien era el ladronzuelo, era el caballo de mi tío. Con el que compartía debilidad por estas frutas, pero, eso si le pegué un par de gritos.
- No seas granuja Ceporro, estas manzanas son para mi – le dije – vete a comer hierba por ahí.
Pero el caballo no me hizo caso, mordisqueó una manzana y luego tiró de una rama para que cayesen unas cuantas al suelo.
Mi tío compró ese caballo a unos comerciantes de vinos que venían del este. El hombre que se lo vendió le dijo que se deshacía de él porque el animalejo era tan ceporro que no había conseguido ponerle en la recua sin que ocurriera algún percance.
A mi tío le gustó la palabreja. Y aunque el caballo tenía otro nombre empezó a llamarle así ante el regocijo de todos los muchachos; que no comprendíamos mucho que quería decir con eso.
Pero el caballo resultó ser lo que su nombre indicaba, un bicho cabezota y dado a salirse con la suya. Se negó a llevar el carro grande junto con Gigante, el otro caballo de mi tío y al final quedó relegado al pequeño, y Bonita, la yegua colorada, paso al carro grande.
Ceporro y yo nos hicimos amigos muy pronto, creo que en eso tuvo bastante que ver la manzana que yo le daba todas las tardes al volver del trabajo. Entonces bajaba la cabeza y dejaba que yo me agarrase a su crin y me izaba sobre su lomo.
Se ve que no era un caballo para la recua, debía llevar el carro solo y entonces era manso y pacífico como nadie. Era capaz de arrastrar más peso que otros de más envergadura y le ponía todas las ganas.
Y eso hizo cuando llegamos al claro; Ghash lo enganchó al carro y él tiró con todas sus fuerzas entre las varas para llevar el pesado carro hasta la cueva.
Una vez allí se acomodó, l solito, en lo que fueran las antiguas cuadras y esperó a que yo le trajese su avena y su cubo de agua.
Le añadí un par de manzanas por el esfuerzo realizado y ya estuve a punto para seguir al montaraz donde me quisiese llevar.
Mientras tanto Ghash y Dírhael encendieron fuego y acomodaron una yacija con hierba y unas mantas.
No sé de que estarían hablando pero cuando yo fui a su encuentro les encontré charlando animadamente de lugares lejanos. El montaraz parecía conocer muy bien las tierras exteriores, como si hubiese pasado mucho tiempo viajando por ellas.
- ¿Preparado para salir? – me preguntó en cuanto me vio llegar
- En cuanto le diga adiós a Ghash podemos irnos – respondí
- Anda y ve con cuidado – añadió ésta – y no hagas ninguna de tus locuras hobbit.
- Voy a portarme muy bien – respondí – ya sabes que sólo soy medio Tuk, así que no hay porque temer nada – añadí guiñándole un ojo.
Ghash me alborotó un poco más los rizos de mi cabeza y luego me plantó dos besazos en las mejillas.
- Pásalo bien en la guarnición – me dijo
- Volveré lo mas pronto que pueda – le respondí – no me acaba de gustar que pases la noche sola.
- Estate tranquilo, no me ocurrirá nada. Y además si alguien viene se va a encontrar con una mujer que todavía se acuerda de pelear como los orcos – añadió en voz baja mientras hacia una mueca divertida.
Dírhael me colocó en su caballo y salimos galopando hacia el río. De pronto se paró y miró hacia el camino. Algo había llamado su atención, así que me hizo bajar.
- ¿Que ocurre? – pregunté
- No lo sé, hay algo o alguien allí arriba – me respondió – quédate aquí, que iré a ver.
En el momento de bajarme del caballo se dio cuenta de que yo había olvidado ponerme la capa.
- Donde dejaste tu capa muchacho – me preguntó
- ¡Ay! Me la dejé en la caballeriza – dije – si me permitís iré a por ella.
- Si, chico ve a buscarla , va a hacer frío por la noche – me dijo – dentro de un rato nos volveremos a encontrar en este mismo lugar
Y salió veloz camino arriba, persiguiendo no sé que sombra
Volví atrás a todo correr y llegué a la cueva jadeando. Me metí en el establo y me puse la capa.
No vi a Ghash, supuse que estaba dentro, junto al fuego así que pensé que era mejor que no me viese.
Pero de pronto me la encontré, estaba sentada en un muro bajo y miraba al sol que ya empezaba a bajar por las colinas. Creí que me había visto, así que me acerqué a decirle algo pero de pronto ella se puso a hablar con alguien o algo invisible.
Me paré sorprendido, mi intención no era espiarla pero me pareció extraño que hablase sola. Así que me paré un momento a escuchar.
- Es extraño – decía – tanto tiempo viviendo sola. Viajando por los caminos sin mas compañía que las estrellas. Tantas noches de guardia en silencio. Y ahora, hace sólo unos minutos que se fue y ya le echo en falta.
Ese pequeño pies peludos ha conseguido lo que no consiguieron todos nuestros hijos y nuestros nietos. Cuando me mira con esa mirada inocente, cuando me hace reír con sus perogrulladas; cuando cuida de mi como si fuese de su familia, me hace sentir especial.
Si ya lo sé, ahora me dirás que todos las gentes de nuestro pueblo me cuidan y me respetan. Pero ya lo sabes, me cargan todas estas manifestaciones de respeto. ¡Si es que no me dejan ni pisar el suelo! Deben pensar que estoy hecha de un cristal tan frágil que me voy a romper al mínimo contacto.
Ahora sé como debió sentirse mi querido Moradan, porque yo siento lo mismo por ese chico.
Se ha convertido en mi camarada, mi cómplice y mi amigo. A pesar de la diferencia de edad y de raza es como si hubiese un enlace entre nosotros. Yo sé que puedo darle lo que él desea, abrirle ese mundo en el que tanto soñó. Pero a la vez me da pena que tenga que abandonar todo lo que conoce, su familia, sus amigos para seguirme allá donde el destino me lleve.
También me da miedo embarcarle en ese viaje, puede que de verdad sea un viaje sin retorno para mí. No sé que encontraré en la capital, pero podría ocurrir que allí estuviese esa información que he estado buscando durante tanto tiempo. Y entonces, no sé si seria lícito que me acompañara, en un viaje a la ventura, puede que por tierras tan extrañas que él ni siquiera puede imaginar.
Me sentí de pronto raro, no era extraño que Ghash hablase sola, sé que las personas mayores lo hacen muy a menudo, supongo porque ya no les queda nadie con quien charlar. Pero ella estaba hablando de mí y lo que dijo me emocionó.
Me alejé de allí a todo correr sin decir nada a la viejita. Casi sentía que mis pies volaban cuando llegué al punto de encuentro. Tenía aun en mi cabeza las palabras de Ghash y el corazón saltando en mi garganta como si amenazase de salir corriendo.
En el camino me esperaba una sorpresa, junto con Dírhael había un guardián fronterizo. Un joven de pelo pajizo y ojos como gotas de agua que dijo llamarse Alfhir.
El montaraz me informó que el guardia estaba patrullando en la zona y que haría una batida por los alrededores para asegurarse de que no había problemas en que la señora se quedase sola.
Agradecí esa atención para con ella con una reverencia y levanté las manos para que Dirhael me izara sobre la grupa del caballo.
El soldado saludó militarmente y emprendimos la marcha hacia la guarnición.
Mientras me acomodaba y me sujetaba al caballo, que empezó a galopar veloz, no pude menos que pensar en las palabras de ella.
- Dice que tiene miedo a llevarme – pensé – no se va a librar de mi tan fácilmente. No voy a permitir por ninguna de las razones que emprenda un largo viaje a lo desconocido sola. No podría perdonarme si le sucediese algo.
Mientras una ola de ternura amenazaba con invadirme me aclaré la garganta y pregunte:
- ¿Está muy lejos ese lugar donde vamos?

 
aerien
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 07-08-2005 Hora: 18:12
Cada vez profundizas más en lo emocional, algo natural en vista de la relación que une al hobbit y a la sureña. Lo que no sé es si quizás se echa en falta algo más de acción. algo que no me gusta es la veneración que tiene Ghâsh por el montaraz. Por mucho que fuera un hombre del ooeste., ella viene de otra raza, que no tiene por qué ser inferior, y menos aún verse inferior ella misma. No sé hasta qué punto la humildad la llevaría a reverenciarlo así...