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La Asistenta de Celebrimbor
Capítulo 2
Sube la Marea
Por Aicatar
 
Pero los ruegos y plegarias de todos nosotros no fueron escuchados. Conforme pasaban los días, las noticias eran de cada vez más terribles y el número de refugiados aumentaba sin pausa. Venían desde Calenardhon, donde se había dado el primer gran golpe del enemigo, hacía ya varios meses. En Ost-in-Edhil nadie hizo caso a aquellas advertencias primeras, pensamos que era un asunto entre hombres, que no nos afectaba. ¡Ay, si hubiéramos escuchado a los nobles hombres de Calenardhon cuando nos dijeron lo que sucedía! Al menos habríamos podido preparar la defensa...

Pero ahora, era tarde. Durante los primeros días, todos los elfos que no eran soldados huían hacia el norte, tratando de encontrar un sitio donde ocultarse. Las noticias de los exiliados no podían ser peores: bandadas de trolls habían bajado desde las Landas de Etten y asolaban las tierras desde las montañas. No pocas comitivas y convoys habían sido aniquilados por tan viles criaturas, hijas de Morgoth el Amo Negro. ¡Annatar, Señor de los Dones! ¡Maldito sea ese nombre por todas las Edades de Arda!

Los Señores Noldor se reunían cada mañana en el Gwaith-i-Mírdain y miraban los mapas, desesperados. Desde el sur, un ejército de orcos y hombres cetrinos ascendía imparable, destruyendo todas nuestras esperanzas en mantener la guerra fuera de las murallas de Ost-in-Edhil. Desde el este, los enanos nos enviaban informes de combates en las puertas de Hadhodrond y, ayer mismo, llegó la notificación de que las puertas de ese lugar estaban cerradas. No puede reprochárseles nada: es su tierra y tienen que defenderla como puedan. Desde el norte, los trolls que cortaban cualquier fe en huir. Solamente nos quedaba el Oeste.

En el noveno día desde que mi hermano desapareciera, un oficial nos dijo que se habían formado núcleos de resistencia junto al Mitheithel, formados por los huídos de otras batallas, que se habían reunido en la Malinambor, una colina a pocas millas del río. Mi hermano, me dijo, estaba allí hacía solo dos noches. Según contó, habían conseguido la primera victoria de la guerra, atacando a los orcos que trataban de saquear las poblaciones de la ribera este. La batalla había sido rápida, pues la mayor parte de los presentes eran arqueros y solo un puñado de hombres tuvieron que combatir cuerpo a cuerpo. Según su historia, habían emboscado a los orcos junto a una espesa arboleda y los habían atacado desde los árboles, usando las tácticas de los Sindar y los Nandor. El plan funcionó a la perfección y lograron matar a dos o tres centenares de orcos sin apenas tener pérdidas en nuestras filas. Ahora se preparaban para atacar una columna de hombres de las Tierras Brunas, que avanzaba hacia Ost-in-Edhil desde el suroeste. El oficial solamente había venido a reclutar gente para esa batalla, que parecía ya ganada.

En la ciudad quedaban muchos jóvenes cuyos padres no habían permitido que fueran a combatir, pero ahora la situación era tan desesperada que muchos se alistaron de todos modos, desobedeciendo a sus progenitores. Nadie podía culparles por querer defender sus vidas y las de sus familias, así que la ciudad se quedó sin jóvenes también.

Mi señor Celebrimbor se paseaba inquieto por toda la casa, repasando papeles, buscando en libros, mascullando cosas por lo bajo, apenas audibles, cosas horripilantes parecían por la gravedad de su voz. Y recibía a los demás Noldor, discutían durante horas, día y noche, sin descanso. Caía rendido sobre un sillón, en un diván, incluso en el suelo mismo, fulminado por un cansancio terrible, y despertaba apenas dos horas más tarde, dispuesto a continuar trabajando. Yo sabía que ese ritmo de vida iba a acabar con su cordura, ya que no con su salud. Temía por él, temía a esas palabras terribles que pronunciaba, palabras que sonaban en el noble Quenya como si fuesen pronunciadas por el propio Mandos.

-¡Llamad a Aegnil! -gritó mientras yo limpiaba la vajilla- ¡Quiero que me informe de inmediato de lo que sucede en Malinambor!

La batalla no debía haber ido bien.

Poco a poco, los soldados fueron volviendo. Volvían pocos, y pequeños grupos, pues habían sido dispersados por las fuerzas de Gorthaur. Muchos estaban heridos y la mayoría famélicos y derrengados. Hombres armados con grandes hachas y que bebían la sangre de sus enemigos en cuernos de vaca, que podían seguir combatiendo aun con el pecho lleno de flechas clavadas y que usaban sacos ardientes para arrojarlo sobre sus enemigos. Según dijeron, iban con ellos hombres de Númenor, hombres altos, pero vestidos con libreas oscuras, con símbolos paganos. Estos Númenóreanos usaban sortilegios para controlar el fuego y las columnas de llamas devoraban a los elfos, que se batieron en retirada.

V
 
Aicatar
 
 
 

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