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La Asistenta de Celebrimbor
Capítulo 2
Sube la Marea
Por Aicatar
 
Volvieron a plantar cara al día siguiente, pero ocurrió lo mismo. Los bárbaros mataron a muchos, sin detenerse a hacer prisioneros. Clavaban en picas sus cabezas y las portaban como trofeos. Algunos, bebían la sangre élfica porque en sus creencias está que en la sangre de los elfos está la sustancia que da la vida eterna. Dicen que Gorthaur les ha contado mentiras terribles y que ellos las han creído. Detrás de ellos, los magos de Númenor convertían el campo de batalla en un horno, haciendo que los árboles estallasen en llamas, levantando muros de fuego para cortar la retirada de los Noldor y lanzando proyectiles ígneos sobre quienes trataban de atacarles.

Al llegar la noche se detuvieron los combates, pero la batalla estaba ya decidida. Se preparó una huída nocturna, con la intención de regresar a Ost-in-Edhil y ayudar en su defensa, pero los Hombres saltaron sobre ellos en la oscuridad y los sorprendieron mientras se preparaban para escapar.

-¡Mi hermano! -grité yo, llamando la atención de los soldados que nos contaban las últimas noticias-. Se llama Silmirion, un Avari...
-No sé nada, señorita -me contestó aquel apuesto Noldor que llevaba la mano vendada y al que le faltaban algunos dedos-. Aquello fue terrible y no hubo tiempo de mirar alrededor.
-Nos llovían las flechas del enemigo -contó otro-, flechas que estallaban en llamas al caer al suelo o que podían prender a tu capa si pasaban muy cerca. ¡Y vimos frente a nosotros a los Siervos del Señor Oscuro! ¡Los hombres de Númenor que han traicionado a la casa de Elros y se han unido a Gorthaur!
-¡Son guerreros, pero también magos! ¡Lanzan rayos y relámpagos! ¡Les protegen extraños hados!

Pero yo ya no quise oír más. No me importaba si aquellos Hombres del Oeste podían hacer milagros o solo pirotecnia, a mí solamente me preocupaban dos seres en ese momento: mi hermano Silmirion y mi Señor Celebrimbor. Ambos, desde mi punto de vista, estaban en peligro.

Mi Amo Celebrimbor estaba en casa cuando regresé. Tenía muy mal aspecto, como si el cansancio, la pena y la congoja hubieran envenenado su alma. Parecía, si eso es posible entre elfos, estar más muerto que vivo.

-¡Amo! -dije-. ¿Se encuentra bien? Le prepararé algo para comer...
-No necesito comida, Silmiriel -contestó, en un susurro-. Necesito respuestas.
-Señor, yo no sé nada de esos asuntos...
-¿Y crees que los Sabios han sabido responderme? No, Silmiriel, no han sabido. Quizá va siendo hora de que los Grandes dejen que los Pequeños den su opinión. ¿No crees, Silmiriel?
-Pues... bueno, es posible.
-Está bien. Muy bien. Dime, Silmiriel, ¿qué hicimos mal?
Yo no respondí. En ese instante, un griterío ensordecedor llegó hasta nosotros. Se escuchó el griterío y, entre ellos, los gruñidos más graves de los orcos y los aullidos de los huargos. La Guerra, había llegado hasta la ciudad...

 
Aicatar
 
 
 

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