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La Asistenta de Celebrimbor
Capítulo 2
La Tormenta nos Alcanza
Por Aicatar
 
Los Sabios se reunían esa misma tarde en el Gwaith-í.Mírdain y mi Amo Celebrimbor quiso que yo fuera para sustituir al sirviente anterior, que había huído de la ciudad con el último convoy de refugiados. Las palabras de los Sabios eran tan graves, sus voces estaban tan roncas y tristes, que mi pavor, ya de por sí grande, se hizo incontenible. Conforme escuchaba las noticias, todas ellas malas, que traían de todas partes, iba llorando de angustia. Hasta que el señor Celebrimbor se levantó y tomó la palabra.

-Señores, la situación es desesperada -dijo-, pero hay un hueco pequeño por donde puede entrar la luz. El señor Celeborn de Laurelindórinan logró hacerme llegar ayer un mensaje por el que nos conmina a resistir y nos ofrece un buen número de arqueros de su país, que llegarán a Eregion en pocos días.

-¡No tenemos pocos días! -exclamó un platero llamado Aegnil-. El ejército enemigo está casi listo, muy probablemente ataquen mañana mismo, incluso antes...

-Las murallas de Ost-in-Edhil resistirán un tiempo -aclaró el capitán de la guardia-. Si esos sindar se dan prisa, aún llegarán para defender las calles.

-El Rey Gil-Galad tampoco se ha olvidado de nosotros -siguió Celebrimbor, como si no hubiera escuchado nada-. El señor Elrond se dirige ahora mismo hacia Eriador con tropas de Lindon, para enfrentarse a nuestro enemigo desde posiciones más ventajosas. Debemos resistir, resistir en las murallas como sea. La ayuda está en camino.

Los Sabios empezaron entonces con un largo debate sobre la estrategia a seguir. Las noticias de Lindon y de Laurelindórinan eran un soplo de aire fresco para todos. Aunque ningún elfo de Ost-in-Edhil, salvo los Sabios, mostraba la más mínima esperanza en sus palabras. Todos parecíamos resignados. Y los tambores de los orcos sonaban cada vez más cercanos e inminentes.

Nuestras tropas regresaban a la ciudad maltrechas, desarmadas y en condiciones terribles. Eso cuando volvían. Las noticias eran cada vez más siniestras y comenzaron las levas obligatorias. Todos los hombres, de los más jóvenes a los más veteranos, fueron obligados a alistarse y las armerías se vaciaron completamente al armarlos. Ost-in-Edhil estaba dispuesta a defenderse, pero no esperábamos lo que vendría. Porque los orcos se habían reunido delante de la ciudad y eran millares. El ejército que asaltase el Mitheithel se había unido con el que ascendía desde Calenardhon y, juntos, habían alcanzado a las legiones que surgían de las Hithaeglir. Y con ellos iban muchos hombres, un buen número de trolls, centenares de Huargos y quién sabe qué otras monstruosas criaturas más.

-¿Y qué hay de Númenor? –preguntó otro de los Noldor-. Dicen que el rey Gil-Galad es amigo personal de Tar-Minastir, el rey de los hombres de la Isla. ¿Vendrán en nuestra ayuda?

Todos guardaron silencio en ese momento, pues, de pronto, el sol se oscureció sobre Eregion. Una gran masa de nubes negras había descendido desde las montañas y una niebla espesa venía reptando desde el Mitheithel, cubriéndolo todo de tinieblas. En la imperante oscuridad, los aullidos de los orcos y los trolls se hicieron insoportables. Fue entonces cuando sonó una trompeta en la lejanía y las máquinas de asedio de Gorthaur comenzaron su trabajo.

Cayeron sobre la ciudad grandes bolas de fuego y descargaron sobre las murallas toda su potencia. Los soldados que estaban en las defensas exteriores tuvieron que retirarse, puesto que con los proyectiles venían sortilegios lanzados por el propio Gorthaur y las grandes murallas no podían resistir el poder de éste. Había algo ahí, mucho más poderoso que los Noldor, dirigiendo esa batalla.

Cuando las máquinas conseguían abrir una brecha en la muralla, cientos de hombres y orcos se abalanzaban sobre ese punto débil y los arqueros elfos apenas podían contenerlos. Caían por cientos, pero el Señor Oscuro siempre tenía más guerreros para enviarnos y a nosotros las flechas se nos agotaban. El Señor Celebrimbor dio por concluida la reunión y todos los Noldor salieron a defender las puertas de la ciudad. Ninguno parecía tener esperanzas de sobrevivir a aquel ataque.

Mi señor Celebrimbor llegó a casa poco después de hacerlo yo y se vistió para la guerra. La cota de malla brillaba con la fuerza de mil estrellas y el yelmo iba empenachado con plumas negras. La espada era de los Días Antiguos, una espada forjada en Nargothrond, donde había sido aprendiz de herrero, el más hábil de todos los aprendices Noldorin y su daga, un regalo de los elfos Nandorin, brillaba con tono azulado cuando un peligro acechaba a su poseedor. Ahora, emitía un fuerte resplandor. El peligro estaba en las puertas de la ciudad.

Después de ver partir a mi señor, acudí rápidamente al templo, donde se congregaban el resto de las mujeres y muchas de ellas hablaban de tomar las armas también. En mis tiempos jóvenes, en las florestas de más allá de las Montañas Nubladas y más allá de los peligrosos páramos de Rhovanion, fui una buena arquera. Fue mi afición durante muchos años, aunque ahora había ido olvidando mi vieja habilidad. Si había un momento para retornar a ella, era éste. Tomé el arco y el carcaj que me ofrecían y corrí hacia las murallas, dispuesta a defender mi casa, mi ciudad y mi vida.

Los proyectiles impactaban contra las casas y el fuego se extendía por todas partes. Subí hasta una de las casas más altas y, apostada en la terraza, vi a los ejércitos de Gorthaur por primera vez. Había oído hablar de él con horror y desesperanza. Había escuchado el ensordecedor griterío de sus componentes. Había contemplado en la lejanía su lento avance, pero ahora lo veía en todo su esplendor. En el frente había cientos de hombres con lanzas y picas, preparados para repeler una posible carga desde la ciudad. Tras ellos, arqueros que esperaban la orden de convertir Ost-in-Edhil en una trampa mortal. Detrás de los arqueros estaban las máquinas de asedio, torres de asalto, arbalestos, catapultas y arietes, todos ellos listos para avanzar. La pregunta era, ¿a qué esperaban?

Disparamos sobre ellos varias cargas. Las flechas llegaban hasta sus piqueros y éstos caían por docenas, pero ni uno solo retrocedió o mostró dudas. El miedo a su Amo Tenebroso los mantenía firmes ante la muerte. El Señor Celebrimbor organizaba a los Noldor frente a la puerta principal, al menos ciento cincuenta jinetes, pertrechados para la batalla, los más terribles de los enemigos de Morgoth. Jinetes Noldorin que habían combatido en la Guerra de la Cólera y que habían visto el poder de los Valar sobre Arda.

Los mirábamos asombrados, sabedores de que con ellos de nuestro lado, incluso ese ejército imponente podía verse reducido. Pero cuando la formación estaba lista y el Señor Celebrimbor comenzaba a lanzarles un mensaje de ánimo, algo llamó la atención de todos. Una figura se había adelantado a las demás y un grito de pánico surgió de las bocas de todos los presentes.

Un guerrero gigantesco, embutido en una armadura completamente negra y cubierto por un yelmo con forma de dragón, desafiaba a todos los arqueros elfos. Estaba a tiro, era fácil derribarlo, pero ninguno de nosotros podía moverse del terror que inspiraba aquella criatura. En la mano derecha portaba una espada de filo ancho, el doble de larga que las espadas de los elfos y mucho más pesada. En la izquierda, un resplandor áureo iluminaba mortecinamente al Guerrero. Todos supimos, de pronto, qué era aquel brillo extraño: llevaba puesto El Anillo Único. Estábamos contemplando a Gorthaur el Cruel, el más grande de los servidores de Morgoth, Capitán de sus Licántropos y experto tanto en las artes de la guerra como en las de la diplomacia. Annatar, Señor de los Dones, había sido su nombre cuando vivió entre los Noldor, haciéndose pasar por un enviado de los Valar. Ahora, mientras le veíamos ahí, alzando los brazos al cielo negro, no podíamos creer lo estúpidos, lo soberbios y lo complacientes que nos habíamos vuelto todos. Confiábamos tanto en nuestro poder que no supimos ver la podredumbre que anidaba en su interior.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 24-11-2005 Hora: 16:15
Sigo pensando que la elección del "momento histirco" es providencial, y que tu narración te lleva en volandas, y te abre el apetito tolkiendili.
Me gusta cuando se menciona a los hombres, que en estos momentos poco parecen tener que ver con la tierra media, en un momento de desesperación, apuntándose ya el fin de los días élficos.
Lo que menos me agrada es la aparición de Sauron, que deja un regustillo muy de inspiración PJ.

Fecha: 03-09-2005 Hora: 19:28
Creo que lo he solucionado. Sinceramente, no sé qué sucedió...

Fecha: 26-08-2005 Hora: 14:16
Vaya jaleo con los capítulos! No se si el problema ha sido de la web o al subirlo. Me sale 3 veces el capítulo 2.