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La Asistenta de Celebrimbor
Capítulo 3
Sauron el Aborrecible
Por Aicatar
 
Gorthaur pronunció unas palabras en un idioma extraño, un idioma de sonidos feos y oscuros, un idioma que oprimía el corazón y turbaba las mentes. El Anillo Único ocupó la atención de todos por un instante y algunos cayeron al suelo, aterrorizados. De pronto, el sortilegio se hizo sentir. El suelo tembló y las murallas empezaron a resquebrajarse, con un ruido que era tan insoportable como el terror que manaba de aquel ejército. Mientras las murallas de Ost-in-Edhil caían ante nosotros, aplastando a los defensores que no llegaban a huir a tiempo, los arqueros de Gorthaur lanzaron sobre todos nosotros sus proyectiles.

Los cadáveres se amontonaban por todas partes, los cascotes y el escombro impedía una huida ordenada. El fuego volvía a extenderse, siguiendo las órdenes de Gorthaur. Las llamas invadían las casas vecinas, crepitaban al pasar de los soldados y formaban temibles remolinos de fuego y aire hirviendo.

Al caer las murallas del todo, cesó el temblor y se inició el verdadero asalto. Las hordas de Gorthaur corrieron hacia nosotros, chillando como posesos, mientras Gorthaur caminaba entre ellos, exortándolos en el horrible idioma que había creado para ellos.

Entonces me di media vuelta en mi huida. Mi señor Celebrimbor estaba aún allí, tratando de reorganizar a los Noldor y reunirlos para presentar batalla. No podía abandonarlo, no en este momento de necesidad. Corrí hacia ellos y otros, al verme, hicieron lo mismo. La carga de los orcos había sido muy rápida y ya entraban a la ciudad, matando a todos los que encontraban a su paso. Con la rodilla en tierra, pusimos las flechas en los arcos y enviamos a un buen puñado de esas viles criaturas al abismo más allá de Eä. Los Noldor, con mi amo Celebrimbor a la cabeza, se abalanzaron sobre los orcos y los hicieron pedazos con sus espadas, que brillaban en la imperante oscuridad. Por un instante, parecieron tan poderosos que todos creímos que los orcos huirían nada más verlos, pero no fue así. Los orcos retrocedieron, pero detrás de ellos venían miles de refuerzos: más orcos con largas lanzas y muchos arqueros.

Gastamos hasta la última flecha antes de retirarnos hacia el interior de la ciudad. Yo deseaba ir hacia mi señor Celebrimbor, pero me fue imposible y fui empujada por callejones por una marea élfica que huía, combatía, se retiraba y volvía a la carga sin apenas tiempo para saber bien qué estábamos haciendo. Los orcos estaban por todas partes y el fuego los seguía como por obra de magia. Hasta que, no sabría decir cuándo, me separé del grupo principal y deambulé sola por los callejones de la zona más pobre de Ost-in-Edhil.

No conocía bien esa zona, pero conseguí guiarme y escuché el relinchar de los caballos cerca de mí. Corrí desesperada y llegué a una amplia avenida, la que cruzaba la ciudad de Oeste a Este. Allí, los Noldor habían reunido tropas y presentaban batalla cara a cara. No vi al Señor Celebrimbor entre los defensores y una pena horrible y un sentimiento de desesperación atenazaron mi corazón. Pasé junto a las filas de lanceros y acerté entonces a ver a uno de los más jóvenes Noldor, que vivía muy cerca de nuestra casa. Le sonreí y él me reconoció.

-Vaya, ¿qué haces tú aquí? ¡Tú no eres una guerrera!

-Estoy buscando a mi Señor, ¿has visto al Señor Celebrimbor?

-No lo he visto –contestó-, pero los Orfebres se han concentrado en las puertas del Gwaith-í-Mírdain y tratan de contener allí a los Orcos.

Hice ademán de correr hacia allí, pero me sujetó de un brazo bruscamente.

-¿Qué haces? ¡Dicen que Gorthaur el Cruel está allí! ¡Dicen que quiere robar los objetos del Palacio!

Yo me zafé y salí corriendo, en dirección a los Salones de los Orfebres, al corazón de la ciudad, al verdadero centro del poder Noldorin. Corrí hasta que el corazón me estallaba en el pecho y a cada paso escuchaba más claramente el chocar de las espadas, el estallido de las lanzas contra los escudos, los gritos de dolor y agonía, el horror de la batalla que se estaba dando en aquel lugar. Y al doblar la última esquina, pude ver una enorme cantidad de orcos asaltando las escaleras y, sobre ellas, al grueso del ejército defensor, en clara desventaja.

Logré esquivar el combate y alcancé el muro principal sin tener que combatir. Aquellos orcos me daban un miedo horrible y no quería tener que batirme con uno de ellos. Mi cuchillo era pequeño y frágil, era un cuchillo prácticamente ceremonial. Nada que ver con las largas y pesadas cimitarras, con las enormes hachas y las mazas con grotescas figuras que portaban esos seres. ¿Quién me dijo una vez que otrora fueron elfos? ¡Elfos convertidos en orcos! No pude imaginar qué terribles poderes podían hacer posible algo tan perverso hasta que lo vi frente a mí...

Entre su ejército, estaba Gorthaur y avanzaba, dando mandobles contra los que se atrevían a plantarle cara, que eran muy pocos. Cada mandoble hacía saltar el suelo con un estallido ígneo y un estampido ensordecedor. Ni siquiera los más nobles Noldor podían ocultar su miedo y sus dudas en ese instante. El terror me venció, caí al suelo y me arrastré entre el gentío que se agolpaba, reptando entre los cadáveres y los que aún se mantenían en pie, viendo a muchos que desesperaban y soltaban las armas, aterrorizados. No había donde huir: la ciudad entera estaba en llamas y había muerte por todas partes. Los que huyeron, jamás consiguieron escapar.

Entonces, escuché una voz límpida y serena que me dijo:

-¡Silmiriel! ¡He estado buscándote por todas partes!

Y mi Amo Celebrimbor me tomó del brazo y me levantó suavemente. Estaba cubierto de sangre y vísceras. Su espada había perdido el brillo por estar cubierta de restos de sus enemigos y varios golpes habían hendido la armadura y el yelmo. Un hilo de sangre discurría por su frente y no era sangre de orco.

-¡Escúchame! –me gritó-. Entra en el Gwaith-í-Mírdain y corre hasta los jardines traseros. Allí hay una gran higuera junto a una fuente. Toma el sendero que discurre entre el árbol y la fuente y síguelo hasta toparte con el río. Desde allí podrás llegar hasta la muralla exterior sin encontrarte con nadie.

-Señor, ¿queréis que huya?

-Toma esto y haz lo que te digo –me interrumpió.

Me tomó de la mano y puso en ella un saquito de tela que contenía algo pequeño, pero muy pesado.

-Sal de la ciudad y dirígete al noroeste, evitando los caminos y las laderas despobladas. Aléjate de cualquier aldea, camina por zonas boscosas y procura hacerlo durante la noche, para descansar a la vez que los orcos.

Los orcos se acercaban. Bramaban maldiciones contra todos nosotros y la primera línea Noldor acababa de ser barrida por completo. Se escucharon varios relámpagos y parte de la fachada de los Salones cayeron sobre un grupo de Nandor que trataba de defender el flanco izquierdo. Mi amo se volvió dio algunas órdenes gritando y volvió luego hacia mí, hablándome en secreto:

-Ve hacia el noroeste, te digo, y alcanza el Camino de los Enanos. Dirígete entonces hacia el Oeste sin desviarte del camino y encuentra por allí al señor Elrond combatiendo contra nuestros enemigos. ¡Él te dirá lo que hacer!

Iba a contestarle, pero entonces un grupo de orcos cayó sobre nosotros. Las hachas silbaron, las espadas gimieron, los escudos chillaron y todo pareció desmoronarse. El propio Gorthaur acababa de poner el pie en las escaleras y mi señor dio un paso adelante, para plantarle cara.

-¡Haz lo que te digo, Silmiriel! –me gritó, por última vez-. ¡Encuentra al Señor Elrond! ¡Hazlo o todo estará perdido!

Y entonces se volvió hacia el Enemigo y, apuntando con su espada, le gritó:

-¡Gorthaur! Soy Celebrimbor, ¿me recuerdas? Annatar, Señor de los Dones fuiste en el pasado, ¡Sauron el Aborrecible te nombro en este momento!

Y la espada de Sauron cayó sobre Celebrimbor y éste interpuso la suya en su camino. El estallido fue suficiente para lanzar a varios contendientes al suelo y yo misma me vi empujada hacia atrás, aferrando aquel saquito en mi mano izquierda y empuñando mi daga en la derecha. Y, sin saber muy bien por qué, volví a reptar hasta la fachada lateral. Allí, un impacto de artillería había abierto un agujero y me colé por él, mientras, a mi espalda, volvía a oír la voz de mi Amo, increpando a Sauron al combate.

Y llegué a los jardines traseros, encontré la higuera y la fuente y tomé el sendero indicado hasta el río. Solo cuando sentí el frescor del agua en mis pies, me tomé tiempo para volverme y respirar hondo. La guerra estaba ahí adelante, pero por un momento me sentí a salvo. Entonces, un grito de triunfo resonó por todas partes y la voz de Sauron se hizo una con la de todos sus soldados. La batalla había terminado. Los Noldor habían sido vencidos por última y definitiva vez. Jamás volvería la raza de los hijos de Finwë a iluminar Arda como antaño. Los Noldor languidecerían en un mundo oscuro y lleno de desesperación. Y yo también.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 24-11-2005 Hora: 23:31
Este capítulo sin duda es el mejor.
Las frases se pueden paladear en ocasiones, es ameno en todo instante, trepidante en ocasiones, y sabes cómo segui dando motivos argumentales para engacnhar al lector. El final del capítulo me encantó.
Me gustó la construcción de esta frase: "mientras Gorthaur caminaba entre ellos, exortándolos en el horrible idioma que había creado para ellos"