Ir a Posada de Mantecona
 


CTMV: Talfindelion
Por Baranduin
 
El viejo hobbit se acercó tembloroso a la casa. Había llegado hacía algunos años a la aldea, y se había ganado el corazón (y los estómagos) de sus vecinos gracias a sus conocimientos de plantas y condimentos, así como acerca de las personas, lo cual le permitía dar muy buenos consejos. Por eso Iorgolf (que así se llamaba el hobbit) era muy querido entre sus convecinos, y éstos le perdonaban algunas de sus rarezas, como no celebrar su cumpleaños como era debido, o vivir en una cabaña de dos pisos. Y por eso Iorgolf no podía creer el panorama que ante él se presentaba. En sus muchos años (algunos decían que rondaba los ciento veinte) sólo había visto eso tras los saqueos de trasgos.

La cancela estaba rota, así como una de las ventanas. La puerta había desaparecido, y al cruzar el dintel la cosa empeoraba. Los cajones estaban todos abiertos y revueltos, los armarios aparecían vacíos, y su contenido estaba volcado en la mesa central. Iorgolf caminó hacia la cocina, donde las cacerolas y sartenes se apilaban sin concierto en el suelo, llenas de cubiertos y vasos. Sobre la mesa, lleno de moscas, el contenido de la despensa, que adivinó vacía.

Regresó al comedor, y de una ojeada percibió la ausencia de la cota de malla. "Una gran pérdida", pensó. Y en aquel momento...
Oyó un grito.

Era un grito de terror. Al instante se oyeron dos voces riendo. Iorgolf no lo pensó dos veces, ni siquiera una: cogió la espada de la mesa (cuya vaina también echó en falta) y salió disparado escaleras arriba.


La escena que vio en el piso superior no era menos tétrica. Bajo la cota de malla asomaban dos pies peludos, cuyo poseedor se revolvía y gritaba para que se la quitasen de encima, por ser evidentemente demasiado pesada. A su lado, dos hobbits se revolcaban por el suelo, muertos de risa, ante los gemidos de la pobre criatura. Iorgolf no pudo sino reír de alivio, pero sólo un momento. En seguida compuso una cara seria, y agarró a los dos hobbits por la oreja.
- ¡Urîzagar Kalitapuc y Talâtbôr Sôvalbrassi! ¡Cómo no lo imaginé! - y levantando la cota con la espada, añadió: - Y Nilmithil Brandi, por supuesto - Y la pequeña, al ver tan cerca la punta de la espada, rompió a llorar, desatando inmediatamente las risas de los otros dos... que se apagaron de golpe en cuanto Iorgolf se volvió hacia ellos.

- Bien, bien... entráis en mi casa, revolvéis mis cosas, y la dejáis patas arriba. ¡Muy bonito! Supongo que tendréis una buena excusa para todo este destrozo, ¿no?
Los tres jóvenes hobbits guardaron silencio durante un momento, hasta que Nilmithil volvió a llorar:
- Es que Ama nos dijo que tenías unos juguetes que volaban y echaban chispas así, ¡pium! - dijo, sollozando, con un expresivo gesto.
- Sí, podíamos quedárnoslos si la llevábamos algo que ella quería - añadió Urîzagar.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que quería?
- No lo sabemos muy bien - respondió Talatbôr, el mayor de los tres -. Dijo que era algo así como una varita o algo, para hacer crecer las petunias. Que el otro día entraste en casa de Marna, y desde entonces sus petunias están más grandes que nunca. Por eso vinimos...
- ¡¡
Pro no lo volveremos a hacer!! ¡De verdad!
- Bien, Nilmithil, eso espero.
- ¡
Pro no nos mates! ¡Que no lo volveremos a hacer!

Entonces Iorgolf se apercibió de la horrorizada mirada de la pequeña hacia la espada, que aún sostenía en ristre. La bajó con una carcajada, y les hizo bajar a los tres al comedor.
- Bien, bien, ahora habréis de recogerlo. ¿Nunca os dijeron que no hay que entrar en casas ajenas si no se es invitado? No, veo que no. No, no, seguid recogiendo, yo me sentaré por aquí, si es que habéis dejado alguna silla sana. Sí, esta está bien. Pues sí, no debéis entrar en casas ajenas. Esto me recuerda cierta historia... ¡Ah, no, no! Os la cuento si queréis, pero tenéis que seguir recogiendo. Sí...


Cierto caminante viajaba hacia el Sur, por las tierras verdes que los elfos llaman Calenardhon. Llevaba varios días cruzando senderos que a él le eran desconocidos, con la sensación de estar perdido, solo y desamparado en aquellas lejanas tierras.
Cada vez recordaba más y más su hogar, no muy lejos de aquí, y anhelaba la comida caliente y el lecho blando. Así, cuando vio aquella casa en medio de las praderas apenas podía creerlo. De hecho pensó que era un espejismo. Pero al acercarse, vio que era real, y la sorpresa fue que la puerta estaba abierta...
Y la casa vacía.

Entró, por supuesto, como hicisteis vosotros... aunque en vuestro caso la puerta estaba cerrada, y hubisteis de romperla para entrar. Por cierto, ¿dónde la dejasteis? ¡Ah, está ahí! Acordaos de ponerla en su sitio. Volviendo a la casa... Sobre la mesa había tres cuencos de madera, llenos de sopa. Sin pensarlo dos veces, bebió del cuenco grande. Y se quemó. Así, probó del segundo cuenco, pero estaba muy frío. Y probó el tercero, y estaba a una buena temperatura. Y sabía muy bien.

Así que se tomó la sopa del tercer cuenco.

Al otro lado de la mesa había tres libros. Miró el más grande, pero estaba escrito en una lengua que desconocía. Miró el segundo, ¡pero sólo tenía patrones de costura! No era lo que más le interesaba en ese momento. Así que miró el tercero... Y sí, podía leerlo. Y parecía interesante.

Leyó un poco, pero leer de pie sobre una mesa muy alta es bastante cansado. Busco alrededor, y vio que junto a la pared había tres sillas de distintos tamaños. Probó la más grande, pero era muy alta para él, y estaba muy dura. Probó la mediana... ¡y casi se le hunde el culo hasta el suelo! Pero la tercera silla era la mar de cómoda, y de su tamaño, así que la arrastró hasta la mesa y se sentó en ella, dispuesto a leer el libro.

El libro era interesante. Hablaba de unos hombres que llegaron del mar para ayudar a los elfos en una guerra... pero me estoy yendo por las ramas, que eso es otra historia. El caso es que acabó de leer el libro, y se puso a pensar sobre lo que había leído, balanceándose en la silla. Y...

Cratch. Una de las patas se quebró, y el caminante fue directo al suelo. Se frotó el trasero, y se restregó los ojos somnoliento. La verdad era que pronto anochecería, y estaba muy cansado. Así que se levantó del suelo, colocó la silla como pudo, disimulando la rotura, y se subió a explorar el piso superior en busca de donde dormir.

En el piso superior había sólo una estancia, con tres camas. Probó la primera, pero los muelles hacían mucho ruido. Se tumbó en la segunda, pero las tablas se le clavaban en la espalda. Probó la tercera... y no os puedo decir si era cómoda o no, porque se quedó dormido.


Y así, el Sol se fue ocultando en el Oeste, y tres Dúnedain, padre, madre e hijo, entraron en la casa. Y descubrieron el desaguisado.
- ¡Alguien ha bebido de mi sopa! - dijo el padre.
- ¡Alguien ha bebido de mi sopa! - dijo la madre.
- ¡Alguien se ha tomado mi sopa! - dijo el niño...

Inmediatamente, cruzaron la mesa.
- ¡Alguien ha leído de mi libro! - gritó el padre.
- ¡Alguien ha leído de mi libro! - gritó la madre.
- ¡Y alguien se ha leído mi libro! - exclamó desolado el niño.

Airados, se fueron a sentar en las sillas, descubriendo que habían sido usadas.
- ¡Y esto no es todo! ¡Alguien se ha sentado en mi silla! - se sorprendió el padre.
- ¡También se han sentado en mi silla! - se sorprendió la madre -. ¡Y a él le han roto la silla! - añadió, mirando a su hijo en el suelo, sollozante, con el trozo de pata en la mano.


Los tres dúnedain estaban asombrados. Nadie en mucho tiempo se había acercado a aquella granja, tan apartada del mundo. Y mucho menos había tenido el descaro de hacer tal uso de su casa. Temiéndose lo peor, subieron al piso superior.
- Alguien... ¡Alguien se ha tumbado en mi cama! - Murmuró el padre, al límite de la cólera.
- ¡Y también se han tumbado en la mía! - le respondió la madre.
- ¡Y alguien está durmiendo en mi cama! - Lloraba, ya sin consuelo, el niño.

Y en efecto, unos peludos pies sobresalían entre las sábanas. Y el padre ordenó:
- Hîn, anno i vagol! - que en la lengua de los Dúnedain, que es la de los elfos, significa "Hijo, ¡tráeme la espada!".
- Daro! - le interrumpió la madre: "¡Espera!" -. Gâr chammas edhelen... - que significa: "tiene ropa élfica". Y era así, porque el caminante había conocido a los elfos del Bosque Dorado.

Y los tres se acercaron al viajero, tanto que éste se despertó sobresaltado, y casi gritó al ver las caras de los tres dúnedain a escasas pulgadas de la suya propia.


Le dejaron pasar allí la noche, no obstante, luego de que les contara sus viajes y procedencia. Al día siguiente verían que harían también; pero aquella noche dormirían, pues estaban cansados. Y mientras, Talfindelion, como le llamaron, pensaba desvelado en como deshacer todo aquel desbarajuste.


Cuando Iorgolf hubo acabado, atardecía, y los tres niños habían recogido todo el comedor. Les hizo salir de la casa, no sin antes darles un mensajito para Amándula Pradosanchos: "La próxima vez, que busquen petardos en tu casa".

Y mientras miraba la cocina y hacía inventario de cacharros rotos, pensaba en como recoger todo aquel desbarajuste.
 
Baranduin
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 24-11-2005 Hora: 15:44
Es resultón, incluso para ser leído en directo

Fecha: 29-10-2005 Hora: 12:17
Me ha gustado mucho . A ver si un día de estos me leo el resto de los cuentos de Iorgolf, que alguna vez les he echado un vistazo .

Fecha: 27-10-2005 Hora: 23:39
Como la mayoria de los cuentos de Iorgolf, me gusta ; aunque las palabras en adûnaic lian un poco, y más si se te oye pronunciarlas

Fecha: 14-10-2005 Hora: 21:16
Me he divertido mucho leyéndolo Me pregunto si este caminante será el mismo que se marchó a la ciudad
Muy ameno, ágil y fácil de leer

Fecha: 14-10-2005 Hora: 14:23
Jeje. El cuento de los 3 ositos ha llegado hasta La Comarca. Moraleja: OkupA! Eso sí con ropas élficas, eh